Ester Primavera

Elemento

Título
Ester Primavera
Description
Cuento de Roberto Arlt narrado desde la perspectiva de un paciente internado en un sanatorio para tuberculosos. A través del recuerdo de Ester Primavera, la narración explora la experiencia de la enfermedad, la cercanía de la muerte, la culpa, el amor y la memoria. La tuberculosis aparece como un elemento central que estructura la vida cotidiana de los personajes y sus reflexiones sobre la existencia.
Coverage
Buenos Aires, Argentina
Contributor
n/a
Creator
Arlt, Roberto
Date Created
1928-09-09
Fuente
https://www.literatura.us/arlt/ester.html
Obtenido de la página web Biblioteca Literatura.US.
Lenguaje
español
Publisher
Publicado originalmente en el periódico La Nación
Rights Holder
Desconocidos
Alternative Title
El jorobadito
Subject
enfermedades
bienestar emocional
Identifier
tl_000001_19280909
Tipo
texto literario
cuento
extracted text
1

Ester Primavera
Roberto Arlt

textos.info
biblioteca digital abierta

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Texto núm. 8004
Título: Ester Primavera
Autor: Roberto Arlt
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 28 de abril de 2023
Fecha de modificación: 28 de abril de 2023
Edita textos.info
Maison Carrée
c/ des Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España

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Ester Primavera
Me domina una emoción invencible al pensar en Ester Primavera.
Es como si de pronto una ráfaga de viento caliente me golpeara el rostro.
Y sin embargo, la cresta de las sierras está nevada. Carámbanos blancos
aterciopelan las horquetas de un nogal que está al pie de la buhardilla que
ocupo en el tercer piso del Pabellón Pasteur en el Sanatorio de
Tuberculosos de Santa Mónica.
¡Ester Primavera!
Su nombre amontona pasado en mis ojos. Mis sobresaltos rojos palidecen
en sucesivas bellezas de recuerdo. Nombrarla es recibir de pronto el golpe
de una ráfaga de viento caliente en mis mejillas frías.
Estirado en la reposera, cubierto hasta el mentón con una manta oscura,
pienso de continuo en ella. Hace setecientos días que pienso a toda hora
en Ester Primavera, la única criatura que he ofendido atrozmente. No, ésa
no es la palabra. No la he ofendido, hice algo peor aún, arranqué de cuajo
en ella toda esperanza de la bondad terrestre. No podrá tener nunca más
una ilusión, tan groseramente le he retorcido el alma. Y esa infamia dilata
en mi carne una tristeza deliciosa. Ahora sé que podré morir. Nunca creí
que el remordimiento adquiriera profundidades tan sabrosas. Y que un
pecado se convirtiera en una almohada espantosamente muelle, donde
para siempre reposaremos con la angustia que fermentamos.
Y sé que ella nunca me podrá olvidar, y la mirada fija de la alta criatura,
que camina moviendo ligeramente los hombros, es la única belleza que
me atornilla al mundo de los vivos que dejé por este infierno.
Aún la veo. El semblante fino y largo, delineado en expresión de tormento,
como si siempre al venir hacia mí terminara de desprenderse de un
enorme bloque de vida dura. Y este esfuerzo mantenía intacta su agilidad,
pues al caminar el faralá de su vestido negro se le atorbellinaba en torno
de las rodillas, y un bucle de cabello corrido sobre su sien hasta descubrir

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el lóbulo de la oreja parecía acompañar ese ímpetu de lanzamiento a lo
desconocido, que era su modo de caminar. A veces le envolvía la garganta
una piel y mirándola pasar se creía que era una forastera que regresaba
de lejanas ciudades. Así venía hacia mí. Sus veintitrés años que habían
resbalado a través de todos los planos de vida perpendicular, sus veintitrés
años envasados en un cuerpo gentil, se encaminaban hacia mí, como si yo
en ese presente constituyera la definitiva razón de ser de todo su pasado...
Sí, eso, había vivido veintitrés años, para eso, para avanzar en la ancha
vereda hacia mí, con rostro de tormento.
Sanatorio de Santa Mónica.
Qué hien han hecho en ponerle este nombre de mansedumbre al infierno
rojo, en el que todos los semblantes los ha barnizado de amarillo la
muerte, y donde entre los cuatro pabellones, dos de hombres, dos de
mujeres, sumamos cerca de mil tuberculosos.
¡Ay!, y hay momentos en que uno lloraría para siempre... Y el círculo de
montañas, allá, el círculo que superan otras crestas de montes más
distantes, el círculo donde se pierde el riel brillante de una curva, y donde
los trenes que se deslizan parecen convoyes de juguetes. Y el río que,
cuando hay sol, destella chapas de luz entre lo verde. Y los peñascos
violetas en el crepúsculo y rojos como tizones al amanecer. Y más arriba
Ucul, y más abajo Cerro del Diablo, y entre la pendiente tortuosa,
horizontal, el triángulo de azul de metileno del embalse del dique, que
siempre avanza. Y de noche, de día, mujeres que tosen, hombres que se
incorporan en las camas, envarados por las alucinaciones de la fiebre, o el
gusto de la sangre que desde muy adentro les sube al paladar. Y Dios que
impera sobre todas nuestras almas taciturnas de pecados.
A la derecha de mi reposera está el pardo Leiva. Perfil rampante y un
pincelazo de melena negra sobre la frente de avellana.
A mi izquierda reposa un muchacho rojo, judío, siempre callado, para que
la tisis se retarde en devorarle la laringe. Más allá, en una larga fila que
ocupa el patio cubierto, reposeras, y descansando en ellas, niños,
hombres, adolescentes, todos envueltos en la reglamentaria manta oscura.
Casi todos tienen la piel amarilla pegada a los huesos planos del
semblante, las orejas transparentes, los ojos encendidos o vítreos, las
fosas nasales palpitantes en la lenta aspiración del aire glacial que viene
de la montaña.

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Entre todas las pestañas de esos párpados entreabiertos, languidece la
percepción de un recuerdo. Hay ojos que aún están anclados en una
visión reciente, y entonces, a escondidas, se cubren de lágrimas. Estamos
así todos, siempre recordando algo en este “sanatorio tipo montaña”. Y yo
pienso en ella, hace setecientos días que pienso en Ester Primavera.
Cuando pronuncio su nombre, me golpea las mejillas una ráfaga de viento
caliente. Y sin embargo la nieve gris cubre la cresta de los montes. Y abajo
es todo negro en los socavones.
El pardo Leiva enciende un cigarrillo.
—¿Quiere pitar, siete? —me dice.
—Bueno.
Fumamos cautelosamente, porque nos está prohibido. Echamos el humo
bajo la manta, y súbitamente la nicotina nos crespa el estómago en
vahídos. Del interior de la sala parten toses continuas. Es el de la cama
tres. Se cruzan palabras sintéticas:
—¿Durmió anoche?
—Poco.
—¿Le sigue la temperatura?
—Sí.
O si no:
—¿Cuándo le dan el neumotórax?
—Mañana.
—¿Se “anima”?
—Y... para seguir así...
Un negro permanece extático en la reposera. Su cabeza de carbón gris se
aplana en un cansancio infinito en la tela. Leiva lo mira y dice:
—Ese no pasa el invierno.

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Del interior de la sala vienen ruidos de toses. Es el nueve ahora, el nueve
que no se termina de morir, el nueve que le apostó al médico del pabellón
un cajón de botellas de cerveza “a que no se muere este invierno”. Y no
morirá. No morirá porque su voluntad lo ha de sostener hasta la primavera.
Y el médico, que es un experto, está enfurruñado ante este “caso”. Le
dice, porque el enfermo es casi amigo y lo sabe todo:
—Pero si no podés vivir. ¿No te das cuenta que no te queda ni un pedazo
así de pulmón? —y le enseña la uña de su dedo meñique.
El nueve, arrinconado en blanco ángulo recto de la sala, se ríe con estertor
subterráneo, envuelto en la acre neblina de su descomposición:
—Hasta la primavera no hay caso, doctor. Sáquese las ilusiones.
Y el médico se retira de la cabecera fastidiado, intrigado ante este “caso”
que en los “rayos” es la negación de sus conocimientos. Pero antes de
apartarse le dice riéndose:
—¿Por qué no te morís? Haceme el gusto. ¿Qué te cuesta?
—No, el gusto me lo va a hacer usted, pagándome el cajón de cervera.
El médico también está tuberculoso. “Un vértice del izquierdo, nada
El practicante también, “casi nada, el derecho reblandecido”, y así,
los que nos movemos como espectros en este infierno que lleva un
nombre, todos sabemos que estamos condenados a muerte.
mañana, el año que viene... pero un día...

más.”
todos
santo
Hoy,

¡Ester Primavera!
El nombre de la fina doncella me golpea las mejillas como una ráfaga de
viento caliente. Leiva tose, el muchacho judío sueña con la peletería de su
padre, donde ahora, Mordecai y Levi, reirán juntos al samovar, y la
campana de la capilla toca a muerto. Un tren que parece de juguete se
pierde en la brillante curva del riel que horada los socavones negros. Y
Buenos Aires que está tan lejos... tan lejos...
Dan ganas de matarse, pero de ir a matarse allá, a Buenos Aires... en el
umbral de su puerta.

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Comprendí que la quería para siempre cuando en el tranvía que nos
llevaba a Palermo contesté a la pregunta de Ester Primavera con estas
palabras:
—No, pierda toda esperanza. Yo no me casaré nunca, y menos con usted.
—No importa. Seremos amigos entonces. Y cuando tenga un novio,
pasaré con él frente a usted para que usted lo conozca, aunque,
naturalmente, yo no lo saludaré —y con los párpados bajos me soslayaba
como si acabara de cometer una mala acción.
—¿Entonces ya está acostumbrada a ese juego cínico?
—Sí, tenía un amigo muy parecido a usted... —Yo me eché a reír y le dije:
—¡Qué raro!... Las mujeres que cambian frecuentemente de amigos,
siempre encuentran otro que era parecido al anterior.
—¡Qué divertido que es usted!... Bueno, como le contaba, cuando la
situación se hacía peligrosa, me retiraba para volver cuando me sentía
más fuerte.
—¿Sabe que usted es una deliciosa desvergonzada? Voy a creer que me
está sondando.
—¿Qué, no está tranquilo a mi lado?
—Míreme a los ojos.
Un bucle de cabello le descubría la sien, y a pesar de su sonrisa maliciosa,
persistía en ella una expresión de fatiga que desgarraba como un
sufrimiento su carita pálida.
—¿Y su novio, qué opinaba de ese juego cínico?
—No lo conocía.
De pronto me miró gravemente.
—Usted es una perversa.
—Sí, estoy aburrida de tanta estupidez. ¿Sabe usted qué es lo que es ser
mujer?

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—No, pero me lo imagino.
—Y entonces, ¿por qué se me queda mirando con esa cara? ¿No se va a
enojar si le digo que usted parece un poco idiota? Pero, ¿en qué piensa?
—Nada..., ya se imaginará en lo que estoy pensando. Pero, acuérdese de
esto. En cuanto me haga una trastada se acordará de mí para toda la vida.
La insolencia le agradó. Sonriendo malignamente me preguntó:
—Dígame... es una curiosidad..., ¿no se va a enojar? ¿Usted no pertenece
a ese tipo de hombre que al cabo de una semana de conocerla a una, le
dicen con ojos de carnero degollado: “quiere darme una prueba de cariño,
señorita” y piden un beso?
La observé hosco:
—Posiblemente a usted nunca le pida ni le dé nada.
—¿Por qué?
—Porque no me interesa como mujer que da.
—¿Y cómo le intereso, entonces?
—Como entretenimiento... nada más. Cuando esté aburrido de aguantar
sus insolencias la abandonaré.
—¿Entonces le parece linda mi alma?
—Sí, pero no la van a entender a usted.
—¿Por qué?
—Es preferible que no hablemos de eso.
Ahora paseábamos entre el verde silencio de los árboles. Con voz aniñada
me contaba de otros climas y de los brotes del sufrimiento. Había entrado
en Roma a un hospital de mutilados de la guerra. Vio rostros que parecían
haber pasado por los cilindros de una laminadora, y cráneos truncos en
obtusas, como si los hubiera trepanado una fresa. Conoció las tierras del
hielo y de los cetáceos. Había querido a un hombre que se jugó una

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noche, en el tapete de una horrible taberna de Comodoro, entre
buscadores de oro y asesinos, toda su fortuna. Y la dejó con su ajuar de
novia, para ir a continuar viviendo su frenética existencia entre los tahúres
de Arroyo Pescado.
Conversamos toda la mañana. La punta de su sombrilla se detenía en las
manchas del sol que cubrían la grava roja de los senderos. Y yo pensaba
en el singular contraste que existía entre la substancia de las cosas que
ella me narraba y el tono delicado de su voz, de modo que el encanto se
doblaba por la superposición de personas que en ella descubría, ya que
por la confianza de su intimidad era una criatura y por los hechos una
mujer.
Y no nos tratábamos como desconocidos, sino como personas que se
conocen harto tiempo ya y para los cuales el secreto no existe, porque la
desnudez del alma ha hecho visible toda posibilidad.
Y, a medida que ella entraba en los hechos que no decía que eran
penosos, haciéndose cortesía de lo que pudiera no interesarme, su voz se
tornaba más fina y cálida, de modo que, involuntariamente, se comprendía
estar en presencia de una señorita. Y esta palabra adquiría, refiriéndose a
ella, un contenido de perfección, como sería perfecto y visible el brote de
un nardo de plata en una vara de hierro.
Y nos despedirnos, tristemente. Pero antes de desaparecer, ella volvió
sobre sus pasos y me dijo:
—Le doy las gracias por haberme mirado con ojos tan limpios de deseo.
Con usted podré hablar siempre de todo. Y no piense mal de mí.
Luego, moviendo ligeramente los hombros, atorbellinada la pollera en
torno de sus ágiles piernas, desapareció.
De los cinco que nos reunimos a la noche en la pieza, ¿cuál es el más
canalla?
Sí, siempre después de cenar, dos horas después, nos reunimos a tornar
mate. El primero que llega es Sacco, cabeza de cebolla y tórax de
pugilista, más pálido que un cirio, y que en Buenos Aires fue “lancero”.
Tiene un prontuario más largo que una tesis. Después llega el jorobadito
Pebre, que se roba los frascos de morfina en la “guardia”; luego Paya,

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morrudo, estevado, el rostro lechoso siempre afeitado, con una chispa de
luz agria en el fondo de sus ojos color de avellana y magnífico empaque
de explotador del físico.
Entran a “nuestra” pieza, cuando el muchacho judío está durmiendo. Leiva
del Chambón prepara mate, mientras Sacco templa las cuerdas de la
guitarra, cubriendo la caja con su enorme pecho.
Tomamos mate de la misma bombilla, porque ya no tememos al contagio y
bacilo más o menos por “campo” importa poco. Las conversaciones
languidecen a poco de iniciadas y generalmente guardamos silencio.
¡Ah!, sí, a Leiva lo llamarnos el Chambón. Pero a él no le agrada conversar
de las “chambonadas” que ha hecho. A los homicidios cometidos los llama
chambonadas. Sólo cuando se embriaga en el boliche que hay en la
parada de Ucul, a la entrada del Sanatorio, se acuerda de ellos. Ocurre
esto los domingos, cuando se organizan riñas de gallos y viene hasta el
jefe político del Departamento y el último zarrapastroso de Ucul, que tiene
un peso que jugarse. Leiva, acodado en la mesa, mirando sombríamente
el rectángulo de lejanía pastosa que recuadra la puerta, evoca a medias
palabras sus buenos tiempos.
Fue resero en Las Varillas. “Por el lado de San Rafael” hizo su primera
“chambonada”. Bajo el ángulo obtuso del techo de la buhardilla, las
cuerdas que va templando Sacco dejan suspendidas, en el aire
blanqueado de humo, diapasones que se amortiguan lentamente. El
jorobadito apoya sus alpargatas en la orilla del brasero, y con su cara de
mono tití, balanceando la cabeza, acompaña el compás de las dulces
estridencias.
Paya, envuelto el cuello en un pañuelo de seda, se refugia en un silencio
hosco, ocupando el ángulo de la pieza, donde el techo es más bajo.
Piensa, se acuerda del departamento amueblado que tuvo en Corrientes y
Talcahuano, se acuerda...
¿Cuál es el mas canalla de entre nosotros cinco?
Hemos realizado todos una vida frenética o trágica.
A mí me sorprendió el terrible dolor pulmonar una mañana de verano, a

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Paya le subió la sangre en surtidor a los labios una noche en un “escolaso”
en que se jugaba dos mil pesos en un “full” de poker, a Leiva lo derribó la
gripe, a Sacco la tos, una tos tan continua que un acceso le denunció al
pasajero de un ómnibus, en circunstancias en que le vaciaba el bolsillo.
Aburridos y taciturnos lo rodeamos a Leiva, que ahora ha tomado la
guitarra. Las frentes permanecen inclinadas, los semblantes dibujan una
expresión varonil que es afirmación de querer vivir más cruelmente aún. El
laringítico duerme cara al muro, y su cabello rojo deja una mancha de
cobre en la almohada. Paya deja humear la colilla del cigarrillo entre los
labios. Se acuerda de la “vida”, de los “manyamientos”, de las noches
pasadas en la “berlina”. Se acuerda de las luminosas tardes del
hipódromo, las tribunas negras de una multitud porteña y en la encorvada
pista resbalando vertiginosamente las blusas multicolores de los jockeys,
las blusas verdes, rojas, amarillas, infladas por el viento, mientras la
“merza” chupaba docenas de naranjas, gritando desaforadamente al paso
de los favoritos.
Leiva desangra un tango en las cuerdas lloronas. La fiereza de los
semblantes se desmorona en un convulsivo temblor de nervios faciales.
Como las fieras el bosque, nosotros olfateamos a Buenos Aires, a Buenos
Aires que está tan lejos, y entre las montañas nevadas el nombre de Ester
Primavera choca en mis mejillas como una ráfaga de viento perfumado, y
el perfil de Leiva, retobado de vientos y soles, se inclina sobre la vihuela.
También sus ojos se afirman en un recuerdo de distancia, la pampa verde
y violácea, el ganado movedizo en la neblina de las montañas, la copa de
caña bebida en el mostrador, con una mano en el cinto y el vaso “haciendo
salud”.
Sacco, a la orilla de mi cama, se limpia las uñas con la punta de una
cuchilla. Él también se acuerda. Es el “cuadro tercero”, los ladrones
esperando, en la mañana, la visita de la mujer que les traerá la ropa y
noticias de la “defensa”, el atardecer, con la “tumba” horrible humeando en
el tacho y luego las partidas de naipes interminables, la emoción de los
encuentros, los paseos en el carro celular al “juzgado”, las historias de
estafas, el prolegómeno de la cárcel de encausados, la carta que se
escribe para engatusar a un “gil” con el cuento de la quiebra fraudulenta...
la alegría de la libertad... la profunda alegría de aquel grito que daba el
guardia cárcel:
—Sacco... con todo, a la guardia.

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Como una ráfaga de viento caliente choca en mis mejillas el nombre de
Ester Primavera.
El tango orillea la tierra de la angustia, donde las mujeres calzan zapatos
violetas y los hombres tienen la cara hecha un mapa de chirlos y
navajazos.
Y de pronto Sacco dice, irguiéndose dolorosamente:
—Me duele el fuelle. Hace tres días que me duele.
Un esguince le contrae el labio fino sobre los torcidos dientes.
—¿Te duele?
—Sí, mucho...
—Ponete cortadas.
—Estoy harto, tengo el lomo hecho un fiambre...
La vi al otro día de nuestra entrevista. ¿Qué mal espíritu me sugirió el
malvado experimento? No sé. Más tarde he pensado muchas veces que
en esa época se estaba ya iniciando en mí la enfermedad, y esa
malignidad que revelaba en todos mis actos debía de ser la consecuencia
de un desequlibrio nervioso, ocasionado por las toxinas que segregaban
los bacilos, ya que más tarde descubriría que eran numerosos los tísicos
perversos, y enconados en actitudes que tenían que hacer padecer a sus
semejantes.
Lo malvado, estacionado en todo hombre, al envenenarse la sangre, se
enriquece de impulsos oscuros, en un como odio retenido y del cual es
consciente el enfermo, lo que no le impide dejarlo ramificar en su relación
con los otros. El acto va acompañado de un placer agrio, una especie de
desesperación mórbida.
¡Ah!, bueno, la vi la otra noche en la puerta del jardín de su casa. No hacía
nada más que mirarme, tenía el presentimiento de que algo iba a ocurrir.
Yo no hablaba, contenida la palabra por la angustia de la mentira que le
iba a decir. Era la prueba de un loco. Y le dije:

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—Estoy casado.
Como si hubiera recibido un “cross” en el mentón, la cabeza se le dobló
hacia la nuca. El contorno facial quedó relajado en una crispación de
quemadura blanca. La piel sobre los maxilares y los labios se le encrespó
en un temblor. Una arruga fina le cortó la frente, durante un instante los
párpados temblaron sobre sus ojos por los que parecía se le quería
escapar el alma; luego, un momento, su mirada quedó inmóvil entre las
rígidas pestañas que filtraban una chispa moribunda.
Al fin se recobró en su frenesí.
—No, no es posible... Diga que no.
Y, en vez de apiadarme por su angustia, una expectativa sombría me
mantuvo firme. Si la Muerte hubiera estado a su lado y de una palabra mía
dependiera su vida yo no pronunciara esa palabra. ¿No era, acaso, aquél
el más hermoso momento de nuestra existencia? ¿Podíamos envasar más
angustia que entonces para el futuro? Allí éramos auténticamente yo un
hombre que me jugaba una mujer ante sus ojos... todo el resto era
mentira... lo auténtico era aquello, el dolor de la muchacha olvidada de lo
que se debía a sí misma por una serie de convencionalismos, olvidada de
las apariencias y convirtiéndose por ello en la criatura eterna, a la que en
ese exclusivo minuto yo no era digno de besar el polvo en que pisara.
De pronto se apartó. Dijo:
—No, no es posible esto. Mañana tenemos que vernos.
Y no nos vimos una vez, sino muchas veces. Ella escarbaba en mi mentira
que era la verdad de otro, y en el relato yo no podía contradecirme.
Paseaba por los jardines con la deliciosa criatura. Con su sombrilla gris,
abría surcos en la arena y bajo el liviano tejido de su sombrero de paja,
sonreía como una convaleciente. Olvidado de todo, hablábamos de las
montañas que yo no había visto nunca, y de los acantilados que están a la
orilla del mar (porque yo no lo sabía), y donde el hedor de las algas hace,
a la atmósfera fría de hielos, penetrante como debe de ser al otro lado del
planeta.
Conocía las lejanas tierras del Sur, la soledad de los faros, la tristeza de

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los crepúsculos violetas, el tedio horrible de la arena que en las dunas
levanta siempre el viento. Y, mientras escuchaba a Ester Primavera, mi
breve felicidad se hacía más intensa que un sufrimiento, ya que aquél era
un amor sin esperanza. Y Ester Primavera comprendía lo que en mí
ocurría, y para que no me olvidara nunca de ella, y para que recordara
siempre esos transitorios momentos, los adornaba de una delicadeza de
palabra e infantilidad infinitas, de manera que parecía inconcebible tanta
voluntad de terminar bajo una apariencia tan frágil y dulce.
Un día nos despedimos definitivamente. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Bronca suena la guitarra entre las manos del pardo Leiva. Sacco ceba
mate. La montaña negra exhala un hálito salvaje de monstruo que respira
lentamente. Más allá están las ventanas iluminadas de todos los
pabellones. A la luz de un foco, por el sendero enarenado, pasa un
enfermero, con el delantal blanco inflado por el viento. Lleva en la mano
una bolsa de oxigeno.
Paya, sentado a la orilla de la cama de Leiva, fuma lentamente. Ninguno
habla, sino que escucha el tango, un tango que orillea el callejón de la
muerte en el cuerpo de una mujer que vuelve de la calle.
De pronto el muchacho judío se despierta despavorido. Desgreñado,
apoyada la espalda en el respaldar, tose continuamente.
—Hay mucho humo —dice Leiva.
—Si, mucho.
Paya abre la ventana y una ráfaga de aire helado atorbellina un instante la
neblinosa atmósfera. El muchacho judío tose continuamente, con el
pañuelo apretado contra los labios. Después mira el pañuelo y sonríe con
alegría. El pañuelo está blanco aún.
—¿No hay sangre?
El pelirrojo hace que no con la cabeza.
Esa es la obsesión nuestra. Y siempre nos consultamos.
No hay uno de nosotros que no sepa dónde está localizada su lesión y la
del compañero. Nos auscultamos mutuamente. Hay algunos que tienen un

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“oído espantoso”. Descubren antes que el médico esa especie de sibilante
escape de viento que en un punto de la espalda o del pecho indica la
grieta de la muerte.
Y hablamos de las evoluciones de la enfermedad con una erudición
enfermiza. Hasta hacemos apuestas, sí, apuestas sobre los que están
moribundos en las salas. Se juegan paquetes de cigarrillos para ver quién
acierta la hora en que morirá uno que agoniza. Juego complicado y
terrible, ya que a veces el moribundo no se muere, sino que “reacciona”,
entra en la convalescencia, se cura de la enfermedad y a su vez comienza
a burlarse de los jugadores, y a entusiasmarse hasta el punto de buscar
irónicamente otro “candidato” sobre quien apostar.
Y la vida y la muerte hay momentos en que nos parece que valen menos
que la colilla del cigarrillo que fumamos tristemente.
Tan es así, que me digo que si no fuera por el recuerdo de Ester
Primavera ya me hubiera matado. En medio de esta miseria, su nombre
ate golpea mejillas como una ráfaga de viento caliente.
Ha dejado de ser la mujer que un día envejecerá y tendrá cabellos
blancos, y la sonrisa cascada y triste de las viejas. Ligada a mí por el
ultraje, desde hace setecientos días, vive en mi remordimiento como un
hierro espléndido y perpetuo, y mi alegría es saber que cuando esté
moribundo, y los enfermeros pasen a mi lado sin mirarme, la imagen
desgarrada de la delicada criatura vendrá a acompañarme hasta que
muera. Pero ¿de qué modo pedirle perdón? Y sin embargo, hace
setecientos días que pienso a toda hora en ella.
Envuelto en el sobretodo salgo a la galería, con una manta a cuestas.
Cierto es que “eso” esta prohibido, pero en un rincón de tinieblas me
tiendo en una reposera. Tan oscuro está que el acre olor de los espinillos
parece la voz de la tierra. Una masa oscura se levanta paralela a mi
semblante: es la montaña. Muy lejos, inciertas como estrellas, un cordón
de luces amarillas reticula la distancia en un plano hipótetico. Son las
calles de Ucul.
La carne se me endurece sobre los huesos, ¡tanto frío hace! Descienden
copos de nieve. Parecen plumas que giraran sobre sí mismas. Y yo pienso:
—¿Por qué fui tan canalla con esa criatura? —Y nuevamente recaigo en el

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grosero recuerdo.
Un mes después que todo había terminado entre nosotros, la encontré por
la calle, en compañía de un individuo. El cual era chiquitín, tenía facha de
jefe de oficina, bigotes de gato y cara amulatada. Ella me dirigió una
mirada irónica como diciéndome: “¿Qué le parece el tipo?”, y yo
permanecí durante un cuarto de hora en la esquina, abriendo la boca...
Pero ¿tenía derecho a indignarme? ¿No me había dicho ya: “Me casaré
con el primero que venga y demuestre quererme un poco?”
¿Y esa mirada irónica había brotado de sus ojos que antes miraron
llorosos? ¿Era posible eso? Un rencor “frío”, una de esas rabias
ensordecidas por la ferocidad latente en todo hombre y que sólo se
componen de acción inmediata, me llevó hasta un café. Pensaba que tenía
que borrarla de mi vida, terminar por crearle una situación que hiciera
imposible una nueva amistad entre nosotros. Que ella me tuviera tal
aborrecimiento que en el futuro, aunque me arrodillara a su paso, fuera
inútil en mí toda humillación. Yo sería el único hombre a quien odiaría con
paciencia de etdadidad.
Entonces pedí recado de escribir y redacta la carta más infame que nunca
haya salido de entre mis manos. Mi ferocidad y mi desesperación
acumulaban ultraje sobre ultraje, tergiversaba hechos que ella me había
narrado, exaltaba detalles de su vida que sugerirían a un tercero que no
conociera nuestras relaciotas la idea de una intimidad que nunca había
existido, y limaba los insultos para hacerlos más atroces e inolvidables, no
con palabras groseras, sino escarneciendo su nobleza, retorciendo sus
ideas ideas, abochornándola de tal forma por su generosidad que de
pronto pensé que si ella pudiera leer esa carta se arrodillaría ante mí para
suplicarme que no la enviara. Y, sin embarga, era inocente.
Y como sabía que en ese momento no se encontraba en su casa y sí en la
calle conversando con otro, se la envié en la certeza de que la recibiría la
madre o el hermano, que no podrían dudar de lo que estaba allí escrito,
pues las citas se referían a sucesos que sólo por ella yo podía conocer.
Llamé a un chico lustrabotas y le ofrecí un peso para que llevara la carta,
le advertí que golpeara ruidosamente las manos, para que la sirvienta no
secuestrara la carta, ya que en la casa no dejarían de preguntar quién era
el que tal escándalo hacía en la puerta, y el muchacho, después de
abandonar el cajón al pie de la mesa, desapareció en la calle sombreada

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de acacias, dando grandes saltos.
—Ya está hecho —me dije.
Sin embargo, no sabía lo que ocurría en mí. Un reposo nuevo aplomaba
mis nervios. Volvió el lutrabotas, y por la filiación que me dio del que había
recibido la carta, reconocí en el hombre al hermano. Le di el peso y se fue.
Yo tomé por una calle. Caminaba tranquilo, observando las manchas en
los umbrales, el verdor de los jardines, hasta que me detuve para levantar
a una criatura que, al salir corriendo de un zaguán, tropezó, cayendo. La
madre de la criatura me dio las gracias. Caminaba tranquilo, como si mi
personalidad fuera ajena a la infamia. Sin embargo, había ocurrido algo
tan enorme e imposible de remediar como la marcha del sol o la caída de
un planeta. Y sólo violentando la imaginación pude imaginarme la llegada
del zarrapastroso golpeando desaforadamente las manos, y el asombro de
toda esa gente al recibir para una hija semejante...
Y no podía menos de reírme, pues el sueño me había cogido como un
engranaje. Me imaginaba a un caballero esgrimiendo la carta entre
interrumpidos ensayos de moral doméstica y ciceronianos denuestos
truncados por el desvanecimiento de la madre, las hermanas llorando ante
una posible catástrofe, el hermano interrogando a gritos a la mucama
sobre mi filiación para poder apalearme, la sirvienta espantada avizorando
la llegada de la “niña” y murmurando entre dientes:
—¡Cómo suceden las cosas, Dios mío! —mientras que la cocinera se
regodeaba entre las cacerolas, gozando el chisme que a la noche le
contaría a su marido,elogiando, en tanto, la moral de los pobres y diciendo
con grotesca suficiencia, al par que colgaba una sartén:
—Ah, no, más vale ser pobre y honrada...
Mis carcajadas estallaban tan sonoramente en la calle, que los transeúntes
se detenían para mirarme, convencidos de que me había vuelto loco, y un
vigiante terminó por acercárseme y preguntarme:
—¿Qué le pasa, amigo?...
Lo miré insolentemente, y le respondí que ante todo no era amigo suyo y
después:

18

—Cómo, ¿está prohibido reírse de lo que uno piensa?
—No era para ofenderlo, señor.
Luego el delirio pasó. Nada podía detener lo hecho.
Llegó la noche, y yo sabía que ella estaba allá, sufriendo.
A través de los días supe de todos los remordimientos, Me la imaginaba a
Ester Primavera al caer de la tarde, sola en su dormitorio. La pálida
criatura, apoyados los brazos en el rectangular respaldar de bronce de su
cama y mirando las almohadas, pensaría en mí. Y se preguntaría: “¿Es
posible que me haya equivocado tanto? ¿Es posible que se encierre tal
monstruo en ese hombre? Pero, ¿entonces todas las palabras que dijo son
mentiras, entonces toda palabra humana es mentira? ¿Cómo es que no he
visto la falsedad en su rostro y en sus ojos? Y ¿cómo pude hablar yo de
mí? ¿Cómo pude expresarle tantas situaciones sinceras, darle mi yo más
puro sin que se conmoviera? Pero entonces, él ha sido el más encanallado
de los hombres que he conocido. ¿Por qué fue así?”
Nunca la ví como entonces, tan triste en mi recuerdo. Parecíame que
todos sus sueños levantados como esbeltos paralelepípedos en el aire
luminoso de la mañana se desmoronaban cubriéndola de polvo terreno.
Y a medida que reconstruía todas las penas que ella sufriría por mi culpa,
desde lejos me sentía ligado a su substancia, y si en aquellos instantes
Ester Primavera se acercara a mí para matarme, yo no me habría movido.
Cuántas veces pensé en aquellos días en la delicia de morir a sus manos.
Porque yo había creído que con la terrible infamia la limaría de mi
conciencia y que nunca su pálida carita estaría en mí, pero me equivoqué.
Con la cruel ofensa la coloqué en mis días más inmóvil y firme que una
espada que me atravesara perpendicularmente el corazón. Y a cada latido
el tajo profundo se ensancha en lento desgarramiento.
Y durante un tiempo las noches y los días voltearon sus aspas en mis ojos
como si estuviera ebrio.
Muchos meses después la encontré...
Caminaba yo con la cabeza inclinada, cuando instintivamente la levanté.

19

En mi dirección, Estar Primavera cruzaba la calle, venía hacia mí. Pensé:
—Ah, qué feliz sería si me diera una bofetada.
¿Adivinó ella lo que sucedía en mí?
Rápidamente, moviendo apenas los hombros, el semblante desgarrado, la
mirada fija, avanzaba hacia mí. El vestido negro se atorbellinaba en torno
de sus piernas ágiles. Un bucle de cabellos dejábale libre la sien, y le
ceñía la garganta una corta piel negra.
Sus pasos se hacían cada vez más lentas. Me miró con silencio de alma.
Yo era quien tanto la había hecho sufrir... De pronto ella estuvo a un
paso... era la misma que estuvo un día junto a mí, la que hablaba de la
montaña, del océano y de los acantilados... Nuestros ojos se encontraron
más cercanos, había en su cara una claridad lunar, la arruga fina del
sufrimiento le cruzó la frente... se encresparon sus labios, y sin decir
palabras, desapareció...
Hace setecientos días que pienso en ella. Y siempre por escribirle desde
este infierno para pedirle perdón.
La nieve cae oblicuamente. En la oscuridad avanza un enfermero. De
pronto en su mano derecha centellea el foco de la linterna eléctrica. Me
enfoca en un cono blanco de resplandor, y secamente me dice:
—Siete, vaya a “acostarse”.
—Ya voy.
Hace setecientos días que pienso en ella. La nieve cae oblicuamente. Dejo
la reposera y me encamino al pabellón. Pero antes de llegar tengo que
rodear una baranda que mira hacia el sur. Allá, a ochocientos kilómetros
está Buenos Aires. La noche infinita ocupa un espacio de desolación. Y yo
pienso:
—Ester Primavera.

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Roberto Arlt

Roberto Emilio Gofredo Arlt (Buenos Aires, 26 de abril de 1900 - Buenos
Aires, 26 de julio de 1942) fue un novelista, cuentista, dramaturgo,
periodista e inventor argentino.
En sus relatos se describen con naturalismo y humor las bajezas y
grandezas de personajes inmersos en ambientes indolentes. De este
modo retrata la Argentina de los recién llegados que intentan insertarse en
un medio regido por la desigualdad y la opresión. Escribió cuentos que han

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entrado a la historia de la literatura, como El jorobadito, Luna roja y Noche
terrible. Por su manera de escribir directa y alejada de la estética
modernista se le describió como «descuidado», lo cual contrasta con la
fuerza fundadora que representó en la literatura argentina del siglo XX.
Tras su muerte aumentó su reconocimiento y es considerado como el
primer autor moderno de la República Argentina.

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