El doctor Centeno
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El doctor Centeno
-
Novela de Benito Pérez Galdós publicada en 1883 que narra las experiencias de Felipe Centeno, un adolescente de origen humilde que intenta abrirse camino en el Madrid del siglo XIX. A través de su recorrido por distintos espacios sociales, la obra retrata la pobreza, las dificultades educativas, las condiciones de vida de las clases populares y las desigualdades sociales de la época. También muestra las consecuencias emocionales de la precariedad y la exclusión sobre niños y jóvenes.
-
Madrid, España
-
n/a
-
Pérez Galdós, Benito
-
1883
-
Obtenido de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
-
español
-
Imprenta y Litografía de La Guirnalda
-
Dominio público
-
n/a
-
bienestar emocional
-
tl_000015_1883
-
texto literario
-
novela
-
BENITO PÉREZ GALDÓS
El
doctor
Centeno
Estudio preliminar, edición y notas de
Isabel Román Román
[TextosUex]
Índice
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
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Colección TEXTOS UEX
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ÍNDICE
BENITO PÉREZ GALDÓS
El doctor Centeno
Estudio preliminar, edición y notas de
Isabel Román Román
Cáceres
2018
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esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista
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Edición digital de la 1ª edición impresa de 2008
© Isabel Román Román (edición, estudio preliminar y notas), 2018
© Universidad de Extremadura, para la 1.ª edición
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Índice
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Estudio Preliminar................................................................
11
Parte I
I. Introducción a la Pedagogía...........................................
105
II.
Pedagogía........................................................................
149
III.
Quiromancia....................................................................
229
Parte II
IV. En aquella casa...............................................................
293
V.
Principio del fin..............................................................
361
VI.
Fin...................................................................................
409
VII.
Fin del fin.......................................................................
463
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Estudio preliminar
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En el cierre del manuscrito de la novela, el autor deja anotadas las
fechas de la composición de El doctor Centeno: enero-marzo de 1883.
Muy poco después, en mayo, la novela aparecía editada en dos tomos
separados por un corto intervalo de tiempo, ya que en el final del
segundo volumen figura «mayo de 1883». Según comentario de Clarín
en carta a Galdós fechada el 24 de junio de 1883, en menos de tres
semanas ya había una reedición del tomo I, anticipándose a la salida
del segundo tomo, lo que le parece algo insólito en España (Cartas
a Galdós: 212-213). La Editorial La Guirnalda volvió a imprimir la
novela ese mismo año, y en 1886 y 1888 se lanzarían sendas reediciones, con las mismas planchas litográficas y sin corrección de erratas.
La edición en dos tomos responde al manuscrito, que indicaba
«Fin del tomo primero», «Fin del tomo segundo», y establecía un
orden correlativo de los capítulos, pero cada uno de los dos volúmenes de 1883 se presentó de modo independiente, y por tanto la
paginación del tomo II no era consecutiva de la del I. El precio
habitual de cada tomo era de dos pesetas en 1883, según vemos
en la publicidad que encabeza el tomo II de El doctor Centeno en
su primera edición, pero ya en el año siguiente se vendían los dos
conjuntamente, al precio de 6 pesetas.
Ortega Munilla, director de El Imparcial y gran amigo de Galdós, pidió al novelista «capillas» de El doctor Centeno –como había
hecho con El amigo Manso el año anterior– para editarlas en «Los
lunes de El Imparcial», pero ante la desidia del autor, fue el editor
quien le envió un tomo ya impreso del tomo I, que Ortega comenta
elogiosamente en el periódico del lunes 28 de mayo, declarando al
tiempo su impaciencia por «leer el segundo tomo anunciado para
dentro de breves días». En este mismo número publica bajo el epígrafe «Fragmentos», y con el título «El héroe», los párrafos iniciales
de la novela. Dadas las fechas, no sería raro que la distribución del
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Isabel Román Román
tomo II comenzase ya entrado junio. En carta a Galdós, Ortega
reafirma su entusiasmo y el aprecio por los tipos creados (Felipe y
sus amigos, don Pedro y sus luchas secretas con la tentación, doña
Isabel…). Tal vez percibió en la semblanza dedicada a la dama una
unidad constructiva «redonda», ya que le ofrece a Galdós incluir en
El Lunes de El Imparcial el fragmento dedicado a la tía de Miquis,
lo que finalmente, por cierto, no pudo hacer (Cartas del Archivo de
Galdós, de la Nuez y Schraibman: 198-200).
El cierre del tomo I anuncia el siguiente volumen, pero lo que
argumentalmente se anticipa es poco fiable, pues se atribuye a las
ensoñaciones de Miquis: «Todo se presentaba a sus despabilados ojos
con fortísimas tintas y limpios contornos: la gloria artística, el triunfo
del más atrevido de los dramas, dichosos lances de amor y fortuna,
degustación de placeres desconocidos, poesía y realidad, todo lo
veía vivo, corpóreo, de carne, de sangre y de hueso, encarnado en
seres humanos, con voz y figura que él plasmaba en su imaginación
creadora». El lector se enfrentará entonces a un problema de «grandes esperanzas» y a la posibilidad de que estas se cumplan o no. El
narrador sólo se atribuye a sí mismo el cierre metaliterario, incluso
autorial, apuntando el protagonismo que la historia de M
iquis va a
adquirir, y el desarrollo de la relación amo-criado: «En los capítulos
siguientes veremos las hazañas de estos dos niños. En vez de un
héroe ya tenemos dos».
Tres capítulos de los cuatro que contiene la Parte II se titulan
«Principio del fin», «Fin» y «Fin del fin», como si se nos diese un
final dividido en tres partes o etapas, que corresponden a los peldaños
que baja en su decadencia física, moral y espacial Miquis. Como
veremos más adelante en nuestro comentario del manuscrito, Galdós
dudó mucho sobre la división de esta materia del final de Miquis.
¿CICLO NARRATIVO, TRILOGÍA, NOVELA
INDEPENDIENTE?
Para Clarín, El doctor Centeno daba origen a una serie que
continuaba en Tormento, en la que el autor procura, más que en los
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Estudio preliminar
Episodios Nacionales, «imitar el movimiento natural de la vida, tanto
individual como social». Galdós, a juicio de su contemporáneo, se
encontraba con alientos para una tarea tan ambiciosa, y por ello
«ha venido a parar en una nueva serie que empieza en El Doctor
Centeno y no se sabe dónde parará» (Clarín, Ensayos sobre Galdós,
«Tormento»: 105-109).
El doctor Centeno, Tormento y La de Bringas forman, a juicio
de críticos como G. Gullón, que ha ofrecido una excelente perspectiva de estas novelas (1970-71), un ciclo narrativo. Pueden ser leídas
como obras autónomas, ya que la trama y la estructura es diferente
en cada una, pero también nos incitan a una lectura de la trilogía
completa, en la que existe continuidad argumental, sucesión temporal
y participación de unos personajes recurrentes.
Las tres forman un grupo de obras vinculadas por el marco
temporal que abarcan, con datos históricos precisos que llegan hasta
septiembre de 1868, muy bien integrados en la ficción. Sin embargo,
las fechas en las que se enmarcan los relatos no siguen la cronología
de la composición de las novelas: los hechos narrados en El doctor
Centeno corresponden a 1863 y el primer semestre de 1864, mientras
que la primera de las Novelas Contemporáneas, La desheredada,
ofrece un relato ambientado en 1874 y 1875. Las cronologías de la
diégesis de las novelas se inauguran con El doctor Centeno, y se
continúan con el marco temporal reflejado en Tormento (1867-68)
y en La de Bringas (1868). En El doctor Centeno y Tormento se
percibe el aumento de la tensión prerrevolucionaria, que desemboca en la Gloriosa. Septiembre de 1868 es el tiempo histórico que
pone fin a La de Bringas, donde la tensión popular culmina con la
conspiración de Prim que dio lugar a la expulsión de la reina. A
partir de aquí, el resto de las llamadas «Novelas contemporáneas»
se enmarcarán ya en el período postrevolucionario.
La relación entre El doctor Centeno y la siguiente novela,
Tormento, es particularmente estrecha, y se preanuncia en el cierre
de nuestra novela de 1883, cuando Ido del Sagrario anticipa lo que
va a ocurrir en Tormento: «Y ahora que nombro a don Pedro, diréte
que ya ese hombre no es hombre; es una bestia. La familia está
desorganizada; cada cual tira por su lado; la madre parece que ha
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Isabel Román Román
caído poquito a poquito en la mala costumbre de echar unas siestas
después de comer… Ya en mis tiempos gustaba de lo añejo. Mar
celina, entregada a la embriaguez del fanatismo, pasa todo el día
en la iglesia, borracha de rezos, y don Pedro… ¡Oh! Ese merece
capítulo aparte, y si tenemos rato libre, te he de contar los horrores
que sé, y hacerte ver los pasos del incierto camino por donde marcha
nuestro maestro sin ventura…».
¿Se deben leer seguidos al menos El doctor Centeno y Tor
mento? Como afirma Ribbans (1993: 503) ya en la propia época
de Galdós habría dos tipos de lectores: aquellos que conociendo
El doctor Centeno esperaban ansiosos su continuación, y otros que
llegaban de nuevas a Tormento, con la expectativa de una historia
que se explicase a sí misma. Sin embargo, los guiños al lector fiel
son continuos. En Tormento, Felipe es personaje secundario, aunque
con una actuación relevante en la trama, cuando impide el suicidio
de Amparo. Por fin su lealtad y buen sentido parecen premiados
con un buen amo, el indiano Agustín Caballero. Y cuando termina
esta novela, el niño no vuelve a aparecer en la narrativa galdosiana, aunque su trayectoria parece orientada hacia la madurez y
la honradez.
La apertura de Tormento coincide con el cierre de El doctor
Centeno: también en forma teatral, los mismos interlocutores José
Ido y Felipe dialogan años después, y con su nueva conversación
proveen de información sobre lo ocurrido en el lapso de tres años.
Las hermanas Sánchez Emperador ahora son huérfanas y en torno
a ellas existe un secreto que Ido susurra a Felipe, sin que el lector
obtenga más que intriga sobre ese misterio. En Tormento, como ha
visto Ribbans (1993), hay elusiones de información, al igual que
ocurre en El doctor Centeno: por ejemplo, algo tan importante
como la seducción de Amparo por parte de Polo ha ocurrido ya
en El doctor Centeno, y este hecho funciona como consabido en la
novela siguiente. El capítulo XIV de Tormento es muy semejante
en su inicio y función al que comienza la Parte II de El doctor
Centeno, y en cierto modo divide también en dos partes la novela,
con un lapso temporal de un año en la vida de los personajes. El
narrador de Tormento dará un salto temporal de un año, y lo justifica
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Estudio preliminar
combinando un nuevo ubi sunt paródico (semejante al de El doctor
Centeno en la apertura del segundo tomo), con el tono sermonario
acerca de un «caso ejemplar» que va a introducir, el de la caída
de don Pedro Polo. Esta apertura paródica actuará como resumen de la mucha información que se nos escamotea sobre el presente de los personajes durante ese año que media entre las dos
partes de Tormento.
LA NOVELA DE FELIPE CENTENO
Ya al poco de aparecer la novela, hubo quienes opinaron que
no tenía estructura definida. El autor de La Regenta, sin embargo,
defendió que es imposible dar un orden armónico cuando lo que
se pretende es copiar un pedazo de la realidad, «copiar la vida de
tamaño natural», y a los que reclamaban un protagonista claro en
la novela, advierte que el protagonista de una novela puede ser
una idea y hasta un pueblo entero (Clarín, Ensayos sobre Galdós,
«Tormento»: 105-109). Con fina lectura, Ortega Munilla –que según hemos indicado fue uno de los primeros lectores de la primera
parte– dice a Galdós: «Lo mejor de este libro es que no pasa nada.
El que busque acción (…) a las órdenes de la lógica que se meta en
el manicomio de los dramáticos o en el tonticomio de los folleti
nistas» (Cartas del Archivo de Galdós: 198-200).
¿Es Felipe el verdadero protagonista de la novela? Así parece
anunciarlo el título, que incorpora el mote de un cartel trazado por
Ido en II, v, como mofa de las dificultades del niño en la escuela.
La ramificación del texto en varios personajes destacables y en situaciones dispersas crea división de opiniones, aunque parece evidente el protagonismo del niño en el tomo primero y el de Miquis
en el segundo. El autor no quiso un título dual al modo del Fortu
nata y Jacinta de años más tarde, pero la relación de Miquis y Felipe, vertebradora de la Parte II, ha hecho que algunos críticos entiendan la obra como una novela de aprendizaje, un lebendildung
roman estructurado sobre la interacción y el coprotagonismo de amo
y criado (N. Clemessy, 1989).
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Isabel Román Román
Para J. C. Mainer, la novela se construye con la superposición
de tres tramas, en las cuales habría un protagonismo claro del niño
en la primera, siendo en las otras más bien testigo y punto de vista
para el relato. La primera trama sería en efecto la novela de Felipe
Centeno en Madrid y en la escuela de Polo, vinculada al impulso
picaresco y a novelas como Oliver Twist y David Copperfield de
Dickens; la segunda sería el «relato potencial» que en la segunda
parte de la novela se vertebra «en torno a la pasión y muerte de
Miquis», relacionada con la llamada «novela de artistas» que en
Francia dio varias novelas sobre personajes pintores. Por último,
la tercera trama sería el esbozo de la historia de Polo y Amparo
Sánchez Emperador (Mainer: 16-17).
Son comprensibles las dudas sobre el protagonismo de Felipe,
por ejemplo cuando en el capítulo III, «Quiromancia», el narrador deja de seguir a Centeno para realizar la semblanza de doña
Isabel Godoy. El recurso del radical salto de escenario y personajes es frecuente en la novela popular, aunque aquí el narrador no
se sirva de los clásicos comentarios retóricos del tipo: «Dejemos
a X y vayamos ahora a la casa de Y, donde en ese tiempo estaba
ocurriendo tal cosa…». Pero el efecto es que durante un amplio
período textual el lector deja de ver al niño, en un momento crucial
de su existencia, expulsado de noche de la casa de Polo y sin tener
dónde ir.
Diversos críticos, a partir de Clarín, han defendido que Felipe
es el eje que articula toda la novela. El fino crítico contemporáneo
que entre otras cosas era también Clarín, en su reseña de 5 de
agosto de 1883 ya advirtió que es el niño quien «sirve de engarce
a todos los episodios en que se va retratando la vida contemporánea» (Clarín, Ensayos sobre Galdós, «Tormento»: 105-109). Más
cercanas en el tiempo, las ideas de José F. Montesinos –no siempre
afortunadas– han sido rebatidas convincentemente en lo tocante al
supuesto desorden de estructura de la novela, particularmente por
G. Gullón y N. Clemessy. Toni Montesinos, en el prólogo de una
reciente edición de la novela, concuerda en que Felipe es el nexo
de unión entre el ámbito de la educación de la primera parte y el
de la decadencia por falta de dinero en la segunda. A su juicio, el
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Estudio preliminar
tema tan galdosiano de las esperanzas y los sueños, enfrentados a
los límites que imponen la vida y la sociedad, se plasma en nuestra novela contrastando la ceguera ante la realidad del artista y la
conciencia pragmática del sirviente (El doctor Centeno, edición de
Y. Arencibia: 14).
Es cierto que «pasan pocas cosas» en el sentido tradicional de
la acción narrativa, por lo que respecta a la vida de Felipe. Y es
que la temporalidad de El doctor Centeno es corta: el niño Felipe
aparece en el Observatorio el 10 de febrero de 1863, y explica a
Miquis que ha llegado a Madrid procedente de Socartes, de donde
salió dos meses antes de ese día preciso de febrero. En casa de Polo
permanecerá hasta septiembre del mismo año de 1863. A comienzos
del curso 1863-64 está matriculado en el Instituto y vive en la pensión de doña Virginia como criado de Alejandro Miquis. Durante
el tiempo con Miquis sólo asiste a algunas clases en un trimestre,
y luego tiene que abandonarlas, por las necesidades económicas de
su amo. A pesar de ello, su curiosidad y deseo de aprender permanecen, como se ve en su interés por los libros de los estudiantes, o
en la autopsia a la que somete al gato muerto. Cercano a su final
Miquis fantasea con marcharse a la Mancha el 15 o el 20 de junio
de 1864 (cap. VI, iv), con lo que hemos asistido a un fragmento de
vida que abarca sólo dieciséis meses.
Aun perteneciendo nuestra novela a la «segunda manera» de la
narrativa galdosiana, el personaje de Felipe Centeno tiene su origen
en Marianela y una breve reaparición en La familia de León Roch,
dos obras de lo que el autor llamó su «primera manera».
El capítulo final de Marianela, titulado «¡Adiós!», despide a
la desventurada Nela en la grandiosa tumba con que la ha honrado
Florentina, cuya lápida lleva grabada como fecha de la muerte de la
niña: «12 de octubre de 186…». Curiosamente, sólo desde la lectura
de El doctor Centeno, sabemos retrospectivamente que Marianela
murió en 1862.
El narrador no termina la novela con la lápida y el epitafio,
que parecería el más absoluto final del relato, sino que el adiós al
personaje se encadena con la inmediata atención al compañero de
Nela:
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«Despidámonos para siempre de esta tumba, de la cual
se ha hablado en El Times. Volvamos los ojos hacia otro lado,
busquemos a otro ser, rebusquémosle, porque es tan chico que
apenas se ve, es un insecto imperceptible, más pequeño sobre
la faz del mundo que el philloxera en la breve extensión de la
viña. Al fin le vemos; allí está, pequeño, mezquino, atomístico.
Pero tiene alientos y logrará ser grande. Oíd su historia, que es
de las más interesantes…
Pues señor…
Pero no: este libro no le corresponde. Acoged bien el de
Marianela y a su debido tiempo se os dará el de Celipín».
Desde la tumba de Nela, como vemos, el narrador no sólo promete la historia de Centeno, sino que parece amagar con impaciencia su comienzo, al modo de los inicios de la novela picaresca
(«Pues señor…»), o de un relato tradicional contado oralmente a
un auditorio expectante.
Por otra parte, la comparación del niño con un insecto aparentemente común e insignificante, pero valioso para un biólogo que se
proponga individualizarlo y estudiarlo al microscopio, será la que
se encadene en la apertura de El doctor Centeno. Y, en semejante
forma encadenada, al final de El doctor Centeno se prometerá la
novela de don Pedro Polo y Amparo Sánchez Emperador.
En Marianela se encuentran los datos sobre el entorno geográfico y familiar de Felipe. En frecuentes digresiones autoriales, tan
típicas de las novelas de tesis, desmitificaba Galdós en Marianela
el tópico del «buen aldeano», y critica la brutalidad y el atraso de
la familia Centeno, en el capítulo IV de la novela («La familia de
piedra») que les dedica específicamente. El medio geográfico y el
familiar en el que ha nacido Felipe quedan bien dibujados en Maria
nela, así como la psicología, proyectos y ambiciones del niño. Allí
el lector escucha las elocuentes confesiones a su amiga y cómplice
Nela, sus deseos de marcharse solo, de alejarse de su lugar y su
familia con la intención de estudiar. Sus modelos son, sin duda, los
dos científicos hermanos Golfín, huérfanos humildes que se han
hecho a sí mismos y han logrado sus sueños gracias al esfuerzo y
la educación. El escaso dinero que el niño puede ir ahorrando con la
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Estudio preliminar
cooperación de Nela (una peseta que había regalado Teodoro Golfín
a la niña, dos duros dados para zapatos), es atesorado por él con la
firme determinación de poder utilizarlo en el futuro para hacerse
«hombre de provecho», «hombre de pesquis», como declara.
La relación entre los chiquillos es sin duda un componente
destacado en Marianela, y ha sido apreciada como «una melodía de
dos voces en la que lo tierno conmovedor que corresponde a la chica
alterna con las notas humorísticas que ponen de realce el perfil psicológico del niño» (Clemessy: 32). Por otra parte, suscita una reflexión acerca del determinismo genético y ambiental, cuestión clave
en el Naturalismo: Nela parece predeterminada, y el final de la novela confirma los augurios pesimistas sobre su futuro. Sin embargo,
los hermanos Golfín, que merecen incluso una especie de relato
interior en la obra (el capítulo X, «Historia de dos hijos del pueblo») han triunfado pese a tener como huérfanos un origen semejante al de Nela. Sin duda la diferencia radica en la educación salvadora, asunto que preocupa mucho a Galdós, según precisaremos
más adelante. En el punto intermedio estará Felipe Centeno, del
cual no sabemos aún al final de Marianela si logrará estudiar y
escapar de un tipo de existencia que, con extraña madurez y sentido crítico, considera insuficiente para él, aunque el narrador anticipa su confianza en el éxito del niño: «Tiene aliento y logrará
ser grande», pronostica el narrador, compartiendo el optimismo del
chiquillo.
Galdós, que ejecuta a menudo lo que podríamos llamar un
«doble cierre» de las novelas (a la manera de los dos cierres, el
biográfico y el metaliterario de El Quijote), así lo hace en Marianela. No parece haber un final más rotundo para una biografíanovela que la muerte, entierro e incluso tumba y epitafio, como en
el caso de esta novela. O la agonía, muerte y honras fúnebres, en
El doctor Centeno, y en varias otras de las Novelas Contemporáneas –Fortunata y Jacinta es otro buen ejemplo de doble cierre–
que terminan también con la muerte de un personaje principal.
Parece que, desde la perspectiva de la diégesis narrativa, la novela
Marianela queda totalmente cerrada. Y sin embargo, el autor superpone un segundo cierre metaliterario, en el que se anuncia el
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Isabel Román Román
futuro desarrollo de un personaje que sigue vivo, como ocurre con
Centeno.
Transcurrieron cinco años entre la promesa emitida ante la
tumba de Marianela y su cumplimiento. Galdós hilará perfectamente
ambas novelas, cuyas conexiones suponen una intersección entre
características de las novelas de tesis de la primera época (espacios
simbólicos, tiempos imprecisos…) y la minuciosidad detallista del
Madrid contemporáneo, ya a partir de 1881. Con detalle informa
Felipe a Miquis de que ha estado andando siete semanas y dos días
desde Socartes a Madrid, lo que crea una línea de continuidad entre un espacio ficticio y otro tan real como el Madrid de 1863 que
abre la novela. En El doctor Centeno el niño recuerda a menudo
la ficticia localidad minera de Socartes, su lugar de nacimiento,
pero se encuentra ahora en un Madrid muy exacto, con recorridos
urbanos y datos históricos y sociales tan precisos que nos alejarán
definitivamente de la abstracción y el simbolismo.
Otro factor de conexión entre ambas novelas se da en el nivel
de la elocución, ya que Galdós desarrolla en la apertura de El doctor
Centeno las analogías con que cierra Marianela, paralelamente a
una visión y seguimiento de la trayectoria del niño en planos cortos,
si se nos permite la terminología cinematográfica, a tenor de los
movimientos de una especie de cámara que el narrador manejase
para agrandar la percepción del «niño-insecto» que había explicitado
al final de la novela de 1878.
Por cronología, el cumplimiento de la promesa de contar la
vida de Felipe debería haberse realizado en la novela siguiente a
Marianela: La familia de León Roch, de 1879. Pero Felipe aparece
sólo brevemente en esta novela, como criado que se ocupa sobre
todo del místico Luis Gonzaga, hermano de María Egipcíaca. En
el capítulo XVIII el narrador lo describe como «Un lacayín con
pechera estrecha de botones, la carilla alegre y vivaracha, la cabeza
trasquilada, los pies ágiles y las manos rojas llenas de verrugas,
era el único que le prestaba algunos servicios, aun a despecho del
mismo joven».
La elocuencia que Felipe mostraba ante su amiga en la novela
anterior, desaparece por su nueva condición, y por el amo retraído
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PORTADA
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Estudio preliminar
a quien debe atender, el insufrible cuñado de León. La única conversación que se reproduce directamente es muy simple:
«Este solía hacerle preguntas:
–¿Cómo te llamas?
–Felipe Centeno.
–¿De dónde eres?
–De Socartes.
Pero no hablaban largo. El anacoreta bajaba los ojos y el
lacayito se alejaba».
Pese a su escasa presencia en la novela, su ausencia provoca
un efecto catalizador en León Roch, y su expulsión de la casa se
convierte en la prueba final que colma la paciencia del hombre
con los excesos beatos de su esposa. Cuando ésta decide expulsar
a Felipe de la casa para sustituirlo por un nuevo criado más de su
gusto (un joven sacristanesco y relamido), León acoge tan mal la
novedad que en esa misma noche decide plantear su separación
matrimonial.
La información que se nos da sobre Centeno es que ha sido
expulsado de la casa porque se negó a la obligación de confesar,
impuesta por la dueña de la casa (cap. IV, vii). León recrimina
a María su decisión, y en sus palabras se nos resume la condición del niño, y la persistencia en los planes que ya tenía en
Marianela: «–Antes de echarle de casa, debiste considerar que
he tomado cariño a ese muchacho por su aplicación, su deseo de
instruirse y el fondo de bondad que se le descubre en medio de
sus puerilidades y travesuras. Le traje de casa de tu madre porque siempre que venía aquí se quedaba extasiado delante de mis
libros».
La frase de despedida de Felipe, que conocemos reproducida
por una escandalizada María, dice mucho sobre la personalidad
autónoma y obstinada del niño: «Hace mucho tiempo que le obligo
a confesar. Hoy le reprendía por no haberlo hecho el domingo pasado ni tampoco éste, y el muy tuno en vez de llorar volvióse a mí
y me dijo con mucho descaro: “Señora, déjeme usted en paz; yo no
quiero nada con cuervos”».
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Isabel Román Román
FELIPE CENTENO COMO «PUNTO DE VISTA» NARRATIVO
Desde las primeras páginas del relato parece evidente que el
narrador privilegia la escala de valores y el punto de vista del niño,
y de ahí el detallismo de la descripción y la demora en la narración
de aparentes naderías, como la del fumar, que presenta al cigarro
como monstruo: con una lente de aumento, el narrador asume tanto
la visión del niño como sus sensaciones, por las que percibe todo al
revés («El Hospital empieza a tambalearse…» en cap. I, i). Galdós
dedicará amplio espacio a hechos biográficos aparentemente menores en la vida del biografiado: el pasaje hiperbólico que acabamos de
mencionar ocupa una extensión que a primera vista resulta excesiva,
pero que con toda coherencia procede de la inmersión en la escala
de valores y proporciones que corresponden a Felipe.
Es igualmente visible que Felipe actúa como filtro del relato, lo
que afecta a la información que el lector recibe, y a los frecuentes
secretos y elusiones de información, que responden al candor de
un niño incapaz de interpretar los indicios de los comportamientos
adultos. Por ejemplo, en IV se implica que por las noches Miquis
sostiene aventuras con mujeres, pero no se nos da un solo dato. Se
mantiene en el capítulo una especie de «unidad de lugar», la casa
como espacio de la acción, y sólo vemos al personaje cuando regresa,
sin que se nos permita seguirlo en sus aventuras nocturnas.
En este sentido, Moreno Castillo argumentó convincentemente
que aunque la novela no mantenga a Felipe como protagonista único,
el niño es sin duda el nexo que engarza una serie de «estampas de
caracteres». Entre las técnicas de la novela, llama su atención el que
primero conozcamos la voz de algunos personajes, y sólo después
el retrato, como consecuencia del orden del conocimiento del propio niño. Como ejemplo destaca la primera aparición de la casa de
huéspedes de doña Virginia:
«En el extremo de la mesa sonó una voz campanuda,
dictatorial, que, separando con pausa las sílabas, promulgó
esta sesuda frase:
–Acabará en San Bernardino».
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PORTADA
ÍNDICE
Estudio preliminar
Hasta varios capítulos más adelante, sin embargo, no conocere
mos al personaje que ha dicho esto: cuando con Felipe nos asomemos a la ventana de la redacción del periódico, veremos a un señor de «grande, espaciosa y reluciente calva». Como ha defendido
Gullón, Felipe actúa como el prisma humano por el que se filtran
los hechos que ocurren en la novela, además de ser «quien mide y
sopesa las acciones de los demás, y según su manera de verlas nos
las trasmite el narrador» (G. Gullón, 1970-71).
Por lo que respecta a Pedro Polo y su relación con Amparo, el
lector percibe que en algún momento de la novela ha de producirse
la seducción de la joven, pero esa ocasión concreta se da sólo implícita en el relato. De hecho, el conocimiento sobre la relación e ntre
Polo y Amparo se basa en indicios, debidos casi siempre a la perspectiva candorosa de Felipe que, como ha expresado Willem (1998:
103), actúa como filtro narrativo desde el que se arroja una luz ambigua e indirecta sobre la relación. Y por lo general, las frecuentes
referencias a las dos hermanas en El doctor Centeno, sobre todo
externas e incidentales, vienen también tamizadas por la perspectiva inocente de Felipe, como hacer notar Ribbans (1993), quien
resalta cómo en el capítulo VI, el niño no sabe interpretar el efecto
del nombre de Amparo en Polo, ni sus gestos ni sus cambios de
humor. De nuevo en esta ocasión es el lector quien entiende por
detrás del niño, y cubre los vacíos informativos con las implicacio
nes que intuye.
Las observaciones del cándido –recordemos que el punto de
vista del cándido es un antiguo y reconocible enfoque literario,
muy útil para la crítica– permiten al lector reconstruir las lagunas
informativas, aun careciendo de la información omnisciente del
narrador o de los relatos interiores de otros personajes informantes.
Por ejemplo, el niño responde sin malicia a una pregunta, señalando
que Zalamero acaba de salir del cuarto de la patrona (cap. IV, iv)
o revela involuntariamente un secreto ocultado por Montes: «Está
en su cuarto remendando la levita y pegándose botones». Será el
lector el que intuya una relación erótica entre la patrona y el estudiante en el primer caso, o quien comprenda el grado de pobreza
vergonzante del pomposo Montes, en el segundo, por no citar más
25
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Isabel Román Román
que otros ejemplos de la renuncia a la omnisciencia por parte del
narrador.
Los índices de la percepción del niño, desde sus sentidos atentos, son continuos. Nos referimos a expresiones introductorias del
tipo «mira…», «contempla…», etc. La observación del niño es la
que propicia los primeros retratos de la galería de personajes que
van a debutar en la novela, en el muy útil contexto de reunión del
banquete: el retrato de don Florencio o el de Polo en su primera
aparición se articulan desde la perspectiva y sensaciones del niño,
así como la impresión de pánico que el sacerdote suscita en él, en
el capítulo I, iii. En esta parte presentativa, el narrador se ubica
explícitamente detrás del niño. Desde la posición y actitud de Felipe,
solitario en una esquina, y con su vista, oído y olfato muy alertas,
conoceremos a los personajes y ambiente del banquete en el que es,
primero, espectador aislado: «Felipe veía una de las cabeceras de la
mesa (…) Él observaba todo, callado y circunspecto. Nada perdía su
activa perspicacia; nada se escapaba a aquel su instintivo examen
de las cosas. De todo, imágenes y olores, iba tomando acta (…)
Tampoco perdía Felipe detalle alguno de los preparativos, aun sin
verlos. Seguíalos con atención discreta, paso a paso, en su rápido
progresar, y decía para sí…».
Este mismo procedimiento de utilizar la percepción del niño
como guía de la presentación de ambientes y escenas puede localizarse en diversos lugares. En V, vi, la mirada de Felipe es la que
nos permite conocer el desorden y abandono en la casa de Polo,
en la segunda visita que el niño realiza a la casa para pedir dinero
para su amo. Entre la primera visita y ésta no habíamos sabido
del sacerdote, y por tanto la única fuente de información es la del
niño, espectador del cambio en el comportamiento enloquecido de
Polo, y sus desavenencias con su madre y su hermana, todo ello
presentado según un «Notó Felipe en él…» y «añadió la observación de Felipe». Felipe será también fuente de la información sobre
el sotabanco insalubre en el que vive con Miquis, en el último peldaño de su bajada a la miseria, según afirma el narrador en VI, viii:
«Según cuenta el bueno de Aristóteles (…) Desde su observatorio,
veía Felipe…».
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Estudio preliminar
En V, iv, la aparición de la mujer misteriosa en la buhardilla
de Miquis se ofrece desde la vista y el oído del niño, que esfuerza
sus sentidos con curiosidad («Centeno atisbó», «Todo lo observó
Felipe», «Felipe, oído», «Oído, Felipe»). Pero el lector no podrá
conocer los términos de la conversación en voz baja que sostienen
los amantes, ya que se nos da fragmentada, inconexa, tal como
correspondería a la captación del niño. Las palabras de Miquis le
resultan inaudibles, por lo que se convierten en un secreto también
para el lector, ya que el narrador ha declinado su omnisciencia al
dejarnos en manos de lo percibido por Centeno.
LA VOZ DEL NARRADOR. LAS VOCES DE LA NARRACIÓN
No olvidemos la gran fuerza de las aperturas y cierres de las
novelas de Galdós, y cómo frecuentemente los párrafos iniciales
dan el tono de la novela, lo que ha permitido incluso artículos muy
interesantes de finos galdosistas sobre las aperturas de novelas como
La de Bringas o Torquemada en la hoguera, o sobre el cierre de
Fortunata y Jacinta y Torquemada y San Pedro. El capítulo inicial
de El doctor Centeno merece igual atención, por su cualidad paródica
y énfasis expresivo; además, el autor determina en él su «posición
ante la propia actividad de narrar» e inaugura una actitud irónica
de distanciamiento ante ella (J. Garrido: 48). Especialmente en sus
dos primeros capítulos, el narrador asume el papel de «historiador»
que debe documentar y redactar la biografía de un personaje ilustre,
el héroe Felipín Centeno. Las denominaciones, que muestran la
implicación afectiva del narrador con el niño, interpretan su arrojo
y dignidad. El capítulo «Introducción a la Pedagogía» se inicia a
modo de visualización simultánea en presente, como si una cámara
permitiese observar, siguiendo al niño en su caminar solitario, la
prestancia y arrojo conmovedores de la criatura. El epíteto para denominarlo es a menudo «el héroe», y esto no es sólo una convención
costumbrista o de ciertas novelas populares: para el autor el niño
es un héroe, desde luego, aunque sólo se considere que ha venido
andando desde Socartes a Madrid durante varias semanas.
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Isabel Román Román
No es infrecuente en los narradores galdosianos la adopción
ocasional del estilo épico para el relato de aspectos menudos de la
vida de los personajes, al igual que el uso de ciertas modalidades
historiográficas como la semblanza y la crónica, en relatos intrahistóricos de aparente insignificancia. También la frecuente apelación
a la inspiración de Clío, musa de la Historia, a las fuentes de documentación que han sido precisas para el relato, etc. En la apertura de
la novela, el narrador-historiador parodia afectivamente los modos
de reconstrucción de una biografía en la que –por la calidad del
protagonista– cada detalle es importante: así, la precisión sobre la
aparición del héroe en el relato, que imita la escrupulosidad en las
fechas necesaria en la documentación histórica: «A 10 de febrero
de 1863, entre diez y once de la mañana…».
En la obra narrativa de Galdós aparecen diversos cronistas,
a veces historiadores de lo menudo, que además de emitir un eco
cervantino indudable (reminiscencia de las referencias al «historiador», a los documentos y a Cide Hamete en El Quijote) sirven
al autor para parodiar el estilo sublime, aplicado por contraste a
antihéroes, en algunos casos. También para mostrar el enorme eco
interno que adquiere un pequeño asunto en la percepción de un
determinado personaje, como ocurrirá en el caso de Felipe Centeno
(I. Román, 1993: 219-224).
Como ha explicado A. Tsuchiya, la parodia colisiona con la
pretensión del reflejo realista de la vida cotidiana, ya que cuestiona
la propia relación entre las palabras y el sentido real que tienen. En
nuestra novela, el uso paródico del lenguaje por parte del narrador, así como el falso y remontado de otros personajes, contrastará
vivamente con la manera candorosa y recta en la que el niño usa el
lenguaje. Por su edad y procedencia, Felipe está al margen de las
convenciones sociales, aunque con el mismo candor imita y refleja
lo que para él son signos de señorío: fumar, amplificar erróneamente
las palabras… (1990: 38-39).
La declarada «historiografía de lo menudo» da licencia al
narrador para implicar a la musa de la Historia como fuente de
detalles mínimos y casi chismográficos en el capítulo II, dedicado a
la semblanza de don Pedro Polo en su contexto familiar. Por tanto,
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Estudio preliminar
la información que en el capítulo aparezca anunciada por el jocoso
«Dice Clío que…», figurará como texto citado, ajeno al narrador.
Éste sólo presta oídos, y declina irónicamente su responsabilidad
ante los datos íntimos y poco edificantes que se vierten sobre Polo
y una familia que debería ser modélica. Terminada la presentación
inicial de la extravagante familia, desaparecerán también las alusiones a Clío como auctoritas de las semblanzas biográficas. Aun en
II, xiii hallaremos una última referencia para lo minúsculo: «Dice
Clío que por las noches le zumbaban a doña Claudia en el órgano
auditivo los números de la lotería…».
Galdós se preocupa con esmero en nuestra novela por lo que
podríamos llamar las «correcciones de la omnisciencia», una de
cuyas manifestaciones es la del ocasional narrador-personaje, y otra
el abundante discurso indirecto libre, infrecuente en otras obras.
Pese a todo, nuestro guía en la obra es un narrador omnisciente,
muy afectivo, que se implica en el relato con sus juicios de v alor,
sufijos apreciativos, exclamaciones, variantes denominadoras para
referirse a los personajes, comentarios acerca de personajes y situaciones, etc. Las variantes denominadoras, los apodos y los sobrenombres (como ha apuntado J. L. Bachelier) representan la opinión
externa, el rumor ajeno sobre el personaje, y aportan datos sobre
múltiples facetas, por lo que van a colaborar en el efecto de biografía
buscado por el autor.
En estos aspectos, el lector asiduo de Galdós se reencuentra con
un tipo de narrador que le resulta familiar, aunque ciertas características de los narradores en tercera persona se desarrollen aún
más. Así, las variantes afectivas para el protagonista, que tantas
veces es «mi hombre», «nuestro hombre», o recibe un enfoque
coloreado por la sufijación apreciativa, como en «Felipín estaba,
quietecito…» (cap. I, iii), o del que es incapaz de distanciarse, como
vemos en «me le puso de rodillas» o «mi sabio» (cap. II, v), entre
decenas de ejemplos.
En cambio, el narrador descalifica y muestra su rotunda antipatía por algunos personajes, como el quevedesco Leopoldo Montes,
pobre vergonzante y orgulloso que finge una vida y una riqueza que
no tiene, y que es juzgado sin matices por «su arrogancia cursilona»,
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Isabel Román Román
«sus aires pedantescos y sus insufribles pretensiones de hombre de
mundo» (cap. IV, viii). Por otra parte, es difícil deslindar la voz del
narrador de la del propio autor, en ciertos excursos opinantes dedicados al urbanismo madrileño, a la escuela, a la libertad de prensa,
al teatro, a los vaivenes de la deuda pública, entre otros.
El frecuente tono coloquial contribuye a simular oralidad. Las
apelaciones a Florencio Morales que hacen los jóvenes como burla
al pomposo personaje («Ya sabemos a dónde va usted, señor Morales y Tempra…do, don Florencio») serán imitadas por el narrador,
quien no se resiste a la tentación de llamarlo él también «don Florencio Morá…les y Temprado», lo que nos permite casi escuchar el
tono jocoso y la dicción del apellido en la «voz» del narrador.
El humor del narrador se desahoga a menudo desde la impresión del amistoso relato oral, o bien de la escritura calamo currente,
como ocurre en la apertura de III, iv, con un súbito parón que
cuestiona los tópicos de un relato que se finge rápido: «Cuando la
criada de la tiíta Isabel abría la puerta, lo primero que se veía…
Hablemos con claridad: allí no se veía nada hasta que el visitante
se iba acostumbrando a la oscuridad, hasta que sus ojos…».
Con un estilo semejante al de otros narradores de obras gal
dosianas, la sintaxis llena de hipérbatos colabora a menudo en el
efecto de relato oral y confianzudo. A ello se añade el humor verbal
y los juegos de palabras, a veces redondeados a lo largo de todo un
párrafo –como subrayaremos en la anotación de la novela– que convergen en el tono tragicómico habitual en las narraciones galdosianas. Reticencias como «Basta. Esta sutil erudición no es para todos»,
parodias, ocasionales elevaciones oratorias, retóricos apóstrofes a
receptores invisibles, colaboran en el tono de emisión oral.
Nuestro narrador eventualmente se incorpora al relato como
parte del mundo ficticio, en línea con ciertos usos de la literatura
popular y sus apelaciones familiares a los lectores. Por ejemplo,
en III, iv, se da de alta por primera vez como punto de vista, más
preciso que el de un anterior y genérico «visitante», para describir
por dentro la casa de la tía de Miquis: «La sala tiene que ver. El que
no sepa guardar las formas respetuosas que exigen ciertos lugares
consagrados por el tiempo y la virtud, que se vaya a la calle, y me
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Estudio preliminar
deje solo. Solo y extático contemplaré…». En este caso adopta la
tradición costumbrista de ser nuestro guía en un itinerario, el de
la casa de doña Isabel, recorrido muy vivo que ofrece en presente
a manera de transmisión simultánea, y con típicas formas de este
itinerario, del tipo «sigamos» o «veamos». Esta vivificación nos
llega mediante deixis de la fantasía («Ya llega; vedla salir…»), tras
la cual acabará por imponerse la distancia de dos décadas entre lo
relatado y el tiempo del relato, patente ya en el cambio de tiempos
verbales: «Tenía el cabello enteramente blanco…».
El tiempo presente del relato acoge a un Felipe aún niño, por
lo que el autor debe medir bien qué palabras se pondrán directamente en su boca, cuál será su intervención en los diálogos, y en
qué ocasiones es preferible que el narrador refleje el punto de vista
del niño, pero en estilo indirecto libre. El discurso indirecto libre
resulta entonces una opción verosímil. En los capítulos dedicados
al aprendizaje en la escuela, este tipo de reproducción valdría a
manera de monólogos interiores de Felipe, pero mucho más ricos
de lo que permitiría el estilo directo, si tenemos en cuenta la edad y
escasa competencia lingüística del niño. Pese a las semejanzas con
las novelas picarescas, éstas optaban por la instancia narrativa de
la primera persona, ya que era un pícaro adulto quien redactaba su
historia, lo que no se da en la novela de Centeno. Es infrecuente la
transcripción directa y amplia de las palabras o pensamientos del
niño, y en consecuencia, el aumento de su expresión directa resultará indicio de su maduración. Son buenas muestras de ello, por
ejemplo, el que en capítulo V, vii, el narrador le permita un amplio
párrafo en estilo directo; y sin duda, el caso extremo es su intervención en el diálogo con el que se cierra la novela.
En El doctor Centeno llama la atención la frecuencia –superior
a la de otras de las novelas– del discurso indirecto libre para reflejar las palabras y actitudes de los personajes. Las palabras, seleccionadas y desarticuladas con toda malicia por el narrador, nos llegan
con un juicio de valor sarcástico añadido, el del narrador que deja
traslucir implícitamente su actitud ante lo que piensan y expresan
los personajes. En discurso indirecto libre se nos ofrece a menudo
el mundo interior de Miquis, con sus remordimientos, fantasías y es31
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Isabel Román Román
peranzas. El narrador no se priva de hacer juicios de valor muy duros
sobre el desarreglo económico de Miquis en IV, vi, pero añade en
este caso el perspectivismo de una ronda de opiniones ajenas sobre
el joven. Miquis es alternativamente un perdido, lástima de talento,
corazón demasiado grande, tontaina.
En El doctor Centeno no es fácil determinar si el proyecto tea
tral del joven es valioso y creativo o bien imitativo por efecto de sus
lecturas, y la rueda perspectivista sobre esta faceta añade ambigüedad a su persona, como vemos en capítulo IV, v, donde sabremos
más sobre la división de opiniones sobre el talento creativo del
estudiante: «Entre sus compañeros y amigos no eran unánimes los
pareceres respecto al superior ingenio de Miquis. Unos le tenían en
mucho; otros en poco; quién por un visionario; quién por tonto o
algo menos. Sus compañeros de casa lo querían mucho por sus cualidades morales, entre las cuales descollaba el corazón más generoso,
más expansivo, más superabundante que puede imaginarse; pero
en lo tocante al numen, también variaban las opiniones. Poleró, sin
conocer el drama, sostenía que era un atajo de inocentadas, y que
el mayor favor que se podía hacer al joven manchego era quitarle
de la cabeza su idea de ser autor dramático. Cienfuegos no pensaba
lo mismo, y veía en Alejandro, mejor dicho, columbraba en aquel
espíritu algo misterioso y grande que no existía en los demás».
La visión perspectivista afecta al talento literario de Miquis. El
drama El Grande Osuna que se va apoderando de la vida del joven
cada vez en mayor grado, recibe un tratamiento ambiguo, debido
al perspectivismo con que se trata, del tal modo que el lector duda
entre lamentar el fracaso del joven o desdeñar una obra que sería
más una refundición anacrónica que una obra histórica de valor.
Por otra parte, hasta tres sucesivos «tribunales literarios» (y no recordamos en vano el relato «Un tribunal literario» publicado en El
Debate en 1871) juzgan la obra, buena manera también de explicar
el argumento del drama: un crítico no muy culto, un director de
teatro y el propio Felipe, que «sin entender la mayor parte de las
cosas, parecía que se las apropiaba por el sentimiento, extrayendo
del seno de un lenguaje no bien comprendido, el espíritu y esencia
de ellas». Un último «tribunal literario» se organizará en la agonía
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Estudio preliminar
de Miquis, cuando reaparecen todos sus compañeros de la primera
parte. Ruiz lee por entretenerse un acto del drama, y comenta ampliamente el contenido argumental y estructura, desde el punto de
vista de la verosimilitud. Ido escucha esos comentarios negativos,
opuestos a lo que él piensa. Otro grupo de receptores, muy entusiastas
pero de criterio no muy fiable, es el de la familia Ido, junto a la
vecina anciana que escucha fragmentos del drama por casualidad,
y comenta «Hemos llorado a moco y baba». Para Ido, «el drama
era magnífico, sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las
lágrimas que, oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas,
y la emoción grandísima que él había sentido» (cap. VII, iii).
Es de subrayar en la novela una intersección importante que
afecta a la voz del narrador, a la relación que entabla con los lectores, a las fuentes de información que declara y a otros aspectos
relevantes: me refiero a la del género de las Memorias ficticias.
No es raro que ciertos pasajes se tiñan de la distancia melancólica
propia de este género, aunque sea por la vía paródica, y no sólo en
la apertura, aun siendo este el pasaje más llamativo. El ubi sunt en
la voz del narrador que abre el capítulo IV de la novela sirve para
desdramatizar el lamento del narrador por el estrago irreparable del
tiempo. Se cumple en éste, como en tantos otros casos, la función
distanciadora asociada a la parodia, además de subrayarse el lapso
temporal de veinte años:
«Acuérdate, lectorcillo, de cuando tú y yo y otras personas
de cuenta vivíamos en casa de doña Virginia (…) Aquellos
guapos chicos, aquellos señores de diversa condición que allí
vimos entrar (…) ¿Qué se hicieron? ¿Qué fue de tanto bullicioso
estudiante, qué de tan variada gente? (…) En la marejada de
estos veinte años, muchos se han ido al fondo, ahogados en el
olvido o muertos de veras. Estos y otros que no nombro, ¿do
están?».
El narrador subraya la distancia temporal entre el inicio del
relato (febrero de 1863) y el tiempo de los primeros lectores de la
novela (mayo de 1883). En esta apertura, que incide claramente en
el género de las Memorias, el narrador se integra como personaje
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Isabel Román Román
del mundo diegético que ha venido mostrando. Incluso incorpora a
este mundo al lector, ficcionalizándolo como si hubiese formado
parte, veinte años atrás, del mundo estudiantil evocado, o bien como
si uno de los habitantes de la fonda de Virginia hubiese asumido,
veinte años después, el relato verídico de sus andanzas.
Explicita el narrador los frecuentes contrastes entre circunstancias de la temporalidad del relato y la del «hoy» de 1883, por lo que
respecta a costumbres, vestimenta, urbanismo, economía… y esto
consolida la ocasional impresión de «Memorias» a la que nos referimos. Desde detalles como el cambio de la cotización del azafrán:
«Se cotizaba antes a onza la onza, es decir, oro por oro. Hoy vale
doce duros y aun menos» en capítulo III, vi, hasta referencias a la
legislación urbanística que fue transformando la capital, los realia
objetivos que contrastan el ayer y el hoy del lector refuerzan la sensación de verdad y la presencia del narrador como hombre maduro
que ha formado parte activa del Madrid de las dos últimas décadas.
Así ocurre cuando en el mismo capítulo, parte iv, comentaba
con un hipotético lector madrileño contemporáneo las transfor
maciones urbanísticas de la ciudad, un «ayer» de calles y edificios
del relato, muy distinto del «hoy» de 1883 compartido con los
lectores. El trayecto que recorre el niño siguiendo el itinerario del
entierro de Calvo Asensio, le hace salir desde la Puerta del Sol a
la calle de la Concepción Jerónima, calle de Toledo, San Isidro,
calle del Nuncio, calle del Almendro, etc., lo que es aprovechado
por el narrador para subrayar qué había desaparecido en 1883 de
esos espacios de 1863.
Un peculiar ubi sunt acoge, pues, no sólo a los personajes, sino
también a los espacios madrileños: con detallismo realista, asevera
el narrador que la casa «del número 11, que era la que buscaba
Felipe, estaba en la rinconada que ha desaparecido para establecer
la comunicación de aquel embudo con la Cava Baja. De modo que
la casa de la tía de Miquis no existe ya». Comentarios de este tipo
corroboran el efecto realista de los precisos trazados urbanos madrileños que contiene la novela. Pero también podrán alcanzar un
profundo sentido crítico cuando el narrador haga notar asuntos como
el inmovilismo educativo, o la pervivencia de costumbres indesea34
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Estudio preliminar
bles que –éstas sí– deberían estar desaparecidas en 1883: las supersticiones vigentes en 1863 que el narrador lamenta que persistan en
el presente de la escritura, pongamos por caso. El contraste explícito entre las dos partes de la novela, por lo que respecta a la digresión sobre los 20 años transcurridos, encontrará su correspondencia en Tormento, en cuyo capítulo IV el narrador reflexionará
también sobre las relaciones entre la sociedad del período prerrevolucionario y la de 1884.
El narrador-persona se incluye en capítulo III, vii como parte
del círculo de Miquis, y por tanto testigo de lo narrado: «Sin explicar
el motivo de su pena, a todos los que cogía a su lado nos decía que
le tomáramos el pulso, porque tenía fiebre». Un narrador-persona
que transmite sus recuerdos adquiere venia para la desproporción y
el desorden entre lo recordado y lo olvidado, entre lo que sabe y lo
que no llegó a su conocimiento. Puede, si así lo desea, dedicar su
tiempo a antecedentes y genealogías familiares de cada uno de los
personajes que evoca. En el caso de Virginia (cap. IV, i) opta por
la reticencia, argumentando la falta de documentación sobre ella, y
ofreciendo sólo datos que proceden de la chismografía. Por tanto, la
semblanza del personaje es breve, y enseguida se pasa a mostrar la
galería de personajes que concurrían en la fonda, algunos de ellos
con presencia en otras novelas: don Jesús Delgado, don Leopoldo
Montes, don Basilio Andrés de la Caña, Zalamero, Sánchez de
Guevara, Poleró, Arias Ortiz, Cienfuegos (cap. IV, ii).
El género Memorias, que comparece en las apelaciones retóricas a la memoria, en el tono elegíaco por la juventud perdida o en
la crítica de lo que aún no ha cambiado, afecta a la información
que el narrador puede transmitir o eludir y al orden de los datos,
ya que se puede hacer prolepsis o anticipación de un desenlace que
el narrador de las Memorias conoce perfectamente. Por ejemplo, el
contraste entre el antes y el ahora permite que el narrador explique
desde el presente de 1883 cómo evolucionó el andaluz Arias Ortiz:
«Era en aquellos tiempos tan enfermizo, que se retrasaba en sus
estudios más de lo que él quisiera; pero ahora, con los aires de
Barruelo, con el polvo, el humo y con las polkas se ha fortalecido
tanto, que da gusto verle» (cap. IV, ii).
35
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Isabel Román Román
Nuestro narrador guía, que aparenta no saberlo o no recordarlo todo, nos comunica a menudo las fuentes de su información.
Por ejemplo, el conocimiento sobre el pasado de don Jesús Delgado proviene de uno de los personajes, pues el narrador señala
que «Zalamero tenía algunos antecedentes del señor Delgado»
(cap. IV, vii). La niña Rosa Ido también hace de informante de lo
que pasa en su casa y de lo que oye sobre la situación política, en
V, vii; o da noticias, mezclando sus palabras con lo que ha escuchado a los adultos, acerca de la mala mujer que ha esquilmado a
Miquis, en V, iv.
El propio drama que compone Miquis servirá también de sutil
modo de información al lector: conoceremos la realidad de la vida
amorosa de Miquis, pero nunca directamente, sino confundida y
sublimada en el drama teatral del joven, una vez que éste se des
vincula definitivamente de la realidad, para verla trasmutada y
confundida con el drama teatral de El Grande Osuna que ha compuesto. En VI, vii, el narrador se zambulle en la mente confusa
de Miquis, y desde ella nos narra la nueva visita de la misteriosa
amante. Pese a la narración idealizadora, el fino hilo con la realidad no se pierde, y de modo indirecto puede imaginar el lector a
qué ha venido «la Carniola», qué nuevas demandas trae al agonizante. A través del velo de estas confusiones, el lector irá entendiendo el sentido de las visitas extorsionadoras de la mujer, la vida
privada de ésta, los argumentos con los que conmueve a Miquis…,
aunque no aparezcan explícitos ni en su real literalidad en ningún
momento. Por último, los datos finales serán aportados por un
narrador de excepción: el propio Felipe, en diálogo con Ido, una vez
que el narrador opta literalmente por hacer mutis por el foro, para
entregar el relato al joven y elocuente Felipe Centeno.
El narrador de El doctor Centeno, no obstante, necesitará también de las licencias y poderes de la omnisciencia. Por ejemplo, en
III, vii la perspectiva focalizada desde el niño parece estorbar, ya
que el narrador va a realizar una semblanza de doña Isabel. La información sobre genealogía, historia familiar, costumbres, ambiente,
vivienda, etc., es de imposible atribución al punto de vista de Felipe.
Se producirá un sorprendente salto narrativo, gran flash-back reque
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Estudio preliminar
rido por la propia semblanza del personaje, realizable sólo desde
la omnisciencia total. El narrador, ya entregado a la omnisciencia,
nos hace volver al punto temporal de III, iii en el que habíamos
dejamos a Felipe: el día del entierro de Calvo Asensio. El amplio
relato que retrocede en el tiempo para reconstruir la historia de
la extravagante anciana tía de Miquis, funciona como una amplia
interpolación, traída al hilo de la visita de Felipe a la casa de doña
Isabel. El párrafo que cerraba la parte iii recogía aún la visión del
niño y sus índices de percepción: «observó que…», «Mirando más,
y cambiando de sitio, pudo distinguir una cara…».
Pero, como hemos afirmado, en iv se impone bruscamente el
punto de vista del narrador omnisciente, que impacientado por los
límites del conocimiento que implicaba el punto de vista infantil,
toma las riendas para explayar lo mucho que sabe sobre la historia
familiar de los Miquis. Tras todo ello, la cámara –por así decir–
vuelve al punto anterior a la entrada del niño en la casa de doña
Isabel, esta vez desde la perspectiva de la señora en su balcón. Se
cierra la escena en un juego perspectivista: en iii conocemos la
mirada del niño sobre el caserón de doña Isabel y finalmente volveremos al mismo punto temporal y espacial, pero ya desde los ojos
de doña Isabel sobre el niño que está frente a su casa: «El domingo
por la tarde, cuando abrió su balcón para ver qué tal iba la cosecha
de higos, vio un desalmado chico que desde media calle la miraba.
¡Insolente! A poco rato llamaron».
«YO QUIERO QUE ME ENSEÑEN COSAS, NO ESTO».
LA DEFENSA DE UNA PEDAGOGÍA MODERNA
Sin duda la Pedagogía es un tema central en El doctor Centeno,
cuyos primeros capítulos se titulan precisamente «Introducción a
la Pedagogía» y «Pedagogía». El título que Galdós dispuso en su
manuscrito para el capítulo I era sin embargo «Introducción a la
Biología», y así pasó a la imprenta, sin tachaduras. Puesto que no
conservamos galeradas de la novela, no sabemos en qué estadio de
la corrección de pruebas decidió el autor sustituir «Biología» por
37
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Isabel Román Román
«Pedagogía», tal como aparecerá desde la primera edición, haciendo
patente el énfasis en el tema educativo.
En el contexto de 1883, sin embargo, no resulta tan extraño el
cambio de «Biología» a «Pedagogía» introducido por Galdós. Por
una parte, la manera figurada en la que Galdós presenta a Felipe en
el primer capítulo, y que ya estaba en el cierre de Marianela, imita
la actitud de un científico que mira por el microscopio a una pequeña criatura, ampliando al máximo sus dimensiones para estudiarla
al detalle. J. Hoddie manifiesta sus dudas sobre la intención de la
apertura científica de la novela, y supone que al asumir la retórica
científica propia del Naturalismo, Galdós estaría mostrando que un
novelista es más adecuado para el estudio de un «tipo emergente»
que un científico (Hoddie: 49-50).
Sin embargo, recordemos que el método experimental inductivo
era defendido por científicos y pensadores como la base no sólo de
la Fisiología y la Biología: también de la Pedagogía y la Psicología
experimental. Buen ejemplo es el Discurso de apertura del Curso
Académico 1882-83 en la Universidad Central, encargado al catedrático de Farmacia don Fausto Garagarza. Disertando sobre el tema
«Desarrollo del método experimental en las ciencias», dedicó un
amplio espacio al concepto de la Pedagogía moderna, asociada de
modo inseparable a la buena enseñanza de las ciencias experimentales
desde la infancia. Manifestaba el profesor que el primer objetivo
de la enseñanza del niño –de acuerdo con las ideas de Comenius,
Niemeyer, Pestalozzi o Froebel, a los que considera modélicos– debe
ser «desenvolver armónicamente todas las facultades del niño y
conducir su espíritu por medio de un desarrollo gradual y continuo
a su propio dominio, para investigar más adelante la naturaleza y los
secretos orígenes de la ciencia, a medida del crecimiento progresivo
de su facultad intelectual». Los maestros debían ser conscientes de
la alta misión que se les encomendaba, y asumir la propuesta de los
eminentes pedagogos europeos, para quienes «el principio de que el
método inductivo de la observación y de la experiencia debe ser la
base principal de la enseñanza» (Garagarza: 10-14; 62).
Las ideas pioneras de Pestalozzi y Froebel están muy presentes en El doctor Centeno, y parecen gozar de toda la simpatía de
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Galdós, aunque la lectura obsesiva de estos libros propicie la locura
arbitrista de un personaje tan cervantino como don Jesús Delgado.
Para Pestalozzi, la función primera del profesor es propiciar que el
niño aprenda mediante la observación y la utilización de sus sentidos. Parece que Centeno hubiera sido un excelente alumno de este
sistema, a juzgar por su capacidad de observación y su tendencia
a la experimentación intuitiva. El libro de Pestalozzi Treinta y cua
tro cartas sobre educación infantil, que en 1819 dirigió a su amigo
inglés James Pierpoint, podría estar en la base del sistema epistolar que don Jesús Delgado utiliza también para exponer sus ideas
pedagógicas. Por otra parte, no ha de olvidarse el énfasis de Froebel
en el juego infantil como vehículo de creatividad y aprendizaje. En
fechas cercanas a las del marco del relato en El doctor Centeno,
la prensa especializada se refería al intento de creación en Madrid
de «Jardines de infancia», también llamados «Jardines de Froebel»,
al modo de los kindergarten promovidos por el alemán (El Monitor
de Primera Enseñanza, 4 de junio de 1864, p. 7). Un Real Decreto
de 31 de marzo de 1876 creó una Cátedra especial de Pedagogía
Froebel para la enseñanza de párvulos, en las dos Escuelas de Magisterio de Madrid, y se convocó un concurso para la realización
de un Manual de Pedagogía Froebel para la formación de maestros en España.
Un debate profundo sobre la necesidad de la renovación de la
enseñanza se había iniciado en décadas anteriores, impulsado por
los krausistas españoles. Y una de sus consecuencias prácticas fue
la Ley Moyano de Educación Universitaria de 1857, año relevante
para la renovación educativa, como lo prueba el que la Universidad
Central encomendase a Julián Sainz del Río el discurso inaugural
del año académico. Existe el convencimiento de que la moderni
zación de la enseñanza ha de basarse en los niveles más básicos, y
por ello la preocupación por la Pedagogía que recorría Europa –con
especial intensidad en Alemania– es asumida por los intelectuales
españoles. Una consecuencia fundamental fue la celebración del
Congreso Nacional Pedagógico de 1882, que tuvo continuación una
década después. En este segundo Congreso, Pardo Bazán intervino
con una Memoria titulada «La educación del hombre y de la mujer»,
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Isabel Román Román
que publicó luego en su Nuevo Teatro Crítico, nº 22 de 16 de octubre de 1892. En esta Memoria diserta sobre su concepto de pedagogía, advirtiendo que la educación debe entenderse como un apren
dizaje durante toda la vida. Señala que el mejor índice de la valía
de un individuo es «la aptitud y la inteligencia para prestarse a esta
no interrumpida educación perfeccionadora», además de reclamar
una enseñanza igualitaria para hombres y mujeres, y la desaparición de la doble moral que impone la sociedad, pésimo lastre para
la rama más compleja de la Pedagogía: la pedagogía moral, en su
opinión.
La amistad estrecha de Galdós con el doctor Manuel Tolosa
Latour tiene conexiones con la visión del niño en El doctor Cen
teno. Galdós compartió con su polifacético amigo el interés por la
infancia desvalida, y admira la entrega de Tolosa a la Pediatría, así
como sus brillantes aportaciones como investigador: la tesis doctoral
de Tolosa, Base científica a que debe ajustarse la educación física,
moral y sentimental de los niños, mereció aparecer en la Revista
Europea. Y además de su incansable trabajo en asilos de huérfanos
y en sanatorios infantiles, en fechas cercanas a nuestra novela había
publicado El niño, apuntes científicos. Precedidos de una carta a
un discípulo de Froebel por José Ortega Munilla (1880), y La pro
tección médica al niño desvalido (1881). Años más tarde, Galdós
prologaría el libro de cuentos Niñerías de Tolosa (1889). Es muy
conocido por los galdosistas el hecho de que el personaje de Augusto
Miquis, hermano de nuestro Alejandro Miquis, es un trasunto del
doctor Tolosa, quien asume de modo cómplice esa identificación, y
llega a firmar algunas de sus cartas a Galdós como «Doctor Miquis»,
«Doctorcillo», «Miquis», además de «Fausto», como se advierte en
Cartas del archivo de Galdós: 296, 299, 304, 307, etcétera.
La enseñanza y la cultura son los ejes temáticos de El doctor
Centeno, como defendió –entre otros– G. Moreno Castillo, para quien
muchos personajes y situaciones están en función del problema de la
deseducación: deseducación de las mujeres supersticiosas; deseducación en las ideas repetitivas del caricaturesco don Basilio Andrés
de la Caña; en la inconstancia y falta de rigor de Federico Ruiz,
en la pobreza de la ciencia española, representada en don Florencio
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Morales y su cultura imitativa, plasmada en las cadenas de lugares
comunes que ensarta en sus conversaciones.
Advierte Moreno Castillo cómo se contrapone una teoría pedagógica moderna, irrealizable en 1863 –e incluso 20 años después–
con la práctica de diversos modos de anti-pedagogía que aniquilan el genuino deseo de saber de Felipe, y su propensión a las
ciencias empíricas. A su juicio, las ideas pedagógicas avanzadas de
Jesús Delgado serían en verdad las que responderían a la curiosidad y motivaciones de niño. Muy elocuente es lo que dice Felipe,
cuando en el instituto pretenden enseñarle latín: «Yo quiero que me
enseñen cosas, no esto». Las cosas son para el niño los experimen
tos reales, y su necesidad de conocer las explicaciones científicas
de fenómenos que observa. El niño fracasa porque el sistema de
enseñanza es contrario al talento natural y las motivaciones de un
niño como Felipe, que sí hubiese florecido con un sistema pedagógico como el que plantea don Jesús Delgado en sus cartas (Moreno:
384-385).
En El doctor Centeno, el capítulo titulado «Pedagogía» muestra
claramente la ironía del autor ante un sistema memorístico de enseñanza, que desaprovecha la inteligencia natural de Felipe, además
de destruir su autoestima. En efecto, las cosas que verdaderamente
motivarían al niño, y que de ningún modo aparecen en los libros,
quedan enumeradas en este significativo párrafo:
«¡Malditos libros, y cómo los aborrecía! Y era tan bobo
Felipe, que se le había ocurrido aprender muchas cosas, pregun
tándolas al pasante. Porque en los cansados libros no se mentaba
nada de lo que a él le ponía tan pensativo, nada de tanto y
tanto problema constantemente ofrecido a su curiosidad ansiosa.
¡Oh!, si el doctísimo don José le respondiese a sus preguntas,
cuánto aprendería! Adquiriría infinitos saberes, por ejemplo:
por qué las cosas, cuando se sueltan en el aire, caen al suelo;
por qué el agua corre y no se está quieta; qué es el llover; qué
es el arder una cosa; qué virtud tiene una pajita para dejarse
quemar, y por qué no la tiene un clavo; por qué se quita el frío
cuando uno se abriga, y por qué el aceite nada sobre el agua;
qué parentesco tiene el cristal con el hielo, que el uno se hace
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agua y el otro no; por qué una rueda da vueltas; qué es esto
de echar agua por los ojos cuando uno llora; qué significa el
morirse, etc., etc.».
Las metáforas para visualizar los modos en que Polo enseñaba son durísimas, y feroces los juicios de valor del narrador al
respecto, como cuando concluye que Polo «destruía la vida propia
de la inteligencia para erigir en su lugar muñecos vestidos de trapos pedantescos», terrible imagen de estas formas antipedagógicas
(cap. II, iv). Críticas muy duras merecerá también la pésima pedagogía en el instituto en IV, iv, que acabará por desmotivar a un
niño que siempre ha mostrado intuición natural y verdadero deseo
de aprender. De hecho, el repaso de los libros de los estudiantes que
se ofrece desde el punto de vista del niño, nos permite apreciar su
espontáneo talento empírico, por ejemplo en su esfuerzo por localizar en su propio cuerpo las partes que aparecían en las láminas
de Medicina de Cienfuegos.
El niño, viendo con impotencia la agonía de su amo, siente la
necesidad de saber lo que contienen los libros de Cienfuegos, necesita saber para curar a su amo. Se le atribuye este pensamiento,
en VI, iv: «Los médicos de ahora no sirven –pensó–. Para médicos
los de mañana, los que van a venir», lo que nos recuerda las esperanzas puestas en los «académicos del futuro», que según Galdós
eran todavía niños a gatas, como reitera tanto en Marianela como
El doctor Centeno.
El teórico de la Pedagogía don Jesús Delgado se inspira claramente en las traducciones del krausismo alemán al castellano, y son
inequívocas al respecto las precisas marcas temporales que muestran las cartas. Su locura resulta cervantina, ya que pese a sus visajes
y gestos indudablemente desmesurados y ridículos, es muy lúcido en
sus observaciones sobre la educación. El gran sarcasmo del novelista
es presentarnos un mundo al revés en el asunto de la Pedagogía: es
el loco quien escribe un Tratado de Educación Completa moderno,
mientras que los supuestos cuerdos se ríen y no cuestionan el tipo
de enseñanza que han recibido. Sin duda, Galdós está a favor de la
manera creativa de educar a los niños que se deriva de la carta de
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Delgado en la que éste explica su particular «escrutinio de libros»:
«Hemos tirado al pozo todos los librotes indigestos que los chicos
tenían, y en su lugar les hemos dado herramientas de fácil manejo,
lápices y colores, cartón para hacer casitas y otras menudencias
dispuestas conforme a lo que mandas» (cap. IV, viii).
La carta contiene un sarcasmo de Galdós: en efecto, a la altura
de 8 de noviembre de 1863, don Jesús intenta ser profeta de un
nuevo sistema de enseñanza, que ni siquiera veinte años después se
ha podido desarrollar. Para el lector de la novela han pasado ya los
veinte años, y la carta lo confronta a su propia contemporaneidad.
La pregunta que la carta lanza al lector sería: ¿Ha cambiado la
educación en estos veinte años? Transcurridos veinte años, pasados
el Sexenio Revolucionario y la Restauración, parece inamovible
la misma pedagogía que en 1863 era ya un anacronismo, parece
responder irónicamente Galdós.
Desde sus primeras hasta sus últimas obras, va profundizando
Galdós en el importante tema de la educación, de tal modo que con
el tiempo se hace clara su confluencia con las propuestas del krausismo, primero, y con el regeneracionismo español que se le añade
posteriormente. Como destaca Ribbans (1988) el episodio Un vo
luntario realista mantiene una conexión temática con La familia
de León Roch, escrita en el mismo año, al poco de terminar Ma
rianela. La novela y el episodio de 1878 estarían muy relacionados
con el libro del krausista Gumersindo de Azcárate Minuta de un
testamento, de 1876, con el que comparte el interés por asuntos
como la libertad, la responsabilidad y la educación. Por tanto, ya en
la época de las novelas de tesis aparecen temas como el enfrentamiento entre ciencia y tradición (recuérdese incluso Doña Perfecta),
la lucha entre la religión y la ciencia o el papel de la educación,
perceptibles también en épocas tardías del novelista, aunque con
otros tratamientos.
El tema educativo salta por encima de épocas, y se percibe con
claridad tanto en La familia de León Roch como en La desheredada
(1881) o El amigo Manso (1882), novelas inmediatamente anteriores
a nuestro Doctor Centeno. Que la educación es asunto importante
en La desheredada resulta muy explícito en la Dedicatoria y la
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Moraleja. La primera habla de las dolencias sociales y sus modos
de corrección («los beneficios reconstituyentes llamados Aritmética,
Lógica, Moral y Sentido Común»), además de incluir la dedicatoria
del libro a los maestros de escuela. La Moraleja, desde su alegoría
del Ícaro caído (tan aplicable a Isidora como a Alejandro Miquis),
apela a un único modo de hacer realidad las ilusiones: el trabajo real.
La coincidencia (hasta en la terminología médica) con regeneracionistas como Joaquín Costa –con quien sostuvo correspondencia Galdós– se afina con los años, de tal modo que las últimas obras
se cierran con parejas ideales, programáticas, regeneradoras, coincidiendo con las propuestas del pensamiento regeneracionista que
exaltaba la vida del campo y la importancia de la educación. También Azorín expresaba en 1904 en el Boletín de la Institución Libre
de Enseñanza una idea que Galdós plasmó en su mundo literario:
que los médicos y los maestros de escuela eran los responsables de
hacer llegar la civilización a los pueblos atrasados. El año anterior,
en el famoso artículo «Soñemos, alma, soñemos» que abría la publicación de la revista Alma Española, Galdós expresaba una vez más
–y no desde el campo de la ficción sino del manifiesto regeneracionista que es también el citado artículo– la necesidad de educación.
En sus palabras podemos ver cómo las aspiraciones del niño Felipe
son también, en el artículo de noviembre de 1903, un símbolo de lo
que deberían ser las aspiraciones de todos los españoles:
«Como el agua a los campos, es necesaria la educación
a nuestros secos y endurecidos entendimientos. Han dicho que
no deseamos instruirnos, puesto que no pedimos la instrucción con el ansia del hambriento que quiere pan. La instrucción
no se pide de otro modo que por la voz, o mejor, por los signos de la ignorancia. El ignorante es un niño, y el niño no pide
más que el pecho, si es chiquitín, o los juguetes, si es grandullón. Aguardar, para la educación de la criatura, a que esta diga
“llévenme a la escuela que tengo muchas ganas de ser sabio”,
es fiar nuestros planes a la infinita pachorra de la Eternidad.
Si así lo hiciéramos demostraríamos que los grandes somos tan
cerriles como los pequeños.
Procuremos grandes y chicos instruirnos y civilizarnos,
persiguiendo las tinieblas que el que menos y el que más llevan
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Estudio preliminar
dentro de su caletre. El cerebro español necesita más que otro
alguno de limpiones enérgicos para que no quede huella de las
negruras heredadas o adquiridas en la infancia».
Galdós subraya en diversos lugares la importancia del nivel
más básico de la enseñanza, el de la escuela. La necesidad de re
novación de la Pedagogía es un asunto común en La razón de la
sinrazón, Alma y Vida, la obra teatral Amor y ciencia, de 1905,
algunas de las novelas de la quinta serie de los Episodios Nacionales
y El caballero encantado. Esta última novela de 1909, o el auto
sacramental al modo barroco La razón de la sinrazón, de 1915,
coinciden en presentar en sus desenlaces a maestras ideales. En la
primera, el rentista ocioso Tarsis y su amada Cintia, en su origen
una remilgada «damita argentina», son castigados por su inutilidad
social, y tras sufrir una serie de pruebas iniciáticas y metamorfosis, aparecen convertidos en el rudo cantero y labrador Gil, y en
la maestra Pascuala, pareja programática de una revolución social.
Pascuala es perseguida (cap. XVI) por cientos de alumnos que salen
de la escuela en tropel, para evitar ser abandonados. La alegórica
«Madre» que simboliza el concepto de «Madre Patria» en El caba
llero encantado, explicará que los niños son «la generación que ha
de venir; son mi salud futura; son mi fuerza de mañana». Cuando
Gil recupera su primera identidad de caballero, pero ya regenerado,
promete convertirse él también en maestro.
El desenlace de Amor y ciencia resulta una utopía moralizadora basada en el rescate de un chiquillo marginal: del asilo de desheredados surge una especie de Niño Dios, niño deforme recogido
por el científico Guillermo Bruno, quien lo redime en una especie
de religión natural vinculada con el progreso científico.
En La razón de la sinrazón, la joven Atenaida –de nombre simbólico como maestra y sabia– hereda la escuela, mientras que Alejandro se convierte en labrador, componiéndose así la pareja ideal
y programática que tantos regeneracionistas reclamaban, como base
para la curación de los males nacionales. La pareja ideal, desde el
simbolismo de la fábula de 1915, preparará el futuro a las nuevas
generaciones, una vez destruida la sinrazón y la mentira del anterior
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Isabel Román Román
orden de cosas: el tipo de enseñanza que ofrecerán será de tipo práctico, y sólo de la experimentación se derivará el aprendizaje de las
enseñanzas teóricas. En el mismo año de 1915, el episodio La Primera República muestra a la divina Floriana como maestra de «un
enjambre de pequeñuelos de ambos sexos». En esta novela, su pareja no va a ser un labrador u otro maestro, sino un forjador mitológico, semejante al de la iconografía de la fragua de Vulcano: no es
muy difícil apreciar el sentido alegórico de su actividad junto a la
maestra, en la forja de los hombres del futuro de España (I. Román,
1998: 165, 174).
La confianza regeneracionista de Galdós en la escuela aparece
en muchos lugares, no sólo literarios: por ejemplo, en sus palabras
leídas en el mitin contra la guerra de Marruecos, en agosto de 1911,
recogidas en una útil recopilación de sus escritos políticos. Afirmaba
entonces: «Al soldado que pelea con bravura hasta morir han de
preceder fatalmente el maestro de escuela que forja caracteres y el
obrero que produce, un día tras otro, cuanto es necesario para la
vida de la Humanidad» (Víctor Fuentes: 98).
LOS MODELOS EUROPEOS, LOS MODELOS ESPAÑOLES
La coincidencia crítica en la importancia del tema educativo de
El doctor Centeno es común, y no sólo por lo más evidente, que es
el aprendizaje de Centeno. Son diversas las aportaciones sobre los
modelos narrativos que habrían atraído al voraz lector que también
fue Galdós. R. Cardona subrayó pronto (1970-71) que los antecedentes de la situación de Miquis y las interrelaciones del niño y el
joven tienen relación con La educación sentimental de Flaubert y
la tradición de la novela de aprendizaje o bildungsroman, con el
Wilhem Meister de Goethe a la cabeza. Para G. Correa, resulta claro
el paralelismo entre la experiencia de Wilhem Meister en el teatro y
la del propio Miquis, así como la identificación quijotesca de Miquis
con el teatro que no le salva, como al héroe alemán, sino que más
bien le mata (Correa, 1967: 74-79). El carácter de bildungsroman
de la segunda parte de la novela ha sido señalado con frecuencia,
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aunque para A. Rodríguez (1984) el modelo de novela iniciática o de
aprendizaje (cuyos aspectos generales pueden verse bien resumidos
en Ezpeleta: 161-168) se adopta paródicamente.
Barjau y Perellada anotan las opiniones ya emitidas por Cla
rín sobre la inspiración balzaciana de nuestra novela: Les illusions
perdues (1837-1843) se relacionaría con el mundo estudiantil creado
por Galdós, sin que esto excluya el componente autobiográfico que
aprovechó el autor, y del que están convencidos muchos galdosis
tas. Por otra parte, la pensión de doña Virginia evocaría la «maison
Vauquer» de Le Pére Goriot –novela anterior casi en medio siglo
a El doctor Centeno–, aunque sin el demoníaco Vautrin, que en
todo caso recordaría a Polo (Barjau et al., Tormento: 46-47; 64).
J. Hoddie subrayó las características que de Goriot y Rastignac (ambicioso estudiante de Leyes) quedan en Miquis, así como la relevante función del espacio de la fonda de los estudiantes en Le Pére
Goriot. Otras novelas balzacianas que menciona son La peau de
chagrin: el anciano de ojos verdes que tiene capacidad de penetrar
en los pensamientos ajenos sería precursor de doña Isabel, y Raphael
padece tuberculosis y se entrega a una vida desordenada como Alejandro. De La cousine Bette destaca la relación de la Bette virgen
vengadora con doña Isabel, que creyéndose víctima, puso en parcha
un plan de venganza sobre sus herederos. Como anécdota señala la
importancia de la cartomancia en Le cousin Pons, aunque Balzac
no muestra la intolerancia de Galdós al respecto. Por último, llama
su atención la semejanza estructural y en detalles de la obra con la
novela Philip de William Thackeray, que toma como personaje a
un joven en la década de 1840, visto al cabo de veinte años. Como
el narrador galdosiano, el de Thackeray participa en la acción que
relata, e incluso utiliza la forma del ubi sunt sobre los efectos del
paso del tiempo. Los personajes del voluble Miquis y su tía Isabel,
según Hoddie, guardan conexión con Philip y Mrs. Brandon, quien
en su locura piensa que el hijo que perdió se ha reencarnado en el
cuerpo del joven (J. Hoddie: 50-61).
El tratamiento de los personajes infantiles, y la creación de
Felipe, ha interesado particularmente a la crítica. No podemos sino
asentir ante la afirmación de Clarín en 1889 sobre cómo Galdós
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Isabel Román Román
«sabe pintar el espíritu de los niños y sus armas y sus gestas», tal
vez incorporando a ese mundo, piensa Clarín, sus propias vivencias
infantiles. Es cierto que Galdós refleja con gran verosimilitud el
espíritu infantil. No hay más que recordar el relato de los juegos de
los niños en nuestra novela, por completo apegado a las sensaciones
de los chiquillos, la imitación que hacen de los mayores, la genial
trasmisión de los terrores en la escuela, el miedo de Felipe en su
soledad en el desván de la familia Polo, etc. Pero lo infrecuente de
los niños como protagonistas en la narrativa española ha hecho que
algunos críticos vuelvan sus ojos a los modelos europeos, subrayando
las relaciones con Dickens desde fechas muy tempranas: Sherman
Eoff en 1954 ya se refirió a los aspectos dickensianos de la novela
en el tratamiento del mundo infantil, aunque para P. Ortiz sea el
de doña Isabel «quizá el tipo más dickensiano trazado por Galdós»
(Ortiz Armengol: 268). M. del Prado Escobar, quien también incide en lo extraño que resulta encontrar personajes infantiles en la
novela española anterior a Galdós, justifica que el coprotagonismo
de los niños se haya puesto en relación con la narrativa inglesa
(David Copperfield y Oliver Twist se han señalado de nuevo recien
temente, en Prólogo de la edición de Y. Arencibia, 2007: 10) o con
la francesa (Daudet), aunque por su parte prefiere resaltar la herencia de la novela picaresca española.
No es fácil, en efecto, encontrar obras españolas en las que los
niños sean protagonistas. Incluso en el fértil campo del costumbrismo son escasos los artículos del tipo de «Los niños de la calle» o
«El raquero» de Pereda, a los que hacemos referencia en otro lugar.
Años antes, varios niños huérfanos habían formado parte de la nómina de personajes de ese ensayo novelístico que es Doce españo
les de brocha gorda del costumbrista Antonio Flores, en 1852. El
capítulo I, titulado «El granuja», se dedicaba a la presentación de
Patata, niño harapiento y huérfano acogido por una banda de chiquillos capitaneada por el granuja Pepitaña. En el capítulo II, «Vida
y milagros de Pepitaña y de Conejo», los dos niños narrarán por
turno, con el recién llegado como narratario, sus horribles antecedentes. Sin embargo, los capítulos siguientes se dedican a personajes
aristocráticos, hasta que más adelante (cap. V) se vuelvan los ojos
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de nuevo a los niños motejados como Patata y Conejo. No falta el
espacio de una casa de vecindad muy pobre, y las conexiones folletinescas entre los aristócratas y el mundo de la marginalidad: mar
quesa con hija ilegítima entregada para su cuidado a familia pobre,
búsqueda de niña que ignora su identidad, etc., asuntos que recuerdan en parte las relaciones de Jacinta y el mundo de los niños y la
marginalidad en Fortunata y Jacinta.
Falta, en todos los casos citados, el humor y el sentido tragi
cómico del relato que caracteriza toda la obra galdosiana, y que hace
que incluso en la década naturalista a la que pertenece la novela,
Galdós no cargue las tintas en el horror de la marginalidad. En este
sentido, no es mal ejercicio comparar el tono galdosiano con el del
cuento naturalista «Restorán» de 1901 (publicado por Pardo Bazán
en El Imparcial) donde sin asomo de humor se narra la peripecia
terrible de un orgulloso huérfano de doce años, que para subsistir
soporta ofrecer su sangre a unas pulgas amaestradas de un circo, y
que pierde bruscamente el resto de inocencia que tenía.
Para A. Rodríguez y M. J. Ramos (1984: 141-145) Galdós habría
tomado como pauta la novela ejemplar cervantina El Licenciado
Vidriera e incluso la apertura de la novela resultaría parodia cervantina: dos estudiantes universitarios de paseo, un pobre niño ansioso de letras, el consiguiente interrogatorio, la admisión del niño
como criado, la introducción de éste a la enseñanza formal… Siguiendo este modelo narrativo, Galdós trataría de mostrar cómo la
fusión azarosa de la enseñanza formal y la experiencia de la vida es
la que determina lo que cada cual acabará siendo. Ortiz Armengol
(1996: 863) lo sostiene de igual modo, y añade lo que cree un paralelismo en el desenlace de El Quijote y El doctor Centeno: Miquis
también recobra el juicio a la hora de su muerte.
Felipe es mozo de varios amos, como en la novela picaresca,
lo que le permite servir de nexo entre las dos partes de la novela,
ya que puede conducirnos por lugares y ambientes muy distintos,
según M. del P. Escobar. Otros puntos comunes con la picaresca
serían el que al final de su vida tiene que mendigar para su amo
Miquis, al igual que Lázaro con el escudero toledano. La gran dife
rencia es que Felipe no busca medrar, sino estudiar y aprender. Una
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Isabel Román Román
analogía concreta con El Lazarillo sería que en ambas novelas un
criado con buen corazón alimenta a su amo hambriento, como ha
recordado Ortiz Armengol.
Gustavo Correa (1977: 254-259) destacaba que uno de los aspectos de la picaresca que más influyen en Galdós es el de la sátira
del carácter español y de la sociedad contemporánea del escritor.
Los excesos de la imaginación, el vivir de las apariencias y con
ambiciones de encumbramiento social, conectaría el Barroco español con el novelista, que a menudo presenta personajes venidos a
menos, aferrados a los signos aparentes de la honra. En el caso de
Felipe, la trayectoria externa del niño recuerda la picaresca, pero
no su interior. La apertura de la novela sí que reivindica, igual que
los héroes de la picaresca, que un personaje insignificante sea el
protagonista de una ficción novelesca, mereciendo el mismo detallismo que otros personajes. En la segunda parte, aun partiendo del
esquema de la pareja amo-criado, se añadiría la pauta de interacción
de personajes contrapuestos, derivada de El Quijote.
La maduración del niño, otro importante constituyente del género picaresco, es también evidente. Pese a la breve temporalidad
de la diégesis del relato, es posible notar la maduración del personaje de Centeno, sobre todo en la Parte II. En el capítulo VI, v,
Felipe repite a su modo las frases médicas que ha oído, y es ésta
la primera vez en la que el niño (ya Doctor Centeno), habla como
un médico. El narrador cambia el epíteto denominador y, ante la
autopsia que realiza al gato, el «Ve el Doctor …» adquiere un sentido
casi literal. Aflora cierto criterio y pundonor del niño cuando, tras
la admiración que le produce la amante de Miquis, por imitación
de su amo se pone a escribir poesía. Miquis reconoce la sensatez
del niño, y lo hace merecedor de un nuevo mote, muy distinto del
burlón que recibió en la escuela de Polo: «Eres un sabio y debías de
llamarte Aristóteles». En V, vi, Felipe comienza a dar muestras de
sentido crítico respecto de su amo, del que había sido incondicional,
y con el que había a llegado a una simbiosis cercana a la identificación. El niño evoluciona, y el narrador calificará su intención de
comprarse unas botas (primera vez que mira por sí mismo) como
«admirable madurez de juicio» en el capítulo VII y último.
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Estudio preliminar
Terminada la parte v del último capítulo (es decir, el final biográfico de la novela por lo que respecta al coprotagonista Miquis),
y ya en el «segundo final», metaliterario, que se superpone, Ido y
Felipe-Aristóteles conversan con extraña elocuencia. Por primera
vez asistimos a la rebelión de Felipe contra lo que ha venido observando en silencio, de tal modo que en los largos párrafos que se le
conceden, hace juicios de valor sobre lo observado y aporta más datos
sobre el final de Miquis, ya desde su exclusivo punto de vista.
Punto y aparte merecen los diversos ecos cervantinos –añadidos a otros que se han venido mencionando anteriormente– que,
aun no siendo extraños en la narrativa galdosiana, abundan en El
doctor Centeno. Nos referimos a expresiones literales como «algo y
aún algos»; a otras muy reconocibles, del tipo «el sin ventura Cienfuegos», «el extraño y nunca visto caso de su miseria», «la sin par
Cirila», «extremada y nunca vista delicadeza», «la noche de claro
en claro». Y, en fin, entre decenas de pasajes cuyas reminiscencias
se aprecian enseguida: la comparación de un banquete opulento con
las Bodas de Camacho, el nombre de Maritornes para una criada,
o la mención a don Santiago Quijano (el apócrifo tío canónigo de
Isidora en La desheredada).
Como no podía ser de otra forma, ha llamado la atención de
la crítica la evidente filiación quijotesca de Miquis, patente en su
entronque con una familia de El Toboso, en el influjo de la literatura sobre él, que le conduce a la obsesión por componer un drama
a la manera de Calderón, en denominaciones del narrador del tipo
«El caballero manchego, cuya primera hazaña…», «El iluminado
manchego», «El manchego sin ventura», «nuestro héroe tobosino»,
«el soñador del Toboso», «don Dulcineo del Toboso» entre otras.
Estas analogías no serían excluyentes de un peculiar «modelo vivo»
del personaje: varios estudiosos ven en Miquis una proyección autobiográfica del joven Galdós, en sus años madrileños correspondientes al marco temporal de la novela, 1863-64. Rasgos autobiográficos serían los plasmados en la casa de huéspedes –cercana a la
de la calle del Olivo en la que vivió Galdós–, los proyectos teatrales, las veladas en el Paraíso del Real, los amoríos desordenados,
la vida estudiantil (Ortiz Armengol: 368-369). Para A. Rodríguez
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Isabel Román Román
resulta evidente que Miquis es la representación del joven Galdós
estudiante en Madrid, con sus veleidades de lector y escritor romántico, algo que al cabo de los años le acabaría pareciendo ridículo.
Por ello, interpreta la muerte de Miquis como el cierre definitivo
de una etapa personal y estética, que sirve al novelista para liquidar
cuentas y desprenderse del ideal romántico de su juventud (Rodríguez, 1978: 90-91).
Pero quijotesca sería la progresiva desvinculación de la realidad
y la instalación en el mundo ideal de su fantasía. Gustavo Correa
(1984: 7-25) distingue un tipo de novelas que, en función de sus
protagonistas, llama «de los héroes que persiguen valores inauténticos», grupo al que pertenecería Alejandro Miquis. En efecto, la
fiebre artística de éste lo conduce a identificarse con los mundos
creados por su propia imaginación y a adoptar modelos anacrónicos y sin sentido para la nueva sociedad. Correa resalta la ironía
de Galdós ante el paradigma calderoniano de teatro de honor que
Miquis pretende resucitar, y juzga que la vocación de Miquis es
«espuria» y «su falta de talento y su vida ociosa y desarreglada lo
han de llevar a su degeneración física y finalmente a la muerte».
Cabe hacer una objeción a este supuesto anacronismo del teatro que
sirve de modelo a Miquis: pasada la época de esplendor del drama
romántico y de las recuperaciones eruditas del teatro barroco en
la primera mitad del siglo, el teatro clásico español siguió siendo
objeto de reediciones y de representaciones en la década de los
sesenta. Recordemos que figuras tan admiradas por Galdós como
Hartzenbuch y Mesonero Romanos, editaron a Lope, Tirso y Calderón, y una amplia selección de dramaturgos contemporáneos a
Lope de Vega. Miquis representaría a uno de tantos jóvenes de la
época entusiastas del teatro histórico, como lo fue el mismo Galdós
en las fechas del relato.
Habría que combinar, entonces, la verosimilitud en la creación
de Miquis como joven estudiante de 1863, con el modelo literario
de su peculiaridad quijotesca: el exceso de lecturas unido a su candente imaginación, que desenfocan su concepto de la realidad.
Miquis llegará a vivir en la calle los argumentos y personajes
del drama histórico que concibe. El narrador recuerda cómo en sus
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Estudio preliminar
salidas libres por Madrid, Miquis demuestra su pasión por el Barroco, época en la que parece instalarse mentalmente, en una actitud de
quijotismo sólo en lo tocante a la vida anacrónica, no a la asunción
de ideales de justicia. Se van difuminando los límites entre la percepción real de lo que le ocurre y los hechos del drama El Grande
Osuna, de tal modo que hasta en sus palabras sobre el Duque, parece
plasmar, idealizada, su manera de ser.
De índole cervantina sería también la identificación de Felipe
con las fantasías de su amo. Recordemos cómo en VI, viii, Felipe
habla como una especie de Sancho que por pena sigue la corriente a
un agonizante amo: «–Este verano –dijo Centeno–, cuando vayamos
a la Mancha, yo me dedicaré a la caza y usted a escribir su obra.
Me parece que ya estoy ¡pim!… matando conejos, y usted ¡pim!…
echando escenas y más escenas…».
Cierto sabor cervantino tiene también la burla a Jesús Delgado:
los estudiantes ociosos, tal como los Duques en El Quijote de 1615,
idean una broma para divertirse, con elementos del propio mundo
del personaje. Posteriormente, éste los dejará estupefactos con su lucidez, de tal modo que su carta de respuesta recuerda tanto a don
Quijote como al agudísimo Licenciado Vidriera, y sus respuestas a
los que se reían de su locura. Su carta produce el mismo desconcierto que don Quijote en quienes lo escuchaban, y el perspectivismo
en las reacciones que suscita es semejante a la división de opiniones en quienes escuchan a don Quijote. La preparación y desarrollo
de la broma recuerdan un pequeño paso o entremés barroco, con
los gestos de los estudiantes, que lo acompañan a su habitación «con
aparato y cortesana pompa». Un último entremés o sainete se dará
en el capítulo final, cuando en plena agonía de Miquis reaparece
su dislocada tía, obsesionada con la limpieza, lanzando sus artes
adivinatorias… En otro lugar he destacado el gusto galdosiano por
el giro sainetesco de algunas escenas, y también Barjau y Perellada
han comentado en su edición de Tormento cómo Galdós elige a
veces el sistema dramático para mostrar el conflicto entre los personajes, debido a su afición «por el tableau y la pantomima». Califican incluso como «inolvidable escena de vodevil» la del capí
tulo XXX de Tormento, cuando Marcelina encuentra el guante de
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Amparo (2007: 70, 73), lo que en mi opinión no contradice la even
tual pauta del entremés barroco y el sainete dieciochesco en escenas de esta índole.
Por otra parte, las reminiscencias de Quevedo y de la prosa
satírica barroca no pueden eludirse. Coincidiendo en fines –y en
algunos procedimientos– con obras de grandes satíricos barrocos,
reaparecen en nuestra novela la burla de la manía de aparentar, la
superstición, la oratoria ridícula. En este sentido, Galdós con toda
intención «castiga» a sus oradores domésticos a ser incapaces de
completar sus repetitivas tiradas. O bien muestra citas interrumpi
das, frases y expresiones fuera de contexto, a veces glosadas en su
ridiculez, con lo cual el efecto crítico se acentúa. Por otro lado,
las muletillas de varios personajes, además de funcionar como una
táctica para la caracterización de personajes secundarios y un factor
de comicidad, refuerzan la burla del discurso de quienes a menudo
impostan una cultura inexistente (Ido del Sagrario o Morales). Por
ejemplo, en el diálogo final de la novela, Ido recibe un tratamiento
especialmente ridiculizador, subrayado por acotaciones como «pa
téticamente», o «Mostrándose tan inspirado que sin duda no es
sino Salomón el que habla». El pésimo maestro emite un discurso
semi-bíblico, con un tipo de oratoria sermonaria que Galdós pone
en solfa en muchas obras. ¿Cuál es la fuente de su discurso repetido,
de la cadena de tópicos que ensarta, de los consuelos de iglesia inapropiados en el contexto? El propio Ido lo declara: ha memorizado
ciertos textos que leyó la noche anterior.
La inserción de lo teatral puede llegar a eliminar la frontera
entre novela y teatro. Como ha visto S. Miller, es en La desheredada
donde Galdós inicia las listas de personajes al modo de dramatis
personae, los diálogos con acotaciones, las referencia a «escenas»,
«entreacto», etc., tal vez con la intención de mostrar un mundo de
fingimientos y la propia estructura teatral de la sociedad. Son re
cursos cuyos efectos, añadidos a los de la ironía y la parodia, pue
den contribuir a la distancia crítica ante los personajes y los hechos
narrados (Miller: 103-104). Esta introducción del teatro dentro de
la novela resaltaría desde la forma el histrionismo de los personajes, su fantaseo, la segunda vida que han creado en su imaginación.
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Estudio preliminar
La teatralidad en la expresión y mímica aparece resaltada al ser
vertida en forma teatral, cuando los gestos aparecen en acotación.
Tanto la forma extrañadora de la acotación en una novela, como
el propio contenido de la acotación sirven para indicar que el per
sonaje está actuando. Un fingidor es por ejemplo Cienfuegos, que
engaña y extorsiona a un arruinado Miquis, y esto aparece en breve
escena teatral, en V, i.
Aparece escena teatral en la novela cuando Miquis recibe el
dinero de su tía, y comienza a gastarlo, «exaltado y delirante», tal
como lo encuentra Cienfuegos. Las tres breves escenas teatrales,
que consisten en fugaces encuentros con amigos, aparecen aquí
unidas a la impresión de velocidad frenética que el autor da a los
minutos siguientes al cobro del dinero por parte de Miquis. Del
primer amigo dice el narrador «dialogaron un instante con entrecortado estilo», diálogo que se presenta de forma teatral. El segundo,
brevísimo, es con el cochero, y el tercero con su amigo Cienfuegos
(cap. III, ix).
En otros casos, sin embargo, la escena se asocia más fácilmente
al efecto cómico del teatro menor, entremesil o sainetesco, que in
dicamos más arriba. Así, el diálogo teatral entre Felipe y Rosa Ido
en V, iii, presentado como muestra mucho más inmediata y simpática de la relación de los niños: «Cuando estaban solos eran las
grandes confianzas. Vaya de muestra», anticipa el narrador.
TIPOS Y ESCENAS. DEL COSTUMBRISMO A LA NOVELA
Ya en Fortunata y Jacinta, Galdós titulará específicamente al
gunos capítulos como «Escenas», tal como Balzac subtitula muchas
de sus novelas, pertenecientes al gran ciclo de La comedia humana
que tanto admiró el novelista canario.
No es extraño que algún crítico haya hablado de desarticulación en el relato en El doctor Centeno. Es evidente que algunos de
los espacios y escenas presentativas de grupos permiten el desfile,
la galería de tipos. Pensemos en la rentabilidad estructural de una
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escena como la comida en el Observatorio, en la que Felipe conoce
–y con él el lector– a cada uno de los asistentes. Se trata del mismo
procedimiento que aparecerá en Fortunata y Jacinta, glosado por el
narrador en todo su valor de muestra de una galería de tipos madrileños: «Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que
el conjunto de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas
las clases sociales. La enredadera de que antes hablé había llevado
allí sus vástagos más diversos» (Parte I, X, v).
Los espacios elegidos en la Parte II de nuestra novela permiten de igual modo el desfile y convivencia de tipos: en particular
la fonda, que es lugar natural para la convivencia de los personajes
variados que el azar ha reunido. La variedad está asegurada si aceptamos que es el azar el que los ha llevado a confluir en el punto en
el que el relato los ha concentrado.
La denominación «tipos y escenas de la vida estudiantil», entre
costumbrista y balzaciana, bien podría servirnos para calificar esa
parte de la novela, ya que son reconocibles en ella estas dos modalidades costumbristas, combinadas. Una primera presentación de
los individuos de la fonda es denominada por el narrador «galería
de verdad», y por un momento el vocablo adquiere un valor iconográfico: el narrador atribuye a su memoria la reconstrucción de una
especie de grupo escultórico clásico, o bien una típica pintura o foto
de familia, con perro a los pies: «esta galería de verdad, presidida
por la excelsa doña Virginia, teniendo a sus pies la modesta imagen
canina de Julián de Capadocia». Es tal la imaginación de Galdós
para crear personajes secundarios, que en esta ocasión pone en voz
de su narrador dos pretextos para no incluir aún más tipos: que
otros muchos personajes del grupo «se han desvanecido» y que sería
imposible añadir más extensión a la «galería» que ofrece.
El grupo de estudiantes da pie también a escenas genuinamente
cómicas, que desarrollan narrativamente algunas de las posibilidades que la tradición costumbrista había vislumbrado en el tipo: bromas, conversaciones burlonas e ingeniosas. En Fortunata y Jacinta
aparecerá fugazmente Alejandro Miquis como estudiante, junto con
Zalamero, Villalonga, Pez y Juanito, por un lado, y algunos de los
estudiantes amigos de Maxi, por otro. Ello sirve para dejar esboza
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Estudio preliminar
das las posibilidades narrativas del mundo estudiantil, latentes en
algunos modelos de la clasificación del tipo del «calavera» propuesto
por Larra en sus dos artículos de parodia científica con ese título.
Las reminiscencias de la tradición costumbrista –en mi opinión
muy evidentes en la novela– no excluyen otras fuentes del origen
romántico del personaje del estudiante. En este sentido recuerda
Mainer que el estudiante fue un héroe literario del Romanticismo,
«estrechamente vinculado al mundo de la bohemia», vínculos que
ejemplifica aludiendo a novelas como Las escenas de la vida bohemia
de Henri Mürger, de 1847; La dama de las camelias de Alejandro
Dumas, de 1848 y adaptada al teatro en 1851; la ópera de Verdi
La traviatta estrenada en 1853. Así mismo, las dos versiones de La
educación sentimental de Flaubert (de 1843-45 y 1862-65 respectivamente), el Fausto de Goethe, el Fantasio teatral de Musset e incluso El estudiante de Salamanca de Espronceda (Mainer: 30-31).
Varios ejemplos más podemos añadir a los citados: al año siguiente de nuestra novela aparece en Francia la autobiografía novelada de Jules Vallès Recuerdos de un estudiante pobre, cuyas
sorprendentes coincidencias temáticas nos incitan a no desechar la
inspiración en la propia vida contemporánea que existe de El doctor Centeno. Vallés recuerda en forma de memorias sus propios
tiempos de estudiante de Derecho en el Barrio Latino de París,
treinta años atrás, es decir, en la década de los cincuenta. Entre
otras coincidencias con nuestra novela notamos: el pupilaje de sus
padres que sostenían varios estudiantes en el propio domicilio en
provincias; el hambre y la pobreza soportados en una buhardilla
parisina, ya como estudiante universitario que esperaba ansiosamente la llegada mensual del dinero enviado por los padres desde
Nantes; su pasión por la literatura, frente a las lecturas mecánicas
de otros estudiantes, a los que él gritaba con pasión los hombres de
Hugo, Balzac y Alphonse Karr; las cenas en míseras casa de comidas; su burla de la oratoria pedante y sus reflexiones muy críticas
contra la enseñanza anticientífica recibida; su recuerdo de cómo
reencontró a uno de sus antiguos profesores convertido en mendigo
años después, etc. Y a pesar de la madurez y el autocontrol que tuvo
Vallès de joven, también las bromas a sus profesores y los enredos
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picarescos que, con la distancia de los treinta años transcurridos,
reflejan vivamente el panorama del mundo universitario parisino de
la década de los 50, tamizados con el inmenso humor e ironía que
el propio Vallès se reconoce.
En la novela galdosiana conviven ecos literarios anteriores con
el reflejo realista de un ambiente de época bien documentado, que
es el que explica el aire de familia con otras obras europeas de ambiente estudiantil. Es evidente que la imitación de los modelos vivos
y de los modelos literarios, lejos de autoexcluirse como pautas inventivas, forman parte del mismo concepto de realismo galdosiano
que tanto nos atrae a lectores y especialistas. Sin duda existirían
modelos vivos de fondas y estudiantes madrileños en el recuerdo
de un Galdós que había llegado a Madrid a estudiar Derecho en
fechas casi idénticas a las recreadas en El doctor Centeno. Pero el
enclave de la fonda permite desarrollar distintos modelos de estudiantes que tenían ya una tradición literaria, así como dar cuerpo
novelesco a un tipo tan común en el costumbrismo como el de la
«La patrona de la casa de huéspedes», en torno al cual se desarrollan
graciosas escenas de bromas y pullas de los jóvenes.
Entre los personajes de la fonda, alguno merece la autonomía
de una parte de capítulo, a modo de semblanza propia. Es el caso de
Ruiz: el capítulo III se abre con la presentación redonda, a modo de
retrato encabezado por el nombre propio, de lo que parece más bien
un «tipo» encarnado en Federico Ruiz. Hay ciertos rasgos generalizadores en el texto («como tantos otros…», «muchos ¡ay!, que dicen
esto…»), propios de la tipificación costumbrista. El narrador, muy
duro y opinante, puntea con juicios de valor el retrato de su tipo, e
incluso expresiones como «Último toque. Era ferviente católico…»,
nos conducen al concepto figurado, tan propio del costumbrismo, del
«boceto» de un tipo. En el capítulo «Quiromancia», el predominio
del diálogo bromista –los diálogos habían sido escasos en los capítulos anteriores– se debe al ambiente de los estudiantes y a la figura
cómica del astrónomo Ruiz: la conversación jocosa en torno al horóscopo crea escenas vivas, llenas de humor. Como ha señalado Lieve
Behiels a propósito de otros retratos de personajes galdosianos, en
algunos de ellos convive un movimiento individualizador que busca
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Estudio preliminar
la verosimilitud, con otro generalizador que asocia el personaje a un
tipo, sobre todo en casos en los que al narrador busca generalizar
y moralizar (Behiels: 124). En El doctor Centeno coexisten estas
dos tendencias, aplicadas a personajes como Polo, Ruiz o Montes.
Felipe, por el contrario, se distancia de cualquier generalización,
aunque no sean desechables las pautas picarescas sobre las que se
ha creado el personaje, como se ha recordado más arriba.
Por otra parte, doña Isabel desarrollará un tipo de reminiscencias costumbristas, que podríamos llamar el de «la manchega en
Madrid», vertido en un molde casi autónomo que en capítulo III,
iv, recuerda la forma de los artículos: descripción detallada de su
aspecto físico, de su casa, con detalles minuciosos sobre decoración,
y por último, sus costumbres en alimentación. Tras esto, y ya de
manera propiamente novelesca, se ampliarán las posibilidades del
tipo, creando para él una historia familiar que concuerda más con
el modelo de las historias genealógicas de personajes secundarios,
tan frecuentes en Fortunata y Jacinta, donde al narrador le parece
imprescindible mostrar las redes familiares y sociales hasta de los
personajes secundarios. El personaje de doña Isabel no comparece
sólo por sí mismo, sino por su parentesco con el gran protagonista
de la Parte II, Miquis. Por tanto, la historia familiar traída al hilo de
la extravagante dama consigue también explicarnos el pasado familiar del joven manchego y de su hermano Augusto, al que conocimos
en la novela de 1881 La desheredada. Por otra parte, al remontarse
los antecedentes a los abuelos de Alejandro, se recuerdan aspectos
de la historia nacional anteriores en varias décadas, por ejemplo, la
Desamortización como origen de la riqueza familiar de los Miquis
(cómo el padre de Miquis se hizo rico comprando bienes del clero,
aun procediendo de un mozo de mulas).
Mostraremos ahora sólo algunos ejemplos precisos de cómo
pueden hallarse antecedentes costumbristas en algunos personajes
de nuestra novela, dejando otros casos para ilustrar puntos concretos, en la anotación de la propia novela. Mesonero Romanos, tan
admirado por Galdós, ofrece decenas de artículos dignos de un cotejo provechoso, algo a lo que animan las aportaciones de espléndi
dos especialistas en costumbrismo (M. Pilar Palomo, 1989: 217-238).
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Isabel Román Román
Como bien recuerda la estudiosa, Galdós reconoció que las Escenas Matritenses y El antiguo Madrid de Mesonero despertaron su
afición a los artículos de costumbres. Las cartas conservadas de
Galdós a Mesonero prueban también la admiración hacia el difícil
género de las Memorias, elogiando las Memorias de un setentón
que Mesonero le envió en 1878. Galdós reconoce, en carta de 18
de mayo de 1879, que desea rendir «el debido homenaje al que habiendo fundado en España el cuadro de costumbre echó las bases
de la novela contemporánea», y le indica que en el episodio nacional
en que a la sazón trabajaba, «ofreceré un cuadro en que salgan a
relucir D. Homobono Quiñones, D. Pascual Bailón Corredera y
otros tipos gráficos creados por usted» (Cartas de Galdós a Meso
nero Romanos, 1943: 46).
El artículo «De tejas arriba», de enero de 1838, narra en cinco
partes la historia de una vieja que se instala en la buhardilla de
una casa de vecinos, desde la que empieza a actuar como celestina.
En la parte segunda del artículo desfila un inventario de tipos que
residen en la parte más pobre de la casa de vecinos, la buhardilla,
llamada por Mesonero «el quinto estado». Su descripción del ambiente de las buhardillas y de los tipos que la habitan recuerda a
algunos de los tipos que Galdós convierte en personajes secundarios
en El doctor Centeno: por ejemplo, la familia pobre cargada de
hijos, caso de don José Ido. La amplitud del artículo de Mesonero
y el ademán narrativo que contiene, lo aproximan más al cuento e
incluso sus partes podrían verse como «capítulos» (M. A. Ayala: 77).
Sabemos, no obstante, que Mesonero se sintió siempre sin fuerzas
para dar el gran salto desde el costumbrismo a la novela, algo que
recomendó vivamente en su correspondencia con autores jóvenes,
caso de Galdós.
El artículo de costumbres «Los chicos de la calle» de José María Pereda (Tipos y paisajes, 1871), presenta la vida de humildes
niños de Santander, temidos por todos a pesar de que su edad no
supera los doce años. En bandadas se dedican a jugar, restando todo
el tiempo posible a la escuela, desahuciados por maestros que no
tienen la menor esperanza en ellos… Algunos de sus juegos consisten
en imitar «lo que han visto hacer en la plaza de toros a los acróbatas,
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Estudio preliminar
a los osos o a Cúchares». Les encanta el mundo taurino y aunque no
pueden colarse en las plazas, se conforman con ir a ver a los toros
de lidia en el prado o a rondar a los toreros en sus fondas. Piden
dinero para ir al teatro, donde se entusiasman con el espectáculo,
gritan, silban… Estos grupos son los oponentes de los raqueros del
muelle, a los que Pereda dedica el famoso artículo «El raquero», de
Escenas montañesas. Pereda hace explícita en la segunda parte del
artículo su compasión por estos chiquillos, y esboza escenas terribles
de sus vidas, como cuando una madre pobre y astrosa arrastra a
su «chico de la calle» hasta la escuela, «administrándole de vez en
cuando injurias y puntapiés». Una vez allí,
«Abre la puerta, llama al maestro y le hace entrega del
objeto con estas palabras:
–Ahí está: mátemele usted…».
Comenta luego con sarcasmo lo que podría ser una prototípica
reacción del maestro, de un maestro cualquiera, dada la generalización del artículo: «El pedagogo administra a buena cuenta un par
de bofetones al chico, y más tarde cumple en él casi todo el mandato de su madre». No es difícil ver aquí un apunte de preocupaciones compartidas con su amigo Galdós, quien desarrollará narrativamente el tipo del antipedagogo en la figura de Polo.
El cierre del artículo perediano («Los chicos de la calle», iii)
apunta en el cuadro posibilidades biográficas, que fuera del costumbrismo podrían individualizarse y desarrollarse novelísticamente,
aunque el autor cántabro opta por resumir genéricamente esa posible vida-novela de los niños de la calle, de final previsible. En
efecto, el articulista lamenta cómo un contexto marginal reprime
para siempre la creatividad y talento naturales que muchos tienen,
y anticipa el desarrollo y fin de «Estas criaturas, cuya viveza, cuya
osadía, cuyo ingenio precoz harían esperar a cualquiera algo, muy
bueno o muy malo, pero algo extraordinario para cuando fueran
hombres, tienen, sin embargo, el fin más vulgar, prosaico y triste
que imaginarse pueda».
Un patrón de existencia idéntico, y por completo determinista, es
el que se deriva del resumen con el que Pereda concluye su artículo
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Isabel Román Román
sobre el tipo, al que no se refiere en singular, sino en el plural de
la «bandada» en la que suelen moverse estos niños:
«A los trece años de edad están todos aprendiendo mal
un oficio; a los diez y seis se emancipan de la tutela paterna,
es decir, fuman, votan y beben delante de su padre y le niegan
el derecho de castigarlos y hasta el de reprenderlos; a los veinte
unos pocos van, por la suerte, al servicio de las armas; otros
pocos, muy pocos, empiezan a ser industriales aplicados y vir
tuosos, pero vulgares, y casi todos los restantes se casan. A los
veinticinco años tienen éstos seis hijos, poca salud, mucha
miseria y bastantes vicios; a los treinta representan cincuenta
y cinco, tienen cuatro hijos más, muchísima aversión al trabajo,
ninguna paz en casa y la mitad de la prole vagando, como ellos
vagaron, por las calles de la población.
Desde esta edad hasta la de los sesenta años, distribúyalos
el lector a su gusto entre las garras del hambre, el hospital, la
cárcel… y el cementerio».
Con impulso costumbrista (compartido por autores como Pereda,
que supieron combinar la redacción de artículos y novelas) Galdós
organiza en El doctor Centeno una estructura que le permite dedicar
partes completas de capítulos a las semblanzas redondas de los personajes, semejantes en sus dimensiones y estilo a las de los artículos
de costumbres. Por ejemplo, la de Ido, iniciada por «…había un pasante a quien llamaban don José Ido…», que abre el capítulo II, i. O
la semblanza de Polo, a la que se destina el capítulo I en su parte ii.
Pero El doctor Centeno es, también y sobre todo, la novela de
uno de los niños de la calle cuyo movimiento en bandadas trató Pereda. Uno de esos posibles niños borrosos y sin nombre ya no será un
tipo: ha sido seleccionado y enfocado con detalle, distinguido como
personaje único, lejos ya de la brocha gruesa de la tipificación.
UN NATURALISMO A LA ESPAÑOLA
Es muy aceptada la idea de que La desheredada inauguró no
sólo la serie de las Novelas Contemporáneas sino las prácticas na
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Estudio preliminar
turalistas galdosianas en la década naturalista por excelencia, la de
los ochenta. Sin embargo la presencia de factores naturalistas en
El doctor Centeno es a veces ambigua: el narrador se sirve de descripciones fisiologistas basadas en la complexión y los humores
(caso de Polo o Miquis), y alternativamente ridiculiza la convicción contemporánea de que el mundo interior de las personas se
asocia ineludiblemente a la contextura física. Esta premisa nos
permite matizar lo que afirmaremos en adelante. Si nos centramos
en el personaje de Miquis apreciamos que es el que recibe un tra
tamiento más próximo al de los protagonistas de las novelas naturalistas, ya que las consecuencias de su fisiología parecen ir más
allá del retrato físico habitual y necesario en todos los personajes,
además de apuntarse el problema de la herencia genética, con los
datos sobre la locura de su tía Isabel. Se dedica a su persona una
unidad constructiva redonda, en IV, v, aunque hasta este momento
no se nos dan los importantes datos sobre su fisiología, y sobre su
infancia: «Físicamente era raquítico y de constitución muy pobre,
con la fatalidad de ser dado a derrochar sus escasas fuerzas vitales.
Sus nervios siempre estaban en grado muy alto de tensión, y todo
él vibraba constantemente como cuerda de templado metal, sin
cesar herida por el divino plectro de las ideas. La fiebre era en él
fisiológica, y el orgasmo del cerebro constitucional y normal. Era
un enfermo sin dolor, quizás loco, quizás poeta. En otro tiempo se
habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una
víctima de la neurosis».
En este punto (uno más en el que se oponen los «otros tiempos» de superstición acientífica, con el presente de 1883 y sus avances en los estudios científicos sobre Psiquiatría) se va redondeando
el personaje mediante la reconstrucción de su origen familiar, su
entorno o medio, y las opiniones del narrador sobre su psicología.
Más adelante, el narrador establece un nexo entre el cambio
de humor festivo operado en el joven al tercer año de sus estudios
en Madrid, que acabó siendo «mudanza profundísima o paso orgánico, precursor de otro moral. Su humor festivo se trocó en me
lancólico…» Al final de la parte vii, no sabemos qué fue primero,
si la enfermedad física o el desorden moral, ya que el narrador los
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Isabel Román Román
engloba como «dolores morales y físicos» y da inicio a la informa
ción sobre «debilidad general con desvanecimientos de cabeza», «tos
penosísima». Sin embargo, en la relación inseparable entre cuerpo
y espíritu, parece que la fiebre creadora sostiene al joven durante
un tiempo (cap. V, iii y ss.). Ya avanzada su tuberculosis, agudizándose la tisis por su mala alimentación y el frío de la posada
pobrísima, la fuerza de su espíritu creativo se impone y alarga su
vida. Son muy precisos los datos fisiológicos de los estragos de la
enfermedad en V, viii: «Su demacración era ya espantosa; tenía
por cuello un haz de cuerdas revestidas de verdosa cera; los huesos salían con deforme y repulsivo aspecto; sus mejillas, cubiertas
de granulaciones, se teñían a veces del vinoso color de las rosas
marchitas». Pese a ello, coherentemente con su conocida visión de
un Naturalismo español inseparable de lo tragicómico, Galdós hará
que ciertos comentarios jocosos o conversacionales del narrador
alejen el efecto de la tragedia pura.
Como anécdota, apuntaremos que la memoria de Alejandro
pervive en una de las novelas consideradas como más naturalistas
de Galdós, Lo prohibido, en la familia formada por su hermano
Constantino, casado con Camila Bueno de Guzmán. El narrador
autobiográfico explica que en 1883 «los señores de Miquis no nadaban en la abundancia, y ganaban mis afectos por el recogimiento
en que vivían. Al chico le pusimos el nombre de Alejandro, por un
hermano de Constantino que había muerto en Madrid algunos años
antes» (Lo prohibido, capítulo XII, ii).
Destacable es también el diseño de Polo con ciertos apuntes
naturalistas, tales como la relevancia de su complexión fuerte y
sanguínea (igual ocurrirá años después con don Fermín de Pas
en La Regenta), en sus apetitos por el amor y la buena vida, en el
descontrol de su carácter, etc. El cierre del párrafo que constituye
el retrato del sacerdote en capítulo I, iii lo forman los comentarios
del narrador incorporando la terminología de la ciencia contemporánea, frecuente en la novela. La relación de ida y vuelta entre
fisiología y mundo moral del personaje se condensa en la fórmula
«la conciencia fisiológica», y se apunta en el breve comentario la
idea zolesca de la bestia humana: «Bastaba mirarle una vez para
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Estudio preliminar
ver cómo salía a la superficie de aquella constitución sanguínea, la
conciencia fisiológica, el yo animal que en aquel caso estaba recogido en sí mismo con indolencia, meditando en los términos de una
digestión satisfactoria».
La aproximación a la marginalidad madrileña, a ese «cuarto
estado» tan bien descrito en Fortunata y Jacinta, Misericordia,
Nazarín y Halma (recuérdese por ejemplo la impresionante apertura de Misericordia con el «ejército» de miserables de Madrid y su
lucha heroica por la supervivencia), sin alcanzar el extremo de estas novelas, resulta suficientemente intensa como para que la incluyamos como un factor naturalista de El doctor Centeno.
Los espacios, que han de observarse cuidadosamente en toda
obra, en El doctor Centeno son especialmente operativos en sus
efectos e influjos sobre los personajes: hay que subrayar que el
encierro de Miquis enfermo en la casa es paralelo al aumento de la
exaltación de la vida de su imaginación. En el capítulo IV observamos una reducción extrema de espacios, y desde V, v, el encerramiento del amo enfermo contrasta con las forzosas salidas al exterior del niño, llevando y trayendo cartas e incluso pidiendo, en una
tarea parecida a la asumirá el niño Luisito en Miau. La vida exterior y los espacios urbanos desaparecen, para desarrollarse sólo las
escenas en la fonda, e incluso en una habitación concreta de ésta.
Sólo en la parte viii del capítulo hay por fin una salida al exterior:
el Teatro Real tan querido por Galdós.
El camino hacia la marginalidad de Madrid se recorre lentamente, con el eslabón intermedio de la posada de la calle de las
Velas que daba cobijo a estudiantes pobrísimos, y a la que Miquis
debe trasladarse cuando ha dilapidado su dinero y es expulsado de
la de doña Virginia. El cambio espacial, vinculado al título del ca
pítulo («Principio del fin»), anticipa la degradación inevitable del
personaje. No hay salida para Miquis, y ningún lector podría mantener esperanza, pues desde el título se nos anticipa que el capítulo
V es sólo la primera parte del preanunciado «Fin», de la pendiente
por la que se va deslizando Miquis sin remedio. Sabemos de la comida de amo y criado en «inmunda taberna de la calle del Grafal»,
o «en alguna pastelería de Puerta Cerrada». Felipe va conociendo
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Isabel Román Román
(¿o quizás vuelve a él?) el Madrid de la miseria, de fonduchos y
prestamistas. Todavía habrá una caída mayor, un tercer espacio de
la marginalidad, al que Miquis acude engañado por la mujer: una
buhardilla en una corrala inmunda de vecinos. Pero ya Felipe ha
madurado, y más astuto y práctico, percibe enseguida que lo están
estafando. En este lugar se produce el reencuentro con un personaje
de la primera parte, Ido del Sagrario, que servirá para dar noticias
no sólo de su vida en estos meses, sino de lo ocurrido con Polo.
Se omiten las escenas presentativas de la miseria, aunque en el
nivel de la elocución es durísima la visión alegórica de la marginalidad madrileña como «vertedero humano». En capítulo III, iii destaca la viva metáfora del «basurero humano» y la caída del niño
arrojado a él como «desperdicio vivo», para referirse a cómo la
sociedad trata a Felipe. Pero la vida en grupo de los miserables de
Madrid no será más que un leve apunte en los datos que da Felipe
sobre su situación en la capital, en su primer encuentro con Miquis:
«Allí al lado, en un cobertizo, vivimos muchos pobres. Nos da de
comer la mujer del guarda del almacén» (cap. I, ii). Más adelante
tendremos ocasión de ver la marginalidad, el «cuarto estado», en los
espacios colectivos en que habitan, detalladamente descritos. Pero
más allá de la generalización, el interés de Galdós es individualizar, enfocar a un individuo extraído de esa masa indiferenciada, y
presentarlo en soledad, a diferencia de la presentación de los niños
pobres en grupos, usual en ciertos artículos de costumbres.
Resulta temible imaginar lo que oculta la reticencia sobre el
destino miserable del niño en el lapso de quince días desde su
expulsión de la casa de Polo hasta su reencuentro con Miquis. El
narrador no acalla en este punto su fortísima crítica social: «¿Quién
le seguirá por esta zona, a donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social en uno y otro orden?». Breves líneas
resumen la vida terrible del niño en esas dos semanas, despachadas
en un ligero «que pasó grandes y tormentosas escaseces». Galdós
decide omitir lo que podrían suponerse las peores peripecias del
niño en los días que siguieron a su expulsión de la casa de Polo,
aunque informa de su convivencia con los barrios miserables de
Madrid: el Rastro, la Arganzuela, las Yeserías, las rondas del Sur.
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Estudio preliminar
Sin embargo, prefiere ofrecer al lector «las importantes cosas que
vienen ahora», tras el reencuentro de Felipe con Alejandro Miquis.
El parón metaliterario supone una división efectiva y la justificación de reemprender el relato en este punto del presente: «…que
al fin su puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto,
deparándole Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de las
importantes cosas que vienen ahora, y paso primero en el nuevo
rumbo que toma la vida del héroe, como verán los que no se hayan
aburrido todavía y quieran seguir adelante».
No encontrará el lector una descripción concreta y demorada
de la miseria y de comportamientos brutales de «bêtes humaines»
que en un texto naturalista al uso habrían merecido amplio espacio.
Pensemos por ejemplo en «Pipá», el famoso cuento naturalista de
Clarín: un niño de edad semejante a Felipe (doce años), de quien
el narrador se declara igualmente «historiador», sucumbe al determinismo inexorable de una vida marginal que se nos muestra con
crudeza inolvidable, en el último día de la vida de la criatura. A
pesar de ciertas conexiones de este relato con la novela galdosiana,
es indudable que Galdós omite el detalle sobre lo que podrían haber sido ambientes y experiencias terribles, y se limita al resumen
y comentario autorial sobre los barrios miserables. Ni que decir
tiene que el general tono humorístico o tragicómico de la novela
–aunque a veces debamos hablar más bien de «humor negro»– es
una diferencia determinante entre la obra galdosiana y los relatos
naturalistas sobre (o con) niños pobres. En todo caso, Clarín se
aproximaría al tono galdosiano en «La conversión de Chiripa»: la
divertida anécdota que Alas va a contar suaviza los detalles sobre
el hambre, el frío y la exclusión social que acosan aún a Chiripa,
treinta años después de su aparición como un chiquillo amigo de
Pipá, perteneciente como él al grupo de «notabilidades callejeras,
especie de mosqueteros del hampa», según el narrador.
En El doctor Centeno asistiremos a las salidas mendicantes del
niño, y conoceremos en V, v que también Rosa Ido (cuyo retrato
recuerda al de los raquíticos personajes infantiles de La Tribuna
de Pardo Bazán) sale a buscar dinero para su casa, como Felipe. La
atención naturalista a los niños del cuarto estado, eso sí, se reviste
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Isabel Román Román
de sarcasmo. Parece que el autor editorializa como tal, en sus comentarios generales sobre la miseria de los niños de la marginalidad madrileña en VI, iv, tipos de entre los cuales él ha elegido enfocar a los hijos de Ido, y más específicamente a Rosa: un hermano
cojo, otro de piernas torcidas en forma de paréntesis, el tercero con
labio leporino, la mayor jorobada, y todos ellos «pálidos, cacoquimios, llenos de manifestaciones escrofulosas», son vistos como
tipos y símbolos de una situación muy generalizada en España y
señaladamente en el Madrid contemporáneo: «la caquexia popular,
mal grande de nuestra raza, mal terrible en Madrid, que de mil
modos reclama higiene, escuelas, gimnasia, aire y urbanización».
La genialidad galdosiana logra sin embargo colorear de humor las
palabras y actos de una chiquilla locuaz y simpática a pesar de la
miseria.
HISTORIA Y FICCIÓN. EL MADRID DE 1863.
LA ESPAÑA DE 1863
El procedimiento más frecuente para presentar el marco histórico del relato es el de las numerosas conversaciones, tertulias y
discusiones de los personajes. Desde su ideología, intereses e historia pasada, reflejan la preocupación popular por el posible cambio
que se avecina y los antecedentes de lo que acabaría siendo la Revolución de 1868, muy cercanos aún en la memoria los desmanes
ocurridos en el pronunciamiento militar de 1854, que acabaría po
niendo fin al Bienio Progresista. La gran participación del pueblo
de Madrid, que no dudó en levantar barricadas animado por los
progresistas, aparece en los recuerdos de trabajadores como el pa
dre de Juanito del Socorro, cuya historia pasada no escuchamos
directamente, sino como retazos de transmisión oral interpretados
cándidamente por el hijo.
Es importante ver cómo se incorporan en la novela hechos
históricos relevantes en el Madrid de 1863 y 1864, tal como pudo
ser el de la súbita muerte del periodista y político progresista Pedro
Calvo Asensio, y su entierro multitudinario el 20 de septiembre de
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Estudio preliminar
1863. Galdós, llegado a Madrid menos de un año atrás, quedaría
impactado por el homenaje popular a una figura del periodismo a
la que sin duda estimaría como progresista y director de La Iberia.
Subraya G. Ribbans la importancia de este hecho en nuestra novela,
y con qué detallismo se integra en ella, por medio de las anécdotas de la Tertulia narradas por don Florencio Morales, paisano del
ilustre político. Además, el entierro se inserta en la acción novelística porque el gran atasco que produce impide que Felipín entregue un importante recado de Miquis a doña Isabel Godoy (Ribbans,
1988: 174-175).
Galdós introduce algunos comentarios autoriales serios, inter
pretando desde 1883 la presencia de la controversia política en las
vidas de los ciudadanos veinte años atrás. Por ejemplo, en IV, iii,
el narrador explica desde el presente las razones de que en el pe
ríodo prerrevolucionario la pasión política en la gente corriente fuese
extrema. Sus juicios de valor sobre la inmensa importancia de la
libertad de prensa nos remiten a un Galdós que, en efecto, fue pe
riodista en prensa liberal (La Nación) en años difíciles. Después
de sus comentarios, encontraremos un ejemplo práctico, ya desde
la ficción, del fervor de las discusiones políticas a las que se ha
referido genéricamente. Y sin embargo, el narrador no proporciona
una conversación completa ni bien articulada como muestra, sino
que atribuye a su mala memoria y a «los retazos y frases sueltas que
el héroe conservó en su memoria» los «retazos» y «frases sueltas»
de esas conversaciones que transcribe directamente.
Aunque se ofrecerán en notas al pie algunos de los realia que
forman el contexto histórico de los personajes, hemos de recordar
aquí un asunto importante en la novela: el conflicto contemporáneo
entre Ciencia y Religión, que subyace en las propuestas del personaje de Federico Ruiz y en algunas de las conversaciones de los
personajes.
En 1866, fecha cercana al trasfondo histórico de El doctor
Centeno, se había renovado una de las fases de la llamada «Polémica
de la ciencia española», unida ahora a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, la Iglesia y la enseñanza. Muchos
krausistas españoles venían planteando la necesidad de armonizar
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Isabel Román Román
ciencia y espiritualidad. En su artículo «El Concilio del Vaticano»,
Manuel de la Revilla era muy crítico con la celebración pomposa
del Concilio ecuménico convocado por Pío IX; a su juicio, la ciencia moderna quedaba por completo excluida del inmovilismo dog
mático y secular de la iglesia católica. Revilla es uno de los pensadores que plantean la integración armónica de la ciencia y de un
nuevo concepto de la religión, afirmando que «la ciencia moderna
esencialmente armónica une íntimamente a Dios con el mundo,
construye una moral puramente humana y completamente indepen
diente de la revelación» (Revilla, 2006: vol. II, 128). Sabemos también, y es asunto glosado por el propio Revilla, que la sección de
Ciencias Morales y Políticas del Ateneo madrileño, presidida a la
sazón por Moreno Nieto, debatió a lo largo de 1870 el tema «Las
relaciones de la Iglesia y el Estado y el fundamento del derecho de
castigar», frente al cual algunos sostuvieron otro tipo de necesidad
de armonización: «la armonía de la iglesia y el estado» (Revilla,
2006: vol. II, 134). No se olvide que el Concordato que en 1851
había firmado Bravo Murillo con el Papa afectaba a la enseñanza,
al establecer que todas las materias impartidas en cualquier nivel,
desde la escuela a la Universidad, debían ser «en todo conformes
a la doctrina de la misma religión católica», que se determinaba
como la única en España. Las consecuencias fueron particularmente conflictivas en cuanto a la enseñanza y práctica de las modernas teorías científicas, en buena parte contrarias a las teorías
católicas. El cómo armonizar ciencia y religión se convirtió en
asunto polémico. Buena prueba es que en fechas cercanas a las del
curso escolar que refleja nuestra novela (1863-64), los discursos
de apertura de las más importantes Universidades versaban sobre
el candente asunto del armonismo, como explicó en su momento
Miguel Morayta al reseñar, entre otros, el de la Universidad de Salamanca en 1861: don Santiago Madrazo defendía en él que como
las verdades «se armonizan en una admirable síntesis, no puede
haber por consiguiente antagonismo entre la ciencia y la religión
de nuestros padres».
Proliferaron también los arbitristas, muchos de ellos procedentes del ámbito jurídico, centrados en la preocupación por el estado
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de la cultura y la ciencia en España, y en las propuestas para revitalizar el país, basadas a menudo en la necesidad de seguir los pasos
de la Europa moderna. No es de extrañar que, tal como pasó en el
siglo XVII, la literatura reflejase paródicamente esta tendencia al
arbitrismo. Valga como ejemplo éste que encontramos en el «Diario
de avisos y anuncios» de La Iberia el 13 de febrero de 1863, sobre
la próxima venta de un «Discurso de un loco a la Cámara de los
Diputados», de P. Carvajal, un folleto de 68 páginas en octavo, cuyo
precio era de 2 reales.
La armonización o síntesis de contrarios mediante la cristianización de los nombres de los astros, es el ridículo (y muy cómico)
arbitrio que en El doctor Centeno se atribuye a Federico Ruiz, en
el capítulo III. Su propuesta de «casar» Fe y Ciencia sería una
aportación al debate contemporáneo real sobre las relaciones entre
ciencia y religión, que fue uno de los ejes del Concilio convocado
por Pío IX e iniciado en 1869. Años antes, en fechas más cercanas
al marco del relato de El doctor Centeno, la polémica se suscitó
por la encíclica papal Quanta Cura de diciembre de 1864 y por el
llamado Syllabus, que recibió críticas incluso de sectores católicos
de Europa por su rechazo de la ciencia moderna, y su imposición
del derecho de la iglesia a inspeccionar la enseñanza pública. Los
medios progresistas españoles anticipaban desde años anteriores su
temor a que la educación de la juventud fuese entregada de nuevo
al clero. Por ejemplo, un artículo del diario progresista La Iberia
–que será tan citado en El doctor Centeno– dedicado a «Instrucción
pública, secularización de la enseñanza», insistía en la necesidad
de tomar como modelo a Francia: «Cuál es la primera parte de la
política» –ha dicho Michelet–. La educación. ¿Cuál es la segunda?
La educación. ¿Cuál es la tercera? La educación» (21 de septiembre
de 1860, p. 2).
No considero que Galdós se distancie de las doctrinas krausistas ni de las propuestas de secularización de la ciencia, pero sí tal
vez de soluciones como la «armonización» de fe y ciencia que al
gunos krausistas sostuvieron en la década de los setenta. En mi
opinión, Galdós está más cerca de las tesis antiarmonicistas del
libro de Draper Historia de los conflictos entre la Religión y la
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Isabel Román Román
Ciencia, cuya traducción apareció en Madrid en 1876, y desde cuyo
Prólogo Draper ya cuestiona la armonización:
«Ante las declaraciones y anatemas del Syllabus y del
Concilio Vaticano, ¿quién puede sostener la conciliación del
catolicismo y la Ciencia? Imposible es ciertamente esperarla,
como aquél no reniegue de su fe o ésta de su Verdad…».
La obra de Draper, prologada por Salmerón y traducida por el
prestigioso astrónomo Augusto T. Arcimis, causó un lógico rechazo
en ciertos sectores. El recorrido histórico que realiza Draper, desde
el origen del cristianismo hasta la contemporaneidad, pretende demostrar que la religión actúa como enemiga natural del avance científico. Y el capítulo XII del libro, «La crisis inminente», pronostica
tiempos difíciles ya que «el cristianismo católico y la ciencia son
absolutamente incompatibles», aunque no así el protestantismo, a su
juicio (Draper: 305). Gumersindo de Azcárate coincidió en defender
que el progreso científico requería de manera imprescindible que
la ciencia se desvinculase del gobierno y de la iglesia, y en ello siguieron insistiendo Revilla y José del Perojo. Entre 1874 y 75 se
presentó el Positivismo en el Ateneo de Madrid con conferencias
y tertulias en las que intervienen krausistas, hegelianos, científicos
positivistas, entre otros. En 1876, la nueva polémica desatada tuvo
como catalizador a otro autor literario, Núñez de Arce y su discurso de ingreso en la Academia, que cifraba en el siglo XVII el
origen de los males actuales de España: «Causas de la precipitada
decadencia y total ruina de la literatura nacional bajo los últimos
reinados de la casa de Austria». Este discurso, que recuerda las polémicas sobre la cultura española propias del siglo XVIII, conllevó
también las subsiguientes respuestas de «vindicación» por parte
de los tradicionalistas, y muy pronto se formaron tres campos en
el debate sobre el retraso de España: tradicionalistas e integristas
neocatólicos, de un lado; conservadores, como Menéndez Pelayo y
Gumersindo Laverde, según los cuales la religión nunca obstaculizó el progreso científico de España, por otro; y por último, modernizadores y europeístas como Revilla y Perojo (Revilla, 2006,
vol. I, «Estudio introductorio», 130-138).
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Estudio preliminar
Es preciso tener en cuenta estas polémicas, que se añaden a la
oposición –tanto política como de ideas religiosas– entre progresistas y conservadores, sus contrapuestas actitudes ante la reina Isabel,
ante la situación europea, ante el Papa, etc., que forman parte impor
tante –y verosímil– de las vidas y diálogos de los personajes.
DE VIDAS Y NOVELAS. LA TENTACIÓN DEL FOLLETÍN
Paralelamente a lo que consideramos gran narrativa de la segunda mitad del siglo XIX, el folletín (en su acepción subliteraria,
no en la de forma de transmisión) seguía formando parte de las
lecturas del público. Casi todos los periódicos y revistas, incluidos
los más progresistas, dedicaban el tercio inferior de sus páginas al
folletín, y publicitaban y vendían sus propias «Bibliotecas» compuestas básicamente por los novelones editados y por traducciones
de novelistas franceses. Las voces de quienes clamaban contra la
invasión de las traducciones francesas transcurrían paralelas a la
oferta y demanda de estos textos ofrecidos en folletín. En el segundo
semestre de 1862, La Iberia daba traducido Los mohicanos de
París de Alejandro Dumas. Incluso El Imparcial, pese al interés de
Ortega Munilla por corrientes modernas como el naturalismo zolesco y por las novedades españolas (que iba reflejando en su su
plemento literario de los lunes) anunciaba en julio de 1883 la traducción de Su alteza el amor «novela parisiense» de Javier de Montepin,
en «dos tomos de cerca de 500 páginas». Hemos citado sólo dos
ejemplos en torno a las fechas de lo relatado y de la redacción de
El doctor Centeno, pero la sociología de la lectura ya ha puesto de
relieve cómo desde la década de los cuarenta se había afianzado
en España un tipo de «literatura industrial» creada sobre las pautas
narrativas de la misma literatura industrial francesa (Botrel, 1997;
L. Romero, 1998).
¿Cómo coexisten en un gran novelista esas tendencias, paralelas en la realidad de sus lectores empíricos? Galdós se sirve de temas, personajes y discurso folletinesco tanto en episodios nacionales
como en novelas, pero insertos con la distancia irónica de la refle73
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Isabel Román Román
xión sobre los resortes del folletín como género. El doctor Centeno
ofrece en este sentido, como en otras novelas en las que está presente el personaje de Ido del Sagrario, una reflexión metaliteraria
muy atractiva sobre las relaciones de la vida, la novela realista y
el folletín.
En el final metaliterario de El doctor Centeno, Ido explica a
Felipe su intención de iniciarse en la literatura comercial del momento, las entregas «a cuartillo de real». Felipe le propone como
«vida real», su propia biografía, aquello que nosotros acabamos de
leer y que supuestamente todavía no ha sido pasado a novela. Ofrece
a Ido también otra «vida» como posible fuente para su folletín: la
historia del sacerdote. Los comentarios de Felipe y de Ido implican
que lo que acabamos de leer es la vida, aún intocada en cuanto a
objeto literario (o «sin cocinar», si preferimos el símil del cierre de
Fortunata y Jacinta). Estas aventuras pasadas por Felipe y su amo
son rechazadas por Ido como objeto narrativo, despreciándolas al
ser «cosas comunes y de todos los días», aunque el escribidor acabará reconociendo que en su proyecto de novela tendrá presentes,
aunque sólo como inspiración, a las personas que forman parte de
su mundo real.
La novela que incorporará esos resortes folletinescos anunciados por Ido será Tormento, cuya apertura, de estructura enmarcada,
es una conversación –nuevamente vertida en forma teatral, enca
denándose así con el cierre de El doctor Centeno– entre Felipe y
don José Ido del Sagrario. Éste resume la novela por entregas que
está escribiendo: la historia de dos pobres niñas bellas y trabajadoras
a las que un benefactor misterioso envía billetes, como si en efecto
se hubiese inspirado para su folletín en la vida (realidad) de las hermanas Sánchez Emperador, a las que hemos conocido someramente
en El doctor Centeno. La inicial escena dialogada en Tormento se
relacionará con otra hacia el final del libro (cap. XXXVIII), en la
que Ido propone una solución para los problemas de Amparo, solución extraída de las novelas de folletín: que Amparo se haga monja,
o bien que se suicide.
La dimensión metanarrativa se convertirá en un procedimiento
querido por Galdós, a menudo vinculado al personaje de Ido, que
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Estudio preliminar
«folletiniza» todo lo que ve, al igual que ve sub specie de folletín
cuanto le rodea. Recordemos que el muy agudo y autocrítico narrador de Lo prohibido, José María Bueno de Guzmán, acabará su relato autobiográfico también con un irónico «doble cierre». A punto
de finalizar la redacción de su vida-novela (cap. XI, i) juzgará
metaliterariamente la posibilidad de corregir algo de lo que ya ha
escrito, e incluso de redactar un desenlace en línea con los estereo
tipos folletinescos. Este segundo cierre de Lo prohibido contiene
una reflexión que expresa las tensiones entre la ficción naturalista
narrada en primera persona, que es la que el lector ha tenido delante
durante cientos de páginas, y la posibilidad de reescribir lo ya escrito de sus Memorias al modo folletinesco, según le sugiere Ido del
Sagrario, que le sirve de amanuense, y cuyas modificaciones de la
verdad autobiográfica dictada, son muy temidas por el protagonista.
Bueno de Guzmán no acepta las sugerencias de Ido, y prefiere que
no se toque el relato de su propia vida real:
«Y no me habría sido difícil sobre todo contando con la
experta mano de mi inteligente pendolista, alterar la verdad
dentro de lo verosímil en beneficio del interés. Porque ¿qué
cosa más hacedera que suponer a Camila vencida de mis gracias personales, o figurarla al menos vacilante, oscilando entre
el deber y la pasión (…) o bien que Cacaseno y yo nos diéramos una buena comida de sablazos o espadazos en el llamado
campo del honor, y que yo le matase a él, enredándome después
con la viuda, de lo que resultaría pronto el hastío de ambos y
una buena ración de dramáticos remordimientos?».
Pardo Bazán comunica a Galdós, en carta inédita de 6 de mayo
de 1884 (cuya transcripción debo a la amabilidad de Marisa Sotelo
Vázquez) sus primeras impresiones sobre la lectura de Tormento,
recién recibida. Se hace eco de cómo la opinión general prefiere
Tormento, tal vez por el carácter folletinesco que contiene, a juzgar
por sus comentarios. Por otra parte, apunta la ya conocida reserva
de Galdós ante la crudeza de los asuntos eróticos, sólo sugeridos
u omitidos en su narrativa, en contraste con la mayor resolución
naturalista de la propia Pardo Bazán. Merece la pena citar amplia
parte de tan interesante carta, que pone de relieve cómo los lectores
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Isabel Román Román
de novela esperaban aún historias folletinescas, en plena década
naturalista:
«Llegó a mis manos el ejemplar de Tormento, último fruto
del lozano árbol. Contra la apreciación general no me parece
Tormento superior al Doctor Centeno. El Doctor Centeno me
gustó, me encantó, sobre todo en la escuela y en las fantásticas
representaciones de la buhardilla. Es insufrible el prurito del
público en general, que pide al novelista lances, lances, lances
y es incapaz de gustar el sereno deleite de la verdad común y
corriente, lisa y llana, interpretada por un gran artista. Hiciera
usted que el Doctor Centeno se lo encontrase un conde rico y
disipado; que lo adoptase por hijo; que el doctor se enamorara
de la mujer del conde y la hija del conde del doctor; que hubiese rapto, adulterio, desafío y otras especies de este jaez; y
el público se echaría al coleto los dos tomos como pan bendito.
Pero un chicuelo como todos, al cual no le sucede nada de
extraordinario!
Vuelvo a Tormento. Sin agradarme más que El doctor Centeno, porque ésta me agrada mucho, Tormento es más interesante. Encuentro divinamente descritos aquellos amoríos locos
de Amparo y Agustín: es un lujo del ingenio envolver y cubrir
lo profundo de la pasión, la capa de la vulgaridad y quitarle a
Amadís lo aparatoso dejándole solo lo interior para que potest
capere capiat. La hermana de Amparo es un primor y la familia Bringas un joyel. La protagonista no deja de ser muy verdadera por la irresolución y debilidad de su carácter. Conozco
muchos semejantes al de Amparo. Ha pasado usted como sobre
ascuas por ciertas escenas que o mucho me engaño o le han
producido el temor y la lucha consiguientes a ver la verdad y
no osar pintarla por innoble y grosera».
No parecen haber cambiado mucho las expectativas de los lectores, si comparamos estos comentarios con el artículo costumbrista
de Pereda «Las bellas teorías», redactado el mismo año en que
comienza la acción de El doctor Centeno, 1863: el relato perediano
cuenta el proceso del desengaño de un buen estudiante, pobre pero
con talento, confiado en la ciencia y en sus estudios para lanzarse
al mundo. Rechazado en todo tipo de trabajos, pues sus conocimien
76
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Estudio preliminar
tos eran considerados inútiles, el joven redacta un libro «Filosóficosocial-económico» (nótese la sorna del título) que un editor rechaza
con desprecio, aclarándole que habría corrido mejor suerte de ha
berse tratado de «una novela patibularia, incendiaria, foragida,
parricida o adulterina, poniéndole algunas láminas al cromo y portadas alegóricas a diez tintas». El ambiguo artículo incide en cómo
el público contemporáneo recibe mejor los acostumbrados tópicos
del folletín. En efecto, el editor sugiere al pobre estudiante que introduzca ciertos arreglos en el manuscrito: «¿No podría usted dialogar
su libro, introduciendo en él siquiera un par de frailes cínicos, una
ramera virtuosa, un bandido filantrópico, un banquero ex-presidiario,
una marquesa adúltera… cualquier cosa así? Porque con un título
ad hoc, verbigracia: El cráneo del monje, La caverna del crimen,
Cien generaciones de adúlteras, El puñal y el hisopo, le daríamos
a luz con éxito seguro».
La tentación de los tópicos del folletín –tan popular que el
mismo Galdós se declaraba lector de las novelas de Fernández y
González– aparece en los grandes novelistas del siglo. Pero es muy
interesante observar los procedimientos con los que resuelven esa
atracción, incorporándola a los textos de manera que no contradiga
la clara vocación realista de las novelas. En el caso galdosiano es
importante una de las inclinaciones de Ido del Sagrario, que aparece por vez primera en el cierre de El doctor Centeno: la de redac
tor de novelas de folletín. A sus eventuales ocupaciones se añade,
en novelas sucesivas escritas entre 1882 y 1886 (El doctor Centeno,
Tormento, Lo prohibido y Fortunata y Jacinta), la manía traducir lo
que le rodea (y que se nos ofrece en el texto como la vida real), en
términos de folletín. Algunos estudiosos explicaron muy bien cómo
Ido sirve para reflexionar sobre la creación novelesca (Shoemaker,
1961), e incluso han apuntado la hipótesis de que la creación de
Ido del Sagrario sirve a Galdós como proyección liberadora de sus
propias reflexiones estéticas, incluida la de la tentación folletinesca
(A. Rodríguez, 1978: 88-89).
No puede sino admirarnos la habilidad galdosiana –que Clarín
mostró también en La Regenta– para apropiarse de los elementos
del folletín integrándolos en los argumentos y en las expectativas de
77
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Isabel Román Román
los lectores y de los propios personajes sobre sus vidas, pero añadiendo a todo ello la distancia irónica que los acaba juzgando y
desarticulando. Lo que sólo apunta en El doctor Centeno (el sacerdote enamorado y la seducción de la inocente, tema ya de índole
folletinesca) se completará en Tormento con la historia de la orfandad honrada, entre otros. Y como ha apreciado la crítica (A. G.
Andreu, 1982: 55-61), la figura de Ido del Sagrario cerrando la novela introduce claramente la dimensión metaliteraria con su presen
cia y sus comentarios.
EL MANUSCRITO DE LA NOVELA
La Biblioteca Nacional de Madrid conserva el manuscrito de
la novela, que puede consultarse también microfilmado. Se trata de
un conjunto de 873 cuartillas apaisadas, que parecen corresponder
a dos estadios de redacción o borradores: uno primitivo, compuesto
por 135 cuartillas (no consecutivas respecto a la redacción de la
novela) que aparecen rotundamente tachadas y desechadas a favor
de la redacción en limpio; y otro que finalmente iría a la imprenta.
Las hojas en limpio del manuscrito final raramente lo son: en
efecto, el texto que se entregaría a la imprenta contiene tachaduras
y correcciones prácticamente en cada hoja.
Una última fase de corrección debió de darse –como solía
ocurrir– en la corrección de galeradas. Éstas no se han conservado,
desafortunadamente. Pero tal como mencionaremos en algunas notas al pie en la edición de la novela, existen pasajes de la edición
princeps que no se corresponden con el manuscrito en limpio: es
fácil deducir que las modificaciones se introdujeron en la corrección
de pruebas. Algunas de estas últimas correcciones son tan relevantes como la titulación de un capítulo: en el manuscrito en limpio,
el título del capítulo I es «Introducción a la Biología», y no «a la
Pedagogía», importante variación que debió de introducirse en la
corrección de pruebas.
Sin que sea ésta la ocasión de una exposición minuciosa (que
se ofrecerá en un próximo trabajo), indicaremos sólo algunas mues78
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Estudio preliminar
tras del interés que ofrece este manuscrito, particularmente atractivo para sorprender al novelista en su taller.
Hay que destacar que el mayor número de cuartillas desechadas (de lo que llamamos «primer borrador») corresponde a los
capítulos I, II y IV. En capítulos como el III, «Quiromancia», se
aprecian hojas no tachadas cuya numeración correlativa hace más
evidente aún los dos estadios de redacción: a partir de un momento
se superpone una nueva numeración a la primitiva, que se tacha.
De las primeras páginas del capítulo I se deslindan dos borradores, uno con 38 páginas tachadas íntegramente, y en limpio el
segundo. Las tachadas no son notas de trabajo, sino texto perfectamente redactado, lo que por otra parte es común en casi todas
las hojas desechadas del manuscrito. Lo eliminado en la apertura
de la novela amplía la parodia de la erudición histórica minuciosa:
disquisiciones amplias sobre la procedencia del pan, del chocolate
o del cacahuet que recibe Felipe, por ejemplo.
La organización y partición del material debió de ser tarea
difícil. El manuscrito de lo que sería el tomo II vuelve a numerar
sus hojas a partir del nº 1, pero algunos de los primeros folios tienen
doble numeración: una, tachada, como si antes hubiese pertenecido
al volumen I, y sobre ella, la nueva numeración.
Es insólito que de los cuatro capítulos que forman la Parte II,
tres se titulen respectivamente «Principio del fin», «Fin» y «Fin
del fin». Sin duda anticipan al lector los estadios agónicos de un
desenlace. Pero en cierto modo los títulos reflejan también la lucha
del autor con su propio texto en cuanto al difícil asunto del «¿Cómo
y cuándo terminar?». Y en efecto, el manuscrito nos permite observar las dudas a la hora de separar capítulos y partes de capítulos,
de cerrar el divertido capítulo IV de la fonda de Virginia, y de
encaminarse hacia el capítulo V, «Fin». Esta transición debió de ser
complicada, pues la apertura del «Fin» iba marcada como parte iii
de otro capítulo. A su vez, una sección del capítulo IV conserva
la doble marca de haber pertenecido, como vi, al capítulo anterior.
En otras ocasiones, la inexistencia de separaciones gráficas prueba
que un simple punto y aparte y división de párrafo acabó siendo
subcapítulo: así, el ii de «En aquella casa».
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PORTADA
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Isabel Román Román
Por último, en un lugar tan avanzado como la hoja 380 dese
chada, que es la inmediatamente anterior al inicio del capítulo VII
y último, «Fin del fin», aparece un pequeño esquema con las dos
partes de la novela y la titulación de sus capítulos respectivos, tal
vez como clarificación que el propio autor necesitaba. La hoja 380
en limpio resulta muy significativa de la dificultad de separar el
material de los dos últimos capítulos. En efecto, el capítulo VII comienza en mitad de la hoja, y para este inicio hubieron de tacharse
las ocho líneas anteriores, que pertenecían aún al capítulo VI. Éste
quedaba así cerrado bruscamente con el comentario de Felipe: «Es
una diosa –dijo con éxtasis Felipe, acordándose de un verso de El
grande Osuna», texto que quedó desprovisto de su párrafo siguiente,
el de las ocho líneas tachadas que hemos mencionado.
El material redactado en el manuscrito final puede cambiar su
ubicación: por ejemplo, en la hoja nº 237 (cap. V, vii), un texto se
remite a otro lugar muy anterior, al capítulo IV, vii. Se trata de la
conversación sobre las aficiones lectoras de Arias, situada inopor
tunamente junto al lecho de agonía de Miquis, y trasladada con
buen criterio al mundo de las alegres tertulias en la fonda de Virginia.
Las cuartillas descartadas (primer borrador) contienen en su
mayoría una redacción cuidadosa, en un estadio muy distinto de
un simple esbozo narrativo. Sólo en algunas hojas encontramos pequeñas notas del novelista, a modo de recordatorios de lo que prevé
desarrollar. Por ejemplo, un breve apunte indica hydra scholarum,
expresión que nos recuerda los nombres zoológicos o botánicos usados burlonamente en ciertos artículos costumbristas tipificadores.
En otro lugar hallamos una nueva posibilidad clasificatoria para
el personaje de Polo: tiger Scholarum. Las comparaciones de don
Pedro con el tigre serán luego muy abundantes en la novela, aunque
estos nombres latinos de espécimen no figurarán explícitos en el
texto. El novelista desechó incluso el pasaje en el que atribuía a
alguien la denominación: «Un pasante tuvo al principio (…) pero
tan débil de carácter que no hacía carrera de los chicos. Este era
aficionado a decir las cosas en latín y llamaba a D. Pedro Tiger
Scholarum».
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Estudio preliminar
El conjunto de cambios más llamativo de la primera parte del
libro afecta a la caracterización del personaje del sacerdote Pedro
Polo y a los modos de transmitir la información sobre su persona.
En la segunda parte, a la galería de personajes de la fonda de doña
Virginia en el capítulo IV.
Los muchos folios desestimados sobre la caracterización de
don Pedro lo mostraban como un hombre abiertamente vividor,
y cuya elocuencia dispensaba a sus contertulios, en estilo directo,
información sobre su propia vida. El discurso indirecto libre tan
característico de la novela no está presente en el primer borrador,
donde Polo se explaya sobre su vida, su modos de llevar la escuela,
sus relaciones con los niños, su manera de castigar, e incluso su visión del trabajo como tormento, hipérbole que finalmente se desplazará a la percepción de los niños. En el texto que se daría a la
imprenta conoceremos la vida de la escuela de manera indirecta, en
escenas metonímicas comentadas por el narrador.
La primitiva locuacidad acabará sustituida por el misterio sobre las actuaciones de Polo. En el primer borrador desechado no
aparece la musa Clío como jocosa fuente de información. Los datos de la apertura del capítulo II de la novela («Dice Clío que don
Pedro Polo se levantaba al amanecer…»), en el primer borrador se
atribuían a información de «El estudiante, según él mismo dijo…»,
y al relato en primera persona del sacerdote. Sin embargo, buena
proporción de conversaciones chismográficas sobre Polo aparecen
también en el borrador del capítulo 1, aunque tachadas en una gran
parte.
En las hojas tachadas con números 53 y 55 aparece don Pedro
muy explícito sobre sus costumbres, que justifica sin asomo de pu
dor; conversa así con un invitado de doña Saturna:
«Quite usted, dijo el cura (…) Usted no sabe lo que es
estar lidiando con chicos desde la mañana a la noche. Preferiría ver partes de guarros. ¡Qué tropa, válgame Dios! Pero en
medio de todo, amigo Ruiz, tengo cierta aficioncilla al pícaro
oficio (…)
Así vamos viviendo, que quiere usted. Hoy rabiando ma
ñana riendo. El día de fiesta se echa una canita al aire. O bien
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Isabel Román Román
saliendo a cazar, bien almorzando con un par de amigos… distracciones lícitas, Ruiz, porque y, qué quiere que le diga, no soy
gazmoño; creo que no hay malicia en (…) un poco el ánimo
y el cuerpo, y en quitarle el moho de los días del trabajo más
perro que hay en el mundo… No sé si me criticarán, no me
importa. Yo cumplo con mi deber, siendo fiel y me requemo
la sangre de lunes a sábado y llega el domingo… me parece
natural porque… una de dos, o somos de palo o…
–No, no, no –observó prontamente Ruiz, no somos de
palo.
Vea usted cuál es mi vida los días de trabajo, invierno y
verano. Me levanto a las cinco, bajo a la iglesia, digo mi misa,
me desayuno. Después a casa entre el ganado y aquí empieza
mi tormento hasta la hora de comer. Como, vuelta al yunque
hasta la noche (…)
–Yo reventaba, sí, reventaba.
–Pues yo también digo: “Reventaré”, y la verdad es, amigo
Ruiz, que nunca reviento… salud no me falta, gracias a Dios,
y habiendo salud…».
En el desechado folio 110 (donde el novelista aún no había
previsto el apellido de las dos hermanas, a las que presentaba flirteando con Miquis y Cienfuegos) se indicaba:
«Cuando convidaban a las dos niñas de D. Pedro estaba
en sus glorias, porque era muy fino y galante con aquellas se
ñoritas, especialmente con la mayor, que era, de las dos, la más
bonita. Profesaba don Pedro en alto grado la teoría de que se
puede ser un buen sacerdote y gran admirador de las damas.
Así, en los días en que las niñas comían allí, veríaisle salir de
su cuarto muy almidonado y perfumado, en correcto y limpio
traje de paisano, y luego durante todo el curso de la comida,
no cesaba de echar donaires y agudezas por aquella boca, y
galanas figuras retóricas a las niñas, con gran admiración de
todos, que lo celebraban con risa y chacota. La muchacha (con
veniente es decirlo) se envanecía con aquello.
Generalmente después del banquete, D. Pedro convidaba
a las chicas al café. Las llevaba a una función de teatro por
la tarde, para lo cual tomaba entradas en el Príncipe. Aunque
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Estudio preliminar
a D. Pedro le reventaban las óperas y zarzuela, así como los
sainetes y piezas de risa, y su delirio era el teatro clásico y el
drama, especialmente de capa y espada o histórico».
Más adelante, en el borrador primero –perfectamente redactado y sin tachar–, se indica que «después de estos días de jarana
solía D. Pedro estar muy melancólico y displicente».
Por lo que respecta a la expresión oral de Felipe, las correcciones son igualmente llamativas. En el primer borrador era mayor
su locuacidad, que se explayaba sobre las circunstancias de su vida.
El apunte trágico es también más acentuado en la apertura de la
novela: se enfatiza la extrema debilidad del niño, que no puede
moverse, y ello se presenta con más apagado toque tragicómico
del que colorea finalmente el conjunto de la novela. Por ejemplo,
tras el comentario de Felipe «–no puedo desalevantarme –dijo muy
triste», y sus explicaciones sobre cómo ha llegado a Madrid, el
narrador es explícito sobre la miseria real del chiquillo:
«¿Cómo se explicará aquel gozo infantil, aquella irradiación de vida y esperanza en tal situación de miseria?».
La insistencia en la percepción del niño, en su capacidad de
observación resulta incluso más explícita en el borrador: por ejemplo, el narrador juzga que el niño observa los preparativos de la
comida «con atención inteligente y gran discernimiento».
La asombrosa capacidad galdosiana para la creación de personajes le permite deshacerse de algunas de las criaturas concebidas
para los grupos en los que van a integrarse: del conjunto de los que
conoceremos en torno al Observatorio en el capítulo I, se sustituye
a Cándido, conserje del Observatorio caracterizado como «lacónico». Es natural que el novelista eliminase una caracterización
de la que iba a obtener escaso rendimiento para el atractivo contexto de conversaciones y discusiones: don Florencio Morales será
el sustituto, y su nombre –por cierto– aparece aún con mayor énfasis acentual que en la novela impresa: «don Floréncio… Moráles
y Temprádo». En el borrador no figuraban aún las posibilidades
cómicas de su manía de beber sólo agua: al contrario, Don Floren
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Isabel Román Román
cio bebía vino de Valdepeñas, del que era gran devoto, además del
Jerez. Desde el punto de vista temático, en el primer borrador las
conversaciones no versaban sobre la armonización de Religión y
Ciencia, sino de Poesía y Ciencia.
La «galería» que confluye en la fonda de doña Virginia en el
capítulo IV es particularmente interesante. No tuvo Galdós grandes dudas sobre don Jesús Delgado, salvo en su nombre. Las cartas
que escribe están muy definidas en su contenido, pero muy trabajadas desde el primer borrador, y la de respuesta a los jóvenes
muestra un esfuerzo especialmente cuidadoso en las correcciones.
Sin embargo, no sólo se escribe cartas, sino que, según Felipe, se
le oye gritar «Las reformas, las reformas». En el caso de Alberique
existe una sustitución destacada: el cambio de su muletilla, que en
principio era «Hostia» (como exclamará el José Izquierdo de For
tunata y Jacinta años más tarde), y no «Verbo». Los arrebatos de
Alberique están trufados de «¡Hostia!», que el autor decidió cambiar en la redacción final.
Algunas de las criaturas eliminadas por el novelista no eran
más que apuntes. Figuras episódicas como el «don Juan Gualberto
y sus niños» corriendo por el césped cercano al Observatorio en
el capítulo I no pasarán de nombres fugaces. Por otro lado, en la
versión primera el pasante de la escuela no era Ido –que no aparece en ningún momento–, sino Marcelina, la hermana de Polo. No
pasa a personaje una tal «Doña Emilia la cantora» por la que el
narrador se interroga en el ubi sunt que abre la Parte II, ya perfectamente trazado desde la primera redacción.
Pero en otros casos el manuscrito permite vislumbrar las posibilidades de los tipos esbozados: así, el del señor «del cañón», Don
Eladio Fernández de la Vallina. Es interesante transcribir una parte
del borrador, indicio de las posibilidades cómicas y dialécticas de
este tipo de arbitrista. El texto siguiente no fue tachado por el novelista, y sin embargo no llegó a incluirse en el borrador definitivo
de la novela:
«También pertenecía a este grupo de los señores fijos el
imponderable D. Eladio Fernández de la Vallina, que vivía en
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Estudio preliminar
el peor cuarto de la casa, y era viejo, enfermizo, encorvado de
espinazo, con un aspecto de cansancio que daba lástima. Esta
aumentaba cuando se sabía que era inventor de un aparato para
la extinción de la langosta, y que había venido a Madrid para
solicitar el patrocinio del gobierno en la empresa salvadora de
acabar para siempre con el terrible insecto. Pretendía que el
gobierno le recompensara sus pasmosas invenciones encargándole algunos miles de aparatos para repartirlos a los pueblos
invadidos. Todo se volvía jornales de la máquina ante comisiones
de peritos y expedientes y dictámenes. La cosa no marchaba y
D. Eladio, que se estaba comiendo los recursos, se desesperaba
y ponía el grito en el cielo. Todos los días tenía algo que decir
contra el maldito gobierno, y concluía sus filípicas con una
exclamación semejante a la de aquel Federico Ruiz a quien
conocimos haciendo versos en el Observatorio.
“¡Oh, si yo hubiera inventado mi aparato en Inglaterra…
ya estaría rico, señores… Pero este es un país estúpido; (…) No
se protege a los estudios, no se protege la ciencia…”.
Alberique era de la misma opinión en este desconsuelo
de no haber nacido en tierra más protectora de las artes, sobre
todo de las artes heráldicas. Cuando los dos pegaban la hebra
en esta materia, el uno echando verbos y el otro maldiciendo,
no había quien parara en el comedor».
Galdós prescindió finalmente de este tipo de arbitrista, que en
otro lugar sirve de objeto de burla a los jóvenes estudiantes:
«Y era una guasa como una ¿ (sic) preguntaba con protección administrativa D. Basilio Andrés de la Caña:
–¿Se ha hecho ya la prueba oficial?
–Se han hecho cuatro pruebas, contestaba con desaliento
aquel Fulton sin recompensa. Aún está el expediente e informe
de la Dirección… (…).
–¿Eso cómo se mueve, con agua, con caballerías…?
–Con fuego.
–Ah, será así… como un braserillo…
(…) Voy a traer los planos para que usted los vea.
Poleró, para gozar en la confusión y aturdimiento del enemigo de la langosta, le hacía objeciones…».
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Isabel Román Román
El asunto de la máquina mata-langostas, junto a la economía,
se convierte en centro de conversaciones. Pero desaparecerá finalmente, para centrarse las discusiones de forma monográfica en el
déficit y la economía. Uno de los motes que Felipe pone a los asiduos de la fonda es, junto al «tío prismas» –que sí recoge la novela
editada–, el de «el tío Langosta».
Nuevas vacilaciones del novelista sobre los personajes de la
fonda afectan a un dúo que, por el breve pergeño que consta, alcanzaría una fuerte impronta cómica:
«En la sala vivían dos señores mayores, el uno propietario
de la ________, el otro lumbrera de nuestra administración
que había estado muchos años en Filipinas y a la sazón estaba
tratando de su jubilación. El primero, D. Justo de la Bascona,
el segundo, D. Francisco Cienfuegos. Eran primos, y hombres
de orden tan acordes en sus juicios que el uno repetía las
opiniones del otro con matemática exactitud. Les llamaban los
Ecos de la Montaña».
En cuanto a la onomástica, asunto que el novelista cuida mucho
en todas sus obras, se aprecian frecuentes pruebas y sustituciones:
Alberique figura casi siempre como Justigueras; don Jesús Delgado
durante un tiempo aparece como Don Juan Estanislao de Koska de
las Cuevas/Vázquez, Cienfuegos es largo tiempo Zazu. La lucha con
las variantes denominadoras de los personajes se mantiene constante,
pero es lucha que persiste hasta las correcciones de la edición de
1905, de la que hablaremos más tarde.
Como en otras novelas en las que la voz narrativa se incorpora
ocasionalmente al relato para dotarlo del toque de las Memorias,
la recurrencia de la mostración o deixis con «aquel», «aquello» se
convierte en un rasgo de estilo. La edición de la novela en 1905 hará
desaparecer decenas de deícticos, que tal vez parecieron excesivos
al autor diecisiete años después de la primera edición. Pero ya en
el manuscrito se observa esta tensión, de tal forma que a veces se
sustituyen pero en otras ocasiones se tacha un neutro artículo para
introducir resueltamente el demostrativo: por ejemplo, en hoja 232
se tacha «El apóstol, el santo», y se introduce el «Aquel apóstol de
las gentes, aquel faro…» que encontramos finalmente en el libro.
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Estudio preliminar
En algunas cuartillas se aprecian breves notas, a modo de apun
tes de trabajo del novelista. Por ejemplo, cuando indica
«Afición de doña Claudia, Marcelina, a la lotería siempre
con estudio. Jugando con ella cogió ___________ las 4 pesetas,
que da a Felipe».
Y a continuación, un listado indica:
«D. Pedro Polo y Cortés
Amparo y Refugio (apellido)
Dña. María Candelaria
Dña. Virginia (patrona)
Ruiz (Alberto)
Zalamero
Alejandro Miquis y Jovis».
A la derecha del listado figura subrayado Pedro Minio, nombre que como sabemos reaparecerá en contexto muy diferente años
más tarde.
En otro lugar, muy avanzada la redacción desechada, los apun
tes de trabajo indican:
«Jov. Rus.–comedia
Gran miseria-limosna.
Flip e Ido –piden– Diagnóstico. autopsia
Gran diálogo
Muerte».
Se trata de una secuencia de hitos que, en efecto, aparecerá
desarrollada en el capítulo final de la novela.
Otras notas particulares que hallamos afectan a lo que será la
caracterización posterior de doña Isabel Godoy:
«echa-cartas, que vive al lado
odio a los Miquis, tradición de familia
escrúpulos, gatos, devoción».
En la parte superior de la hoja tachada 41, aparecen como
pequeñas notas: «Hojas», «Memorias».
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Isabel Román Román
A propósito de los residentes de la fonda de Virginia, se lee
en otro lugar, aunque incorporado al texto del relato:
«Hemos dividido la familia en tres zonas:
los misteriosos
la buena gente
y los antipáticos».
Una pequeña nota en hoja desechada con el comienzo del
capítulo IV indica
«Mora –…descripción de la casa de huéspedes.
Jacometrezo (tachado).
Salud 15-segundo dcha. De este folio forma parte los del
cuarto de los antipáticos».
Por último, en este breve muestreo es oportuno referirse a cómo
Galdós busca su documentación: espacios en blanco en el borrador
definitivo, para seleccionar los versos calderonianos para Miquis;
espacio en blanco en el borrador primero para buscar con precisión los tecnicismos heráldicos que luego utilizará para referirse al
trabajo de Alberique, entre otros.
LA EDICIÓN DE 1905
La edición de El doctor Centeno en 1905 se declaraba «esmeradamente corregida» por el autor, a quien interesaba entregar a la
imprenta un texto que difiriese del de la edición princeps de 1883.
¿Por alguna razón añadida a la del deseo de revisar una obra escrita
diecisiete años antes?
Hay que traer a colación en este punto el polémico juicio por
el que Galdós disolvió la sociedad que había formado en 1874 con
su primera Casa Editorial, La Guirnalda. El 31 de mayo de 1897,
el dictamen de un juicio permitió a Galdós deshacer su sociedad
con Cámara y Cruz, propietario de la Casa Editorial La Guirnalda,
que había impreso toda su obra hasta la fecha. El laudo dictaba
que del remanente de 100.000 volúmenes de existencias, la mitad
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PORTADA
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Estudio preliminar
quedarían para Cámara y la otra mitad para Galdós. Una cláusula,
sin embargo, impedía a Galdós reimprimir ninguna obra mientras
la parte contraria dispusiese aún de existencias de la misma, como
recuerda Manuel de Cámara muy dolido, en un Comunicado que
hizo publicar en El Imparcial el 5 de agosto de 1897.
El laudo a su favor permitió a Galdós recobrar el derecho de
propiedad de toda su producción, con la salvedad antedicha, tras
lo cual emprendió su aventura como editor de su propia obra. La
tercera serie de Episodios Nacionales aparece ya con el rótulo «Casa
Editorial Obras de Pérez Galdós», rótulo que aparece aún en obras
editadas en 1905, como es El doctor Centeno.
En 1904 Galdós entregó la administración exclusiva de sus
obras a la Casa Editorial Hernando, Perlado, Páez y Cía, pero esto
no implicaba la eliminación de la «Casa Editorial Obras de Pérez
Galdós», que seguía activa en 1905, como puede verse gráficamente
en la reproducción de la portada de El doctor Centeno de 1905 que
adjuntamos. El contrato con Hernando estipulaba que los gastos de
las reimpresiones de las obras anteriores correrían a cargo de la Sociedad (Miralles: 14-19). ¿Pudo Galdós relanzar algunas de sus novelas con el aditamento de ciertas novedades, para llamar la atención
sobre ellas y aumentar las ventas en la nueva etapa de Hernando?
La última reedición de El doctor Centeno correspondía a 1888,
y es posible que Galdós desease introducir cambios para imprimir
la novela bajo el sello editorial que había creado. He de decir, no
obstante, que en el ejemplar de mi propiedad no aparece la mención
de «esmeradamente corregida», aunque el conjunto de variantes es
en efecto muy amplio. Miralles manifiesta sus dudas sobre la autoría
de estas correcciones, y sugiere que puedan ser de un colaborador de
Galdós, que habría puesto en práctica las recomendaciones del novelista. A su juicio, es difícil que en dos años (1888 a 1900), y entre
gado de lleno a la redacción de la tercera serie de episodios y a otras
muchas tareas, tuviese tiempo de corregir con calma diez obras.
Del conjunto de las variantes introducidas en 1905 destacamos:
– Cambios de tiempos verbales, que afectan a amplios segmentos,
por las necesarias correlaciones temporales. La frecuente sustitu89
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Isabel Román Román
–
–
–
–
–
ción del imperfecto por el indefinido reduce el matiz del recuerdo
o Memorias –a las que nos hemos referido en el Estudio preliminar– y crea una enunciación más asertiva y precisa. En otros casos, la sustitución del imperfecto elimina el carácter de repetición
o iteración de un hecho implicada por este tiempo verbal.
Reducción de la sistemática deixis de «aquel», «aquella», «aquellos»… que coloreaba persistentemente el tono de Memorias
(vivificación del recuerdo, deixis de la fantasía) de la novela en
su primera edición.
Cambios en las variantes denominadoras de los personajes, más
en función de la variatio textual que de la adecuación contextual.
Alteraciones de orden sintáctico, vinculadas a la posición de sujeto y predicado, de sustantivo con sus adjetivos, y también a
verbos con pronombres susceptibles de posición enclítica. Todo
conocedor de los manuscritos y galeradas galdosianos puede atestiguar que el orden sintáctico es una de las preocupaciones del
autor, muy relacionada con su sentido musical de la prosa. Parte
no pequeña de estos cambios tiene lugar en las aperturas de capítulos, partes de capítulo, e incluso de párrafos, enclaves muy
cuidados por el novelista.
Modificaciones en lo que podríamos llamar «las fuentes de la
información o de la opinión», dudas que son también frecuentes
en el manuscrito de la novela.
Variantes por causas fónicas: «condenados a ayuno [al] ayuno»
sería un ejemplo, como también los cambios en las formas del
tipo «saliera/saliese».
NUESTRA EDICIÓN
Tras un cotejo detallado con la edición de 1905, que suele servir de base a las que modernamente se han impreso –con toda lógica, al tratarse de la última edición en vida del autor– he deci
dido sin embargo ofrecer el texto de la primera edición, de 1883,
debidamente corregido en sus erratas. La opción historicista ha sido
reproducir la primera, cuyos rasgos de estilo reforzaban el género
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Estudio preliminar
Memorias, así como las reminiscencias barrocas en el vocabulario.
Las correlaciones temporales ampliamente modificadas en 1905,
ciertas modernizaciones de vocabulario, y la eliminación del efecto
nostálgico de los deícticos, fueron importantes cambios sistemáticos, introducidos diecisiete años después de la primera edición. No
es impertinente, pues, disponer de una edición cuidada que nos acerque a lo que fue la primera recepción de la novela.
La edición del texto respeta los criterios siguientes: se han mo
dernizado las grafías en los casos de tratamientos (señor, don…); se
normaliza la tipografía de las introducciones de estilo directo en los
diálogos y de los signos de exclamación, interjección e interrogación. Se actualiza cuando es preciso la acentuación, de tal modo
que el texto no extrañe en lo visual más que lo imprescindible al
lector moderno. Un asunto delicado ha sido el de la puntuación del
texto, que se ha respetado en lo posible, por las importantes consecuencias que conlleva en la prosodia y ritmo del texto. Sólo se ha
cambiado en los casos de erratas evidentes, para lo cual se ha cotejado con el manuscrito, así como con las correcciones introducidas
en la edición de 1905. Algunos cambios puntuales se recogen razonadamente cuando procede, en las propias notas al pie.
La misma opción historicista y conservadora ha impulsado la
anotación al pie, que persigue que el lector de hoy entienda en lo
posible el contexto del autor y del lector de 1883, receptor del libro
en su primera edición. Para ello he realizado una amplia tarea hemerográfica –la diligencia de la directora de la Hemeroteca Municipal
de Madrid me ha sido de gran ayuda– con el fin de reconstruir el
marco histórico tanto de la diégesis del relato (1863-64) como de la
redacción de la obra (1883). La prensa de época ha proporcionado
información muy valiosa también sobre usos de locuciones, falsillas
periodísticas, semántica diacrónica de ciertos vocablos, etc. La anotación lingüística, muy abundante, no tiene la menor intención de evitar
al lector búsquedas puntuales en el diccionario, que han de enriquecer
su vocabulario personal. Se trata más bien de que el lector de hoy
perciba el sentido de un vocablo o de una frase en su contexto, ya
que la experiencia de años de lecturas galdosianas nos hace conscien
tes de cómo el novelista trabaja y redondea párrafos completos. Por
91
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Isabel Román Román
ello he buscado que esa unidad del párrafo sea tenida en cuenta casi
siempre como marco del vocablo objeto de explicación.
Otras fuentes que han sido útiles para la anotación se acercan
temporalmente todo lo posible a los dos marcos históricos antedichos: de ahí la preferencia por primeras ediciones o reediciones facsimilares de textos de época, sean éstos literarios, filosóficos, históricos, ensayísticos o científicos. Por último, he tenido en cuenta la
obra periodística de Galdós, y el conjunto de su obra como continuum
que permite enmarcar mejor su tarea creativa: usos lingüísticos y
literarios, rasgos de estilo, recurrencias de los personajes que pululan por obras diversas mostrando con inmensa verosimilitud el desarrollo de sus vidas. Siguiendo una propuesta que escuché muchas
veces a nuestro querido maestro John Kronik, procuro que las citas
de las obras literarias cotejadas aparezcan de tal modo (partes,
capítulos, subcapítulos…) que el lector pueda localizar la cita con
facilidad, independientemente de cuál sea la edición que siga.
Por último, y reconociendo el tal vez excesivo número y extensión de las notas, confío en que estén presididas por un criterio
de sentido común: la pertinencia. De tal modo que el lector curioso
que por un momento desvíe sus ojos a las notas, vuelva al sendero
incitante del texto con un bagaje no pesado, acrecentada su complicidad con lo que lee y su admiración por el novelista.
En diversos lugares queda constancia de mi agradecimiento a
queridos colegas que con diligencia y cordialidad han respondido a
mis consultas. La edición en su conjunto se dedica a la memoria del
magisterio y afecto de John Kronik, y al aliento de la vivaz niña
Marina Sánchez Román, amiga ya de Felipe Centeno.
BIBLIOGRAFÍA CITADA
OBRAS DE GALDÓS
Pérez Galdós, Benito, Memorias de un desmemoriado, en Obras com
pletas, Novelas y Miscelánea, ed. de F. C. Sainz de Robles, Madrid,
Aguilar, 1982.
92
PORTADA
ÍNDICE
Estudio preliminar
—, Fisonomías sociales, en Obras inéditas de Benito Pérez Galdós, vol. I,
prólogo de Alberto Guiraldo, Madrid, Renacimiento, 1923.
—, El doctor Centeno, edición de José Carlos Mainer, Madrid, Biblioteca
Nueva, 2002.
—, Novelas contemporáneas, volumen VI: El amigo Manso, El doctor
Centeno, Tormento, edición de Domingo Ynduráin, Madrid, Biblioteca
Castro, 2006.
—, El doctor Centeno, Tormento, La de Bringas, edición de Yolanda
Arencibia, prólogo de Toni Montesinos, Las Palmas de Gran Canaria,
Cabildo de Gran Canaria, 2007.
—, Miau, ed. de Robert J. Weber, Barcelona, Labor, 1973.
—, Tormento, ed. de Teresa Barjau y Joaquim Perellada, Barcelona, Ed.
Crítica, 2007.
—, Cartas de Pérez Galdós a Mesonero Romanos, edición de E. Varela
Hervías, Madrid, Ayuntamiento, Artes Gráficas Municipales, 1943.
—, Los artículos de Galdós en La Nación (1865-66, 1868), recogidos,
ordenados y dados nuevamente a luz con un estudio preliminar de
William H. Shoemaker, Madrid, Ínsula, 1972.
Fuentes, Víctor, Galdós, demócrata y republicano (Escritos y discursos
1907-1913), Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, 1982.
OBRAS VARIAS DEL SIGLO XIX
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100
PORTADA
ÍNDICE
Estudio preliminar
PORTADA DE LA EDICIÓN DE 1905
101
PORTADA
ÍNDICE
PORTADA
ÍNDICE
Parte I
PORTADA
ÍNDICE
PORTADA
ÍNDICE
I
Introducción a la Pedagogía
I
Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del
Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, p aliducho,
mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan in
significante, que ningún transeúnte, de estos que llamamos personas, puede creer, al verle, que es de heroico linaje y de casta de
inmortales, aunque no esté destinado a arrojar un nombre más en
el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas.
Porque hay ciertamente héroes más o menos talludos que, mirados
con los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden
con la primer mosca que pasa o con el silencioso, común o incoloro insectillo que no molesta a nadie, ni siquiera merece que el
buscador de alimañas le coja para engalanar su colección entomológica…1 Es un héroe más oscuro que las historias de sucesos
1
La comparación con un insecto proviene del final de Marianela: «Volvamos los ojos hacia otro lado, busquemos a otro ser, rebusquémosle, porque es tan
chico que apenas se ve, es un insecto imperceptible, más pequeño sobre la faz del
mundo que el philloxera en la breve extensión de la viña». Tal vez esto explique el
título primitivo de este capítulo: en el manuscrito figura, sin tachar, «Introducción
a la Biología». En efecto, el narrador adopta una actitud figurada de biólogo, frecuente en muchos artículos de costumbres creados sobre la pauta de la clasificación
zoológica o botánica. La gran diferencia es que en esta ocasión, la imagen del
insecto visto con óptica ampliada sirve para individualizar a una criatura solitaria
y única, no para generalizar.
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
que aún no se han derivado de la fermentación de los humanos
propósitos; más inédito que las sabidurías de una Academia, cuyos
cuarenta señores andan a gatas todavía, con el dedo en la boca, y
cuyos sillones no han sido arrancados aún al tronco duro de las
caobas americanas.
Esto no impide que ocupe ya sobre el regazo de la madre
Naturaleza el lugar que le corresponde2, y que respire, ande y de
sempeñe una y otra función vital con el alborozo y brío de todo
ser que estrena sus órganos. Y así, al llegar al promedio de la
cuesta, a trozos escalera, a trozos mal empedrada y herbosa senda,
incitado sin duda por los estímulos del aire fresco y por el sabroso
picor del sol, da un par de volteretas, poniendo las manos en el
suelo, y luego media docena de saltos, agitando a compás los brazos como si quisiera levantar el vuelo. Desvíase pronto a la derecha y se mete por los altibajos del cerrillo de San Blas3; vuelve a
los pocos pasos, vacila, mira en redondo, compara, escoge sitio,
se sienta…
Es un señor como de trece o catorce años, en cuyo rostro la
miseria y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llanto han
confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no se sabe
a cuál de estos dueños pertenece. La nariz es de éstas que llaman
socráticas, la boca no pequeña, los ojos tirando a grandes, el conjunto de las facciones poco limpio, revelando escasas comodidades
domésticas y ausencia completa de platos y manteles para comer;
las manos son duras y ásperas como piedra. Ostenta chaqueta rota
y ventilada por mil partes, coturno sin suela, calzón a la borgoñona
todo lleno de cuchilladas, y sobre la cabeza greñosa, morrión o ci
mera sin forma, que es el más lastimoso desperdicio de sombrero
que ha visto en sus tenderetes el Rastro.
2
La total soledad del niño, al que el lenguaje figurado presenta como na
ciendo a una nueva vida, queda subrayada por su presentación como criatura nacida
exclusivamente de la madre Naturaleza.
3
El cerrillo de San Blas: bajando la ronda de Atocha, y tras subir la Cuesta
de Moyano, se llega al cerrillo de San Blas, donde se encuentra el hermoso edificio
neoclásico del Observatorio Astronómico. Pervive aún la tradición madrileña de
paseos y romerías de festejo del Santo hacia ese lugar.
106
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
De aquellos incomprensibles bolsillos del chaquetón saca mi
hombre, a una mano y otra, diversas cosas. Por este agujero aparece
un pedazo de chocolate; por aquella hendidura asoma un puro de
estanco; por el otro repliegue déjanse ver sucesivamente dos zoquetes de empedernido pan; de aquel jirón, que el héroe sacude, caen
o llueven seis bellotas y algunos ochavos y cuartos4; más abajo se
descubre un papelillo de fósforos; por entre hilachas salen tres plumas de acero, un trozo de lápiz, higos pasados, un periódico doblado y con los dobleces rotos y ennegrecidos… Aparta con diligente
mano aquellos objetos que hasta ahora no se consideran digestivos,
desenvuelve y tiende sobre el suelo el periódico a modo de mantel, y
sobre él va poniendo los varios artículos de comer y fumar. Se coloca
bien, echando una pierna a cada lado del papel, quita, pone, clasifica,
ordena, se recrea en su banquete y lo despacha en dos credos.
No se meterá el historiador en la vida privada, inquiriendo y
arrojando a la publicidad pormenores indiscretos. Si el héroe usa
una de las plumas de acero, como tenedor, para pinchar un higo;
si se lleva a la boca con gravedad el pedazo de pan, mordiendo en
él con limpieza y buena crianza; si hay, en suma, en su alborozado
espíritu un gracioso prurito de comer como los señores, ¿por qué se
ha de perder el tiempo en tales niñerías? Más importante es que el
historiador, con toda la tiesura, con toda la pompa intelectual que
pide su oficio, se remonte ahora a los orígenes de aquella propiedad y
escudriñe de dónde proceden las bellotas, de dónde el fiero cigarrote,
los higos, el pan y demás provisiones, con lo cual, si sale airoso de
su empresa y lo descubre todito, se acreditará de sabio averiguante,
que es lo mejor para tener crédito y laureles sin fin. Llevado de su
noble anhelo, baraja papeles, abofetea libros, estropea códices, destripa legajos, y al fin ofrece a la admiración de sus colegas los si
guientes datos, preciosa conquista de la sabiduría española.
4
Ochavos y cuartos: son monedas de cobre, cuyo escaso valor ejemplificaremos con precios cercanos al marco de la diégesis de la novela. Hacia 1860, dos
cuartos permitían comprar un sello para correo nacional, un cigarrillo corriente,
una papeleta para un sorteo, un ramito de violetas… Seleccionamos estos datos de
La Iberia (8 de enero de 1860, p. 2 y 2 de febrero de 1860, p. 3), y de Escenas
contemporáneas (1 de enero de 1863, p. 47).
107
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
A 10 de febrero de 1863, entre diez y once de la mañana, en
la Ronda de Embajadores5, fue mi hombre obsequiado con bellotas
por una vendedora de aquel artículo, de otro que llaman cacahuet,
de papelillos de fósforos y avellanas. Veintitrés mil razones se emplean para demostrar la probabilidad de que esta esplendidez fuera
recompensa de uno o de varios servicios, quizás recados a la vecina,
ir a comprar dos libras de jabón o traer un saco de ropa desde el
lavadero de las Injurias6. Y de igual modo aparecen sacadas de la
oscuridad de los tiempos pretéritos la procedencia de las demás vituallas y del cigarro, si bien en esto último hay dos versiones, igualmente remachadas con poderosa lógica. ¿Se lo encontró en la calle?
¿Se lo dio Mateo del Olmo, sargento primero de artillería montada?… Basta. Esta sutil erudición no es para todos, por lo cual la
suprimimos. Adelante.
Después de comer como los señores, piensa mi hombre que
fumarse ricamente un puro es cosa también muy conforme con el
señorío. ¡Lástima no tener fósforos de velita para echar al viento la
llama y encender, a estilo de caballero, en el hueco de la mano! El
héroe coge el cigarro, lo examina sonriendo, le da vueltas, observa
la rígida consistencia de las venas de su capa, admira su dureza, el
color verdoso de la retorcida yerba, toda llena de ráfagas negras y de
5
En su función de historiador de lo menudo, el narrador precisa con todo
detalle el inicio de las peripecias del héroe en Madrid, fecha el inicio de la temporalidad de la novela; y ofrece detalles minuciosos, en un procedimiento paródico
de las documentadas biografías de personajes históricos.
6
Lavadero de las Injurias: el barrio de Injurias, situado en la periferia Sur
de Madrid, era una de las zonas más miserables de la capital. Especialmente en
Misericordia (cap. XXIII) conocemos esta parte de Madrid, con la bajada de la
anciana Benina acompañada del ciego Almudena por un terraplén, y la llegada a un
lugar «lleno de escorias que parecen lavas de un volcán (…) delante tenían techos
de viviendas pobres (…) a lo lejos (…) la barriada de las Injurias, donde hormiguean familias indigentes». No es extraño que aún a las alturas de la novela de
Baroja Mala hierba, perteneciente a La busca, el barrio permanezca con su «gente
astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos, otros, muertos de hambre». Baroja
se sirve de una imagen muy impactante, que condensa el determinismo terrible
del entorno sobre los seres humanos que lo habitaban: «Era una basura humana,
envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel
barrio infecto».
108
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
costurones y cicatrices como piel de veterano. Parece, por partes, un
pedazo de cobre oxidado, y por partes longaniza hecha con distintas sustancias y despojos vegetales. ¡Y cómo pesa! El héroe lo balancea en la mano. Es soberbia pieza de a tres… ¡Fuego!
Un papelillo entero de misto se consume en la empresa incendiaria; pero al fin el héroe tiene el gusto de ver quemada y humeante
la cola del monstruo. Éste se defiende con ferocidad de las quijadas,
que remedan los fuelles de Vulcano. Lucha desesperada, horrible,
titánica. El fuego, penetrando por los huecos de la apretada tripa, abre
largas minas y galerías, por donde el aire se escapa con imponentes
bufidos. Otras partes del monstruo, carbonizadas lentamente, se retuercen, se esparrancan, se dividen en cortecillas foliáceas. Durísima
vena negra se defiende de la combustión y asoma fiera por entre
tantas cenizas y lavas… Pero el intrépido fumador no se acobarda
y sus quijadas sudan, pero no se rinden7. ¡Plaf! Allá te va una nube
parda, asfixiante, cargada de mortíferos gases. Al insecto que coge
me le deja en el sitio. Síguele otra que el héroe despide hacia el
cielo como la humareda de un volcán; otra que manda con fuerza
hacia el Este. El ocaso, el cierzo son infestados después. ¡Con qué
viril orgullo mira el valiente las espirales que se retuercen en el aire
limpio! Luego le cautiva y embelesa el fondo de país suburbano que
se extiende ante su vista, el cual comprende el Hospital, la Estación,
fábricas y talleres remotos y por fin los áridos oteros de los términos
de Getafe y Leganés. No lejos de las últimas construcciones se nota
algo que brilla a trechos entre los pelados chopos, como pedazos
7
La manera demorada e hiperbólica con que se relata el hecho de fumar por
parte del niño es considerada por A. Tsuchiya como una reelaboración paródica
del clásico motivo de las «pruebas» o búsquedas iniciáticas del héroe, al compararse el cigarro con un monstruo (Tsuchiya, 1990: 37). Se trata de un pasaje que
rompe cualquier expectativa del lector, como lo prueban los comentarios de Ortega Munilla, recién aparecido el tomo I: «¡Vaya una manera de empezar una novela! (…) Un chiquillo andrajoso, una colilla de cigarro malo, que marea a quien
osa chuparla y extraer el humo de sus negras entrañas, he aquí como empieza El
doctor Centeno, rompiendo con usos establecidos de que el capítulo de toda novela
sea algún singular suceso cuyo inexplicable misterio vaya a ser como gancho de
que colgarse pueda el ánimo del lector…» (Los lunes de El Imparcial, 28 de mayo
de 1883, p. 1).
109
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
de un espejillo que se acaba de romper en las manos de cualquier
ninfa ribereña. Es el río que debe su celebridad a su pequeñez, y
su existencia a una lágrima que derramó sin duda San Isidro al
saber que estos arenales iban a ser Corte y cabeza de las Españas.
El héroe mira todo con alegría, y después escupe.
Contempla la mole del Hospital. ¡Vaya que es grandote! La Estación se ve como un gran juguete de trenes de los que hay en los
bazares para uso de los niños ricos. Los polvorosos muelles parece
que no tienen término. Las negras máquinas maniobran sin cesar,
trayendo y llevando largos rosarios de coches verdes con números dorados. Sale un tren. ¿A dónde irá? Puede que a la Rusia o al mesmo
Santander… ¡Qué tié que ver esto con la estación de Villamojada!
Allá va echando demonios por aquella encañada… Sin ponderancia,
esto parece la gloria eterna. ¡Válgate Dios, Madrid! ¡Qué risa!… Al
héroe le entra una risa franca y ruidosa, y después vuelve a escupir.
¿Pues y la casona grande que está allí arriba con aquella rueda
de colunas?… ¡Ah!, ya, ya lo sabe. Paquito el ciego se lo ha dicho.
Ya se va destruyendo. ¡Sabe más cosas…! En aquella casa se ponen
los que cuentan las estrellas y desaminan el sol para saber esto de
los días que corren y si hay truenos y agua por arriba… Paquito le
ha dicho también que tienen aquellos señores unas antiparras tan
grandes como cañones, con las cuales… Otra salivita.
¿Pero qué pasa? ¿Los orbes se desquician y ruedan sin concierto? El Hospital empieza a tambalearse, y por fin da graciosas
volteretas poniendo las tejas en el suelo y echando al aire los cimientos descalzos. La Estación y sus máquinas se echan a volar,
y el río salpica sus charcos por el cielo. Éste se cae como un telón
al que se le rompen las cuerdas, y el Observatorio se le pone por
montera a nuestro sabio fumador, que siente malestar indecible, dolor agudísimo en las sienes, náuseas, desvanecimiento, repugnancia… El monstruo, vencedor y no quemado por entero, cae de sus
manos; quiere el otro dominarse, lucha con su mal, se levanta, da
vueltas, cae atontado, pierde el color, el conocimiento, y rueda al
fin como cuerpo muerto por rápida pendiente como de tres varas,
hasta dar en un hoyo.
Silencio: nadie pasa… Transcurren segundos, minutos…
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I. Introducción a la Pedagogía
II
Alejandro Miquis8, estudiante de leyes, natural del Toboso, de
veintiún años, y Juan Antonio de Cienfuegos, médico en ciernes,
alavés, subían al filo de mediodía por las rampas del Observatorio9.
Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés,
esperanza de la ciencia, martirio de las patronas10. Llevaban capa
y sombrero de copa, aquellas culminantes chisteras de hace veinte
años, que parecían aparatos de calefacción o salida de los humos
de la cabeza11. Todavía no se habían generalizado los hongos, y la
severidad de continente, heredada de la generación anterior, impo8
En este lugar aparece una nota al pie en la primera edición de 1883, en la
que leemos «Hermano de Augusto Miquis (La desheredada)».
9
Los subcapítulos I y II comienzan de igual forma, con los nombres de los
personajes y su acción de subir la rampa del Observatorio, en cuya cima convergerán hacia su primer encuentro. Lo que no es más que «rampa» para los jóvenes,
resultaba una dura prueba física para el niño-héroe en la apertura de la novela.
10
La sintaxis encadenada de elogios yuxtapuestos es usual en la prosa satírica
del siglo XVII español, y es frecuente en el estilo galdosiano, con efectos humorísticos y/o críticos.
11
Los sombreros de copa o chisteras, que tuvieron su origen en Francia hacia
1840, muy pronto pasaron a convertirse en signo de distinción social del hombre
burgués. Galdós opinó en su artículo «El elegante» sobre lo ridícula que le resultaba
de esta moda: «el sombrero de copa, que no es más que un tubo de chimenea que
encajamos en nuestro cráneo para aumentar la estatura…» (recogido en Fisonomías
sociales: 231-242. La cita corresponde a p. 238). En la presentación que de su persona hace Máximo Manso, apunta a lo gracioso que este nuevo aditamento pareció
a mucha gente: «Apuro mi ropa medianamente, con la cooperación de algún sastre
de portal, mi amigo; y me he acostumbrado de tal modo al uso del sombrero de
copa, a quien el vulgo llama con doble sentido chistera, que no puedo pasarme sin
él, ni acierto a sustituirle con otras clases o familias de tapa-cabezas, por lo cual lo
llevo hasta en verano, y aun en viaje me lo pondría muy sereno si no temiera caer
en extravagancia» (El amigo Manso, cap. II). Sobre la importancia de este sombrero
para la imagen social, Cucúrbitas advierte a Villamil en Miau: «Parece mentira,
Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su carrera nada
más que al chisterómetro de alas anchas y abarquilladas que le da un aire tan solemne
(…) Sobre todo el sombrero, el sombrero es cosa esencialísima» (cap. XXXII).
La divertida comparación del narrador, «parecían aparatos de calefacción o salida
de los humos de la cabeza», recuerda las greguerías ramonianas, y se basa en la broma
que ya se dio en Francia: el asociar la forma de la chistera al tubo de una estufa.
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El doctor Centeno
nía a todo madrileño fino el deber de añadir a su cabeza a todas
horas, el inconcebible tubo de fieltro, al cual la época presente,
por dicha nuestra, ha quitado importancia, reduciendo su tamaño
y limitando su uso. Cienfuegos llevaba en la mano el número de
la edición pequeña de La Iberia12 (fijarse bien en la fecha, que era
por febrero de 1863)13 y a ratos leía, a ratos peroraba. Miquis, con
la capa terciada, el brazo enfático, la mano expresiva, tan pronto
cantaba como tiraba al sable sin sable. Cienfuegos leyó en voz alta
una frase parlamentaria; Miquis, sin oírle, dijo en tono de teatro
aquellos afamados versos de Quevedo14:
12
Galdós menciona la «edición pequeña» de La Iberia, y en efecto la propia
cabecera del periódico en los años sesenta suele referirse a sus cuatro ediciones
diarias, dos de ellas pequeñas: lo más frecuente era que la pequeña fuese vendida
por los expendedores en la calle, pues el precio del número suelto era la mitad que
el de la edición grande: 4 cuartos. La suscripción mensual de la edición «grande»
costaba en 1862 11 reales al mes, y la pequeña 4 reales. La Iberia. Diario Liberal
de la mañana, fue fundada por Calvo Asensio en 1854. Realizaba un periodismo
político de redacción muy cuidada, y tuvo importante papel como animador de
la Revolución, en los años efervescentes previos al triunfo de la Gloriosa en
1868. El 21 de diciembre del 62 cambió de diseño, formato y secciones, añade los
domingos un «Diario de avisos y anuncios», e incorpora una pequeña edición sa
tírica los lunes.
13
El narrador insiste, con gran efecto de oralidad coloquial, en que el lector
no debe olvidarse de las fechas de febrero con que comenzó el relato de la vida
madrileña del héroe.
14
Comienza la presentación cervantina de Miquis, que gesticula inmerso en
el mundo literario del teatro barroco, y empieza a mostrar su obsesión por Quevedo y por la figura del Duque de Osuna. Los versos declamados por Miquis inician el soneto que escribió Quevedo reivindicando la memoria del Duque de Osuna,
al poco de la deshonrosa prisión y muerte de éste. En fechas cercanas al marco
de la novela (y por tanto a la juventud de Galdós en Madrid), la reivindicación de
estas figuras históricas volvió a la actualidad mediante estudios historiográficos y
ediciones como los de Aureliano Fernández Guerra. Por ejemplo, es minuciosa la
documentación exhumada por éste sobre la correspondencia escrita y recibida por
Quevedo en su tarea de secretario de don Pedro de Girón, Duque de Osuna y virrey
de Nápoles, hasta que fue forzado a regresar España en 1620 (cfr. los documentos L-LV, reunidos en Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas. Colección
completa: 638-640. El soneto apareció editado en el Parnaso Español, asociado a
la musa de la historia, Clío. Fue reeditado también por Fernández Guerra en Obras
de Don Francisco de Quevedo y Villegas. Parnaso español, Madrid, Imprenta de
Rivadeneira, 1859).
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I. Introducción a la Pedagogía
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas…
Iba a seguir; pero, sorprendido, gritó:
–¡Un muerto! –y fue corriendo hacia donde estaba el héroe.
–Quita, hombre, si es un chico… Duerme.
Ambos le tocaron con la punta del pie. Después Cienfuegos,
arrodillándose, le observó de cerca. Le sacudieron, le incorporaron.
Nada; como un saco.
–Parece desmayado… ¡Eh!, chico, despabílate. ¿Tienes hambre,
frío?… A ver, Cienfuegos, mediquillo, lúcete. ¿Qué es esto?
–¿Qué ha de ser? Borrachera… Es un pillete. Mira cómo abre
los ojos… ¡Eh!, mequetrefe, ¿te estás burlando de nosotros? Si
hubiera por ahí un jarro de agua se lo echaríamos por la cabeza…
Eh, perdis, levántate15.
–Hombre, no le pegues.
–Enséñale dos cuartos y verás como salta.
El héroe había abierto los ojos y les miraba… Pero como si la
impresión de la luz renovara su mal, apretó los párpados, quedán
dose como muerto otra vez.
–¿Has bebido más de la cuenta? ¿Tienes frío? Si no respondes,
te echamos a rodar por el cerrillo abajo.
15
Perdis: encontramos este vocablo de sonoridad castiza (que la Academia
define como «persona de poco juicio y costumbres libertinas») en contextos de
ambientación madrileña. En Fortunata y Jacinta, Olmedo, amigo de Maxi desde
los tiempos estudiantiles, tiene a gala el aparentar que es un calavera. El jocoso
narrador lo denomina casi siempre «el perdis», basándose en que «llevaba una vida
muy poco ejemplar, mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares pecaminosos y haciendo todos los disparates estudiantiles como
si fuera un programa que había que cumplir sin remedio» (Parte II, cap. I, iii). El
personaje se esmera en aparentar lo que no es, poniéndose «el uniforme de perdis»,
como jocosamente desvela el narrador. En el relato clariniano «La conversión de
Chiripa», tenemos a otro pobre cándido que por su marginalidad y mala vida daría
la imagen externa de perdis, según lo califica el narrador, en un contexto en el
que, por contraste, se va a proceder a la también externa «conversión» religiosa
del hombre.
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El doctor Centeno
Uno le cogió por los hombros, otro por los pies y le balancearon
un rato. Se divertían de veras. Pusiéronle después en mejor sitio, y
Miquis, con seriedad filantrópica, dijo a su compañero:
–Hay que ver lo que tiene. No seamos bárbaros. Si yo fuera
médico… Porque se dan casos de muerte por hambre. ¿Qué se te
ocurre, qué dices? Hombre, receta.
–Al momento. Pero para este mal, la botica es la panadería.
El héroe, sin abrir los ojos, empezó a temblar. ¡Pero qué temblor de agonía!
–Si lo que tiene es frío…
–Puede ser. En tal caso no hay mejor boticario que un sastre.
Miquis se quitó al punto la capa. El otro, que le conocía bien,
echóse a reír.
–Bonita te la va a poner… Deja, hombre, deja. Ahora me
acuerdo: tengo un gabán, que no me sirve, con más ventanas que la
catedral de Toledo… Mequetrefe, despierta, abre los ojos, responde:
¿te pondrías tú mi gabán?
Ni respuesta ni señales de haber oído dio el infeliz, que sólo
parecía tener vida para sus violentos temblores. Miquis le echó encima su capa, y procuraba envolverle en ella, cosa no fácil estando
el otro tendido en tierra. Fue preciso liarle dándole sucesivas vueltas sobre sí mismo. Cienfuegos se moría de risa viendo a su compañero en aquella faena, no menos humanitaria que cómica. En
aquel punto y ocasión pasó un señor, hombre respetable por su
edad y figura, alto, afable, y que en todo se revelaba como persona
de esa clase intermedia en que suavemente se verifica la transición del estado humilde al acomodado. Iba decentemente vestido.
Según se mirase a esta o la otra parte de su empaque, debía de
variar la calificación que de él se hiciera, pues por el gabán correcto y cepillado parecía más, por la gorra de paño menos de lo
que realmente era. Por su corbata de seda negra, traspasada con
alfiler de cabecita de oro y menudas perlas, figuraba más; menos
por el cesto de provisiones que colgado del brazo llevaba. Los que
no le conociesen como conserje del Observatorio, creeríanle algo
a manera de caballero sirviente. Paróse a ver la curiosa escena y a
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I. Introducción a la Pedagogía
dar un palmetazo en el hombro de Cienfuegos, el cual se volvió y
dijo con énfasis el nombre de aquel sujeto, cortándolo con la caden
cia y número de un endecasílabo:
–Don Florén…cio Morá…les y Temprádo16.
–Se saluda a la pareja… ¿Vienen ustedes a tomar café con el
señor de Ruiz? Estará haciendo la observación de las doce… Pasen
ustedes… ¿Y qué es esto? Ya; un borrachillo. Se ven por aquí unos
apuntes…17 El señor director trabaja para que el ministro nos mande
cerrar estos terrenos a ver si nos vemos libres de la gentuza que
viene aquí a tomar el sol… o a tomar la luna; que de todo hay…
¡Oh!, Miquis, le ha puesto usted su capa. Vaya que usted…
–Lo que tiene este caballero es hambre.
–Pues por un pedazo de pan no ha de quedar.
–Allá iremos todos, señor de Morales y Temprado –dijo Miquis,
mientras el buen señor seguía con paso lento hacia su domicilio.
El héroe empezó a dar señales de vida. Agasajábase poco a poco
en la pañosa18, cogiendo por aquí un pliegue, por allí otro, y manifestando gran confortamiento y gozo con aquel inesperado abrigo.
–Como me la rompas… –le dijo Miquis amenazándole–. Vamos
a cuentas. ¿Te tomarías tú un café?
No parecía sino que estas palabras tenían la preciosa virtud de
resucitar a los muertos, según se despabiló nuestro hombre.
–No le digas tal cosa, porque pega un brinco y te rompe la capa.
16
En la primera edición que nos sirve de base, el acento colabora en la impresión auditiva y en la reproducción de la entonación enfática con que se pronuncia
el nombre de tan pomposo personaje. Desde este momento, el narrador asumirá a
menudo esta manera de nombrar al personaje.
17
Ser un apunte: aunque la expresión coloquial significa «ser persona pícara
y astuta», Galdós la colorea con connotaciones diversas. En Fortunata y Jacinta,
doña Lupe dice a su sobrino Maxi: «Eres un apunte… en toda la extensión de la
palabra» (Parte II, III, i). El contexto indica un sentido de «bobo, simple», ya que
para su tía Maxi actúa engañado en su entusiasmo por la idea de «redención» de
Fortunata. En Lo prohibido, Eloísa se despide con afecto de su primo diciéndole:
«Adiós, feo, apunte, mamarracho» (cap. XIII, iii).
18
Agasajábase en la pañosa: el uso del verbo es un canarismo semántico,
que tiene el sentido de «arroparse, cubrirse con…», en este caso con la manta.
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El doctor Centeno
–¿Te comerías tú una chuleta?
El muchacho miraba con espanto a su favorecedor. Estaba atónito de puro incrédulo. Sin duda le parecía burla lo que oía.
–Si es idiota… ¿pero no lo ves?
–Dime, ¿eres idiota?
El otro contestó con la cabeza negativamente. La energía de su
muda réplica quitaba toda duda.
–No, tú no eres memo; pero eres un grandísimo pillo.
Otra negativa del héroe, pero tan enérgica, que a poco más se
le cae la cabeza de los hombros.
–Ya… lo que sí no tiene duda es que eres mudo.
El héroe sonrió un poco, y con trémula pero muy clara voz,
dijo así:
–No hombre, que sé hablar.
Desde la puerta del Observatorio viejo, otro joven, bastante
menos joven que Miquis y Cienfuegos, dio dos o tres gritos de
esta manera:
–¡Eh, perdidos! ¡Juan Antonio!… caballeros, ¡que estoy aquí!
Cienfuegos corrió hacia arriba, y cuando estuvo junto a Ruiz,
que así se llamaba el auxiliar de astrónomo, el primer saludo fue:
–Mira ese tonto de Miquis.
–¿Qué hace? ¿Con quién habla?
–Pero ¿has visto qué célebre…?19
19
Célebre: la forma exclamativa tiene la acepción coloquial de raro, singular
o extravagante.
En Fortunata y Jacinta, su esposa resume a Santa Cruz, con humor crítico,
una conversación entre Aparisi y Casa-Muñoz en la que éstos –como de costumbre– actúan como contendientes más que como interlocutores. Una de las armas
(los vocablos latinos usados pedantemente) es por cierto el delirium tremens que
aparece también en nuestra novela, y que anotamos más adelante. Juanito utilizará
célebre también en la forma exclamativa para resaltar la sorpresa ante lo extravagante:
«Hijo de mi vida, le mató.
–¿Quién?
–El marqués a Aparisi… le dejó en el sitio.
–Cuenta, cuenta.
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I. Introducción a la Pedagogía
–¿Quién está ahí en el suelo?… ¿Una chica?
–Un gandul que hemos encontrado como muerto. Le ha dado
su capa.
–¡Alejandro!… ¡Otro como éste…!
Miquis subía paso a paso, frotándose las manos. Con zumba y
chacota le acogieron sus dos amigos.
–Tú no aprendes nunca –le dijo el registrador del firmamento–.
Dale bola… que te vas a quedar sin capa… Y van dos.
–No lo creas. Es una persona honrada.
Ruiz se partía de risa.
–Este pobre Miquis es de lo más inocente…
Los tres fueron hacia el Observatorio nuevo20, donde está la gran
ecuatorial y las habitaciones de los astrónomos. Entraron; pero al
poco tiempo salió Alejandro y bajó hacia donde había dejado su capa.
Conviene decir que el llamado héroe se hallaba muy bien dentro de
su inesperado sayo, y empezaba a mirarlo como cosa propia. Poquito
a poquito se fue acomodando en la sabrosa amplitud pegadiza del
paño, y al fin como quien no hace nada, se embozó hasta los ojos.
¡Qué le gustaba aquello, y qué bien comprendía la felicidad de los
escogidos mortales que poseen una capa! En la vida había probado él
las delicias de prenda tan gustosa. Así, cuando se vio solo, aliviado
del respeto que le imponía su favorecedor, se familiarizó más con la
hermosa tela, y se envolvió mejor, y la apretó contra sí. Lentamente
se desvanecía aquel horrible malestar que le había privado del cono–Pues de primera intención soltóle a su enemigo un delirium tremens a boca de jarro,
y después, sin darle tiempo de respirar, un mane tegel fare. El otro se ha quedado como
atontado por el golpe. Veremos con lo que sale.
–¡Qué célebre! Tomaremos café juntos –dijo Santa Cruz–. Vente pronto para acá.
¡Qué coloradita estás!
–Es de tanto reírme» (Parte I, VIII, iii).
20
Aunque se comenzó en 1790, el Observatorio quedó destruido durante la
invasión francesa, cuando estaba cercana su terminación, y hubo que reconstruirlo
en buena parte. En la novela se hablará del Observatorio Nuevo por la nueva torre
que se añadió para albergar el anteojo o «la gran ecuatorial», como se la llamará
más adelante. Las actividades del Observatorio, en la época de la acción de nuestra
novela, agrupaban ya la Astronomía y la Meteorología.
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El doctor Centeno
cimiento; pero el maldito frío no se le quitaba. Sus fuerzas eran escasas, y cuando probó a ponerse en pie tuvo que dejarse caer otra vez,
porque las piernas no querían sostenerle. Como sabandija herida, se
fue arrastrando hasta un lugar más seco y abrigado. Buscando apoyo
en el tronco de un árbol, se sentó en cuclillas, se colgó la capa sobre
la cabeza y se tapó con ella todo, no dejando abierto más que un
triángulo, por el cual le asomaban solamente ojos y nariz.
Era tan estrafalaria figura, que sería preciso buscarle semejante
en las momias egipcias o en salvajes y feos ídolos africanos. Como
había cambiado de sitio, Miquis no le encontró al tornar a la rampa.
«¡Ah!, pillo», murmuraba, volviendo a un lado y otro los ojos, hasta
que llegó hasta él la voz débil del héroe con estas palabras:
–Señor… que no me he ido… que estoy aquí.
–Pues te vas haciendo confianzudo… ¡Qué fresco!… –le dijo
el estudiante de leyes, sentándose frente a él–. Si creerás que te
voy a dar la capa… No seas tonto, tápate, tápate más. Eso se llama
cogerlo con gana. No, no te entrarán moscas.
–Señor, tengo mucho frío… Luego se la daré.
–Me gusta la franqueza… Parece que no eres corto de genio.
El otro se reía dando diente con diente. El frío y cierto gozo
que cosquilleaba en su espíritu, se expresaban juntamente en un
solo fenómeno.
–Vamos a ver. Has de responderme sin mentira… porque tú
eres muy mentiroso… ¿Cómo te llamas?
–Celipe.
–¿Y que más?
–Celipe Centeno.
–¿De dónde eres?
–De Socartes21.
21
En este momento se entrecruzan los lugares simbólicos propios de la primera
etapa de novelas de tesis galdosianas, con el realismo minucioso de los espacios
madrileños de 1863. Socartes, lugar de origen de Felipe en Marianela, es inexistente
en la geografía española, aunque algún crítico lo vincula con las minas cántabras
de Reocín.
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I. Introducción a la Pedagogía
–¿Y dónde está eso?
–Al lado de Villamojada… ya lo sabrá usted; donde están las
minas…
–Pero ¿qué minas, hombre, qué minas?
–Las minas de Socartes… Aquí está el río, aquí Villamojada,
aquí mis minas…22
–Enterados… ¿Y tienes padre y madre?
–Sí señor. Pero como no querían que yo desaprendiese… me
tomé la carretera y me vine acá.
–Anda, pillete… A buena cosa habrás venido tú… Conque a
desaprender… ¿En qué has venido?, ¿en tren, en carromato…?
–Recórch… A patita limpia, señor… Siete desemanas y dos
días.
–¿Y qué haces aquí? Pedir limosna, vagabundear, merodear…
El héroe no entendía esta última palabra; que si la entendiera
habría protestado severamente. Tan sólo dijo:
–Busco un desacomodo.
No hay medio de averiguar de dónde había sacado el entendimiento de mi hombre aquel barbarismo de anteponer a ciertas palabras la sílaba des. Sin duda creía que con ello ganaban en finura y
expresión y que se acreditaba de esmerado pronunciador de vocablos.
–¿Buscas un des…? ¿Qué dices, muchacho?
–Digo que estoy buscando… de ver cómo encuentro… de que
poniéndome a servir a un señor, me deje tiempo para destruirme…
–Hombre, sí, destrúyete, porque eres el bárbaro mayor que
he visto… Pero explícame, ¿cómo te las arreglas?, ¿cómo y dónde
vives?, ¿quién te mantiene?
El héroe dio un gran suspiro, un suspirote que no cabía dentro
de la rotonda del Observatorio.
22
El niño hará presente, con la viveza de los casi gesticulantes deícticos «aquí»,
«aquí», la memoria muy reciente de sus lugares de origen. Sus expresiones evocan el
gesto que acompañaría a las palabras del niño, señalando concretamente los caminos
que le han traído a Madrid, y la orientación espacial de su lugar de origen.
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El doctor Centeno
–Una noche dormí en aquella casa.
Señalaba al Museo.
–¿En el Museo?… ¿dentro?
–No señor. ¿Ha visto usted unos ujeros que hay por desalante,
donde están unas figuras muy guapas?… Pues allí. Otra noche dormí
en la puerta de esa fráica…
–¿Qué?
–De esa fráica que hay allá… donde hacen el desalumbrado
de las calles23.
–El gas… ¿Y cómo hiciste el viaje?… ¿pidiendo limosna?
–¡Recó…!, ¿no le digo?… Pues yo traía dinero… Cuando llegué
a este pueblo no me quedaba nada… El primer día me dieron medio
pan… Yo gano también haciendo recados a las lavanderas, y en la
estación un señor me dio a llevar el desequipaje…
–¿Y qué enfermedad tienes?… ¿Por qué estabas desmayado?
–Porque me fumé un cigarro que me dio ayer Mateo del Olmo,
sargento de la desartillería. Es de mi pueblo, trabajó en mis minas, y
fue novio de mi hermana Pepina… Desencendí mi cigarro, y cuando
tan siquiera di seis chupadas, todo me daba vueltas.
–¿Y dónde vives ahora?
–En un tejar que hay allá abajo… ¿Ve usted aquella chimenea
grande, grande? ¿Ve usted aquella pared blanca, muy blanca? Tiene
unas letras que dicen: Calenturón.
23
Es de apreciar cómo Galdós refleja el lenguaje de los niños en sus novelas,
de lo cual ofrece interesantes ejemplos R. Rodríguez Marín: 125-129. Felipe evoluciona lingüísticamente, y va eliminando los vulgarismos con los que hablaba al
principio, algunos de los cuales eran espontáneos (ujero, fráica…) Otros, los vocablos en los que el niño antepone el prefijo des- con el deseo de parecer más fino,
responden más bien a una «conciencia lingüística vigilante aunque equivocada»,
como ha explicado M. del Prado Escobar. El peculiar sistema que en su «presentación en sociedad» en Madrid escoge Felipe para elevar su lenguaje, (el prefijo des-)
produce efectos especialmente humorísticos: destruirse, desusadas, como también
las etimologías populares del tipo «calenturón» por Cal en terrón. También Juanito
del Socorro reproduce tics expresivos madrileños, como los apócopes, y su oído
alerta reproduce los vocablos que escucha en la redacción del periódico en la que
es recadero, así como lo que oye en su casa.
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I. Introducción a la Pedagogía
–¿Cómo?
–Calenturón. Allí al lado, en un cobertizo, vivimos muchos
pobres. Nos da de comer la mujer del guarda del almacén.
–¿De qué almacén?
–Del almacén de Calenturón.
–¿Qué es eso?
–Venden cal-en-terrón.
–¿Sabes leer?
–Cuando estuve en casa de la tía Soplada… Me tomó de criado
para que le hiciera recados. Tiene puesto de ropas desusadas en el
Rastro. No me daba salario, sino la comida, y me puso en la escuela
de la calle del Peñón. Estuve un mes y días. Desaprendí las letras,
pegué al Cartón, y cuando iba a entrarle al Juanito24, me salí de
casa de la Soplada, porque tiene un hijo muy malo, que me zurraba.
No he vuelto a la escuela; pero me leo todos los letreros de las
tiendas, y cuando cojo en la calle un pedazo de Correspondencia25 ,
me lo paso todo.
24
El Cartón, el Juanito: El Catón (Cartón para el niño, según la etimología
popular que aparece en la primera edición y se elimina en la segunda), era un libro
con lecturas elementales de tipo moralizante, de frases breves en verso y en prosa.
El nombre se formó por metonimia del nombre del moralista y gramático latino del
s. III Dionisio Catón, autor de una recopilación de sentencias morales muy utilizada
en la Edad Media para la educación de la juventud y el ejercicio de la lectura. Las
reelaboraciones y glosas sucesivas del primer Catón dieron lugar a un Catón chris
tiano, y existieron también en el siglo XIX algunos «catones civiles» de ideología
liberal para la educación cívica de los niños. Galdós se hace eco también del famoso
Catón murciano, cuya imprenta declara haber visto el narrador de La Primera
República (cap. XIX). El Juanito es la versión española de Il Giannetto, obra del
pedagogo milanés Paravicini, muy popular en Europa. Este libro de educación, que
presentaba cómo había de ser el niño modelo, empezó a difundirse en España, traducido y adaptado en 1836, y desde entonces se sucedieron las reediciones hasta bien
mediado el siglo XX. En 1881 Pilar Pascual de Sanjuán dio a la imprenta un libro español de educación específica para niñas, Flora, la educación de una niña, que editó
el mismo editor barcelonés del Juanito y otros libros didácticos, Faustino Paluzie.
25
El niño explica que ya sabe leer y aporta información de su vida en la
novela Marianela. Su esfuerzo autodidacta resulta patente en su voluntad de leer
los letreros de las tiendas y los pedazos rotos de la Correspondencia, noticiero que
reaparecerá mencionado en V, iv.
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El doctor Centeno
–Bien, hombre, bien. Casi, casi eres un sabio.
–¿Quiere tomarme por criado? –dijo el rapaz prontamente.
–Yo no necesito criado.
–Sí, señor: tómeme, tómeme.
–Por de pronto, vete desprendiendo de la capa, que ya noto su
falta, y todos somos de carne y hueso.
Como el caracol se asoma tímidamente al boquete de su choza
calcárea, y luego poco a poco, halagado del sol, va saliendo y alargándose, así Felipe iba sacando, por sucesivos avances, primero una
mano, luego el cuello, los brazos, y al fin medio cuerpo. Probó a
levantarse; pero el mareo y lo mucho que había hablado, le tenían
muy débil.
–¿Qué has comido hoy?
–Bellotas…
–¿Y ayer?
–Bellotas… pan…
–No sigas, hombre. Me da dolor de estómago oírte. ¿Comerías
tú alguna cosita caliente?
Echando el alma por los ojos, contestó Felipe mejor que lo
habría hecho con palabras.
–Ven conmigo. A ver si echas una carrera de aquí a aquella
casa grande.
–Sí que podré –repitió el héroe, midiendo con ansiosas miradas
la distancia.
–Allí hay convitazo… ¿Viste aquel buen señor que pasó por
aquí? Es el conserje. Celebra los días de su esposa. Le voy a decir
que te convide. Verás. Anda, valiente… No, no te quites la capa.
Embózate en ella… Vamos, hombre, con gracia, con aire.
El otro se reía, probando a embozarse y sin poderlo conseguir.
–Así, bien, así… a la macarena26. Eres un zascandil… Me gusta
ese garbo. Adelante, paso firme. Bien.
26
A la macarena: el comentario de Miquis refleja el gesto airoso del niño.
El uso como adjetivo o sustantivo de macareno o macarena se asociaba con los
122
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
La risa que le entró al héroe impedíale andar, pues tan extremada era su debilidad.
–¡Cómo se ríe!… Vaya, que es usted tonto de veras, señor de
Centeno.
Él, que se oyó llamar señor, tuvo una tan fuerte acometida
de hilaridad, que se cayó al suelo, temblando de brazos y piernas
como un epiléptico.
–¡Ay mi capa, ay mi capita de mi alma!
–No, señor, no… no se la destropeo –dijo ahogadísimo Felipe,
poniéndose primero de rodillas, luego a cuatro pies, y por último…
–¡Aúpa, hombre valiente! Ya estás en pie. ¡Gracias a Dios! Ni
que fueras de algodón… Pues tú puedes andar. ¡Ah, chiquilicuatro!
lo que tú tienes es mucha marrullería.
–¿Yo?…
–Hipócrita.
Felipe no entendía; mas creyendo era cosa de gracia, siguió
riendo. Miquis le daba empujones y pellizcos, le tiraba de un
brazo…
–Que me hace cosquillas, señor.
–¡Pillo, granuja!
–¡Ay, ay!
–Si usted sigue con sus bromas, señor don Felipe, le doy a
usted una puntera que, del salto, va usted a su pueblo, allí donde
están sus minas.
Llegaron así a la puerta del Observatorio nuevo.
–Entra, hombre… No gastes cumplidos.
Es circular aquel vestíbulo, y con cierto aderezo arquitectónico
a la griega. En el centro, cual decorativa estatua representando la
sevillanos, y por extensión, con la manera de hablar y gesticular supuestamente
chispeante de los andaluces. En la prensa de la época aparecen como tipos los llamados «macarenos», que suelen hablan con ceceo y humorísticamente. Encontramos
también un «diálogo macareno» en un romance burlesco contra Sagasta, al que se
hace hablar desenfadadamente con sus secuaces, en el periódico satírico Gil Blas,
número del 5 de octubre de 1871.
123
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ÍNDICE
El doctor Centeno
vigilancia a la entrada del palacio del estudio, estaba don Florencio
Morá…les y Temprado. No pudo contener una observación bondadosa, que salió de sus respetables labios en esta forma:
–Tan chiquillo es el uno como el otro.
–Señor Morales, me tomo la libertad de…
–Es usted muy dueño, señor de Miquis –dijo el bendito Morales, ocultando discretamente un bostezo de hambre tras la palma
de la mano…
–De recomendarle a usted al señor de Centeno que no ha comido
hoy nada caliente. Puesto que tiene usted convidados…
–Es verdad… y si usted gusta de honrarnos, señor de Miquis…
–Gracias… Yo voy arriba. Ruiz nos va a leer una comedia.
Conque…
–Queda de mi cuenta… –dijo Morales disimulando otro bostezo–. Y la hora de comer se alarga… Entre paréntesis, amigo, como
hoy tenemos algo extraordinario… ¡Qué tareas en esa cocina!…
De las cuatro puertas pequeñas que hay en el vestíbulo, una
de las de la izquierda, entrando por el Mediodía, conducía a las
habitaciones particulares de don Florencio. Por allí entraron éste y
Felipe, mientras Alejandro Miquis subía solo por la escalera de la
izquierda en busca de sus amigos que en lo más alto del edificio
estaban.
–Ea, siéntate aquí –dijo a Felipe, señalándole un banquillo,
aquel buen sujeto, a quien el héroe conceptuaba dueño y manipulador de cuanto existía en aquellos edificios para andar en tratos con
la luna y las estrellas–. Suelta la capa, que se la vas a poner perdida
a don Alejandro. Aquí no hace frío. ¿Qué tenías?
Y sin esperar respuesta, luego que puso la capa bien doblada
sobre una silla, empezó a pasearse por la habitación, golpeando
duramente con uno y otro pie sobre la estera. Una voz de mujer dijo
desde la estancia interna que con aquella se comunicaba:
–Florencio, ¿todavía no se te han calentado los pies?
–Todavía… Vamos, vamos, prisita, prisita… ¡Qué horas de comer!…
124
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
III
Desde el ángulo en que Felipín estaba, quietecito, cohibido, con
los pies colgando del alto banco y la gorra en la mano, no se veía
sino un extremo de la pieza inmediata, que debía ser como salón o
estancia principal del domicilio Florentino27. Allí estaban reunidos
los convidados, esperando el momento. Se oía grande y gozosa algazara: voces de muchachas, ruido de platos, risas de niños. Felipe
veía una de las cabeceras de la mesa, y deliciosos olores de cocina
le anunciaban lo que iba a pasar. El observaba todo, callado y circunspecto. Nada perdía su activa perspicacia; nada se escapaba a
aquel su instintivo examen de las cosas. De todo, imágenes y olores,
iba tomando acta, así como de la figura grande y paternal de don
Florencio, comedido, solemne; de aquellas cejas negras y espesas
que parecían dos tiras de terciopelo; de aquel bigote blanquecino,
recortado y punzante como los pelos de un cepillo; de la gorra de
seda que usaba para dentro de casa; de sus botas tan relucientes
como grandes, de la exactitud de su andar y ademanes que le daba
cierto parentesco con los péndulos de la casa. Tampoco perdía Felipe
detalle alguno de los preparativos, aun sin verlos. Seguíalos con
atención discreta, paso a paso, en su rápido progresar, y decía para
sí: «ya ponen las sillas, ya traen la sopa, ya se sientan, ya echan
agua en las copas, ya empiezan».
Don Florencio vio con marcada satisfacción que la comida
empezaba, y dio su último paseo. Su mujer salió a recibirle.
–Todavía el izquierdo está como hielo –dijo él dando una gran
patada con la aludida extremidad–. ¿Vamos a la mesa? Gracias a
Dios. Ya era hora.
Felipe notó entonces aumento y difusión de aquellos diversos
vapores de comida. Tan pronto olía a cosas fritas, tan pronto a
guisados, todo suculentísimo, delicado y confortativo. Él miraba,
27
Salón o estancia principal del domicilio Florentino: la pomposa fórmula
actúa como eufemismo ennoblecedor al identificar la casa con un palacio, hacién
dose eco del engreimiento del ocupante.
125
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El doctor Centeno
afectando cierta indiferencia mezclada de compostura, con disimulos muy trabajosos de su verdadero anhelo; y veía que don Florencio, sentado en la cabecera de la mesa, que justamente caía delante
de la puerta, le vigilaba desde su asiento. A los otros comensales
no les veía Felipe; pero les oía, y podía distinguir, por el metal de
cada voz, las varias personas que estaban en la mesa. El habla de
la señora con ninguna otra podía confundirse; había dos voces que
parecían de señorita fina, dos o tres de niño, y a todas las dominaba
una varonil, sonora, grave, al mismo tiempo decidora y chispeante,
pues no pronunciaba palabra alguna que no fuera seguida de generales risas y alabanzas.
Lelo, embobado, como esos músicos fanáticos que cuelgan su
alma de un hilo de notas, oía Felipe aquel enorme concierto de vo
ces, sorbos y risas, cucheretazos, cuchilladas sobre la loza, toqueteo
de platos, esgrima de tenedores, chocar de copas, y esos chupetones
de labios que son los besos de la gula. Todas las conversaciones
giraban sobre lo que bebía o dejaba de beber el de la voz hermosa,
que era el gracioso de la mesa y seguramente el convidado más
atendido. Felipe oyó hablar de Jerez, de empanadas de anguilas, de
capones cebados, de escabechadas truchas, con infinitos comentarios
y opiniones sobre cada una de estas cosas. Así pasó tiempo, tiempo,
un lapso indefinido, y por fin los párpados le temblaban, la vista
se le iba de puro débil, la piel se le enfriaba, las cavidades de su
cuerpo parecían comprimirse y arrugarse, cual odres que nunca
más se habían de volver a llenar. ¡Cansancio infinito! Eran ya para
él como un peso inútil sus propias miradas, y no sabiendo a dónde
arrojarlas, las echó sobre una estampa de Cristo crucificado que
delante de él estaba en la pared28. Miró los chorros de sangre que
al Señor le corrían por el santo cuerpo abajo, y la ferocidad del judiote que le daba el lanzazo, y las tinieblas y flamígeros celajes del
fondo, todo lo cual puso espanto en su sensible corazón, llevándole
28
Eran ya para él como un peso inútil sus propias miradas…: La expresión
cierra un pasaje muy fisiológico, desarrollando visualmente la expresión figurada
«echar una mirada a…». El lenguaje figurado refleja el agotamiento de un niño
desnutrido, rodeado de fuertes impresiones visuales, auditivas, olfativas…
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I. Introducción a la Pedagogía
hasta el absurdo convencimiento de que él (Felipito) era tan digno
de lástima como nuestro Redentor29.
¡Súbito cambio en su situación! ¡En la mesa hablaban de él!
Lo observó sin saber cómo, por la vibración de una palabra en el
aire, por milagrosa adivinación de su amor propio. Estremecióse
todo al ver que el señor de Morales, desde su asiento presidencial,
lo miraba de una manera afectuosa. Después… ¡visión celeste! En
el luminoso cuadro que la puerta formaba, apareció, saliendo de uno
de los lados, una cara de mujer que más bien parecía de serafín30.
Era que una de las señoritas sentadas a la mesa alargaba el cuello
y se inclinaba para poderle ver. El murmullo de compasión que
del aposento venía, embriagó el espíritu del héroe, y hasta se turbó
su cerebro como al influjo de fuerte y desusado aroma. No sabía
cómo ponerse ni para dónde mirar. Si miraba al comedor creerían
que pedía; si no miraba, lo olvidarían otra vez… Cortó estas angustiosas dudas un niño gracioso y rubio que apareció… casi puede
decirse que entre nubes, desnudillo y con rosadas alas… Apareció,
como digo, el niño con un plato en la mano, y se lo puso delante
diciéndole: «Pa ti».
Y el plato ¡ay!, contenía diversos manjares, bonitos, gustosos,
calientes. Decir que el héroe hizo ceremonias o melindres para
empezar a consumir el contenido del plato, sería contar patrañas.
Se le alegró el alma de tal modo, que no sabía por donde empezar,
y esto le parecía bien, aquello mejor y todo venido del cielo. Absorbido como estaba su ser enteramente por tan principal función,
aun podía distraer el sentido de la vista para echar una mirada al
Santísimo Crucifijo, que ya, sin saber cómo, tenía rostro de contento. Era más bien el Señor Resucitado que volaba hacia el Cielo,
29
Entre las muchas relaciones con Miau que anotaremos desde ahora, están
las semejanzas entre Felipe y el niño Luisito Villamil. Ambos sienten el mismo
terror ante la imaginería religiosa, entre tétrica y kistch. Luisito se espanta de igual
modo ante el Cristo sangrante de la iglesia de Las Comendadoras en Madrid.
30
La primera percepción que Felipe tiene de la joven se presenta desde la
idealización y la óptica de la pintura religiosa, que se completará luego con la
comparación del niño pequeño con un ángel entre nubes. La aparición de la joven
enmarcada por el quicio de la puerta colabora en la percepción pictórica.
127
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El doctor Centeno
rodeado de gloria. Lo más gracioso era que seguían aún hablando
de él en la mesa. Quizás decían alguna broma inconveniente, quizás
le comparaban a los gatos, cuando cogen un bocado sabroso y se
van a un rincón a comérselo. En efecto… maquinalmente se había
vuelto Felipe de cara hacia la pared, con el plato en las rodillas, y
así despachaba su regalo. ¡Vaya unas cosas ricas!, ¡qué gran persona
era don Florencio! ¡Y el señor de la voz hermosa, qué gracioso!…
Pues aquellas tajadas parecían gloria o pedazos desprendidos de
la bienaventuranza eterna. Sin duda eran de la misma carne de las
mejillas de la niña bonita que alargaba el cuello para mirarle desde
su asiento… ¡Buen queso, bueno! No había niña mejor que aquella
doña tal. ¡Y el niño, qué bonito, y las aceitunas, qué sabrosas…!
Desde el rincón, miraba él por el rabillo del ojo hacia la puerta sin
atreverse a arrostrar la curiosidad de los comensales. Se reían, y la
niña bonita se había levantado para verle mejor.
Por fin el plato se quedó vacío, y el mismo niño rubio le trajo
pasas, almendras y una golosina amarilla, redonda, lustrosa como
cristal, por de fuera dura y quebradiza como caramelo, por dentro
blanda y más dulce y rica que todas las mieles posibles… Los de
la mesa dejaron de fijar su atención en el héroe. Allí no se pensaba
ya más que en beber. El de la voz hermosa debía de ser una humana bodega, según lo que podía almacenar dentro de su cuerpo;
las niñas hacían melindres, el otro las llamaba cobardes y ñoñas.
Risas y más risas, apremios, protestas, carcajadas, mucho de no por
Dios; repetición incesante del vamos, Amparo, esta copita; luego
otra voz ay, no, no, don Pedro, por Dios. Y después, Jesús, qué
melindrosa… Pero usted me quiere emborrachar… vamos… así,
valiente… ¡Ay cómo pica!
Don Florencio, como fanático por las aguas de Madrid31, apenas probaba el Valdepeñas. El héroe le oyó abominar con sesudas
31
La fama de las aguas de Madrid era proverbial. El propio Galdós comenta
«Es fama que a todos los que viene a Madrid se les desarrolla un voraz apetito;
y esto, si acaso es cierto, se debe, al decir de los fanáticos, al agua de Lozoya»
(«Madrid» en Fisonomías sociales: 57). En el manuscrito conservado, Galdós atribuía a don Florentino la afición y defensa del vino de Valdepeñas; no sabemos en
128
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ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
razones del ardiente Jerez, y sobre todo, de los vinos compuestos,
licores y demás brebajes extranjeros.
–¿Te gustan los oscuritos y manchados o los rubios y flojos? –le
oyó decir Felipe aludiendo sin duda a los cigarros, que mostraba en
una envoltura de papel–. Son de estanco, pero bien escogiditos.
–A ver éste, qué le parece a usted –dijo el otro sacando un
manojo de brevas negras y olorosas.
–Hombre, eso es más fuerte que la pez. Yo no salgo de mis
coraceros32. Gracias…
Restallaron las cerillas… Humo.
Y al poco rato vio Centeno asomar por la puerta un señor no
muy alto, doblado y potente, todo vestido de negro. El rostro hacía
juego con el traje, pues era muy moreno. Bien afeitada la barba,
los cañones negros sobre la cárdena piel, cruelmente tundida por la
navaja, dábanle como aspecto de figura de bronce. Traía en la boca
un desmedido puro, del cual debía de sacar mucho gusto, según la
fe con que lo chupaba.
Bastaba mirarle una vez para ver cómo salía a la superficie
de aquella constitución sanguínea, la conciencia fisiológica, el yo
animal33, que en aquel caso estaba recogido en sí mismo con indolencia, meditando en los términos de una digestión satisfactoria.
Paso a paso llegó hasta el héroe, y le miró de pies a cabeza sin decir
nada. Felipe, sobrecogido de respeto, que casi rayaba en terror, se
puso en pie y esperó… ¡Qué ojos los de aquel hombre!
qué fase del trabajo decidió cambiarlo por la divertida manía del sibaritismo de las
aguas que le atribuye.
32
Las brevas y los puros coraceros: eran dos tipos de cigarros puros muy
populares, de bajo precio. Los segundos eran mucho más fuertes, en consonancia con
la primera acepción del vocablo asociada a un tipo de arma. En El mundo cómico,
un gracioso poema titulado «Suicidio inconsciente» narra la muerte de un hombre
que entre gritos anuncia que se ha envenenado. La conclusión, tras la búsqueda del
veneno, es que «Sufriendo dolores hartos/murió el pobre caballero./Le envenenó un
coracero/de esos que cuestan tres cuartos» (16 de agosto de 1874, p. 6).
33
Constitución sanguínea, conciencia fisiológica el yo animal: el narrador
incorpora conceptos prototípicos de las ideas científicas de la época asumidas por
el Naturalismo francés y español, aunque en otros momentos ironice sobre el determinismo fisiológico.
129
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
IV
Aquella casa de recogimiento y estudio, aquel monasterio de
la ciencia se parece a una casa de la vecindad de las más vulgares.
Los que allí entran con el espíritu abrasado en esa fe de la Cien
cia34, que escala real y verdaderamente los cielos, creen percibir ecos
misteriosos de las altas armonías sidéreas (es que la poesía se mete
en todas partes, aun donde parece que no la llaman, y así, cuando
se cree encontrarla en los arroyuelos, aparece en las matemáticas.
¡Cuántas veces, en un bosque de versos, no se encuentran ni rastros
de ella, y se la ve callada, discreta, vestida con túnica de verdad, en
la zarza luminosa de una fórmula, enteramente contraria a las formas
del Arte!…). Pero los que entran en aquel recinto como se entra en
la oficina del Estado donde se hace el Almanaque, no oyen cosa
34
Monasterio de la ciencia, fe de la ciencia, armonías sidéreas: las metáforas
religiosas son frecuentes en la terminología de las ciencias sociales, de la política y
la prensa de la época, donde no eran extrañas las expresiones apóstol o fe. Galdós
utiliza y expande con ironía estas fórmulas, en el contexto del armonismo entre
Ciencia y Religión que forma parte de las polémicas de la época y que en nuestra
novela se plasman sobre todo en las propuestas arbitristas de Federico Ruiz. En
Montes de Oca, por citar otro caso, con el simple procedimiento del subrayado en
bastardillas Galdós se burla de los tópicos con que Don José del Milagro exaltaba en
sus peroratas la figura de Espartero: «…llamándole libertador, pacificador y apóstol
de todos los adelantos» (cap. II, ii). La intención irónica persiste en denominaciones semejantes cuando aparecen en nuestra novela aplicadas a Ido del Sagrario,
a Ruiz, a Don Jesús Delgado… Galdós se sirve irónicamente de este vocabulario
figurado religioso que era tan usual en los escritos de los primeros socialistas y
en artículos periodísticos, como ha mostrado M. P. Battaner, quien anota términos
como apóstol, mártir, dogma, etc. (Battaner: 197-198).
Desde este momento, el lector notará cómo el lenguaje figurado crea amplias
redes de efecto humorístico sobre «religión». Diversos fanáticos hacen de manías
como la limpieza o la oratoria su religión, hay una misa astronómica, figurados
sacristanes, sacerdotes y sacerdotisas, manejo del pan eucarístico, una casa es
templo de los misterios, etc. La fraseología también redondea a menudo este léxico,
como se podrá observar en toda la novela: «creer como el Evangelio», «en los quintos infiernos», «donde Cristo dio las tres voces», «no hay ni un sacramento», etc.
Y algunas frases de los personajes en estilo directo cooperan, como al desgaire,
en esta terminología. Así, en capítulo VII, iv, Poleró afirma: «No hay cosa más
cargante que un moralista que no sabe dónde pone el púlpito» (el subrayado es nuestro en todos los casos).
130
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
alguna, como no sea la voz casi sublime de don Florencio Morá…
les y Temprado, ni ven más que la arquitectura pobre y sin majestad,
las dos escaleras, en cuyos descansos se abren las puertas de las
habitaciones de los astrónomos, los farolillos de aceite destinados
al alumbrado nocturno, verdes, con una montera corva que parece
morrión de coracero35.
Concluida la observación, Ruiz echó la llave a la sala de la
ecuatorial y bajó a su habitación. Miquis y Cienfuegos le oyeron
leer su comedia, y la encontraron muy buena, como pasa siempre
en estas lecturas de familia. Parecerá extraño que un astrónomo
haga comedias; pero ya se sabe que aquí servimos para todo. ¿No
fue director del Observatorio un célebre poeta? Anda con Dios, que
por algo son hermanas las Musas. Ruiz tenía imaginación, y volvía
sus ojos, cansados de escudriñar el Cielo, hacia el aparatoso arte
del teatro, único que da fama y provecho. Creía él que se puede
sobresalir igualmente en labores tan distintas; su espíritu fluctuaba
entre el Arte y la Ciencia, víctima de esa perplejidad puramente
española, cuyo origen hay que buscar en las condiciones indecisas de nuestro organismo social36, que es un organismo vacilante y
como interino. El escaso sueldo, la inseguridad, el poco estímulo,
entibiaban el ardor científico de Federico Ruiz. ¿Para qué se metía
a descubrir asteroides, si nadie se lo había de agradecer como no
fuera el asteroide mismo?… España es un país de romance. Todo sale
conforme a la savia versificante que corre por las venas del cuerpo
social. Se pone un hombre a cualquier trabajo duro y prosaico, y
sin saber cómo, le sale una comedia.
Después que Federico Ruiz leyó la suya, empezaron las disputas. Los tres se habían creído indignos de tener opinión, si no la
manifestaran bien adornada de manotadas, aspavientos y porrazos
35
Morrión de coracero: el vistoso adorno (normalmente con penachos de
plumas) de los cascos de los soldados de caballerías armados con corazas, o co
raceros.
36
Organismo social, venas del cuerpo social: es ejemplo de la terminología
regeneracionista que desarrolla las alegorías organicistas, y de la que Galdós se hace
eco a menudo, según he mostrado en otro lugar (I. Román, «Galdós y el Regeneracionismo»).
131
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El doctor Centeno
sobre la mesa. Las ideas democráticas, que aún no habían perdido
la timidez de la virginidad, el viejo romanticismo, la música clásica,
recién venida, gemían en el yunque de aquella disputa, y la sintaxis
lloraba lágrimas de solecismos al verse en tales trotes. La lógica,
descoyuntada en potro, daba chillidos de sofismas y se vengaba de
sus verdugos, aparentando probar las cosas más absurdas, y por
último los conceptos convencionales, disfrazados de axiomas, salían
por encima de todo, soberbios o insolentes, embozados en la mala
fe. Pasó mucho tiempo en estas controversias ociosas, que eran
como la esgrima de los entendimientos, ávidos de ensayarse para
el presagiado combate37. Hubo mucho de pues yo sostengo que hoy
por hoy… y aquello de dígase lo que se quiera, la verdad es…
Oyóse más de una vez el porque yo soy muy lógico… y no faltó el
yo tengo muy estudiada esa cuestión…
Los instantes volaban. Los minutos corrían con cierta familiaridad juguetona, que no está fuera de lugar en la casa del tiempo38.
De pronto vieron los disputadores que entraba en la habitación
don Florencio, con una bandeja de dulces, copas y una botella.
Recibiéronle con alegría, y él, gozoso y lleno de bondad, les dijo
al ver su sorpresa:
–Pues qué, señores, ¿no sabían que hoy, 11 de febrero, celebro
los días de mi mujer, que se llama Saturna?
–¡Qué gracioso…! –observó Miquis–. Por el nombre de su
señora de usted, parece que es esposa de un astro39.
–Se llama Saturnina, señor de Miquis.
37
El presagiado combate: muy galdosiano es el presentar la discusión como
combate o lucha en la cual el interlocutor actúa como contrincante que, con ínfulas
oratorias de orador doméstico, se sirve de las palabras para apabullar y vencer a
«su contrario».
38
Los instantes volaban. Los minutos corrían con cierta familiaridad jugue
tona, que no está fuera de lugar en la casa del tiempo: Galdós juega con frases
hechas del tipo «el tiempo vuela», y las rehace creando una especia de greguería
al adaptarla en este punto al contexto de la diégesis, el del Observatorio astro
nómico.
39
Galdós busca a veces jugar con los nombres propios, como resulta explícito
en este caso, en el que el comentario de Miquis subraya la graciosa coincidencia
del nombre de Saturna.
132
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
–Por muchos años…
No estuvieron reacios los tres amigos en la aceptación del obsequio. Don Florencio, escanciando el Jerez, habló un poco de asuntos
de la casa… El señor director volvería pronto de Alemania… Se
iban a emprender algunas obras en la meridiana y en la biblioteca…
Había llegado un gran cajón con el nuevo barometrógrafo encargado
a Londres… Luego, volviéndose a Miquis, le dijo:
–¡Cuánto nos hemos reído con su amigo!
–¿Qué amigo?
–El de la capa, ese infeliz… Le hemos dado de comer, y nos
ha contado su historia… ¡Cómo se han reído las chicas!… ¡A Perico
le ha caído tan en gracia…! Le hemos hecho mil preguntas. Dice
que ha venido de su pueblo a patita para meterse de médico. ¡No,
no reírse, señores! Hay casos, hay casos. Yo soy viejo y he conocido
a don Lorenzo Arrazola40 empollando las lecciones, de noche, a la
luz de los portales de las casas… Éste apenas sabe leer; pero tiene
una viveza… Dice que estaba en unas minas, que es de la familia
de las piedras, y que a él se le ha puesto en la cabeza curar. Todo
su empeño es que le tomen de criado, y que le dejen aprender. ¡A
mi primo le ha entrado por el ojo derecho…! Entre paréntesis, creo
que conocen ustedes a don Pedro Polo y Cortés, capellán de las
monjas de San Fernando. Pero no sabrán que tiene una escuela muy
bien montada en el hermoso local que le han cedido las señoras a
espaldas del convento.
–Le conozco –dijo Miquis con malicia–. Es un cura muy gua
petón. Le he visto muchas noches por esas calles embozado en su
capa…
–Alto allá, niño. No haga usted suposiciones injuriosas…
40
D. Lorenzo Arrazola: su figura podría servir efectivamente de modelo a
cualquier joven pobre y voluntarioso. Como tantos chiquillos de familias pobres,
realizó sus primeros estudios en el seminario, tras lo cual se dedicó al estudio
jurídico. Además de ser catedrático de Derecho y Rector de la Universidad de Valladolid, llegó a diputado a Cortes con el Partido Moderado. Ya en fechas cercanas
al marco histórico de nuestra novela, alcanzó el cargo de Presidente del Consejo
de Ministros, aunque por poco tiempo, pues murió en 1864, a los 67 años.
133
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–Le he visto en el café…
–Alto…
–Pero, don Florencio, ¿esto es suponer mal? Esto significa que
el padre Polo no es hipócrita.
–Como simpático –dijo Cienfuegos usando un giro popular–,
lo es.
–Hombre que no gasta remilgos; pero que sabe su obligación
de sacerdote como pocos… Yo lo puedo asegurar así a los señores
que me escuchan –dijo con voz altisonante don Florencio, que admiraba mucho a Olózaga41 y tenía de cuando en cuando sus dejos y
sonsonetes oratorios–. Es Pedro de la mejor pasta de hombres que
conozco. Nada de hipocresías; no es él de esos que dicen una cosa
y hacen otra. Lleva el corazón en la mano, y todo cuanto tiene es
para los necesitados. Hay quien le critica porque gusta de vestir
bien de paisano. ¿Y qué, señores? Para ser bueno, ¿es preciso andar
cubierto de andrajos? Muchos conozco, señores, que andan por ahí
como anacoretas, y luego en el hogar doméstico… me callo.
–He oído que el padre Polo es furibundo gastrónomo…
–Alto ahí… Sobre eso también hay pareceres –añadió Morales
tomando asiento–. ¿Que le gusta comer bien en días señalados? Y
entre paréntesis42, señores, mi mujer nos ha dado hoy una comida…
41
El personaje admira el famoso fervor oratorio del progresista don Salustiano
de Olózaga. Más adelante se aludirá al inicio prometedor del Bienio Progresista
(1854-1856), tras la revolución popular de julio de 1854 que obligó a Isabel II a
entregar el Gobierno al general Espartero. Fue el inicio de la Unión Liberal de
O’Donnell como partido político, formado por moderados y progresistas, y de unas
nuevas Cortes constituyentes, aunque la nueva Constitución, más progresista que
la anterior de 1845, no llegara a ponerse en vigor. El marco histórico de la novela
transcurre en dos años en los que la Unión Liberal se descompone, pues sus miembros progresistas radicalizan sus postura contraria a la reina Isabel. Esta oposición
entre moderados y progresistas acérrimos –al modo de Olózaga– está presente en
las conversaciones de los personajes en la novela.
42
«Entre paréntesis» será la muletilla favorita de Morales. Cienfuegos, más adelante, la ridiculiza con guasa incorporándola a sus comentarios. La oratoria casera
incluye también fórmulas del lenguaje político, como «cábeme la satisfacción».
Galdós se ocupa finamente de la pragmática de las conversaciones: prosodia y tono,
gesticulación, reacciones de los interlocutores, interrupciones, suspensiones, reticen-
134
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
francamente, creo que ni en Palacio. Volviendo al punto que se
debate, diré que sí, ciertamente, a Perico le gustan los buenos pla
tos… Y entre paréntesis, ¿saben ustedes que poquito a poco se ha
ido haciendo predicador, y es hoy uno de los mejores que tiene
Madrid? Yo soy viejo, he oído muchos oradores en las Cortes, en
la Cátedra del Espíritu Santo, y cábeme la satisfacción…
–Muy bien –clamaron los tres aplaudiendo–.
–Cábeme la satisfacción…
–No se corte usted a lo mejor… Adelante.
–Entre paréntesis –dijo Cienfuegos con viveza–. También ha
tenido usted hoy a su mesa dos chicas preciosas.
–Son hijas de un pariente, el conserje de la Escuela de Farmacia; Amparo y Refugio, dos ángeles, señor de Cienfuegos; trabajadorcitas, modestas. ¡Cómo se han reído con las cosas de Pedro!
Porque Pedro es hombre de mucha sal… ¡Y qué corazón, señores!
Un ejemplo: vio a ese chico, le encontró simpático y listo. A todos
nos daba mucha lástima. Al instante Pedro se volvió a mí y me dijo:
«Don Florencio, éste es un hombre: le tomo por mi cuenta». Y yo le
dije: «Llévale de criado y enséñale en tu escuela…». Entre paréntesis,
señores, los hombres que, como Pedro Polo, se lo deben todo a sí
mismos; los hombres que han trabajado para subir desde la nada de
su origen al todo de su posición actual, los hombres, en una palabra…
Ésta era ya demasiada oratoria para don Florencio. La plétora
de sus ideas le congestionó y no pudo concluir bien aquel brillante
rosario de conceptos.
–Quiero decir –prosiguió–, que estos hombres son los que
mejor pueden apreciar el mérito y las disposiciones… Volviendo al
importante asunto que nos ocupa, diré a los señores que me escuchan
que Pedro va a ser nombrado capellán honorario de Su Majestad.
Esto no es paja…
cias… Y el irónico narrador se permite añadir ocasionales comentarios metalingüísticos que califican lo recién emitido en estilo directo, juzgándolo como «discurso».
Es el caso del comentario «Esta era ya demasiada oratoria para don Florencio. La
plétora de sus ideas le congestionó y no pudo concluir aquel brillante rosario de
conceptos».
135
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–¿Qué ha da ser?… Pues no faltaba más…
–Pastor Díaz me le tuvo entre ceja y ceja para una canonjía43.
El padre Cirilo no le deja vivir… siempre con recaditos. Y no es
porque el primo de mi mujer sea de los aduladores de Su Eminencia
Ilustrísima. Al contrario, Pedro tiene pocos amigos entre la gente
eclesiástica. Entre paréntesis, no falta quien le critica por su, por
su, por su…
Don Florencio no encontraba la palabra; mas la suplía con un
vivo ademán que quería decir algo como franqueza, aires distinguidos, soltura…
–Y finalmente, señores, yo soy tan religioso como el primero; pero no me gustan curas retrógrados, sino que vivan con el
siglo…
–¡Que se resbala, don Florencio!
Ruiz no podía contener la risa.
–¡Si es un progresistón como una casa! –gritó Miquis, echando
el brazo por los hombros al bendito conserje.
–Alto allá, señores, atención… –manifestó gallardamente–. Vamos por partes…
–Está suscrito a Las Novedades y a La Iberia, y es el gran
amigote de Calvo Asensio44.
43
Pastor Díaz: el también escritor, periodista y político aparece en este contexto en su calidad de hombre extremadamente religioso, que a pesar del abandono
de sus estudios eclesiásticos para dedicarse al estudio de Derecho, se mantuvo en
celibato y con un comportamiento muy estricto toda su vida. Su actividad política
e influencias fueron intensas, y por las fechas de nuestra novela era Ministro de
Estado con la Unión Liberal de O’Donnell, y eventual Ministro de Gracia y Justicia
durante dos meses, hasta su muerte en marzo de 1863. La siguiente referencia al
Padre Cirilo nombra a uno de los miembros de la camarilla de la reina, objeto de
críticas y chascarrillos por su excesiva influencia en política.
44
Los tres datos señalarían jocosamente a un sospechoso de progresismo beligerante. Las Novedades, diario noticiero, barato y muy popular fundado en 1850, se
definía como progresista independiente en la década de los sesenta. Al calor de la
Revolución de 1854, llegó a superar una tirada diaria de 16.000 ejemplares y cuatro
ediciones. Las Tertulias Progresistas, creadas por Calvo Asensio con el fin de que no
decayesen los impulsos del Partido, recibían la asistencia de liberales particulares,
así como de ilustres políticos. En una de las «gacetillas» de La Iberia, en diciembre
136
PORTADA
ÍNDICE
I. Introducción a la Pedagogía
–Alto, alto… Orden, señores, orden. Respétese el sagrado de
las opiniones. Que Calvo y yo nos tuteemos, sólo quiere decir
que ambos somos de la Mota del Marqués, y que le conocí tamañito así.
–Vamos que este señor Morales y Temprado, bajo su capita
de santo –dijo Miquis–, es el revolucionario más atroz que hay en
Madrid.
–Señor de Miquis…
–Va disfrazado a la Tertulia progresista.
–Señores, si no tuviera el convencimiento –declamó don Florencio, levantándose un poquito enojado–, si no tuviera el convencimiento de que las palabras dichas por mi particular amigo el señor
don Alejandro Miquis45…
Era orador sin pensarlo aquel buen señor. Con qué majestad
prosiguió la cláusula, después de una pausa de efecto, diciendo:
–…son pura broma, creería que ya la juventud española había
perdido el respeto a las canas.
–No, don Florencio… ¡Viva don Florencio!
–Por Dios…
–Aquí entre amigos…
De pie, con la botella vacía en la mano, libre la otra para describir lentos y pomposos círculos en el aire, la gorra un poco echada
hacia atrás, el bigote más tieso y las mejillas un tanto encendidas,
de 1862, se informa del numerosísimo público que ha acudido a la inauguración de
la Tertulia Progresista en el nuevo local de la Carrera de San Jerónimo, y se explica
la formación de la nueva junta directiva: presidente por unanimidad don Salustiano
de Olózaga, vicepresidentes Calvo Asensio, Don Pascual Madoz y don Práxedes
Mateo Sagasta, secretario don Francisco Salmerón, entre otras importantes figuras
políticas.
45
Por mi particular amigo…: la fórmula oratoria queda destacada por el uso
de la cursiva, frecuentísimo en la literatura costumbrista y en la narrativa a lo largo
de todo el siglo XIX. El simple uso de las cursivas cumple una función metalingüística implícita, al señalar las palabras como «lenguaje»: texto ajeno, vocablos
extranjeros, discursos no creativos del personaje, etc. En este caso la oratoria de
Morales se apropia de sendas expresiones que cree de buen tono y de la oratoria
política: «particular amigo», «establecer bajo bases seguras una cuestión».
137
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
el insigne don Florencio fue soltando de sus autorizados labios estas
palabras, que ni de los de Solón salieran con más gravedad:
–Porque vamos a ver, señores; establezcamos bajo seguras bases
esta cuestión. De que a uno le guste la libertad, no se deduce, no
se puede deducir… de ningún modo se deduce…
–Pero ¿qué es lo que no se deduce?… –preguntó Alejandro
impaciente.
–No interrumpir. ¡Silencio en las tribunas!
–Entre paréntesis, señores, los que hemos andado a tiros con
los montemolinistas en Zaldívar y Estella46… Pero no, no quiero
tocar esta cuestión personal. Mis méritos son escasos, y los dejo
aparte. Resumiendo: yo he sido siempre un hombre de orden, muy
español, muy enemigo de lo extranjero y de la tiranía; pero… Entre
paréntesis, ahora me acuerdo de cuando el pobre Bartolo Gallardo
me decía: «Mientras haya curas no nos curaremos». Éramos muy
amigos. Tenía la cabeza del revés… Yo no fui ni soy de su parecer, y por eso digo: «Mucha libertad, mucha religión, para que el
mundo ande derecho». De otro modo no es posible, no señor, lo
sostengo… ¡Libertad, religión!… Y no me sacan de ahí. Olózaga,
en las Constituyentes del 55, pensaba lo mismo. ¿Para qué sirve la
libertad de cultos? Absolutamente para nada. Para que los demagogos, señores, insulten a los ministros del altar… Veo que se ríen.
Bueno, ríanse todo lo que quieran. Ustedes son unos polluelos que
no tienen mundo. Leen muchos libros, que yo no leo; pero no crean
que por eso saben más. ¡El mundo, la experiencia, los años! Esos,
esos, señor de Miquis, esos son mis libros. Cuando uno tiene la
cabeza llena de canas puede reírse de las ilusiones y desvaríos de
la juventud. Y veo que la juventud está hoy muy echada a perder.
¡Esas democracias extranjeras!… Si aquí tuviéramos juicio… Pero
46
Los montemolinistas en Zaldívar y Estella: no parece muy consistente la ideología del personaje, que mezcla enfoques difíciles de conciliar. Declara haber luchado
contra los montemolinistas, es decir, contra los carlistas partidarios de la línea hereditaria representada por Don Carlos, Conde de Montemolín. Se declara amigo del
anticlerical Gallardo, y al mismo tiempo apunta ideas conservadoras sobre la relación
de la iglesia con el estado, sobre la corona, el concepto de patriotismo, etcétera.
138
PORTADA
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I. Introducción a la Pedagogía
no, con eso de todo o nada nos están pervirtiendo…47 Yo conozco
gente de Palacio que me ha asegurado que no hay tales obstáculos
tradicionales… Aquí se habla más de la cuenta.
–Como que el mejor día me llaman al Duque48.
–No digo yo que al Duque precisamente –manifestó don Florencio de una manera augusta–, pero…
–Más vale que no nos lo diga usted…
–Que lo diga…
Don Florencio dio algunos pasos hacia la puerta, y de improviso
volvió acompañado de esta soberana idea:
47
Todo o nada: la famosa expresión del progresista don Salustiano de Olózaga fue pronunciada en mayo de 1864, y refleja cómo en esas fechas ya no era
partidario de acuerdo alguno, y solicitaba de modo intransigente la renuncia de la
reina Isabel. En el texto aparece subrayada en bastardillas ya como texto ajeno, y
es cierto que pasó a ser una fórmula frecuente en los revolucionarios que no se
avenían a transacciones políticas ni a a cesiones del Estado a la Iglesia Católica.
Todo o nada… es de aparición frecuente en los catálogos de disparates y lugares
comunes de los que se sirven los pretenciosos oradores domésticos en las novelas.
Es habitual que el narrador presente como tal catálogo o enumeración, desarticuladas y fuera de contexto, las frases hechas que sirven de comodín al personaje.
En La de Bringas reaparece esta y otras expresiones de época en boca de Pez,
ya como discurso repetido: «Últimamente se destacaba la voz de Pez, de un tono
íntimamente relacionado con su áureo bigote, que por la igualdad de los pelos
parecía artificial, y el efecto narcótico crecía… El tal no podía ver sin amarga
tristeza la situación a que habían llegado las cosas por culpa de unos y otros… La
revolución con su todo o nada y los moderados con su non possumus ponían al
país al borde de la pendiente, al borde del abismo, al borde del precipicio» (La de
Bringas, cap. XXVII). Enseguida aparecerá otra expresión de época, los «obstáculos
tradicionales», fórmula usada por el Partido Progresista para aludir a los sectores
que, en su opinión, no dudaban en servirse de medios ilegítimos para impedir su
regreso al poder. Como es de suponer, el periódico La Iberia (que consideraba ya
a la expresión como «frase sentenciosa» el 27 de septiembre de 1864, p. 2) critica
asiduamente a estos «obstáculos». El 3 de noviembre de 1864 publica un importante
Manifiesto de Olózaga y Juan Prim, muy duro contra la «maléfica influencia» (sic)
de las fuerzas reaccionarias.
48
El personaje apunta a la figura del general Espartero, Duque de la Victoria,
que había sido regente hasta 1843, cuando se puso fin precipitadamente a la minoría
de edad de la reina Isabel. No parece sino que la reina, acosada por los progresistas
que piden su destitución, necesitase otra vez el apoyo de su antiguo regente, que
llevaba más de una década alejado de la vida política.
139
PORTADA
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El doctor Centeno
–Yo digo que en la Europa hay tres hombres grandes, tres hombres de talento macho… y son: Napoleón III, el cardenal Antonelli
y don Salustiano de Olózaga49.
Y sin esperar respuesta, cual hombre convencido de que no
merecían escucharse los comentarios que se hicieran a su afirma
ción, dio otra vuelta a lo militar, y se fue diciendo:
–Señores, que haya salud, y que les aproveche.
Desapareció. Los tres amigos tuvieron la consideración de esperar a que estuviera lejos para soltar la risa, y tras la risa las agude
zas que a competencia descargaron sobre el bendito señor, hasta que
le dejaron bien acribillado… Era un progresista platónico y vergonzante que se iba callandito a la Tertulia algunas noches, y desde el
rincón donde se sentaba no perdía sílaba de los discursos. Pero sólo
gustaba de aquéllos que fuesen templados y juiciosos, y si le seducía
la sencillez elegante y la diplomática malicia de Olózaga, o la pedestre claridad de Madoz50, desde que algún orador fogoso se salía
con embozadas invectivas o con palabritas y donaires contrarios a la
religión, ya estaba mi hombre desasosegado y fuera de su centro. Se
escabullía con disimulo, y abandonaba el local, diciendo para sí:
49
Napoleón III, el cardenal Antonelli y D. Salustiano de Olózaga: es un procedimiento de caracterización ideológica el mostrar la posición de los interlocutores
sobre los asuntos candentes en el momento, las llamadas «cuestiones». En este caso
se trata de la «cuestión de Roma», de la que Galdós opinó en varios artículos de
1865 para el periódico liberal La Nación. No resulta muy consistente la ideología de
Morales, en su mezcla de figuras tan contrarias. El cardenal Giaccomo Antonelli,
secretario de estado de Pío IX, era lógicamente contrario al proyecto de unificación
de Italia por el que lucharon tanto los revolucionarios como el rey Víctor Manuel
y su ministro Cavour, contra el poder temporal del papado. Ya hacia 1858 comenzaron las intrigas para desproveer al Papa de su poder político, intrigas en las que
Napoleón III mantuvo al principio una posición ambigua, hasta acabar colaborando
con los contrarios al Papa. Los estados pontificios, tras ser reclamados por el rey y
su ministro Cavour, iban siendo anexionados por la fuerza desde febrero de 1860.
50
Madoz: Galdós admiraba mucho la figura de quien fue su director, en sus
primeras colaboraciones periodísticas en el diario liberal La Nación. Don Pascual Madoz encabezó la Coalición Progresista que se opuso a Espartero en 1843, y
que logró el triunfo de Olózaga. Tras ser nombrado ministro de Hacienda en 1855,
desarrolló su Ley de Desamortización, que algunos estudiosos consideran aún más
influyente que la más famosa de Mendizábal.
140
PORTADA
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I. Introducción a la Pedagogía
«Estos señores matarán al partido con su imprudencia… La
exageración es causa de todos los contratiempos del partido… Nada,
no conocen que todo se puede conciliar, el triunfo del partido y la
religión de nuestros mayores»51.
Su inteligencia, según decía Ruiz, era una petrificación, en
la cual se veían hasta tres ideas perfectamente conservadas, duras
o inmutables como las formas fósiles que un tiempo fueron seres
vivos52. No tenía vanidad sino para suponerse amigo de célebres
personajes, y decía: «Cuando Fermín Caballero y yo nos conocimos
en Barajas de Melo…» o bien: «Don Martín me contó tal o cual
cosa…», «Don Antonio González me quiso llevar a Londres cuando
fue a la embajada…»53.
Era hombre de gran sobriedad, enemigo de las bebidas espi
rituosas y aun de la horchata de cepas54; muy inteligente en aguas;
de estos catadores de manantiales que distinguen con admirable paladar el agua de la fuente del Berro de la de Alcubilla, y encuentran
diferencias notables entre la de la Encarnación y la del Retiro. Así,
en días señalados, se le veía descender al Prado y tomar asiento en
el banquillo de una aguadora, de quien era parroquiano, y allí ha
51
El narrador muestra una actitud bienhumorada y con toques de narración
oral, por ejemplo en el comentario «ya estaba mi hombre desasosegado». La aparente
ambigüedad del personaje se debe a la tibieza de su propio carácter, inclinado al
armonismo y a la conciliación, y temeroso de los desmanes revolucionarios.
52
Aunque atribuida a un personaje, resulta muy galdosiana la durísima metáfora
de la «petrificación del cerebro», asociada a personajes que no tienen más que dos
o tres ideas fijas.
53
Fermín Caballero, don Martín, Antonio González: el político y gran orador
progresista Fermín Caballero, que había sido alcalde de Madrid dos décadas antes,
contaba 63 años en la fecha en la que es mencionado. Por entonces acababa de
ganar un Premio por su Memoria sobre el Fomento de la población rural. Antonio
González fue ministro de Gracia y Justicia en 1838, mientras Fermín Caballero lo
era de Gobernación. Eran muy elogiados como oradores ya desde los tiempos en los
que junto a Olózaga y González Bravo acudían a la famosa Tertulia del Parnasillo
en el Café del Príncipe.
54
Horchata de cepas: debió de ser frecuente en Madrid esta expresión
eufemística («Al vino llaman algunos horchata de cepas», afirma Galdós en un
artículo de prensa) para una bebida tan popular y barata entonces como el vino.
Galdós asegura haber contado ochenta y ocho tabernas sólo en la calle de Toledo
(«Madrid», Fisonomías sociales: 59).
141
PORTADA
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El doctor Centeno
cerse servir un gran vaso de Cibeles o el Berro, el cual iba bebiendo
a sorbos, paladeándolo y gustándolo con más chasqueteo de lengua
que si fuera manzanilla de Sanlúcar o amontillado de treinta años.
Su pericia en esta materia, con doctas aplicaciones a la Geografía,
se mostraba siempre que en su presencia se hablaba de viajes por
pueblos o ciudades famosas. Él ilustraba las discusiones diciendo:
«¡Oh, Bustarviejo!… ¡pueblo de muy buenas aguas!» y otras veces
su desdén de todo lo extranjero encontraba ocasión de enaltecer la
patria de este modo: «¡Bah, París!… pueblo donde no se puede beber
un triste vaso de agua…».
Desde su edición pequeña de Las Novedades55 observaba el
movimiento político, sin comprender de él más que la superficie
bullanguera y la palabrería rutinaria. A veces hallaba en su diario
alguna cosa ininteligible, algo que era como los escalofríos y el
amargor de boca del cuerpo social y síntoma de su escondida fiebre56. Entonces se llevaba el dedo a la frente, afectaba penetración,
y risueño, borracho de agua, decía a su consorte:
–Saturna: ¡qué cosas escriben estos haraganes para hacer reír
a la gente!
V
Las cuatro serían cuando Miquis bajó y con él sus amigos. Ya
no estaba su protegido en el lugar donde le había dejado, sino junto
55
Al igual que La Iberia, Las Novedades distribuía también una edición
pequeña. Como en otros muchos lugares, el autor es muy crítico con la adquisición
de una conciencia política «por contagio», sin razonamientos personales, de lo que
eran en buena parte responsables los artículos de la prensa política ejemplificada
aquí en Las Novedades. Pardo Bazán comparte la preocupación por el inmenso
influjo del estilo político de la prensa, y desarrolla en La Tribuna el proceso de
toma de conciencia social por parte de Amparo: la apropiación por contagio de las
ideas expuestas por la prensa revolucionaria de un modo volcánico.
56
Reaparece aquí la terminología organicista que se sirve de símiles biológi
cos aplicados a la vida social (cuerpo social), con sus enfermedades y necesidad
de remedios.
142
PORTADA
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I. Introducción a la Pedagogía
al pórtico norte del edificio, viendo cómo discurrían con algazara,
por entre los setos de evónyimus y aligustre, las dos niñas bonitas
y el reverendo primo de la esposa de Morales. Ésta y el propio
Morá…les y Temprado gozaban de los últimos rayos del sol en la
columnata del Observatorio viejo, dando palique a una señora mayor que les acompañaba. Dos niños jugaban en la explanada meridio
nal, oprimiendo alternativamente los lomos de un caballo de palo.
–Mire, señor –dijo Felipe a su protector, agarrándole de un
faldón–; mire aquel caballero que allí está con esas señoritucas…
Me va a desasnar.
–Buena falta tienes…
–Me toma de criado… tiene discuela… Mañana voy…
Ruiz y Cienfuegos se decían disimuladamente cosas picantes
sobre las dos agradabilísimas niñas del conserje de la Escuela de
Farmacia… Mas no se entienda que de esta murmuración saliese
concepto alguno contrario a la buena fama de las tales, siendo todo
referente a recuerdos de Ruiz, a la hermosura de ellas y al gusto
que ambos tendrían en tratarlas con la mayor confianza. Cienfuegos
las había visto en el paraíso del Real y casi había hablado algunas
palabras con la menor, que era la menos bonita y tenía un defecto.
Faltábale un diente. A la mayor se le podía decir, como a Dulcinea,
alta de pechos y ademán brioso. Tenía lo que llaman ángel, expre
sión de dulzura y tristeza, y un hermosísimo pelo castaño, que po
dría figurar allá arriba, allá, en la constelación del León junto a la
cabellera de Berenice57.
¡Lástima grande que se notara en su cuerpo cierta tendencia
a engrosar más de lo que pedían la justa proporción y repartimiento de las formas humanas! Era, no obstante, ágil y airosa.
Pusiéranle túnica griega y bien podría pasar por Diana la caza
57
El narrador dota de un efecto cómico a la denominación astronómica «Cabellera de Berenice», asociada elogiosamente en el mismo párrafo con la cabellera
–ya real, no figurada– de la mayor de las hermanas Sánchez Emperador. La ironía
galdosiana nos hará saber en el capítulo III, i, que entre otras analogías, Ruiz
propone que la Cabellera de Berenice cambie su nombre por el de la Magdalena,
pecadora arrepentida que tendría relación con Amparo.
143
PORTADA
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El doctor Centeno
dora, que, según dice Pausanias, era de formas redonditas, o por
Cibeles, la que dio vida a tantísimos dioses. Luego, aquel cuello
blanco, torneado…
¡Adiós!, desaparecieron las dos y don Pedro tras aquellos arbolitos y ya no se les vio más. La tarde caía.
–Vamos –dijo Miquis, poniéndose su capa, que le entregó Fe
lipe–.
Aún estuvieron mucho tiempo allí, porque don Florencio pegó
la hebra con Cienfuegos, y entre hablar de tal o cual cosa, y despedirse y volverse a despedir, y ofrecimiento por acá, congratulación
por allá, se vino el crepúsculo encima quedamente. Fresquecillo
picante convidaba a todos a marcharse. Ruiz se volvió a su casa.
Cuando Cienfuegos y Miquis bajaban la cuesta, éste se sintió detenido por una tímida fuerza que le atenazaba el borde de la capa;
volvióse y vio al más humilde de los héroes, que con gran consternación le dijo:
–Señor, ¿se va sin decirme nada?
–Es verdad: ¡ya no me acordaba de ti! Ven con nosotros.
Ligerísimo, expresando su afecto con saltos, como un perrillo, emprendió Felipe la marcha al lado de su protector. No puede
formarse idea de lo que padeció su dignidad al oír decir a Cienfuegos:
–¿Estás loco? ¿A dónde vas con ese espantajo?
–A casa. Le voy a dar ropa.
–¡Ropa!… Mañana voy con aquel caballero… A las ocho, a
las ocho… Me toma de criado, y me enseña todo lo que sabe –dijo
Felipe brincando.
–¿Te pondrías tú unas botas mías?
–¿Qué hacer…?
–Pues yo le voy a regalar una corbata verde –indicó Cienfuegos.
–Y tengo yo una levita, que se la podría poner un duque.
Oyendo tales cosas, veía el bueno de Felipe delante de sí
mundo risueño de comodidades, glorias, grandezas y regalo. El
cielo se abría plegando su azul, como las cortinas de un guarda144
PORTADA
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I. Introducción a la Pedagogía
rropa, y mostraba una y otra prenda; ésta para invierno, aquélla
para verano; y tras la ropa mil objetos de lujo y opulencia, como
por ejemplo: varias cajas de cerillas, un bastoncito, un reloj con tres
varas de cadena, anillos, una cartera con su lapicito para apuntar,
paraguas, etcétera58.
–Y dos camisas viejas, ¿qué tal te vendrían?
–Vamos, que tengo yo un cinturón de gimnasia que no me
sirve para nada…
–Y yo un sombrero número 3. ¿Te lo pondrás?
Felipe brincaba. Su gratitud no podía ser elocuente de otro
modo.
–Es tarde –dijo Cienfuegos avivando el paso–. Doña Virginia
se va a poner furiosa porque tardamos.
–¡Valiente cuidado me da a mí doña Virginia!
–Di, Felipe, ¿dormirías tú en una cama de colchones si te pu
sieran en ella?
Felipe, atacado de un gozo convulsivo, echó a correr, desapareció. Al poco rato, Miquis le sintió a su espalda, imitando con
donosura infantil el ladrar de un cachorrillo.
A trechos con prisa, a trechos lentamente, disputando en cada
esquina y pasando repetidas veces de una acera a otra, llegaron
los dos amigos y su protegido al centro de Madrid. Por cualquier
motivo fútil, cuando no lo había de importancia, habían de estar
siempre cuestionando y riñendo Miquis y Cienfuegos. En ellos la
amistad no habría tenido goces, despojada de la irritación de la
controversia, y de aquel dramático interés que provenía de las frecuentes embestidas entre uno y otro temperamento. Lo que hablaron,
lo que argumentaron, lo que por aquella simpleza de ir a prisa o
ir despacio dijeron, no se puede contar. A poco más pasan de las
palabras a las obras.
58
Aunque el párrafo expresa la percepción de Felipe («oyendo…», «veía…»),
el estilo figurado desarrolla creativamente la frase hecha «ver el cielo abierto», sobre
cuyo sentido literal se imagina que para el niño se descorren las cortinas celestes
de un figurado armario con las ropillas que nunca ha tenido.
145
PORTADA
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El doctor Centeno
–Es que no me gusta que esperen por mí.
–Mira no te vaya a comer doña Virginia…
–No es sino que…
–No me vengas a mí con…
–Bruto, no es eso…
–Animal, no se puede tratar contigo…
Llegaron por fin a su casa, que era de las que llamamos de
huéspedes, y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle
situada en un barrio peor, la cual si llevara nombre de varón como
lo lleva de hembra, se llamaría del Rinoceronte59. Subieron al
cuarto, que era segundo con entresuelo, por la mal pintada, peor
barrida y mucho peor alumbrada escalera, y antes de que llamaran
abrió con estruendo la puerta una hermosa harpía, que en tono
iracundo les increpó de esta manera:
–¿Son éstas horas de venir a comer? ¡Qué señores estos! No se
puede con ellos. Usted, don Alejandro, tiene la culpa.
–Señora, ¿quiere usted irse a…?
–¿A dónde, a dónde?
–A donde usted quiera.
Acobardado Felipe por el destemplado lenguaje de aquella
matrona, se detuvo en el último escalón, mirando con ansiedad a
la puerta, que se iba a cerrar ante él. Retrocedió Alejandro para
llamarle; mas cuando la señora, tan guapa como furiosa, oyó que
Miquis decía: «entra, muchacho», se arrebató más, cerró de golpe,
y he aquí sus dramáticos acentos, conservados por un erudito averiguador:
59
Fingiendo pacatería, el narrador elude mencionar el nombre exacto de la
calle, y a cambio plantea una especie de jeroglífico para que el lector madrileño
adivine a qué se refiere. Se trata de la Calle de la Abada (nombre portugués del
rinoceronte), situada cerca de la Plaza del Carmen. La humorística reticencia se
debe a una leyenda «erótica» sobre el supuesto rinoceronte que se exhibió en esa
calle en el siglo XVI: al parecer, algunos poderosos madrileños, convencidos del
poder afrodisíaco de los cuernos del animal, lo mataron para convertir en polvos
sus cuernos. Por toda España y Europa se vendieron anillos y polvos de cuerno,
para el aumento de la potencia sexual del varón.
146
PORTADA
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I. Introducción a la Pedagogía
–Pero qué… ¿Habráse visto? ¿Otra vez me trae estafermos de
la calle?… No faltaba más…
–Señora –dijo Miquis con zalamería–. Si no me deja usted
hablar, no hay medio de entendernos. Yo sólo quería pedir a
usted tuviese la bondad de dejar dormir a ese chico en la buhardilla.
Oír esto y volarse fue todo uno. Los demás huéspedes acudieron
al ruido, curiosos de ver lo que pasaba.
–¿Qué les parece a ustedes este don Alejandro?… –prosiguió
la dueña de la casa, pasando ya del furor a las burlas–. Niño, ¿es
esto una hermandad para recoger pobres?… El mes pasado me
trajo un italiano de esos que tocan el arpa; hace días un viejo ciego
con joroba y clarinete, y hoy… Vaya unos amigos que se echa
el tal don Alejandro. Y no pide nada… que les ponga cama en la
buhardilla, que les dé de comer… Vaya, señores, a la mesa, a la
mesa.
Entre tanto, Miquis acercaba su rostro al ventanillo y por el
enrejado de cobre decía:
–Felipito, Felipito…
–Señor…
–Espérese usted ahí un momentito…
Los compañeros de hospedaje se burlaban, y la misma doña
Virginia, pasado aquel primer chispazo de ira, se reía también,
diciendo:
–¡Pobre don Alejandro!… Es un buenazo.
Y no paró en esto su desenojo, sino que, mientras se servía
la sopa, fue adentro y sacó pedazos de pan, queso y golosinas, y
poniéndolo todo en un papel salió a la escalera. Al poco rato volvió al comedor asustada, con las manos en la cabeza y riendo a
todo reír.
–Pero ¡qué loco, Virgen madre, qué loco!… Allá está dándole
ropa… Le ha dado el chaqué azul que no se ha puesto más que
tres veces… y dos camisas y unas botas enteramente nuevas…
¡Jesús, Jesús!
147
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
En el extremo de la mesa sonó una voz campanuda, dictatorial, que separando con pausa las sílabas, promulgó esta sesuda
frase:
–Acabará en San Bernardino60.
60
Acabará en San Bernardino: es frecuente en la narrativa de Galdós que
los personajes se refieran al «acabar en San Bernardino» en alusión al ahogo eco
nómico. Nótese en este pasaje cómo el autor atiende de nuevo al contexto pragmático de las situaciones orales: la voz, entonación, énfasis, gesticulación… En este
caso, el verbum dicendi que introduce lo que el personaje dirá en estilo directo
–juzgado ya como redonda «frase»– es además un potente verbo metafórico: «promulgó». Explica Mesonero Romanos que el asilo de mendigos de San Bernardino
se fundó por Real Orden en agosto de 1834, como consecuencia de la epidemia de
cólera morbo que azotó Madrid. Para ello se utilizó el antiguo convento de San
Bernardino ubicado extra-muros de Madrid. Los pobres en él recogidos, «están
divididos en brigadas y escuadras», según señala Mesonero: unos se dedican a
tareas logísticas internas del asilo (cocina, lavadero, etc.) y otros a tareas fuera del
asilo (Manual histórico-topográfico, administrativo y artístico de Madrid, 1844:
331-332). En Miau, donde abundan estas referencias, el narrador resume en capítulo
XXVI, con irónicos eufemismos ennoblecedores, los comentarios del cesante a su
desarreglada mujer: «…y que la familia no debía edificar castillos en el aire, sino
irse preparando para un viaje de recreo a San Bernardino». En Misericordia, Benina
y Almudena son llevados por la fuerza a este asilo mientras estaban mendigando,
en capítulo XXXI. Se encuentran allí una sala fétida con medio centenar de ancianos de ambos sexos, muy lejos ya del orden y pulcritud que Mesonero reflejó con
admiración en su Manual.
148
PORTADA
ÍNDICE
II
Pedagogía
I
Dice Clío, entre otras cosas de menor importancia quizás61,
que don Pedro Polo y Cortés se levantaba al amanecer, bajaba a
la iglesia de las monjas, decía su misa, se desayunaba en la sacristía, fumaba un cigarrillo, volvía después a su casa, charlaba con su
madre por espacio de un cuarto de hora, cambiaba de ropa, daba
un suspiro… Todo esto ocurría invariablemente día por día, sin que
nada faltase, ni el chocolate, ni el suspiro. Esto último era como la
señal para entrar en el local de la escuela, cuyas puertas se abrían
a las ocho en verano y a las nueve en invierno62.
Hemos dicho que se abrían las puertas. ¡María Santísima!, ¡qué
ruido, qué pataditas, qué empujones! La vetusta casa temblaba como
61
Dice Clío…: según se explica en el Estudio Preliminar, las apelaciones hu
morísticas a la musa de la Historia crean el efecto de biografía documental de un
ser pequeño, por lo que respecta a Felipe. Para otros personajes, es citada como
fuente de detalles intranscendentes y hasta chismográficos. Con la información
introducida por «Dice Clío…», el narrador se desvincula humorísticamente de la
responsabilidad sobre el material que ofrece, achacándolo a la musa como aucto
ritas o fuente.
62
La enseñanza privada en escuelas abiertas por sacerdotes como Pedro Polo
era una práctica común, a consecuencia de las concesiones que los moderados hicieron a la iglesia en el Concordato de 1851 y la Ley Moyano de Educación, que permitía la actividad docente de los religiosos sin exigirles ninguna titulación para
ello, al contrario que a cualquier particular que desease establecer un centro de
enseñanza (cfr. Ruiz de Azúa: 418).
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
en amenaza de desplomarse. Y el estruendo duraba hasta que aparecía don Pedro, no diré repartiendo bofetones, sino sembrándolos
con gesto semejante al del labrador que arroja en tierra la semilla.
Luego daba una gran voz. ¡Vaya un silencio, camaradas!63 Creo que
se podría oír el ruido que hiciera una mosca frotándose la trompa
con las patas… Después, poquito a poquito, saltaba un murmullo,
una sílaba, una palabra, y de esto se iba formando susurro hondo
y creciente que no se sabe a dónde llegaría si don Pedro con su
potente quos ego no lo atajara64.
Había un pasante a quien llamaban don José Ido65, hombre
aplicadísimo a su deber, pálido como un cirio y con ciertos lóbulos
63
De nuevo el narrador se sirve de un estilo expresivo familiar que evoca el
de un relato oral a un grupo de amigos, corroborado por el posterior «¡Vaya un silencio, camaradas!».
64
Con su potente quos ego: de los versos 130 y siguientes del libro I de La
Eneida de Virgilio se extrajo la expresión quos ego, que acabó como frase hecha
para aludir a las amenazas de una persona fuerte o imponente. En estos versos Neptuno muestra su furia ante los vientos que en forma de tormenta habían destrozado
las naves de Eneas. El «Quos ego… (a estos, yo…)» virgiliano era frase sin verbo,
truncada por la ira del dios del mar que amenaza con su tridente a los inmmitens
ventos. En ocasiones los cronistas de la prensa desarrollan figuradamente el contexto
marinero de la cita, sobre todo en artículos políticos que aluden a los vientos, tor
mentas, tempestades… de la convulsa vida política. Por ejemplo, en este pasaje de
una carta ficticia a Ruiz Zorrilla: «¡Usted, quos ego… de las tormentas políticas en
España, dejar el tridente de la revolución…» (La Dinastía, 2 de septiembre de 1887,
p. 1). En el episodio Mendizábal, Fernando Calpena habla a Hillo de «…los que
calman las olas revolucionarias con el quos ego del amigo Neptuno» (cap. IV).
En el muy informativo capítulo XX de la novela Pedro Sánchez, Pereda pone
en la voz de su personaje narrador un inventario de las frases de moda. El improvisado cronista literario de periódicos que fue durante un tiempo Pedro, tuvo
que apropiarse de decenas de expresiones latinas; entre ellas, quos ego: «También
habían llegado a mis oídos, como modelos de arranque sublimemente enérgico, los
famosos Quos ego, de Virgilio en boca de Neptuno, para apaciguar una tempestad,
y ¡Qui’l morût! del viejo Horacio en la tragedia de Corneille. ¡Mucho juego me
dieron estas palabrotas!».
65
El trabajo de pasante de escuela, ayudante del maestro titular, se intentó
regular a partir de la reforma de las escuelas públicas de Madrid impulsada en
1849: desde entonces cada escuela debería tener un pasante por cada 80 alumnos,
se exigiría al pasante el título de maestro y se estipulaba un sueldo de 2200 reales
anuales para las escuelas de niños y 1500 para las de niñas (Ruiz de Azúa: 433).
150
PORTADA
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II. Pedagogía
o berrugones que parecían gotas de cera que le escurrían por la
cara; de expresión llorosa y mística, flaco, exangüe, espiritado; ma
nifestando en todo las congojas de una de esas vidas de abnegación
y sacrificio heroicamente consagradas a la infancia. Tenía en la
frente un mechón de negros y espeluznados cabellos que parecía un
pábilo humeante, y en sus ojos, siempre mojados, chisporroteaban,
con la humedad y el pestañeo, las más desgarradoras elegías66. Era
el mártir oscuro y sin fama de la instrucción, el padre de las gene
raciones, el fundamento de infinitas glorias, la piedra angular de
tantas fortunas y de preclaros hechos67. Políticos que habéis firmado
sabias leyes; ministros que con un meneo de rúbrica lleváis diariamente la felicidad al corazón de vuestros amigos; negociantes que
autorizáis un crédito; notarios que dais fe; poetas que conmovéis la
muchedumbre; jurisconsultos que lucháis por el derecho; médicos
que curáis, y periodistas que escribís y amantes que fatigáis el correo, acordaos de don José Ido, que al poner una pluma en vuestra
mano torpe y al administraros el bautismo de tinta, iniciándoos
en la religión de la escritura, os dio diploma y título de cristianos
civilizados…
Sorprendentemente, el manuscrito de la novela no prevé en el capítulo I la figura
de Ido del Sagrario como pasante, tarea que ocupa la hermana de Polo.
66
Se ofrece un retrato, redondo en sí mismo como unidad en la novela, en el
que resuenan los ecos de la caricatura barroca y más concretamente, quevedesca.
La semejanza con un cirio de iglesia se desarrolla en el párrafo, completado en la
elocución con la expansión de la idea de «religión de la escritura».
67
Ido es presentado como «mártir» –como los serán también los niños– y como
«sacerdote» de la pésima enseñanza. Aparece la primera de las letanías, conjunto
de calificaciones yuxtapuestas, al hilo de la terminología religiosa figurada de la
que se sirve para rematar el retrato de Ido: «Era el mártir oscuro y sin fama de
la instrucción, el padre de las generaciones, el fundamento de infinitas glorias, la
piedra angular de tantas fortunas y de preclaros hechos». Las letanías burlonas,
de impulso claramente barroco, fueron cultivadas también por otros autores. Por
ejemplo, en el artículo costumbrista sobre el tipo de «El usurero» –que tiene gran
relación con el Torquemada que aparece en El doctor Centeno por vez primera–
explica Juan de Capua que los usureros de clase media son «practicantes de la
profesión, usureros de menor cuantía, corredores del oficio, corchetes de la ocasión,
corre-ve-y-diles de la trampa, sub-enredatarios del dolo, avenidas del ardid…» (En
Los españoles pintados por sí mismos: 334).
151
PORTADA
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El doctor Centeno
Porque el fuerte, o mejor dicho, el sacerdocio de nuestro don
José Ido, era la caligrafía. Enseñaba por el Evangelio de Iturzaeta68
una forma redonda, armónicamente compuesta de trazos gordos y
finos, con cada rasgo para arriba y para abajo que daba gloria, y un
golpe de mayúsculas que podría competir con lo mejor de los tiempos benedictinos. Cuando por encargo especial acometía un trabajo
de felicitación o cosa semejante, para implorar por cuenta propia
o ajena la benevolencia de cualquier magnate, eran de ver aquellas Emes iniciales con el cabello erizado de entusiasmo, aquellas
Haches que arrastraban más cola que un pavo real, aquellas Erres
que hacían cortesías, aquellas Efes con más peluca que Luis XIV,
aquellas Eses minúsculas que parecían saltar de gozo, aquellas Eles
a caballo sobre las Íes, aquellas Jotas con morrión, y otras infinitas
maravillas que producían a la vista ilusión de pirotecnia, todo re
matado con unas etcéteras que a la cola de esta procesión pendo68
Iturzaeta: el tratado de Caligrafía de José Francisco de Iturzaeta tuvo extraordinaria influencia en el tipo de letra que se enseñaba desde niños, basada en
la bastardilla o cursiva española. Al generalizarse la plumilla metálica, este tipo de
letra redondeada e inclinada permitía mayor rapidez en la escritura, aunque también las florituras decorativas a las que algunos se entregaban. La personificación
de las letras, que van a ser descritas desde una perspectiva naif, recuerda la del relato
de Galdós «La conjuración de las palabras». Cuando Galdós se libera a la fantasía
más desatada en los episodios de la quinta serie, el narrador Tito ve a la caligrafía
personificada como una dama, junto con Doña Aritmética y Doña Gramática, que
intervendrán como personajes en La Primera República. Por ejemplo, en la visión
mitológico-alegórica del capítulo XVI, las tres damas forman parte del consejo de
sabias que asesoran a Floriana en «las funciones atañederas a la instrucción de los
pueblos». En el capítulo XX, Tito describe a Doña Caligrafía, «cuyas facciones
y talle de persona distinguida y bien apañada se me quedaron muy presentes (…)
Era una señora de buen porte, algo ajada y canosa, natural de Cartagena, y según
después supe, maestra insigne en el arte del pendolista».
Posteriormente, en De Cartago a Sagunto, reencuentra Tito a la dama ya muy
envejecida, dando clases de escritura a Leona. Aunque adulta, ésta pone el mismo
empeño que Felipe en escribir bien, y sus esfuerzos se muestran en visajes semejantes: «La Brava, con los dedos tiesos, llenos de tinta y torcida la boca, hacía
temblequeantes palotes, poniendo en ello toda su alma» (cap. II). La relación de Ido
del Sagrario –orgulloso pendolista– con la caligrafía es evidente, y esto hace que
nuestro personaje reaparezca en el capítulo XX de De Cartago a Sagunto, donde el
narrador dice haberlo visto junto a Doña Gramática y Doña Caligrafía.
152
PORTADA
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II. Pedagogía
lística, iban con plumachos, blandiendo alabardas y banderolas. El
resto lo hacían mil vaivenes de rúbrica como flechas disparadas o
laberinto arácnido, en el centro del cual aparecía lánguido, indolente, cual si cayera mareado en medio de tanto círculo el claro
nombre de José Ido del Sagrario.
La clase duraba horas y más horas. Era aquello la vida perdurable, un lapso secular, sueño del tiempo y embriaguez de las horas.
Nunca se vio más antipática pesadilla, formada de horripilantes
aberraciones de Aritmética, Gramática o Historia sagrada, de nú
meros ensartados, de cláusulas rotas. Sobre el eje del fastidio giraban los graves problemas de sintaxis, la regla de tres, los hijos de
Jacob, todo confundido en el común matiz del dolor, todo teñido de
repugnancias, trazando al modo de espirales, que corrían premiosas, ásperas, gemebundas. Era una rueda de tormento69, máquina
cruelísima, en la cual los bárbaros artífices arrancaban con tenazas una idea del cerebro, sujeto con cien tornillos, y metían otra
a martillazos y estiraban conceptos e incrustaban reglas, todo con
violencia, con golpe, espasmo y rechinar de dientes por una y otra
parte.
En la cavidad ancha, triste, pesada, jaquecosa de la escuela, se
veían cuadros terroríficos: allá un Nazareno puesto en cruz; aquí
dos o tres mártires de rodillas con los calzones rotos; a esta parte
otro condenado pálido, cadavérico, todo lleno de congojas y tra
sudores, porque se le había atragantado una suma; más lejos otro
con un cachirulo de papel en la cabeza y orejas de burro, porque
sin querer se había comido una definición. Como el sol reverbera
sobre el rocío, así, por toda la extensión de la clase, las sonrisas
abrillantaban las lágrimas, cuando no las secaba el ardor de las
69
La presentación de las clases desde la hipérbole de tormento se desarrolla
en diversos lugares. En este se crea una cadena de analogías por la que la tortura se
compara con la medieval rueda que descoyunta al torturado, los niños son mártires
a los que se les incrustan las ideas con martillo… El mundo abstracto de las ideas
y el aprendizaje infantil se visualiza figuradamente en cuadros terroríficos. Aun
siendo evidente el tono tragicómico de las hipérboles, no oculta el sentido crítico
de Galdós frente a una escuela cuyos métodos eran ya un anacronismo en la Europa
moderna de 1863.
153
PORTADA
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El doctor Centeno
mejillas. Los números y rayas trazadas en los encerados daban frío,
y mareaban los grandes letreros y las máximas morales escritas en
carteles. Las negras carpetas, al abrirse, bostezaban, y los tinteros,
ávidos de manchar, hacían todo lo posible por encontrar ocasión de
volcarse… Daba grima ver tanto dedo torpe y rígido agarrando una
pluma para trazar palotes, que más se torcían cuanto mayor era el
empeño en enderezarlos. Las bocas, nerviositas, hacían muecas con
el difícil rasgueo de la pluma… A lo mejor un cráneo sonaba seco
al golpe de un puño cerrado y duro. Restallaban mejillas sacudidas
por carnosa mano. Los pellizcos no cesaban, y a cada segundo
se oía un ¡ay! Se confundían las voces de bruto, acémila con los
lamentos, las protestas y el lastimoso y terrorífico yo no he sido.
La palmeta iba cayendo de mano en mano, incansable, celosa de
su misión educatriz, aporreando sin piedad a todo el que cogía. La
quemazón de la sangre, el cosquilleo, el dolor agudísimo, daban
entendimiento al torpe, mesura al travieso, diligencia al indolente,
silencio al lenguaraz, reposo al inquieto. Y como auxiliares de aquel
docto instrumento, una caña y a veces flexible vara de mimbres
sacudían el polvo. Había nalgas como tomates, carrillos como pimientos, ojos con llamaradas, frentes mojadas de sudor de agonía,
y todo era picazones, escozor, cosquilleo, latidos, ardor y suplicio
de carnes y huesos70.
Salvas las contadas ocasiones en que se veía cruzar por el aire
una mosca con rabo de papel, sucediendo a esto la algazara propia
del caso, el aburrimiento llenaba las horas de la clase, aquellas horas que avanzaban arrastrándose como las babosas sobre la peña.
Los miembros se entumecían, y no había fuerza humana capaz de
impedir las patadas, los desperezos, aquel acostar la cabeza sobre
los brazos cruzados, el cuchicheo, la inquietud… Una autoridad
férrea, despótica, a quien la conciencia del deber daba algo de la
70
El párrafo es un extraordinario ejemplo de texto metonímico, en el que se
combina la humanización de los objetos del aula con la visión fragmentada y caótica de bocas, dedos, palmeta… y la percepción suelta de los sonidos. El conjunto
evoca muy condensadamente, además de los personajes y acciones, las sensaciones
infantiles y el eco interno de la situación en los chiquillos.
154
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II. Pedagogía
crueldad sublime que enalteció a Junio Bruto, Jefté y Guzmán el
Bueno71, recorría los bancos, desde que se notaban los primeros
síntomas de la rebelión del fastidio. A la manera que el cómitre de
una galera iba sacudiendo con duro látigo la pereza de los infelices
condenados al remo, así don Pedro ponía rápido correctivo con
su mano o su vara al arrastrar de suelas, a las pandiculaciones, al
cuchicheo, al mirar, al reír. ¡Pobres orejas! ¡Cuántas veces se veía
la mano del maestro levantar muy alto una cabeza suspendida de
una oreja o empujar otra sobre la carpeta con tal fuerza, que a poco
más se incrusta la nariz en la tabla!… Su máxima era: Siembra
coscorrones y recogerás sabios.
II
Don Pedro Polo y Cortés era de Medellín; por lo tanto tenía
con el conquistador de Méjico la doble conexión del apellido y de la
cuna. ¿Había parentesco? Dice Clío que no sabe jota de esto. Doña
Claudia, madre de nuestro extremeño, sostiene que sí; mas para
probarlo se vale del sentimiento antes que de las razones. El padre,
hombre que gozó la más pura y noble fama de honradez, murió
desastrosamente en la cárcel veinte años antes de estos sucesos que
ahora referimos. Perseguido con saña por graves delitos ajenos, de
que su buena fe le hizo en apariencia responsable, fue mártir del
honor; fue, como suele decirse, un carácter elevado y glorioso, de
esos que, si no abundan, no faltan tampoco en cada edad, para que
conste, conforme al plan del mundo, que éste no es patrimonio de
los males. Murió como un santo, y muchos están con menos motivo
en los altares.
71
Junio Bruto, Jefté y Guzmán el Bueno: las tres figuras comparten el sacrificio
familiar por una causa política, por lo que no sería de extrañar la confusión de un
niño sometido a aprendizaje memorístico. Jefté aparece en el Libro de los Hebreos
como héroe por haber sacrificado la libertad de su hija, como en otro contexto
hubo de hacer Guzmán con su hijo. De dos de estos héroes había rastro literario
relativamente cercano: la tragedia Lucio Junio Bruto de José María Díaz (1844), y
la novela histórica Guzmán el Bueno de Ramón Ortega y Frías, de 1859.
155
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El doctor Centeno
La familia no había vivido nunca con holgura, y muerto el
jefe de ella, quedó en triste miseria. A Pedro Polo le correspondía
llevarla sobre sí, cosa en extremo difícil, pues se encontraba con
veinticuatro años a la espalda, sin haber estudiado cosa alguna,
sin oficio, carrera ni habilidad que pudiera serle provechosa. Sólo
sabía leer, escribir, contar y un poco de latín más macarrónico que
erudito. Había pasado la niñez y lo mejor de su juventud dedicado
a divertimientos corporales y al saludable ejercicio de la caza. De
su complexión atlética72, ¿qué beneficio podía sacar como no fuera
un jornal mísero? A las ciencias no les tenía maldita afición. La
milicia le seducía, pero ya era tarde para pensar en ella. Ir a cual
quier parte de las próvidas Américas en busca de fortuna cuadraba
a su natural aventurero y a su atrevido espíritu; pero mientras parecía la fortuna, que allí como en todas partes no se alcanza sin
trabajo y paciencia, ¿de qué vivirían su madre y su hermana? El
comercio no le desagradaba; pero no tenía más capital que su esco
peta y un poco de pólvora. Cualquier profesión, por breve y fácil
que fuese, requería tiempo y libros, y la necesidad de la familia no
tenía espera. Una sola carrera había, cuya posesión pudiera acometer y lograr en poco tiempo el joven Polo. Le apretaba a seguirla
un tío suyo materno en tercer grado, canónigo de la catedral de
Coria; hubo lucha, sugestiones, lágrimas femeninas, dimes y diretes; el tío ofreció pensionar a la madre y hermana mientras durasen los breves estudios, y por fin todos estos estímulos y más que
ninguno el agudísimo de la necesidad vencieron la repugnancia de
Polo, le fingieron una vocación que no tenía y…
72
La complexión atlética de Polo: la antigua doctrina sobre las complexiones
fisiológicas y su influjo en el comportamiento de los individuos (que aparece en
libros medievales como El Corbacho) alcanza gran desarrollo en el naturalismo del
siglo XIX, al hilo de los avances médicos en el estudio de la Fisiología. Las teorías
fisiologistas de la época, que sirven de base a los presupuestos naturalistas, distinguen
distintos tipos de humores y de temperamentos en función de las complexiones fisiológicas, lo que influiría (o incluso predeterminaría) el carácter y comportamiento de la
persona. Muchas obras naturalistas se hacen eco de cómo el mundo psíquico de cada
individuo está predeterminado por su complexión natural. Los datos precisos sobre
la complexión resultan, pues, fundamentales en la convención de la prosopografía
y etopeya –indisociables, según las ideas naturalistas– del personaje.
156
PORTADA
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II. Pedagogía
Cantó misa, y la familia tuvo un apoyo. Cinco años pasó Polo
y Cortés en Medellín, viviendo con estrechez, pero viviendo. Con
sus misas, sus funerales y bautizos, desempeñando la coadjutoría de
la parroquia, pudo pagar deudas onerosas que abrumaban a la familia. Disentimientos y rivalidades de sacristía le obligaron a salir
de su pueblo. Vivió algún tiempo en Trujillo; desempeñó más tarde
un curato en Puente del Arzobispo, y luego residió seis años en
Toledo, siempre con grandísima penuria, mortificado por la pena de
no poder sacar a su madre y hermana de aquella triste vida, llena
de incomodidades y pobreza. Esto tuvo feliz término cuando se estableció en Madrid. ¡Gracias a Dios que le sonreía la fortuna! Desde
que una azafata de la Reina, extremeña, solicitó y obtuvo para
Pedro Polo el capellanazgo de las monjas mercenarias calzadas de
San Fernando73, la vida de aquellas tres personas tomó cariz más
risueño y un rumbo enteramente dichoso. ¡Las monjas eran tan
buenas, tan cariñosas, tan señoras…! Ellas mismas sugirieron a
su bizarro capellán la idea de poner una escuela donde recibieran
instrucción cristiana y yugo social los muchachos más díscolos,
y para realizar este noble pensamiento le ofrecieron el local que
tenían por el callejón de San Marcos en la casa del marquesado de
Aquila Fuente, tronco de aquella piadosa fundación.
Era el edificio tan viejo, que por respeto a su origen glorioso
se tenía en pie. La planta principal servía para habitación de don
Pedro y su familia, y la baja, que tenía espaciosas cuadras, para
albergar la escuela y toda la chiquillería consiguiente. Hermoso
plan, tan pronto pensado como hecho. Así como el tío canónigo
(a quien don Pedro en sus ratos de jovialidad solía llamar el bobo
de Coria) había dicho hágote sacerdote, las monjas habían dicho a
su vez hágote maestro. Para su sotana74 pensaba Polo así: «¿Clérigo
73
Mercenarias calzadas de San Fernando: la expresión es sustituida en la edición de 1905 por «Mercedarias», pero el término usual en la época es el de la primera
edición. Mesonero Romanos señala en su artículo «Cuartel alto» que las monjas de San
Fernando madrileñas cuyo convento se hallaba en la calle de la Libertad «son Mer
cenarias calzadas» (Semanario pintoresco español, 20 de noviembre de 1853, p. 371).
74
Para su sotana: se crea en este punto una broma sobre la frase hecha «para
su coleto», que se adapta literalmente al contexto del sacerdote.
157
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
dijiste?, pues a ello. ¿Profesor dijiste?, pues conforme». Dichosa edad
ésta en que el hombre recibe su destino hecho y ajustado como
toma un vestido de manos del sastre, y en que lo más fácil y provechoso para él es bailar al son que le tocan. Música, música, y
viva la Providencia.
El éxito de la escuela fue grande. Centenares de hijos del hombre acudieron de todas las partes del barrio, atraídos por la fama
de docto, paternal y juicioso que había adquirido Polo sin saber
cómo. El caudal de la familia engrosaba lentamente, y viérais por
fin cómo se dulcificaba la hasta entonces amarga vida de aquella
buena gente; cómo podía gozar doña Claudia de comodidades que
hasta entonces no conociera, y Marcelina Polo decorar su persona
con severa compostura. No faltaban ya en la casa los alimentos
sanos y abundantes, ni el abrigo en invierno, ni algunos honrados
esparcimientos en verano. Aunque la mayor de las satisfacciones de
don Pedro Polo era el bienestar de su madre y hermana, por quienes
sentía verdadera adoración, no le disgustaba tomar para sí una parte
de los dones de la fortuna, y al año de establecida la escuela se le
podía ver y admirar, vestido de paisano o de eclesiástico, según los
casos, con la pulcritud y el lujo de los curas más distinguidos.
Aquel nobilísimo oficio le daba mucho que hacer al principio,
porque tenía que aprender por las noches lo que había de enseñar al
día siguiente, trabajo penoso e ingrato que fatigaba su memoria sin
recrear su entendimiento. Todo lo enseñaba Polo según el m
étodo
que él empleara en aprenderlo; mejor dicho, Polo no enseñaba nada;
lo que hacía era introducir en la mollera de sus alumnos, por una
operación que podríamos llamar inyecto-cerebral, cantidad de fórmulas, definiciones, reglas, generalidades y recetas científicas, que luego
se quedaban dentro indigeridas y fosilizadas, embarazando la inteligencia sin darle un átomo de sustancia ni dejar fluir las ideas propias,
bien así como las piedras que obstruyen el conducto de una fuente.
De aquí viene que generaciones enteras padezcan enfermedad dolorosísima, que no es otra cosa que el mal de piedra del cerebro75.
75
La metáfora que identifica la enseñanza con una agresiva «operación» en el
cerebro de los niños adquiere en su desarrollo una enorme carga crítica. En cierre
158
PORTADA
ÍNDICE
II. Pedagogía
III
También dice la chismosa Clío que el temperamento de don
Pedro Polo era sanguíneo, tirando a bilioso, de donde los conoce
dores del cuerpo humano podrían sacar razones bastantes para suponerle hostigado de grandes ansias y ambicioso y emprendedor,
como lo fueron César, Napoleón y Cromwell. Sobre esto de los
temperamentos hay mucho que hablar, por lo cual mejor será no
decir nada76. Quédese para otros el fundar en el predominio de la
acción del hígado el genio violentísimo de nuestro capellán, y en el
desarrollo del sistema vascular, así como en la superioridad de las
funciones de nutrición sobre las de relación, la intensidad de sus
anhelos, su fuerza de voluntad incontrastable. Cierto es que si se
hubiera dedicado, como su paisano, a conquistar imperios, los habría ganado con rapidez. Habiéndose metido, por la fatalidad de los
tiempos y de las circunstancias a instruir muchachos, los instruía
por los modos y estilo que el otro empleó en domar naciones. Y no
comprendía Polo la enseñanza de otra manera. Se le representaba
el entendimiento de un niño como castillo que debía ser embestido
y tomado a viva fuerza, y a veces por sorpresa. La máxima anti
gua de la letra con sangre entra, tenía dentro del magín de Polo
la fijeza de uno de esos preceptos intuitivos y primordiales del genio militar, que en otro orden de cosas han producido hechos tan
lapidario de esta parte, el narrador diagnostica al modo regeneracionista una enfermedad que afectará a varias generaciones de españoles: un figurado «mal de piedra
del cerebro». Recordemos aquí el capítulo «La familia de piedra» de Marianela,
dedicado íntegramente a la familia de Felipe: se trata de un título de doble sentido,
ya que no sólo se refiere al lugar geográfico de las minas, sino al inmovilismo del
que quiere escapar el niño.
76
El narrador se distancia con sorna del supuesto determinismo fisiológico,
que fue asunto de discusiones apasionadas desde la década de los setenta. Por
ejemplo, el libro del Dr. Ribot La herencia psicológica, de 1872, planteaba entre
otros asuntos de gran calado, cuáles serían «las consecuencias morales de la herencia»: hasta qué punto la herencia influye en el libre albedrío, en el carácter y
en la formación de las ideas morales del individuo (Parte III, cap. III). Incluso el
Código Penal Reformado de 1870 consideraba las circunstancias fisiológicas como
posibles atenuantes o eximentes, según el caso, de ciertos delitos.
159
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
sublimes. Así, cuando movido de su convicción profundísima, des
cargaba los nudillos sobre el cráneo de un alumno rebelde, esta
cruel enseñanza iba acompañada de la idea de abrir un agujero por
donde a la fuerza había de entrar el tarugo intelectual que allí dentro faltaba. Los pellizcos de sus acerados dedos eran como punc
turas por las cuales se hacían, al través de la piel, inyecciones de
aquella sabiduría alcaloide de los libros de texto.
Gran auxilio prestaba a don Pedro el pasante don José Ido,
mayormente en el arte de escribir. Polo escribía mal, y su ortogra
fía era muy descuidada. Ido lo ayudaba también en las lecciones, y
hacía leer a los pequeñuelos, mas con tan delgada voz y entonación
tan embarazosa, que para articular una sílaba parecía pedir prestado el aliento al que estaba más próximo. Los chicos, desde el mayor al más pequeño, respetaban y temían tanto a don Pedro, que ni
aun fuera de la clase se atrevían a hacer burla de él; pero al pobre
Ido le trataban con familiaridad casi irreverente. Las paredes del
callejón de San Marcos estaban de punta a punta ilustradas con el
retrato del señor de Ido, en diferentes actitudes, y eran de ver lo
parecido del semblante y la gracia de la expresión en aquellos toscos
diseños. No faltaban explicaciones y leyendas que decían: Ido diendo
a los toros; y por otro lado: Ido del Sagrario calléndosele los cal
zones. Porque este pobre calígrafo tenía las carnes tan flácidas, que
toda su ropa parecía escurrirse, y que cada pieza, desde la corbata
a los pantalones, estaba más baja del sitio que le correspondía. Otra
cosa que daba motivo así a las cuchufletas como a las ilustraciones,
era el cartílago laríngeo o nuez del pasante, el cual era grandísimo.
Entre las pinturas murales, que representaban casi siempre escenas
de toros, había una cuyo letrero decía: el toro, perdone ustez – me
le enganchó de la nuez…
A este hombre probo, trabajador, honrado como los ángeles,
inocente como los serafines, esclavo, mártir, héroe, santo, apóstol,
pescador de hombres, padre de las generaciones77, le trataba don
77
La letanía paródica, entre irónica y compasiva, con que el narrador elogia a
Ido del Sagrario contrastará con los insultos que le propina don Pedro Polo, también
en forma de letanía.
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II. Pedagogía
Pedro delante de los chicos con frialdad y sequedad; mas cuando
estaban solos le abrumaba a cortesanías y piropos, como éste: «Es
usted más tonto que el cerato simple»78, dicho con desenfado y
sin mala voluntad. O bien le saludaba así: «Cierre usted esa boca,
hombre, que se le va por ella el alma». Y era verdad que parecía
que el alma estaba acechando una ocasión para echársele fuera y
correr en busca de mejor acomodo.
Los capones y pellizcos, los palmetazos y nalgadas, las amplia
ciones de orejas, aplastamiento de carrillos, vapuleo de huesos y maceración de carnes, no completaban el código penitenciario de Polo.
Además de la pena infamante de las orejas de burro, había la de
dejar sin comer, aplicada con tanta frecuencia, que si las familias no
sacaban de ella grandes ahorros era porque no querían. Todos los días,
al sonar las doce, se quedaban en la clase, con el libro delante y las
piernas colgando, tres o cuatro individuos que se habían equivocado
en una suma o confundido a Jeroboam con Abimelech, o levantado
algún falso testimonio a los pronombres relativos. Los autores de
estos crímenes no debían alcanzar de nuestro Eterno Padre el pan
de cada día, que todos piden, pero que sólo se da a quien lo merece.
Bostezos que parecían suspiros, suspiros como puños llenaban la
grande y trágica sala. Isaías no habría desdeñado llorar tan dolorosas penas, y hubiera hallado algún sublime acento con que pintar
aquellos desperezos tan fuertes, que no parecía sino que cada brazo
iba a caer por su lado. A menudo las páginas sucias, dobladas, rotas
de los aborrecidos libros se veían visitadas por un lagrimón que
resbalaba de línea en línea. Pero esta forma del luto infantil no era
la más común. La inquietud, la rebeldía, el mareo, la invención de
78
Cerato simple: don Pedro emplea su ingenio con maldad, jugando con la
denominación de una especie de pomada así llamada por ser la cera su componente
básico, y de uso muy común en la época. Las connotaciones asociadas a «cero» y a
«simple» harían sin duda mucha gracia a los chiquillos. La prensa no desaprovechó
la oportunidad de jugar durante décadas con la expresión, y así vemos cómo un
cronista político combina con intención dos frases hechas del ámbito de la medicina:
se burla de un discurso de Romero Robledo diciendo que fue «cerato simple», y
que la respuesta contundente de otro diputado «le levantó ampollas» (La Iberia, 13
de enero de 1888, p. 1).
161
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El doctor Centeno
peregrinas diabluras eran lo frecuente y lo más propio de estómagos
vacíos. Quién gastaba su poca saliva en mascar y amasar papel para
tirarlo al techo; quién dibujaba más monos que vieron selvas africanas; quién se pintaba las manos de tinta a estilo de salvajes…
Cuando la clase concluía, allá a las cinco de la tarde, después
de diez horas mortales de banco duro, de carpeta negra, de letras
horribles, de encerado fúnebre, el enjambre salía con ardiente fiebre de actividad79. Era como un ardor de batallas, cual voladura de
todas las malicias, inspiración rápida y calorosa de hacer en un momento lo que no se había podido hacer en tantas horas. Una tarde de
enero, un chico que había estado preso sin comer y sin moverse en
todo el día, salió disparado, ebrio, con alegría furiosa. Sus carcajadas eran como un restallido de cohetes, sus saltos, de gato perseguido, sus contorsiones, de epiléptico, la distensión de sus músculos,
como el blandir de aceros toledanos, su carrera, como la de la saeta
despedida del arco. Por la calle de San Bartolomé pasaba una mujer
cargada con enorme cántaro de leche. El chico, ciego, la embistió
con aquel movimiento de testuz que usan cuando juegan al toro. El
piso estaba helado. La mujer cayó de golpe, dando con la sien en el
mismo filo del encintado de la calle, y quedó muerta en el acto80.
IV
Es forzoso repetir que la crueldad de don Pedro era convicción y su barbarie fruto áspero pero madurísimo de la conciencia.
79
R. Weber en su edición de Miau ya apuntó el paralelismo entre este relato
de la salida de los niños prisioneros en clase, y los párrafos de apertura de Miau,
donde los niños que corren en bandadas recuerdan también el ardor bélico, alguno
se contorsiona como gato, etc. (Weber: 24-35). Mainer ha añadido otras semejanzas,
como las amistades del niño, o los arbitrios del cesante (J. C. Mainer: 12-13).
80
El cierre de este subcapítulo es impresionante, y contrasta con el tono tragicómico del conjunto. De manera contundente y neutral, el narrador incluye lo que
podría ser una breve noticia de periódico, pero el lector tiene los datos de la relación causa-efecto del hecho. No se pone de relieve sólo la importancia del azar
en la vida, sino la combinación de ese azar con las consecuencias de la represión
del niño recién liberado.
162
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II. Pedagogía
No era un maestro severo, sino un honrado vándalo81. Entraba a
saco los entendimientos y arrasaba cuanto se le ponía delante. Era
el evangelista de la aridez, que iba arrancando toda flor que encontrase, y asolando las amenidades que embelesan el campo de la
infancia, para plantar luego las estacas de un saber disecado y sin
jugo. Pisoteaba rosas y plantaba cañas. Su aliento de exterminio
ponía la desolación allí donde estaban las gracias; destruía la vida
propia de la inteligencia para erigir en su lugar muñecos vestidos
de trapos pedantescos. Segaba impío la espontaneidad, arrancaba
cuanto retoño brotara de la savia natural y del sabio esfuerzo de la
Naturaleza, y luego aquí y allí ponía flores de papel inodoras, pintorreadas, muertas. Por uno de esos errores que no se comprenden
en hombre tan bueno, estaba muy satisfecho de su trabajo, y veía
con gozo que sus discípulos se lucían en los Institutos, sacando a
espuertas las notas de sobresaliente. Don Pedro decía: ellos llevan
el cuerpo bien punteado de cardenales, pero bien sabidos van.
A los tres años de esta ordenada vida capellanesca, escolástica
y cardenalicia82, la familia se encontraba en un pie de comodidades
que nunca había conocido. Doña Claudia Cortés se trataba con azafatas, alabarderas, tal cual camarista y otras personas bien puestas
en Palacio. Marcelina Polo, que llevaba el peso de la casa, había
logrado decorar esta con cierta elegancia relativa. En el reducido
círculo de las relaciones de la familia pasaba ya por dogma que
ningún cacareado colegio de Madrid ofrecía a los muchachos educación tan sólida, cristiana y de machaca-martillo como el del padre
Polo. Llegó día en que eran necesarias las recomendaciones para
admitir una nueva víctima en el presidio escolar. Desgraciadamente
81
Polo es visto figuradamente como «vándalo», por lo que su función es la de
«exterminar». El lenguaje figurado referido a las maneras de la enseñanza, tanto de
Ido como de Polo, es particularmente vivo e implica tanto unos durísimos juicios
de valor por parte del autor como un alegato a favor de la creatividad como talento
principal del ser humano.
82
Vida capellanesca, escolástica y cardenalicia: los desproporcionados calificativos evocan, desde su fonética y acumulación, la vanagloria de esta familia
venida a más. Por otra parte, recién nombrados los «cardenales» producidos a los
niños, la vida «cardenalicia» resulta tener un gracioso doble sentido.
163
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El doctor Centeno
para la familia, los ingresos, aunque regularcitos, no correspondían
a la fama del llamado colegio, por tener don Pedro una cualidad
excelsa en el terreno moral, pero muy desastrosa en el económico,
la cual era una extremada y nunca vista delicadeza en cuestiones
de dinero. Aquella voluntad de hierro, aquel carácter duro se trocaban en timidez siempre que era preciso reclamar de algún chico o
de sus padres el pago de los honorarios. Así es que muchos no le
pagaban maldita cosa, y él antes se cortara una mano que despedirles. Este sublime desinterés lo tuvo también el padre de don Pedro,
de donde le vino, al decir de sus contemporáneos, que muriera en
afrentosa cárcel. La economía política debe llamar a esta virtud
voto de pobreza, y es evidente que estorba para todo negocio que
no sea el importantísimo de la salvación.
Pero bueno es decir que los fallidos ocasionados en la caja
por los efectos de esta santidad los compensaba Polo y Cortés con
otros ingresos que le sobrevinieron cuando menos pensaba. Alen
tado por varios amigos, se metió a predicador. Hizo una tentativa;
le salió regular; animóse; fue entrando en calor, y al año se lo disputaban las cofradías. Él no era por sí elocuente; pero le favorecían
su voz grave, llena, hermosa, a veces dulce, a veces patética, y su
facilidad de dicción. En tres o cuatro leídas se apropiaba un sermón de cualquiera de las colecciones que existen. De su propia
cosecha ponía muy poco. Había tenido también el talento de asi
milarse el énfasis declamatorio y la mímica del púlpito, que tan
grande parte tienen en el éxito. Cada perorata le valía una onza,
y a su madre le daba con cada sermón diez años de vida, porque,
según ella, a los ángeles mismos no se les ocurrirían cosas tan sublimes y cristianas como las que su hijo echaba por aquella boca.
No se desvanecía don Pedro con estas lisonjas, flores preciosas del
amor materno, y a solas con su conciencia literaria, cuando bajaba
del púlpito, iba diciendo: «Dios me perdone las boberías que he
dicho83».
83
Aunque no se incluye ninguna pieza oratoria en estilo directo, Galdós
ridiculiza estos modos de oratoria religiosa convertidos en camino para el éxito
social.
164
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II. Pedagogía
Muchas amistades cultivaba don Pedro en Madrid84. Eran las
principales la de un empleado de Hacienda que conoció en Toledo,
y la de un fotógrafo, excelente sujeto, extremeño, y que también
era Cortés de nombre y genio. Las señoras de ambos visitaban mucho a doña Claudia, y tomaban participación en sus jugadas de lotería. Porque es bueno saber que a la madre de don Pedro le había
entrado pasión tan ardiente por la Lotería Nacional, que en todas
las extracciones echaba algo, y se pasaba la vida discurriendo y
combinando números. Éste era bonito, aquél feo, tal otro había sido
afortunado, cuál refractario a la suerte; pero la suya era con todos
tan mala como incorregible su manía de probarla dos o tres veces
al mes. El empleado de Hacienda paseaba con don Pedro algunas
tardes, y las de día de fiesta infaliblemente. Se ponían los dos muy
guapos, de guante y gabán, y se medían todo el Retiro, hablando
de la cosa pública, del reconocimiento del reino de Italia y de la
guerra de Santo Domingo85. El fotógrafo no había encontrado ma84
La recreación de las redes sociales y familiares de los personajes se convierte en importante principio novelístico, y simula el funcionamiento de la propia
vida. Narrativamente permite presentar con verosimilitud a decenas de personajes,
reconstruir historias familiares y genealogías, mostrar los nuevos lazos que se
crearán entre los recién conocidos, etc. Cualquiera de los personajes de estas «galerías de tipos» podrán ser objeto de nuevos acercamientos, desde otros contextos
o redes sociales. En Fortunata y Jacinta se desarrolla admirablemente el concepto
del árbol de la sociedad ejemplificado en el origen y relaciones de la familia Santacruz, singularmente en el capítulo VI de la Parte I. Citaremos solamente uno de
los comentarios del narrador, que bajo el léxico figurado ofrece una importante
teoría sobre los modos de creación e interrelación de personajes secundarios: «La
mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las direcciones
de los vástagos de este colosal árbol de linajes matritenses. Los hilos se cruzan, se
pierden y reaparecen donde menos se piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y
otras tantas para abajo, se juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen
nuevos enlaces, madejas y marañas nuevas».
85
El reconocimiento del reino de Italia: no es extraño que fuese tema omni
presente en las conversaciones por estas fechas, que vieron la progresiva desarticu
lación de los Estados Pontificios. En el verano de 1859 varias ciudades de la Romaña se rebelaron contra la autoridad del Papa y se anexionaron al Piamonte en
marzo de 1860. El resto de los Estados Pontificios fueron añadiéndose al núcleo
unificador, unas por la fuerza bélica y otras por plebiscito. Las luchas duraron hasta
que el 20 de septiembre de 1870 las tropas del rey Víctor Manuel tomaron la capi-
165
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El doctor Centeno
nera mejor de corresponder a la amistad de los Polos que retratándolos a todos de todas las maneras posibles. Por esto se veían las
paredes de la salita salpicadas de diferentes imágenes en cuantas
formas se pueden idear: don Pedro, de hábitos, sentado; don Pedro,
de paisano, con un libro en la mano; Marcelina, de mantilla, ante
un fondo de ruinas y lago con barquilla; don Pedro y su madre,
sobre telón de selva con cascada, ella sentada y estupefacta, él en
pie mirándola, y otros muchos más.
Dos parentescos tenían los Polos en Madrid, y los dos eran
con venerables conserjes de establecimientos científicos. El de la
escuela de Farmacia, padre de las dos guapas chicas que vimos
aquel día en donde queda dicho, era pariente lejano de Polo. Su
apellido era Sánchez y Emperador; pero a las niñas se las llamaba
comúnmente las de o las del Emperador. Doña Saturna, esposa de
aquel don Florencio Morales que se emborrachaba con agua, era
sobrina de doña Claudia. A estos parientes consideraban más que
a nadie los Polos, no sólo por sus cualidades y virtudes, sino porque doña Saturna poseía entre éstas una de grandísimo valor para
don Pedro. Era aquella señora la más eminente cocinera que se ha
visto, doctora por lo que sabía, genio por lo que inventaba, y artista
por su exquisito gusto. Cuentan que en su juventud había vivido
con monjas y servido después en casas de gran rumbo. Todo lo
dominaba, la cocina rancia española y la extranjera, la confitería
caliente y fría. De aquí que don Pedro la trajera en palmitas, porque el buen señor, al pasar de su primitiva vida miserable a la retal del recién nombrado reino de Italia. Recuérdese que hasta 1870 el Papa no era
sólo pontífice religioso sino jefe de estado de las provincias pontificias, mientras
que el estado vecino del Piamonte era gobernado por el rey Víctor Manuel. Las
diversas luchas finalizaron en septiembre de 1870, cuando se dejó al Pontífice sólo
el gobierno de Roma.
Galdós expresó en diversos lugares su posición favorable a que España apoyase
la unificación italiana. Muy sarcásticamente se refiere a los españoles retrógrados,
«energúmenos del ultramontanismo», «campeones del neo-catolicismo» que en el
Parlamento se negaban al reconocimiento del reino de Italia defendiendo aún al
Papa como gobernante, en una mezcla de dogma y política que para Galdós, como
para los Progresistas españoles, era intolerable («Revista de Madrid», 9 de julio de
1865, Los artículos de Galdós en La Nación: 90-91).
166
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II. Pedagogía
galona en que entonces estaba, se pasó también gradualmente y sin
darse cuenta de ello, de la sobriedad del cazador a la glotonería
del cortesano. Le acometían punzantes apetitos de paladar, y mientras más rarezas coquinarias probaba, más se encariñaba con todas
y más deseaba las nuevas y aún no conocidas. Su gusto se refinó
mucho, y sin aborrecer los platos nacionales, adoraba algunos de
los extranjeros connaturalizados en España. Su madre alentaba esto
mimándole y engolosinándole sin tasa, discurriendo las cosas más
aperitivas y confabulándose con doña Saturna para proporcionarle
un día y otro esta novedad, aquella sorpresa.
Siempre que los Polos invitaban a algún amigo a comer, doña
Saturna se personaba en la casa desde muy tempranito, y cuando
Morales celebraba sus días o los de su mujer, el primer convidado
era Polo. Las de Emperador iban a una y otra parte, y en ambas
eran muy agasajadas por sus méritos, por su índole modesta, por
ser huérfanas de madre y por aquel ángel, aquella mansedumbre
graciosa, aquel dejo y saborete de sentimentalismo que tenían.
Marcelina Polo las quería entrañablemente, y hacía para ellas
laborcillas de gancho, corbatas y mil enredos y regalitos. Ya que
hemos nombrado a la hermana del capellán, conviene decir que esta
señora, de más edad que don Pedro, era lo que en toda la amplitud de la palabra se llama una mujer fea. Su cara se salía ya de
los términos de la estética y era verdaderamente una cara ilícita,
esto es, que quedaba debajo del fuero del poder judicial. Debía,
por consiguiente, recaer sobre ella la prohibición de mostrarse en
público. Así lo conocía la dueña de aquel monumento azteca, y ni
tenía en su habitación espejos que se lo reprodujeran, ni salía más
que para ir a la iglesia o a visitar amigas de confianza86. Era una
persona insignificante, pero que tratada de cerca inspiraba algunas
simpatías. Ocupábase de cuidar la casa, de hacer obras de mano,
generalmente de poco mérito, y de rezar, escribir cartitas a las mon
jas o enredar un poco en la sacristía de la iglesia. Resumiendo todo
86
He aquí un nuevo ejemplo de retrato caricaturesco, cuya retórica y términos recuerdan al Quevedo de la prosa satírica y de poemas como el archifamoso
«Érase un hombre a una nariz pegado…».
167
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El doctor Centeno
lo que nos dice Clío respecto a estas tres personas, nos resulta que
se avenían y ajustaban maravillosamente, viviendo bajo un mismo
techo y amándose con ardor, tres diferentes pasiones: Gula, Lotería,
Religión87.
V
–¡No, si no te he de pasar nada; si te he de brear y batanear y
curtir, hasta que seas otro y no te parezcas a lo que fuiste!… Haz
cuenta de que naces. ¿Dices que quieres aprender y ser hombre?,
pues ahora te las verás conmigo.
Esto decía Polo a su nuevo alumno, recogido por caridad un
domingo por la tarde, en momentos de satisfacción digestiva. Se
vieron, se hablaron, se comprendieron, simpatizaron y de la simpatía salió el siguiente contrato: don Pedro sería maestro de su criado
y el criado sería discípulo de su amo. Perfectamente… A la familia le hacía falta un chiquillín que desempeñase recados, barriese
casa y escuela, que a veces no podían con más polvo, y prestara
además otros servicios. Doña Claudia se veía negra muchas veces
para poder repartir a domicilio los papelitos en que hacía constar
las participaciones que esta o la otra persona tenían en sus jugadas. Marcelina recibió a Felipe con benevolencia. ¡Cuántas veces
había dejado de mandar un recado importante a las monjas por no
tener quien lo llevara! Agradó a todos el muchacho, y como llevaba la buena ropa que le había dado Miquis, casi casi parecía un
paje, un caballerito… Señaláronle para su vivienda un cuarto, o
más bien garita, en los deshabitados desvanes de la casa, los cuales,
87
La madre y la hermana de Polo –que desdoblan la función del tipo costumbrista «el ama del cura»– componen con el sacerdote el poco edificante grupo
alegórico «Gula, Religión, Lotería» en este cierre. Un nuevo trío extravagante se
formará en Tormento, una vez enemistado don Pedro con su madre y hermana:
doña Marcelina, la prestamista doña Teófila y doña Isabel Godoy. Se dedicarán a
tres manías: la usura, la devoción combinada con la lotería y la limpieza, respectivamente.
168
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II. Pedagogía
aunque llenos de trastos y polvo y telarañas, fueron para él mejores
que cuantos palacios puede soñar la fantasía.
Hasta aquí muy bien. ¡Grande, inesperada fortuna del héroe,
que decía gozoso: «Ahora no hay quien me tosa. ¡Si la Nela me viera
en medio de tantos santos, blandones, murumentos y animales!…»88
Y era verdad que en compañía de todo esto se hallaba, porque los
sotabancos del caserón de Aquila Fuente servían a las monjas para
depósito de objetos inútiles o de otros que no tenían hueco en la
sacristía, y allí había cantidad de imágenes, las unas rotas, las otras
desnudas, aparejos de funeral y diversas piezas del monumento
de Semana Santa en cartón y madera. Los animales eran los que
acompañan y simbolizan a tres de los Evangelistas, piezas enormes
y algo pavorosas, cuya vista daría miedo a quien no tuviera corazón
tan esforzado como el de Felipe.
Los primeros días pasaron bien. En la escuela, la torpeza del
neófito no causaba sorpresa al maestro ni a don José Ido, por estar
el chico en estado completamente primitivo o cerril. Ni en el servi
cio doméstico había tiempo aún de juzgarle, porque su ignorancia
de todas las cosas le disculpaba de su inhabilidad. Si no sabía el
destino de los objetos más usuales, como una bandeja, la badila, el
molinillo de café, ¿cómo se le podía inculpar equitativamente de
no traer lo que se le pedía, de equivocarse casi siempre y aun de
romper alguna cosa? Marcelina llevaba con cierta resignación sus
desaliños, le aleccionaba con paciencia y le alentaba con discretos
plácemes cuando era puntual. Menos tolerante doña Claudia, exageraba las faltas de él y ponía las manos a la altura de sus anteojos
siempre que la criada, muerta de risa, venía a contar alguna fechoría o gansada del pobre Felipe. Porque Maritornes89, preciso es
decirlo para que cada cual tenga su verdadero puesto, le había declarado guerra a muerte desde el principio, y muchas cosas que él
88
El pasaje combina el estilo directo de Felipe con la voz del narrador. La
conexión con Marianela se hace explícita: el lector que no conozca la novela de
1878, notará unos «consabidos» que le remiten a otros espacios y personajes.
89
La criada de Polo recibe un nombre cervantino, que se añade a las múltiples
referencias quijotescas que recorren la novela.
169
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El doctor Centeno
hubiera hecho bien las hacía mal porque ella le confundía con sus
gritos y le atropellaba con sus lenguarajos. No habían pasado tres
semanas, cuando doña Claudia decía a todo el que la quisiera oír:
«¡Qué cosas tiene mi hijo!… Habernos traído aquí este… Lo que
digo, es un número sin premio90».
Una cualidad buena reconocían todos en Felipe, y era que
jamás contestaba a las reprimendas, ni se daba por aludido de los
pellizcos, coscorrones y demás argumentos en vivo que en la escuela
y en la cocina se le hacían. Todo lo llevaba con paciencia aquel
estoico pequeño de cuerpo. Si no llegaba a decir, como el otro, que
el dolor es bueno, en su interior lo diputaba justo y merecido, y a
solas lloraba de rabia, encolerizado contra sí mismo, o se ponía de
hoja de perejil, ponderándose su torpeza y brutalidad… ¡Si aquello parecía arte del demonio! Él procuraba salir airoso de todo, y
todo le salía lo peor posible. ¿De qué le valía poner en cada faena
sus cinco sentidos y aun alguno más? Notaba en sus manos una
tosquedad que las hacía ineptas para todo lo que no fuera cargar
espuertas de tierra. Mal o bien, ya se iba haciendo a manejar platos
y tazas; pero cuando le ponían una pluma entre sus tiesos y duros
dedos; cuando le sentaban delante de un papel rayado y le mandaban trazar… ¡Dios de los pequeños, Dios de los débiles!91, ¡qué
sudores, qué congojas, qué doloroso esfuerzo! La mano se le ponía
rígida y trémula; era una mano de cartón que, en vez de sangre,
estaba llena de cosquillas. Para someterla a la voluntad, el angustiado alumno alargaba el hocico, hacía trompeta de sus labios, distendía todos los músculos de su cuerpo, contraía los dedos de los
pies… Ni por ésas; sólo conseguía mancharse de tinta hasta el codo,
y en tanto el infame palote no salía. Daba grima ver aquel trazo
curvo, erizado de púas como un cardo… Y cuando, al fin, parecía
90
Es un número sin premio: en el contexto de la pasión de doña Claudia por
la lotería, la frase hecha resulta muy cómica.
91
Comienza con esta exclamación una serie de advocaciones, a modo de
plegaria humorística del narrador, adaptada al contexto de la enseñanza, que se
completará más adelante con «¡Dios misericordioso, amparo de la ignorancia!, ¡Dios
de los tontos!».
170
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II. Pedagogía
que iba saliendo un poquito más derecho… ¡cataplúm!92, un coscorrón del pasante le hacía soltar el papel para llevarse la mano
a la parte dolorida y rascársela cuanto permitieran las iracundas
miradas de don Pedro… Nueva tentativa, nuevo fracaso, acompañado de esta lluvia de flores: «Burro, eso no es escribir, eso es dar
coces…».
En lectura iba bien. Pero cuando, pasado algún tiempo, le pusieron a desflorar los elementos de las artes y ciencias… ¡Dios misericordioso, amparo de la ignorancia!… Nada, nada, Polo y don
José Ido convinieron unánimes en que carecía absolutamente de
memoria y entendimiento. No había fuerza humana que pudiera hacerle decir bien ninguna de aquellas sabias definiciones que com
pendian la sabiduría de nuestros libros escolares. No son para contados los testimonios que levantaba y los trastrueques que hacía al
intentar decir que el participio es una parte de la oración que par
ticipa de la índole del verbo y del adjetivo. En otras definiciones se
trabucaba más por no conocer el valor y significado de las palabras.
¡Flojita cosa era para él saber lo que es Gramática! Recórcholis93,
si no sabía lo que es arte… si no sabía lo que quiere decir correc
tamente… Por algo, sí, por algo, Dios de justicia, pensaba el pobre
Centeno que fabricar ciertas definiciones y asar la manteca eran
cosas harto parecidas.
Luego venía la Historia Sagrada con sus cáfilas de nombres, sus
genealogías, sus guerras, sus episodios patéticos y trágicos. Aquello
era otra cosa. Aun en insulso extracto, la historia de Israel ofrece
interés a la infancia. Pero el entendimiento del pobre Centeno no
estaba hecho, no, para retener tanto y tanto nombre de individuos y
pueblos. Deploraba la fecundidad de Jacob, y las tribus le traían a
mal traer, porque confundía una con otra, o le colgaba un parentesco al más pintado. Él no sabía de linajes, ¡contra!, y lo mismo
daba Juan que Pedro. Un día cometió un desliz bíblico-mitológico
92
La onomatopeya es nuevo indicio del tono oral que a menudo adquiere el
relato.
93
La muletilla de Felipe es otro de los lazos con Marianela, donde ya el niño
la había adoptado.
171
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El doctor Centeno
achacando a Nabucodonosor excesos y desmanes del señor de Jú
piter, y al ver que todos se reían, dijo con mucho desenfado: «Lo
mismo da; tan pillo era el uno como el otro».
La algazara que produjo esta observación fue tan grande, que
don Pedro tuvo que dar zurribanda general para imponer silencio,
aunque él mismo no contenía la risa.
Venía luego la Doctrina Cristiana. Al fin, al fin se iba a lucir.
Como que ya sabía él algo, y aun algos de cosa tan buena, santa
y admirable, de que se deriva la máquina toda del humano saber.
Pero a las primeras de cambio, ¡Dios de los tontos!, empezó mi
sabio a desbarrar. Érale imposible retener en la memoria las res
puestas que comprenden y definen los altos principios del Cristianismo. Cuando las cláusulas eran breves y sencillas, menos mal;
mi hombre las espetaba de corrido; pero ¡ay!, cuando venía una
de aquellas cosas hondas, largas, enrevesadas y oscuras que guardaba el librito en sus últimas hojas, ya era Felipe hombre perdido…
Allá iban proposiciones que harían estremecer de espanto a los
Santos Padres. ¡Risas, escándalo y patadas en la clase! No se ha
visto ni verá más atrevido heresiarca. ¡Decir que la gracia es un
ser divino que nos hace esclavos del demonio!… ¡Ciérrate, boca
nefanda!
Un día, que fue de los más infelices que tuvo Centeno en la
casa de don Pedro, a los tres meses de haber entrado en ella; un día
en que todo lo dijo mal y lo hizo peor, y echó por aquella boca los
más horribles despropósitos que pueden oírse, don Pedro tuvo una
idea entre humorística y sanguinaria que al punto quiso poner por
obra como saludable escarmiento y visible lección de sus alumnos.
Porque cuando el tal don Pedro, siempre tan serio y ceñudo, con
aquella cara de juez inexorable y aquella expresión de patíbulo, tenía humoradas, eran éstas ferozmente irónicas, verdaderas caricias
de puñal, como los epigramas de Shakespeare. Cogió a Felipe, me
le puso de rodillas sobre un banco, le encasquetó en la cabeza el
bochornoso y orejudo casco de papel que servía para la coronación
de los desaplicados. Luego, en el airoso pico de esta mitra colgó un
cartel que decía con letras gordas, trazadas gallardamente por don
José Ido: EL DOCTOR CENTENO.
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II. Pedagogía
¡Dios de Dios, qué risa, qué estruendo, qué ovación! Aquel
día tenía don Pedro humor burlesco. Su alma de pedernal echaba
chispas, y de su verbosidad chancera brotaban cuchillos. De sus
chistes resultaba el escarnio. Paseándose delante de la víctima, con
la palmeta en la mano, decía: «Este señor vino a Madrid para ser
médico. Como es tan aprovechado, tan sabio, tan eminente, pronto
le veremos con la borla en la cabeza… Ánimo, hombre, no llores…
No hay carrera sin trabajos… Ya estás a medio camino. Si sabes
más que ese tintero… Serás médico: tómale el pulso a la pata de
la mesa».
¡Risas, confusión, aplausos, bramidos! Don Pedro era el maes
tro más gracioso…
VI
Por desgracia de Centeno, la antipatía que inspiró a doña
laudia, en vez de disminuir con el tiempo, iba creciendo a causa
C
del carácter seco y desabrido de aquella señora. Era la roca árida en
que había nacido la negra encina que llamamos don Pedro Polo94.
Luego la maldita criada agravaba la situación de Felipe con sus en
redosos chismes. De todo lo malo que en la casa pasaba había de
tener la culpa el sin ventura hijo de Socartes. Si traía algo, lo traía
tarde; si se le confiaba cualquier faena de la cocina, echábala a perder; si redoblaba su esmero, resultaba que, por atropellar las cosas,
salían mal; si al ir a comprar algo lo hacía con poco dinero, lo que
había traído era detestable; si resultaba caro, era un sisón; si hablaba, era entrometido; si se callaba, sin duda estaba meditando picardías; si se limpiaba la ropa, era un presumido; si no, era un Adán.
94
Don Pedro Polo es identificado (en metáfora diégetica, es decir, extrayendo
el comparante del ámbito de la propia vida del personaje) con una negra encina,
relacionada con su origen extremeño. De manera semejante, el narrador indica,
como remate del retrato físico del Magistral en La Regenta: «Se parecía un poco
a su querida torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta
y bizarra, mística; pero de piedra» (Parte I, cap. IX).
173
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El doctor Centeno
En resumidas cuentas, habría deseado el Doctor (pues dieron en
llamarle de este modo, y también el Doctorcillo) tener la sabiduría
de aquel señor tan despejado de que hablaba la Historia Sagrada,
Salomón, para poder complacer a la doméstica y a la señora. Los
regaños de ésta, importunos y soeces, le ponían en tal tristeza, que
le entraban deseos de marcharse de la casa. Viendo que sus leales
esfuerzos no tenían estímulo ni recompensa, desmayaba su valeroso ánimo, y lo mismo le importaba cumplir que no. Así, cuando
iba a recados, se detenía en las calles mirando los escaparates o
añadiéndose al corro que por cualquier motivo se formara, o entablando sabroso palique con éste o el otro amigo.
En tanto, las horas de servicio crecían de lo lindo y las de
enseñanza mermaban. Viéndole cada día más torpe, apenas se le
tomaba lección de aquellas condenadas materias que tan poca gracia le hacían, y el gran don José Ido, al llegar a él, decía: «Mira,
Doctor, más vale que te vayas a subir agua, que estas cosas no son
para ti».
Y él veía el cielo abierto, porque más le gustaba y más le instruía sacar agua del pozo y cargar una cuba que repetir aquello de
que el artículo sirve para entresacar el nombre de la masa común
de su especie.
De las enseñanzas de la escuela, lo único que le agradaba era
la Geografía. Cierto día que estaba en la clase y tenía delante un
mapa muy bonito, donde se veían los países pintados con rayas y
masas de colores, y el mar azul y las islas de extraña forma, sintió
una tentación que sin duda debía de ser mala. ¡Diablos de chicos;
no hay cosa que no inventen!… Pues se le ocurrió nada menos que
dejar a un lado los palotes, como se arroja fatigosa carga, y ponerse
con toda su alma a retratar el mapa, imitando los contornos y perfiles que allí parecían el propio rostro de las naciones. ¡Qué lástima
no tener caja de pinturas o al menos lápices de colores! Así, así
debían ser enseñadas todas las cosas. ¿Por qué no se han de pintar
la Gramática y la Doctrina?… Manos a la obra y venga papel. Sacó
del bolsillo un pedazo de lápiz y aquí te quiero ver, talento. Raya
por allí, raya por allá; aquí un pico, más allá un hueco, todito iba
saliendo a maravilla: la Inglaterra, que es una isluca con muchas
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II. Pedagogía
púas; Suecia, que parece una gran pieza de bacalao; Franciota con
luengas narices; Portugalito con la boca risueña, que es la del Tajo;
Italia como una bota; Grecia cual manojo de pueblecitos, y Rusia
grandísima, informe, esteparia, soñolienta sin fisonomía… Muy
bien. La cosa prometía. El retrato estaba hablando, y aunque a
algunas de las naciones no las conocería ni la mala mujer que las
inventó, si el artista tuviera goma con que borrar para rehacer su
trabajo… ¡re-contra!…95 Tan engolfado estaba en sus golfos, y tan
aislado dentro de sus islas, que no vio venir a don Pedro, el cual
se acercó por detrás pasito a pasito… ¡Ay Dios mío! Del primer
capón poco faltó para que los nudillos del maestro penetraran hasta
la masa cerebral del geógrafo pintor, y detrás otro y otro, dados al
compás de estas cariñosas frases:
–¡Animal, siempre de juego, pum!… ¡Si te voy a freír! ¿De esa
manera, ¡pum!… correspondes al bien que te he hecho recogiéndote… ¡pum!, de las calles? No se puede… ¡pum!, sacar partido de
ti. Anda, anda, arriba…
El resto de tan cristiano discurso fue, más que pronunciado, escrito con las manos del maestro sobre las mejillas rojas del criminal y sobre otras partes de su cuerpo. Cada lagrimón que le caía
abultaba más que un garbanzo. La suerte es que se los iba bebiendo
a medida que llegaban a la boca; que si los dejara rodar, segura
mente le mojarían la ropa. Al subir, se tentaba el cráneo para in
dagar cuántos y de qué calibre eran los agujeros que en él, a su parecer, tenía.
Doña Claudia estaba de malísimo talante aquel día por tres
motivos. Primeramente le dolía la cabeza, como atestiguaba la
venda que se la oprimía, sujetando dos ruedas de patata sobre las
sienes. Añadid a esto el disgusto que le ocasionaba la lista grande,
95
Es llamativa la semejanza de los dibujos que espontáneamente va haciendo el
niño con los modos gráficos de enseñar la Geografía en el mundo anglosajón. Aunque
es difícil que Galdós conociera el volumen de Funny Geography de W. Harvey en el
que aparecen los países de Europa dibujados de manera humanizadora, reproducimos
un dibujo de esta peculiar cartografía, tan parecidos a los comentarios de Felipe.
Pueden verse en la interesante recopilación gráfica realizada por Ester González
Solís, 2008.
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El doctor Centeno
que acababa de leer, en cuyo documento, por uno de esos descuidos tan propios de nuestra mala administración, no aparecía premiado ningún número de los que la señora tenía96. Seguramente la
lista estaba equivocada. Por último, doña Claudia había descubierto
en la criada cosas de que no se podía echar la culpa a Felipe. Así,
cuando éste se presentó y le dijo llorando: «El señor me ha mandado
que suba», doña Claudia se puso en pie, dio al aire las dos aspas de
sus brazos, y con voz desabrida le contestó: «Di a mi hijo que aquí
no hacen falta monigotes». Felipe tornó al piso bajo; mas no tuvo
ánimo para entrar en la clase, y sentóse junto a la puerta de ella,
esperando a que don Pedro saliese y le dijera algo.
Allí estuvo largo rato, oyendo el rumor hondo del aula, tan
semejante al del mar, y como éste, músico y peregrino. Lo compone un vagido constante de cláusulas que vienen y van, salpicar
de letras, restallido de palmetazos y aquel fondo mugidor de la
murmuración infantil, que es como el constante silbar de la brisa.
Este fenómeno, sobre que entristecía el alma del buen Doctor, le
convidaba a mecerse en meditaciones… ¡Qué desfallecimiento el
suyo! No podía ya tener duda de que era el más bruto, el más torpe
y necio de la escuela.
Él lo comprendía bien, por virtud de su propio entendimiento,
en que cada esfuerzo era un fracaso, y además debía de ser cierto,
porque lo aseguraban personas como Polo y don José Ido, que eran
dos templos de sabiduría. Verdaderamente, el Doctor Centeno no
debía estar sino en Socartes, rodeado de sus iguales, las piedras, y
de sus dignos prójimos, las mulas. ¿Por qué algunos chicos decían
tan bien sus lecciones, y él no daba pie con bola?… ¡Qué cosa más
triste! Toda la vida sería un animal… Sí, tan médico sería él como
puede serlo una calabaza. ¡Qué desengaño! Y no era por falta de
voluntad, que si la voluntad hiciera sabios, él se reiría del mismo
Salomón. Era porque le faltaba algo en aquella condenada y cien
veces maldita cabeza… Pero no, no lo podía remediar, ni estaba en
96
En su «Añadid a esto…» el narrador persiste en el tono de complicidad con
unos supuestos oyentes que reciben su vivo relato, lleno de compasión y simpatía
hacia los padecimientos de Felipe.
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II. Pedagogía
su mano corregir su natural barbarie. Había hecho fatigosos y titánicos esfuerzos por retener las sabias respuestas de los libros, y las
palabras se le salían de la memoria como se saldrían las moscas si
se las quisiera encerrar en una jaula de pájaros… El Doctor Centeno para nada servía, absolutamente para nada. ¡Malditos libros, y
cómo los aborrecía! Y era tan bobo Felipe, que se le había ocurrido
aprender muchas cosas, preguntándolas al pasante. Porque en los
cansados libros no se mentaba nada de lo que a él le ponía tan pensativo, nada de tanto y tanto problema constantemente ofrecido a su
curiosidad ansiosa. ¡Oh, si el doctísimo don José le respondiese a
sus preguntas, cuánto aprendería! Adquiriría infinitos saberes, por
ejemplo: por qué las cosas, cuando se sueltan en el aire, caen al suelo;
por qué el agua corre y no se está quieta; qué es el llover; qué es
el arder una cosa; qué virtud tiene una pajita para dejarse quemar,
y por qué no la tiene un clavo; por qué se quita el frío cuando uno
se abriga, y por qué el aceite nada sobre el agua; qué parentesco
tiene el cristal con el hielo, que el uno se hace agua y el otro no;
por qué una rueda da vueltas; qué es esto de echar agua por los ojos
cuando uno llora; qué significa el morirse, etcétera.
Pensando en estas simplezas, dieron las doce y terminó la clase
de la mañana. ¡Momento feliz! Creeríase que el día, perezoso, daba
un salto y se ponía de pie… Iban saliendo los escolares a escape y
atropelladamente; el último quería ser el primero. Todos, al pasar
por donde Centeno estaba, le decían alguna cosa. Éste le daba con
el pie; el otro le incitaba a que saliera también para jugar en la
calle, y unos con desvío, los más con afecto, todos tenían para él
palabra, pellizco o arrechucho. Don Pedro le vio en la puerta, y
ceñudo le dijo:
–Hoy estás sin comer.
Ni asombro ni pena causó esto a Felipe, por lo acostumbrado
que estaba a tales penitencias. De los seis días de labor de cada
semana, tres por lo menos se los pasaba a la buena de Dios. Es
forzoso repetir que Polo hacía estas justiciadas a toda conciencia,
creyendo poner en práctica el más juicioso y eficaz sistema docente; no lo hacía por ruindad, ni por la sórdida idea de ahorrar la
comida de su doctor criado.
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El doctor Centeno
Los condenados a ayuno se quedaban en la clase. Se les obligaba a estudiar en aquella triste hora, vigilados por el pasante, a
quien una mujer andrajosa llevaba la comida en dos cazuelillos.
Mientras ellos leían o charlaban, él comía sus sopas y un guisote de
salsa espesa. A veces, cuando les veía muy desconsolados les daba
algo. Después hacía traer un café, y repartía el azúcar que sobraba,
siendo tal su bondad, que generalmente tomaba el brebaje muy
amargo para que no faltara a los hambrientos la golosina. Alguno
había tan mal agradecido, que cuando Ido se distraía reprendiendo
a otro, echábale bonitamente dentro del vaso un pedazo de tiza de
la que servía para escribir en el encerado.
Centeno, por estar privado de comida, no dejaba de servir la
de sus amos en el comedor. Luego, cuando la criada ponía la mesa
en la cocina, se le mandaba bajar a clase con el estómago más vacío
que las arcas del Tesoro. Era tan desgraciado, que siempre llegaba
después que el seráfico don José había repartido los terroncillos.
Pero algún alma tolerante y cristiana se acordaba de él, hay que
decirlo claro; sí, Marcelina le guardaba siempre alguna cosita, para
dársela al anochecer, a escondidas de su hermano y de doña Claudia, que decía: «¿Sabes lo que haces con esos mimos? Pues consentirle y echarle a perder más».
Y a pesar de tantos y tan variados rigores, Felipe tenía cariño a don Pedro; le quería, le respetaba y se desvivía por agradarle. Las reprimendas que su amo le echaba heríanle en lo más
vivo de su alma, y esta se le inundaba de contento cuando sorprendía en el semblante de él señales o vislumbres, por débiles
que fueran, de aprobación. Le miraba como un ser eminente y
escogido, cual instrumento de la Providencia, grande y terrorífico
como aquel Moisés que hacía tan vistoso papel en las Escrituras.
Algunos domingos el terrible don Pedro tenía un arranque de generosidad, digno de su alma varonil. Aquella rigidez se doblaba;
aquella dureza se fundía; aquel bronce se hacía carne. Llamaba
a Felipe, y echando mano al bolsillo, le daba un par de cuartos,
diciéndole:
–Toma, hombre, vete por ahí de paseo y compra alguna golosina.
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II. Pedagogía
VII
Frente a la casa de don Pedro, por el callejón de San Marcos,
se veía, en muestra negra con letras blancas, el título de un pe
riódico97. Estaba en el piso bajo la redacción, y en el sótano la imprenta y máquinas del mismo. Felipe, siempre que salía, se paraba
delante de las ventanas a ver por los cristales a los señores que escribían el diario, reunidos alrededor de una mesa con tapete verde,
en la cual había muchos papeles cortados, manojos de cuartillas,
grandes tijeras y obleas rojas. Los tales eran, según Felipe, los hom
bres más sabios de la tierra, porque inventaban todas aquellas cosas saladísimas que salían en el papel al día siguiente. Les miraba él desde fuera con supersticioso respeto, y se admiraba de
que siendo todos tan sabios no tuvieran mejor pelaje. Disputaban,
reían, y mientras el uno escribía, otro daba grandes tijeretazos sin
piedad en distintos papeles más largos que sábanas. De todos aquellos simpáticos señores el que más atraía la atención de Felipe era
uno que siempre se sentaba frente a la ventana, y por eso se le veía
mejor desde la calle. No era joven; tenía la cara redonda, la nariz
muy chica y picuda, la expresión avinagrada, el mirar soberano, y
grande, espaciosa y reluciente calva, por la cual se pasaba suavemente la mano, para acariciar sus ideas. Vaya, que si toda aquella
cabezota estaba llena de talento, aquél debía de ser el hombre del
siglo. ¡Con qué gravedad tomaba ora las tijeras, ora la pluma, y con
qué aire se acomodaba a cada momento los anteojos sobre la na
riz!… Observando estas cosas, Felipe se detenía en la calle más de
lo regular; los recados tardaban eternidades, y luego doña Claudia
o Marcelina ponían el grito en el cielo y llovían bofetadas. Mayores
fueron aún las distracciones de Centeno cuando se hizo amigo de
97
Comienza una escena con el ambiente de la redacción de un periódico,
mundo que Felipe va a conocer mediante un nuevo personaje que aparece en el
relato por la vía del encuentro casual y la amistad. Galdós conocía muy bien este
mundo, al que se incorporaban como aprendices muchachos muy jóvenes, tal como
él mismo en su primera actividad como periodista en la publicación madrileña La
Nación, desde 1865 a 1868.
179
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El doctor Centeno
otro chico de la misma edad, poco más o menos, que era hijo del
mozo de la redacción y servía en esta y en la imprenta para hacer
recados y llevar pruebas. No salía nunca el Doctor a un mandado
sin asomar las narices a la puerta de la redacción para ver si estaba
su amigo. Éste también le buscaba, y como se encontraran, ambos
se pasaban las horas jugando, olvidados de su deber. Desde que se
vieron simpatizaron, y desde que se hablaron su afecto apareció
tan vivo como si fuera antiguo. El primer cambio de palabras fue
para enterarse de los nombres.
–¿Cómo te llamas tú?
–¿Yo? Felipe Centeno. ¿Y tú?
–Yo me llamo Juanito del Socorro.
En figura y en genio no tenían semejanza, pues Socorro re
presentaba menos edad de la verdadera; era delgado, flexible y
escurridizo como una lagartija. Parecía tener alas en los pies porque no andaba sino a saltos, y hablaba haciendo mil contorsiones
y monerías. Era más embustero que el inventor de las mentiras,
que según parece, fue la serpiente del Paraíso, y además vanidoso
y lleno de las más graciosas y ridículas presunciones. Se comía la
mitad de las palabras, y dándose aires de protector, llamaba a su
amigo hijito, con un retintín que habría hecho reír a la rueda de
una noria. Por Socorro supo Felipe que el señor de la calva y de
los espejuelos sobre la nariz chica era el que escribía los artículos
y sueltos de Hacienda.
–¡De Hacienda! –exclamó Centeno, abriendo la boca todo lo
que se puede abrir.
–Hijí… tú no sabes; es un señor que siempre está muy enfadado, y cuando escribe, dice que la Deuda… ¡bum!, la Hacienda,
¡bum!, el Porsupuesto, ¡bum!… y echa unas carretadas de números
que te quedas bizco98.
98
Se nos ofrece una visión del estilo catastrofista del periodista económico desde la perspectiva del niño. Esta opción excluye juicios críticos que un
adulto podría haber hecho, y que el narrador también elude hacer, privilegiando
el estilo directo del niño y su interpretación de lo que ve y oye en el mundo
adulto.
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II. Pedagogía
Felipe le oía con la boca abierta, lleno de admiración.
–¡Vaya un hombre!… ¡Cór…!
–Pues mira, hijí… cuando no está en la casa, los otros relatores
se ríen de él, y dicen que es más tonto que el cepillo de las ánimas.
Voy a comprarle cigarros… Que se espere.
En estas conversaciones pasaban el tiempo, y se acompañaban
el uno al otro en sus recados. A menudo Juanito hacía ponderaciones
de su estado y familia, diciendo:
–Hijí, cuando menos lo pienses, te he de colocar… porque mira,
mi padre tiene muchas haciendas, y aunque está sirviendo, es porque van a subir los de acá, y lo menos le hacen comendante… Yo
como todos los días gallina y jamón, porque mamá tiene una amiga
que es duquesa y le manda regalos… Un día de estos verás el caballo que me va a comprar papá. Lo van a traer de las haciendas,
¿estás?
Otras veces, Juanito, que era listo y conservaba en su memoria lo
que oía en la redacción, decía a su amigo con misterioso acento:
–Hijí… hijí… ¿no sabes? Esto se va… Vamos al decir que
viene revolución. Los señores lo dicen. Ya está la tropa apalabrada.
Se arma, se arma99.
99
Esto se va… Vamos al decir que viene revolución. Los señores lo dicen.
Ya está la tropa apalabrada. Se arma, se arma: Juanito refleja las conversaciones
de los adultos expectantes en el ambiente prerrevolucionario que sin duda traería
a sus mayores el recuerdo de la década anterior (y que aparece desarrollado sobre
todo en el Episodio Nacional La revolución de julio). Aun sin entender gran cosa,
el niño se contagia de la excitación de los relatos de su padre, que aguarda como
antiguo miliciano la oportunidad de vengar la muerte de un hermano al que las
tropas gubernamentales asesinaron en 1853. Esta parte de la historia nacional (e
intrahistórica y familiar aquí), se transmite con gran finura, desde el candor e incomprensión de unos niños que no entienden ni hechos ni vocabulario, y sólo comparten la agitación ante el porvenir. Esto se va se convirtió en una frase hecha, tal
como destaca Galdós al subrayarla en cursiva. En un marco temporal muy distinto,
encontramos al indiano José María Manso, que encadena muletillas políticas como
éstas, enumeradas irónicamente por su hermano: «Un día me lo encontré muy apurado en su despacho hablando solo, y a mis preguntas contestó sinceramente que
se sentía orador (…) con este síntoma notaba yo en mi hermano el no menos claro
de usar constantemente ciertas formulillas y modo de decir de los políticos (…)
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El doctor Centeno
Centeno, al oír esto, sentía en su espíritu el pasmo que oca
siona todo anuncio de cosas insólitas, sobrehumanas y jamás vistas
ni comprendidas.
–Sí, hijí… cuando yo te lo digo… Esto anda mal, y los curas
tienen la culpa de todo… Mi padre, que sabe mucho y es amigo de
los pejes gordos, dice que cuando venga la cosa, hay que ahorcar a
mucho pillo. A un hermano de papá le mataron en otra trifulca, y
papá dice que se la han de pagar… porque cuando venga la cosa,
habrá lo que llaman melicia.
–Pues algo va a pasar –manifestó Felipe, dándose importan
cia–, porque ayer don Pedro, en la mesa, dijo que esto se pone feo…
¿oyes?, y habló del Gobierno, de la tropa, del Porsupuesto… Él
también lee por las mañanas un papel, y el otro día contaba que…
pues, no me acuerdo. Tú que sabes estas cosucas, di, ¿qué quiere
decir las turbas?
–¿Las turbas?… pues las turbas… Hijí… eso está claro. Las
turbas somos nosotros100.
Decía: Estamos a ver venir; los señores que se sientan en aquellos bancos; esto
se va; lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran a dar…»
(El amigo Manso, cap. IX).
Rico y Amat, en su Diccionario de los políticos de 1855, apunta ya el abuso
de otra de las expresiones reproducidas por Juanito, a la que define así:
«¿CUÁNDO SE ARMA? Saludo muy frecuente entre los cesantes y descontentos, que
traducido al lenguaje de la verdad, quiere decir: ¿cuándo nos armamos? Esto es; ¿cuándo
llega el día en que pesquemos un buen destino?
Se usa ese saludo en las épocas en que es general el descontento público y en que
están vacilantes las situaciones o los gobiernos».
100
Juanito refleja la versión familiar de las revoluciones de la década anterior,
en las que se ajusticiaba a mucha gente, entre ella, a curas. El niño ha entendido a
su manera, pero correctamente en lo esencial, el concepto de turbas o masas, de
las que tanto se ocupó el historiador Jules Michelet en su Historia de la Revolución
francesa, entre otros lugares: para el profesor francés, las masas son el pueblo soberano, imprescindible en toda revolución. El 30 de junio de 1863, el diario La Iberia
anunciaba el libro, ya traducido, Las mujeres de la revolución, de Michelet.
En el episodio Las tormentas del 48, Sofía replica a su esposo, que había
utilizado el término «turbas»: «Ya en Francia no se dice las turbas sino las masas,
nombre nuevo del populacho, y me parece que también por acá vamos a tener masas,
que es lo único que nos faltaba». El marco temporal de este episodio abarca desde
1845 a 1848, por lo que Galdós se ha preocupado de documentar la adquisición del
182
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II. Pedagogía
Alguna vez les sorprendía don Pedro, al salir de noche, en estas
conferencias, sentados en la puerta de la redacción o en otra más
allá, fumándose entre los dos a turno un roto cigarrillo. El maes
tro no se contentaba con reprender y castigar a Felipe, sino que a
los dos les sacudía algunos pescozones diciéndoles: «Tunantes, id
a vuestra obligación».
Don Pedro salía todas o las más de las noches. Aquel hombre,
consagrado a rudo trabajo, necesitaba esparcimiento y ejercicio.
En los primeros años de su vida escolástica, solía tertuliar con su
madre y hermana después de la cena, hasta la hora de acostarse.
Pero llegaron días de mayor cansancio, las digestiones no eran tan
fáciles, y sobre este malestar vinieron unas melancolías tan negras
que no era posible hacer salir de la boca del capellán una sola palabra. Se paseaba por el comedor mirando al suelo; luego se metía
en su cuarto y se estaba allí larguísimo rato solo y a oscuras… De
repente sentíasele revolviendo en la habitación, y al fin aparecía de
paisano, envuelto en su capa.
–Sí –le decía en un bostezo doña Claudia–, bueno es que hagas
ejercicio.
Marcelina le miraba sin decir nada; pero sus miradas traducían tímidamente esta observación: «Ya le entró a mi hermano la
calentura».
Don Pedro decía: «voy a dar una vuelta», y se iba. Regresaba
a las once, cuando ya su madre dormía. Su hermana le esperaba
siempre, y le alumbraba hasta llegar a la alcoba. Don Pedro sólo
decía alguna frase referente al tiempo.
Vino después larga temporada en que parecía luchar consigo
mismo para evitar la salida. Después de comer se entregaba a la
lectura. Compró muchos libros, y otros se los prestaba el fotógrafo,
término en España. El Diccionario de los políticos de Juan Rico y Amat explica
irónicamente el abuso del término masas por parte de los políticos, y define así
el concepto: «MASAS: Palanca de mucha resistencia que usan los políticos en el
derribo del edificio ministerial. Se sirven de ella en un caso extremo y sólo cuando
se halla rota la piqueta de la libertad de imprenta o desportillada la alcotana de la
tribuna parlamentaria…».
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El doctor Centeno
que tenía gran copia de ellos. El leer más grato a su espíritu varonil
era el de cosas heroicas y fuera de lo común, historias de bravas
conquistas o descubrimientos. También se entretenía con novelas,
prefiriendo las de mucho enredo, llenas de pasos y lances estupendos. Los viajes arriesgados por islas y tierras de bárbaros le delei
taban, y todo aquello en que hubiera lucha con feroces bestias o
con los elementos; dificultades, trabajos y el siempre sublime sacrificio del hombre por la cruz y la civilización. Su temperamento se
empapaba en esto y se condimentaba, dirémoslo así, como ciertos
manjares se guisan en su propio jugo.
Jamás se le vio leer libro místico; y cuando tenía que preparar
un sermón, cogía la Cadena de Oro de Predicadores, el Alivio de
Párrocos, o bien el socorrido Troncoso101, únicos libros religiosos
que guardaba, y entresacando de aquí y de allí, esto quiero, esto
no quiero, una de cal y otra de arena, componía sus enfáticas ora
ciones; y aprendidas de memoria, las soltaba como un seráfico pa
101
Cadena de Oro de Predicadores, Alivio de párrocos, Troncoso: Galdós ridiculiza a menudo la mala oratoria, sea ésta política, sermonaria o doméstica. El
narrador revela aquí el fraude: las fuentes del cura y su manera de copiar sus exitosas predicaciones, por otra parte algo muy frecuente desde la época de oro de la
oratoria sagrada en el siglo XVII. Los libros a que se hace referencia eran a modo
de vademécum para predicadores que extraían de ellos sus sermones. El Padre Juan
Troncoso proporcionó 10 volúmenes de una Colección de discursos dogmáticos, apo
logéticos, morales, doctrinales, panegíricos. Clasificados por series, acomodados
a todas las dominicas, misterios y festividades que normalmente celebra la iglesia
católica, a las particulares de España y otros asuntos de actualidad religioso-social,
editados por vez primera entre 1854 y 1858. Los dos tomos del anónimo Alivio
de párrocos o pláticas familiares para los pueblos se publicaron por vez primera
en Madrid en 1857. Más adelante, los sermones de don Pedro serán comparados
elogiosamente a los del Padre Troncoso y a los del «célebre Bordalúo», es decir,
el predicador barroco francés Louis Bourdaloue, cuyos sermones se empezaron a
editar traducidos en castellano ya hacia 1717.
Tal como ocurrirá más tarde en La Regenta, el sermón se convierte para el
sacerdote enamorado en una función y posible vía de seducción. La ceremonia
religiosa sería pues un espectáculo de lucimiento. Recordemos la sorprendente pregunta que el Magistral hace a Ana Ozores, satisfecho de su sermón, y la respuesta
desconcertada de La Regenta:
«¿Se ha divertido usted en misa?
–¡Divertirme en misa!» (Parte III, cap. VIII).
184
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II. Pedagogía
pagayo, del mismo modo que sus venturosos discípulos decían las
definiciones. ¡Y qué pico de oro!
VIII
La mesa de don Pedro había ido ganando, día por día, en variedad y riqueza. Modestísima en los comienzos de la vida capellanesca, era últimamente casi suntuosa. Sobre los regalos que le hacían las monjas, tenía los de sus discípulos, que no eran cualquier
cosa. El 29 de junio se renovaba allí el espectáculo eructante de las
Bodas de Camacho. En tal día y en otros marcados, convidaban los
Polos a algún amigo o pariente, no faltando nunca don Florencio
ni el fotógrafo. Doña Saturna iba puntual a hacer sus primores, y
desde muy temprano, ella y doña Claudia se metían en la cocina
y estaban todo el día machacando especias, haciendo salsas y picadillos, revolviendo peroles. Generalmente, por ser casi todos los
comensales extremeños, las dos señoras hacían el frite, guiso de
cordero a la extremeña, que era recibido en la mesa con aclamaciones patrióticas.
Cuando iban a comer las dos chicas de Sánchez Emperador,
don Pedro estaba en sus glorias, y se esmeraba en ser muy fino y
galante con ellas, especialmente con la mayor, que era la hermosa.
Profesaba Polo la teoría, por cierto muy razonable, de que se
puede ser a un tiempo buen sacerdote y atendedor de las damas,
con lo cual se reverencia de dos maneras al Supremo Artífice de
todas las cosas. Por esto, cuando las de Emperador eran convidadas,
viérais al señor capellán y maestro salir de su cuarto muy almidonado, muy peinado y oloroso, en correcto y limpio traje de paisano.
Luego, durante el curso de la comida, no cesaba de echar donaires
por aquella boca, y galanas flores retóricas del mejor gusto y sin
chispa de malicia. Todos lo alababan y reían, no siendo las dos chicas
indiferentes a los elogios que se hacían de su mérito.
Después de uno de estos días de honesta jarana, solía estar don
Pedro muy taciturno y displicente. Notaban los alumnos en él refi185
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El doctor Centeno
namientos de rigor y exigencias inquisitoriales, al tomar la lección.
No perdonaba ni una mota. Aun con la familia estaba el buen señor como enojado; economizaba avaramente las palabras; ponía
defectos a la comida diaria; quejábase de inexactitudes en los servicios de su hermana; a cualquier descuido, como un botón por pegar
o un cuello mal planchado, daba importancia extrema. Se paseaba
silencioso de un ángulo a otro de su cuarto, y Felipe se asustaba
oyéndole dar unos suspiros tan grandes, que eran como si por el
resuello quisiera descargarse de un pesadísimo tormento interior.
Únicamente salía de sus labios la frase rutinaria «voy a dar una
vuelta» en el momento de ponerse la capa.
Tal estado de misantropía se iba desvaneciendo lentamente, y
el personaje, cual pieza forjada que se enfría y recobra su temple y
dureza, volvía a su carácter normal; pacífico y tierno con la familia,
afable y cariñoso con todos menos con los alumnos.
Cuando don Pedro se iba a dar la famosa vuelta, doña Claudia,
que cenaba sola y más tarde que su hijo, se comía el salpicón o la
ensalada, con el cortadillo de vino, y luego se daba a la endiablada
tarea de combinar sus números, y recorrer las listas pasadas para
hacer un cálculo de probabilidades que no entenderían los mate
máticos de más tino. El sueño la cogía de súbito en estos afanes y
se dormía sobre sus laureles aritméticos. Después de dar mil cabezadas se iba a acostar, arrastrándose, y poco después sus ronquidos
daban fe de la tranquilidad de su conciencia.
Marcelina y Felipe se quedaban en vela esperando a don Pedro,
junto a la lámpara del comedor, ella cosiendo o haciendo crochet,
él estudiando las lecciones del día siguiente. Muy a menudo el Doctor inclinaba la cabeza sobre la Gramática y se quedaba dormido,
como esos Niños Jesús a quienes pintan durmiendo sobre el libro
de los Evangelios102. La fea de las feas tenía la bondad de respetar
102
Es procedimiento frecuente en Galdós el de describir contextualmente mediante analogías que remiten a pinturas o esculturas conocidas, como medio para que
el lector visualice plásticamente al personaje o al grupo en determinada posición.
J. Gimeno Casalduero ha llamado la atención sobre este modo de presentación de
personajes, en «La caracterización plástica en Galdós: del tipo al individuo». En este
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II. Pedagogía
a veces aquel descanso, y no lo interrumpía en media hora. Cuando
el chico estaba despierto, la señora lo sermoneaba, echándole en
cara su poco amor al estudio, sus descuidos en el servicio, y prin
cipalmente su pícara afición a vagabundear por las calles y a detenerse las horas muertas siempre que iba a algún recado. Bien
conocía Centeno la justicia de estas observaciones; pero en cuanto
a su gusto de callejear, se sentía cobarde para condenarlo, porque
la amistad de Juanito del Socorro, que le contaba cosas tan interesantes de política y revoluciones, era el único bálsamo de su vida
miserable.
Triste era para él la casa; triste su habitación; tristísima la
escuela y el pasante y los libros; más tristes aún doña Claudia, la
cocinera y la cocina. La calle y Juanito eran todo lo contrario de
aquel marco sombrío y de aquellas figuras regañonas y lúgubres,
lo contrario de los coscorrones, de las bofetadas, de los gritos, del
estirar de orejas, de la Gramática (¡el impío y bárbaro estudio!), de
la bestial Maritornes, de aquel rudo trabajo sin recompensa moral
ni estímulo. Sin un poquito de calle cada día, luz de su oscuridad,
lenitivo de su pena y descanso de su entumecimiento físico y moral,
la vida le habría sido imposible.
–Lee, hombre, lee –le decía por las noches Marcelina, sin qui
tar los ojos de su obra, cuando sorprendía a Felipe jugando con sus
propios dedos o atendiendo a los ruidos de la calle–. Eres malo de
veras. No aprenderás nunca palotada. Mi hermano dice que él ha
caso, Felipe sería el figurado «Doctor» que fue también el Niño Jesús cuando con
doce años asombró a los doctores del templo con los que conversó durante tres días.
Este pasaje de San Lucas (2, 41-50) ha generado abundante iconografía, entre la
que podemos recordar los cuadros pintados por Durero, Veronés o Vermeer. Lázaro
Galdiano, tan amigo de Galdós, fue adquiriendo para su colección varias valiosas
estampas de «Jesús entre los doctores», así como un grupo escultórico de Diego de
la Cruz, «Cristo entre los Doctores». Las estampas populares de «Jesús Doctor»,
en las que figuraba Jesús adolescente mostrando la Biblia, fueron muy vendidas
en la Europa católica del siglo XIX. Por último, la imagen que pretende ofrecer
Galdós recuerda al precioso cuadro del Museo del Prado «Niño Jesús dormido
sobre la cruz» del pintor barroco Orazio Gentileschi, en el que una de las aspas de
la pequeña cruz sobre el suelo semeja un libro sobre el cual el adolescente con el
torso desnudo reposa con placidez.
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El doctor Centeno
conocido muchos brutos, pero que ninguno como tú… ¿No te da
vergüenza, hombre, de ver a otros niños tan aplicaditos…?
Reconociendo el Doctor que la señora hablaba como la misma sabiduría, no le hacía gran caso, y con el alma, más que con
los ojos, miraba a la calle, porque sentía los silbidos con que lo
llamara el del Socorro. ¡Inmenso dolor!… ¡No poder acudir a tan
querido llamamiento! Sin duda tenía que contarle aquella noche
cosas muy buenas, por ejemplo: que los regimientos se iban a echar
a la calle, que la cosa estaba en un tris y los curas con el alma
en un hilo… No había más remedio que tener paciencia y entretener de cualquier modo las pesadas horas, ya mirando los movimientos que con sus dedos hacía Marcelina metiendo y sacando el
gancho, ya contando los hoyos que aquella excelente señora tenía
en la nariz o los erizados cabellos de su verruga… porque pensar
que él había de leer en la fementida Gramática era pensar en lo
imposible103.
Un sistema de distracción encontró, a fuerza de aburrirse,
Centeno, y era observar los distintos ruidos que hacían las puertas
mohosas de la casa cuando las abría y cerraba la cocinera, la cual
andaba trasteando, hasta más de las diez, de la cocina a la despensa y de la despensa al comedor. Las puertas, como toda la casa,
tenían dos siglos de fecha, y en tan largo tiempo nadie se había
tomado el trabajo de acariciar con aceite sus gastados, secos y polvorientos goznes. Así es que daban unos gemidos que parecían de
103
Aunque sin juicios de valor explícitos en este lugar, es patente la preocupación pedagógica de Galdós, y su empatía con los verdaderos intereses y motivaciones de los niños, en este caso respecto al aprendizaje de la Gramática. Tal vez
una respuesta entre literaria y pedagógica a este problema sea su cuento alegórico «La conjuración de las palabras», publicado como tal en La Nación el 21 de
abril de 1868, texto que podría utilizarse para explicar conceptos gramaticales de
una manera lúdica e incluso editarse con las ilustraciones infantiles que el texto
evoca: «Las Preposiciones eran enanas, y más que personas parecían cosas, moviéndose automáticamente: iban junto a los Sustantivos para llevar recado a algún
Verbo, o viceversa (…) Detrás de todos marchaban las Interjecciones, que no
tenían cuerpo, sino tan sólo cabeza, con gran boca, siempre abierta…» (cfr. José
Luis Mora, 1988, documentado marco para comprender las posiciones educativas
del novelista).
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II. Pedagogía
seres vivientes, y su lamentar producía los más extraños efectos
musicales. Felipe, en la soledad y hastío de su espíritu, no hallaba
mejor entretenimiento que observar la diversa tesitura y acento de
cada uno de aquellos ruidos. Tal puerta imitaba el mugido de un
buey, tal otra el llanto de un niño; alguna sonaba como voz gangosa que pronunciara el principio del Padre nuestro; la de más allá
parecía la matraca de Viernes Santo, y otra decía siempre: mira
que te cojo. Amenizaba estas sonatas el lejano roncar de doña Clau
dia, que a ratos era silbido tenue, a ratos favordón104 que decía con
toda claridad: Sursum Cooor…da.
Cuando las puertas callaban, cual si se durmieran, Felipe buscaba impresiones del mismo orden en las vidrieras. Eran éstas, como
las ventanas, grandísimas, desvencijadas. Se componían de vidrios
pequeños, verdosos, que retrasaban la luz y eran como aduaneros
de ella, pues no le permitían pasar sin cogerse una parte. La madera
estaba pintada de azul, al temple, según el uso antiguo; el plomo
era negro, y de puro viejo apenas sujetaba los vidrios. Estos, siempre que los pesados bastidores se abrían, bailaban en sus endebles
junturas, cual si quisieran saltar y echarse fuera. Cuando pasaba
un coche por la mal empedrada calle, era tanto el temblor y tanta
la chillería de los vidrios, que las personas tenían que dar fuertes
gritos para hacerse oír.
Tal era la ocupación del Doctor: atender al paso de los coches.
Desde que sentía su rodar lejano, ponía alerta el oído para observar cómo lentamente empezaba el retintín de los vidrios; cómo iba
en rápido crescendo, hasta ser algarabía estruendosa. Antojábasele
104
Favordón: fabordón (ésta es la grafía correcta) es un tipo de canto que combina armoniosamente dos o tres voces, sin acompañamiento musical. Fue muy frecuente en cantos eclesiásticos en los siglos XIV y XV, y desde entonces se vincula
en exclusiva con composiciones religiosas. Nótese como Galdós integra en el contexto este término musical, que redondea la terminología figurada musical y religiosa del pasaje. En el silencio de la casa del sacerdote, Felipe observa la tesitura
y acento (vocablos que en una de sus acepciones pertenecen al ámbito musical) de
los ruidos. Los ruidos suscitan en el ingenioso narrador analogías religiosas: buey,
niño, pronunciación del Padre Nuestro, Viernes Santo… Y por último, el roncar de
Doña Claudia es sonata.
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El doctor Centeno
comparar la casa con un cuerpo humano al que se hacían cosquillas,
y con las cosquillas se disparaba en convulsivas risas.
De todo esto era preciso tomar acta, y con su pedacito de lápiz iba marcando disimuladamente con rayas, en el margen del
libro, los coches que pasaban. Pero algunas veces era vencedor de
la atención el fastidio. Felipe hacía almohada de la gramática y se
cuajaba dulcemente como un ángel. Viéraisle despertar pavorido a
la entrada de don Pedro, que, por tener llavín, no llamaba nunca.
A veces, una mano vigorosa le extraía, suspendido de la oreja, de
aquel seno placentero de su sueño, y oía una voz de trompeta del
Juicio Final, diciendo: «A acostarse».
Andaba dormido, tropezando, con los sentidos abotargados, sin
enterarse de lo que charlaban el amo y su hermana antes de reco
gerse. A tientas subía por fin a sus elevados aposentos, y… A media
noche todo dormía en la casa, las personas y los goznes y los vidrios. Sólo don Pedro, algunas veces, tenía el sueño tan difícil que
el alba y aun el claro día le encontraban como un lince; y gracias
que pudiera aletargarse y dar breve descanso a sus energías cere
brales a hora inoportuna, cuando ya el esquilón monjil le avisaba
que era llegada la de la misa.
IX
En la calle de la Libertad, más allá de la esquina de la casa
donde la redacción estaba, había un solar vacío, separado de la calle
por una cerca de desiguales y viejas tablas. Dentro sólo se veían
algunos montones de escombros, media docena de escobas y otras
tantas carretillas que dejaban allí los encargados de la limpieza urbana. Tenía la tal valla una puerta que estaba cerrada casi siempre;
pero Juanito del Socorro y otros chicos de la vecindad, asistentes
a la escuela de don Pedro, habían hallado medio de colarse dentro,
arrancando una tabla y apartando otra; y posesionados del terreno,
lo dedicaron a plaza para hacer en él sus corridas.
Habiendo sido admitido un día Felipe a esta diversión infantil, halló tanto gusto en ella, que se hubiera estado todo el santo día
190
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II. Pedagogía
en la plaza, sin acordarse para nada de sus deberes escolares y
domésticos, ni de don Pedro, ni del santo de su nombre. Mientras
más el juego se repetía, más afición le cobraba, y los domingos por
la tarde, si sus amos le permitían salir, entregábase con frenesí a
las alegrías del toreo. Saltar, correr, montarse sobre otro, ser alternativamente picador, caballo, banderillero, mula, toro y diestro, era
la delicia de las delicias, exigencia del cuerpo y del alma, prurito
que declaraba perentorias necesidades de la naturaleza. Días enteros pasaba pensando en el ratito que podía dedicar a la función o
representándose los entretenidos episodios y pasos de ella. Y tanto
repitieron los chicos aquel juego, que llegaron a organizarlo convenientemente, para lo cual tenía especial tino el gran Juanito del
Socorro, sujeto de mucho tacto y autoridad. Era empresario y presidente, acomodador y naranjero105. Dirigía las suertes y asignaba
a cada cual su papel, reservándose siempre el de primer espada. A
Felipe le tocaba siempre ser toro.
Quisieron proporcionarse una de esas cabezotas de mimbres
que adornan las puertas de las cesterías; pero no lograron pasar
del deseo al hecho, porque no había ningún rico en la cuadrilla, ni
aunque se juntaran los capitales de todos, podrían llegar a la suma
que se necesitaba. Se servían de una banasta, donde Felipe metía
la cabeza. ¡Con qué furor salía él del toril, bramando, repartiendo
testarazos, muertes y exterminio por donde quiera que pasaba! A
éste derribaba, a aquél le metía el cuerno por la barriga, al otro le
vantaba en vilo. Víctimas de su arrojo, muchos caían por el suelo,
hasta que Juanito del Socorro, alias Redator, lo remataba gallarda y
valerosamente dejándole tendido con media lengua fuera de la boca.
Cada cual contribuía con sus recursos y con su inventiva a dar
todo el esplendor y propiedad posibles a la hermosa fiesta. No había
105
Naranjero: el contexto parece indicar que entre otras tareas el niño hace
de vendedor de naranjas –la venta ambulante de naranjas como si fueran golosinas era algo muy frecuente en Madrid– en la función infantil. El adjetivo podía
usarse también con carga connotativa: a partir de los «trabucos naranjeros» –así
llamados por su fabricación en Levante– que tanto usaron los milicianos nacionales, se motejaba de naranjero a todo aquel dado a resolver por la fuerza cualquier
asunto.
191
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El doctor Centeno
detalle que no tuvieran presente, ni oportunidad que se escapara
a aquellas imaginaciones llenas de viveza y lozanía. Blas Torres,
que era hijo de un prendero, se proporcionó una capa de seda con
galoncillos de plata. Algunos llevaban capa de percal, y otros se
equipaban con un pedazo de cualquier tela. Perico Sáez, que era
hijo del carnicero, presentó a la cuadrilla una adquisición admirable y de grandísimo precio: un rabo de buey, que Felipe se ataba
en semejante parte para imitar la trasera del feroz animal. Con
aquello y la banasta en la cabeza y los bramidos que daba parecía
acabadito de venir de la ganadería. Fuenmayor llevaba las banderillas de papel, y Gázquez, que era hijo del estanquero, llevaba una
cosa muy necesaria en juego tan peligroso, a saber: tiras del papel
engomado de los sellos para aplicarlo a las heridas, rozaduras y
contusiones. El chico de la prestamista se había proporcionado una
corneta para hacer las señales y algunos cascabeles para las mulas;
y Alonso Pasarón, el de la tienda de ultramarinos, que era artista,
pintor y tenía su caja de colores para hacer láminas, llevaba los
carteles con una suerte pintada en verde y rojo, grandes letras y
garabatos en que no faltaba palabra, ni fecha, ni detalle de los que
en tales rótulos se usan. Pero de cuanto aquellos benditos inventaron para imitar al vivo las corridas, nada era tan ingenioso como
lo que se le ocurrió a Nicomedes, hijo del dueño de una tienda de
sedas de la calle de Hortaleza. Este condenado reunió en su casa
muchas varas de cinta encarnada; con ellas hacía un revuelto lío,
se lo metía en la camisa junto a la barriga, y cuando en lo mejor
de la lidia desempeñaba con admirable verdad, vendado un ojo, el
papel de caballo, y venía el toro y le daba el tremendo topetazo
en el cuerpo, empezaba a soltar cinta y más cinta y a cojear y dar
relinchos y a hacer piruetas de dolor, con tal arte, que parecía que
se le salían las tripas y que se las pisaba, como suele suceder a los
caballos de verdad en la sangrienta arena de la plaza. Para que nada
les faltara, también se habían adjudicado unos a otros sus alias en
sustitución de los nombres verdaderos. A Nicomedes se le llamaba
Lengüita, sin duda por lo mucho que hablaba. Blas Torres, ilustre
hijo de una prendera, tenía por mote Trapillos. Felipe respondía por
el Iscuelero, y Juanito del Socorro tenía un apodo a la vez popular
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II. Pedagogía
y respetuoso, nombre peregrino, que declaraba en cierto modo su
origen literario. Se le llamaba Redator.
En lo mejor de la pelea se presentaba un individuo de policía
o el guarda del solar, y les echaba a la calle… Porque, verdaderamente, ¿qué cosa más contraria a la dignidad de una población que
esta batahola de chicos en un solar cerrado, en día festivo, y cuando
los mayores se entregan con delirio a las ardientes emociones del
toreo verdadero?106 Los guindillas o polizontes municipales demos
traban un celo digno de todo encomio en la corrección de estos
abusos infantiles, y el guarda, enojadísimo porque profanaban la
virginidad de su solar, la emprendía a escobazos con los lidiadores
y… Dios nos libre de que alguno se le rebelara… Por la calle adelante salía corriendo la partida, perseguida activamente por la fuerza
pública, y al fin se disolvía, sin más consecuencias y sin ninguna
desgracia personal.
Por lo mismo que Felipe no podía disfrutar de este juego sino
en breves y angustiosos momentos, robados a cualquier obligación,
sus goces eran grandísimos, inefables, y no los trocaría por la gloria
eterna. Los sofiones que se llevó por su tardanza en un recado o por
sus escapatorias cuando el deber le llamaba a la casa, no son para
contados. Pero llegó a familiarizarse de tal modo con el sermoneo
y los golpes, que ya no le hacían efecto. Estaba al fin como curtido, y el cuerpo parecía habérsele forrado de duras conchas como
las del galápago. Moralmente, su atrofia corría parejas con la in
sensibilidad dérmica, y el convencimiento de que era malo, incorregible, llevábale a sentir cierto altivo desprecio de los mandamientos
de todos los Polos nacidos y por nacer.
Cuando se retiraba de noche a su madriguera, renovaba en su
mente con claridad y frescura las gratas sensaciones de la última
corrida, y traía a la memoria los puyazos que le dieron, los jinetes
que echó a rodar por el suelo, los caballos que destripó y los diestros
106
En el artículo de costumbres «Los chicos de la calle» (de Tipos y paisajes,
1871), Pereda atribuye también a los niños pobres de Santander gran afición por el
mundo taurino, aunque no pueden colarse en las plazas, y se conforman con ir a
ver a los toros de lidia en el prado o a rondar a los toreros en sus fondas.
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El doctor Centeno
que hizo pedazos. Oía la bélica trompeta y los gritos de la multitud.
Hasta el recuerdo del despejo final, hecho a escobazos por el guarda,
y aquel desalado correr por la calle, insultando desde la esquina al
mismo guarda, tenía dejos gratísimos en su memoria. ¡Oh!, divinas
horas, ¿por qué pasáis?
Pronto le ganaba el sueño, y se dormía profundamente, rendido
de cansancio. No le permitían usar luz por temor a que prendiera
fuego a los trastos almacenados en el desván, y cuando no había
luna que le iluminara el paso por aquel tenebroso y fantástico recinto, buscaba a tientas su rincón, y ya se trompicaba en el cáliz
de la Fe, ya iba a parar a los brazos de una Virgen o rodaba entre
las columnas del monumento.
Si por acaso despertaba a media noche o de madrugada, y era
tiempo de luna, le entraba miedo de verse entre tantos señores de
cartón, los unos en pie, los otros arrumbados, casi todos muy barbudos y con luengos trajes blancos o negros. Por allí salía un brazo
con dorada custodia; por aquí la cabeza melenuda de un león; por
allá judíos feroces con los brazos en alto y las manos armadas de
disciplinas; caras lívidas y afligidas, y lienzos negros con calaveras
pintadas y canillas en cruz. Las primeras noches pasó Felipe momentos de agonía, y los escalofríos y congojas no le dejaban dormir.
El terror le hacía apretar los párpados, y la curiosidad le estimulaba
a abrirlos. Abría un poquito, y luego al punto cerraba prontamente
para no ver más. Poco a poco se fue acostumbrando a ver sin miedo
las figuras que poblaban su domicilio, y se connaturalizó al fin con
ellas, de tal modo, que llegaron a parecerle individuos de la familia, algo como parientes mudos o callados amigos. No obstante, le
desagradaba despertar a media noche en tiempo de luna, porque,
o él era tonto y veía visiones, o la Fe soltaba el cáliz y se quitaba
la venda de los ojos para mirarle a él, a Felipe, que no se atrevía a
moverse ni el espacio de un dedo.
También le puso al principio en gran zozobra un ruido que
sentía tras las paredes, así como roce y vibración de una soga, rumor
seguido de lejanos tañidos de campana. No tardó en comprender
que un tabique le separaba de la parte alta del convento y que por
allí pendía la cuerda con que las señoras monjas tocaban a maiti194
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nes a desusadas horas de la noche. Sentía también Felipe ruido de
pasos. Eran las esposas de Jesucristo que bajaban al coro. Una de
ellas debía de ser coja, porque claramente se sentía el acompasado
toqueteo de dos muletas.
Tempranito despertaba nuestro Doctor. Generalmente no era
preciso llamarle; pero a veces, si su cansancio lo emperezaba un
poco, subía la criada, y tirándole del cabello, le ponía más despabilado que una ardilla. Se levantaba mi hombre renegando de las
criadas madrugadoras, y antes de bajar se daba un paseo por entre
sus inmóviles compañeros de domicilio observando las variaciones
que el tiempo y el olvido ponían en la catadura de cada cual. A una
santa le tenían los ratones medio comida la cabeza. Las telarañas
que abrigaban como toquilla el vendado rostro de la Fe, crecían
atrozmente, y rostros había lampiños que echaban barbas de polvo;
torneados brazos rodaban por el suelo; alas de ángeles y manos de
judíos que, aun desprendidas, no habían soltado el látigo. Había
rostros apolillados que de tristes habíanse vuelto cómicos y alegres.
Pero lo más interesante para el gran Felipe era un San Lucas,
tamaño como dos hombres bien conservado, y que estaba, no enteramente a plomo sino algo arrumbado sobre San Marcos, el cual,
oprimido del peso de su compañero, tenía estropeadas y ajadísimas
las ropas. A los pies del primero había un magnífico toro, del cual
no se veían más que los cuartos delanteros y la cabeza, tan grande
y hermosa como la de los que salen en la plaza. El escultor que
tal pieza hizo había sabido imitar a la Naturaleza con tan exquisito
arte, que al animal no le faltaba más que mugir. Tenía sus cuernos
relucientes, corvos y agudísimos, los ojos negros y vivos, la piel
oscura… en fin, daba gozo verle.
De cuanto en el desván había, esta cabeza taurina era lo que
principalmente merecía las simpatías, mejor dicho, los amores de
Felipe. La quería con toda su alma. Todos los días le quitaba el
polvo, y por fin la limpió con agua, dejándola tan reluciente, que
era una maravilla de aseo. Un día, mientras la limpiaba, notó en el
cuello del animal una grande y profunda hendidura. Sí, la cabeza
estaba casi separada del tronco, y bastaba tirar un poco para desprenderla completamente. ¿Se atrevería? … Sí; Felipe tiró cuidado
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El doctor Centeno
samente y con cierto respeto, y el apolillado cartón se rasgó como
un papel.
La cabeza era hueca, cual muchas de carne y hueso puestas
sobre humanos hombros. En la mente de Felipe nació una idea…
¡qué idea! Pronto fue luz y norte de su alma… ¡Qué soberbia pieza
para jugar al toro! El Doctor metió su cabeza dentro de la del animal y vio que le venía como el mejor de los sombreros… Pero no
veía nada. Los ojos no tenían agujeros… Tanto le dominó y subyugó
su idea, que aquel mismo día hubo de subir con disimulo el cuchillo
de la cocina, y le sacó los ojos al toro. Hizo dos agujeros, con los
cuales la cabeza quedó convertida en la más admirable careta que
se ha podido ver. ¡Bien, muy bien!
Si él se atreviera… pero no, no se atrevería. Pues si se atreviera,
¡qué golpe!… ¡Si cuando estuviesen los chicos en lo mejor de la
corrida se presentara él de repente con su cabeza puesta…! De fijo
creerían que habría entrado en la plaza un toro de verdad… ¡Qué
sensación, que efecto, qué delirio! ¡Con qué envidia le mirarían!…
Porque él primero se dejaba desollar que ceder su cabeza a nadie…
Pero no se atrevería, no…
Gran batalla surgió en su alma, teniéndola muchos días espan
tosamente turbada. La idea aquella tenía poder bastante para interrumpir su pesado sueño infantil, y se despertaba a media noche
creyendo estar en la plaza, haciendo lo que por el día había pensado. De día y dando la lección soñaba también lo mismo, y no se
volvía su espíritu a ninguna parte sin llevar consigo la idea tentadora, gozo y tormento de su existencia. Ya, en los breves ratos
sustraídos a su obligación, no salía a la calle en busca de Juanito
del Socorro (Redator), sino que en dos trancazos se encaramaba
en el desván, y poniéndose la cabeza, arremetía al mismo San Lu
cas, a la Fe, a los rotos telones, y en todo ello, con las repetidas
cornadas, abrió mil agujeros y desgarraduras. Por el boquete que
el santo Evangelista tenía en su vientre, se le verían las entrañas si
algunas hubiera.
Cuando se cansaba de este ejercicio, se divertía de otro modo.
Tenía el desván un ventanillo alto que daba a los tejados y buhardillones de la vecindad. Con ayuda de un banco, Felipe subía hasta
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II. Pedagogía
alcanzar con su cabeza el hueco, se ponía la del toro y se asomaba
para ofrecer inusitado espectáculo a los chicos y a las mujeres de
la buharda frontera. Él se reía lo increíble, viendo por los agujeros,
que eran los ojos del animal, el estupor y miedo de los espectadores,
y para dar más carácter a la broma, lanzaba desde el interior de su
máscara un prolongado y terrorífico muú, imitando el bramar de la
fiera. Los chicos de la vecindad que tal veían se alborotaban, las
vecinas se asomaban también, y todo era curiosidad, cuchicheos,
asombro y dudas… De pronto desaparecía el toro… expectación.
Volvía a presentarse, llenando el marco del ventanucho, y como no
se viera rastro de persona, ni se tenía noticia de que allí habitase
nadie, crecía la sorpresa de aquella gente y la felicidad del Iscuelero.
Si se atreviera, ¡ay!… pero no, no se atrevería. Don Pedro le
mataría.
X
En estas y otras cosas pasaba el verano, época dichosa para
algunos de los alumnos del capellán; mas no para Felipe y las demás víctimas, porque don José Ido siguió funcionando durante la
canícula y don Pedro administrando coscorrones. A tantas diversi
dades de tormentos uníase la asfixia, porque el infierno de Polo tenía exposición meridional, y si por una ventana salían lamentos, por
otra entraban llamaradas. Se podía decir que en aquel caldeado
altar de la instrucción se ofrecían a la bárbara diosa entendimientos
cochifritos…107 Pero esto se queda aquí, pues lo que nos importa
ahora es hablar de aquella solemnísima fiesta religiosa que celebraron las monjas, no se sabe bien si el 15 de agosto o el 8 de setiembre, por haber cierta oscuridad en los documentos que de esto tratan108. Mas como la fecha no es cosa esencial, y ambas festividades
La humorística comparación se asemeja a una greguería.
No se sabe bien si…: comentario al modo de los del narrador de El Quijote,
que de nuevo nos recuerda la figura del narrador-historiador que rebusca entre los
documentos para ser fiel a los detalles de la biografía que reconstruye.
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El doctor Centeno
de la Virgen son igualmente grandes, queda libre este punto para
que cada cual lo interprete o aplique a su gusto.
Consta, sin género alguno de duda, que ofició el obispo de
Caupolicán, prelado de excelsa virtud y humildad, y que dijo el
panegírico nuestro buen don Pedro Polo, el cual supo salir muy
airoso de su empeño, que consideraba el más arriesgado de su vida
por ser alto y sutil el asunto, la función muy aparatosa, el auditorio escogidísimo. Su varonil presencia en la cátedra así como su
hermosa voz, le aseguraban las tres cuartas partes del éxito. Gustó
mucho el sermón, y de uno a otro confín de la iglesia, cuando don
Pedro bajaba del púlpito, no se oían sino esos murmullos de aprobación que equivalen a los aplausos que en otros sitios manifiestan
el contento del público. Doña Claudia y Marcelina habían mojado
entre las dos, de tanto llorar, una docena de pañuelos. No faltaba
ninguno de los amigos de la casa, a saber: Morales y su esposa,
don José Ido, el fotógrafo, el empleado de Hacienda con sus señoras respectivas, y Sánchez Emperador con sus dos guapas niñas,
Amparo y Refugio.
Felipe y Juanito del Socorro se habían subido al coro para ver
mejor y estar al lado de la música y oírla de cerca. Pegados al que
tocaba el contrabajo, estorbaban sus gallardos movimientos en tal
manera, que el buen músico, que era un anciano de mucha paciencia y cortesía, les dijo alguna vez, apartándoles: «Si me hicieran
ustedes el favor…». Felipe estaba lelo, mirando cómo vibraban las
cuerdas de aquel formidable instrumento; luego observaba embelesado cómo abrían la boca los cantores; y él y Juanito agradecían
mucho que se les mandara tener algún papel de música o traer un
vaso de agua al señor director, el cual era un hombre con mucha
hormiguilla en el cuerpo, según se movía y dislocaba para conducir
la orquesta y aquella balumba de voces.
Durante el panegírico, ambos, aburridísimos, se fueron a la
calle y se metieron en la redacción, que estaba desierta por ser día
festivo. Revolvieron los pupitres de los redactores, comieron obleas
rojas, cortaron pedazos de periódico, escribieron en las cuartillas.
En un momento de entusiasmo, Juanito se subió sobre la mesa, y
empezó a repetir frases que antes oyera y que se habían grabado en
198
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II. Pedagogía
su memoria. El condenado imitaba la voz y gesto de alguno de los
periodistas ausentes, diciendo: «Señores, esto se va… los dioses se
van… esto matará a aquello109».
Después subieron al campanario del convento. Juanito, siempre fatuo y vanidoso, contaba a Felipe las grandezas de su casa.
¡Qué cosas le dijo! Su madre tenía una silla dorada y su padre era
amigo de un marqués. Él iba a estudiar para redator, y su padre
no esperaba sino que llegara la jarana para ponerse su uniforme
de capitán de la milicia. Como en estas conversaciones siempre
sacaba a relucir el del Socorro los términos que oía, habló a Felipe
del pueblo soberano, de la revolución próxima, de los curas, de la
tropa y de ahorcar mucha y diversa gente. Esto, dicho en las alturas del campanario y bajo los ardientes rayos del sol, le puso a mi
Felipe la cabeza, toda exaltada y como en ebullición, llena de ideas
sediciosas y disolventes. Cuando bajaban a saltos por la angosta
escalera, le dijo Socorro:
–Aquel obispote que está en el altar mayor, es el capitán general
de los curas… Vaya un peje… Cuando se arme…
Concluida la función, hubo en casa de don Pedro refresco. Las
monjas enviaron dulces y bartolillos, y el predicador laureado sacó
109
Los dioses se van, esto matará a aquello: la primera de las frases se atribuye
al oráculo de Delfos anunciando el fin de los antiguos dioses, y ha sido aplicada
a contextos muy diversos, sea literalmente o sea adaptada. En un artículo crítico
contra las opiniones de otro periodista, leemos: «Pero sobre todo, lo que más gracia
me hace de cuanto escribe (…) es aquello de que los dioses se van. ¡Los dioses!
¿Qué dioses? ¿Cánovas?» (El Buñuelo, 22 de julio de 1880, p. 3). Esto matará a
aquello es una conocida fórmula que ya a mediados del siglo XIX aparece recogida como frase hecha en diversos diccionarios de frases célebres. Corresponde a
la traducción de «Céci tuera cela», la enigmática frase de Frollo en Notre dame
de Paris de Victor Hugo, libro V, capítulo II. El arcediano hacía ese pronóstico
en la catedral y frente a un libro, y aunque él mismo explicaba más adelante su
sentido, una de las muchas interpretaciones que se han hecho se refiere a que los
libros y el progreso terminarían con lo transmitido por la iglesia. Ya como frase
hecha en español, se difundió ampliamente en el lenguaje político y periodístico
contemporáneo a Galdós, y periodistas son los que Juanito está imitando. Leemos
en un artículo de Gil Blas: «El de más allá, completamente desesperado, repetía
con el poeta: esto matará a aquello. La cuestión de Hacienda matará la revolución»
(27 de junio de 1869, p. 2).
199
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El doctor Centeno
de un misterioso armario de su cuarto botellas de añejo vino que
le había regalado el padre de uno de sus alumnos. Brindó el fotó
grafo por el primero de nuestros oradores sagrados, cuyo elogio
recibió don Pedro con carcajadas de modestia. El oficial de Hacienda, frotándose las manos, no cesaba de decir: «Bien, señor de
Polo, muy bien». Doña Claudia se reía como si no tuviera bien
sentado el juicio, y el majestuosísimo Don Florencio Morá…les y
Temprado daba fuertes palmadas en el hombro del héroe del día,
promulgando estas observaciones que merecen ser entregadas a la
posteridad:
–Vas a dejar atrás al célebre Troncoso y a ése que llaman
Bordalúo… Estuviste muy propio. Así da gusto oír predicar. Esto
es religión, porque francamente y entre paréntesis, querido, cuando
suben a la cátedra del Espíritu Santo, o pongamos el caso, a la tri
buna de un Congreso, algunos que…
Amparo y Refugio miraban a Polo con cierta veneración. Refugio, que era algo desenvuelta, sin menoscabo de su inocencia y
purísimas costumbres, dijo así con risa y donaire:
–Don Pedro, estaba usted muy guapo en el púlpito.
Amparo, que era muy callada, tendiendo siempre a la melancolía, no decía nada.
Obsequiaba Polo a sus amigos con exquisita urbanidad. Vestía,
no sin elegancia, su negra sotana limpia, y más que rancio y descuidado cura español parecía uno de esos italianos de la Nunciatura,
hechos al roce del mundo y al trato de gentes cortesanas. Cuando
se suscitó aquella cuestión de si estaba más o menos guapo en el
púlpito, echóse a reír y dijo con mucha sorna:
–Pero Refugio, si tú no me has visto… Yo te vi, y me parece
que te dormías.
–¡Don Pedro!
–¿No es verdad, Amparo? Ésta lo va a decir. ¿Es cierto o no
que Refugio estaba dando cabezadas?
–¡Quien las daba era ella! –clamó Refugio señalando a su
hermana con vehemencia.
–¿Yo?… Si no quitaba los ojos de don Pedro… Que lo diga él.
200
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II. Pedagogía
–Bien, bien. ¿Ésas tenemos? ¡Don Pedro!… ¡Amparo! –exclamó
el fotógrafo, riendo y envolviéndose una mano en otra, pues era
hombre que no sabía decir sus bromas sin amasarse las manos con
tanta fuerza cual si de las dos quisiera hacer una sola.
–¿Y cuándo predicamos en Palacio? –preguntó en tono de excelsitud el señor de Morales, ávido de cortar, con una proposición
seria, aquel tema tan baladí.
Don Pedro dio media vuelta para contestar a Sánchez Emperador que le daba su parecer sobre el vino que bebían. Este señor
y el empleado de Hacienda no gastaban cumplidos para aceptar
copa tras copa, y se reían de Morales, considerándole el estómago
lleno de ranas, sapos, anguilas y otras diversas alimañas acuáticas.
Pero él, sin darse por vencido, antes bien orgulloso de su pasión
por las aguas, gritaba cogiendo el vaso, lleno hasta los bordes, del
licor del Lozoya:
–Estas son mis bodegas. Vaya una cosa rica… No me harto
nunca.
Felipe bajaba a cada instante al torno de las monjas, para traer
cestas llenas y llevarlas vacías.
Bizcochos, mojicones, bartolillos, pasteles, mazapanes y otras
menudencias ocupaban toda la mesa, pasando fugaces desde las
bandejas a las tragaderas del fotógrafo, de Sánchez Emperador y
del hacendista, que eran los principales consumidores. Bienaven
turadas bocas, ¡para eso os cría Dios! En poco tiempo descubrióse
el fondo de las bandejas. Había, entre los felicitantes, ropas polvoreadas, dedos untados de pegajoso caramelo y barbas con canela.
Doña Claudia, que estaba en todo, dijo a Felipe:
–Vete corriendo al locutorio y di a las señoras monjas que no
se olviden de mandarnos el pebre para la salsa del cabrito.
Volviendo luego a la hermosa Amparo, que a su lado estaba,
le dijo:
–Es el pebre picante de que hablábamos ayer, fuertecito como
a ti te gusta. ¡Verás qué cosa tan rica!
Don Pedro, que no cesaba de mirar a todos lados repartiendo
por igual sus finezas y ofrecimientos, alcanzó a ver allá junto a la
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El doctor Centeno
puerta, lejos del animado grupo ¿a quién? al propio don José Ido,
humilde y modestísimo en todas las ocasiones y más en aquélla,
pues tanta era su timidez que habiendo entrado de los primeros,
hacía media hora que estaba allí sin que nadie reparase en él, y ni
avanzar quería ni retirarse por miedo a llamar la atención. Estaba
el pobre sin saber qué hacer, inmóvil y pestañeando, parado y
atónito, cual si le estuvieran dando una mala noticia. Don Pedro,
con aquella generosidad rumbosa que era la flor tardía pero lozana
de un honrado carácter, llegose al pasante, le trajo por el brazo al
círculo de amigos y con cariñoso modo le dijo:
–No tenga usted miedo, Ido. Tomará usted una copita.
Ido refunfuñó no se sabe qué excusas; pero negarse a recibir
la copa y tomarla todo fue uno.
–Un bollito, don José.
–Gracias… si acabo de comer…
Para aquel bendito, haber comido en julio era acabar de comer.
En un solo instante rechazaba el bollo y se lo engullía. El fotógrafo,
que quieras que no, le hizo tomar otra copa; y después de beber,
don José sacó un pañuelo para limpiarse la boca y enjugarse las
lágrimas, pues aquel hombre, más que hombre era una sensitiva.
Cualquier incidente común le producía emoción vivísima, y cualquier emoción abría las exclusas de sus lágrimas. Balbuciendo gra
cias y dando un cordial apretón de manos a don Pedro, se marchó
veloz, bajando la escalera como si le fueran a prender.
–Este señor –dijo el fotógrafo– es más blando que la manteca.
Entre tanto, se oía ruido de almireces que alegraría el corazón
menos sensible a los halagos de un buen comer. La cocina repicaba
a convite con más armonía que la iglesia repicando a procesión.
Allí estaba doña Saturna, afanada con tanto tráfago. La cocinera y
Marcelina le ayudaban. Grandes palmadas y bravos resonaron en la
sala, cuando Refugito, la del diente menos, se presentó poniéndose
un delantal y diciendo: «Voy a ayudar también».
–¡Bien, bravo! ¡Viva la cocinera de la sal!
–¿Qué nos va usted a hacer?
–La salsa picona.
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II. Pedagogía
–Háganos usted la olla gorda110.
–¿Y usted, Amparito? –preguntó con urbanidad el empleado
de Hacienda.
–Ésta no puede ir a la cocina –dijo don Pedro–. Le dan vahídos.
–Y se pone las manos perdidas –añadió doña Claudia, haciendo
observar y admirar a todos los presentes, las hermosas, blancas y
finísimas manos de la joven.
–Que nos las sirvan estofadas –indicó el fotógrafo, riendo él
su propia gracia antes de que la rieran los demás.
Don Pedro, que no olvidaba nada y sabía, en ocasiones como
aquélla, hacer caer sobre todos, grandes y pequeños, el rocío de su
liberalidad, llamó a Felipe, que entraba y salía inquietísimo arrojando sobre las bandejas más miradas que echó Escipión sobre
Cartago, y le dio dos bartolillos de los mayores, uno para él y otro
para Juanito del Socorro, que estaba en el portal.
Cuando los dos amigos se sentaron en el primer peldaño de
la escalera, a comerse los pasteles, el Doctor, lleno de orgullo por
los triunfos oratorios de su amo y por los plácemes que le daban
los amigos, empezó a enumerar las elevadas personas que había
en la casa:
–Está aquél que saca los retratos, ¿oyes?, que no hace más que
verte y te pone clavado. Está ese otro señor gordo, del gabán color
de barquillo, que cuando entra da voces y respira como un fuelle.
Doña Claudia dice que le hizo la boca un fraile, por lo mucho que
come. Está también aquella señora guapa, ¿oyes?, aquélla que pa110
Hacer la olla gorda: las risas y bromas enmarcan el uso humorístico de
frases hechas del ámbito culinario, que los personajes utilizan con doble sentido
cómplice. Así, «cocinera de la sal» para piropearla como «salada» o graciosa; «salsa
picona», verdadero nombre de un tipo de salsa, es respuesta bromista para indicar
«algo que os pique o moleste». La expresión «hacer la olla gorda», al igual que
«hacer el caldo gordo», tiene un sentido figurado equivalente a «hacer el juego» o
«seguir la corriente», pero se llena también de doble intención cómica en el contexto
culinario de la conversación, que se remata pidiendo como manjar unas «manitas
estofadas», las de Amparo.
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El doctor Centeno
rece una reina y que mira como las imágenes… Si la ves y te dice
algo, te caes redondo. Una tarde me pasó la mano por la cara,
¿oyes?, y por poco me desmayo de gusto. Una noche estaba en la
sala con don Pedro; entré yo y oí que don Pedro le decía que había bajado del cielo… ella, ella… Yo la llamo la Emperadora, y
la otra noche soñé que estaba yo en la iglesia y ella bajando de un
altar con una estrella en la frente y muchas flores, muchas flores,
por aquí y por allí… Sus dedos eran azucenas111.
–Hijí… no digas boberías.
–Cuando viene acá, y come en casa, me quedo un rato como
bobo mirándola.
Juanito, que era la misma soberbia, no consentía que delante de
él se hablase de las grandezas de otras casas sin sacar a relucir al
instante las de la suya y las visitas que recibía su madre el día de su
santo. En aquella ocasión solemne su madre se sentaba en la silla
dorada, y empezaba a recibir gente. Iba un alabardero con su sombrero atravesado, un alférez, muchos señores de sombrero de copa, y
uno que va a caballo al lado de la Reina cuando ésta sale de paseo.
–Tiene mi madre dos amigas tan guapas, tan guapas, pero tan
guapas –indicó para concluir–, que cuando las ves te entra un frío…
¿estás? Son señoras de unos grandes pejes112, y llevan vestidos de
seda verde con mucho arrumaco. Una de ellas tiene los pechos así…
Y hacía Juanito con los brazos un grande y bien arqueado
círculo delante de su pecho para dar idea, siquiera fuese incompleta,
de la delantera de aquella señora desconocida.
111
De manera semejante, la aparición de la caritativa y bella Florentina es
idealizada por Marianela (muy devota de la Virgen María) desde la iconografía de
la Virgen, en el capítulo XIV de la novela, titulado «De cómo la Virgen María se
apareció a la Nela».
112
Pejes: el Diccionario de la Real Academia recoge la acepción de «hombre
astuto, sagaz e industrioso», a la que habría que añadir connotaciones más negativas
en el uso del vocablo en nuestra novela. Nos resulta una definición más ajustada,
por ejemplo, la de un artículo de La Lectura en el que se critican ciertas acepciones de un diccionario de americanismos, entre ellas la de peje. Al reseñador no le
parece tal americanismo, por lo que advierte: «Resulta ocioso decirnos a los españoles que peje quiere decir “pájaro de cuenta”» (1 de enero de 1902, p. 649).
204
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II. Pedagogía
–Pues lo que es ésta… –murmuró Felipe.
Agria y destemplada voz, gritando desde lo alto de la escalera
pillo, tunante, llamó al Doctor a su obligación. Subió y entró en la
sala a recoger copas y vasos y bandejas. Cuando los señores fumaban, doña Claudia entró con varios papelitos en la mano, diciendo:
–En el 5.505 lleva dos reales Enriqueta113. Señor de Lomo, guárdese usted el apuntito. ¡Qué número! Es el mío. Lo soñé hace dos
años, y le tengo una ley… Ya me lleva ganados más de mil reales.
El que va a salir ahora es el de los tres patitos, el 222. En éste te he
puesto la peseta, Amparo. Toma la papeleta. Mira que si la pierdes,
no pago. Hace cuarenta y tres extracciones que este número no sale.
Ahora, ahora… A la cuarenta y cuatro le toca; es decir, al doble de
dos de sus tres números. Esto es claro como el agua.
Don Pedro, el fotógrafo y Morales convinieron en que era preciso dar un buen paseo para hacer ganas de comer, y salieron llevando
consigo a Amparo. Los demás se fueron poco más tarde, dejando
concertada la hora en que se habían de reunir por la noche para
comer. Ninguno faltó a la cita; celebróse el festín; lucióse doña Saturna; dijo muchas agudezas algo libres el fotógrafo y oportunidades
sin número, llenas de donaire y finura, el insigne don Pedro; rieron
mucho Amparo y Refugio; se le fue el santo al cielo al empleado de
Hacienda, también a Sánchez Emperador, y aun hay ciertos indicios
de que doña Claudia no conservó en toda la comida la plenitud y
claridad de su agudo entendimiento. Por último, don Florencio se
puso como una cuba, y no de vino, hasta el punto de que, al decir
del fotógrafo, podía navegar una fragata dentro de su estómago.
Por la noche Felipe estuvo indigesto, don Pedro ¡ay! muy triste.
113
En 1862 los Premios de la Lotería Nacional iban desde seis mil duros a
la serie (Premio Gordo), hasta los premios menores, de 150 y 20 duros. Las parti
cipaciones de dos reales que reparte doña Claudia corresponderían a una cuarta
parte del salario diario más común. Según A. Bahamonde, al inicio de la década
de los 90, una familia de tres personas necesitaría un mínimo de 12 reales diarios
para alimento y combustible, y desde años anteriores, el jornal básico fluctuaría
entre seis y diez reales diarios (Bahamonde: 175). Otros estudios precisan que en
1863 y 64, el jornal promedio sería de ocho reales, equivalentes a 2 pesetas (Pedro
Villa: 287).
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El doctor Centeno
XI
Algunos días después de aquél, por tantos conceptos memorable, doña Claudia notaba con asombro y pena que su hijo había perdido el apetito. Era cosa de llamar al médico; pero don Pedro, con
malísimo talante, se opuso a tan descabellada idea diciendo: «Si las
ganas de comer están ahora de menos, váyase por cuando han estado de sobra». Por las noches, no obstante su inapetencia, daba
prisa para que le sirvieran la cena; despachábala en un santiamén,
picando con el tenedor en éste y el otro plato, probando más bien que
comiendo, y parecía que le faltaba tiempo para echarse a la calle114.
–Estoy muy abotargado –decía–, y necesito mucho, mucho
ejercicio.
Más que pletórico, estaba nuestro capellán desmedrado y flatulento, como quien padece desgana o insomnios. Y era verdad que
dormía poco, no cuidándose él ciertamente de halagar el sueño, sino
más bien espantándolo con sus lecturas a deshora, las cuales a veces duraban hasta el amanecer. Habíase impuesto con rigor de ana
coreta la prohibición de leer historias de guerras y conquistas, novelas, viajes y demás cosas incitativas de su espíritu activo; ayunaba
de aquel pasto heroico, y para dominarse y flagelarse y someterse,
apechugaba valeroso con los alimentos más desabridos de la literatura eclesiástica. Por desgracia suya, pronto le faltaron las fuerzas
para esta cruelísima penitencia. Ni La Rosa mística desplegada, ni
el Imán de la gracia, ni el Mes de San José, ni otras obras insípidas
que tenía en su biblioteca115, sin saber bien cómo habían ido a ella,
114
Muy semejantes escenas de preocupación materna ante los cambios del hijo
sacerdote se encuentran en La Regenta, donde Fermín de Pas sufrirá también ataques
de furia, cambios extremos de humor –en función de sus expectativas amorosas–
noches de insomnio escribiendo cartas… El retrato fisiológico que Galdós ha dado
de Polo antecede al de Fermín de Pas, explícito sobre todo en el capítulo IX de la
Parte I de La Regenta. Según las ideas naturalistas, la complexión atlética y el «viril
temperamento» de ambos serían contrarios al misticismo, y los sometería a los em
bates de las «inclinaciones humanas», como dice el narrador a propósito de Polo.
115
La Rosa mística desplegada, Imán de la gracia, Mes de San José: el primero de los libros citados, del dominico Fray Ramón Martínez Vigil, es un «Santo
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II. Pedagogía
privaron por mucho tiempo en su espíritu. Hastiadísimo, las confinó
a un hueco de su estante, donde probablemente estarían intactas
hasta la consumación de los siglos.
Los grandes místicos se acordaban mal con su viril temperamento hostigado de inclinaciones humanas. No les comprendía
bien. Las sutilezas admirables de que tales libros están llenos no
le cabían a él en su tosco cacumen, molde de resueltas acciones
más bien que de alambicados pensamientos; ni tampoco tenía gusto
literario bastante fino para poder saborear el gallardo y elegante
estilo de aquellos buenos señores. Los poetas sagrados se le sentaban en el estómago (pase esta frase vulgar que él usaba con frecuencia), y los versos de monjas le daban náuseas. No hallando a
dónde volver los ojos en el terreno de las lecturas, se amparó de la
Biblia. El Antiguo Testamento, sobre ser cosa muy santa, es poema,
historia, geografía, novela, poesía, drama, y la riquísima serie de
sus relatos sencillos enciende la imaginación, aviva el entusiasmo,
embelesa, suspende y anonada. Para llenar aquellos tristes vacíos
de sus insomnios, Polo cogía el Génesis, el Éxodo, los Números,
los Jueces y se deleitaba con lo mucho que allí hay de trágico y
sublime, con las guerras, las intrigas, las conspiraciones, las con
quistas, las batallas, los grandes sacrificios, las violencias, los hechos inmensos, los colosales crímenes y virtudes que allí se cuentan. Aquel estilo sobrio en que la frase parece producto inmediato
del hecho que la motiva, estaba en armonía preciosa con el genio
esencialmente activo de Polo. Porque él tenía en su espíritu el
germen de los hechos, lo que podríamos llamar impulso histórico,
impulso y germen que, aunque comprimidos por las contingencias de tiempo y lugar, tenían cierta vida sofocada y dolorosa en
el fondo de su alma.
Rosario explicado», como reza su subtítulo. Recuérdese con qué humor reproduce
Galdós en nuestra novela pequeñas letanías paródicas para calificar a sus personajes,
inspiradas en la letanía a Nuestra Señora con la que concluye el rezo del Rosario.
En cuanto al Imán de la gracia, existe un pequeño anacronismo respecto del marco
del relato, ya que el libro apareció en Barcelona en 1866. El Mes de San José es
título genérico de obras destinadas a proponer meditaciones para cada uno de los
días del mes de marzo, en honor del santo.
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El doctor Centeno
Refiere Felipe Centeno que uno de aquellos días, hallándose en
el comedor limpiando cubiertos, doña Marcelina contaba con misterio a la señora del fotógrafo una cosa estupenda y un si es no es
horripilante. A media noche, la señora había sentido la voz de su
hermano, que gritaba con palabras descompuestas. Creyó al principio que hablaba dormido; mas como sintiera los pasos de él, sos
pechando que estaba enfermo, se levantó. Despavorido, cual si se
viera rodeado de fantasmas, salió el mísero capellán del cuarto, los
ojos inyectados, el habla torpe, los brazos trémulos, inseguro y vacilante el pie. La vista de su hermana le serenó un tanto, volviendo
al cauce normal su razón desbordada; dejóse conducir al lecho, y
al sentarse sobre él, después de un breve espasmo, durante el cual
pareció resolverse la crisis, dio un suspiro, se pasó la mano por la
frente, y entre fosco y risueño dijo estas palabras: «El león dormido
cayó en la ratonera: despierta y al desperezarse rompe su cárcel de
alambre». Marcelina contaba a su amiga estos disparates, vacilando
entre reírlos como ocurrencias o condenarlos como señales de extravío mental. La digna esposa del fotógrafo, que tenía sus puntas
y recortes de médica116, tranquilizó a Marcelina con estas sesudas
palabras:
–Eso no vale nada. Pero conviene prevenir… Créeme: tu hermano debe sangrarse117.
Precisamente en la mañana que siguió a aquella noche, fue
cuando el Doctor se espantó de ver a su amo; ¡tan desfigurado
estaba! Era su rostro verde, como oxidado bronce. Sus ojos, que te116
Tenía sus puntas y recortes de médica: la frase hecha, al igual que «tener
puntas y collar de» significa «tenía algo de…». Más adelante, en V, iv, se dirá que
una mujer tiene «puntos y ribetes de humanitaria», y en VI, iii, Felipe «se llenó de
punto y de vanidad caballeresca». Estas fórmulas anacrónicas en el uso del s. XIX,
refuerzan, desde la fraseología, los ecos barrocos que desprende la novela.
117
Tu hermano debe sangrarse: antes de la aplicación de los antibióticos, se
seguían utilizando las sanguijuelas en la creencia de que con la succión de la sangre que realizaban se oxigenaba la circulación. Era práctica aún vigente para el
tratamiento de la tuberculosis, pero también un bárbaro remedio –como en el siglo XVII, tal como refleja la literatura barroca– para otras dolencias imprecisas,
según se apunta en el texto juzgando irónicamente la recomendación de la ignorante señora.
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II. Pedagogía
nían matices amarillos y ráfagas rojas, recordaban a Centeno la
bandera española, y sus labios eran del color de la tela con que
se visten los obispos. Tuvo tanto miedo Felipe, que no se atrevió
a ponérsele delante. Aquella mañana don Pedro no quiso celebrar
misa. Mandó un recado a las monjas diciendo que estaba malo, y
malo debía de estar, pues no probó bocado en todo el día, desairando las fruslerías selectas que para engolosinarle inventó doña
Claudia.
Pero, no obstante su enfermedad, si alguna había, bajó a la
clase y fue más cruel y exigente que nunca. ¡Día de luto, día de
ira!118 Las lágrimas que corrieron fueron tantas, que con ellas se
podrían haber llenado todos los tinteros, si alguien intentara escribir con llanto la historia de la desventurada escuela. Hasta los ojos
de don José Ido contribuyeron con algo al crecimiento de aquel
caudal tristísimo. Los chichones que se levantaban en ésta y la otra
cabeza fueron tantos que era una erupción de cráneos. Las orejas crecían por pulgadas, y poco faltó para que hubiera piernas
rotas y espinas dorsales quebradas por la mitad. Don Pedro, aquel
constructor de jorobas intelectuales, quería desfigurar también los
cuerpos. Tenía como un furor de odio y venganza. Creeríase que
los muchachos le habían jugado una mala pasada teniéndole por
maestro. Doce o catorce se quedaron sin comer. Felipe estuvo
aterradísimo todo el día, y evitaba el mirar a su amo y maestro.
También él se quedó en ayunas, y en su mísero cuerpo no hubiera
sido posible poner un cardenal más; tan bien ocupado y distribuido
estaba todo.
Por la noche cuando se acostó, después de haber jugado un
poco al toro, dando testarazos a las imágenes, soñó diversas cosas
terroríficas. Primero: que don Pedro era el león de San Marcos y
se paseaba por la clase fiero, ardiente, melenudo, echando la zarpa a
los niños y comiéndoselos crudos, con ropa, libros y todo; segundo:
118
Día de luto, día de ira: la expresión traduce y modifica, en un contexto
completamente distinto, la famosa expresión del Dies irae… con la que comienza
el himno medieval que se siguió usando en las misas de réquiem hasta bien entrado
el siglo XX.
209
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El doctor Centeno
que don Pedro, no ya león sino hombre, iba al convento y castigaba
a las monjas cual hacía diariamente con los alumnos, dándoles
palmetazos, pellizcos, nalgadas, sopapos, bofetones y porrazos,
poniéndoles la coroza y arrastrándolas de rodillas.
Otra mañana, cuando limpiaba el cuarto del señor, vio en el
suelo pedacillos de papel. Sin duda don Pedro había pasado la noche escribiendo cartas. Alguna le había salido mal y la había roto,
pero los trozos eran tan chiquirrititos que apenas contenían un par
de sílabas. La vela estaba apurada, señal de haber pasado el señor
capellán la noche de claro en claro… Para que todo fuera extraño,
llegó también un día en que don Pedro estuvo tolerantísimo y hasta
afable con los muchachos. No solamente dejó de pegar y tuvo en paz
las manos en aquel venturoso día, sino que a cada momento ame
nizaba las lecciones con chuscadas y agudezas. ¡Qué risas! Nunca
fueron humanas gracias más aplaudidas, ni con mayor plenitud de
corazón celebradas. Aún no había abierto la boca el maestro, y ya
estaban todos muertos de risa. Humanizada la fiera, perdonaba las
faltas, alentaba con vocablos festivos a los más torpes, y los aplicados recibían de él sinceros plácemes. Hasta don José Ido se permitió unir su delgada voz al coro de los chistes, diciendo algunos que
no carecían de oportunidad.
Para que en todo fuera dichosa aquella fecha, don Pedro comió
vorazmente; pero estaba tan distraído en la mesa, que no contestaba
con acierto a nada de lo que su madre y su hermana le decían.
Cuando se levantó para fumar, puso bondadoso la mano sobre la
despeinada cabeza de Felipe, y dijo estas palabras, que el Doctor
oyó con arrobamiento:
–Es preciso hacer a Felipe algo de ropa blanca.
Centeno, que mejor que nadie sabía cuán grande era su necesidad en aquel ramo importante del vestir, no tuvo palabras para dar
las gracias. ¡La gratitud le volvía mudo!
–¡Se le hará! –afirmó doña Claudia, mirando embobada a su
hijo, pues desde que empezaron aquellos desórdenes orgánicos, la
madre no cesaba de leer atentamente a todas horas en la fisonomía
del capellán, buscando la cifra de sus misteriosos males.
210
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II. Pedagogía
–Es preciso que te sangres, Pedro –dijo Marcelina, mirándole
también con perspicaz cariño.
–Sí, hijo, sángrate, sángrate.
XII
De cuantos recados hacía Felipe, ninguno para él tan grato
como ir a la Cava Baja a recoger los encargos que traía para doña
Claudia el ordinario de Trujillo. Esto se verificaba dos veces cada
trimestre, y apenas la señora recibía la carta en que se le anunciaba
la remesa de chacina, ya estaba mi Doctor pensando en los deliciosos paseos que iba a dar. Porque doña Claudia era muy impaciente
y le mandaba cuando aún no había llegado el ordinario; con lo que
la caminata se repetía dos y hasta tres veces. Díjole, pues, una mañana: «Esta noche, después de cenar, te vas corriendito a la Cava
Baja, ya sabes. Cuidado cómo tardas».
Lo de tardar sería lo que Dios quisiera. Pues a fe que la tal
calle estaba a la vuelta de la esquina. Ya tenía Felipe para dos o
tres horitas, porque la detención se justificaba con la enorme distancia y con una mentirilla que parecía la propia verdad, a saber:
que el ordinario de Trujillo estaba en la taberna; que tuvo que ir a
buscarle, y volver y esperar…
Las nueve serían cuando partió, acompañado de Juanito del
Socorro, que fiel le esperaba en la puerta. De la redacción le habían mandado a entregar unas pruebas en la calle de la Farmacia,
recado urgentísimo que él se apresuraba a desempeñar dando antes la vuelta grande a Madrid. Lo que gozaban ambos en sus nocturnos paseos no es para referido. Empezaron aquella noche por
pasar revista a los escaparates de la calle de la Montera, haciendo
atinadas observaciones sobre cada objeto que veían. Mirando las
joyerías, Felipe, cuyo espíritu generoso se inclinaba siempre al
optimismo, sostenía que todo era de ley. Mas para Juanito (alias
Redator) que, cual hombre de mundo, se había contaminado del
moderno pesimismo, todo era falso.
211
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ÍNDICE
El doctor Centeno
Esta diferencia de criterio revelábase a cada instante. Pasaban
junto a un coche descubierto que llevaba hermosas señoras, y el
Doctor, pasmado y respetuoso, decía:
–¡Buenas personas!… ¡gente grande!
–Pillos, hijí… Tú no tienes mundo… Eso es gentecilla. ¿Crees
que porque van bien vestidos…? Mamá, allí donde la ves, tiene
vestidos muy majos, y no se los pone nunca para que no la tomen
por esas… Cuando va a pasar el verano a las haciendas, se pone
uno azul, ¿estás?…
Fueron por la calle del Arenal adelante, despacito para ver bien
todo, estorbando el paso a las señoras y quitando la acera a todo
transeúnte. El descarado Juanito no se privaba, cuando había oportunidad para ello, de echar un piropo a cualquier mujer hermosa que
encontrase, ya fuera de clase humilde, ya de la más elevada.
–Hombre, que te van a pegar –le decía el Doctor.
–Déjame a mí, hijí… que yo soy muy largo –contestaba el
otro–. Yo he corrido más… tú no entiendes… ¡Si vieras a papá! Es
un buen peje para mujeres… En casa no hay criada que dure, porque
les dice cosas y les hace el amor…119 Mi madre se pone volada y
las despide. Cuando mi padre y mi madre riñen, sale aquello de
que papá quiso a la señá marquesa. Porque cuando era soltero…
tú no sabes… todas las marquesas se volvían locas por papá y por
su hermano, que era torero, y lo mataron en una revolución. Mi tío
era un gran hombre, un peje gordo… y se echó a la calle a matar
tropa por la libertad; pero le vendieron, y ese pillo de O’Donnell
le mató a él… Papá tiene su retrato en la sala, pintado de tamaño
de las personas, y a tantos días de tal mes, que es el universario,
¿estás, hijí?, le pone dos velas encendidas y un letrero que dice:
Imitaz a este mártir120 .
119
Les hace el amor: el sentido de «enamorar, galantear», era el único que
tenía la expresión en estas fechas, sin que hubiese aparecido aún la acepción más
usual hoy día.
120
El relato de la historia familiar de Juanito permite ampliar el panorama histórico evocado, retrocediendo una década, siempre desde el punto de vista de la narra
ción inconexa y cándida del niño, que no hace sino reproducir a su modo el testimo-
212
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II. Pedagogía
Absorto oía Felipe estas maravillosas historias, no sin reírse
interiormente de la fatuidad de su amigo. En cuanto al legendario
tío de Juanito, torero, miliciano y mártir de la libertad, constábale
ser cierto lo del retrato de tamaño de las personas, porque lo había
visto con el mencionado letrero… En estos dimes y diretes, pasaban
junto al Palacio Real. Mudos contemplaron los dos un instante su
mole oscura y misteriosa, tanto balcón cerrado, tanta pilastra robusta, las ingentes paredes, aquel aspecto de tallada montaña con
la triple expresión de majestad, grandeza y pesadumbre. Felipe
miraba aquello, en el imponente reposo de la noche, y como la pri
mera observación que hace el espíritu humano en presencia de estos materiales símbolos del poder es siempre la observación egoísta,
no desmintió él este fenómeno y dijo con toda su alma:
–Juanito: ¡si esto fuera mío!…
El otro, siempre tocado de aquel escepticismo postizo, le contestó con desdén:
–Pues yo… para nada lo quería… Como no me lo dieran lleno
de dinero…
–¡Lleno de dinero!
Felipe se mareaba.
–¿Pues qué crees tú? Los sótanos están todos llenos de sacos
de oro y de barricas de billetes.
–¿Lo has visto tú?
–Lo ha visto papá… –afirmó el del Socorro, después de vacilar un rato–. Papá conoce al… ¿cómo se llama?, al entendiente, y
algunos días le viene a ayudar a hacer cuentas.
nio familiar e intrahistórico de la historia nacional. El episodio nacional O’Donnell
refleja muy bien la época histórica de la que el niño ha escuchado hablar: la intervención violenta de la Milicia Nacional revolucionaria, organización de voluntarios
civiles que estaba prohibida desde 1845, y que en el Madrid de 1854 se enfrentaron
desde sus barricadas con las tropas; los intentos de negociación con la Unión Liberal
de O’Donnell para poner fin a los desmanes y a unas Cortes constituyentes que agonizaban, etc. Todo ello narrado por el personaje de José Fajardo, que proyecta su visión
sarcástica y desengañada sobre los movimientos revolucionarios de esta época, además
de mostrar su defensa del controvertido O’Donnell, de quien llega a ser muy amigo.
213
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El doctor Centeno
–Yo quisiera ver esto por dentro, ¿oyes? Será bonito.
–Hijí… no tienes más que decírmelo el día que quieras. Mamá
conoce a la gran zafata… ¿Estás?, la que gobierna todo, y cuida de
la ropa blanca y tiene las llaves. Yo he venido más veces… ¿Que
si es bonito dices?… Así, así… de todo hay… tiene un salón más
grande que Madrid, con alfombras doradas, de tela como las de
las casullas ¿estás?, y mucho candelero de plata por todos lados.
El coche de la Reina sube hasta la propia alcoba… yo lo he visto.
Aquí todo está lleno de resortes. Calcula tú, tocas un resorte y sale
la mesa puesta; tocas otro y salen el altar y el cura que dice la misa
a la Reina… tocas otro…
Felipe, riendo, daba a entender que si tocaba más resortes, las
mentiras de su amigo no tendrían término. Pero no acobardado
Redator por la incredulidad de Centeno, dejó correr sin tasa la
inagotable vena de sus embustes. Pasando calles, llegaron por fin
a la Cava Baja, donde Felipe no pudo cumplir su encargo, porque
el ordinario de Trujillo no había parecido aún. Bien: ya tenía para
otra noche. Era ya tan tarde, que los amigos sintieron un poquito
de recogimiento y estrechura en las respectivas conciencias, aunque
la de Juanito del Socorro era más ancha que la puerta de Alcalá,
y por ella cabían las más grandes faltas sin doblarse ni romperse.
Emplear dos horas en un recado urgentísimo, para el cual le habían señalado veinte minutos, era cosa muy adecuada a un carácter
tan entero como el suyo. Ya sabía que cada minuto de más le valía
igual número de golpes de su papá; pero tenía la piel curtida y el
espíritu fortificado por las contrariedades.
–Vamos, vamos –dijo Felipe inquieto–. Es muy tarde.
Apresuradamente corrieron hacia los barrios del Norte, y aunque
Juanito quería detenerse aún a oír los cantos de Perico el ciego121, el
121
Perico el ciego: el nombre del personaje pasó al acervo folklórico, y hallaremos incluso la lexicalización «ser el Perico el ciego» (i.e., «Entretenimientos»,
Madrid cómico, 22 de febrero de 1880, p. 3), y al citado personaje convertido en
protagonista de una de las Baladas españolas de Vicente Barrantes en el mismo
año. Pero es verosímil que en 1863, aunque anciano, se viese aún por Madrid a
este famoso ciego que cantaba romances y tonadas populares acompañado de un
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II. Pedagogía
Doctor tiraba de él y le llevaba a prisa. Llegaron por fin a la calle
de la Farmacia, donde Redator debía entregar su encargo, y mientras éste subía al piso tercero del núm. 6, vivienda del infelicísimo
escritor que desde las nueve estaba esperando sus pruebas, Felipe
se paseó en la acera de enfrente, entre la escuela y la esquina de
San Antón. Como en todo se fijaba, observó que junto a una de las
rejas bajas del edificio había un bulto, un hombre con las solapas
del negro gabán de verano levantadas… Al pasar, Felipe notó un
cuchicheo, miró… Aunque la noche estaba oscura… ¡sí, sí, era él!
Felipe se estremeció, embargado de grandísima sensación de pavor
y vergüenza. Sintió el ardor de la sangre en su cara hasta la raíz
del cabello… ¡Era, era don Pedro!
Siguió adelante, y pronto hubo de unírsele Juanito, a quien
comunicó sus impresiones. Su amigo le dijo:
–Vamos a pasar otra vez.
Lleno de terror, Felipe se agarró al brazo de su amigo para
detenerle, y le decía:
–¡No, no, no; pasar no!
Pero más pudo la maliciosa sugestión del pícaro que el miedo
del Doctor, y pasaron otra vez. En el momento mismo, el bulto se
apartó de la reja. Felipe y él se encontraron frente a frente, y se
vieron… ¡Era, era!
La vacilación de don Pedro fue instantánea. Siguió su camino.
Tras él, a mucha distancia, iban Felipe y su amigo; aquél, tan turbado, que no sabía por dónde caminaba; éste haciendo comentarios
sobre lo que habían visto.
–¿Te parece que le tiremos una piedra? –propuso Socorro a su
compañero, el cual, indignado, repuso:
–¡Si tiras, te pego… no es broma, te mato!
Y más adelante, dominado siempre por inexplicable vergüenza
y terror, decía Centeno:
–¡Me ha visto, me ha visto!
violín, como lo pintaba el artículo de P. Boulet «El ciego» en Semanario pintoresco
español (sección «Tipos españoles»), 9 de julio de 1843, p. 218.
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El doctor Centeno
Cuando llegó a la casa, ya don Pedro había entrado. Felipe
pensaba de este modo: «Ahora por lo que he visto y por lo que he
tardado, me desuella vivo». Pero no fue así. Doña Claudia dormía
ya, y Marcelina, que no quería alborotar la casa a deshora, tan sólo
le dijo: «Mañana, mañana te ajustará mamá las cuentas».
¡Siniestra y misteriosa figura! Don Pedro se paseaba en el comedor, meditabundo. Felipe deseaba que le tragase la tierra, o que
el señor se quedase ciego para que no le pudiese mirar. Fingiendo
hacer alguna cosa, evitaba los ojos de su amo; pero al fin, en una
vuelta que dio, encontrólos inesperadamente… ¿Qué expresión era
aquella? ¿Qué decían aquellos ojos?
Felipe se turbó más observando que los ojos del capellán, al
mirarle, no echaban llamas de ira. Expresaban algo que él no entendía, una perplejidad terrorífica, el estupor del calenturiento. ¡Ah!,
Felipín era muy chico y no sabía leer en las fisonomías; apenas
deletreaba. No podía entender bien aquella zozobra del grande ante
el pequeño, aquel despecho formidable del vendido por el acaso,
aquel temblor del león delante de la hormiga, aquella humillación
trágica del poder ante la debilidad.
Don Pedro no dijo nada, y se metió en su cuarto.
XIII
En la clase, al día siguiente, Felipe temblaba más que de ordinario. Pero contra su creencia, Polo no le tomó lección, ni le aplicó
ningún castigo. Podría creerse que se proponía no mirarle y como
figurarse que no existía. Estaba el señor triste, fosco, entenebrecido y
como avergonzado. Lo poco que tenía que decir decíalo en voz baja,
y desparramaba miradas sombrías y recelosas por toda el aula. De
rato en rato veíasele apretar los dientes y juntar uno contra otro los
labios, cual si quisiera hacer de los dos uno solo. Aun de lejos podían
observarse en la piel de su cara movimientos y latidos enérgicos,
ocasionados por la contracción de los músculos maxilares. Pensaría
cualquiera que el buen capellán se mascaba a sí mismo.
216
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II. Pedagogía
Por último, llegó Felipe a sentirse lastimado del poco caso que
su amo y maestro hacía de él. Aunque le tirase de las orejas y le
diera alguna bofetada, habría preferido que don Pedro le tomase
lección, y que le mirara y atendiera. Aquel desdén era quizás una
forma extraña y traicionera de la ira. Felipe tenía presentimientos,
y sentía en su alma un desasosiego inexplicable. Pero aún le quedaba mucho que ver, y ocurrirían casos con los cuales había de
llegar al último grado su sorpresa. Por la noche, doña Claudia,
mientras se comía su salpicón, reprendíale por haber dejado de hacer una cosa. Él, callado, oía la terrible plática sin contradecirla.
Considerad su asombro cuando vio que don Pedro salía a su defensa.
¡Cosa fenomenal, inaudita y tan peregrina como la alteración de
las órbitas celestiales!… don Pedro, ya dispuesto para salir, bastón
en mano, paróse ante su madre, y dijo estas benévolas y santas
palabras:
–¡Qué diantre!, si no lo ha hecho será porque no habrá tenido
lugar.
Después le miró. ¿Era indulgencia, era temor lo que en el rayo
de aquella mirada había? ¿Era el más terrible de los odios o traición, debilidad, cobardía, el agacharse de la fiera herida? Fuese lo
que quiera, Felipe, inocente, lo interpretó como señal de amistad.
Púsose muy contento, y le dieron ganas de contestar de mala manera
a doña Claudia, mandándola a paseo.
También aquella noche salió a la calle a traer de la botica aceite
de beleño que la señora usaba para combatir el ruido de oídos. Dice
Clío que por las noches le zumbaban a doña Claudia en el órgano
auditivo los números de la lotería, y que para aliviarse de esta molestia se ponía algodones mojados en cualquier droga narcótica.
Cuando Felipe salió, dijo la Cortés a su hija: «Parece chanza; pero
lo podría jurar. En los oídos me suena el 222… créelo que me
suena»122.
122
La afición a la lotería debió de ser suficientemente intensa como para
propiciar la creación de la sección «Cábala» en algunos periódicos, y la difusión
de obras supersticiosas sobre esta materia, como la titulada Misterios de la lotería primitiva o El Gitano Cabalista del siglo XIX, cuyo larguísimo subtítulo anun-
217
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El doctor Centeno
Felipe no pudo ver sino breves instantes a Juanito; pero éste
tuvo tiempo para hablarle del encuentro de la noche anterior, y
añadió esta observación maligna:
–A mamá le conté lo que vimos. ¿Hijí, sabes lo que dice mamá?
Que tu amo es un buen peje, y las chicas esas unas cursis123 .
cia «El presente y novísimo tratado que se publica contiene los números infalibles
para el año actual de 1850 y próximo de 1851…». La edición que manejo corresponde a una reimpresión de la Imprenta madrileña de José María Marés en 1859,
fecha en la que aún sería «de utilidad» la parte general del librito, con métodos
para seleccionar los números mediante las cartas de la baraja y diversos cálculos
aritméticos.
123
Cursi: el concepto de la cursilería en el siglo XIX se relaciona con los
esfuerzos por mantener una apariencia solvente y mundana encubriendo la miseria
doméstica real. Relacionadas con «cursilería» están las fórmulas «el quiero y no
puedo», «estar tronado», «pintar la mona», «pintarla», comunes en Galdós. Prototipo
de familia tronada sería la de los Marqueses de Tellería en La familia de León
Roch, que luchan por mantener los modos de vida y costumbres aristocráticos: para
la marquesa, el no poder salir de Madrid para veranear es «potro ignominioso», más
por lo cursi que por lo molesto del calor, según el narrador (Parte I, cap. XVIII).
En diversas novelas galdosianas, los personajes (sobre todo femeninos) sufren el
de cursi como el peor insulto posible, que revela que han sido descubiertos en su
cuidadosa tarea de vivir por encima de sus posibilidades, fingiendo lo que no son:
muy significativo es el título del capítulo XIV de La desheredada, «¡Cursilona!».
En La de Bringas Rosalía padece los efectos de un dicterio (que le parece peor
que el de prostituta), en «Aquella frase la hería en lo más profundo de su alma…
¡Una cursi! El espantoso anatema se fijó en su mente, donde debía quedar como un
letrero eterno estampado a fuego sobre la carne» (cap. XLVIII).
En la novela Miau, de 1888, llega a su mayor desarrollo la noción de cursi,
aplicada a las mujeres de la familia Villaamil. En torno a 1880 (no aparece fecha en
la primera edición que poseo) el periodista Luis Taboada reunió en el libro Cursi
lones cuarenta y cinco viñetas que plasman la amplitud del concepto de «cursilón»,
distinto del de «cursi», ya que incluye también a gente de buen tono, a burócratas,
políticos, etc., unidos por el engreimiento y la autocomplacencia. Algunos de los
tipos que enumera en su glosa del vocablo nos recuerdan a personajes galdosianos,
como el de Federico Ruiz o Leopoldo Montes: «El cursilón legítimo supone que
el mundo entero le admira y le venera; que las mujeres le adoran, los hombres le
envidian y el sol sale cada veinticuatro horas sólo para ellos. Cursilón es (…) el que
escribe una comedia disparatada y acude a ver a la Guerrero o a Mario para que se
la representen, creyendo que la obra va a producir ríos de oro» (Cursilones: 6).
Recordemos cómo el costumbrismo trató tipos y escenas de cursilería en el
marco de la precariedad familiar. Mesonero Romanos, en «El día 30 del mes», es
buen ejemplo. F. Ynduráin, 1978, recuerda algunos tempranos usos costumbristas
218
PORTADA
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II. Pedagogía
Indignadísimo y avergonzado Felipe, sólo contestó a su amigo
dándole un empujón hasta ponerle en medio del arroyo. Que no se
pegaran aquella noche, fue prueba evidente de su cordial y sólida
amistad. Felipe no podía pensar nada malo de su maestro, a quien
tenía por el mejor y más completo de los hombres, sin que alteraran esta opinión la crueldad y saña de que eran víctimas los alumnos. Y tan gratamente impresionado estaba el ánimo del buen
Doctor con las palabras que en su defensa había dicho don Pedro
aquella noche, que subió al desván pensando en él y representándose una escena, un lance en que los dos, maestro y discípulo, eran
muy amigos y se contaban cariñosamente sus respectivas cuitas y
aventuras.
Antes de acostarse se puso la cabeza del toro y jugó larguísimo rato. Algunas figuras quedaron en disposición de ir a la enfer
mería… «¡Oh! –pensaba él–. Si me atreviera… si me vieran entrar
con mi cabeza de animal… ¡María Santísima!… ¡Pues sí me atreveré!
Don Pedro no me dirá nada. Es mi amigo y me quiere mucho…
Si sabe que llevo allá mi cabeza, se reirá y… porque hoy por ti y
mañana por mí… Todos pecamos».
Al día siguiente doña Claudia dio un grito, ¡ay!, y con tanto
énfasis señaló un punto de la Lista grande, que le hizo un agujero
pasando su dedo a la otra parte. El 222 había tenido un premio
pequeño, tan pequeño que no valía la pena de celebrarlo con grande
algazara. No obstante, el feliz suceso era tan raro, que la señora
alborotó la casa.
–Anda, corre, vuela –dijo a Felipe después de comer–. Lleva la
lista a doña Enriqueta (la fotógrafa) y a Amparo. ¡Pobre Amparo!,
¡cuánto me alegro!, le han tocado seis pesetas. Diles que mañana
se cobrará y que vengan a recoger su parte.
que tratan ya el tipo de la cursi: por ejemplo, el artículo «La señorita cursi», perteneciente a la colección costumbrista en la que también colaboró Galdós, Las es
pañolas pintadas por los españoles (1871 y 1872) o el poema «La cursi», incluido
en la colección costumbrista Los españoles de ogaño, de 1872. En nuestra novela
el término reaparece en IV viii, donde se señala que Montes acompaña a «unas
cursis de mal pelaje».
219
PORTADA
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El doctor Centeno
Aquella mañana en que debía cobrarse el capital ganado (obra
de ciento sesenta reales)124 llegó con la puntualidad de todas las
mañanas que se convierten en hoy, haya o no en ellas cantidades
que ganar o perder. Era jueves, día de medio asueto en la temporada
de verano. Por la tarde los chicos se iban de paseo, don José Ido
descansaba de sus hercúleas tareas… Era jueves, y Andrés Pasarón,
el hijo del tendero de ultramarinos, había pegado en una tabla del
solar el cartel risueño de azul y oro que decía: Corría extralinaria
a munificio de la Munificencia, con toda la relación de los toros,
diestros, ganaderías, divisas, suertes y demás pormenores cornúpetos… Era jueves, y toda la clase se había dado cita en el solar. El
día era espléndido, risueño como el cartel y también de azul y oro.
El alma de Felipe despedía centelleos de esperanza, de temor, de
miedo, de alegría. Andaba por la casa afanadísimo, desplegando
una actividad febril para desempeñar en poco tiempo todos los
servicios que le correspondían aquella tarde.
Había formado propósito de escaparse si no le dejaban salir.
Estaba frenético. Su anhelo era más fuerte que su conciencia. ¡Ay!,
tarde de aquel día, ¡qué hermosa eras! Eras un pedazo de día,
rosado y nuevecito, lo más bello que se había visto hasta entonces
salir de las manos laboriosas del tiempo… Creyó Felipe que se le
abría el Cielo de par en par cuando don Pedro llegó a él y le dijo,
sin mirarle de frente:
–Felipe, ya has trabajado bastante. Toma dos cuartos y vete a
dar un paseo.
¡Estupor!… Felipe creyó que el Ángel de la Guarda se encarnaba en la persona tremebunda y leonina del señor de Polo… Echó
a correr, temiendo que su maestro se arrepintiera de tanta benevolencia. Subió como un rayo al desván… ¡Oh, toro!, bendito sea el
124
Ciento sesenta reales: en 1848 se implantó el sistema decimal y se estableció como unidad efectiva el real, dividido en 100 partes o céntimos. Una peseta equivalía a 4 reales; un duro, a 20 reales. Había también monedas de cobre de escaso
valor, como los cuartos y ochavos que tan a menudo se mencionan en nuestra novela.
La peseta se convertiría en la unidad monetaria nacional años más tarde, semanas
después del triunfo de la Gloriosa en 1868.
220
PORTADA
ÍNDICE
II. Pedagogía
padre que te engendró, el escultor que te hizo y San Lucas divino
que te tuvo a sus pies. ¡Pobre San Lucas!, por el boquete que tenías
en tu cuerpo cabía ya todo el de Felipe. La Fe estaba acribillada.
¡Pobre Fe!, no contabas con las acometidas de este Doctor maldito,
cuyos agudos y formidables cuernos podrían llamarse Martín Lutero el uno y Calvino el otro125. Para ensayarse, Centeno hizo gran
destrozo aquella tarde, derribó, apabulló, destripó, tendió, aplastó.
No quedó títere con cabeza, como se dice comúnmente, ni barriga
sana, ni cuerpo incólume, ni ojo en su sitio, ni boca de su natural
tamaño y forma. Daba compasión mirar tanto estrago. Él, mientras
más destrozo hacía más se encalabrinaba. Se volvía feroz, brutal.
Después… ¡a la calle!
Bajó pasito a pasito a la casa a ver quién estaba allí y si podía
salir sin que le notaran. Desde la puerta de la cocina vio a doña
Claudia y a Marcelina, ambas de manto, que hablaban con don
Pedro. ¡Iban a salir! Doña Claudia daba dinero a su hijo y le decía:
«seis pesetas para Amparo, que vendrá a recogerlas; lo demás para
doña Enriqueta… Nos vamos a ver a las de Torres. Parece que la
pobre doña Asunción está expirando…». Don Pedro no decía nada,
y dejaba las pesetas sobre la mesa del comedor. Pausada y lúgubremente, cual sombras que se desvanecían, salieron la madre y la hija.
No se sabe la hora ni el momento preciso en que hizo su apa
rición en el redondel aquella cosa inesperada, admirable, verdadera.
Imposibles de pintar el asombro, la suspensión, el alarido de salvaje
y frenética alegría con que Felipe fue recibido… Hubo mucho y
delirante juego, pasión, gozo infinito, vértigo… después, cuando
menos se pensaba, policía, guarda, escoba, caídas, dispersión, persecución, golpes… Así acaban las humanas glorias126. Vióse una
125
La Fe estaba acribillada…: la ambigüedad que provoca la metonimia (no se
explicita «la figura que representaba la Fe») sirve de base a un humorístico comentario
del narrador sobre los ataques que la fe recibió por parte de los reformadores protestantes. Este otro Doctor de la iglesia, Felipe, es menos peligroso, sugiere el narrador.
126
Así acaban las humanas glorias: se invierte el uso habitual de la frase original latina, Sic transit gloria mundis, que aquí se da traducida. La fórmula, que
se utiliza como reflexión laica o en un sentido trascendente desde el punto de vista
religioso, sirve para recordar la fugacidad de la vida y de las ambiciones del hombre.
221
PORTADA
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El doctor Centeno
víctima por el suelo, hecha añicos, una cabeza partida en dos, en
tres, en veinte fragmentos. Por aquí un cuerno, por allá un pedazo
de cráneo, más lejos medio hocico. El guarda recogió los dispersos trozos en un pañuelo, y tomándolo cuidadosamente con la mano
izquierda, con la derecha agarró al criminal y se dispuso a llevarle
a la presencia del maestro para que éste hiciera ejemplar justicia.
La partida se dispersaba por la calle de la Libertad, dando gritos,
silbidos y alilíes. Felipe, sobrecogido y aterrado, no podía con el
peso de su conciencia.
Cuando el guarda llegó a la casa-escuela, encontró al fotógrafo
en la puerta y le dijo:
–He llamado tres veces, y no abren. Parece que no hay nadie.
Enterado inmediatamente de la fechoría de Felipe, dijo aquel
gran hombre las cosas más sesudas acerca de la moral pública y
privada.
–Ahora recuerdo –añadió–, que te vi salir a las tres, con un
bulto envuelto en un pañuelo, y dije para mí: «si habrá robado algo
ese perillán…». Ahora, ahora, amiguito, te las verás con tu amo.
Subieron y llamaron. Transcurrido un largo rato, el mismo don
Pedro abrió la puerta… ¡Tremenda escena! Felipe rompió a llorar
con vivísimo desconsuelo. El guarda hablaba, el fotógrafo hablaba,
don Pedro hablaba. Todos, todos, le abrumaban a gritos, apóstrofes
y acusaciones; pero él no podía responder nada. El fotógrafo se
permitió estirarle una oreja, diciendo:
–Principias mal… mal. ¿A dónde llegarás tú con estas mañas?
Lo peor del caso fue que en éstas llegaron doña Claudia y
Marcelina. Pronto se informaron las dos del nefando suceso, y por
poco me le descuartizan allí mismo, pues si ésta le tiraba de un
brazo, aquélla le sacudía el otro con furor de justicia.
Don Pedro estaba serio y patético. No le decía injurias, pero
no le disculpaba; no le llamaba «ladrón sacrílego» como Marcelina,
pero tampoco profería una sílaba en su defensa.
En este contexto, se aplica con desproporción humorística a la escala de valores de
los niños, en cuya cima se encuentra el juego.
222
PORTADA
ÍNDICE
II. Pedagogía
Por último, se atrevió Felipe a balbucir alguna excusa. Más que
defenderse, lo que intentaba era pedir perdón. Pero aún no había
abierto la boca, cuando las dos mujeres clamaron a una: «No se
le puede creer nada de lo que diga; no abre la boca más que para
decir mentiras».
Felipe se calló, y he aquí que don Pedro afirmó con prontitud:
–Es cierto; no dice más que mentiras, y nada de lo que hable
se le puede creer.
Parecía que el formidable maestro revolvía en su mente una
determinación grave. De repente dijo con sequedad:
–Felipe, ahora mismo te vas de mi casa.
–¡Ahora mismo! –repitió doña Claudia.
–¡Antes ahora que después! –regurgitó la fea de las feas, que
habiendo subido al desván, volvía espantada de los destrozos que
en las cosas santas hiciera Felipe.
Y más pronta que la vista volvió a subir y tornó a bajar con
un lío de ropa, que entregó al criminal, diciéndole:
–Aquí tienes tus pingajos.
–Ni un momento más.
Felipe lloraba tanto, que las lágrimas le llegaban ya a la cintura.
El retratista dijo estas atinadas palabras:
–Con las cosas santas no se juega.
Y se marchó. El Doctor salió a la antesala o recibimiento, donde
estaba la puerta de la escalera y se dejó caer en el suelo. No tenía
fuerzas para tenerse en pie, pues con tantas lágrimas parecía que
se le echaban fuera todas las energías de la vida. Desde allí veía
parte de la sala donde estaban sus amos, enfurecidos contra él y
haciendo comentarios sobre su horrible crimen. De pronto oyó una
voz dulce, amorosa, celestial, voz que sin duda venía a la tierra por
un hueco abierto en la mejor parte del Cielo. La voz decía:
–Don Pedro, don Pedro, perdónele usted.
–No puede ser, no puede ser.
Protestas de las dos señoras, acusaciones y recargadas pinturas del feo delito… Pero la voz, constante y no vencida, repitió:
223
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–Perdónele usted… cosas de chicos…
Felipe estaba tan agradecido que hubiera adorado a la voz aquella, como se adora a las imágenes puestas en los altares. El condenado a muerte no mira al Crucifijo con más esperanza, con más
unción, con más gratitud que miró él a la persona que palabras tan
cristianas decía.
Polo, cuyo semblante expresaba inexplicable desasosiego, salió
a donde él estaba y le dijo con estudiada entereza:
–No hay perdón, no puede haber perdón. Vete pronto.
Y se volvió adentro… Silencio. Felipe oyó un suspiro, expresión lacónica y hermosísima de un alma que se sentía impotente
para hacer el bien que deseaba… Otra gran pausa… Parecía que
se retiraban todos a las habitaciones interiores. Desplomábase con
lenta caída el día sobre la tarde, la tarde sobre la noche, y la casa
se oscurecía gradualmente.
Esperó Centeno un rato. En la soledad era su pena más acerba,
su contrición más grande. No tenía fuerzas para marcharse. Quería
morir abrazado a aquel suelo y besando los ladrillos de la casa en
que había hallado un asilo, sustento, y el pan del alma, que es la
instrucción… Sintió pasos. Vio aparecer una hermosa y celestial
figura, la Emperadora, la de la voz que pedía misericordia por él;
y fuese o no la tal una beldad perfecta, a él, en tan crítico instante,
se le representó como superior a cuanto en la tierra había visto,
hermosura de mundos soñados y de regiones sobrenaturales. Por
la ventana entraba la luz del crepúsculo. Sobre ella se destacaba
la soberana belleza de aquella mujer, rodeada de rayos de oro,
echando de su frente fulgores de estrellas. Su ropaje, que sin duda
era de lo más vulgar, se le representaba a él compuesto de arreboles
o centelleo de pedrerías, y teñido de tintas irisadas, todo sublime,
imaginativo y propio de tan extraño y admirable caso. La Empera
dora le miró sonriendo y le dijo con voz de serafines:
–No quieren perdonarte… ¡Pobrecito!… ¿En dónde pasarás la
noche?… Hijo, ten paciencia, y Dios te amparará.
En sus manos blancas y hermosas traía manzanas, pedazos de
pan, pasteles y otras cosas dulcísimas de comer.
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PORTADA
ÍNDICE
II. Pedagogía
–Toma esto –le dijo–. No llores tanto. Ten paciencia. ¿Qué le
vamos a hacer?… Con esto puedes remediarte esta noche.
Después le pasó sus dedos finísimos y frescos por la barba.
Él estaba tan ardoroso que aquellos dedos le parecían de mármol.
Aún hizo ella más. Con su pañuelo, que olía a delicadas esencias,
le limpió las lágrimas. Después…
Felipe la vio retroceder, mirar hacia la sala, como temerosa
de que la espiaran. Volvió junto a él. Metió la mano en el bolsillo,
sacó una cosa que relucía y sonaba. De sus dedos salían rayos de
plata. Centeno estaba absorto, pasmado, y de su alma se amparaba
lentamente un consuelo inefable, una paz deliciosa, una gratitud
que, sobreponiéndose a los demás sentimientos, los sofocaban y al
fin triunfaban de su honda pena.
La Emperadora dio un gran suspiro. Era un alma abrumada
que no podía echar de sí esta idea: «¡Qué mal hacen en no perdonarte!».
Y luego le tomó una mano, que él tenía cerrada; se la abrió,
no sin esfuerzo de sus delicados dedos; le puso en el hueco una
cosa, cerrándosela luego y apretando los dedos de él; y al concluir,
le dijo:
–Con esas seis pesetas te arreglarás por ahora… No te puedo
dar más127.
Felipe se fue.
127
Seis pesetas: se trata de una pequeña cantidad, equivalente al salario medio
de tres días.
225
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El doctor Centeno
«…y me puso en la escuela de la calle del Peñón. Estuve un mes y días.
Desaprendí las letras, pegué al Cartón, y cuando iba a entrarle al Juanito, me
salí de casa de la Soplada…».
226
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II. Pedagogía
La ilustración procede del libro de W. Harvey «Aleph», Geographical Fun,
Hodder and Stoughton London, 1869
«Pues se le ocurrió nada menos que dejar a un lado los palotes, como se
arroja fatigosa carga, y ponerse con toda su alma a retratar el mapa, imitando
los contornos y perfiles que allí parecían el propio rostro de las naciones (…)
Raya por allí, raya por allá; aquí un pico, más allá un hueco, todito iba saliendo
a maravilla: la Inglaterra, que es una isluca con muchas púas; Suecia, que
parece una gran pieza de bacalao; Franciota con luengas narices; Portugalito
con la boca risueña, que es la del Tajo…».
227
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ÍNDICE
El doctor Centeno
Página 166 del manuscrito de la novela
«Se les obligaba a estudiar en aquella triste hora, vigilados por el pasante,
a quien una mujer andrajosa llevaba la comida en dos cazuelillos. Mientras ellos
leían o charlaban, él comía sus sopas y un guisote de salsa espesa. A veces,
cuando les veía muy desconsolados les daba algo. Después hacía traer un café,
y repartía el azúcar que sobraba, siendo tal su bondad, que generalmente tomaba el brebaje muy amargo para que no faltara a los hambrientos la golosina.
Alguno había tan mal agradecido, que cuando Ido se distraía reprendiendo a
otro, echábale bonitamente dentro del vaso un pedazo de tiza de la que servía
para escribir en el encerado.
Centeno, por estar privado de comida, no dejaba de servir la de sus amos en
el comedor. Luego, cuando la criada ponía la mesa en la cocina, se le mandaba
bajar a clase con el estómago más vacío que las arcas del Tesoro».
228
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III
Quiromancia
I
Federico Ruiz… ¡Singular hombre, dado a la ciencia, al arte;
el astrónomo que más entendía de versos, el poeta más sabedor de
cosas del cielo! Diez años hacía que su espíritu navegaba jadeante
por los espacios del saber buscando una vocación, y de ensayo en
ensayo, de una en otra tentativa se le enfriaba el entusiasmo y su
voluntad padecía desmayos. Era español puro en la inconstancia,
en los afectos repentinos y en el deseo de aplausos. Primero fue
músico, después cursó la Facultad de Ciencias y obtuvo la plaza
del Observatorio, en la cual no estaba contento, porque su espíritu
tenía un desasosiego, un como escozor, semejantes a la inquietud
del enfermo que busca su alivio en los cambios de postura128.
128
En esta semblanza perfecta, redonda como unidad constructiva en la novela, Federico Ruiz representa no tanto un personaje cuanto el tipo del arbitrista.
Como en otras ocasiones, el autor se preocupa por destacar su modo de hablar.
La simbiosis entre sus erráticas ideas y su cuerpo y gesticulación colaboran en la
impresión de caricatura que desprende todo el retrato, y que acercan al personaje
al símbolo o al «tipo», en el sentido costumbrista. En Fortunata y Jacinta Federico reaparece formando parte del círculo de la rica familia Santa Cruz. Se nos
cuenta que viaja a París comisionado por el gobierno para comprar aparatos de astronomía (I, I, iii), aunque posteriormente cambiará de aficiones, y pasará a ser un
fanático del estudio de los castillos (I, X, vi). Todavía su dilettantismo encontrará
otros puntos de interés, como la escritura de folletos sobre los vestigios judíos en
España (II, I, i). Para el narrador, Federico Ruiz «representaba muchas cosas a la
vez: la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica musical, el Cuerpo de Bomberos,
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
Era de costumbres apacibles, un tanto egoísta y un tantico
avaro. Carecía del entusiasmo de su profesión, pero desempeñaba
a conciencia, si no de buena gana, los servicios del Observatorio.
Soñaba con triunfos en el teatro, ¡demencia española!, y se creía,
como tantos otros, un ingenio no comprendido y sacado de su natural asiento, víctima de la fatalidad y de las perversas contingencias locales. Todo ecléctico es triste: la perplejidad del espíritu
hace displicentes humores. Y el bueno de Ruiz, en las melancolías
que le ocasionaba una profesión considerada como interina, decía:
«¡Qué país éste!… ¡Desgracia grande vivir aquí! ¡Si yo hubiera
nacido en Inglaterra o en Francia!…». Muchos ¡ay!, que dicen esto,
revelan grande ingratitud hacia el suelo en que viven, pues si en
realidad hubieran nacido en aquellos otros países, estarían quizás
tan campantes haciendo zapatos o barriendo las calles. De todo esto
se desprende que Federico Ruiz, astrónomo sin sustancia, debía de
ser adocenado poeta. Incapaz de dar direcciones nuevas al arte, no
sabía más que trillar los viejos caminos donde ya ni flor había ni
yerba que no estuviesen cien veces holladas y aun pisoteadas.
Era el eternamente descontento, el plañidor de su suerte, el
incansable arbitrista de su propio destino. Seguramente, desde que
una obra suya pasara de las musas al teatro, le habían de entrar ganas de dar nueva ocupación a su espíritu. Un hombre tan sin centro y de pensamientos tan variables no podía ser gordo. En efecto
Federico Ruiz era flaco, tan flaco, que los carrillos se le besaban
por dentro, y cuando se sentaba, tomando aquellas extrañas posturas, sin las cuales no demostraba comodidad, todo él se volvía ángulos. Era un zig-zag… Por extraña armonía, su pensamiento era lo
las Sociedades Económicas, la Arqueología y los Abonos químicos» (I, X, v). En
Miau lo reencontramos cesante y amigo de la familia Villaamil, optimista pese a
su situación, ocupado siempre con sus memorias arbitristas, visitando ministerios
en busca de una comisión para el estudio de cualquier asunto. Su optimismo natural
contrasta con el pesimismo del otro cesante, su amigo Villaamil, y parece atraerle
la suerte, ya que en capítulo XXXVIII recibe un encargo del Ministerio, una comisión «para estudiar y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales»,
que el narrador comenta con ironía, cuestionando que individuos tan poco serios
hagan algo por el progreso científico del país.
230
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III. Quiromancia
mismo, y hablando variaba de dirección rápidamente describiendo
con la palabra un vaivén mareante. Nada había derecho en él, ni el
cuerpo ni el juicio. Andaba con cierta vacilación, semejante a la de
los que han bebido más de la cuenta, y su voz era desentonada.
Último toque. Era ferviente católico, o al menos así lo decía
él. Con su mejor amigo era capaz de pegarse si le hurgaban tantico,
sacando a relucir divergencias entre la Fe y la Ciencia. Casamentero
de las ideas, hacía felicísimos himeneos, y para ello tenía caudal
copioso de oportunas y originales razones. Con su verbosidad errá
tica y un si es no es elocuente, defendía todo lo defendible, logrando
encontrar tales armonías entre el Génesis y el telescopio, que al fin
sus amigos no tenían más remedio que callarse.
En el Observatorio su trabajo era más bien meteorológico que
astronómico. Desempeñaba una plaza de auxiliar. Por ausencia o
enfermedad de algún astrónomo, hacía las observaciones corrientes
y algunos estudios matemáticos. Aunque no lo hacía mal, sus jefes
no le confiaban ningún trabajo delicado. Tardaba mucho, se fatigaba
y además… Entre fórmula y fórmula, ¿cómo no dar descanso y
consuelo al ánimo con un par de versitos?
En los tiempos aquellos en que le conocimos estaba el hombre
muy encariñado con una idea católico-astronómica, que confiaba a
sus amigos. Hay motivos para creer que la tenía formulada en difusos papelotes. La cosa era muy original, y hasta útil, filosófica,
y como simbólica de la deseada concordia entre la Ciencia y la
Religión. He aquí la idea de Federico Ruiz.
¿Por qué los planetas y las constelaciones y todas las unidades,
familias o grupos sidéreos han de tener nombres mitológicos? ¿Qué
significación ni sentido podemos dar en nuestra edad cristiana a
los nombres y a las aventuras amorosas o criminales de tanto Dios
adúltero y brutal, de tanto semidiós canalla, de tanta ninfa sin vergüenza, de tanto animal absurdo? ¿Por ventura no tenemos, en lo
espiritual, nuestro magnífico Cielo cristiano poblado de santos pa
triarcas, ángeles, profetas, vírgenes, mártires y serafines? Y si lo
tenemos, ¿por qué no hemos de concordarlo y emparejarlo con el
Cielo visible, dando a los astros los excelsos nombres del Cristianismo? Así tendríamos el Almanaque práctico, religioso y una como
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El doctor Centeno
cifra exacta de la presencia de los bienaventurados en el Cielo lo
mismo que están esas hermosas luces en el vacío infinito. ¿Qué
inconveniente hay en que ese grandioso planeta, llamado hasta aquí
Júpiter, Dios de una falsa doctrina, se llame ahora San José? Y los
demás planetas de nuestro sistema, ¿por qué no habían de tener el
nombre de otros patriarcas, Adán, Noé, Abraham…? Esto se cae
de su peso. Pues siguiendo este trabajo de bautizar el firmamento,
las doce partes del Zodiaco vienen que ni de molde para los doce
Apóstoles. Todas las constelaciones boreales y australes tendrían
su santo correspondiente y las grandes estrellas representarían los
santos más famosos. Arcturus, por ejemplo, sería San Francisco de
Asís; Aldebarán, San Ignacio de Loyola; el Alpha del Centauro,
Santiago; la Cabra, San Gregorio Magno; Vega, San Agustín; Rigel,
San Luis Gonzaga… La Cabellera de Berenice tomaría el nombre
de la Magdalena; las Pléyades serían las once mil Vírgenes; la
Espiga o Alpha de la Virgen, Santa Teresa de Jesús, y Antarés, la
Verónica… Sirius, la mayor maravilla del cielo, tendría la representación de la Madre de Dios más propiamente que la Polar. Al
hacer las denominaciones, se tendrían además presentes los días
en que la Iglesia celebra las festividades de los santos, de modo
que el paso del sol por cada región zodiacal determinara las fiestas
de los Apóstoles, y así no se diría sol en Piscis, sino sol en San
Pedro… En cuanto a los cometas…
–¡Ja, ja, ja! –Estas carcajadas eran de Alejandro Miquis, a quien
Ruiz explicaba sus nomenclaturas una mañana, que debió de ser la
del domingo 19 de setiembre de aquel año.
–No te rías… Esto es muy serio. Tengo todo preparado para
escribir una Memoria129. Sin ir más lejos, el Almanaque sería enton129
La dislocada Memoria –síntesis de Fe y Ciencia– que quiere escribir Federico Ruiz, incluye su graciosa propuesta de cristianización de la terminología cosmológica, que resulta un remedo a contrario del cambio de calendario en Francia
promovido por la Revolución. El calendario republicano francés, a la inversa, intentó eliminar toda referencia religiosa, de tal modo que cada día no se asociase a
una figura del santoral sino a una planta o a un animal. Este calendario fue derrocado por Napoleón en 1806, para colaborar en la reconciliación con la iglesia y el
Papado. J. C. Mainer recuerda que Auguste Comte había dado a conocer en 1849 su
232
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III. Quiromancia
ces una verdad, y apurando la cosa, no se necesitarían ya altares ni
iglesias. ¿Qué mejor imagen de un bienaventurado que esas magníficas luces nocturnas que nos embelesan y anonadan? ¿Qué mejor
catedral que la aparente bóveda del cielo? Los hombres adorarían a
la entidad San José, San Juan en la imagen luminosa de éste o del
otro astro, y como la celebración de la festividad por la Iglesia coincidiría con un fenómeno astronómico, he aquí establecida simbóli
camente una armonía hermosísima entre la religión y las matemáticas…
–¡Ja, ja, ja! –Miquis mordía el ala de su sombrero: tan dichoso
era con lo que oía.
Cienfuegos dijo así:
–Querido Ruiz, no te metas en poner motes… Deja que conserven por allá arriba los bonitos nombres paganos de Casiopea,
Ofiucus, Júpiter… Como las beatas sepan la jugada que les preparas poniendo el nombre de cualquier santo a una señora que se ha
llamado Venus, te van a sacar los ojos…
Esto lo hablaban en la sala aquella cuyo techo y muros están
hendidos, formando una línea en la dirección ideal del meridiano.
Esta hendidura tiene puertas que se abren con cuerdas semejantes a
las que mueven las velas de un buque, y se descubre así la parte del
cielo que se desea observar. El telescopio, montado en una especie
de cureña aérea, tiene aspecto de cañón. Le sostienen postes de
granito; sólo gira en un plano vertical, y hay un sin fin de ruedas y
palancas de dorado bronce para mover el gran tubo y colocarle en
Calendario positivista para reemplazar el usual santoral cristiano. Y sugiere que tal
vez Galdós conociese una referencia del libro de 1879 Astronomie populaire en la
que su autor, C. Flammarion, anotaba que en 1627 J. Bayer pretendía dar nombres
religiosos para los astros, en el libro titulado Caelum stellarum Christianum.
En el Estudio preliminar nos hemos referido a las doctrinas armonicistas que
en la época proponían la conciliación de ciencia y dogma, ridiculizadas por Galdós
mediante los planes de Ruiz. Añadimos aquí que el debate seguía vigente en las
fechas de la redacción de la novela. Como muestra: la Real Academia de Ciencias
Morales y Políticas dio un premio en 1878 a la obra del catedrático J. M. Ortí La
ciencia y la divina revelación o demostración de que entre las ciencias y los dogmas
de la religión católica no pueden existir conflictos, que fue editada en 1881.
233
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El doctor Centeno
el ángulo que exige la observación. Montado sobre carriles, un gran
sillón sirve para que el astrónomo se tienda en posición cómoda,
y pueda, aplicando el ojo al catalejo, escudriñar cómodamente el
espacio y ver todo transeúnte del meridiano, sea chico, sea grande;
de día el padre sol, de noche esta o la otra res del inmenso rebaño
de estrellas, ora una clarísima, fulmínea, ora las que vacilantes
hormiguean entre la muchedumbre infinita. Se las ve atravesar, impacientes y como perseguidas, el campo del objetivo, dándonos a
entender con su aparente carrera la marcha que llevamos nosotros
por los insondables derroteros del vacío. El cristal está dividido en
cuarteles por hilos de araña cogidos en los árboles para este fin, y
que tienen, ¡quién lo diría!, aplicación tan sabia y útil. ¡Venturosos
animalejos las arañas que, sin saberlo, son tejedoras de las cuerdas,
casi invisibles de puro tenues, con que se toma la medida a las
porciones billonarias del firmamento!
El péndulo sidéreo, colocado a la derecha, parece la imagen
de la discreción y de la mesura. Su pulsación suave, el juego de sus
manecillas, que tan calladas van marcando los segundos y minutos,
embelesan al que lo mira. Se le ve como si fuera una persona, un
ser vivo y de madre nacido, con facciones de números y entrañas
de animado metal, palpitantes y en ejercicio como nuestras entrañas130. Por el mismo estilo que el péndulo, el barómetro registrador
parece también un personaje, sólo que el primero es de lo más serio
y reposado que se puede imaginar, mientras el segundo, organismo
admirable que sabe redactar sus impresiones sobre la pesadez atmosférica, tiene no sé qué de festivo y pueril. Es un geniezuelo, un
antropoide, cuyo origen no sabe el profano si atribuir a la invención de la leyenda o a los cálculos del mecánico; es prodigioso cuerpecillo, juguete que parece que tiene alma, y hace ruidos graciosos
y extraños cual si cantara a media voz misteriosas endechas. Hace
130
Este párrafo personificador de objetos del Observatorio como el péndulo
sidéreo y el barómetro, supone una desinhibida imaginación naif, que recuerda tanto
el punto de vista humanizador propio de los niños, como el enfoque de las primeras vanguardias españolas del siglo XX acerca de «las cosas». No es extraño pues
que este tipo de analogías, basadas en el humor y la metáfora, parezcan greguerías
avant la lettre.
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III. Quiromancia
toda la gracia un escape que juega con la palanca; siguen a esto
ruedas silenciosas y graves, y en el término del mecanismo tiene
el endiablado instrumento su pedacito de lápiz, con el cual escribe
sobre un cilindro de papel… Cuando hay tempestad es cuando tiene
que ver. Entonces, agitado el mercurio, que es su sangre, actúa
sobre todos sus miembros, y se le ve febril, echando sobre el papel
unas rúbricas que son fehaciente expresión del variable peso de la
atmósfera.
II
Ruiz, taciturno y atento sólo a su deber, hizo la observación
del paso del sol por el meridiano. No se verificó este acto sin cierta
solemnidad como religiosa131, con silencio, sosiego y aun algo de
poesía, por cuya circunstancia y por ser operación diaria, decía
Miquis que aquello era la misa astronómica. Cinco minutos antes
del momento en que el péndulo sidéreo marcara el paso de Su Majestad, manipuló Ruiz en el telégrafo para subir la bola de la Puerta
del Sol. Estuvo luego atento, callado, observando el mesurado latir del péndulo; preparó el anteojo con cristal opaco, se puso en el
sillón, abrió las compuertas, miró. Una sección del globo inmenso
entraba en el campo del objetivo, y su tangencia en los hilos de
araña permitía determinar, por cálculo, el mediodía medio, por
donde regulamos y medimos estas divisiones convencionales del
tiempo, a las cuales acomodamos nuestro vivir. Luego manipuló
otra vez para hacer caer la bola de la Puerta del Sol, y cerradas las
compuertas y tapado el anteojo, registró los cronómetros y apuntó
su observación en un cuaderno. Cienfuegos y Miquis, que habían
visto esto muchas veces, permanecieron indiferentes, como los sacristanes ante los sagrados ritos. El uno leía un periódico, el otro
se paseaba inquieto a lo largo de la sala.
131
Ruiz, que desea conciliar ciencia y religión, recibe unas comparaciones también conciliadoras: es visto como figurado «sacerdote» de la observación astro
nómica, rápidamente confundida por juego con las predicciones astrológicas.
235
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El doctor Centeno
Pensar que tres españoles, dos de ellos de poca edad, pueden
estar en el lugar más solemne sin sacar de este lugar motivo de
alguna broma, es pensar lo imposible. A la iglesia van muchos a
pasar ratos divertidos, cuanto más a una sala meridiana donde no
hay más respeto que el de la ciencia, donde se entra con el sombrero puesto y aun se fumaría, si la susceptibilidad de los instrumentos lo permitiera. No había concluido Ruiz sus apuntes, cuando
Miquis se echó atrás el sombrero y poniéndole la mano sobre el
hombro, le dijo:
–A ver tú… ¿por qué no me sacas mi horóscopo?
Era el mismo demonio aquel Miquis; ¡y qué cosas se le ocu
rrían! Si Ruiz no fuera un si es no es guasón y maleante, se habría escandalizado de aquella proposición sacrílega. Pero como no
tenía entusiasmo por la ciencia, no tenía tampoco ese respeto fanático que impone deberes de compostura en ciertos sitios. ¡Oh!
Sin ir más lejos… si él hubiera nacido en Inglaterra o en Francia,
habría tenido aquél y otros respetos, sí señor; porque seguramente
ganaría mucho dinero con la ciencia, ¡pero aquí, en este perro
país!… Como español (y gato de Madrid, por más señas)132, podía
hacer mofa de todo. Manos a la obra. ¿Horóscopo dijiste? Bien, ¿y
de qué se trataba?
Cienfuegos, que sentado en una silla leía La Iberia, alzó los
ojos del papel para decir:
–Ya los astros no dicen nada del destino humano. No quieren
meterse en vidas ajenas… Desde que se ha empezado a decir de
ellos que tienen miseria en sus cabelleras luminosas, es a saber,
que están habitados, se han amoscado y no quieren cuentas con
nosotros… ¡Oh!, si hablaran, Miquis lo agradecería… Está el pobre,
132
Gato de Madrid: tras la exclamación sobre «este perro país», el texto juega
con la expresión también figurada «gato de Madrid». Se aplicaba ésta a los madrileños castizos, nacidos en la villa y corte y orgullosos de su origen. J. M. Iribarren
recoge la explicación de Fernández de los Ríos en su Guía de Madrid de 1876,
acerca de cómo en la conquista de Madrid en tiempos de Alonso VI, destacó el
valor de un soldado que admiró a todos trepando por una difícil muralla. Ante los
elogios de su habilidad gatuna, decidió cambiar su apellido por el de «Gato», que
pasaría a considerarse de genuina nobleza madrileña.
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III. Quiromancia
que no le llega la camisa al cuerpo, pendiente de una resolución,
de una sentencia…
Ambos le miraron. Miquis se paseaba a lo largo de la sala, con
las manos en los bolsillos, arrastrando sus miradas por el suelo.
–¿Qué es eso, Alejandrito?… ¿Amores?
–No, no, ¡valiente tontería! Mejor dicho, vida o muerte para
mí –dijo el estudiante de Derecho parándose ante el astrónomo–.
Figúrate que con esta vida, jamás está uno en fondos, y la verdad…
mejor sería no carecer de nada.
–Eso, aunque no lo digan los astros, es matemático.
–Yo te diré lo que hay –manifestó Cienfuegos–. Alejandro tiene
una tía, que le ha prometido darle trigo… pero trigo… en gordo…
Pasan días y días, y el recadito de la tía no parece.
–Me dijo que a mitad de la semana, y la semana ha concluido.
–Un día más o menos…
–Es que tengo un desasosiego… –suspiró el manchego, mostrando bien en su voz y en su gesto lo que decía–. Temo que si pasa
tiempo, recobre mi tía el juicio.
–Que lo pierda, querrás decir.
–No, hombre, no, porque mi tía está loca, y al darme lo que ha
prometido, si es que me lo da, se acreditará de rematada… Estoy
agonizando… ¿Se habrá arrepentido? ¿Habrá entrado en aquel cerebro un rayo de esa luz del sentido común que anda esparcida por
el mundo, sin que la vean muchos de los que tienen ojos? Porque
se dan casos de que la vean, antes que nadie, los topos.
–Pues vete a su casa, tonto, y pregúntale, y dile: –¿Señora tía,
¿me da usted o no lo que me ha prometido?
–Es tan nervioso y tan pusilánime –observó Cienfuegos–, que
no se atreve a ir, porque si la señora le dice que no hay nada, le
dará un desmayo.
–¡Yo no voy, yo no voy! –declaró Miquis volviendo a pasearse–.
Si después de haberme consentido, dice nones, creo que cojo una
enfermedad.
Ruiz se frotaba las manos, riendo con aquella expresión burlona
que tenía para todo, para lo grave y lo cómico.
237
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El doctor Centeno
–Te voy a sacar el horóscopo, Alejandrito. Vamos a ver. Hay
que principiar por saber la fecha del nacimiento de tu querida tía.
–¡La fecha del nacimiento! –exclamó Cienfuegos–. Debió ser
el año de la Nanita.
–Eso lo sabrá la Diosa Isis. Creo que mi tía no tiene fecha.
Debe proceder del antiguo Egipto. ¡La pobre es tan buena!… es lo
mismo que los chiquillos, ¡y me quiere tanto…! No nos burlemos…
señores.
–¡No, no nos burlemos! –declamó Ruiz, remedando la tiesura
de un sacerdote de ópera133. Siento no tener aquí una sotana de ala
de mosca y un cucurucho lleno de sapos y culebras. Cuando te
digo que te voy a sacar el gran horóscopo, y a adivinarte lo que
deseas…134 Sin ir más lejos: en este momento, ¿qué hora es?, las
doce y veintidós minutos y tres segundos. Al pelo, chico. Mira: el
Sol está saliendo de la constelación del León, a quien yo llamaría
San Marcos, y entra en Virgo… ¡La virgen!, tu tía… Luego viene
la Balanza… ¡dinero…! Esto es más claro que el agua. Tenemos
también a Mercurio sobre nuestras cabezas. Este caballero representa el comercio, las jugadas de Bolsa, el papel moneda. Lo dicho
133
Ruiz sigue el juego de la creación de horóscopos, «remedando la tiesura de
un sacerdote de ópera», tal como Sarastro en La flauta mágica de Mozart, o el Sumo
Sacerdote Zaccaria en Nabucco, o el Ranfis de Aída, por no citar más que dos muy
famosas óperas de Verdi. El conocimiento de este arte frecuentado por Galdós desde
su juventud, se plasma en decenas de alusiones operísticas en sus obras. En sus crónicas en el periódico La Nación hubo de curtirse en el análisis tanto musical como
sociológico de las representaciones musicales de Madrid, que se le encomendaba
reseñar en la sección «Revista musical»: más de treinta óperas, diversas zarzuelas,
conciertos y otros espectáculos fueron objeto de sus comentarios.
134
La confusión de Astronomía y Astrología era común. La venta masiva de
calendarios precisaba una regulación, con el fin de que las mentes cándidas no tomaran como artículo de fe las predicciones astrológicas. El Congreso llegó a discutir
el 16 de octubre de 1855 la necesidad de deslindar públicamente la astronomía como
ciencia frente a la astrología como superchería. Algunos ponentes del Congreso
adujeron la necesidad de exigir mayor rigor científico, y el deber de reproducir las
observaciones astronómicas oficiales. No obstante, otros diputados se mostraron en
contra, en nombre de la libertad de imprenta y por considerar a estos calendarios
«literatura». (Se reproduce literalmente el resumen oficial de tan interesante debate
en la «Sección parlamentaria» de La Iberia, 17 de octubre de 1855).
238
PORTADA
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III. Quiromancia
dicho: el encuentro de Mercurio y la Virgen, puede considerarse
como felicísimo augurio. Y si añadimos que al entrar en la Balanza
pasa junto al Centauro, que yo llamaría San Ignacio de Loyola,
resulta lo siguiente: ¿Qué representa Mercurio? El comercio, las
transacciones, el correo. Por algo le representaban aquellos brutos
con aladas alpargatas135. El correo, fíjate bien. De todo se desprende
que debes escribir una carta a tu tía prehistórica, preguntándole qué
vuelta llevan esos dinerillos que te prometió, y que no has visto
todavía.
–Pues eso no me parece mal –dijo Miquis meditabundo–. ¿Y
si me contesta que no?
–Pues si te contesta que no, te metes las manos en los bolsillos
vacíos, y te quedas fresquecito, de verano…
Alejandro volvió a pasearse, y Cienfuegos a leer su periódico.
De repente, el manchego, con la súbita vehemencia del que tras
vacilaciones dolorosas se decide a tomar un partido, gritó.
–¡Pluma, papel, tinta!… Voy a escribir la carta a la Diosa
Isis…
–Calma, calma, iremos a la biblioteca. No hay que alborotar
esta santa casa.
–¿Y quién llevará la carta? ¡Es tan lejos!…
–No faltará quien la lleve. No te apures. Irá el Centauro, o
mandaremos al mismo Mercurio. Vamos a la biblioteca.
Pasaron a donde decía Ruiz, y Miquis se puso a escribir. ¡Dios
mío, qué premioso estaba aquel día! No sabía cómo empezar, ni en
qué forma y con qué materiales construir la deseada epístola. Tres
o cuatro empezó y las tuvo que romper, porque ninguna de ellas
respondía bien a su pensamiento. La una decía:
135
Aladas alpargatas: se refiere, trayéndolo al contexto popular español, al
calzado de las sandalias aladas que la mitología y la iconografía atribuyen al dios
Mercurio, consagrado a las comunicaciones y al comercio. Los simbolismos en los
cambios del calzado tendrán gran importancia aplicados a la musa de la Historia,
Clío, en la quinta serie de Episodios Nacionales y en la novela regeneracionista El
caballero encantado. Una Clío en alpargatas servirá allí de icono de una historia
nacional decadente, que no merece ser narrada en un estilo sublime.
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El doctor Centeno
«Querida tiíta Isabel: tengo que ir esta noche al baile de la
Embajada austríaca, de frac, y como usted comprenderá…».
Ésta no servía. Ras… Empezó otra así: «Estoy enfermo en
cama. Me visitan siete médicos, y con tanta visita y gastos de bo
tica, se me acabó el dinero que tenía. Como usted me prometió…»
Ras, ras… tampoco valía…
Otra: «Estoy en casa de los catedráticos haciendo un trabajo…»
Fuera.
Por último encontró la fórmula y la carta quedó hecha. Dio un
suspiro al cerrarla y repitió su queja:
–No vamos a tener quien la lleve.
–¡Qué pesadez! –dijo Cienfuegos, suspendiendo otra vez su
lectura–. Cuando éste coge un tema… La llevaré yo, si es preciso.
–Si es en los quintos infiernos… allá, donde Cristo dio las
tres voces.
–Sea donde fuere… Éste es atroz cuando da en encontrar dificultades y en echar lamentos.
–Vamos a casa –dijo Ruiz–. Veremos si hay algún ordenanza.
Don Florencio nos sacará del paso…
Salieron, y lo primero que vio Miquis fue el famoso héroe de
aquel otro domingo, que gozoso y algo conmovido se acercaba a
saludarle, gorra en mano.
–Hola, mequetrefe, ¿tú por aquí otra vez? ¿Qué es de tu vida?
Felipe, confuso, no sabía qué contestar, pues érale muy difícil
exponer en breves palabras los motivos de su salida de la paternal
casa de don Pedro. Temía que su protector, por falta de explicacio
nes circunstanciadas, atribuyera la expulsión a cualquier denigrante
y odiosa falta.
–Te has civilizado… ¡Pero qué bonita has puesto mi ropa! Es
verdad que lleva tiempo… Y hablas ya como la gente. Lo que menos
creías tú era verme aquí.
–Señor, estoy viniendo todos los días a ver si le veo…
–Pues mira, hoy caes aquí como agua de mayo. Nunca podrías
ser más oportuno. Me vas a hacer un recado.
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III. Quiromancia
–¡Un recado!… –exclamó el Doctor con alegría–. Si los señoritos
me buscaran una colocación…
–Sí, para colocaciones estamos –dijo Cienfuegos.
–Como me traigas buenas noticias –indicó Miquis–, te prometo…
–¡Adiós!, ya está éste tocando el violón… No prometas nada,
Alejandro, no prometas.
–Vas a llevarme esta carta.
–Sí señor.
–A la calle del Almendro. Entérate bien o te pego. ¿Sabes
dónde está?
Felipe vacilaba.
–Entras por Puerta Cerrada…
–Sí, sí… démela, démela.
–Bien claritas le he puesto las señas. Número 11, cuarto segundo. ¿Sabes leer?
–Pues ya…
–Preguntas por doña Isabel… esperas contestación y me la
traes aquí.
Llegó cuando menos se le esperaba don Florencio, muy peripuesto, vestido de negro, con el rostro enmascarado de cierta tristeza fúnebre, y saludó a los tres amigos.
–Ya sabemos a dónde va usted, señor Morales y Temprá… do,
don Florencio.
Con solemnidad luctuosa, haciendo con ambas manos una
elocuente mímica de ese dolor mesurado y correcto, que es propio
de las tragedias clásicas, el señor don Florencio dejó caer de su
boca esta frase:
–Voy al entierro del grande hombre.
–¡Pobre Calvo Asensio!136
136
Resultó de un gran impacto nacional la muerte prematura e imprevista de
Calvo Asensio a causa de unas fiebres tifoideas. Su entierro tuvo lugar el domingo
20 de septiembre de 1863, y tal como describe Galdós –que sin duda fue testigo
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El doctor Centeno
En tal día enterraban con gran aparato de gente y público luto
a aquel atleta de las rudas polémicas, a aquel luchador que había
caído en lo más recio del combate, herido de mortal cansancio y
de fiebre; hombre tosco y valiente, inteligencia ruda, que no servía
para esclarecer, sino para empujar; voluntad de acero, sin temple de
espada, pero con fortaleza de palanca; palabra áspera y macerante;
temperamento organizador de la demolición. Reventó como culebrina atacada con excesiva carga, y su muerte fue una prórroga de
las catástrofes que la Historia preparaba. Don Florencio, que era su
amigo, hacía aspavientos de dolor comedido y decía:
–Entre paréntesis, si no hubiera cambiado su farmacia por
esta condenada política, todavía viviría. Era un mocetón… Vamos
a echarle un puñado de tierra.
Después, como viera a Felipe, que oía con el mayor respeto
aquellas elegíacas razones, le consagró también a él, pequeñito, una
frase llena de socrático sentido:
–Doctor Centeno, ¿qué haces por aquí? ¿Sirves a estos señores? Como te portes bien, medrarás. Si no… Ya me contó Pedro
que tienes mañas sacrílegas y dices muchas mentiras… Ojo, señores, ojo…
Ofendido y mal humorado oyó Felipe estos conceptos, mas
no quiso contestar nada. Apremiado por Miquis para que fuera
pronto al recado de la cartita, echó a correr por la rampa abajo,
al poco de llegar a Madrid– fue tan impresionante que marcó por décadas un hito
en la memoria de los liberales. La prensa de la época dio cuenta de la asistencia
de más de diez mil personas de todas las clases sociales, seguidas de un cortejo
fúnebre de doscientos coches que hicieron el recorrido hasta la iglesia parroquial de
San Luis (El Lloyd Español, 22 de septiembre de 1863). Se sucedieron necrológicas
muy elogiosas por parte de la prensa liberal. Por ejemplo, A. Fernández de los Ríos
destaca de su amigo «las simpatías de que goza en toda España, al lado de Olózaga,
Sagasta, Aguirre, Madoz», quienes a su juicio eran la minoría que sostenía la vida
parlamentaria (El Museo Universal, nº 39, 27 de septiembre de 1863).
Sobre la figura de tan influyente personaje contamos en la actualidad con dos
documentados tomos, el uno biográfico, y el otro recopilación de buena parte de
la producción literaria polifacética de Calvo (dramas históricos de tesis progresista,
comedias, etc.). Nos referimos al trabajo de P. Ojeda e I. Vallejo, Pedro Calvo
Asensio. Progresista «puro», escritor romántico y periodista.
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III. Quiromancia
dejando muy pronto atrás a Morales, que iba con su metódico paso
de procesión cívica.
III
Quince días habían pasado desde que el buen Doctor dejó
con tan mala ventura la casa de don Pedro Polo… Cayó, como el
cabello que cortado se arroja, a los rincones y vertederos urbanos,
allá, donde las escobas parece que arrastran, con los restos de todo
lo útil, algo que es como desperdicio vivo, lo que sobra, lo que está
de más, lo que no tiene otra aplicación que descomponerse moralmente y volver a la barbarie y al vicio137. ¿Quién le seguirá por esta
zona, a donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social en uno y otro orden? ¿Quién le seguirá a las casas de
dormir, a las compañías del Rastro, a los bodegones, a las tabernas,
a los tejares y chozas de la Arganzuela y las Yeserías, a la vagancia, a las rondas del Sur, inundadas de estiércol, miseria y malicia?
La historia del héroe ofrece aquí un gran vacío que es como reticencia hecha en lo mejor de una confesión. Sólo se sabe que a los
dos días de su salida de la casa de Polo, se extinguió el último
ochavo de las seis pesetas que le diera aquella cristiana y al mismo
tiempo pagana Emperadora, figura hermosísima que él había visto
en alguna parte, sí, en esta o la otra página de sus estudios; en la
Doctrina Cristiana y en la Mitología. ¡Misterios de la óptica moral! Fuera lo que Dios quisiere, él se había prometido no olvidar a
aquella señora en todo el tiempo que durase su vida…
Se sabe también que algunas noches durmió en lo que vulgarmente se llama la posada de la estrella, o sea, al aire libre; que pasó
137
Es de destacar la visión alegórica de la marginación madrileña como «vertedero humano» (que Pío Baroja desarrollará ampliamente en La busca). Se elude
narrar lo ocurrido al niño en esos días, y se precisa sólo su convivencia con los barrios
marginales de Madrid: el Rastro, la Arganzuela y las Yeserías, las rondas del Sur. El
narrador resume en pocas líneas lo que se vislumbra como durísimas experiencias
del niño, que en una novela naturalista al uso habrían merecido demorado relato.
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El doctor Centeno
grandes y tormentosas escaseces; que iba todos los días a la subida
del Observatorio con esperanza de encontrar al que le protegió, le
amparó y le dio ánimos en aquella feliz ocasión; que al fin su puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto, deparándole
Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de las importantes
cosas que vienen ahora, y paso primero en el nuevo rumbo que toma
la vida del héroe, como verán los que no se hayan aburrido todavía
y quieran seguir adelante.
Emprendió, pues, la marcha el Doctor para desempeñar su
recado, y en la Puerta del Sol, ¡inesperado estorbo!, se encontró
con que no podía pasar, porque todo estaba lleno y apelmazado
de gente. Él, no obstante, había de penetrar entre la multitud para
ver qué era aquello y por qué motivo se reunían tantas personas.
Metióse por las grietas que en la humana masa se abrían; navegó
con trabajo por entre codos, piernas, espaldas, y pudo ganar al fin
la esquina de la calle de Carretas. Felizmente había allí un farol
que no estaba ocupado, y se subió a él, después de guardar cuidadosamente la carta en el pecho. ¡Qué bien se veía todo, desde
aquella altura! «¡Ya!… entierrito tenemos…». Y que el muerto era
persona grande lo manifestaba la muchedumbre de acompañantes
y de curiosos. Felipe vio el carro mortuorio, tirado por caballos
negros y flacos, con penachos que parecían haber servido para
limpiar el polvo de los cementerios; vio el armatoste donde el difunto venía, balanceándose como una lancha negra en medio de las
olas de un mar de sombreros de copa; vio los asilados, los lacayos
fúnebres, de malísima catadura, y el lucido acompañamiento, ejército sin fin de personas diversas, elevadas y humildes, todo o scuro,
triste y hosco. Iba detrás, en primer término, un señor alto y gordo,
de presencia majestuosa; a su lado otros muchos, gruesos o flacos,
y detrás un río de levitas y chaquetas. ¡Cómo serpenteaba la fatídica procesión, cómo se detenía a veces, cómo empujaba! Era cuña
que en las plazas abría la masa de curiosos y en las calles se dejaba oprimir a su vez por aquella… Felipe se unió a la comitiva.
Tan pronto iba delante con los incluseros, tan pronto atrás, cerca
de aquellos señores tan guapotes. Pero él se mantenía siempre a
respetuosa distancia: miraba y nada más. No era como aquel intruso
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III. Quiromancia
y farsante Juanito del Socorro, a quien Felipe vio delante de los
caballos, apartando la gente con ridículos y oficiosos aspavientos.
«¡Fantasioso!», pensó el Doctor, y poco después, allá cuando iban
por la calle de la Concepción Jerónima, vióle atrás, pegado a los
faldones del respetabilísimo caballero obeso y de blancas patillas
que presidía… «¡Otro más entrometido que Juanito…!».
Por la calle de Toledo, Redator distinguió a su amigo entre
el gentío y se fue derecho a él. ¡Qué facha la de Juanito! Llevaba
las mismas alpargatas o babuchas de orillo que usaba siempre, una
chaqueta de papá y una corbata negra que su mamá le había hecho
para aquella lúgubre ocasión. Se saludaron con un par de estrujones, y Juanito dijo al otro: «Estoy rendido… Yo fui a avisar a la
parroquia para que llevaran los Oles138… Después recado por arriba
y por abajo… llevar mucha papeleta, y ahora traer coches… Voy
aquí con don Salustiano. Hijí… éste sí que es peje».
Al decir esto, señalaba al señor grueso, personaje de tan admirable presencia que a Felipe le parecía, si no rey, un dedito menos.
En efecto, el Doctor vio a su amigo meterse entre los señores que
iban en la delantera del acompañamiento, estrujándoles la ropa y
estorbándoles el paso. Alguien le daba empellones para echarle
fuera; pero él se volvía a meter. Al fin de la calle de Toledo, muchos empezaron a ocupar los coches… Felipe, entonces, satisfecho
de haber visto bastante, acordóse de su deber, y retrocedió para
buscar la calle del Almendro.
La cola del inmenso cortejo estaba aún por San Isidro. Allí se
apartó Felipe de él, dio varias vueltas por Puerta Cerrada, mirando
letreros, y por fin se internó en la calle del Nuncio. Estaba en camino. Los lacayos de la Nunciatura excitaron su curiosidad y perdió
un ratito admirando tanto galón y tan buenas aposturas. Algunos
pasos más, y ya estaba mi hombre en el fin de su viaje. ¡Qué silencio, qué sepulcral quietud la de aquellos lugares! Eran más fúnebres
138
Oles: graciosa deformación por etimología popular, en una escena en la que
el niño se vanagloria de su papel de recadero en la escena histórica al llevar los
santos óleos a Calvo Asensio, y presumirá también de ir al lado nada menos que
del político progresista don Salustiano de Olózaga.
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El doctor Centeno
que el entierro y más solitarios que la soledad. Después del bullicio,
de la confusión y gentío que había presenciado, verse allí era como
caer en un pozo. Y la tal calle se enroscaba haciendo una vuelta tan
brusca que no se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una
trampa armada al descuidado transeúnte; y todo el que entrase en
ella, no como Felipe, aturdido y sin ver, por ser niño, el sentido de
las cosas, creeríase más en Toledo que en Madrid, o bajo la dominación de los reyes austriacos, amenazado de las uñas de Rinconete139.
Hoy es la calle del Almendro recogida y silenciosa; júzguese cómo
sería hace veinte años cuando aún la ley de las trasformaciones
municipales no la había comunicado, derribando casas, con la Cava
Baja. Entonces nadie por allí pasaba, que no fuera habitante de la
misma calle. Componían gran parte de su caserío las cocheras de la
casa de Aransis140, la casa de Vargas, sola, misteriosa, abandonada,
pues es de creer que sólo mora en ella el espíritu de San Isidro. No
se conocía en ella ninguna industria, como no fuera la de un colchonero que tenía por muestra un colchoncito de media vara. Había
escudos sobre puertas que jamás se abrían, y balcones de hierro que
a pedazos, corroídos por el orín, se desbarataban. Dos o tres casas
de alquiler, relativamente modernas, había en la tortuosa longitud
de la calle. Una de ellas, la del número 11, que era la que buscaba
Felipe, estaba en la rinconada que ha desaparecido para establecer
la comunicación de aquel embudo con la Cava Baja. De modo que la
139
Uñas de Rinconete: aunque la acción de la novela cervantina Rinconete y
Cortadillo transcurre en el ambiente marginal de Sevilla, según el narrador estas
calles madrileñas parecerían igual de peligrosas, como si cualquier ladronzuelo o
pícaro del Siglo de Oro (uñas es metonimia usual del robo en el siglo XVII) pudiese
acechar al transeúnte.
140
El recorrido de Felipe siguiendo la trayectoria del cortejo fúnebre intercala una digresión en la que el narrador compara los espacios urbanos del hoy de
1883, tras las reformas urbanísticas que la capital emprendió en fechas cercanas a
las del relato, con los muy detallados lugares evocados en el presente del mismo.
Con gran efecto realista, parece apelarse a los recuerdos que de Madrid tenga un
hipotético lector maduro en 1883. Sin embargo, un espacio ficticio se mezcla con
toda naturalidad en el callejero verídico: la casa de Aransis, casa-palacio evocada
en La desheredada con tal precisión que el lector podría pensar que la encontraría
al lado de la parroquia de San Pedro, como asegura el narrador.
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III. Quiromancia
casa de la tía de Miquis no existe ya. Hay que figurarla; pero como
no faltan memoria y datos, puede decirse que era un edificio del
siglo XVII, ordinario, vulgarísimo, feo, con dos pisos altos, puerta
de piedra, en cuyo clave se veía grabada la común inscripción Jesús
María y José, y lo demás de revoco.
Nos hallamos en el rincón más interesante quizás de este Madrid
que tantas curiosidades encierra, y que hoy presenta revueltas, en algunas zonas, las primicias de la civilización y los restos agonizantes
del mundo antiguo. Dos huecos tenía cada piso de la casa aquella,
que Felipe comparó, in mente, con un seis de copas. En la ventana
baja, inmediata a la puerta, no había señal de vivienda humana.
Rotos los vidrios y cerradas las maderas, parecía aquello almacén.
Era, en efecto, depósito de una cofradía caducada, y ya se ignoraba
quién tenía las llaves. En los dos balcones del principal había muchos tiestos, descollando entre ellos una grande y bien florecida
adelfa que daba alegría a la casa y aun a la calle toda. No tengamos
reparo en decir, aunque sea prematuro o indiscreto, que allí vivía
una mujer o señora que echaba las cartas y tenía gran parroquia,
muy tapadamente, en todo Madrid.
Si los balcones del principal eran alegritos con tanta hierba y
verdura, los del segundo éranlo mucho más, porque en ellos el follaje se desbordaba por los hierros, subía y aun daba grata sombra. Era ya una vegetación arborescente, impropia de balcones y
que traía a la memoria lo que cuentan de Babilonia. Los tiestos de
diversa forma estaban unos sobre otros; había pucheros, cajones,
tibores, medias tinajas y barriletes, todo admirablemente cultivado
y lleno de variedad gratísima de plantas. Descollaban una higuera
con higos, un manzano con manzanas, un níspero también con fruto,
un albaricoque y hasta una parra que ofrecía en sus ya pintados
racimos abundante esquilmo de octubre. Y entre estas familias mayores, las capuchinas de doradas florecillas subían por la jamba,
agarrándose a unas cuerdas muy bien puestas; lo mismo hacían las
campánulas, el guisante de olor y otras trepadoras. Achaparrados y
asomando por entre los hierros, estaban los claveles, el sándalo, la
hierbabuena, la medicinal ruda, la balsamina, el perejil de la reina,
el geranio de pluma y otras especies domésticas. Colgadas a un lado
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El doctor Centeno
y otro de los balcones había hasta media docena de jaulas chiquitas
con verderones y jilgueros presos, pero tan cantantes que no cesaban
ni un momento de echar sobre la calle sus deliciosos trinos.
Felipe, al reconocer el número, avanzó hasta el centro del
arroyo y se quedó como lelo, mirando la casa. Era para él tan misteriosa, emblemática e incomprensible como una de aquellas páginas de la Gramática o de la Aritmética, llenas de definiciones y
guarismos que no había entendido nunca. Miraba y miraba, descifrando con aquel incipiente prurito de su mente investigadora…
Hacía lo menos quince minutos que duraba este contemplativo
examen, cuando observó que se abrían los cristales de uno de los
balcones del segundo. Por entre el follaje distinguió una mano
delgadísima que apretaba los higos de la higuera como para ver
si estaban maduros. Luego acariciaba los racimitos de la frondosa
parra… Mirando más, y cambiando de sitio, pudo distinguir una
cara… Era blanca, fina y lustrosa, como las caras de las muñecas
de barniz que se ven en las tiendas de juguetes, con ojos negros y
vivos. En la cabeza tenía un lío amarillo, al modo de turbante…
Felipe se vio mirado y examinado por los ojos de la muñeca, pero
con tal fijeza, que él hubo de turbarse y no supo qué hacer. Aquella
era la tía del señor de Miquis. ¿Por qué le tenía miedo?, ¿por qué se
quedaba absorto y como fascinado delante de la casa…? Es preciso
entrar. Atrévete, hombre.
IV
Cuando la criada de la tiíta Isabel abría la puerta, lo primero
que se veía…141 Hablemos con claridad: allí no se veía nada hasta
que el visitante se iba acostumbrando a la oscuridad, hasta que sus
ojos, ávidos de ver, no pescaban, digámoslo de este modo, en el
fondo de las tinieblas éste o el otro objeto para sacarlo al espacio
141
El narrador comienza esta parte de forma prototípica, y con humor corrige
su automatismo, dando la impresión de oralidad o de escritura calamo currente.
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III. Quiromancia
visible. Antes que tal fenómeno ocurriera, y no ocurría jamás sin
gran trabajo y paciencia de la retina, el visitante percibía gratísimos
olores de plantas aromáticas, tomillo, mejorana y orégano, de tal
manera fuertes, que se creía en la puerta de un establecimiento de
herbolario… Después que había olido bien, empezaba a ver, y lo
primerito era una pareja de gatos, grandes, gordos, manchados, saltones. Se daban a conocer primeramente por sus dorados ojos, al
gunas veces con reflejos verdosos como los del fondo del mar, y
luego se distinguían sus blandas piruetas y sus escurridizos rabos.
En la sala, repentino contraste; mucha luz esparcida y un no sé qué
de regocijo. Allí aparecía otra vez la familia gatesca, aumentada
con dos o tres chiquitos y muy monos, y reforzada con vivaracho
perrillo, el cual no cesaba de ladrar o de rezongar enfadadísimo,
debajo de un mueble, todo el tiempo que duraba la visita.
La sala tiene que ver. El que no sepa guardar las formas res
petuosas que exigen ciertos lugares consagrados por el tiempo y la
virtud, que se vaya a la calle, y me deje solo. Solo y extático con
templaré el nogal de aquellos sillones y mesas, bruñido por la edad
y el aseo, nogal que salió de los primeros árboles que dieron cosecha de nueces en el mundo. Admiraré aquella madera tan fregoteada, que algunas cosas de mérito se hallan deslucidas y feas de
puro limpias.
¿Quién no hace una reverencia a aquel paleográfico sofá, in
teresantísimo, pintado que fue de rojo y oro, con patas curvas y
dos respaldos tiesos con cojincillos de tela encarnada, pieza de tal
forma, que el que se apoyara sin estudio en cualquiera de sus cos
tados, corría peligro de romperse un codo? Bargueño y tablas que
en esta pared estáis, ¿quién os lavó tanto que os quitó la mitad de la
pintura y casi todo el dorado, dejándoos en los huesos? Los cande
leros de oro echan chispas de sus repulidas facetas, y hasta la estera de junco, amarillosa con golpes rojos, parece que se compone
de varillas metálicas, según lo lustrosa que está… Veamos esas láminas. Sus rótulos nos dirán lo que representan. Diana, hallándose
con sus ninfas en el baño, sorprende y descubre el estado interesante
de la ninfa Calisto… Juno convierte a Calisto en osa… Matilde,
hermana de Ricardo Corazón de León, desembarca vestida de monja
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El doctor Centeno
en la Tierra Santa… Matilde ve a Malek-Adhel… Malek-Adhel roba
a Matilde y echa a correr con ella por aquellos campos… A esta
otra parte hallamos algo más que admirar: Vista de Mahón y sus
fortalezas…142 Muy bien. Pero lo que más nos cautiva es una miniatura sobre marfil, monísima, graciosa de contornos y transparente y
fina de color. Es retrato de esbelta y delicada joven, como de quince
años, de negros ojos y ensortijado cabello. Su talle es alto, muy alto;
su cuerpo enjuto, enjutísimo. Con su mano derecha nos muestra una
rosa, tamaña como un cañamón, y en la izquierda tiene un abanico
semiabierto, en el cual se lee su bonito nombre: «Isabel Godoy de
la Hinojosa». La fecha está borrada.
El gabinete que con la sala se comunica podría llamarse bien
el museo de las cómodas, porque hay tres… ¿qué tres?, al entrar
vemos que son cuatro, y de diferente forma y edad, siendo la más
notable una panzuda, estilo Luis XV, pintada de rojo y oro. Su vecina es de taracea y ambas ostentan encima cofrecillos y algún santo
vestido con ropita limpia, búcaros con flores y un tocador de aquellos que tienen el espejo montado a pivote sobre dos columnas. Al
mohadilla con muchos alfileres y agujas no faltaba en otra de las
cómodas, la cual sostenía también un camello de porcelana cargado
de un montón de botellitas y copas de limpio cristal.
Brasero de cobre sobre claveteada tarima ocupaba el centro
del gabinete; pero no le veríais lleno de frías cenizas ni de brasas
ardientes, pues jamás, ni en invierno ni en verano, sirvió para calentar la habitación, sino que hacía diariamente el papel de búcaro,
ostentando un gran ramo de hierbas olorosas y algunas flores. Era
pebetero más que estufa. En vez de calentarse con fuego, sin duda
la habitadora de aquel recinto se confortaba con aromas y se templaba con poesía.
Ya llega; vedla salir por la puerta de su alcoba, y venir afable
y obsequiosa a nuestro lado… ¡Admirable figura la suya! Sólo el
que en absoluto esté privado de memoria, podría dejar de recor142
En una actitud retórica frecuente en el costumbrismo y la novela popular, el
narrador adopta el papel de guía que nos conduce por la casa, para que descubramos
al mismo tiempo que él lo que sus ojos van viendo.
250
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III. Quiromancia
darla. Tenía el cabello enteramente blanco y rizado, los ojos oscuros, alegres y amorosos; era delgada, derecha como un huso, ágil,
dispuesta, y más que dispuesta, inquieta y con hormiguilla. Su edad
era mucha. Decía Alejandro que su tiíta era contemporánea del pro
toplasma, para expresar así la más larga fecha que cabe imaginar.
Lo que puede decirse en corroboración de esto, es que la señora
era una de esas naturalezas escogidas que han celebrado tregua o
armisticio con el tiempo, y que tienen el don de prolongarse y conservarse momificadas en vida para dar qué decir y qué envidiar a
dos o tres generaciones. Quién le echaba noventa años, quién sólo
le contaba setenta y seis, y no faltaba algún computador que ponía
ciento y un pico. Cualquiera que fuese su edad, era gran maravilla
cómo sabía conservar su salud y sus bríos. Hay jóvenes de veinte años
que si se sentaran y se levantaran y dieran las vueltas por la casa
que daba esta señora al cabo del día, caerían rendidas de cansancio.
No le hablaran a ella de estarse quieta. Sin movimiento y vaivén
constante no podía aquella señora vivir. Tenía la ligereza de la ardilla y algo de lo impalpable y escurridizo de la salamanquesa.
Entraba y salía por aquellas puertas sin hacer ruido alguno, y sus pasos no se sentían. Calzaba zapatillas con suela de fieltro, y su cuerpo,
más que compuesto de huesos y músculos, parecía un apretado y
enjuto lío de algodón en rama. Su cara, como observó muy bien
Felipe, era cual las de las muñecas de barniz, con un rosicler que
la cogía toda, y extraordinario lustre. Por don especial de su naturaleza, aquel lustre purísimo le disimulaba las arrugas, y su estirada
piel se había endurecido tomando aspecto de porcelana. Atribuía
ella esta virtud a la costumbre de lavarse y fregotearse bien con
agua fría y jabón de Castilla todas las mañanas, y darse luego unos
restregones que la ponían como un tomate. Se envolvía la cabeza
con un pañuelo de yerbas, cruzándolo y anudándolo con cierto arte
a estilo vizcaíno, dejando ver parte de sus cabellos blancos y ensor
tijados como el vellón del Cordero Pascual.
Tenía un fanatismo que la avasallaba, el de la limpieza. Su vida
se distribuía en dos clases de ocupaciones, correspondiendo a una
división metódica del día en dos partes. Por la mañana consagraba tres horas en la parroquia de San Pedro, donde se oía cuatro
251
PORTADA
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El doctor Centeno
o cinco misas. Desde que tornaba a su casa hasta la noche, pasaba
invariablemente el tiempo limpiando todo, frotando el nogal de
los muebles, lavando con un trapito las imágenes de madera y los
cristales de los cuadros, persiguiendo el polvo hasta en los más
recónditos huequecillos, dando sustento a los pájaros y limpiándoles los comederos, las jaulas y los palitos en que se posan, regando las flores de sus amenos balcones. Esto no había tenido
variación en muchísimos años, ni lo tendría hasta el acabamiento
de doña Isabel Godoy de la Hinojosa. La limpieza general se hacía
diariamente. Ya no era costumbre, era un dogma. Tenía doña Isabel
una criada, de edad madura, de toda confianza, y entre ambas se
repartían el trabajo por igual. Doña Isabel barría también, sacudía,
estropajeaba, llevaba muebles de aquí para allí, y metía sus activas
manos en todo.
¡Comer!… Aquí viene uno de los aspectos (para hablar el
lenguaje de la Historia), más notables del carácter de la Godoy. El
aseo, llevado al frenesí, se manifestaba en ella paralelamente a los
escrúpulos en materia de alimento, de tal modo, que no entraba por
la boca de aquella dama cosa alguna que no aderezara ella misma;
pues ni de su criada, más que criada amiga, se fiaba para esto. No
comía carne de vaca porque, siendo este artículo de muy poco o
ningún uso en la Mancha, su patria, siempre lo miró con repugnancia. Cuando se dignaba admitir en su cocina medio cabrito, o
recental, o bien gorda gallina, lo lavaba tanto y en tantas aguas, que
le hacía perder toda sustancia. El vino no lo probaba por ser de las
cosas más sucias que existen. El pan de las tahonas… vade retro.
El ordinario de Quintanar le traía mensualmente hogazas duras y
bollos y tortas, con otras cosas de que se hablará más adelante. En
el chocolate ponía ella todo su esmero, porque era lo que le gustaba
más y lo único que tomaba con deleite. No compraba nunca el de
los molinos y fábricas porque se compone de mil ingredientes nocivos o asquerosos; lo que hacía era llevar un mozo a la casa para
que le librara la tarea de cuatro meses, y ella le inspeccionaba, sin
quitarle la vista de encima, por si se atravesaba una mosca o se le
caía al buen hombre de la trabajadora frente alguna gota de sudor… Luego hacía ella misma la onza de cada mañana en una co
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III. Quiromancia
cinilla de espíritu143, y ponía en esta operación un cuidado, un esmero, que ni el del sacerdote, al manejar el pan eucarístico, se le
igualara. Acompañaba el chocolate, no de mojicones, no de bizcochos traídos de las tiendas, sino de unos como piruétanos o cachi
rulos que le mandaban las monjas Franciscas del Toboso.
Delicadísima y llena de ascos en materias de comer, doña Isabel no podía pasarse sin los manjares y golosinas de su tierra. Era
de esas personas refractarias a la adaptación alimenticia, y que por
do quiera que van han de llevar el bocado con que las criaron. Su
olla era enteramente castellana por los cuatro costados, y en vez de
sopa, comía todos los días gachas, preparadas según el más puro
rito manchego. No las hacía de harina de trigo, sino de titos, que
es un guisante pequeño, y en los días grandes añadíale el tocino,
el hígado de cerdo bien machacado y siempre bastante pimienta
y orégano. Esta olorosa especia sazonaba y aromatizaba todos los
guisos de la cocina de doña Isabel. Su aroma, juntamente con el
de otras hierbas, llenaba la atmósfera de la casa. Es preciso añadir,
para que no pierdan las gachas su carácter, que doña Isabel, fiel a
los manchegos usos, no las comía con cuchara, sino con rebanadas
de pan y en la misma sartén.
El ordinario de Quintanar144, que paraba en la posada de Ocaña,
surtía mensualmente a la Godoy de diferentes artículos del país,
sin los cuales infaliblemente la señora se habría dejado morir de
inanición. ¡Ella comer cosas de este Madrid puerquísimo…! Además de la harina de titos, el ordinario le traía las indígenas tortas
de manteca, hojaldradas, con sabrosos chicharros dentro; traíale
también grandes cántaros de mostillo y arrope del mejor que se
hace en Miguel Esteban, queso del campo de Criptana, bizcochos
de Villanueva del Gardete, bañados y tiernísimos, que tienen fama
en toda España. Pero lo más importante que recibía la Godoy era
143
Cocinilla de espíritu: aunque ya en 1802 se había inventado la cocina de
gas, se utilizaba también el alcohol como combustible en pequeñas cocinas, a la
manera de las inglesas spirit cooker.
144
Ordinario de Quintanar: ordinarios eran llamadas las personas e ncargadas
de transportar regularmente personas, mercancías o documentos de un lugar a otro.
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El doctor Centeno
el lomo, frito y en manteca, de modo que con él se improvisaba un
principio en un decir Jesús. También se lo mandaban en la forma que
llaman rollos, envuelto en masa de harina y aceite, y acompañado
interiormente de huevos, chorizos y jamón.
Con estos elementos aderezaba diariamente la señora su comida. En Cuaresma hacía lo que llaman por allá un ajillo de pata
tas, y el día del Corpus, por ser costumbre inmemorial e infalible
en la tierra, no podía faltar en su mesa arroz con cordero. Hasta
los postres venían del Toboso o de Quintanar por mano de aquel
bendito ordinario. Consistía en el manjar más inocente del mundo,
que de ordinario sirve para sustento de los pajarillos: cañamones
tostados. A la señora le gustaban mucho, y ningún día, a no ser los
de gran ayuno, dejaba de comerse una docena. Las Trinitarias del
Toboso solían mandarle almendras garrapiñadas, que era su especialidad. Con ser manchega de pura raza y tener sus propiedades
arrendadas para el cultivo del azafrán, doña Isabel no usaba nunca
esta droga tintórea. Por las infusiones teínas de diferentes hierbas
tenía verdadera pasión, y un surtido y acopio tan abundantes que
le faltaba poco a la casa para ser la más completa herbolería. No
se acostaba sin tomarse un tazón de salvia o de manzanilla, según
los casos, a veces de hierba-luisa. Jamás probó el té chinesco, y el
café no lo conocía más que de nombre.
La criada, que desde luengos años la servía, era una mujer de
bastante edad, toda cargada de refajos verdes y amarillos, y con
gran moño de trenza, atado con cordón que terminaba en el huesecillo que llaman higa, para librarse del mal de ojo. La comunidad
de vida con doña Isabel habíala asimilado pasmosamente con ésta.
Pegáronsele primero los escrúpulos, luego los gustos, las costumbres, y por último, el modo de hablar y hasta la fisonomía… Últimamente, eran como amigas, y todo era en ellas común, el trabajo,
la comida, los rezos y hasta los pensamientos.
Sólo el que frecuentara la casa habría podido separar bien aquellos dos rostros y caracteres, destruyendo la aparente combinación o
cambio molecular que entre ellas había, y dar a cada una lo suyo,
presentando a Teresa cual mujer sesuda, grave y de bien sentados
razonamientos; haciendo ver, por el contrario, en doña Isabel un ce254
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III. Quiromancia
rebro soliviantado y dentro del cual parecía que trinaban con más
gusto que en sus jaulas todos los verderones y jilgueros que en la
casa había.
V
Historia. Doña Isabel Godoy de la Hinojosa era tía de la madre
de nuestros amigos Augusto y Alejandro Miquis145.
No se atienda al olor de privanza que aquel apellido tiene,
para suponer parentesco entre esta familia y el Príncipe de la Paz.
Aunque de procedencia extremeña, estos Godoyes nada tenían que
ver con aquel por tantas razones famosísimo y más desgraciado que
perverso. Desde el siglo pasado aparece prepotente en Almagro, y
poco después en el Toboso y en el Quintanar, la estirpe de doña
Isabel, consagrada a la propiedad territorial y a la caza. Y fue tan
fecunda en segundones, que dio al Estado más de un consejero de
Indias, muchos guardias de Corps al ejército, y a la Iglesia regular
y secular doctos definidores y capellanes de Reyes Nuevos.
Doña Isabel y su hermana, llamada doña Piedad, eran la única
sucesión de don Gaspar Godoy, uno de los más frondosos y enhiestos ramos de aquel tronco de los Godoyes manchegos. Eran ambas
145
El narrador da por supuesto que sólo está completando datos de una historia
familiar que conocemos en parte, ya que en La desheredada se nos había presentado a Augusto Miquis, hermano menor de Alejandro. En efecto, en la novela de
1881 se había dado amplio conocimiento de este personaje, de su carácter, talento
e ingenio –muy semejante al que antes de su cambio de humor tenía su hermano
Alejandro–, de sus tiempos de estudiante de Medicina, apasionado por la cirugía
y por la ópera, y de cómo se convirtió en un gran profesional en el presente de la
novela. En particular, el capítulo IV de la Parte I, «El célebre Miquis», desplegaba
la semblanza del simpático personaje. Como la cronología de los relatos no es
lineal, en el presente de El doctor Centeno, escrita dos años más tarde, Augusto
será evocado por Alejandro en capítulo VII, v de este modo: «… mi hermanillo
Augusto enredando con un palo largo y un carretoncillo». En fecha tan tardía como
1906, el hermano menor de nuestro Alejandro aparecerá aún en el episodio nacional
Prim, como el médico y amigo de Teresa Villaescusa que la asiste en sus últimos
momentos (cap. X).
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El doctor Centeno
hermanas discretas, bonitas, instruiditas, bien educadas y tirando a
lo sentimental, conforme a las costumbres y a la literatura de aquellos tiempos. Porque también hay que decir que eran las personas
más leídas de toda la Mancha. Se sabían casi de memoria la Ca
sandra, novela de tanto sentimiento, que el que la leía se estaba
llorando a moco y baba tres meses. Conocían también otras obras,
muy en boga entonces, como el Ipsiboe y el Solitario del vizconde
D’Arlincourt, llenas de desmayos, lloros, pucheros y ternezas146.
Pero la lectura que más particularmente había afectado a Isabel
Godoy era la de aquella dramática y espasmódica novela de Madame
Cottin, Matilde o Las Cruzadas, que fue la comidilla de aquella
generación archi-sensible. Por mucho tiempo duró en el espíritu
de la joven la influencia de aquellas lecturas, suministrándole, casi
hasta nuestros días motivos de comparaciones. Así, decía: «Es un
moreno atrevidísimo como Malek-Adhel»147, o bien «celoso y fiero
146
Las citadas novelas del Vizconde D’Arlincourt que formaron parte de la
formación juvenil de doña Isabel, pertenecen al inicio del romanticismo español: la
primera edición de Ipsiboe es de 1833. Pero no estaban tan fuera de moda en la década
de los sesenta, aunque Galdós las juzgue como subliteratura caduca en esas fechas.
En particular, tenemos noticia de una edición traducida de Carlos el Temerario o el
Solitario del Monte Salvaje, en Madrid, 1854. En el capítulo IV de El final de Norma,
de Pedro Antonio de Alarcón, Serafín explica cómo esas lecturas formaron parte de
su educación sentimental antes de dedicarse a la música: «Yo estuve enamorado…
allá… cuando todos los hombres somos ángeles. Había leído dos o tres novelas del
Vizconde D’Arlincourt, y me empeñé en encontrar alguna Isolina, alguna Yola».
Las lecturas de los personajes son un factor casi obligado, un importante elemento
caracterizador y hasta condicionante, de las figuras que hallamos en las novelas
realistas. A veces los modelos literarios –y subliterarios– sirven de pauta al léxico,
a los comportamientos y hasta a la identificación enajenante, como supieron mostrar
extraordinariamente Galdós en La desheredada o Clarín en La Regenta.
147
Malek Adhel, Guido de Lusignan: las obras de Madame Cottin Matilde o
las cruzadas y Matilde en el Oriente, de 1830, formaron parte de la memoria de
Galdós durante décadas, no sólo por la vía de la lectura, sino por las muy frecuentes
adaptaciones musicales que de esta obra aparecieron en los teatros de Madrid. Ambas
obras desarrollaban libremente episodios de la llamada Tercera Cruzada (siglo XII)
en la que intervino el caballero francés Lusignan enfrentándose heroicamente a Saladino, junto a Ricardo Corazón de León y el rey francés. Recuerdos de estas obras
se integraron en la complicidad del epistolario amoroso del novelista con Emilia
Pardo Bazán, quien a veces firma sus cartas como «Matilde», y llama a Galdós
«Selim-Ahdel». En carta que podría datarse en 1889, dice la autora gallega: «Hemos
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III. Quiromancia
como un Guido de Lusignan». Las anticuadas láminas de Epinal
que en su sala estaban habían tenido ya su período de éxito en la
casa paterna148.
No faltaba, veinte o treinta años ha, entre los desocupados del
Toboso, algún viejo que contase algo de remotos sucesos acaecidos
cuando le hicieron a doña Isabel la preciosa miniatura que hemos
visto en su sala. Según rezaba la tal crónica viva, hubo por aquellas
calendas en el Quintanar un galán de hermosa y escogida presencia, tan notable por su gallardía como por sus modales y educación,
hombre peregrino en aquellas tierras, a las que fue con hastío de la
Corte, buscando un descanso a sus viajes y a las fatigas de la moda
y el mundo. Doña Isabel se apasionó locamente del tal, que era de
gran familia, los Herreras de Almagro, y tenía tíos y primos en el
Toboso. Él le correspondía; eran públicos y honestos sus amores;
parecía natural que la solución y término de esto fuera el matrimonio… mas no sucedió así. De la noche a la mañana, con pasmo
y hablilla de todo el pueblo, Herrera se casó, no con doña Isabel,
sino con su hermana.
Guardó la ofendida las apariencias de la conformidad, y ni en
su rostro ni en su lenguaje revelaba el dolor de la tremenda herida,
que sólo cicatrizaron los años, muchos años, y un sosiego y régimen
de dir (sic) a Oriente tú y yo, ni más ni menos que Matilde y Malek-Adel (…) Adiós,
mi Malek-Adel» (en E. Pardo Bazán, Cartas a Benito Pérez Galdós: 107-108). La
novela de Madame Cottin fue tan famosa en España que hubo diecisiete ediciones
y traducciones entre 1821 y 1851. Otra versión, más cercana a las fechas de nuestra
novela, es Matilde o las Cruzadas, de 1879 (J. F. Montesinos, 1955: 216-218).
148
Las láminas de Epinal: la localidad francesa de Epinal dio nombre, por metonimia, a las famosísimas láminas de trazos sencillos e impresas con gran colorido, que desde el siglo XVII realizaban en ella diversos artesanos. Jean Charles
Pellerin creó una empresa familiar que durante décadas, y mediante vendedores
ambulantes, distribuyó por Europa estas láminas de precios muy populares, que
solían acompañarse de breves textos al pie, al modo de los pliegos de cordel. La
expansión del negocio, más industrial que artístico, fue inmensa sobre todo desde
1823. La novela realista española refleja la popularidad decorativa de estas lámi
nas, y sus temas religiosos, bíblicos, históricos… Por ejemplo, en la novela de 1874
Pepita Jiménez las paredes de la galería del casino están decoradas con «litografías
francesas iluminadas» que representan la vida de Napoleón, las aventuras de Matilde
y Malek-Adel, etc. (Pepita Jiménez, «Paralípómenos»: 297).
257
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El doctor Centeno
de vida muy reparadores. Las dos hermanas se querían entrañablemente lo mismo antes que después del repentino e inexplicable cambalache. Piedad tuvo una niña, y murió al año de casada;
murió, ¡ay!, según se dice, de ignorada y misteriosa pesadumbre;
de una tristeza que le entró de súbito y la fue secando, secando,
hasta que, no teniendo más que los huesos y el alma, ésta se partió
sin dolor, porque nada había ya en aquel cuerpo que pudiera doler.
Poco tiempo después del fallecimiento de su mujer, Herrera se fue
para América, en donde hizo dos cosas igualmente desatinadas: se
volvió a casar y se murió de la fiebre.
A la niña que nació de Herrera y de Piedad Godoy, pusiéronla también Piedad, por ser este nombre el de la patrona de
aquellas tierras, y tan común allí, que no hay familia donde no
haya un par de Piedades. Crióla con extremado mimo doña Isabel, que se consagró a ella, haciendo voto de soltería eterna. No
se consideraba tía sino madre verdadera, por exaltación de su
espíritu y maniobra sutilísima de su entendimiento. Consumada
idealista, y empapando sin cesar su espíritu en la memoria de su
hermana, había logrado realizar el fenómeno psicológico de la
transubstanciación. En sus soledades y abstracciones había llegado
a decir casi sin pensarlo: «Yo soy Piedad… yo soy mi hermana…».
Y otra vez se le escaparon estas palabras: «La que se murió fue
Isabelita».
La Piedad pequeña creció al lado de su tía y otros parientes.
La mimaron mucho y la querían con delirio. Todo iba bien, todo fue
regocijo y paces hasta que llegó a ser mujer. Aquí viene el punto
capital de esta historia retrospectiva y el motivo del singularísimo
aspecto con que se nos presenta doña Isabel. La adorada, la mimada, la enaltecida sobrina-hija de esta señora, la heredera de los
claros nombres de Herrera y Godoy se enamoriscó de un tal Pedro
Miquis; resistió tenaz y heroicamente la oposición de su familia;
se dejó depositar y se casó con él… ¡Abominación! Los Miquis
habían sido criados de los Godoyes.
¡Pobrecita doña Isabel! El espanto y dolor que esto produjo en
ella no son para referidos. Parecía increíble que este nuevo traspaso de su corazón, añadido a las llagas pasadas, no le quitara la
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III. Quiromancia
vida. Decía con toda su alma: «Mi niña ha muerto». Porque pensar
que ella había de transigir con tal ignominia era pensar en las nubes de antaño… Llena de tesón, hizo la cruz al Toboso, al Quintanar, a toda la Mancha; escribió en su corazón un segundo epitafio, y se vino a Madrid. Su odio a los Miquis era tan profundo,
estaba tan entretejido con sus convicciones, que desde que se tocaba
este punto, rompía a hablar como una tarabilla, y su interlocutor,
aburrido, tenía que marcharse y dejarla hablando sola. Nombrar a
los Miquis era nombrar lo más bajo de la humanidad. Los Miquis
del Toboso eran escoria, desperdicios de nuestro linaje. En semejante
muladar había caído aquella temprana rosa. No era posible sacarla,
y aunque se la sacara con pinzas, ¿de qué serviría ya?
Los años suavizaron un tanto estas asperezas. Después de
escribir muchas cartas cariñosísimas y humildes a su tía-madre, la
Miquis consiguió obtener una contestación, aunque muy desabrida.
De allá le enviaban regalitos de arrope, lomo en manteca, bollos
y cañamones tostados, sin conseguir que aceptara. Por fin aceptó
algo, y las relaciones se restablecieron, aunque frías, por escrito.
Pasados quince años, el lenguaje epistolar de la tiíta Isabel tenía
cierto calor. El tiempo, que tantas maravillas había obrado en ella,
hacía una nueva conquista de paz en su indomable espíritu. La reconciliación con Piedad llegó a ser un hecho; pero en ninguna de
sus cartas dejaba de poner la Godoy una frase desdeñosa para su
yerno y toda su aborrecida parentela.
Cuando el primogénito de Piedad, Alejandrito, hecho ya un
hombre y con lisonjeras esperanzas de serlo de provecho, fue a estudiar a Madrid, llevó encargo de visitar a la tiíta. ¡Cuánto le aleccionó su madre sobre esto, y qué de advertencias le hizo, previniéndole lo que le había de decir, lo que debía callar!… En la primera
visita, doña Isabel hubo de recibir al muchacho con circunspección
y recelo. Le miró mucho, y de pronto lanzó una exclamación de
lástima y amor, diciendo:
–¡Eres el vivo retrato de mi niña!
Después se descompuso toda, echóse a llorar, y le estuvo
besando sin tregua más de una hora en los cabellos, en las sienes,
en las mejillas.
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El doctor Centeno
–Vente por aquí todas las semanas –le dijo–; creo que no podré estar muchos días sin verte. Siempre que quieras comerás con
migo.
Pero Alejandro, no bien probó una vez la extraña comida de su
tiíta, hizo firme propósito de no volver más. Porque verdaderamente
los piruétanos, las gachas, el ajillo, y sobre todo aquel postre ornitológico de cañamones no eran, no, para estómagos de cristianos.
Luego, la señora le hacía tomar al concluir un tazón de salvia que
le ponía enfermo. En dos días no se apartaba de su olfato aquel
maldito olor de orégano y anís, que eran inseparables de la imagen
de su tía, del recuerdo de la casa, de los pájaros y del camello que
estaba sobre la cómoda.
Otro motivo de disgusto para Alejandro era que su tiíta no se
recataba de manifestar descaradamente ante él su desprecio de los
Miquis, de su padre y tíos, tan queridos y respetados en toda la
Mancha, y les daba nombres chabacanos, como los Micifuces, los
Mengues, los Micomicones.
–Tu abuelo –le decía– fue mozo de mulas en mi casa, cuando
yo era pequeñita. Era un bruto. Me parece que le veo con su gorro
de pelo y su manta al hombro. Sus hijos se engrandecieron, como
se engrandecen todos los brutos en estos tiempos de faramalla y
de equivocaciones. Uno compró bienes del clero por un pedazo de
pan, y se hizo rico negociando con la fortuna de la Iglesia, con lo
que es de Dios y de sus ministros. Gumersindo Miquis y tu padre
también han hecho mil picardías para enriquecerse. ¡Qué manera
de juntar dinero! Con la contrata del fielato149, vejando y martirizando a los pobres paletos que entraban dos docenas de huevos…
Una vez desnudaron a una pobre mujer que entraba media sarta de
chorizos en el refajo. Eran odiados en toda la Mancha… Gaspar
Miquis ya sabemos que contratando carreteras ha hecho un capital.
Así están aquellos caminos. Donde debía ser piedra ponía barro,
149
Contrata del fielato: doña Isabel denuncia, desde su locura-cuerda, no sólo
el lucro de quienes se habían hecho con bienes de la Desamortización, sino también
los abusos cometidos en los pueblos por parte de los particulares a los que la hacienda
pública había dado el encargo o contrata de la recaudación de ciertos tributos.
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III. Quiromancia
y el puente sobre el Jigüela creo que lo hicieron de papel… En
las Casas Consistoriales de Quintanar hay cada expediente… Pero
ellos, ya se sabe, sacando votos para los diputados han hecho lo
que han querido y se han burlado de la justicia… En mi tiempo,
hijo, había, sí, ladrones de caminos, gentuza mala, es verdad; pero
no había caciques, no había estos salteadores públicos que hacen lo
que les da la gana, oprimen al pobre, roban al rico, amparados de
la política. ¿No es un horror ver a Gaspar Miquis repartiendo las
contribuciones y echando a algunos tantísima cuota, mientras él,
que es el primer propietario de Criptana, no paga nada? Tu papaíto
también es buena pieza. Compra el azafrán a seis duros, valiéndose
de la miseria de los pobres labradores, y luego lo vende a catorce…
Así se han hecho poderosos. Yo me acuerdo de haber visto al padre
de tu abuelo, a tu bisabuelito, sí, venir a casa todos los sábados a
recoger las limosnas que daba papá. Aquel viejo, con ser mendigo,
era más decente que todos sus hijos y nietos. Últimamente se entregó
a la bebida; pero cuando estaba bueno, tenía mucho arte para coger
cangrejos del Jigüela, por Cuaresma, y le traía espuertas llenas a
papá, que gustaba mucho de ellos…
Don Pedro Miquis no participaba de esta inquina, y en las cartas que escribía a su hijo solía poner un párrafo como éste: «No dejes de visitar con frecuencia a la tiíta Isabel, y aguántale sus rarezas». Otras veces le decía: «Cuidado con la tiíta. No te incomodes
si la oyes decir algún disparate. Esta buena señora tiene la cabeza
como Dios quiere. Siempre fue lo mismo. No hay que llevarle la
contraria, sino decirle a todo amén, aunque luego no se haga lo que
mande». Ya hacía tres años que Alejandro estudiaba, cuando en una
carta de su padre halló esto: «Ha llegado don Santiago Quijano y
me ha dicho que la pobre está rematadamente loca150. ¡Pobre señora!
150
Don Santiago Quijano: la mención a este personaje, que en las fechas de
1864 diagnostica la locura de doña Isabel, destila ironía y refuerza los lazos familiares y amistosos que enlazan a los personajes de las novelas. El cervantino
personaje procede de La desheredada: es el falso canónigo tío de Isidora Rufete,
cuya carta antes de morir en 1873, cierra la primera parte de La desheredada. El
loco-cuerdo don Santiago Quijano comparte la perturbación genética de los Rufete,
con los que está emparentado. A su vez, la amistad de la familia Miquis con los
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El doctor Centeno
Visítala; sírvela en lo que puedas y trátala con tacto y estudio para
no ofenderla».
Casi en los mismos días en que Alejandro recibía esta carta,
su tía hablando con él de cosas de la Mancha y de antepasados, que
era la conversación más de su gusto, le dijo así:
–¡Ay, qué trastada le voy a jugar a los Micifuces!
Y el regocijo ponía extrañas claridades en sus ojos; se reía y
daba palmadas, aplaudiéndose a sí misma, como los niños cuando
están contentos o proyectando alguna travesura. Alejandro no se
atrevía a pedirle explicaciones, porque siempre que la Godoy ponía
de oro y azul a sus enemigos151, él, entre avergonzado y colérico,
no se atrevía a chistar. Otra vez, dijo la señora:
–¡Cómo me voy a reír! Me parece que estoy viendo a tu padre,
furioso, echando espumarajos por aquella boca… ¡Que reviente…
mejor! Digan lo que quieran, todos los Mengues, uno tras otro, han
de tener su castigo en este mundo.
Alejandro no daba gran importancia a estas razones, porque
tenía en muy poco el juicio de doña Isabel, y las juzgaba rarezas
y tonterías. Por otra parte, si la tiíta arrojaba diariamente a los caciques del Toboso toda clase de invectivas, con Alejandro (ella le
decía siempre Alejandro Herrera), estaba siempre a partir un piñón.
Le recibía gozosa, y alguna vez, después de hacerle mil preguntas
sobre sus estudios, sus relaciones y pasatiempos, abría un cajón
de la cómoda panzuda, y de un bolsillico muy mono sacaba una
moneda de dos duros.
Rufete de Tomelloso proviene también de la novela de 1881, donde Augusto Miquis
recuerda a Isidora que la conoce desde niña. En Parte II, XV, i, el notario Muñoz
y Nones dice a Isidora que su difunto tío, pese a tener instrucción, era muy crédulo y supersticioso, como lo será doña Isabel en nuestra novela, escrita dos años
después. Otra conexión es que Isidora despilfarra la herencia de dos mil duros que
su padre le deja.
151
Poner de oro y azul: la frase hecha aparece en Diccionario de Autoridades
con un sentido muy distinto al de su uso más común en el siglo XIX, que era el de
expresión eufemística de valor idéntico al del actual «poner verde», significando
el insultar a alguien (curiosamente, el color verde se puede obtener de la suma del
amarillo y el azul).
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III. Quiromancia
–¿Ves?, ¡qué rica! –le decía, mostrándosela entre dos dedos–.
¿Te gusta esta golosina? Es para que vayas al teatro a ver una fun
ción honesta y entretenida.
Más de un sermón le echó sobre la bajeza y grosería de la
juventud de estos tiempos.
–Los chicos de hoy –le decía– sabrán más que los de aquellos
tiempos; en eso no me meto. Y no sé, no sé, si de lo que aprenden
hoy se quitan las herejías y maldades, poco ha de quedar. Pero sea
lo que quiera, si en ciencia valen más, lo que es en urbanidad y en
modales están muy por debajo. Y si no, dime tú, ¿conoces entre tus
amigos alguno que sepa trinchar un ave en una mesa de cumplimiento? ¿Cuál habrá que sepa sentarse derecho en una silla, decir
finuras a una dama, y sostener con ella conversación amena, cortés
y escogida? Ninguno. Todos son unos ordinarios, que sólo saben
decir palabrotas, recostarse en los asientos de los cafés, disputar a
gritos, escupir en el suelo y ponerlo como una estercolera, fumar y
expresarse como los jayanes y matachines. Poco del mundo actual
conozco, porque no salgo de mi casa; pero lo poco que he visto me
da un asco… Es menester que tú no te parezcas a esos gandules
de los cafés; es preciso que adquieras buenos modales, que seas
fino, que frecuentes la sociedad, que te hagas presentar en alguna
honesta reunión, y que huyas de las tertulias hombrunas, donde no
se aprenden más que groserías.
Para tenerla contenta, y siguiendo el consejo de su padre que
le ordenaba llevar en todo el genio a la tiíta, Alejandro le llenaba
la cabeza con estos y otros inocentes embustes:
–Pues, tiíta, yo voy todas las noches a una tertulia de señoras
finas, donde se habla de cosas honradas… Me van a llevar a los
bailes de la embajada de Austria, para lo cual me he encargado ya
el frac… Tengo pensado ir a Palacio. Un amigo quiere presentarme
a Su Majestad…
Entusiasmábase con esto doña Isabel, y decía:
–¡Así, así te quiero!… Lo de ir a Palacio a besar la mano de
esa perla de las reinas me enamora. Yo, si no estuviera tan vieja,
iría también… Tengo prometida una visita a Su Majestad; pero ¿para
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El doctor Centeno
qué quiere la señora ver vejestorios en su real casa? Yo rezo por ella,
y por la felicidad de su reinado, así como por todos los príncipes
cristianos… ¡Viva Isabel, y muera la cobarde facción!152
VI
Para concluir. Doña Isabel Godoy era supersticiosa en grado
extremo, fenómeno que, si se examina bien, no es incompatible con
la devoción maniática, ni con los rezos de papagayo. Con ser una
de las principales ostras de los bancos parroquiales de San Pedro y
San Andrés, más raíces tenían en el espíritu de esta señora ciertas
creencias y temores vulgares que la pura idea religiosa. Cierto que
ella defendía con rutinario tesón los dogmas de la Fe; pero les añadía innúmeros suplementos, fundados en todo lo vano, pueril y necio que ha imaginado el miedo y la ignorancia del pueblo. Creía
en las fatalidades del número 13, de la sal vertida y de los espejos
rotos; sentía horror del murciélago, por suponerle emisario del
Demonio; atribuía mil ridiculeces al erizo o puerco-espín; creía,
como el Evangelio153, que las culebras maman y que las cigüeñas
pronuncian algunas palabras; que hay gallos que ponen huevos, y
que el pelícano se hiere a sí propio para alimentar con su sangre a
sus polluelos; sostenía la existencia de los dragones, salamandras y
basiliscos con sus propiedades mitológicas; creía también en el ave
fénix y en las influencias de los astros benignos o adversos y de
los cabelludos cometas, precursores de calamidades; daba fe a la
influencia de la imaginación materna sobre el crío y a los antojos;
prestaba crédito a las buenaventuras de los gitanos, y era para ella
artículo dogmático la existencia de los zahorís, personas que, por
152
Viva Isabel, y muera la cobarde facción: doña Isabel muestra su ideología
contraria a los facciosos montemolinistas, partidarios de una monarquía que siguiese
la línea hereditaria carlista.
153
La frase hecha «creer como el Evangelio», para significar «creer sin ninguna
duda», adquiere aquí valor de juego verbal, al adecuarse al contexto de las supersticio
nes nada religiosas de doña Isabel, por más que estas creencias provengan de haber
nacido en Jueves Santo, en una mezcla inculta de devoción y superstición.
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III. Quiromancia
haber nacido en Jueves Santo, tienen la virtud de ver lo que hay bajo
tierra. Como la propia doña Isabel había nacido en Jueves Santo, se
tenía por zahorí de lo más sutil y agudo que pudiera existir. Igualmente daba oídos a los saludadores, que todo lo curan con saliva,
y a los embrujados. No había quien le quitara de la cabeza que hay
personas que aojan, es decir, que hacen mal de ojo, y matan o resecan a los niños sólo con mirarles. Los sueños eran para ella revelaciones de incontrovertibles verdades. Si oía por la noche el aullido
de un perro, ya tenía por seguro un mal caso; si entraba en la sala
una mariposa negra o moscardón, señal era de inevitable desdicha;
si alguno hacía girar una silla sobre una pata, indicio era de contiendas. Al salir a la calle, cuidaba de sacar primero el pie derecho que
el izquierdo, porque si no, no volvería a casa sin dar un mal paso.
Quiso su mala suerte, para acabarla de rematar, que tuviera por
vecina en Madrid a una de estas sacerdotisas de la magia, que, contra todo el fuero de la verdad y la civilización, existen aún para ex
plotar la inocencia y barbarie de la gente. Y no son las más humildes, que jamás vieron el abecedario, las que estos tugurios de la
magia frecuentan, sino que allá van alguna vez damas principales a
que les echen las cartas. Esto parece mentira; ¡pero qué verdad es!
Doña Isabel trabó amistad con su vecina; hizo la prueba de un
oráculo y quedó tan complacida, que le entró descomunal afición a
aquellas patrañas. No había semana que no bajase un par de veces
a consultar la filosofía hermética en el libro de las cuarenta y ocho
hojas, y de cada consulta le salían admirables predicciones y avisos
que escrupulosamente seguía154. La vecina de doña Isabel gozó en
aquellos años de mucho auge y prosperidad. Tenía para hacer sus
trabajos de cartomancia un aposento con muchas imágenes de santos, alumbrados con velas verdes, y sobre una mesa bonitísima hacía
sus juegos y arrumacos. Según lo que se le pagaba, así eran más o
menos los aspavientos y el quita y pon de naipes, todo acompañado
de palabras oscuras.
154
El narrador llama eufemísticamente libro de filosofía de cuarenta y ocho
hojas a la baraja española de cuarenta y ocho cartas, tan querida por doña Isabel,
y con la cual la vecina dedicada a la cartomancia le lee el futuro.
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El doctor Centeno
Doña Isabel se iba siempre a lo más gordo, y se hacía aplicar
la tarifa máxima, porque siempre encontraba misterios muy hondos
y desconocidos. ¡Eterno anhelo de ciertas almas, ver lo distante,
conocer lo que no ha pasado aún, robar al tiempo sus secretos planes, plagiar a Dios, y hacer una escapada y meterse en lo infinito!
Doña Isabel había consultado últimamente un negocio de la mayor
importancia. Cortada la baraja con la mano izquierda, y divididos
los naipes de cinco en cinco, la pitonisa había contado de derecha
a izquierda (uso oriental) explicando la significación de los que
aparecían en la sétima y sus múltiplos. Veamos: el tres de copas
anunciaba un negocio próspero; el rey de espadas, que un letrado
se mezclaría en el asunto; el caballo de copas, o sea el Diablo,
procuraría echarlo a perder; finalmente, el as de oros decía clarito,
como tres y dos son cinco, que todo saldría a maravilla y que el
maldito y renegado caballo de copas (léase don Pedro Miquis)
quedaría confundido, maltrecho y hecho pedazos.
Doña Isabel vivía de las rentas de sus tierras, que no eran valiosas. Casi toda su fortuna estaba en fragmentos o piezas muy pequeñas, diseminadas por los términos de Miguel Esteban, el Toboso
y Villanueva del Gardete. Junto a las lagunas de Ruidera poseía unas
estepas salitrosas de más de dos leguas que no le daban veinte duros
al año. Las piezas de valor teníalas arrendadas a los labradores po
bres de la comarca, que son los que cultivan el azafrán, esa droga
que debiera llamarse oro vegetal, porque vale tanto como el más
fino de la Arabia o el de los peruanos montes. No obstante, los que
crían y peinan las doradas hebras de esta rica florecilla son los más
pobres de la Mancha, porque el cultivo del azafrán es muy costoso y
el mucho esmero que exige embebe todas las ganancias. Doña Isabel vivía, pues, de esa pintura de las comidas españolas, droga, además, de valor en la farmacia y en la industria tintórea. Sus tierras
daban los menudos hilillos de oro, que el mercader coge con respeto
en las puntas de los dedos para pesarlo. Se cotizaba antes a onza la
onza, es decir, oro por oro. Hoy vale doce duros y aun menos155.
155
Onza la onza, es decir, oro por oro: anteriormente, por tanto, el azafrán tenía un valor idéntico al de sus gramos en oro. Debido a su precisión, la medida ro-
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III. Quiromancia
El administrador de la señora en el Toboso se entendía con
Muñoz y Nones, notario en Madrid, manchego, y éste entregaba
mensualmente a doña Isabel una cantidad no grande, pero sobrada
para sus necesidades. Todos los años, al dar cuentas, recogía los
ahorros de la señora para ponerlos a interés156.
Vamos al negocio157. En la Dirección de la Deuda tenía doña
Isabel un expediente de liquidación y conversión de juros. El origen
de este papel era un préstamo hecho por Godoy a la Real Hacienda,
allá en tiempos remotísimos, con la garantía de las alcabalas de
Almagro. Solicitó la señora la conversión con arreglo a la ley del
55; pero lo que pasa… el expediente se eternizaba en el encantado
laberinto de las oficinas158. Por dicha, desde que lo tomó por su
cuenta el activo y entendido Muñoz y Nones, el expediente empezó
a despertar de su letargo, dio señales de vida, fue de aquí para
allá, de mesa en mesa, de departamento en departamento, y ahora
me le echan una firma, después dos, ya le añadían papelotes, ya le
agregaban números, hasta que por fin se le señaló día para salir de
aquel purgatorio, y fue un hecho la conversión de la antigua deuda
por renta perpetua del 3 por 100159.
mana de la onza (que corresponde a algo más de 28,3 gramos) se aplicaba al peso
de mercancías de gran valor.
156
Muñoz y Nones: es por excelencia el notario, personaje recurrente en las
Novelas contemporáneas de Galdós en las que se requiere la aparición de este profesional. Su mayor protagonismo se da en la parte II (sobre todo en el cap. XV) de
La desheredada, donde interviene en el pleito que la familia de Aransis sostiene
contra Isidora por falsificación. En esta novela emparenta con Augusto Miquis,
quien se casa con su hija, siendo ya director de un importante hospital de Madrid.
En Lo prohibido aparece en 1884, como notario del testamento del protagonista y
narrador José María Bueno de Guzmán.
157
Vamos al negocio: la frase hecha recobra su sentido literal en el contexto
de información económica, y crea así un juego verbal por dilogía.
158
Laberinto, purgatorio: las oficinas de los Ministerios, y en general de la
burocracia que demora sin sentido la realización de cualquier trámite, son presentadas también como «laberinto» y «purgatorio» de los expedientes en Miau, donde
forman parte de los espacios relevantes del relato, por la necesidad que el cesante
tiene de reintegrarse en el Ministerio de Hacienda (Miau, cap. XXXV).
159
Conversión de juros, ley del 55: doña Isabel logra recuperar el dinero invertido por sus antepasados, que habían comprado juros o títulos de Deuda pública
a la corona. Aunque durante años la Hacienda fue insolvente para cumplir sus com267
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El doctor Centeno
Es incalculable lo que pierde el dinero en estos traspasos y
caídas al través de la tortuosa Historia nacional. Los 900.000 reales que los Godoyes, con patriótica candidez, prestaron al Rey, que
daban reducidos, a causa de los rozamientos financieros, a 48.636
reales. La tercera parte era, según convenio, para Muñoz y Nones.
Doña Isabel percibió 32.424 reales. ¿A quién pertenecía este capital? A doña Isabel y a su hermana Piedad. No existiendo esta jurídicamente, si bien su espíritu existía compenetrado en la propia
alma de doña Isabel, la mitad de los dinerillos correspondían en
rigor de derecho (porque el jus no entiende de transubstanciaciones),
correspondía, decimos, a los herederos de Piedad, a su hija única,
Piedad también, esposa de Micomicón… ¡Dar a Miquis los 16.212
reales que a su mujer pertenecían! ¡Jesús, qué absurdo! Antes se
partiría el mundo en dos pedazos… Porque si el dinero se le entregaba a Piedad, lo cogería Miquis, administrador de los bienes
matrimoniales. No, y mil veces no.
El encono profundísimo que la Godoy sentía contra aquella
nefanda estirpe de plebeyos groserísimos, avarientos y sin ley, sugirióle los razonamientos que puntualmente se copian aquí:
«Si doy el dinero a mi sobrina, se lo doy al cafre de los cafres,
que bastante ha tragado ya, prestando dinero a mi familia al 18 por
promisos de devolución de esos préstamos realizados por los particulares, la Desa
mortización promovida por Pascual Madoz siendo ministro de Hacienda, permitió
que el estado obtuviese liquidez económica al vender un inmenso volumen de sus
propiedades, de las del clero, Órdenes militares, etc. La ley de juros que garantizaba la devolución corresponde en efecto a 1855, año de publicación del Decreto de
Desamortización. Aunque se interrumpió su ejecución a fines de 1856, se reanudó
a fines de 1858, lo que hace verosímil que doña Isabel Godoy recobre su dinero en
1864. Galdós era muy crítico con el procedimiento de la emisión de títulos de Deuda
pública por parte de la corona para obtener dinero inmediato de los particulares o de
instituciones españolas y extranjeras. En su «Revista de la Semana» del 13 de mayo
de 1866 en La Nación, imagina el desastre económico que supondría para muchos
inversores particulares el no poder recuperar el dinero líquido que habían prestado
al gobierno. En su opinión, los títulos o juros son papel mojado debido a la escasa
fiabilidad de la Hacienda pública y a la incertidumbre sobre si ésta podría cumplir
sus compromisos de plazos e intereses de devolución: «Un título de la deuda es una
especie de valle de Josafat, una cosa mitológica: es la arqueología del futuro…»
(Los artículos de Galdós en La Nación: 342-346).
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III. Quiromancia
100. No, no, Dios de justicia, con tu santo permiso, voy a jugarle
una trastada… ¡Pero qué linda y pesada jugarreta! Me la aconseja
San Antonio bendito, y la he visto clara en el frío lenguaje de las
cartas, movidas y barajadas por los mismos ángeles… Pero si me
guardo ese dinero es pecado. ¿Lo daré a mi hija, encargándole…?
No, no puede ser… El salvaje metería sus uñas al instante… No,
no, digo que no. Veamos: ¿cuál es el pecado de aquel bárbaro entre
los bárbaros? La avaricia. ¿Cuál es el castigo del avaro? La forzada
liberalidad. Pues yo hago forzosamente generoso a aquel gandul,
y le doy grandísima desazón entregando el dinero a su hijo y mi
nieto, no para que lo gaste en golosinas, no para que lo tire con
amigotes soeces, sino para que lo emplee en buenos libros, para
que emprenda algún instructivo viaje, para que se haga ropas muy
majas con que ir a las embajadas y al Real Palacio, para que se afine
y decore y viva como un caballero y sepa ilustrar el hermosísimo
nombre de Herrera».
Esto pensó, esto dijo, y se estuvo riendo tres horas seguidas.
Aquella noche soñó con la venganza que de los aborrecidos Micifuces tomaba, y vio a don Pedro zumbar en torno a su cabeza en
forma de caballito del diablo. Pero ella, valerosa, le decía: «Rabia,
rabia, que el dinero no es para ti. Revienta, Judas; muérete, Holofernes».
VII
Desde que Muñoz y Nones le dijo: «La cosa es hecha; esto
es claro como la luz del mediodía; la semana que entra le traigo a
usted su dinero», doña Isabel creyó oportuno comunicar su vengativo pensamiento al bueno de Alejandro, el cual lo tuvo, justo es
decirlo, por el más disparatado que podía nacer en humano cerebro. Ya tenía él vislumbres de que, en el de su tiíta, la cantidad
de seso iba mermando rápidamente; pero al llegar a aquel caso, lo
juzgó completamente vacío. Cosa más inverosímil y absurda no había él oído jamás. Se avenía bien aquello con la casa de su tía, y
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El doctor Centeno
con la persona de ésta, persona, casa, trato y aliños en que todo
semejaba embrujamientos y hechicerías. Mas como era tan en pro
vecho suyo la locura que la dama iba a cometer; como en tal ocasión estaba escasísimo de dinero y sólo abundante de compromisos,
deudas y necesidades, no tuvo nada que decir contra la generosa
oferta. Eso sí, cuando la Godoy le puso por condición el honrado
y juicioso empleo del dinero, hizo él votos solemnes de consagrarlo a su mejoramiento social y educativo… ¡Pues a fe que era
poco formal! En la vida más se le vería en los cafés, y todo el que
lo quisiera ver que le buscara en las bibliotecas, en las cátedras
y por las noches en algún salón de embajada o en cualquiera palaciega tertulia, donde el trato de finísimas damas perfilara sus modales.
–Eso, eso, eso –dijo la tiíta con crédulo alborozo–. Si no lo
haces así, perdemos las amistades. Ya ves, sería un cargo de conciencia… Bueno, pues la semana que entra… ¡Caballito del diablo,
arre… arre!
Al decir esto, la aristocrática manchega no se estaba quieta,
sino que iba de un paraje a otro de la sala, sin dirección ni tino,
trémula y como picada de la tarántula. Sus brazos hacían la mímica
de apartar algo que revolaba en su alrededor, y sus ojos echaban
unos reflejos plateados y verdosos que habrían dado a Miquis mucho
miedo si éste no hubiese visto repetidas veces a su tiíta en aquel
lastimoso estado.
Ahora se comprende el desasosiego que tenía Alejandro en los
días que mediaron desde la promesa de su tía hasta la realización
del donativo. Estaba el infeliz muchacho como el que padece obsesión, pensando siempre en aquella fortuna que se le ofrecía, lleno
de dudas y congojas. Porque el dinero le venía como aguas de abril,
y si después de prometérselo resultaba que todo era un estrafalario
juego de los derretidos sesos de su tía… Si el metal venía a su
poder, creeríase el más venturoso de los nacidos; si todo era una
burla, ¡qué horrendo desengaño! Por esto en la noche del sábado
no se le podía sufrir: tan caviloso y pesado estaba. Sin explicar el
motivo de su pena, a todos los que cogía a su lado nos decía que
le tomáramos el pulso, porque tenía fiebre.
270
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III. Quiromancia
–Y quién sabe –decía–. Puede ser que la semana que entra no
me cambie por el duque de Osuna160.
Vino el domingo, memorable por el entierro de Calvo Asensio,
y en la mañana de aquel día fue con Cienfuegos al Observatorio,
y ocurrió aquello del horóscopo y el encuentro de Centeno y el recado que éste llevó… Volviendo a la casa de la calle del Almendro,
se dirá que el sábado recibió doña Isabel, de Muñoz y Nones, la
suma producida por la venta del papel que la Hacienda reintegraba
en pago de la secular deuda. Llevóse el notario su parte, y de lo
restante hizo doña Isabel dos, que, bien separaditas, guardó en el
lugar de los secretos, tabernáculo de dulces memorias, que era un
cajoncillo situado en la tercera gaveta de la cómoda panzuda. El
domingo por la tarde, cuando abrió su balcón para ver qué tal iba la
cosecha de higos, vio un desalmado chico que desde media calle la
miraba. ¡Insolente! A poco rato llamaron. La señora leyó la carta de
su sobrino, en la cual, con expresivas y francas razones, inspiradas
en la verdad, le hacía ver que la pingüe oferta nunca como en aquella
ocasión sería tan feliz y oportuna si se realizaba. La misma doña
Isabel salió al recibimiento a decir a Felipe: «Di a mi sobrino que
sí, ¿entiendes?, que sí, y que puede venir cuando quiera».
160
Es esta la primera mención al Duque de Osuna y del Infantado. Sin embargo
no se refiere ahora al don Pedro Girón Duque de Osuna, llamado ya en su tiempo
«Grande Osuna», como vemos en varios sonetos de su secretario, Quevedo. La referencia es aquí contemporánea: se trata del riquísimo Don Mariano Téllez Girón, Duque
de Osuna de 1863. Galdós hizo una breve semblanza de este noble en el artículo «El
coleccionista», explicando las extravagancias y derroches que se contaban del Duque,
sus fiestas, su amistad con el zar Nicolás, a quien acompañaba en sus cacerías…
Pero el desastroso final de este Duque y la dispersión de sus riquezas, compradas por
museos, subastadas por nuevos ricos extranjeros o en manos de acreedores, es visto
por Galdós como una lección moral acerca de cómo la mayor fortuna precisa también
orden y templanza económica. Por el eco de sus palabras en lo referido a Miquis,
por sus ubi sunt y sic transit gloria mundis presentes también en El doctor Centeno,
anotamos algunas de sus reflexiones: «De aquella poderosa casa, cuyas rentas no eran
inferiores a la lista civil de muchos soberanos, ¿qué queda ya? Nada. Todo acabó,
todo se deshizo, todo se desvaneció en unos cuantos años. Nunca se pudieron aplicar
con más propiedad los versos «Las torres, que desprecio al aire fueron, /a su gran
pesadumbre se rindieron» (…) y mucha gente de vivir modesto se pregunta: ¿Cómo
es posible dilapidar fortuna tan colosal?» (en Fisonomías sociales: 206-208).
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El doctor Centeno
Como exhalación corrió Centeno al Observatorio, donde estaba
Alejandro, más muerto que vivo, cual en día de examen, lleno de
sobresaltos y ansias. Sus dos amigos se habían ido al entierro, y él
se había quedado solo, paseando de una casa a otra. Dióle Felipe el
recado, y el estudiante, que con las nuevas verbales sentía en el alma
los turbulentos halagos de la esperanza sin perder sus dudas, hizo
propósito de salir de ellas al momento, corriendo a casa de su tía.
–No puedo pasar la noche en esta incertidumbre –afirmó resueltamente–. Vamos allá.
Al decir «vamos», Felipe se cosió a los faldones del manchego,
y éste en un rapto de amistad, de generosidad, de benevolencia, que
eran el destellar más común de su alma, le dijo así cuando iban por
la rampa abajo:
–Te tomo de criado… Si esto me sale bien, serás mi criado… mi
escudero, porque verdaderamente, necesito… ¡qué lejos está esa calle
del Almendro! El otro, de puro asombrado y agradecido, no decía
nada. Su alma estaba también llena de una desusada grandeza, de
una esperanza embargante, de un pedazo del cielo que entraba en
su cuerpo con el aliento y se le atravesaba al respirar. Ambos tenían
una suerte de inspiración, de Dios interior que les agitaba y les hacía
pensar, si no decir, cosas admirables… ¡Y cómo corrían! La noche
estaba próxima, y Alejandro anhelaba llegar de día, porque la Godoy
tenía la costumbre de echar todos los cerrojos de su casa a la hora
en que se acuestan las gallinas. ¡Ay!, a todo término, por lejano
que sea, se llega al fin, y ambos muchachos entraron en la calle del
Almendro. ¡Qué soledad, qué paz!, y en ellos dos ¡qué palpitación
de corazones, qué latido de arterias! Llevaban en sí toda la vida
que faltaba al dormido barrio y podrían derramarla a raudales sobre
aquel vacío escenario de las aventuras matritenses de otros siglos.
VIII
La casa del seis de copas estaba aún abierta. Adentro. Llamaron a la puerta de aquel templo de los misterios. La mente de
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III. Quiromancia
Alejandro ardía con vagorosa luz, desparramada y flotante como la
llama que baila sobre el alcohol. Sorprendida estaba doña Isabel de
verse visitada por su sobrino a tan intempestiva hora, pues nunca le
había visto en su casa de noche. También mostró la señora alguna
extrañeza al ver a Felipe.
–Es un chico que me acompaña y me hace recados –dijo Alejandro con voz trémula.
Felipe se quedó en el recibimiento, sentado sobre un cajón, y
al punto rodeáronle los gatos y el perrillo, con tantas pruebas de
amistad que él les estaba muy agradecido. Doña Isabel entró con
Alejandro en el gabinete de las cuatro cómodas, que estaba alumbrado por un candil de cuatro mecheros, de aquellos bien labrados
y pesadísimos que van desapareciendo con la industria española.
Lo primero que hizo la señora fue tomar una mano de su sobrino
y acercarla a la luz para mirarla bien, diciendo:
–¡Qué uñas!… Pero hombre…
Alejandro sintió vivamente haber olvidado aquel detalle, pues
la primera condición para agradar a su tía era el aseo.
–Es que… he estado toda la tarde revolviendo libros muy em
polvados…
–Pero di –prosiguió ella, observándole la ropa–. ¿No tienes
cepillo en casa? ¿Pues y esa cabeza? Parece que te has peinado con
una escoba… ¡Qué niños estos del día!… Luego queréis agradar
a las damas. No sé cómo hay mujer que os mire… Verdad que
ellas están buenas también. Muy emperejiladas por fuera, y luego,
si se va a mirar… Veremos si te modificas, ahora que no te faltará
dinero…
Al oír esta última palabra, Alejandro se estremeció de íntimo
placer. Los dedos de una divinidad escondida y misteriosa le acariciaban las entrañas.
–¿Pero qué?… –dijo la tiíta con vacilación, acercando sus manos
de torneado marfil a la cómoda–. ¿Te vas a llevar eso esta noche?…
¿No tienes miedo a los ladrones?
No queriendo mostrar Alejandro, por delicadeza, los abrasadores deseos que tenía de poseer aquel tesoro, murmuró estas palabras:
273
PORTADA
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El doctor Centeno
–Como usted quiera, tiíta…
–Mañana…
Aquel mañana le parecía a Alejandro inesperado alejamiento
de un día grande, la inmixtión antipática de lo infinito entre el hoy
y su felicidad. ¡Mañana! … ¡el siglo que viene!
–Por los ladrones no sea… ¿Cree usted que me voy a dejar
robar?… Pero si usted no quiere…
–Pues de una vez –dijo la Godoy tirando del tercer cajón de la
cómoda, que hizo un ruido músico y dulce como de puerta celestial
de áureos goznes.
Y tornando a vacilar:
–La cosa es que…
En lo íntimo de su ser, Miquis se sublevaba contra la prórroga
de su dicha. Tenía los labios secos… le ocurrió una idea…
La cosa es –observó–, que mañana quizás no pueda venir.
–Ya que estás aquí… –indicó la señora, sacando al fin el pesado cajón.
Alejandro echó sus ansiosas miradas dentro de aquella cavidad, de la cual salía fortísimo aroma de flores secas, de rosas secu
lares y como embalsamadas. Los dedos de la señora abrieron la
tapa de una caja, que tenía encima una bonita pintura de Adonis
herido, y expirando en brazos de Venus. Dentro vio Alejandro las
que fueron rosas, y eran ya una masa seca, pero aún olorosa, cual
momia que conservara también momificada el alma… Después
apareció un retrato, preciosa miniatura. Era un joven muy guapo,
pálido, con los cabellos encrespados y revueltos… Alejandro se inclinó, movido de curiosidad, para ver aquella imagen que al punto
creyó la de su abuelo, mas doña Isabel, con rapidísimo y airado
movimiento de su mano le apartó, diciendo:
–Quita de aquí tus ojos puercos…
Él se apartó con discreción, no sin alcanzar a ver algún paquete de cartas de color amarillo, atadas con cintita roja, de las que
sirven de marca en los devocionarios. De debajo del paquete sacó
al fin la tiíta una cartera de terciopelo, y de la cartera…
–Aquí tienes tu parte…
274
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III. Quiromancia
Al decir esto despedían sus ojos los mismos fulgores plateados
y verdosos que Alejandro había observado otras veces en el extraño
mirar de su tía. Y otra vez hacía la Godoy el consabido gesto en el
aire con la nerviosa mano, diciendo:
–Arre, arre, caballito del diablo… ¡Esto no es tuyo, no es tuyo!
Miquis sintió como un gran temor, y alargando la mano para
tomar lo que se le daba, apenas se atrevía a tocarlo. Pero ella,
cerrada de un golpe la cómoda, se sentó, y extendiendo sobre su
regazo los billetes de Banco, puso las cosas en la realidad con esta
salmodia aritmética:
–Entérate… Quinientos y quinientos, mil… Dos mil, cuatro,
ocho… doce, diez y seis… El pico aquí está: diez duros y tres
pesetas…161
¿Qué pensaba y qué sentía el estudiante al ver aquel sueño hecho vida, aquella mentira verdad, aquella fiebre de su alma resuelta en oro, ni más ni menos que todo el movimiento del Universo,
según dicen, se resuelve en calor? Pues su mente poderosa, aunque
infantil, no sabía descender a la realidad desde el firmamento de
las leyendas; estaba arriba, en las preñadas nubes de donde llueven
la magia, la quiromancia y los sortilegios. No podía bajar a la verdad terrestre; y como por la mañana había entretenido su afán con
aquellas quimeras de los astros que hablan y del horóscopo, creíase
en lo más tenebroso y poético de la Edad Media, entre magos y
nigromantes. Conociendo la afición de su tía a echar las cartas, todos los pormenores de aquel suceso estaban muy en su lugar, así
como la casa era laboratorio de alquimista, al cual sólo faltaban
las telarañas para estar en perfecto carácter. Sí; aquel dinero había
venido a sus manos por arte de alquimia o por dictamen de estre
161
Diez y seis mil; diez duros y tres pesetas: la cantidad que doña Isabel entrega a su sobrino es una suma considerable. Para entender su valor de manera relativa, pondremos un ejemplo muy relacionado con el ambiente de nuestra novela:
el sueldo anual que se ofrecía para cubrir una plaza de astrónomo en el Observatorio de Madrid en 1858 era de 16.000 reales, exactamente la cantidad primera
que Miquis recibe, a la que se añade el redondeo de duros y pesetas (extraigo el
dato de la Gaceta de Anuncios de La Iberia, en su número de 19 de junio de 1858,
p. 3).
275
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El doctor Centeno
llas, coluros o melenudos cometas. Quizás aquellos billetes eran figurados y en realidad engañosos naipes egipcios, que se iban a deshacer en sus manos tan pronto como los tocara.
–Cuéntalos tú ahora…
–No, si está bien… No faltaba más.
–Hazme el favor de contarlo… No quiero que…
–Por Dios, tiíta… –balbució Miquis con gran torpeza de lengua
y de manos.
Los billetes eran billetes… Al tomarlos, sensación dulce y
placentera se extendió por su cuerpo, partiendo de las yemas de los
dedos. Contarlos no le parecía bien. Además, en su febril dicha, no
le importaba recibir un billete de menos.
–Como quieras…
Y él los recogía, los doblaba… ¡Ay, qué momento! Si se hubiera
puesto a contar el dinero, de seguro lo habría contado mal. Su espíritu, súbitamente atacado de una exaltación loca, no estaba para
cuentas; era insensible al orden y a la fría disciplina de los números…
Perdió la noción de la cantidad que representaban aquellos sobados
papeles verdes y azules, y no veía más que un caudal abrupto, una
suma tan grande como sus sueños, suficiente a todas las necesidades del momento y de mucha parte de su juventud, una suma que
duraría eternidades… Se lo metió todo en el bolsillo del pecho, y a
cada instante, con disimulo, tocaba a la parte donde su corazón y su
ventura estaban, juntitos, como amantes en la luna de miel…
Y en tanto, doña Isabel, atacada de aquella verbosidad, que
era uno de los caracteres de su mental dolencia, hablaba, hablaba…
¿De qué? Alejandro la oía sin entender nada. Hacía que escuchaba,
moviendo afirmativamente la cabeza, cual muñeco que tiene por
pescuezo un resorte; pero estaba su espíritu en otras regiones, y
sólo llegaban hasta él palabras sueltas, una cantinela monstruosa,
los Herreras, los Miquis, el fielato, la subasta de bienes del clero,
la juventud ordinaria del día, las tierras plantadas de anís, el precio
del azafrán, la Virgen de la Piedad…
Como se oye una campanada lúgubre, oyó Alejandro al fin de
la cancamurria esta horripilante cláusula:
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PORTADA
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III. Quiromancia
–Te quedarás a cenar conmigo.
¡Alquimia y cartomancia! Cenar con la tía era permanecer allí
dos horas más, oyendo la cansada cantinela; era igualmente el mal
paso de tener que comer gachas, piruétanos, cañamones y beberse
a la postre un jarro de aguas cocidas; era oír una salmodia antiestomacal, impregnada de orégano; estar bajo la presión y entre las
garras de un desordenado y misterioso genio de ojos plateados y
verdes; caer bajo el oscuro poder de la magia; era beber, con la
salvia, el jugo de la locura y comer, con los cañamones, el tuétano
y sustancia de todos los desvaríos posibles.
–¡Cenar con usted! –murmuró, vacilante entre el horror y la
cortesía–. Qué más quisiera yo que cenar con usted, tiíta… qué
más quisiera yo… Pero es el caso que en mi casa me esperan, y los
demás compañeros se estarán sin comer hasta que yo vaya. Se gas
tan en mi casa unos cumplidos…
Al decir esto, Miquis sentía que en su cuerpo le habían nacido
alas. Su impaciencia por echar a correr era, no ya febril, sino como
desazón epiléptica. Le quemaba el asiento, y en pies y manos tenía
abrasador hormigueo.
–Entonces –indicó doña Isabel con el más dulce tono de su
bondad tolerante–, más vale que te vayas.
Por poco da Miquis un salto al oír el vayas; pero tuvo fuerza
de voluntad para reportarse, y levantándose con estudiada lentitud,
dijo en un tono que parecía el de la mayor naturalidad:
–¡Qué tarde se ha hecho!
–Sí; ya los días son nada.
–¡Cosa tan rara!… a las seis de la tarde, noche.
–El tiempo vuela.
Alejandro le alargaba su mano, cuando la señora, resistiéndose
a estrecharla con la suya, le dijo:
–No, grandísimo gorrino, no juntarás tu mano asquerosa con la
de una dama… Es preciso que te civilices. Ven acá y lávate.
Llevóle a su cuarto, y echando agua en la jofaina, le obligó
a darse una buena fregadura en las manos. Ella misma le ayudaba
con tanta fuerza que por poco le despelleja. Esto lo hacía casi siem
277
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El doctor Centeno
pre que el estudiante iba a su casa. Mientras se lavaba, la Godoy
decía:
–Así, así. ¡Oh!, ¡qué niños estos! ¡Cuándo se había de ver en
mi tiempo un joven con esas manazas de cavador! Otra cosa hay
que me estomaca, y es esas barbas que han dado en usar ahora
todos los hombres.
Alejandro tenía en su cara un vello, ya muy crecido para bozo,
si bien corto aún para ser barba, en el cual nunca había entrado
la navaja, por tener su dueño el propósito de ser con el tiempo un
sujeto barbado, conforme a la moda corriente. Doña Isabel, mientras él purificaba sus manos, tirábale de aquellos miserables pelos,
diciéndole:
–¡Qué bonito! Pero ¿qué hermosura encontráis en esta suciedad? Por fuerza los espejos de hoy no son como los de mi tiempo,
y hacen ver las cosas de otro modo. Pareces un chivo. Si quieres
que te quiera, échate abajo ese perejil mal sembrado.
A todo se mostraba él conforme, y más cuando ella pronunció,
con tono de familiar amenaza, estas palabras:
–Cuidadito con el comportamiento… Cuidadito con la manera
de gastar el dinero… Mira que yo lo sé todo; mira, Alejandro, que
nada se me oculta, y que sin salir nunca de este rincón, puedo enterarme de todo lo que haces. ¡Mira, Alejandro, que yo he nacido
en Jueves Santo! Tú no seas malo… Mira que te estoy mirando
siempre…
Él prometió ser todo lo bueno, juicioso y arreglado que en lo
humano cabe. Pues no faltaba más… Al prometerlo así, hablaba
como una máquina, porque su entendimiento seguía en rebelión,
arrastrado en el velocísimo giro de un vórtice de disparates. Su
tía, cuando concluyó de amonestarle, se sintió tocada otra vez de
aquel prurito de recorrer la habitación y apartar un insecto… Vestía
la Godoy traje blanco, y el pañuelo se le había desatado y le caía
como flotante toca. Alejandro no pudo menos de representársela
semejante a la imagen de la novelesca Matilde, vestida de blanquísimo hábito monjil, y los aspavientos de la buena señora eran lo
más adecuado a los ademanes de la heroína cuando Malek-Adhel
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III. Quiromancia
la roba y se la lleva en brazos, a caballo, por aquellos polvorosos
desiertos162.
–Adiós, tía.
Arrojóse la señora en brazos de su sobrino y le dio un cariñoso
beso… ¡Plata y verde en aquella mirada! A los ojos de Miquis, todo
se trasformaba. Su tiíta parecía, por momentos, volver al prístino
estado que representaba su retrato en galana y fresca miniatura; la
estera amarilla y roja tomaba las sucias tintas azuladas y los garabatos de los billetes de Banco; el camello echaba bendiciones; al
santo le salía una joroba, y él mismo, Alejandro…
¡A la calle!
IX
Entre tanto, a Felipe le pasaban en el recibimiento cosas muy
desusadas. Allí no había más luz que las extrañas claridades de los
gatunos ojos, y alumbrado por ellos, aguardaba el escudero a su
señor, pidiendo a Dios que saliese pronto, porque se aburría, acompañado tan sólo de aquellos mansos animales que se le subían por
brazos y piernas y se le sentaban en los hombros, produciéndole
estremecimiento el roce de sus blandas patas frías. De pronto, al
pasar la mano por el lomo de uno de ellos, vio con asombro que
el animal echaba chispas… chispas azuladas, lívidas… ¿Qué era
aquello? Pasaba, pasaba la mano y las gotas de luz salían de entre
162
La comparación contextual de doña Isabel con la heroína de Malek-Adhel
puede provenir de la visión iconográfica de las láminas que sobre este asunto tenía
la dama en casa. Pero hay que recordar que las referencias a Matilde y Malek-Adhel
estaban vivas por estas fechas también gracias a la versión teatral de la novela,
representada en el Teatro de la Zarzuela desde marzo de 1863 (cfr. I. Vallejo y P.
Ojeda: 2001). Desde 1853 se anunciaba la venta de la tragedia Malek-Adel (sic)
del Duque de Rivas, y durante el primer semestre de 1857, La Iberia dio en su
folletín la novela de M. Fernández y González Los hermanos Plantagenet, donde
aparecen Matilde, hermana de los protagonistas, y Malek. Por otra parte, ciertas
escenas sueltas extraídas de la historia de la joven, formaban parte de las carteleras
de espectáculos populares de variedades.
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El doctor Centeno
los pelos. ¡Pavoroso, inexplicable suceso! Probó en otros gatos, y en
todos ocurría lo mismo. Esto y la oscuridad de la casa infundíanle
mucho miedo… Se estuvo quieto en el durísimo asiento, hasta que
se le ocurrió, para distraerse, asomar el hocico por una ventanilla
que al patio daba. Nunca tal hiciera. Desde aquella ventana veíase
otra, situada más abajo y correspondiente al piso principal. En este
segundo hueco había claridad; pero ¡qué cosa tan horrible! Aquella
claridad dábanla unas velas verdes encendidas delante de un como
altarejo lleno de santicos y otras figurillas, las cuales eran sin duda
imágenes de diablos y criaturas infernales. También vio Felipe una
mesa llena de naipes y junto a ella una figura siniestra y horripilante, una mujer con mantón negro por la cabeza, haciendo arrumacos
y demostraciones con las manos.
Retiróse el muchacho asustadísimo de la ventana, diciendo para
sí: «Ésta ha de ser la casa del Demonio… Yo también, como los
gatos, debo de echar chispas». Se pasaba las manos por sus propios
hombros a ver si él también chispeaba; pero nada, frota que frotarás, no podía sacar de sí ni una sola centella. Por fortuna suya,
salió Miquis de la sala, y ambos se fueron a la calle. Doña Isabel
dio a Felipe, al despedirle, un puñado de cañamones tostados, que
él tomó con ánimo de tirarlos en cuanto salieran, como lo hizo,
murmurando:
–Aquí todo es brujería… por fuerza… Quieren que yo me coma
esto para que me vuelva pájaro…
Y le faltó tiempo para contar a su amo lo de las chispas gatunas y lo de las velas verdes. Miquis, al poner el pie en la calle,
como que descendió a la atmósfera real de la vida, dejando atrás
y arriba la quiromancia con sus mentirosos embolismos. Reíase a
carcajadas de los terrores de Felipe, al cual desde aquel momento
designó y consagró por sirviente, espolique o secretario, diciéndole:
–Pues no hay más que hablar, chiquillín. La cosa salió bien.
Eres mi criado. Yo necesito ahora de un ayuda de cámara, porque…
Sus ideas no estaban claras, y el correr de su mente era tan
veloz, que las ideas no tenían tiempo de esperar la expresión de los
labios. Se desvanecían al nacer, dejando tras sí otras y otras.
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III. Quiromancia
–¿Te parece que tomemos un coche? –preguntó a Felipe.
La imaginación de éste se encendió en pintorescas ilusiones al
pensar que iba a andar sobre ruedas. Tomaron el vehículo en la calle
de Tintoreros. Alejandro le dijo al cochero: «Por horas; las nueve
están dando»163. Y ambos se metieron dentro. El cochero preguntó:
«¿A dónde vamos?».
–¡Ah! –exclamó el estudiante– es verdad… A donde quieras…
No, no, a la calle del Rubio.
Al sentirse rodado, Felipe, que jamás se había visto en semejantes trotes, se reía como un bobo. Alejandro le miraba a él, y se
reía también. Felipe iba en la bigotera, asomado a la ventanilla.
Cuando pasaban junto a un farol, ambos se miraban y como que
se regocijaban más, contemplando respectivamente su dicha propia,
reflejada en el semblante del otro.
–¡Cuánta tienda! –observó Miquis, y empezó a cantar a gritos.
Alentado por el ejemplo, soltó también Felipe la voz infantil.
Cantaba lo único que sabía, el himno de Garibaldi, que dice: Si somos chiquititos164… La gente, al pasar el coche, se detenía a mi163
Coche por horas: el contexto del alquiler del coche por horas atrae unos
párrafos vertiginosos en los que un imaginario reloj marca implacablemente y en
tiempo real la velocidad con que Miquis se va desprendiendo del dinero recién
recibido.
164
Las frases que el narrador atribuye al himno de Garibaldi no corresponden
realmente a tal himno, sino tal vez –como me hace notar mi colega Laura Dolfi, a
quien agradezco la información– a una cancioncilla que los niños italianos comenzaron a cantar, acerca de las heridas soportadas por el guerrillero en 1862 en la sierra
del Aspromonte. Los versillos citados adquieren en el contexto un doble sentido
irónico pues en efecto, Miquis y su criado van a comportarse como dos niños. La
admiración por el revolucionario italiano fue inmensa en los sectores progresistas
españoles, y el cantar su himno, una manera de significarse p úblicamente. En una
viñeta del periódico satírico Gil Blas, por ejemplo, un personaje andaluz comenta
a otro: «Pues me han dicho a mí que a esos chicos los han metío prezos por cantá
el hirno de Garibaldi…» (Gil Blas, 3 de diciembre de 1864). No es de extrañar
que el diario liberal La Iberia narre las gestas del piamontés a la manera de una
apasionante novela en la que se describe cada avance territorial, se imaginan en
estilo directo las arengas del líder a sus soldados… En noviembre de 1862, La Iberia anuncia la venta de las Memorias de Garibaldi compuestas por Alejandro Dumas
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El doctor Centeno
rarles, pasmada de aquel extraño júbilo. Los cantos de Alejandro
eran en retumbante italiano de ópera: in mia mano al fin tu sei…
o cosa por el estilo165.
Pasaron por una casa de cambio. Miquis gritó al cochero que
parase, porque se le ocurrió cambiar al punto un billete. En su delirio
de acción, en su afán de realizar en breve término añejos deseos
y propósitos, no quería esperar al día siguiente para pagar ciertas
deudas enojosas. Cambió su billete en un momento, y Felipe, que
le aguardaba en el coche, vióle entrar con los bolsillos repletos de
duros y pesetas. Los billetes pequeños agregábalos al paquete de
los grandes. «Sigue, cochero». Eran las nueve y cuarto.
Aunque era domingo, muchas tiendas estaban abiertas. Pasaron
por una zapatería, cuyo iluminado escaparate contenía variedad de
padre. La simultaneidad de sus hazañas reales con la conversión en materia literariohistoriográfica es sorprendente. Como el personaje está vivo y bien vivo, resulta
obvio (y también muy interesante para la sociología de la literatura) el comentario
de la publicidad de La Iberia: «Esta obra, de tanta actualidad como recreo, no
está terminada por su autor. Lo publicado por él lo tienen ya nuestros lectores, y
la continuación la hallarán en los folletines de La Iberia, tan pronto como continúe
Dumas su interrumpida tarea».
165
In mia mano al fin tu sei: «por fin estás en mis manos», la exclamación
de Norma a Pollione (cuando por fin logra estar frente a frente con él, cercano ya
el final de la ópera), adquiere un valor de juego verbal, desplazada literalmente a
contextos en los que un personaje necesitado de dinero ve «en su mano» los ansiados
billetes. Es frase que Galdós utiliza otras veces, en contextos económicos semejantes. Por ejemplo, en Miau (cap. VI), la esposa del cesante, eufórica por el dinero
prestado por Carolina, resuelve por un día la alimentación familiar: «Enciende bien
la lumbre y pon agua en los pucheros –dijo a su hermana al salir, y se escabulló
fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta determinación, Abelarda y
Milagros, que conocían bien a la directora de la familia, se tranquilizaron respecto
al problema de subsistencias de aquel día, y se pusieron a cantar, la una en la cocina,
la otra desde su cuarto, el dúo de Norma: in mia mano al fin tu sei».
La de Bellini fue una ópera de especial éxito en Madrid, donde se representó –y
citamos sólo lo concerniente al Real– más de cien veces hasta 1876. Galdós realizó
la reseña de una representación de esta ópera en el teatro Rossini, para el periódico
La Nación el 16 de julio de 1865. En el periódico La Iberia, en el número del sábado
14 de febrero de 1863, vemos que se anuncia una representación de Norma en el
Teatro Real, a las 8.30 de la tarde. El precio anunciado de una entrada común de
caballero es de 30 reales, y 19 reales la entrada de señora.
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III. Quiromancia
calzado para ambos sexos. «Para, cochero –gritó Alejandro–. Y tú,
Felipe, baja. Te voy a comprar unas botas, porque me da vergüenza
de que te vea la gente con esas lanchas que tienes, que parece fue
ron de tu señor tatarabuelo».
Felipe bajó gozoso; entró en la tienda. Al poco rato volvió a
decir a su amo:
–Me he puesto unas… Pide cincuenta y seis reales.
–Toma el dinero, paga y ven al momento.
Al poco rato volvió a aparecer el gran Felipe muy bien calzado
y con las botas viejas en la mano.
–¿Qué hago con éstas?
–Tira eso, tíralas…
Felipe las tiró en medio de la calle, no sin cierto desconsuelo
porque las botas, aunque feas, todavía servían, y era él sujeto arreglado y aprovechador, que no gustaba de tirar cosa alguna.
–Adelante, cochero.
Felipe levantaba los pies del suelo, y se reía de verse tan majas
las extremidades inferiores. Eran las nueve y media.
–¡Cochero, cochero! –volvió a gritar Miquis.
Detúvose el vehículo a la entrada de la calle de la Montera,
y Alejandro, desde el ventanillo, llamó a un amigo a quien había
visto pasar.
–¡Arias, Arias!
El llamado Arias acudió, y ambos amigos dialogaron un instante, con entrecortado estilo, en la ventanilla.
MIQUIS.–¿Vas al café?
ARIAS.–Sí: ¿por qué no has ido a comer?
MIQUIS.–He tenido que hacer. Ya contaré.
ARIAS.–(con intuición) Tienes cara de contento… ¡Tú tienes
vil metal!… ¿A dónde vas ahora?
MIQUIS.–A casa del famoso Gobseck166. Quiero pagarle un
pico esta misma noche.
166
Gobseck: también en IV, iii, es el mote irónico para el usurero, comparado
con el mismo tipo creado por Balzac, y que da título a la novela homónima.
283
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El doctor Centeno
ARIAS.–(lleno de júbilo). Estás en fondos. Ni llovido, chico, ni
llovido me vendrías mejor. Si hicieras el favor de prestarme cuatro
duros… Tengo un compromiso.
MIQUIS.–(con efusión) Toma ocho… ¡Cochero, arre!
Eran las nueve y cuarenta.
Pasaron por una tienda de tabacos habanos… «Cochero…».
Miquis había pensado que no tenía tabaco, y que el habano es muchísimo mejor que el llamado vulgarmente estanquífero. Aunque
no se había acostumbrado a fumar puros sino rara vez, quiso proveerse de todo, y además adquirir tres o cuatro boquillas, porque
en verdad la absorción de la nicotina por los labios y lengua es una
cosa muy mala. Adelante. Eran las nueve y cincuenta.
–Calle del Rubio, 41. Subió Alejandro como una exhalación al
piso tercero, y bajó al poco rato un tanto desconsolado. El prestamista no estaba. La ilusión del pagar tiene también sus desengaños,
como la del recibir, y Miquis se entristeció de no poder abrumar al
usurero aquella noche con el bello espectáculo de su solvencia.
MIQUIS.–Cocherito, a mi casa.
COCHERO.–¿Y dónde es su casa de usted?
MIQUIS.–Es verdad… ¡qué tonto! No vaya usted a mi casa;
aún es temprano. ¿A dónde vamos, ilustrísimo Centeno?
Felipe, que se había vuelto un tanto taciturno a causa de la
grandísima necesidad que tenía, respondió con desenvoltura:
–A donde se coma.
–¿Pero tú tienes gana de comer? Yo no. Quisiera ir antes a
comprar unos libros.
–Si están las tiendas cerradas… ¡qué hombre éste!…
–Vamos a casa de Alonso Gómez… Auriga, Greda, 14.
Alonso Gómez era un acreedor de Miquis, estudiante y buen
amigo. Tuvo la suerte de encontrarle aquel excelente pagador, y después de darle veinte duros que le debía, le prestó encima otro tanto,
viniendo a ser inglés el que antes estaba bajo el nefando peso de
una deuda167. Eran las diez y diez.
167
Inglés: se utiliza aquí la acepción coloquial de acreedor, prestamista de dinero. Más adelante se incluirá como broma el eufemismo de británico en IV, iii. En
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III. Quiromancia
«Quiero desempeñar esta noche misma mi reloj –pensó Alejandro–. No puedo estar sin saber la hora. Automedonte, Montera,
18…168, ¡Ah!, no… tengo que ir antes a casa por la papeleta».
Y el coche siguió su laberíntico viaje por calles y callejuelas.
El bienaventurado manchego subió a su casa. De sus compañeros de
hospedaje, algunos estaban en el café, otros estudiaban. Cienfuegos
le salió al encuentro. Vióle exaltado y como delirante.
CIENFUEGOS.–Chico, acuéstate; tú no estás bueno.
MIQUIS.–(delirando) Tiíta… cañamones… horóscopo… papeleta… juros… coche abajo… reloj… buenas noches.
CIENFUEGOS.–Que no estás bueno, hombre… ¿Pero qué
hay? ¿Y aquello?
MIQUIS.–(más dueño de sus ideas) Todo a maravilla. ¿Y tú?
CIENFUEGOS.–(estrujando un libro) Yo desolado… Pensaba
vender mi esqueleto… calavera, ¡doce duros! Quiero decir el esqueleto que compré para estudiar… ¡Horror de los horrores! Doña
Virginia esta noche…
MIQUIS.–(impaciente, sin sosiego) ¿Qué?… ¿Se habrá atrevido…?
CIENFUEGOS.–(casi llorando) Me ha armado un escándalo…
delante de todos… Que si no le pago…
MIQUIS.–(echando fuego por los ojos) No te apures.
CIENFUEGOS.–(con el alma en un hilo) ¿Y tú podrás…?
MIQUIS.–(sacando con gallardía un puñado de rayos de oro
y otro puñado de hojas sobadas y mugrientas, que son las plumas
de los ángeles) Mira… cuatrocientos, quinientos, seiscientos… ¿Es
bastante?
el Novísimo Diccionario Festivo, de 1876, M. Osorio lo define así: «La calamidad/
más grande de nuestra edad/. Vulgarmente es un inglés/quien presta con interés./
Entre todos los reveses, /no hay como tener ingleses. /Muchos habrá en Inglaterra;
/pero aún hay más en mi tierra…».
168
Automedonte, auriga: un Miquis eufórico con la gran suma que ha recibido,
ennoblece su lenguaje evitando el corriente término cochero, al que sustituye por
la denominación mitológica griega y por el vocablo latino, en jerga estudiantil
verosímil.
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El doctor Centeno
CIENFUEGOS.–(a punto de desfallecer de emoción) Sí… ¡oh!
(Canturriando) Dell commendatore non é quella l’statua?
MIQUIS.–(echando música y luz y espíritu por todos los poros) Abur, abur… Bel raggio lusinghier…169
Recogida la papeleta, volvió al coche, y sin pérdida de tiempo
redimió su reloj cautivo. Cuando bajó con él al coche, eran las diez
y treinta y cinco. Encontró a Felipe desfallecido. El pobre muchacho le dijo con desmayado acento y mucha cortedad que él no po
día aguantar más, que si tenía su amo la bondad de darle real y
medio, se iría a cualquier taberna y se tomaría unas judías o media
ración de cocido.
–Ya verás, ya verás qué bien vas a comer hoy –le dijo su amo–.
Mayoral, a una fonda.
–¿A cuál?
–A la primera que encuentres… Ahí, en la calle del Carmen.
X
Llegaron, salieron del coche, pagaron, y viéraisles a los dos
en el cuartito estrecho, pero cómodo, de una fonda o restaurant170.
169
Dell commendatore non é quella l’statua? Bel raggio lusinghier…: Cienfuegos canturrea un fragmento del Don Giovanni de Mozart (de la escena XII del
Acto II, cuando don Juan cree haber visto la estatua del comendador), mientras que
Alejandro canta unos versos de la famosa aria de la escena IX del primer acto de
la Semiramide de Rossini: el «maravilloso rayo de esperanza» que canta Semíramis
cuando espera el regreso de su amado constituye un hermoso remanso en la obra,
y Miquis usa conscientemente estos versos llenos de alegría, en su caso por sus
expectativas económicas.
170
Fonda o restaurant: Galdós hace sinónimos el castizo término castellano y
el francés, tal como otros escritores y periodistas de su tiempo. El artículo de Larra
«La fonda nueva», que repasaba críticamente el atraso de las fondas de Madrid, aún
no se servía del término francés restaurant (Revista Española, nº 88, 23 de agosto
de 1833). No obstante, ya aparecía el galicismo en periódicos barceloneses, como
en El Constitucional, en artículo de 1 de octubre de 1837. En fechas cercanas a las
de la ambientación de nuestra novela, podemos mencionar una reseña del periódico
barcelonés El Lloyd español de 5 de mayo de 1865, donde se califica un estable-
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III. Quiromancia
Miquis, exaltado y como demente, Centeno, muerto de hambre y
al mismo tiempo encogidísimo de verse allí frente a aquel espejo,
bajo los mecheros de gas y en mesa para él tan rica y elegante.
Pidió Alejandro dos cubiertos de los más caros, y mientras preparaban el servicio, Felipe parecía que se iba hartando con la vista.
Algo había ya en la mesa a que hubiera echado mano, como las
ruedas de salchichón, los rabanitos, el pan y la mantequilla; pero
su respeto puso frenos al salvaje apetito que tenía, y no tocó nada
hasta que trajeron la sopa. Al pobre Doctor le parecía mentira que
había de venir la tal sopa, y cuando la vio llegar y tomó la primera
cucharada, pasóle lo que al héroe de Quevedo171, esto es, que hubo
de poner luminarias en el estómago para celebrar la entrada del
primer alimento que tras tan larga dieta apareciera. Y razón había
para ello, porque estaba con un triste pedazo de pan duro que había
tomado por la mañana.
Miquis no acertaba a comer; estaba impaciente, inquietísimo,
hablaba solo… A ratos miraba a su protegido, y se reía paternalmente de verle tan aplicado a la obra de reparar sus fuerzas. «Come,
hombre, come sin reparo. No te dé vergüenza de comer todo lo que
tengas gana, que harto has ayunado».
Felipe seguía estos saludables consejos al pie de la letra, y la
emprendió con todos los manjares que el mozo iba trayendo, sin perdonar ninguno. Aplacada su necesidad, quedóle tiempo a su espíritu
para maravillarse de todo, así de los gustosos platos como del servicio. Nunca había visto él mesa tan bien puesta y servida. Después
cimiento recién abierto como «fonda-restaurant», matizando que además de las
buenas comidas, el local cuenta con salones independientes, para el esparcimiento
de los comensales. En 1881, en La desheredada, Augusto Miquis ofrece a Isidora
invitarla a «uno de los buenos restaurants de Madrid» (Parte I, IV, iii).
171
En el capítulo III del Libro I de El Buscón, el avaro dómine Cabra de
Quevedo mantiene en duro pupilaje a los estudiantes. En el capítulo IV persisten
los comentarios de Pablos sobre el hambre, y cuando se repone junto a su amo en
casa del padre de éste, exclama al poder comer después de mucho tiempo: «Quién
podrá contar, a la primera almendrada y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad», texto al que el narrador alude
literalmente.
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El doctor Centeno
de observar la elegancia de todo, la transparencia de las copas, la
limpieza de las servilletas y manteles, la abundancia de golosinas,
la esplendidez de tanto y tanto plato de carne, sustanciosos y exquisitos, la claridad del gas que tales maravillas iluminaba; después
de observar esto, digo, y el primor de la habitación con su mullida
alfombra y su gran espejo, se echaba recelosas miradas a sí mismo,
y comparaba la riqueza del local y de la comida con su estampa
miserable. Su ropa… ¡vaya, que estaba a propósito para aquel lugar! Sin ser andrajosa, más era de mendigo que de caballero… Su
facha, sus manos… ¡Qué vergüenza! Por eso el mozo le miraba y
como que se burlaba de él… Otros mozos cuchicheaban en la puerta, como pasmados de ver allí semejante tipo. ¡Gracias que tenía
las grandes botas del siglo!…¡Ay, si don Pedro y don José Ido le
vieran en aquellas opulencias… delante de tanto plato fino, y bebiendo en aquellas copas, y comiendo todo lo que quería…! Cosas
había allí, no obstante, que no sabía cómo se habían de comer ni
para qué servían, por lo cual creyó prudente no tocarlas y afectar
que no tenía más gana. Lo que no perdonó fue el sorbete, golosina
que él ya conocía, aunque no había probado de ella más que porción muy mínima, cuando una señora, en el café de Zaragoza, le
dio a lamer la copa en que la había tomado.
¡Y ya, Jesús divino, no era sólo lamer la dulzura pegada a un
frío cristal, sino que se lo envasaba todo entero, desde el pico hasta
el fondo!; y no sólo devoraba el suyo, sino también el de su amo,
que, gozoso de ver tan hermoso apetito, le dijo: «Tómate también
el mío…». Luego pastas, dulces, frutas…
O aquello era sueño o ya no hay sueños en el mundo. Pero él,
sin entender de Calderón ni haberle oído mentar en su vida, decía
rústicamente y a su modo lo que significan las famosas palabras:
soñemos, alma, soñemos172. Interesante grupo formaban los dos, el
172
Soñemos, alma, soñemos: el verso corresponde a un parlamento de Segismundo en la apertura del Acto III de La vida es sueño, cuando ya se ha realizado
su proceso de desengaño. Los versos anteriores y posteriores parecerían aplicables
al engaño en que Miquis vive, y a cómo debería desengañarse, de igual modo: «…
que no quiero majestades/fingidas, pompas no quiero./Fantásticas ilusiones/que al
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PORTADA
ÍNDICE
III. Quiromancia
uno come que come, y el otro piensa que piensa, soñando de otra
manera que Felipe y viviendo anticipadamente la vida de los días
sucesivos; lanzando su espíritu al porvenir, sus sentidos a las emo
ciones esperadas, empeñando su voluntad en grandes lides y altísimos propósitos. Ideales de arte y gloria, pruritos de goces, ahora
sublimes, ahora sensuales, caldeaban su mente. Parecíale pesado
y cojo el tiempo, que no traía pronto aquellos mañanas que él,
por poder de su fantasía, estaba ya gozando y viviendo antes de
que llegaran. Para no esperar más, aquella misma noche había de
procurarse emociones y dulzuras, de las que tan hambrienta estaba
su alma.
Felipe, regocijado al ver su inexplicable suerte, decía: «Ya me
vino Dios a ver», pero no acertaba a figurarse lo que detrás de
aquel espléndido cambio vendría. Como que apenas conocía a su
amo, y aún no las tenía todas consigo respecto al acomodo que le
ofreciera. Alejandro, soñador de empuje y que en todas las ocasiones iba más allá de la realidad presente, no veía con vaguedad el
porvenir; veíalo claro y distinto, cual hermosísimo paisaje alum
brado por el más puro sol. Todo se presentaba a sus despabilados
ojos con fortísimas tintas y limpios contornos: la gloria artística, el
triunfo del más atrevido de los dramas, dichosos lances de amor y
fortuna, degustación de placeres desconocidos, poesía y realidad,
todo lo veía vivo, corpóreo, de carne, de sangre y de hueso, encarnado en seres humanos, con voz y figura que él plasmaba en su
imaginación creadora.
En los capítulos siguientes veremos las hazañas de estos dos
niños. En vez de un héroe ya tenemos dos.
FIN DEL TOMO PRIMERO
soplo menos ligero/del aura han de deshacerse (…) Dices bien, anuncio fue;/y caso
que fuese cierto,/pues que la vida es tan corta,/soñemos, alma, soñemos/otra vez;
pero ha de ser/con atención y consejo/de que hemos de despertar/deste gusto al
mejor tiempo;/que llevándolo sabido,/será el desengaño menos…».
289
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Parte II
PORTADA
ÍNDICE
PORTADA
ÍNDICE
IV
En aquella casa
I
Acuérdate, lectorcillo, de cuando tú y yo y otras personas de
cuenta vivíamos en casa de doña Virginia, y considera cómo el rodar
de los tiempos, dando la vuelta de veinte años, ha cambiado cosas
y personas. La casa ya no existe; doña Virginia y su marido, o lo
que fuera, Dios sabe dónde andan. Ni les he vuelto a ver ni tengo
ganas de encontrármelos por ahí. Aquellos guapos chicos, aquellos
otros señores de diversa condición, que allí vimos entrar, permanecer y salir, en un período de dos años, ¿qué se hicieron? ¿Qué fue
de tanto bullicioso estudiante, qué de tan variada gente?173
En la marejada de estos veinte años, muchos se han ido al
fondo, ahogados en el olvido o muertos de veras. Los pocos que
sobrenadan son: Zalamero, que ha llegado a ser ministro, cosa que
entonces nos habría parecido inconcebible; Poleró, que estudiaba
173
Se abre esta parte con un ubi sunt paródico que subraya el lapso temporal de
veinte años entre el tiempo del relato de la Parte I (1863) y el tiempo de la narración
y escritura de la novela (1883), lo que aproxima el relato al género de las Memorias.
Con este procedimiento, el narrador se incorpora ocasionalmente como personaje
del mundo diegético que ha venido mostrando en la Parte I, y también al lector, a
quien ficcionaliza como si hubiese formado parte del mundo estudiantil evocado. Las
dos partes de la novela, y la digresión sobre los 20 años transcurridos, aparecerán
de modo semejante en Tormento, donde el narrador reflexiona sobre el contraste
entre la sociedad del periodo prerrevolucionario y la de 1884, en el capítulo IV de
la novela.
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El doctor Centeno
para Caminos y después pasó a la Armada, en la que ocupa excelente puesto; Arias Ortiz, que es hoy Ingeniero jefe de una gran em
presa minera, y tiene canas y cuatro hijos, de los cuales uno es nada
menos que bachiller; Cienfuegos, que es médico de un pueblo… En
cambio, el pobre Sánchez de Guevara, que estudiaba Estado Mayor,
pereció, siendo comandante del cuerpo, en las calles de Valencia,
combatiendo una sublevación. Pues y el bendito Miquis, ¿qué se
hizo?… ¿y el Señor de los prismas, de misteriosa condición y oficio
no comprendido?… ¿y el infelicísimo eautepistológrafos?… ¿y el
sesudo don Basilio Andrés de la Caña a quien nunca humanos ojos
vieron en otro estado que en el de la formalidad y seriedad más
imponentes?… Estos y otros que no nombro, ¿do están?, ¿viven?,
¿se salvaron o se sumergieron para siempre?
Detente, memoria, deja a un lado las tristezas y prueba a referir lo pasado y pintar el teatro de tan grandes sucesos y notables
personas, sin interrumpir tu narración con ayes lastimeros. Procura
reproducir, si para ello tienes poder bastante, aquel largo pasillo,
con tres vueltas, parecido a una conciencia llena de malicias y
traiciones, aquella estera rota, tan peligrosa para el que andaba un
poco de prisa, aquellos cuartos que al angosto pasillo se abrían,
aquella sala y gabinete donde se aposentaban los huéspedes de
campanillas, aquel olor de fritanga que desde la cocina se esparcía
por toda la casa saliendo hasta la escalera para dar el quién vive a
todo el que entraba.
Repite, memoria, la persona y hermosura de la gallarda Virginia, ama de tal cotarro; ayúdate, si es posible, de algún histórico
papel para que puedas decir ahora qué casta de pájaro era la tal, de
dónde había venido, por qué andaba en aquellos trotes hospederiles,
y en fin, cuál era su verdadero estado… No olvides a aquel señor,
marido suyo, o cosa así, pintor de heráldica, holgazán de profesión
todos los días, y los más de ellos consumado borracho, a quien
llamábamos Alberique, sin más nombre de pila; ten presente aquel
perro humilde que no ladraba nunca y que, a la hora de comer, iba
de cuarto en cuarto avisando a los huéspedes, animal comedido,
modesto y meditabundo, a quien llamaban, no sé por qué, Julián
de Capadocia.
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IV. En aquella casa
De los antecedentes de Virginia, nada debemos decir. Todo
es oscuridad en esta parte de la historia patria, y las distintas versiones que corrían en lenguas de los estudiantes no tienen la suficiente autoridad para ser estampadas como verdades inconcusas.
Algún atrevido sostenía haberla visto, años atrás, en tratos peores
que los de Argel174; pero ¿con qué pruebas corrobora esta declaración impertinente? Con ninguna. Mucho cuidado con las indiscre
ciones en lo que atañe a la buena fama de las personas; y antes se
ha de romper la pluma que usarla para llevar al papel versiones
maliciosas, no depuradas por una crítica severísima. Sobre que era
guapetona, no cabe vacilación. Y más lo fuera si el constante trabajar y lo mal que vestía no disimularan un tanto su belleza. Repre
sentaba más de treinta años y tenía el cutis blanquísimo, los dientes
perfectos, el seno alto, el pelo negro, el genio irascible y pronto,
las manos perdidas del trabajo, el habla dulce y castellana fina, el
corazón ya duro ya fundente, según las circunstancias, la voluntad
fuerte y activa. No se explicaba su unión con aquel tagarote de
Alberique que se pasaba la vida en el comedor, delante de una
chica o grande de Baviera175, leyendo papeles políticos, y que, las
rarísimas veces que trabajaba, más era tormento que alivio de su
mujer, porque no se le podía sufrir y estaba todo el día riñendo con
la criada, con Julián de Capadocia, con los huéspedes. Y todo, ¿por
qué? Porque le echaban a perder sus trabajos, porque le ensuciaban las vitelas, porque le habían perdido el rojo, porque le habían
quitado el vaso de agua. Hombre más inaguantable no ha existido
en el mundo. Siempre con su gorro turco o fez, la negra pipa en
la boca, pletórico, harto y un poco asmático, parecía la imagen del
sensualismo y de la brutalidad. Se pasaba el día enredando, haciendo y deshaciendo, echando pestes y pintando aquellas monerías
174
Tratos de Argel: juega el narrador con el título de la comedia de Cervantes
Los tratos de Argel, basada en el episodio autobiográfico de su prisión de cinco
años en Argel, atrapado por la flota turca. Dada la relación de la patrona con el
moro Alberique, la broma del narrador es completa.
175
Chica o grande de Baviera: el eufemismo nos indica que Alberique es
aficionado a la cerveza, la cual bebe en jarras de distintas medidas. Más adelante,
en iv, sabremos que el hombre envía a Felipe a comprar tinta china y cerveza.
295
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El doctor Centeno
insustanciales y desabridas de la heráldica. Por aquí cuartelillos, por
allá animalejos. Sus trabajos no se acababan nunca. Su taller era
la mesa del comedor, y cuando, llegada la noche, había necesidad
de quitar los chismes pictóricos para poner los manteles, tenía que
oír… Todo era echar maldiciones y decir a cada instante su interjección favorita: ¡Verbo!… Allí, ¡verbo!, no entendían trabajos tan
delicados. El señor de Alberique, ¡verbo!, se marcharía de la casa
y se iría a donde supieran apreciar el mérito de los artistas. Era
de tierras de Levante, un morazo, un cartaginés o sabe Dios qué,
resultado de la mescolanza de razas africanas, o de la degeneración
arábiga176. Tenía facha berberisca, y no le faltaba más que el alquicel177 para estar con toda propiedad. Eran sus facciones bastas, su
color retinto, su fuerza muscular cual la de un caballo, su ánimo
cobarde, como no fuera para echar maldiciones. Y sin embargo,
las manos de aquel bárbaro tenían delicadeza y pulso para hacer
miniaturas y pequeñeces que se debían mirar con microscopio. El
oso es un animal hábil.
II
Puesta la mesa y llegada la hora, iban entrando los huéspedes
y cada cual ocupaba su sitio. Hubo temporada en que se reunieron
veinte, la mayor parte jóvenes. Siempre había tres o cuatro señores
graves que daban respetabilidad a la mesa y a la casa. Entre los
jóvenes distinguíanse los estudiantes, y no faltaba algún empleado
o pretendiente. De los señores que se denominaban fijos, merece
principal mención uno que habitaba la casa desde que la estableciera doña Virginia. Su fijeza era ya proverbial, su persona y circuns
tancias dignas de estudio. Había sin duda misterio en aquel señor
tan circunspecto y prudente, que nunca decía esta boca es mía, se176
El retrato de Alberique es una descripción relacionada con la iconografía
del tipo árabe frecuente en semanarios ilustrados o pintorescos.
177
El alquicel es la capa de lana blanca, vestidura prototípica en los grabados
del tipo del árabe.
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IV. En aquella casa
quito, canoso, correcto y urbano. No molestaba a nadie y se pasaba
la vida en su cuarto escribiendo y leyendo cartas; no salía jamás
como no fuera para ir al correo, ni recibía más visitas que la de
un cierto sujeto, apoderado de la familia, que venía una vez al mes
a pagar el hospedaje y a enterarse de sus necesidades. Se llamaba
don Jesús Delgado, y cuando decían «a comer» era el primero que
franqueaba la puerta del comedor, y se paseaba un rato esperando
a que vinieran los demás. Rara vez se le oía el metal de voz, y
cuando éste sonaba era para preguntar a la criada o a Virginia si
había venido el cartero.
Contrastaba con este señor, en lenguaje y modales, un don Leopoldo Montes, andaluz, medio empleado y medio pretendiente, medio literato, medio propietario, medio agradable y medio antipático,
hombre que de todo hacía un poco y de todo nada, que a veces parecía acomodado, a veces más pobre que las ratas, fachendoso, verboso, ampuloso, y que, por contera de su huero carácter, tenía la
f laqueza de suponerse amigo de cuantos personajes crió Dios. También observábamos en la vida de don Leopoldo algo de misterio,
porque no se le conocía empleo, y sin embargo solía decir: «Hoy,
al salir de la oficina…» y otras cosas que ponían en grande confusión a los que le escuchábamos. A éste le llamaban el Señor de los
prismas, porque en su lenguaje petulante, hablando de cuanto hay
que hablar, usaba de continuo la frase: «Mirando tal o cual cosa
bajo el prisma»178. En toda discusión política de las que un día y
otro se trababan en la mesa, salían a relucir tantos prismas, que a
poco más se vuelven prismáticos la mesa y los huéspedes.
Merece otro lugar aquí don Basilio Andrés de la Caña, persona
mayor, de suma importancia, de un peso tal que se podría creer
178
Bajo el prisma: en muchos de los repertorios de fórmulas y frases hechas que
Galdós atribuye a sus personajes, aparece esta muletilla, de la que abusa Leopoldo
Montes con pretensiones de elegancia. Leona, mujer ignorante que tiene la intención de
ascender, explica en De Cartago a Sagunto cómo se esfuerza en adquirir esas fórmulas –algunas vinculadas a la oratoria parlamentaria– que para muchos eran signo de
distinción: «Ya sé decir: a tontas y a locas, de lo lindo, en igualdad de circunstancias,
partiendo del principio, permítame usted que le diga, mejorando lo presente, tengo
la evidencia, seamos imparciales, bajo el prisma, bajo la base…» (cap. II).
297
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El doctor Centeno
que a todos les hacía favor en estar allí y que, por descuido de la
fortuna, no se sentaba en la poltrona de un ministerio. Lo que decía
en las disputas de la mesa, considerábalo él mismo como la cifra y
resumen de la sabiduría, y no debía ser puesto en duda. Era hombre
de edad y sin familia o apartado de ella, redactor de un periódico
en la parte más difícil y áspera de cuanto contiene la prensa, que es
el ramo de Hacienda. Para atar cabos, conviene decir que este señor
era el mismo a quien Felipe Centeno había visto por la ventana de
la redacción, admirándole como un ser superior, comprensivo de
toda la humana ciencia. Era el mismo que en la memorable noche
de febrero, cuando Alejandro Miquis trajo a Felipe a su casa y le
dio ropas y comida, había pronunciado las palabras aquellas sentenciosas y solemnísimas, que no sé si recordarán los que esto han
leído: «Concluirá en San Bernardino»179.
Había otros de fisonomía moral y física menos caracterizada180
y que además no tenían residencia constante en la casa. Un sujeto,
que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete sólo
por temporadas, pues su residencia habitual era Illescas. Había dos
propietarios de la Alcarria que venían alternativamente a negocios
y se alojaban en la sala; y además otros que se han desvanecido
179
El narrador recuerda, aunque no literalmente, la campanuda frase que cerraba
el capítulo I («Acabará en San Bernardino»), si bien en ese lugar sólo conocíamos
una voz que la promulgaba como una sentencia. Ahora se retoma ese lapso informativo, y se identifica al autor de la sentencia, el pomposo don Basilio Andrés de
la Caña.
180
Fisonomía moral y física: aunque en la actualidad resulta extraño el adjetivo
«moral» aplicado a fisonomía, a mediados del s. XIX la disciplina llamada Fisono
mía –que servía para analizar el comportamiento de las personas, en cooperación
con materias como la fisiognomía, frenología y fisiología– amplió sus usos. Con un
sentido figurado se aplicaba al análisis de una sociedad concreta, como lo prueban
las llamadas «fisonomías sociales» aparecidas en la prensa romántica. La Editorial
Renacimiento decidió titular Fisonomías sociales el primer volumen de «Obras
inéditas» de Galdós que el argentino Alberto Ghiraldo recopiló con recortes, sobre
todo, de textos periodísticos del autor en La Prensa de Buenos Aires, que saldría a
la imprenta póstumamente. El artículo de costumbres «El jugador», publicado por
Leopoldo Augusto de Cueto en Los españoles pintados por sí mismos se abría con
este comentario: «Entre los caracteres determinados que constituyen la fisonomía
de las naciones, hay algunos que son en el fondo comunes a todas ellas».
298
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IV. En aquella casa
en la memoria, y si quisiéramos traerlos aquí ocuparían término
muy lejano en esta galería de verdad, presidida por la excelsa doña
Virginia, teniendo a sus pies la modesta imagen canina de Julián
de Capadocia181.
Vamos ahora con la juventud que daba carácter, ruido, alegría
y ser y espíritu a la casa. Entre estos descollaba Zalamero, ofre
ciendo la singularidad de ser un estudiante ordenadísimo, puntual
181
Nótese la visión iconográfica –escultórica o más bien pictórica– de grupo
con perro a los pies, explícita incluso en la terminología de la «perspectiva caballera»
y el juego de planos con que podría contemplarse la representación plástica de las
figuras. La galería de personajes permite traer a este contexto figuras recurrentes
como las de don Leopoldo Montes, don Basilio Andrés de la Caña, Zalamero, etc.,
que formarán parte de otros círculos de amigos en las siguientes novelas de la serie
contemporánea. En Miau, Montes disfruta de un trabajo burocrático en Hacienda,
aunque dedica su tiempo a escamotear sus deberes, lo que exaspera al pobre cesante Villaamil. Persiste en su estilo ostentoso, del que opina el cesante: «Se da
una importancia, que ni el Ministro…» (cap. I). La desesperación del protagonista
de Miau va en aumento, al leer en La Correspondencia un ascenso de Montes y
un Real Decreto que nombra a Don Basilio Andrés de la Caña Jefe Superior de la
Administración (cap. IV). A Zalamero lo reencontramos en Fortunata y Jacinta,
«juicioso y circunspecto como pocos», según el narrador, asistiendo a las tertulias
del Café Suizo (Parte III, IV, viii), y participante del círculo de amigos íntimos de
Juanito Santa Cruz desde sus tiempos de estudiante, al igual que Joaquinito Pez,
Villalonga y el Alejandro Miquis de nuestra novela. En el presente del relato de
Fortunata y Jacinta, Zalamero tiene veintisiete años, es ya diputado y Subsecretario
de Gobernación, y Barbarita lo pone como ejemplo a su hijo (Parte I, IV, i).
Todos ellos, que siguen disfrutando de su amistad una década después, intervinieron en los hechos de la revuelta universitaria de la Noche de San Daniel, «…a
excepción de Miquis, que se murió en el 64, soñando con la gloria de Schiller…»,
afirma el narrador en Parte I, capítulo I, i. Puede comprobarse cómo Galdós refuerza
con estas recurrencias la impresión de un mundo madrileño real y autónomo, en el
que miles de personas-personajes se conocen y entablan entre ellos las mismas relaciones que vinculan a los seres humanos en la vida real. Como advierte S. Gilman,
los personajes galdosianos que reaparecen –al igual que los de la Comedia humana
de Balzac– fortalecen nuestra creencia en la realidad autónoma de las novelas, de
tal modo que «el encuentro del lector con vidas ya conocidas puede compararse con
el alivio que siente uno al encontrar alguna cara familiar al entrar en una reunión
numerosa». A juicio del eminente crítico, el grupo de amigos antes mencionado
es comparable al de los jóvenes dandies parisienses que, procedentes de novelas
anteriores de Balzac, reaparecen en el baile de la ópera al inicio de Esplendores y
miserias de una cortesana (Gilman: 135).
299
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El doctor Centeno
en todo, lo mismo en asistir a clase que en pagar su hospedaje. Estudiaba Leyes, y sólo con su asistencia se ganaba las notas de sobresaliente que era un primor. Su cuarto era el más arreglado de
la casa. Tenía la ropa muy bien cepillada, muy bien distribuida en
perchas o cajones de cómoda; no conocía deudas, iba a misa los
domingos, no alborotaba, no entraba tarde, ni se estaba las mañanas
durmiendo, como tantos gandules. Observad ahora las pasmosas
armonías que hay en la Naturaleza humana. Era Zalamero un buen
mozo, de facciones bonitas y correctas, rubio, con el pelo ensortijado, dividido en dos desde el occipucio a la frente por una raya
que parecía pintada. Tenía barbita dorada rubia, muy mona. En su
hablar era el mismo comedimiento.
Sánchez de Guevara, el de Estado Mayor, era bastante parecido a Miquis en el carácter pronto y revuelto, pero más desorde
nado aún que el joven manchego. El cuarto del cadete tenía que ver.
Por el suelo yacía el uniforme abrazado con la toalla. Se acostaba a
dormir, en las noches de invierno, con el ros puesto, y después de
leer un rato en la cama, apagaba la luz con la espada. Era guapo
chico, muy pundonoroso; se pasaba las noches en vela, engolfado
en las matemáticas, haciendo funcionar a muy alta presión esa ener
gía intelectual y volitiva que los alumnos de estas carreras difíciles
han llamado potencia empollatriz182.
Poleró, catalán tan castellanizado que apenas se le notaba el
acento, era también bravo joven, estudiante de Caminos, con poca
afición a la carrera; de buena figura, atlético, estudioso por pundonor más que por gusto. Se distraía mucho del estudio, porque se
pasaba las horas muertas en los cuartos de sus compañeros charlando de teatros, chicas, política y música. En la mesa se divertía
buscando camorra al de los prismas, y tomándole las vueltas para
que se enredase en sus propios embustes. Se burlaba con frecuencia de don Basilio Andrés de la Caña, haciéndole creer que todos
respetaban su opinión y que le conceptuaban hombre de gran seso,
182
Potencia empollatriz: la expresión de la jerga estudiantil es parodia de ter
minología científica (como fuerza motriz, por ejemplo), por lo que actúa como un
burlón eufemismo ennoblecedor para el hecho de aprender memorísticamente.
300
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IV. En aquella casa
cuando en realidad le tenían por el mayor majadero del mundo. Era
agresivo, pendenciero; gustaba de llevar la contraria, y si, por ejemplo, se hacía en la mesa política progresista, que era lo más común,
salía él, como un rehilete, defendiendo el espadón de Narváez. Si
por el contrario, alguien abominaba de la revolución, ya le tenían
ustedes sacando a relucir las famosas llagas y el padre Claret o Cla
rinete, que eran la comidilla más salada y gustosa de aquellos días183.
Espíritu activo, indagador, controversista, Poleró estaba destinado a
ser hombre de provecho, como en efecto lo ha sido.
183
Se reflejan las apasionadas discusiones políticas de los años previos a la
Revolución del 68, con las controvertidas figuras del general Narváez, el Padre
Claret y Sor Patrocinio, La Monja de las Llagas. El barcelonés Antonio Claret, que
llegó a ser nombrado arzobispo de Cuba, adquirió gran fama como predicador, y
en 1857 fue elegido por Isabel II como su confesor. Su creciente influencia sobre
la reina le granjeó enemistades furiosas de quienes juzgaban que aprovechaba su
posición para intervenir en asuntos de gobierno. De sus libros religiosos El Ramillete
y Llave de oro aparecieron parodias anónimas, de carácter obsceno, nueva muestra
de la imagen polémica de su persona. Junto a la monja Sor Patrocinio –abadesa del
Convento de San Pascual, conocida como La Monja de las Llagas por las heridas
que al parecer salían en sus manos– creó un grupo muy influyente que el pueblo
llamó «la camarilla». El general O’Donnell temía enfrentarse a tan poderoso grupo
en el entorno del palacio. La prensa satírica no dudó en reflejar la voz popular
contraria a la camarilla. Por ejemplo, leemos estas rimas en Gil Blas: «General,
esto va mal; /la monja sigue en su asilo, /como Claret y Cirilo…/¿Y qué hace Ud.,
general? / ¡osté no es ná, /ná, general, / osté no es chicha ni liberal!» (1 de julio de
1865, p. 4).
Diversos Episodios Nacionales de la cuarta serie desarrollan ampliamente este
contexto, en el marco histórico comprendido entre 1850 y 1854: en Los duendes de
la camarilla, por ejemplo, la monja exclaustrada Domiciana narra a Lucila Ansúrez
sus recuerdos de la convivencia con Sor Patrocinio en el convento: primeros milagros
de la fingida santa, supercherías, supuestas visitas nocturnas de un fraile disfrazado
de diablo, proceso a la monja para verificar el origen de sus llagas… (cfr. sobre
todo los caps. VI y VII). En el Episodio Narváez, de 1902, se impone el punto de
vista sarcástico del narrador José Fajardo, que forma parte del círculo cercano al
general, popularmente motejado «el espadón de Loja» por su origen andaluz. Fajardo
refleja el habla castiza de Narváez, y se sirve él mismo de los símiles taurinos del
general. Por ejemplo, explica cómo se restableció la autoridad del general frente al
prevalimiento de Sor Patrocinio y el efímero Ministerio Relámpago: según él, quedó
«restablecida la íntegra cuadrilla del diestro de Loja» (cap. XXX).
Comidilla sabrosa juega nuevamente con la frase hecha «ser la comidilla de …»,
relacionada con los comentarios chismográficos sobre un asunto.
301
PORTADA
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El doctor Centeno
Arias Ortiz, alumno de Minas, era un andaluz serio (ave rara),
apasionado de su carrera y de la metalurgia, mas con cierto desorden
y falta de método en aquella cabeza, que felizmente han ido desapare
ciendo más tarde. Le faltaba una rueda, como suele decirse; mas el
tiempo y el estudio han completado la máquina de su cerebro, y hoy
no tiene más desvarío que el inocente de cultivar la música en sus
ratos perdidos, que son pocos. Por las noches compone polkas y toca
el piano, como recurso contra la soledad en que vive. Era en a quellos
tiempos tan enfermizo, que se retrasaba en sus estudios más de lo
que él quisiera; pero ahora, con los aires de Barruelo184, con el polvo,
el humo y con las polkas se ha fortalecido tanto, que da gusto verle.
A Cienfuegos ya le conocemos. Era hijo de viuda, y seguía la
carrera de médico con grandes escaseces y humillaciones. Lo que
el infeliz padecía y la hiel que tragaba por esta nefanda ley de relación entre las necesidades y el dinero, no se puede contar brevemente. A veces parecía que desmayaba, y hacía propósito de ahorcar
los libros y ponerse a cavar en Barajas de Melo, su patria; pero secreta energía le aguijaba y volvía al remo del estudio, despreciando
obstáculos y arrostrando los vejámenes de la pobreza con ánimo
estoico. Llegó a adquirir con esto cierta rudeza glacial que algunos
tomaban por cinismo. Su sereno desprecio de ciertas conveniencias
era más bien como una actitud de defensa contra la desgracia, o
bien el egoísmo del combatiente que en nada repara para evitar un
golpe. No condenemos a este gladiador de la vida sin admirar antes
su fortaleza y sufrimiento, y aquella calma solapada tras la cual se
escondía pasmosa agilidad de espíritu.
III
Sentados a la mesa, cual hemos dicho, los quince o más huéspedes, y servida aquella sopa de arroz, siempre tan igual a sí propia,
184
Aires de Barruelo: los aires de esta localidad de la comarca de la Montaña
Palentina –de considerable altura y clima frío y seco– son vistos como un saludable
reconstituyente que fortaleció al personaje.
302
PORTADA
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IV. En aquella casa
que la de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal
como se ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría, en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas
épocas históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y
en ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en
las conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa
para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación. No
se ponen puertas al campo ni mordazas a la malicia humana. La
opinión tiene muchas bocas a cuál más fieras. Cuando se le tapa la
del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera hiere,
con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras
espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se
les permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban
la atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar
y defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios
se cuenta que, habiendo sabido defenderse de terribles discursos y
escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.
¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor Virgiñesco?185
¡Ay, Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede inédita
esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán aquí a relucir.
Él recordaba perfectamente haber oído a su amo esta frase provocativa:
–O la Señora los llama, o esto se lo lleva el Demonio… Yo lo
digo muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda?
Veamos: O’Donnell…186
185
Virgiñesco: el adjetivo «(analógico de adjetivos como «principesco»), se hace
eco de las pretensiones de la dueña de la fonda, con la misma intención irónica del
adjetivo patronil en comentario del narrador en IV, ix: «Virginia entró con altiva
arrogancia patronil…». También en La de Bringas, los pujos aristocráticos de la
familia Pipaón aparecen implícitos en el adjetivo pipaónica del que se sirve el
narrador a propósito del «frondoso árbol pipaónico» (cap. XIII).
186
Galdós presenta de nuevo las conversaciones y discusiones como lucha ora
toria. En ésta, con ridícula desproporción y espíritu imitativo, se emplean algunas
303
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–O’Donnell es un pillo.
–¿Pues y Narváez? Hombre de Dios…
–Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas las cosas bajo el prisma democrático… No, no es eso.
–¿A mí qué me viene usted con historias…?
–Permítanme ustedes, señores…
–Dejemos a un lado la vida privada. Yo sostengo que…
–Permítame usted… pero permítanme ustedes…
El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para
dejar oír su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña,
la voz más autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le
dejaban hablar…
–Silencio, que va a hablar don Basilio.
–Permítanme ustedes, señores…
–Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va a Palacio. A
O’Donnell le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión…
–Historias… ¿A mí qué me viene usted con cuentos…? Esas
son pamplinas.
–Verdad, pero si se cae de su peso…
–Permítanme…
–¡Silencio!
–Yo, francamente, no lo veo así… Qué quiere usted… Seré
torpe. Siempre miro las cosas bajo el prisma de la lógica.
–Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que
va a la revolución.
–Al pesebre.
–Al presupuesto… Pero óigame usted… Así no se puede discutir.
–Permítanme ustedes, señores…
–Si tergiversamos las cuestiones…
fórmulas habituales en el lenguaje político y parlamentario («Permítanme ustedes,
señores», «Si tergiversamos las cuestiones…»), y los contendientes se interrumpen
de continuo.
304
PORTADA
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IV. En aquella casa
–Permítanme…
Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió a
un lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades, tanto
hizo aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron187.
Silencio imponente.
–Están ustedes fuera de la cuestión –dijo con reposado lenguaje–. Se ocupan aquí de si la situación tiene esta o la otra herida, cuando está comida por un cáncer interior que la devorará
antes de que la maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cán
cer?188
Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando
garbanzos.
–Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica, ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el déficit…
Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con los
números no se juega. Para los conflictos de números no tienen
solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte
a los chismes y por otra a las conspiraciones, no se ocupa de esto.
Los que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos
que el mal es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene
remedio.
187
En ademán neptuniano de aplacar tempestades… emergiera su persona
lidad en el proceloso mar de las disputas: el apellido de la Caña sirve a Galdós
–también en Miau– para redondear juegos verbales relacionados con el mar, el río
o la pesca. En esta ocasión, la pragmática de la situación oratoria (gesto, énfasis,
dicción) se presenta de forma metafórica con símiles marinos, en un párrafo de
juego verbal en línea con las frecuentes remotivaciones lúdicas de los nombres
propios en el siglo XVII. Al mismo tiempo, las actitudes grandiosas del orador
quedan ridiculizadas, máxime cuando el silencio en el que van a resonar sus frases
sólo es roto, prosaicamente, por «el ruido de los tenedores picando garbanzos», en
divertido contraste con el pasaje de la Eneida en el que Neptuno amonesta a los
vientos, que mencionamos en nota 64.
188
La terminología figurada del cáncer, de la que abusa don Basilio en sus
párrafos anafóricos, fue muy frecuente luego en la retórica regeneracionista para
señalar las enfermedades del país. He tratado este asunto en «Galdós y el Regeneracionismo», 2001.
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PORTADA
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El doctor Centeno
Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de
su marido para poder reír a sus anchas. Cáusale más risa que el
discurso de don Basilio la seriedad con que le oye Poleró.
–El déficit, señores, sube ya a la aterradora cifra de ochenta
y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro,
presentando las cosas…
–Bajo un falso prisma…
–Permítanme ustedes… A esto hay que añadir la deuda del
Tesoro… los compromisos que va a traer la última operación con
la casa Laffitte, las resultas del empréstito Mirés189…
–La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de
eso… –dijo Arias interpretando el cansancio de algunos–. En lo
que usted cuenta habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico…
–Permítame usted…
–Tiene razón don Basilio –gritó Poleró, saliendo a su defensa
y enredando la cuestión a ver si se sulfuraba el hacendista, que era
el paso más cómico que podían desear–. Así no se puede discutir.
Los que conocen bien la Hacienda…
–Eso es música.
–Por Dios, Caña, no nos hable usted de esas cuestiones…
–Para ustedes, lo que no sea traer y llevar a Sor Patrocinio y
a… Que les aproveche.
–No es eso, no es eso.
–Cállate, Poleró.
189
La subida del déficit. La casa Laffitte, las resultas del empréstito Mirés:
para obtener liquidez, el gobierno se embarcó en arriesgadas operaciones de deuda
externa, solicitando préstamos a la francesa Banque Laffitte, una de las más importantes de Europa, que desde su fundación en 1806, alcanzó cifras astronómicas
de beneficio, financiando a gobiernos y altas instituciones. El préstamo que el muy
controvertido banquero judío Mirés había hecho al gobierno español en 1857, trajo
como consecuencia el pago de elevadísimos intereses, en la contemporaneidad
histórica de nuestros personajes. El déficit se convierte en la obsesión de diversos
arbitristas galdosianos, que escriben sus memoriales al Ministerio de Hacienda con
la voluntad de aportar soluciones al problema económico, como Villaamil en Miau,
o el don Basilio de nuestra novela.
306
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IV. En aquella casa
–Cállate tú, Cienfuegos.
–Dejar hablar, hombre, dejar hablar. Cuando vuelva Narváez…
–Si no ha de volver…
–Lo dijiste tú… Nada, estos señores, después que han planteado
su fórmula de todo o nada…
–No se les puede sufrir.
–Permítanme ustedes, señores…
–Y sobre todo, ¿de qué se trata?
–A mí no me embaucan esos señores con tanto discurso, con
su retraimiento estúpido…
–Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña
en…
–¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.
–Poleró, que le va a hacer a usted daño la comida…
Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con
énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Van a hacer otro
empréstito…». Oyendo lo cual, el eximio Necker190 se llevaba las
manos a la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruina… ¡Pobre país!…
Yo lo digo todos los días; no me canso de predicar… Pero no hacen
caso… Al freír será el reír».
Y al de los prismas le decían siempre: «A ver, don Leopoldo,
¿a que no cuenta dónde ha estado usted hoy?… ¿Cuántas conquistas
lleva esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa o qué ha sido?».
El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las
indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de
mujeres, en las que, a ser verdaderas, se dejaba atrás a Don Juan,
a Lovelace y a cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el
190
Don Basilio y sus ínfulas de sabiduría económica son comparados burlonamente con el eximio Necker, el banquero suizo del s. XVIII que llegó a ser ministro de finanzas de Luis XVI, y a quien éste confió la salvación de la bancarrota
nacional.
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El doctor Centeno
mundo191. Una vez en Sevilla… aquél sí que fue lance. Otra vez en
Valencia… ¡Oh!, cosa más dramática. Lo extraño era que él no las
buscaba, y se le venían a las manos las aventuras ya bien amasadas y cocidas. Pues cuando estuvo en París, a negocios de la casa…
(Por cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla.)
En fin, si lo iba a contar todo no acabaría nunca. Precisamente
aquella mañana cuando salía de la oficina (nadie sabía nunca cuál
oficina era), vio una moza de buen trapío que pasó a la acera de
enfrente y le miró… ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre.
Después había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco
rato entró Sagasta192, el cual le dijo… Pero ¿a qué referirlo? ¡Qué
máquina de embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios,
y cuando volviera a Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie,
porque con sigilo es como se llevan adelante los grandes negocios.
Bien querían los progresistas conquistarle; pero él no les hacía
191
Lovelace y otros conquistadores: es alusión al seductor donjuanesco creado
por Samuel Richardson en su novela epistolar Clarisa, la historia de una joven
dama, editada en 1747 y 1748, y traducida al español por vez primera en 1794. En
ella Clarissa Harlowe por huir de un matrimonio convenido se refugia en brazos
de su supuesto protector Robert Lovelace, quien aprovecha la ocasión para tratar
de seducirla. En la novela de Pereda Pedro Sánchez, también de 1883, el narrador
autobiográfico explica que Clarissa y El Quijote fueron sus lecturas básicas de
adolescente, ya que eran los libros que había en su familia, de clase media rural
santanderina. Por las fechas de estas memorias ficticias, es de suponer que las lecturas corresponderían a la década de los 40, antes de llegar a Madrid el personaje
como pretendiente de un empleo (cap. I).
192
Gran efecto de realismo proporcionan estas fusiones del mundo ficticio
con los personajes históricos ficcionalizados, procedimiento de los episodios nacionales, pero también presente en todas las Novelas contemporáneas de Galdós.
En este caso, Don Lorenzo Milans del Bosch y el político liberal Práxedes Mateo
Sagasta aparecen evocados en la palabrería de Montes, que se jacta de su familiaridad con ambos. Milans era en esas fechas un militar en el candelero: había con
cluido recientemente con éxito la «cuestión de Méjico», pues en febrero de 1862
logró que la liga que había formado con ingleses y franceses disuadiese a Juárez
de ejecutar su decreto de suspensión de pagos de la deuda externa. Montes –él sí
es una verdadera máquina de embustes– transmite en discurso indirecto libre una
inventada conversación con Sagasta, en la que éste dice algo absurdo, máxime
cuando en verdad era aún diputado en Madrid, y estaría ya dirigiendo el diario La
Iberia.
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IV. En aquella casa
caso, porque veía las cosas bajo el prisma de la serena razón, y…
a buena parte iban…
Concluido el comer, la única persona que no había desplegado
sus labios en toda la noche, el taciturno y comedido don Jesús
Delgado, era quien primero se levantaba, y dando tímidamente las
buenas noches, íbase tranquilo a su cuarto, donde le aguardaba la
interrumpida obra de sus cartas. Los demás salían en tropel o separadamente. Unos iban presurosos al café; los más aplicados se encerraban a empollar las lecciones del día siguiente, y en el comedor
sólo quedaban al fin Virginia y su berberisco esposo, el cual, a tal
hora, siempre había de tener reyerta con ella, unas veces en bárbaro tono, otras humorísticamente, siendo el motivo y término de
tales disputas que Virginia le diera algún dinero para irse al café
y al billar. Cuando ella sacaba, generosa, el portamonedas más
mugriento que su conciencia, paz y risotadas; cuando no, mugidos
y un soliloquio de verbos y amenazas que duraba hasta media noche… Comparada con él, era Virginia una hembra superior, heroína
de virtud y abnegación y trabajo. La explicación de que una mujer
de mérito (relativo) estuviese unida a bárbaro semejante y que trabajase para mantenerle, no se encuentra, no, en la superficie de la
humana naturaleza; hay que ir a buscarla a los senos más hondos
y secretos de ella. Pero Virginia se vengaba de su gigante aborreciéndole y despreciándole en gran parte de las ocasiones de su vida,
de tal manera que le ponía en el postrer lugar de sus afectos y le
consideraba menos que al último de los huéspedes, menos que a la
criada, menos que a Julián de Capadocia.
IV
A vivir en esta sociedad y entre tales personas quiso la Providencia llevar a Felipe, después de pasarle por la escuela y familia
de don Pedro Polo. Ella se sabrá por qué lo hacía. Hubo dimes y
diretes entre Virginia y el manchego Alejandro sobre la admisión
de Felipe en la casa. Era muy desusado, en verdad, que los huéspedes tuviesen sirvientes, y un estudiante con escudero no lo había
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El doctor Centeno
visto Virginia en todos los días de su vida. Pero a Miquis no había
quien le quitara de la cabeza el proteger a su querido Doctor y
facilitarle medios de aprender alguna cosa. Tocado de una como
demencia filantrópica, estaba decidido a pagarle hospedaje, como
lo hizo, celebrando formal convenio con su patrona… No faltaba
en la buhardilla un huequecito ni en la mesa de la cocina un plato
más o menos lleno. Convenido y realizado. Siempre que aprontase
un diario de seis reales por cabeza de criado, don Alejandro podría
llevar a la casa todos los Doctores que quisiera.
Por de pronto, Centeno estaba contentísimo, y no se habría
cambiado por los mortales más dichosos, ni por los que se hartan
de honores y ganancias en elevados puestos, ni por los que vuelven
de América cargados de riquezas. ¡Verse entre tanto señorito listo,
entre estudiantes que hablaban y contendían a todas horas sobre
cosas de sabiduría, y además de esto comer bien, no recibir porrazos, no ver a doña Claudia!… esto era como vivir en la gloria y ver
colmadas las más atrevidas ambiciones.
Fuera de Cienfuegos, ninguno de los compañeros de Miquis
sabía el origen del repentino engrandecimiento de éste. Quién lo
atribuía a inesperada herencia, quién a lotería o hallazgo. Y que la
cosa era gorda no podía ponerse en duda, porque las liberalidades
del manchego casi rayaban en sardanapalescas193. Por mañana y
tarde no cesaba de convidar a los amigos en el café; había saldado
las cuentas con el mozo, con cierto usurero a quien Arias llamaba
Golseck, y se puso en paz con otros británicos de menor cuantía.
Entre los del cotarro, que se formaba en un rincón del café, se
hizo corriente y como proverbial, siempre que se proyectaba teatro,
diversión o merienda, la frase: «Miquis paga».
Y para no ser el último en gozar del provecho de su opulencia,
el manchego se lanzaba ¡oh sibaritismo!, a la vida de gran señor,
193
Sardanapalescas: los diccionarios no incluyen este adjetivo, que Galdós
crea por analogía para significar, también desde la pomposidad fónica del vocablo,
el lujo extremo. Sardanápalo fue el último rey de Asiria, que dedicó su vida al lujo
y al placer. Según la tradición, antes que entregarse a sus enemigos, prefirió morir
junto a su harén y quemar todas sus propiedades.
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IV. En aquella casa
proporcionándose unos lujos, señores, unas tan grandes pompas
mundanas… ¿Qué hizo nuestro hombre? Pues tomar para su vivienda exclusiva el gabinete de la esquina, que no se daba sino a
dos o tres que vivieran juntos y pagaran el máximum de pupilaje.
¡Qué gusto vivir él solo en aquella habitación regia, donde había
una cama semidorada, alfombra mosaico hecha de distintos pedazos
de fieltro y moqueta, consola de caoba con cajas que fueron de dulces, un espejo de los de ver visiones y dos grandes láminas compuestas de retratitos fotográficos de todos los alumnos de un curso
final de Medicina o Derecho! Para rematar dignamente su señorío,
conveníale tener un servidor, ayuda de cámara, o si se quiere secretario particular y del despacho, y para todos estos menesteres le
venía de molde el insigne Felipe, que era listo, activo, obediente y
le manifestaba un afecto que ya frisaba en idolatría.
Con esto cumplía Alejandro dos fines: el egoísta de ser amo
de alguien, y el nobilísimo y cristiano de amparar al chico y ponerle al estudio. Convinieron en que le daría libros y le matricularía en un Instituto. ¡Qué gustazo tener un paje a quien mandar, a
quien dar gritos, a quien decir a toda hora: «Felipe, tráeme esto…
ven acá, anda allá… muévete…»! Lo peor del caso era que, pasados dos días de la entrada de Felipe en la casa, éste resultó ser
criado de todos y todos eran sus amos, porque sin cesar le mandaban a la calle con éste o el otro recadillo. No era la última en
aprovecharle Virginia, que vio en el chico una buena ayuda de su
negocio. Cuando no le ponía a limpiar cubiertos, me le mandaba
por carbón; ya le llevaba consigo a la compra, ya, en fin, le hacía
barrer la casa. No tenía, en verdad, un momento de sosiego. Era,
pues, muy común que Alejandro llamara a su criado, y que éste
no respondiese. El impetuoso amo se ponía furioso, y sus gritos y
aspavientos casi se oían desde la calle: «Le voy a matar… esto no
se puede sufrir». Pero todo concluía cuando entraba don Basilio
Andrés de la Caña, diciendo:
–Permítame usted, señor de Miquis… Me tomé la libertad de
mandar a Felipe por una cajetilla.
O bien era Alberique quien decía:
–Si fue a traerme tinta china y cerveza…
311
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El doctor Centeno
A esta comunidad de los servicios de Felipe correspondía la
comunidad del lujoso gabinete de Miquis, pues los huéspedes amigos le tomaron por suyo. Era el casino de la casa, el disputadero,
Ateneo, Bolsa, club, salón de conferencias, el Prado y el Conservatorio, porque allí se charlaba, se fumaba, se discutían cosas hondas,
se leían los autores sublimes, se contaban aventuras, se escribían
versos, se leían cartas de novias, se tiraba al sable, se hacían contratos y se cantaban óperas. Contentísimo estuvo Alejandro algún
tiempo en medio de aquel bullicio; pero al fin, tan larga y fastidiosa
era la invasión en su cuarto, que se llegaba a cansar. Algunos días
se encerraba con llave y se estaba solo largas horas. Poleró y Zalamero, acercándose a la puerta, tocaban suavemente. «¿Cómo va esa
escena?» le decían… Desde fuera le oían recitar versos, y daban
palmadas, gritando: «¡bien, bravo; que salga el autor!».
No está de más decir que tanto Poleró como Arias y Sánchez
de Guevara se permitían bromas, a veces pesadas, con Felipe; pero
éste lo llevaba todo con paciencia. Lo que no parecía era el estudio,
ni las prometidas matrículas.
–Tiempo tienes todavía –le decía Arias viéndole impaciente–.
A tu edad, yo no sabía ni leer. Estás aventajadísimo, y casi casi
eres un pozo de ciencia.
Le hacían preguntas de Historia sagrada y profana, de Aritmética y Gramática, para reírse con lo que contestaba. Era, en efecto,
divertidísimo oírle.
–Tiene tinturas de todo este Doctor –indicaba Zalamero,
riendo–. A poco más estará en disposición de hacer oposiciones a
alguna plaza de tintorero194.
–Lo que es éste –decía Arias– va a ser algo.
–Donde ustedes lo ven, éste va a hacer dinero… Formal…
Pero octubre corría y se pasaba la mejor sazón para sentar
plaza de soldado raso en los ejércitos del bachillerato. Cienfuegos
194
Tintorero: se crea una broma sobre el uso dilógico de tinturas (fórmulas de
farmacia usadas por el médico) y tintorero, el que se dedica a usar tintes para ropas.
En el contexto está cercano también el pintor heráldico árabe con sus tintas.
312
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IV. En aquella casa
y Arias fueron los que un día decidieron a Miquis a matricular a
su criado… Gracias a Dios, ya tenemos a mi señor don Felipe en
el Noviciado, metiéndole el diente al latín. La enseñanza primaria
era en él tan incompleta como se ha visto, ¿pero qué importaba?,
mejor.
Para lo que allí había de aprender, más valía que entrara limpito de toda ciencia, pues que limpito había de salir. Vedle cómo
apechuga con su latín y con la abominable Gramática, de la cual,
maldijéralo Dios si entendía una sola palabra. A aquel latín debiera
llamársele griego por lo oscuro. Ni él se explicaba para qué era
aquello, ni a qué cuento venía en el problema de su educación. Y
confuso, lleno de dudas, se atrevía, en su rudeza, a protestar contra
la mal enseñada y peor aprendida jerga, diciendo:
–Yo quiero que me enseñen cosas, no esto.
¡Cómo se reían sus amos con estos disparates! Pero él se
esforzaba en cumplir sus deberes académicos, aprendiéndose de
memoria aquel traqueteo de sílabas que componen la declinación,
y pensaba así:
«Vamos a ver en qué para esto».
Apenas le dejaba Virginia el vagar necesario para ir diariamente tres horas al Instituto. Estudiaba un poco por las noches,
pero de muy mala gana, porque francamente… Vamos, que se le
indigestaba el latín… Era un narcótico, y le bastaba coger el libro
para caerse de sueño. Como Alejandro, desde que era rico, entraba
a hora avanzadísima de la noche, Felipe pasaba el tiempo durmiéndose en una silla, o visitando y acompañando a los amigos de su
amo en sus respectivos cuartos. Cuando estaban en el café, gozaba
el Doctor lo indecible yendo de cuarto en cuarto y examinando
y registrando libros y apuntes de clase. Los libros de Sánchez de
Guevara le producían pasmo, mareo, vértigo. Ver sus páginas era
como asomarse a insondable y misterioso abismo. ¡Re…contra!,
¿qué querían decir aquellas letras separadas por palitos, comas y
tanto rabillo por acá y por allá? Luego había unos números montados sobre otros números y letritas chicas por arriba, encima de
palitroques que parecían grúas. Él miraba, miraba, volvía páginas,
313
PORTADA
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El doctor Centeno
y luego observaba los apuntes que el cadete hacía con lápiz, en los
cuales había los mismos signos, la propia mezcolanza de guarismos
y letras. A, palito, B, y todo por el estilo. Era para volverse loco.
¿Y aquello era la matemática? ¿Y para qué servía la matemática?
Felipe alargaba el hocico husmeando el aire… ¡Vaya con Dios!,
¿para qué ha de servir, re-contra-córcholis, sino para saber todo lo
que se sabe?…
Pasaba luego al cuarto de Cienfuegos, y de todos los libros
que sobre la mesa había, se iba derecho a uno que tenía láminas;
pero ¡qué láminas! Inspiraban a Felipe una especie de horror sagrado y curiosidad febril. ¡Ave María Purísima! Allí había vientres abiertos, tripas sanguinolentas, cráneos levantados como se
levanta la tapa de una fosforera. Era algo como lo que cuelga en
los ganchos de las carnicerías… Con el alma en los ojos, Felipe leía
los letreritos… Páncreas… estómago… Más adelante: bronquios.
«Sopla, pues esto es los gofes». Músculo ciático. Y se tentaba el
cuerpo diciendo: «Aquí está. Estas figuras son lo propio de nuestro
cuerpo». Se pasaba así las horas muertas, absorto, hasta que entraba Cienfuegos y le sorprendía; se enfadaba un poco; pero desenojándose pronto, decíale:
–Ve a ver si Guevara tiene cigarrillos.
Los libros de don Basilio no ofrecían maldito interés, y Felipe
les habría arrojado al fuego si le dejaran. La Deuda del Tesoro y
el déficit. Este folletito estaba encima de un voluminoso libro. ¿A
ver? Presupuestos de 1862-63… ¡Vaya unas papas! El señor de los
prismas no tenía en su cuarto más que un Calendario del Zaragozano y una novela de a peseta, cuya mugrienta cubierta estaba llena
de redondeles de sebo, señal de que Montes apagaba la luz con el
libro. Muchos volúmenes y apuntes tenía Zalamero; pero ¡qué cosas tan insulsas! Nunca pudo Felipe sacar sustancia de aquello.
La Cuarta Falcidia… Los Testamentos. ¿Qué le importaban a él
los testamentos?… La mesa de su amo contenía revuelta colección
de obras diferentes; pero había tanto libraco en francés… ¿A ver?
Balzac, Scribe… ¿De qué trataría aquello? Le pe…re Gori… Gori…
Memo…moires, memorias de Deux jeunes… de Diógenes querría
decir… El demonio que lo entendiera. Centeno no acertaba a com314
PORTADA
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IV. En aquella casa
prender para qué leía su amo aquellas tonterías… Don Víctor Hugo…
Ruy Blas… esto sí era claro. Schiller… Don Carlos… también clarito.
Seguían muchas comedias o dramas en verso castellano. Aquello
era otra cosa. Leía mi doctor las primeras escenas, pero luego se
cansaba, porque, a su parecer, todas decían lo mismo.
Poleró, que le tenía cariño, le llamaba:
–Ponte a estudiar, Felipe. No le revuelvas los papeles a tu amo.
Ven a mi cuarto… Siéntate aquí, a mi lado. Coge tu libro.
Y él se ponía a estudiar Analítica y Mecánica. El Doctor leía
también un poco; pero aburrido muy pronto, salía y entraba para
matar el fastidio.
–Estate quieto. Me estás distrayendo. Mira que te pego… ¿Quién
anda ahora por el pasillo?
–El señor de Zalamero.
–¿Pero estaba en casa Zalamero?
–Sí, señor. Ahora salía del cuarto de la patrona.
Poleró rompió a reír. Endeble tabique separaba su cuarto del
de Zalamero, y en él daba algunos golpes el maligno catalán diciendo:
–Zalamerín, ¿estabas en casa?
No respondía el otro. Mas Poleró, saliendo al pasillo, se ponía
a toser fuerte.
–Ejem, ejem.
Y Sánchez de Guevara respondía desde su cuarto con iguales
toses. Arias aparecía también tosiendo.
–Vete al comedor –decían a Felipe–, y mira a ver si está Alberique.
–¿Qué ha de estar? La señora le dio dinero para que fuera al
café…
Cuchicheos, risas, reunión de los tres en el cuarto de Poleró,
y redobles en el tabique, sin lograr que Zalamero responda. Felipe,
mensajero de Cienfuegos, entra de súbito:
–Dice don Juan que si alguno de ustedes tiene cigarrillos…
–Toma dos… ¿Ha entrado don Leopoldo?
315
PORTADA
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El doctor Centeno
–Sí señor. Está en su cuarto remendando la levita y pegándose
botones.
–¿Y don Basilio?
–Ahora entra.
Oíase el resoplido de aquel señor, que hasta en el respirar
revelaba autoridad. Salía Poleró al pasillo, para trastearlo un poco:
–¿Qué ha habido hoy, don Basilio?
–Nada. Siguen con el delirium tremens195. De Santo Domingo
hay muy malas noticias196. Esto no tiene atadero. A todos lo digo
195
Delirium tremens: el estado patológico de excitación extrema causado por
el alcoholismo u otras circunstancias tiene también un uso figurado como frase
hecha para significar el culmen o extremo de algo. Por ejemplo, se halla a menudo
en crónicas taurinas de la época para referirse a la reacción entusiasta del público
ante una faena. Podemos citar este otro pasaje, en un artículo de prensa muy crítico
contra la excesiva exaltación de San Sebastián como ciudad de veraneo: «Pero es
raro el día en que no aparece en los medios la frase consagrada (…) Aquí está la
nata y flor de la elegancia. La distinción, el lujo, la dicha, el delirium tremens…»
(Madrid cómico, 10 de agosto de 1895, p. 10). Galdós es contrario al abuso de estas
frases hechas, con las que suele ridiculizar a personajes de escasa creatividad que
repiten lo leído o escuchado.
196
De Santo Domingo hay muy malas noticias: en 1863, año en el que
comienza la acción de El doctor Centeno, era en verdad un asunto candente la
llamada Cuestión de Santo Domingo. El protectorado que la isla solicitó a España en 1858 se había convertido en una efectiva reincorporación pacífica a la
corona española en 1861, pero miles de dominicanos comenzaron la lucha por
recobrar su independencia. La prensa solía trasmitir detalladamente, con una
redacción casi novelesca (con arengas y discursos de los líderes incluidos, inventados o no) las vicisitudes de la lucha. No es extraño que muchos lectores siguiesen
esta especie de novelas históricas seriadas en tiempo real. Valga como muestra
este pasaje extraído de un detallado relato del éxito español contra los insurrectos:
«…suponemos a nuestros lectores con natural y vivísimo deseo de conocer las
últimas noticias que hemos recibido de Santo Domingo y (…) nos apresuramos
a trasladarlas a nuestras columnas (…) El 25 por la mañana hizo su entrada en
Santo Domingo el nuevo capitán general, Don Carlos Vargas, dirigiendo a los dominicanos una Proclama …» (La Concordia, 6 de diciembre de 1863, pp. 15-17).
La prensa española también refleja a lo largo de esos dos años los desacuerdos en el propio gobierno, donde algunos eran partidarios de abandonar la isla
para poner fin a la sangría económica y humana que se iba haciendo insoportable e impopular. Por ejemplo, F. Navarro Villoslada en su artículo «Cuestión de
Santo Domingo» refleja esas discusiones, y cita la cifra de más de 25000 solda-
316
PORTADA
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IV. En aquella casa
y no me hacen caso. Con su pan se lo coman. Yo no sé lo que va
a venir aquí… no sé. Me asusto, créalo usted… Ahora tengo entre
manos un trabajo, que me parece ha de meter ruido. Pruebo con
números… porque todo lo que no sea números es música… Pase
usted a mi cuarto y le enseñaré…
–Otra noche… Estamos aquí con mucho cuidado. ¿Sabe usted
que Zalamero se nos ha puesto malo?
–¿Sí? ¿Y qué es?
–No sabemos. Entre usted en su cuarto… A nosotros no nos
quiere decir lo que tiene.
Entra don Basilio en el cuarto de Zalamero, y al poco rato
sale y hace este diagnóstico:
–Está delirando… Me ha despedido a cajas destempladas…
¿No llaman ustedes un médico?
–Cienfuegos dirá.
–Porque… Buenas noches, jóvenes. Con permiso de ustedes,
me voy a mis habitaciones.
Las habitaciones de don Basilio eran el cuarto más oscuro
y estrecho de la casa. No era mejor el de don Leopoldo Montes,
que, al decir de Felipe, estaba disimulando los deterioros de su
ropa para poder salir bien compuestito y reluciente al otro día.
Poleró y Cienfuegos le visitaban a aquella hora para sorprenderle y avergonzarle; pero él, siempre en su papel, escondía rápidamente los chismes de costura y afectaba ocuparse de ordenar
papeles.
–¿Cuándo es ese viaje a París?
Aquel viaje era la muletilla de todos los días, porque Montes
lo estaba anunciando siempre.
dos desplazados en la campaña (Escenas contemporáneas, 1 de enero de 1864,
pp. 201-203).
Como en otras ocasiones, la prensa satírica nos resulta excelente fuente de
información. Leemos en un artículo de opinión sobre la realidad española en forma
de carta ficticia, cómo un joven transmite su precariedad económica a su padre:
«Mi suerte es más desesperada que nuestra situación en Santo Domingo» (Gil Blas,
3 de diciembre de 1864, p. 3).
317
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–Creo que no pasará del jueves. Aquí tengo dos partes que he
recibido esta mañana… El jueves o viernes a más tardar.
Después que le mareaban un rato, se iban a la puerta del cuarto
de don Jesús Delgado, anhelosos de descubrir el misterio de sus
ocupaciones epistolares. El huésped taciturno trabajaba aún: se oía
el rasguear de su pluma y los suspiros que daba.
De pronto salía Guevara al pasillo:
–A ver si dejan estudiar. ¡Qué ruido!
Reuníanse los tres en el cuarto de Arias, que se estaba acostando, y hablaban de Zalamero:
–Vaya con el moderadito. Un hombre que defiende a los Paúles…197
–El año pasado había aquí un huésped… ¿Le alcanzaste tú,
Guevara? Aquel Romero, andaluz. Daba de palos a Virginia y a Alberique… ¡qué escenas!… Felipe.
–Señor.
–¿Ha entrado Alberique?
–Ahora llega. Voy a abrirle la puerta.
Oíanse pasos de elefante.
–Hola, amigo Alberique… ¿no sabe usted lo que hemos tenido
aquí?
–¡Qué… verbo! ¿Qué?
–Fuego. Por poco nos quemamos todos.
–¿En dónde, verbo?
–Ya está apagado…
–Váyanse ustedes a… ¿En dónde está mi cuarto? ¡Felipe, condenado, verbo!… trae luz; no se ve.
–¡Arre! –murmuraba Felipe empujándole hacia el gabinete
matrimonial.
Abrían la puerta, le empujaban dentro y… buenas noches.
197
Defender a los Paúles: tal vez se refiera el personaje a un asunto histórico
cercano aún en la memoria, el de la quema del convento y la muerte de varios
misioneros Paúles en Damasco en julio de 1860, como consecuencia de la represión
que los musulmanes ejecutaron contra religiosos cristianos en Siria y Turquía (cfr.
La Iberia, 10 de agosto de 1860. p. 3).
318
PORTADA
ÍNDICE
IV. En aquella casa
–¿Pero ese Miquis no viene todavía? Es la una.
–Pobre Miquis. Ya sé dónde está. Nada, nada, se lo beben, se
lo sorben…
–Acabará mal.
Y quebrando el diálogo, subdividiéndolo hasta llegar a frases
y palabras sueltas pronunciadas en éste o el otro cuarto, se iban
retirando, cada cual al suyo. Uno se acostaba y seguía leyendo; otro,
después de cumplir con las matemáticas, hacía rezos de Balzac y se
encomendaba a Víctor Hugo; todos tenían aficiones literarias. Por
último, reinaba el silencio del sueño en la casa, y muy tarde, sobre
las dos o las tres, entraba Alejandro. Sus primeras palabras eran
siempre: «Felipe, acuéstate».
Y él permanecía en vela, leyendo o escribiendo. Se acostaba
de día y casi nunca se levantaba antes de las cuatro. La hora de sus
trabajos era la madrugada, hora febril, hora de caldeamiento cerebral y de emancipación del espíritu. Dormíase Felipe en el sofá, y
a lo mejor despertaba asustado oyendo a su amo declamar…
Vive Dios, que es tal hazaña
digna de un Téllez Girón…
Como ecos, repercutían en su cerebro las rimas de la redondilla:
galardón… España. Y se volvía a dormir para despertar de nuevo
alarmado con estos gritos:
¡Hola!… ¡prendedle!… ¡traición!
¡Necio, atrás!… ¡Italia es mía!198
V
Porque Alejandro era autor dramático. Tenía tres dramas, ya
desechados por su propio criterio, y uno flamante, nuevecito, que
198
Miquis recrea el estilo de los dramas románticos de base histórica, que
incorporan vocabulario y exclamaciones de estirpe barroca.
319
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El doctor Centeno
era su sueño, su gloria, su ambición, sus amores. Tan cierto estaba
él de que se había de representar como de su propia existencia, y
tan seguro y patente consideraba el éxito, cual si lo estuviera viendo
con los ojos de la cara… Ideas para otros dramas, planes brillantísimos ¡oh!, teníalos por docenas y se le ocurrían a cada momento,
al levantarse, al salir, al tomar café; mas érale forzoso apartarlos de
sí para que no le atormentaran y se apoderaran antes de tiempo de
los ricos moldes de su cerebro. Convenía que tanto verbo fecundo
aguardase la oportunidad de su encarnación y que tanta vida nueva
tuviera calor interno antes de ser puesta al trabajo de su desarrollo
y crecimiento. Después que se representara El Grande Osuna, vendrían otros trabajos y éxitos más colosales. ¡Misión altísima la suya!
Iba a reformar el Teatro, a resucitar, con el estro de Calderón, las
energías poderosas del arte nacional. Como los más puros místicos
o los mártires más exaltados creen en Dios, así creía él en sí mismo
y en su ingenio, con fe ardentísima, sin mezcla de duda alguna, y
para mayor dicha suya, sin pizca de vanidad199.
¿Y por qué no había de tener razón? Entre sus compañeros y
amigos no eran unánimes los pareceres respecto al superior ingenio de Miquis. Unos le tenían en mucho; otros en poco; quién por
un visionario; quién por tonto o algo menos. Sus compañeros de casa
lo querían mucho por sus cualidades morales, entre las cuales descollaba el corazón más generoso, más expansivo, más superabundante que puede imaginarse; pero en lo tocante al numen, también
variaban las opiniones. Poleró, sin conocer el drama, sostenía que
era un atajo de inocentadas, y que el mayor favor que se podía ha199
Algunos artículos de costumbres de la colección Los españoles pintados por
sí mismos ya hacían burla de la común obsesión por componer un drama histórico
en jóvenes que pretendían la gloria literaria, aunque dos décadas antes que nuestro
anacrónico Miquis: en «El aprendiz de literato» de Luis Loma, el tipo representado
se lanza a componer una tragedia de tipo histórico, repite versos en su habitación,
no reconoce su ineptitud cuando el director de un teatro lo rechaza… En la misma
colección, Zorrilla en «El poeta» generalizaba sobre un tipo de joven de carácter
voluble, algo calavera y disipado, que se dedica al drama histórico, ensalzando a
los héroes nacionales o bien retratando «grandes cuadros trágicos, y profundas y
misteriosas pasiones, en que la virtud y el heroísmo juegan los principales papeles»
(Los españoles pintados por sí mismos: 239).
320
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IV. En aquella casa
cer al joven manchego era quitarle de la cabeza su idea de ser autor
dramático. Cienfuegos no pensaba lo mismo, y veía en Alejandro,
mejor dicho, columbraba en aquel espíritu algo misterioso y grande
que no existía en los demás.
Físicamente era raquítico y de constitución muy pobre, con la
fatalidad de ser dado a derrochar sus escasas fuerzas vitales. Sus
nervios siempre estaban en grado muy alto de tensión, y todo él
vibraba constantemente como cuerda de templado metal, sin cesar
herida por el divino plectro de las ideas. La fiebre era en él fisiológica, y el orgasmo del cerebro constitucional y normal200. Era un
enfermo sin dolor, quizás loco, quizás poeta. En otro tiempo se
habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una
víctima de la neurosis201.
Desde la infancia se había distinguido por su precocidad. Era
un niño de estos que son la admiración del pueblo en que nacieron, del cura, del médico y del boticario. A los cuatro años sabía
leer, a los seis hacía prosa, a los siete versos, a los diez entendía
de Calderón, Balzac, Víctor Hugo, Schiller, y conocía los nombres
de infinitas celebridades. A los doce había leído más que muchos
200
El orgasmo del cerebro constitucional y normal: Galdós dudó mucho en
esta expresión, cuyo término más llamativo fue sustituido en la «Edición corregida»
de 1905 por «organismo». En el manuscrito de la novela hallamos tachada la expresión «orgasmo encefálico», y también tachado el anterior adjetivo, «cerebral».
Finalmente aparece como texto en limpio el siguiente: «y la alteración del cerebro
constitucional y normal». Es posible que el impresor diera en primeras pruebas de
imprenta este último texto, y que en segundas pruebas el autor decidiese recuperar el
atrevido texto tachado. Recuérdese de todas formas que el uso figurado de orgasmo
aparece también en obras de la misma década, como La Regenta, donde el rojo
de las mejillas de don Fermín se explica asociado a su mundo psíquico, según las
ideas naturalistas que vinculan de modo indisociable la fisiología con lo espiritual:
«Esta especie de congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo
estilo» (Tomo I, cap. I).
201
Esta información sobre la contextura fisiológica de Miquis relacionada
con su imaginación desbordante tiene relación con las doctrinas naturalistas que
corresponden a las fechas de la escritura de la novela, 1883, año que pertenece a
la considerada “década naturalista” por excelencia en la novela española. Sin embargo, la actitud del narrador es ambigua respecto a la fiabilidad de estas doctrinas
deterministas.
321
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El doctor Centeno
que a los cincuenta pasan por eruditos. Su feliz retentiva le había
familiarizado con la historia de los libros de texto. A los catorce
abriles, hombres graves del país le consultaban sobre materias de
Historia, Mitología y Lenguaje. Era general allí la creencia de que
el Toboso, ya tan célebre en el mundo por imaginario personaje, lo
iba a ser por uno de carne y hueso. Destináronle a estudiar Leyes.
Los amigos de su papá decían: «Éste que empieza por literato y
poeta, acabará, como todos, por orador político de primera y minis
tro. El Toboso tendrá al fin su prohombre».
Le hemos conocido cuando llevaba tres años en Madrid y veintiuno de existencia… ¡Pobre Miquis, trabajador incansable de lo
ideal, siempre imaginando, siempre creando! Merecería ingresar
en las familias mitológicas y que le representaran en figura de un
forjador maravilloso, alumno de Vulcano y ladrón de sagrado fuego
como Prometeo. ¡Desgraciado Miquis, siempre devorado del afán
del arte; perseguidor con fiebre y congoja de la forma fugaz y
rara vez aprehensible; atormentado por feroces apetitos mentales;
ávido del goce estético, de esa inmaterial cópula con la cual verdad
y belleza se reproducen y hacen familias, generaciones, razas!
También las ideas son una especie inmortal que habla con briosos
instintos en las entrañas del artista, diciéndole: «propágame, aumén
tame».
Hombre dado a los demonios, o en otros términos, consagrado
al peligrosísimo ejercicio de la imaginación, aborrecía el Derecho.
Para él, la humanidad inteligente no había echado de sí cosa más
antipática que aquel jus, idea suspicaz, prosaica y reglamentadora
de la vida; idea enemiga de la pasión, de lo ideal, destructora de la
personalidad libre y de la poesía. El jus para él, era el eterno Sancho
Panza… Iba Alejandro a clase lo menos posible, y siempre de mala
gana. Pero había sabido ganar sus cursos y aun obtener regulares
notas con poco trabajo202. Nunca fuiste tirano, amigo Sancho.
202
Algunos de estos datos (creación literaria teatral, antipatía ante los estudios
de Derecho, talento natural, asistencia a las tertulias de café, etc.) suelen verse como
una proyección autobiográfica de Galdós, que en sus Memorias declaraba acerca
de sus años como universitario en Madrid: «El 63 o el 64 –y aquí flaquea un poco
322
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IV. En aquella casa
En los primeros años de la vida de este jovenzuelo en Madrid,
su carácter era jovial, exaltado, bullicioso. Amenizaba el círculo del
café con sus ocurrencias originales. Las metáforas, símiles y paradojas brotaban de sus labios como de un manantial inagotable.
Cuando él no iba, faltaba el espíritu de la tertulia, el sentido de todo
lo que se decía… Pero al tercer año empezó a determinarse en él
una trasformación que había de ser pronto mudanza profundísima o
paso orgánico, precursor de otro moral. Su humor festivo se trocó
en melancólico; cada día le eran menos simpáticos el bullicio y la
gárrula palabrería del círculo, y si bien quería con leal cariño a
todos sus amigos, muchos de éstos le molestaban. La gran batahola
que se hacía en su cuarto le era ya insoportable. No teniendo carácter para expulsar a los intrusos, pues era él incapaz de ofender
a sus compañeros, esperaba las horas silenciosas para aislarse. De
día, paseaba por lugares solitarios, buscando esa dulce impresión
que traen al alma los objetos extraños y no vistos constantemente.
De noche, y a la hora en que nadie podía turbarle, leía y escribía,
protegido del silencio y paz de la madrugada.
El drama, aquel pedazo de Cielo caído sobre la frente de un
hombre, estaba ya terminado. ¡Feliz suceso que dejaba una marca
mi memoria– mis padres me mandaron a Madrid a estudiar Derecho, y vine a esta
corte y entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que
hacía (…) Escapándome de las Cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital.
Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban
en flanear por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real y un café de la Puerta del Sol, donde se reunía
buen golpe de mis paisanos (…) Yo enjaretaba dramas y comedias con vertiginosa
rapidez, y lo mismo los hacía en verso y en prosa». Además de reconocer su afición a
escribir dramas y comedias en torno a 1867, declara el impacto que le produjo asistir
al estreno del drama histórico Venganza catalana de García Gutiérrez, y cómo lo
visto le sirvió de pauta para seguir componiendo (Memorias de un desmemoriado,
«Mi llegada a la Corte», ii).
S. Miller recuerda el paralelismo autobiográfico de un Galdós de dieciocho
años que inauguró su primitiva vocación teatral con asuntos histórico-nacionales, en
Quien mal hace bien no espere (1861) y prosiguió con La expulsión de los moros
(1864). La aspiración teatral del joven Galdós «de manera indirecta, encuentra eco
en el malhadado comediógrafo Alejandro Miquis…» (Miller: 74).
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El doctor Centeno
indeleble en el tiempo! Él solo bastaba a hacer rosadas las auroras,
serenas y poéticas las noches, hermosas las horas todas. Alejandro
lo había leído a un autor mediano, pero muy corrido en la escena,
hombre de estos que llaman prácticos en el arte, el cual, callándose
su opinión sobre el mérito real de la obra, hizo observaciones que
dejaron helado al pobre Miquis. La división en cinco actos era inadmisible. Habían de ser tres solamente, porque nuestro público no
aguanta más. Pues ¿y aquella lista de treinta personajes, cómo podía ajustarse al exiguo personal de nuestras compañías? El Schiller
hispano había explanado sus ideas, como el tudesco, en un escena
rio inmenso, lleno de diversas figuras, con pueblo y todo. Esto era
inocente. Forzoso era cortar por lo sano, no dejando más que el
cogollo de la obra. Fuera aquel cardenal Borja, el gonfalonier, los
cuatro capitanes o arraeces de galeras, los dos lazzaronis, el príncipe Colonna203; fuera también el jefe de los uscoques, los dos
frailes camaldulenses y otras figuras que más eran decorativas que
esenciales. Resumen: hacer de cinco actos tres, sin que ninguno
subiera de 1.000 ó 1.100 versos; quitar quince personajes lo menos,
simplificar mucho y hacer decoraciones fáciles, pues aquella que
decía Ribera de Chiaja, con varias galeras atracadas a la derecha,
el palacio vice-real a la izquierda y al fondo el Vesubio, era para
hacer morir de risa al pintor y maquinista.
Con grandísimo dolor emprendía el manchego la refundición de
su obra. A cada miembro cortado, echaba sangre su corazón de padre;
pero no había remedio, ¡zas! Más que trabajo de reducción debía ser
aquello un trabajo de compresión. Era necesario coger al gigante y
comprimirlo hasta poderlo encerrar en un frasco de alcohol, como
los fetos. Mucho padeció el poeta; pero al fin lo hizo. Sólo que no
pudo reducir los cinco actos a tres, y la cosa quedó en cuatro. Había
quitado trece personajes y entresacado casi la mitad de los versos.
203
El Cardenal Gaspar de Borja sustituyó por pocos meses como virrey de Nápoles al Duque de Osuna en 1620, cuando éste cayó en desgracia y hubo de volver a
España para explicar sus hechos e ingresar en prisión. Otros personajes que Miquis
tiene que eliminar serían de relleno: el encargado de llevar las banderas o estandar
tes (gonfalonieri), personajes marginales de Nápoles (los lazzaroni, llamados así
porque solían refugiarse en el hospital de San Lázaro)…
324
PORTADA
ÍNDICE
IV. En aquella casa
¡Gracias a Dios! El director de un teatro leyó la obra y la encon
tró excepcional. Estaba el hombre entusiasmado; pero al expresar
su regocijo a Miquis y al felicitarle, indicóle la necesidad de nuevas
modificaciones. Todavía era preciso comprimir más. La obra cabía ya
en un frasco: era menester que cupiera dentro de un dedal. ¡Nuevo
trabajo, nuevos afanes! En esto se ocupaba Alejandro en aquellas
madrugadas, viviendo solo en el gabinete de la esquina, después de
su cambio de fortuna. A tales horas, excitado por el trabajo, sentía
febril entusiasmo; había algo de convulsivo y epiléptico en aquella
onda de vibraciones nerviosas que de su cerebro saliera, viniendo a
morir en su epidermis. Su sangre era lumbre; el pulso se aceleraba,
corría, como viajero impaciente de llegar a alguna parte. Su fantasía poderosa se encendía a la acción magnética de aquel estilo am
puloso y calderoniano. Los personajes del drama tomaban a sus ojos
figura y realidad teatral, vivían, si no la vida del mundo, la oropelesca y convencional del teatro, cubierta de vistosos remedos vitales.
Veía, tan claramente cual si lo tuviese delante, a don Pedro Téllez
Girón, duque de Osuna, virrey de Nápoles, insigne caudillo de mar
y tierra, político, diplomático y muy galán, figura que el poeta soñaba como la más gallarda muestra del ánimo español, de la ambición sublime y del desorden caballeresco; veía también al solapado
veneciano Ángelo Barbarigo, figura sombría y trágica con olor y color de sangre; al aventurero normando Jacques Pierres; al sarcástico
y honradísimo Quevedo, secretario del Duque; a otros muchos, y por
último a la enamorada Catalina Paoli, llamada la Carniola, mujer
robada a los uscoques por Jacques Pierres, como verían bien los que
la obra conocieran. El lugar de la escena revivía igualmente en la
fantasía del poeta, y poco le faltaba para ver con los ojos mortales
al propio Nápoles con su Vesubio ardiente, su pintoresco mercado,
su mar y su cielo más azules que lo azul, la delirante alegría de su
pueblo, su naturaleza a la vez florida y plutónica, llena de hierbas
y lavas, prodigio de la Naturaleza, arca del paganismo, compendio
de toda la hermosura terrestre.
Sentir este entusiasmo vidente y no poder comunicarlo a alguien,
era el mayor de los tormentos. Sus amigotes no le comprendían, y
algunos de sus compañeros de casa se reían de él. Ya el maligno
325
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El doctor Centeno
Poleró, hablando del drama, lo había llamado El gran Cerco de
Viena204, y Cienfuegos, el mejor amigo de Alejandro, no le mostraba
un afecto muy vivo sino cuando necesitaba de él para salir de sus
apuros. No podía comunicarse más que con Felipe, el cual era un
inocente, es verdad, y no entendía palotada de teatro, ni de arte, ni
de historia; pero tenía un alma cariñosa y entusiasta, que respondía
siempre con dulces vibraciones de simpatía a toda acción o idea
procedentes de la idolatrada alma de su amo.
Felipe se dormía algunas noches en el sofá del gabinete. Su
sueño era profundo; pero bastaba que Alejandro le llamase y le
dijera algo para que se despertara, como él excitado, como él dispuesto a las alucinaciones. Sin duda, por la simpatía y parentesco
de ambas almas, la pasión artística de la una se comunicaba a la
otra, venciendo su rudeza.
Entre serio y burlón, Alejandro le decía:
–El célebre Molière le leía sus comedias a la criada. Yo te voy
a leer a ti algunos pasajes…
Felipe no había visto nunca una verdadera función de teatro.
El origen de sus conocimientos en el arte dramático no podía ser
más humilde. Una tarde de Navidad se había colado con Juanito
del Socorro en un teatrucho donde representaban el Nacimiento
con figuras, no con actores; y aún no habían tenido tiempo de reír
las gracias del pastor Bato y de la tía Gila, cuando les echaron a
la calle. Esto y los cosmoramas o tutilimundis instalados en la vía
pública205, le habían dado la noción primera del arte de fingir sucesos
204
Poleró se burla del género de la obra de Miquis, comparándola con la disparatada comedia espectacular, mezcla de drama histórico, de capa y espada, amores,
devoción, etc., que Moratín ridiculiza en La comedia nueva o el café, estrenada en
febrero de 1792.
205
Cosmoramas o tutilimundis: eran espectáculos populares que permitían ver
a través de una lente un pase de vistas panorámicas en perspectiva, de lugares diversos del mundo (tutilimundi proviene de la expresión italiana para «todos los
mundos»). Se denominaban también mundonuevo o con el término italiano mun
dinovi. Suele considerarse que esta máquina es uno de los muchos experimentos
que anteceden al cinematógrafo en su deseo de mostrar imágenes en movimiento.
Según Ramón Cardona, las imágenes de todos los continentes que ofrecía esta po-
326
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ÍNDICE
IV. En aquella casa
y personas… Desde que su amo empezó a leer, comprendió Centeno
que aquello pertenecía a un orden más elevado, al teatro grande que
él no había visto nunca, aunque lo soñaba y como que lo presentía. Así, el efecto de la lectura en su atento espíritu era extraordinario, colosal. Sin entender la mayor parte de las cosas, parecía
como que se las apropiaba por el sentimiento, extrayendo del seno
de un lenguaje no bien comprendido, el espíritu y esencia de ellas.
La armonía de versos, ahora floridos, ahora graves, la música de
las rimas, el relumbrar de las imágenes, el énfasis de los apóstrofes,
producían en él efectos de vértigo y desmayo. Era como el influjo,
en los sentidos, de multiplicadas luces giratorias o de aromas muy
fuertes. Se aturdía y se mareaba… En cuanto a la acción, la realidad misma no tuviera poder más grande que aquella mentira para
cautivar el espíritu del buen Centeno. Cuando Alejandro llegaba
a una escena dramática en que había choque de espadas, uno que
se cae, otro que grita o cosa así, ya estaba Felipe con los pelos de
punta, lo mismo que si estuviera presenciando el lance entre personas de carne y hueso. Pues digo… si el poeta leía una escena de
amor, con ternezas y sentimientos expresados a lo vivo, ya estaba
Felipe soltando de sus ojos lagrimones como garbanzos.
La aurora les sorprendía en esta exaltación; ambos gozando lo
increíble, el uno por lo sabio, el otro por lo ignorante. Siendo tan
diferentes, algo les era común, el entusiasmo, quizás la inocencia.
La excitación cerebral de Miquis concluía en enfermizo marasmo.
Se acostaba rendido de fatiga, y le entraba algo de delirio, con escalofríos muy penosos. Felipe le arropaba, echándole encima hasta
el tapete de la mesa y parte de la ropa, pues el abrigo de la cama
no era suficiente, y apagaba la luz, a quien hacía lúgubre la claridad del día. Cerraba las maderas para fingir la noche, y se acostaba vestido en el sofá. Por un rato oía el canto de los machos de
perdiz, colgados en el balcón del vecino, y los pasos de los madrugadores que sonaban secos en la calle aún casi desierta; al fin
pular máquina crearían un estereotipo de viaje por el mundo, que serviría de inspiración a Julio Verne en La vuelta al mundo en ochenta días (J. Talens y S. Zunzunegui, 1998: 54).
327
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ÍNDICE
El doctor Centeno
se dormía profundamente para soñar con magnates, con príncipes
vestidos de tela como las de las casullas, con venecianos forrados
de hierro, con las galeras del Duque, que él creía eran carromatos,
con el Vesubio, que es un monte encendido, y con aquellas cosas
tan bonitas, tan finas y amorosas que la Carniola decía siempre
que hablaba.
Levantábase Alejandro muy tarde, cada día más tarde. Sentía
al despertar un embrutecimiento invencible. La pereza le dominaba
y no podía vencerla. Su cuerpo era de plomo… Felipe iba a clase,
si había tiempo, generalmente sin saber ni palotada de la lección,
y a su regreso, ya doña Virginia le tenía preparadas diversas faenas. Como pudiera no hacía nada, y se metía en el cuarto de su
amo a arreglar la desordenada mesa y limpiar un poco. Andaba de
puntillas, por no despertar a Alejandro, y movía con mucho cuidado los muebles. Si el drama había quedado en la mesa, cogía uno
a uno los cuadernos y les quitaba el polvo con su mano, con un
respeto tal, que no lo empleara mayor el cura para coger la Hostia
consagrada. A veces se aventuraba a leer un poquito, con cuidado,
se entiende, por ver en qué paraba tal o cual lance que su amo en
la lectura había dejado a la mitad.
Después ponía los cuadernos uno sobre otro, a un lado, muy
bien colocaditos por orden de actos; los libros a otra parte, el tintero en medio, las plumas en su sitio; en fin, todo como Dios man
daba.
Los malignos huéspedes, que se enteraron de que Alejandro
leía al criado sus composiciones, hicieron la burla que puede imaginarse. Uno de ellos, decía a Felipe con mucha sorna:
–¿Y qué opina del drama el Doctor Centeno, hombre inteligente?
El muchacho se ruborizaba y no respondía nada. Pero en su
fuero interno, decía con rabia:
«¡Valiente ganso estás tú!… Mejor te pusieras a estudiar…».
Para Felipe las obras más perfectas, las creaciones más sublimes del humano entendimiento, en lo antiguo y en lo moderno,
eran las de su amo.
328
PORTADA
ÍNDICE
IV. En aquella casa
VI
El caballero manchego, cuya primera hazaña había sido arrancar a la historia la figura de El Grande Osuna para vaciarla en un
molde dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no
eran de arte. A medida que iba gastando lo que le diera su tía, más
se aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase,
sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin sustancia le causaban. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro permitiéndole
ver la verdad de aquel peregrino caso. Su tiíta estaba loca, y él, re
cibidos los dineros, debió ponerlos a disposición de su padre. No lo
había hecho por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles de la
niñez y de la juventud… Había hecho uso de lo que casi no era suyo,
de un caudal venido a sus manos por caminos torcidos… Pero el
hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido más
que su conciencia. Tener dinero era para él como la razón de ser del
vivir, mejor, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer
de ello era asemejarse a un árbol que no tiene más que raíces, leña
y hojas, pero que nunca se viste de flores ni se engalana de fruto
alguno. ¡Disponer, pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella,
no cubrirse de la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no
dar a los labios el auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan a
la mano!… ¡oh!, ¡esto era superior a su conciencia de hombre, a su
respeto de hijo! En el estado actual del mundo, la vida sin moneda
es una vida teórica, un mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir a los verdaderos hombres, a los que están
provistos de aquel jugo vital. Es menester remontarse a la época del
pastoreo para imaginar al hombre indiferente a las ideas de tuyo y
mío, y considerarle como tal hombre a pesar de la mutilación de esa
víscera que se llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era mutilación la voz propia, sino que aquella entraña
estuvo mucho tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que
el uso hizo de un elemento orgánico un verdadero órgano.
¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse a sí mismo y
atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía el dinero de lo lindo,
329
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del
Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un
día sí y otro no, ya le faltaba tiempo a Miquis para ir a socorrerle.
Muchos, ¡tales traiciones tiene la amistad!, fingían penurias para
sacarle algo y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los
billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel
depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que quedaba.
Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario a la cantidad.
Así como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en
ella, así la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro,
saturado de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la
idea de 100 de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas
cifras eran cosa monetaria, venían a resultar indistintas, como los
tamaños y forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, oh Musas locas, estos pedazos de papel, hechura de
los modernos Bancos, y que casi todos llevan impresos, como
signo de ir a prisa, los alados borceguíes de vuestro hermanito
Mercurio!206.
Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y
otra tienda para comprar cosas que, a su parecer, le hacían falta,
y metiéndose en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito,
obras de lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no
servían para nada. En los puestos de libros dejó también mucho
dinero, porque no había autor clásico o romántico, español o extranjero, que él no quisiera tener. Para enterarse bien de todo lo que
compraba, necesitaría la vida eterna.
Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de
las librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética o nerviosa corriente… ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de
casa conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con
206
Estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos, y que casi
todos llevan impresos, como signo de ir a prisa, los alados borceguíes de vuestro
hermanito Mercurio: numerosos billetes de banco de la época llevan en efecto la
figura del dios del comercio Hermes o Mercurio en su anverso, según mostramos
en el suplemento gráfico.
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IV. En aquella casa
interés y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios
mil y también tristísimos augurios:
–Es un perdido. ¡Qué lástima de talento!…
–Corazón demasiado grande y jamás harto de sensaciones…
¡Pobre Alejandro! Se consume en su propio fuego.
–Es un tontaina… Cualquiera le engaña… Pero de ésta las pa
gará todas juntas, porque me parece que se lo llevan en vilo.
El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «se detendrá
a tiempo», Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro, y lo
expresaba así: «le voy a coger de una oreja y a sujetarle… ¡vicioso!
Yo le quiero mucho, y no puedo dejarle que corra al abismo… Verán, verán ustedes…». Pero con tanto hablar no hacía nada, y era
el primero que, a solas con él, disculpaba sus errores.
Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus
compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos, había
cerrado el suyo a las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos
días faltaba a comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto
al ama de la casa.
–Este don Dulcineo del Toboso arruinará a su padre –decía–.
No estudia y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!
Algunas veces, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se
permitía exhortarle y sermonearle con cariño. Era buena Virginia
y gustaba de hacer de madre con los huéspedes.
–Pero don Alejandro… está usted muy echadito a perder. Su
papá haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y
lo que es peor, sin estudiar… Porque dicen que usted no coge un
libro de los de clase, y es lástima, porque otro de más disposiciones… Dice don Basilio que usted es el de más talento que hay en la
casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de las comedias… desengáñese
usted, niño; eso no da de comer… Y sobre todo, no sea usted perdido, no gaste usted su salud. En Madrid hay mucha perdición.
¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les arman por ahí!
¡Qué bribonadas!, crea usted que me pongo furiosa. ¡Cuándo habrá
un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena limpia de
331
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
g entuza, una buena redada en que ningún pájaro se escape…! Los
padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto y el
señor Caña decía que tengo razón… Conque don Dulcineo, no sea
usted malo. ¿Se va usted a enmendar? ¿Me lo promete usted?…
Dice que sí, y después como si tal cosa… A ver, sea usted franco
conmigo, ¿qué gusto encuentra usted en ser malo? ¿No se cansa,
no se aburre?… Porque a otros engañará usted, haciéndose pasar
por un santito; pero a mí no. A ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza… yo no lo he de decir a nadie. ¿En dónde se pasa
las noches? ¿Por qué viene usted a casa a las tantas de la mañana?
¡Ah! Si fuera usted hijo mío, a bofetones de cuello vuelto le enderezaba.
Atendía sonriendo el estudiante a estas razones, y parecía
estar conforme con ellas. Sin duda había en su alma propósitos
de enmienda… Y en prueba de ello, viósele algunos días bastante
corregido; entraba temprano, iba a clase; pero lentamente volvió a
las andadas y a su miserable vida.
Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus
remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle
congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y ¡como llegara a entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido
de una loca…! Falta grave, delito más bien, había cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar su conciencia, y cuando el dinero se acababa, cuando volvían, anunciadas
por lúgubres síntomas, las escaseces, iba faltando ya el atenuador
de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que
proporcionaba.
Una carta de su padre le puso en grande zozobra. «Me han
asegurado –le decía–, que te estás dando vida de príncipe. Haz el
favor de explicarme esto». Cobarde para afrontar la verdad, negó, y
a poco le escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos
si la tiíta ha realizado una cierta cantidad de juros, etc… Es lástima
que intereses de cuantía estén en manos de una demente…».
Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso e ngolfarse
en el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imagina
ción con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad,
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PORTADA
ÍNDICE
IV. En aquella casa
estaba él hinchado de optimismo. El Grande Osuna se representaría aquella temporada. Dudar esto sería como no ver la luz del
sol. Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los
carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba
de que no anunciaran ya el estreno las gacetillas, y deploraba lo
mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que
sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que era
un recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día
sin cartas, sin gacetilla, sin recado no le quitaba su dulce ilusión…
Compadecía a los que no eran autores de El Grande Osuna, y a
Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.
Pues bien: representada la obra, había de tener inmenso éxito.
Esto era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero…
Con este capital tendría lo bastante para reintegrar a su padre el
dinero de la loca… ¡Hermoso plan!, y podría hacerlo sin que su
padre se enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi
querido papá, ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos
doce reales… etc. Usted me dirá cómo se los envío, o si los entrego
a…». Lo más bonito era que después de este rasgo de honradez y
respeto filial aún le habían de quedar muchos cuartos para seguir
divirtiéndose… ¡Y luego!… Si tenía ya pensada otra obra que iba
a poner en el teatro en cuanto se representara El Grande Osuna…
¡Vaya una obrita! Se había de llamar El condenado por confiado, y
era cosa sublime: un señor de horca y cuchillo que se hacía fraile,
y después de hecho fraile se enamoraba de una monja…207 En fin,
había allí tela, y honda materia dramática, religiosa y hasta filo207
La nueva obra prevista por Miquis, El condenado por confiado, por su
título habría de ser una nueva refundición –y por tanto nada original– de la obra
El condenado por desconfiado de Tirso de Molina. Como el Enrico de Tirso,
Miquis declara su respeto a su padre, pero esto no le salvará. Al contrario, el nuevo
título preanuncia irónicamente lo que ocurrirá al joven por su exceso de confianza
en quienes le rodean. Por otra parte, no se olvide que el drama teológico barroco
se halla ambientado en Nápoles, lugar que atrae mucho a la fantasía de Alejandro,
como hemos visto en su Grande Osuna. Y en el acto I de la obra de Tirso aparece una mala mujer, Celia, que utiliza su ingenio y belleza para obtener provecho
de tantos hombres como puede, tal vez en paralelismo con la Tal que enamora a
Miquis.
333
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El doctor Centeno
sófica… Con los inefables placeres mentales de la gestación se
consolaba el infeliz de sus dolores morales y físicos.
Físicos, sí, porque empezaba a padecer cruelmente de una
como debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos
penosísima le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se
alimentaba con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de
su paladar fuera completa, hasta llegó a aceptar invitaciones de su
tía, y se hartaba de gachas, cañamones y bebía tazones de salvia.
Por grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni
miedo a la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco
menos que exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara
a cara la inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia car
nal, y con la confianza el deseo de comprometerla a cada instante.
Por esto dijo tantas veces: «La pulmonía que a mí me ha de matar
no se ha fundido aún».
VII
La tertulia que se había formado en el gabinete de Alejandro,
pasó, a causa de los desvíos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Éste
era muy devoto de Balzac, lo tenía casi completo, y conocía a los
personajes de la Comedia humana como si los hubiera tratado.
Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto,
Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons, y los demás le eran tan
familiares como sus amigos208. Tenía además loca afición a la mú208
También parece proyectarse aquí una parte de la juventud de Galdós: su
gran afición a Balzac, leído con pasión desde su viaje a la Exposición Universal de
Paris en 1867. Galdós reconoce que en su primer viaje en 1867 se entusiasmó con
Eugenie Grandet, y en años siguientes llegó a completar su colección balzaciana «y
que me echase al coleto, [más de ochenta volúmenes] obra tras obra, hasta llegar al
completo dominio de la inmensa labor que Balzac encerró dentro del título de La
comedia humana» (Memorias de un desmemoriado, «Mi llegada a la Corte», iii).
Algunos de los tipos aquí tan familiares a Arias, pudieron inspirar otros en Galdós:
Rastignac, ambicioso estudiante en Papa Goriot, La piel de zapa y Las ilusiones
perdidas; Vautrin, en Papa Goriot y Esplendor y miserias de las cortesanas; el
334
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IV. En aquella casa
sica, y era el más inteligente de todos en este arte. Como la reunión
era en su cuarto, decía que daba té y que se quedaba en casa. Era
aquello salón literario y artístico. La parte de concierto corría a
cargo del mismo Arias, que tenía prodigiosa memoria musical.
Allí se formó una sociedad comanditaria para tomar café
mañana y tarde. Poleró había trazado un plan ¡oh grandeza de los
principios económicos!, y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salía a cuatro cuartos por barba y taza. Además era mejor
que el del café. Por las noches, a primera hora, aquello era una Babel. Doña Virginia estaba muy a matar con los planes económicos
de Poleró, por el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique,
que en casos tales la echaba de muy bravo, decía que les iba a tirar
a todos por el balcón. Una noche que estaba dando gritos en el co
medor, salió Poleró del cuarto y con serenidad burlona le dijo:
–Señor Alberique… Parece que está usted incomodado, y que
me ha nombrado usted… Repítalo delante de mí, porque quiero
enterarme.
Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:
–Nada, señor Poleró… sostenía que tiene usted mucho talento.
Pero el catalán, por seguir la camorra, decía: «¿Y usted qué
sabe si yo tengo talento o no?…». Virginia, deseando paz, daba
algún dinero a su fornido esposo para que se fuese a correrla al
café o al billar. Ya se sabía que el morazo no había de volver hasta
la madrugada.
Poleró volvió al cuarto-casino a referir la escena. Felipe no
descansaba un momento en aquella gran tarea de hacer el café.
Salía y entraba con éste o el otro recado del comedor al cuarto,
del cuarto a la cocina.
–Doña Virginia, que si quiere usted café.
–No, hijo, que les aproveche.
avaro Felix Grandet en Eugenia Grandet; Gobseck, usurero, en la novela a la que
da título; el músico Sylvain Pons, en El primo Pons, el marqués de Ajuda-Pinto
en Gobseck y La duquesa de Langeais; los barones de Nuncingen en La casa
Nuncingen, etcétera.
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El doctor Centeno
–Doña Virginia, que me dé usted otra taza.
–Que manden por ella a la cacharrería.
En el cuarto crecía el barullo y se espesaba la atmósfera.
–No eches todavía el agua caliente.
–¡Pero si esta taza está sucia…! ¡Felipe!…
–¡Falta una cucharilla…! ¡Doctor!
–¡Alguien se ha comido el azúcar…! ¡Centeno!
–Si ya hierve.
–No hacerlo muy fuerte, que quita el sueño.
–Eh… cuidado, que se come un terrón Julián de Capadocia…
–¡Felipe!… ¿pero dónde se mete éste?
–Si ha ido por cigarros…
–El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco,
con el mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo a
ver si le convidamos.
–No convidarle.
–Dárselo sin azúcar… Eh… Felipe…
–¿Y Zalamero, dónde está?
–Ahora viene.
El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase
a la puerta y saludaba cortésmente a todos.
–¿Usted gusta?
–Gracias…
–¿Y cuándo…?
–Si quieren ustedes algo para París…
Risas generales y sofocadas.
–Aguarde usted y le daremos una taza de café.
–Son ustedes muy amables…
–¿Y don Basilio ha salido?… Felipe, llama a don Basilio.
–Permítanme ustedes, señores –decía el redactor de Hacienda,
asomándose a la puerta–. Hace tiempo que he renunciado al café,
porque me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de
azúcar para un vaso de agua…
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IV. En aquella casa
–Oro molido que fuera…
–Pues muchas gracias… Permítanme ustedes que me retire.
Me toca hacer artículo esta noche.
–Don Leopoldo, nos va usted a traer de París una buena maquinilla de café… ¡Felipe!
–No tienen más que darme una notita… No; lo apuntaré en
mi cartera.
–Apunte usted… maquinilla de hacer café, para… doce tazas.
–Bien, bien, no se me olvida ya…
–Tome usted… vea si tiene poco azúcar…
–Si no tiene ninguno…
–¡Felipe… condenado… el azúcar!…
–¡Un terrón!
–¿Pero dónde está el azúcar?…
–Se lo ha comido Julián de Capadocia.
–Todos están concluyendo su ración y no ha sobrado nada de
azúcar… ¡Qué descuido!
–Señores, si esto es veneno…
–Perdone usted, don Leopoldo…
–Abajo con él… Aunque sea amargo…
–Así es más estomacal.
–Muchas gracias, señores…
–Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta
noche.
Sale Montes. Jaleo, risas, música… Óyese aquello de: Don
Basilio, giungete a tempo… La calunia cos’e’ voi non sapete… Se
Don Basilio venessi á ricercarmi ditelli ch’aspetti209 y otras frases
209
Como hemos visto en otros lugares, Galdós hace un uso humorístico de
los pasajes de ópera, adecuándolos al contexto. En esta ocasión, el nombre de
Don Basilio le recuerda al personaje del mismo nombre en El barbero de Sevilla.
Implicando la familiaridad de todos los presentes con esta ópera, les atribuye el
uso cómplice e ingenioso de las frases del Acto II, cuando Bartolo dice a Don
Basilio: Giungete a tempo (Don Basilio, llegáis a tiempo). La calunia cos’e’ voi
337
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El doctor Centeno
en que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba
no lejos de allí, sacando de su seco caletre el tremendo artículo sobre
el déficit, todo lleno de números y cálculos, artículo que si alguien
lo leyera se quedaría yerto de patriótico espanto.
Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenían, de tiempo atrás, vivísimos deseos de entablar conversación con el taciturno
huésped don Jesús Delgado, para del coloquio pasar a la confianza
y poder con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexpli
cables quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le
enviaron con Felipe un recado invitándole a tomar café. Pero respondía siempre con mucha finura, dando las gracias y declinando
el honor que se le hacía.
Poleró, con ardiente curiosidad, no perdía ocasión de hablarle.
Si le encontraba por acaso en el pasillo, le detenía:
–Muy ocupado, ¿eh…?
–¡Ah!… eso siempre, figúrese usted, ¡oh!… –respondía el otro
haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan
alborotados que ninguna facción quería estar en su sitio.
Otra vez le decía el catalán:
–¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentí levantarse…
–No señor… ¡oh! Trabajando hasta la madrugada… Figúrese
usted… a lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y a todas
¡ah!, he de contestar. Buenas noches.
Poleró vivía en el cuarto próximo al de don Jesús Delgado, y
algunas noches, subiéndose en una silla, se asomaba a un tragaluz
abierto en lo alto del tabique. Había observado que el bendito señor,
cuando no se paseaba de largo a largo por la habitación, escribía
cartas en su pupitre.
non sapete… (¿No sabéis qué cosa es la calumnia?) pregunta Don Basilio, antes
de dar la famosa definición figurada de la calumnia en dicho Acto II. Nótese que
también los jóvenes estudiantes critican, en clave, al personaje que está cerca. Se
D. Basilio venessi a ricercarmi ditelli ch’aspetti, es decir, «Si don Basilio viene
a buscarme decidle que espere», es la última de las frases de los jóvenes ante el
ensimismado arbitrista.
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IV. En aquella casa
Conforme iba despachando epístolas, les ponía los sobres, luego
los sellos, de que tenía gran acopio, y las agrupaba a un lado; y con
las contestadas hacía grandes paquetes que guardaba en un arcón.
Como nunca salía a la calle sino para ir al Correo, y al salir echaba
la llave a su cuarto, no había medio de penetrar en la misteriosa
oficina. Receloso hasta lo sumo y atento siempre a su secreto, si
secreto había, don Jesús no evacuaba la plaza ni en el acto de la
limpieza, y se tragaba todo el polvo del barrido antes que dejar
expuestos sus papeles a un ataque de los huéspedes.
Arias sostenía que Delgado, hombre ya próximo a los cincuenta, tenía una novia perpetua, relaciones de esas que no terminan ni
en el matrimonio ni en el olvido; pero este caso de platonismo de
toda la vida, verosímil en el melancólico personaje, no explicaba
las catorce cartas, a no ser que tuviera don Jesús catorce novias
platónicas, todas poseídas de epistolaria demencia.
Zalamero tenía algunos antecedentes del señor Delgado. Perte
necía éste a una familia bastante acomodada; era soltero, y había estado veinte años en la Dirección de Instrucción Pública, desempeñando uno de los mejores destinos. Le apoyaban eminencias del partido
moderado. Pero Zalamero no recordaba bien qué clase de disgustos,
qué contratiempos oficinescos obligaron a aquel apreciable sujeto a
dejar su destino. Tiempo hacía que estaba cesante, y la familia le trataba como a loco pacífico, sin tener con él relaciones directas.
Una noche, aguijoneados por su ardiente curiosidad, hicieron
propósito los huéspedes de sacarle del cuarto, valiéndose de cualquier ardid, aunque no fuese prudente ni delicado. Invitáronle a
tomar café, y como contestara negativamente dando las gracias, imaginaron atacarle con una burla de gran aparato. Miquis redactó al
instante un mensaje, y se encargaron de llevarlo Poleró y Sánchez
de Guevara, para cuyo acto solemne, el primero se puso un frac
viejo de don Basilio y el segundo su uniforme. Entraron con toda
ceremonia en el aposento, y sin preámbulo alguno, sacó Poleró su
papel y empezó a leer con enfática entonación lo que sigue:
«Excelentísimo Sr. D. Jesús Delgado: Los que suscriben, hospedados en esta su casa, tienen el atrevimiento de
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El doctor Centeno
interrumpir las graves ocupaciones de usted para rogarle
se digne aceptar una modesta taza de negro café en el
humilde albergue en que la amistad les reúne. Aunque la
fraternidad que preside o informa los actos de personas
aposentadas bajo un mismo techo, justifica por sí este acto,
los que suscriben, Excelentísimo Señor, quieren dar a la
presente manifestación un móvil y origen superiores a
los que tendría si fuese un simple arranque de urbanidad;
quieren ¡oh!, derivarla de los sentimientos de admiración
y respeto hacia la augusta persona que ha prestado tan
eminentes servicios al país y al mundo entero en el importantísimo y florido ramo de la Instrucción pública.
Siendo los que suscriben, Señor Delgado, escolares
que aspiran a la posesión del saber en diferentes artes
y ciencias, no pueden menos de sentirse orgullosísimos
de vivir junto al insigne estadista que en doctas y previsoras leyes ha sabido trazar el camino por donde la
juventud marcha a la conquista del Vellocino de Hierro
de los modernos tiempos, Señor Don Jesús, que es la
Instrucción210.
Los que suscriben, Excelentísimo Señor, esperan que
usted, con la modestia del verdadero mérito, aceptará esta
humildísima prueba del respeto, de la consideración, del
entusiasmo de sus compañeros de casa, y si tal honra
merecen, tendrán por feliz y gloriosa entre todas las noches, la noche del 4 de noviembre de 1863…»211.
210
Vellocino de Hierro de los modernos tiempos: los jóvenes bromean con
la idea de que el tema educativo es la obsesión de muchos modernos, que buscan
un ideal que tiene menos categoría (de hierro) que el mítico «vellocino de oro»
perseguido por Jasón y los Argonautas.
211
4 de noviembre de 1863: la tarea de documentación del novelista es siempre llamativa. Esta fecha tan precisa, que no sorprende en el contexto de una carta,
es una gran ironía del autor, que la hace corresponder con otra «broma», la de
la solemne apertura de las Cortes en ese año. Algunos periódicos destacaron al
día siguiente el desinterés de los madrileños por la pompa del ceremonial en las
calles.
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IV. En aquella casa
Seguían las firmas.
La seriedad del acto, el tono grave y ampuloso de Poleró pusieron a don Jesús Delgado como quien ve visiones. No supo qué
contestar; todo se le volvía hacer cortesías y balbucir gratitudes…
Cuando dijo Poleró aquello de los servicios a la Instrucción pública
y del florido ramo, medio se enterneció el hombre y estuvo a punto
de llorar.
Fue, mejor dicho, se dejó llevar; y cuando los dos de la comisión entraron con él en el cuarto, recibiéronle todos con ruidosos
aplausos. El bienaventurado don Jesús estaba atónito, conmovido y
tan creído de la verdad de lo que pasaba, que no se daba cuenta
de la burla. Mientras tomó café, los otros le abrumaban a cumplidos, lisonjas y felicitaciones de celebérrimos trabajos. Poleró era el
único que faltaba, porque se había encargado de examinar las cartas y descubrir el secreto, acción que no consideraban villana, tratándose de un loco.
A don Jesús parecía que le quemaba el asiento. Apenas apuró
la taza, ya quería marcharse. Su turbación y cortedad eran grandes.
–Un momento más –le decían, deteniéndole casi a la fuerza.
–Si ustedes, ¡oh!, me permitieran retirarme… –respondía él
con timidez–. Apenas he empezado mi tarea…
Por fin le soltaron. Una comisión había de ir a acompañarle a
su domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando
el infeliz se encerró de nuevo, viérais a Poleró entrar en el cuarto
tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque
su hilaridad y los esfuerzos que hacía para sofocarla y no meter
ruido, le daban convulsiones…
–¿Pero qué, pero qué es…?
–No os podéis figurar.
–¿Qué cartas son esas?…
–Es la especie de locura más graciosa que se puede hallar.
–¿Quién le escribe? ¿A quién escribe?
–Si no lo hubiera visto…
–¿A la Reina?
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PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–No.
–¿Al Papa?
–No… Asombraos todos. Se escribe las cartas a sí mismo…
–¿Y las recibe…?
–De sí mismo. Todas las cartas están encabezadas: «Sr. D. Jesús
Delgado: Muy señor mío…», y todas concluyen así: «Su seguro y
atento servidor, Jesús Delgado».
¡Qué risas, qué algazaras!
–¿Se le da un bromazo, sí o no?
–Hombre, ¿mayor que el de esta noche?…
–Mayor, sí, mayor.
Poleró contó en breves términos lo que decían algunas cartas.
Todo en ellas se refería a extraños planes de Instrucción Pública.
En algunas respondía a consultas sobre delicadísimos puntos de la
misma materia. No estaban mal escritas, pero sí salpimentadas con
las exclamaciones «¡ah!, ¡oh!», que usaba también hablando.
–Sí; de la Dirección le echaron por loco –indicó Zalamero–.
Ahora recuerdo: empezaron a notar rarezas en sus informes y extrañísimas teorías traducidas del alemán. Por no sé qué ideas que
introdujo en un informe, tuvo el Director un gran disgusto con el
Arzobispo de Toledo, mediando cartas…
–Y están mediando todavía… ¿Conque se le da el bromazo?
–¿Cómo? ¡Ah!, ya… escribiéndole una carta firmada por él
mismo.
–Eso, eso… –clamó Poleró–. A ver quién imita su letra. Le he
quitado una carta.
–Venga –manifestó Cienfuegos, que se creía con aptitud para
el caso–. Yo la imitaré.
–Que ponga Miquis el borrador. Entérate, Alejandro, de las
tonterías que dice, y no omitas las interjecciones.
–Mañana… Es preciso sustraerle un poco de esta hermosa tinta
violada que usa… Felipe, mañana, cuando limpie la chica el cuarto,
entras a ayudar, y…
–Convenido: ¡qué lance!…
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IV. En aquella casa
–Señores, las diez… –gritó Sánchez de Guevara, blandiendo el
espadín–. Es hora de estudiar. Se levanta la broma212.
–Hasta mañana.
VIII
El sábado por la noche casi todos los huéspedes fueron al paraíso del Teatro Real213. Miquis llevó a Felipe, que no había estado
nunca y se quedó medio atontado ante lo que veía y oía, cual si
estuviera en un mundo distinto del que habitamos. Cosas y personas
se le representaban agigantadas y sublimadas por ignorado poder
de hechicería214. Aquello no era natural, aquello era sueño, ocio de
los sentidos y mentira del alma. Tanta señora guapa en los palcos;
el deslumbrador abismo de rojo y oro, de hermosura y luces que
desde arriba presenta la cavidad del teatro; la escena grandísima, con
aquellos señores que salían a cantar, ahora solos, ahora en bandadas; la muchedumbre de músicos que en aquel andén tocaban tanto
instrumento; los deformes contrabajos, las doradas arpas, los aplausos, el canto, el silencio, el ruido, la atmósfera espesa… todo causaba
al Doctor un embargamiento del ánimo y cierto embarazo en la
palabra. Se reían los demás de verle con la boca abierta, atento, lelo,
y sin responder cuando le decían: «¿Qué tal, Doctor, qué te parece
esto?». El miedo de decir alguna barbaridad le tenía mudo.
Zalamero y Virginia estaban en una de las filas más altas;
abajito, junto a la escalera de la derecha, en apretada falange, todos
los demás huéspedes, alborotando más de lo regular y dando broma
212
El estudiante adapta con simpática formalidad la expresión «Se levanta la
sesión», inspirado por el contexto del acontecimiento del día: la apertura de las
Cortes, inicio de la actividad parlamentaria del curso 1863-64.
213
Paraíso del Teatro Real: es una escena frecuente en el costumbrismo y en
la narrativa del siglo XIX ésta en la que los personajes asisten a la función musical
en la parte más alta (de entradas más baratas, junto con las llamadas de alabarda
o claque) del Teatro Real madrileño.
214
La terminología cervantina se aplica en este caso a Felipe, que como don Quijote –aunque por razones distintas– ve agigantado como por magia el entorno del teatro.
343
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
a don Leopoldo Montes, que acompañaba, no lejos de allí, a unas
cursis de mal pelaje. Aplaudían furiosamente a Mario, que cantaba
aquella noche. En los entreactos, Montes, por darse los humos de
una opinión musical, mostrábase partidario de Fraschini, y alzando
la voz en defensa de este artista, decía:
–Si hubieran oído ustedes al célebre Moriani, el tenor de la bella
morte!215. Yo le oí en París… Aquél sí reunía todo, voz y canto; no
era como este ídolo de ustedes a quien sólo se puede admirar bajo
el prisma del estilo.
En pie, para dejarse ver y oír, el tal Montes, tieso y bigotudo,
con la ropa muy ceñida para lucir las formas, llamaba la atención
de medio paraíso por su arrogancia cursilona, su cabeza llena de
bandolina, sus aires pedantescos y sus insufribles pretensiones de
hombre de mundo… Poleró estimulaba su fatuidad con chanceras
lisonjas, y todos se divertían atrozmente con la buena música, los
partidos musicales, las cursis, las apreturas y las bromas y agudezas
propias de aquella caldeada región216.
En la casa de huéspedes reinaba silencio gratísimo, en cuyo
seno, como pez en el agua, la mente prolífica de don Basilio Andrés
215
Mario, Fraschini, Moriani, tenor de la bella morte: Napoleone Moriani al
canzó gran éxito en Madrid, e incluso fue condecorado por la reina en 1845 como
Caballero de la Orden de Isabel la Católica, pero ya en 1863 era más un recuerdo
mítico que una figura aún de actualidad. Moriani fue llamado «el tenor de la bella
morte» por sus legendarias interpretaciones en las escenas de muerte, en óperas como
Lucrecia Borgia. Más cercano en el tiempo era el aristócrata y gran tenor italiano
Mario de Candia, muy esperado por el público madrileño del Real en la década de
los sesenta. Galdós lo alaba a menudo en sus crónicas periodísticas sobre ópera. Por
ejemplo, sobre su interpretación en La Favorita de Donizzeti, comenta: «Inútil es
decir que Mario ha cantado de una manera maravillosa toda la ópera, especialmente
el último acto (…) Interpretó el papel con su acostumbrada maestría, aprovechando
los menores detalles con esa extraordinaria percepción estética que posee» («Revista
de Madrid», 23 de marzo de 1865, en Los artículos de Galdós en La Nación: 47).
216
Caldeada región: en nota 123 se ha documentado el concepto de cursi. Aquí
Montes y las «cursis de dudoso de pelaje» se muestran en el paraíso, uno de los
espacios más comunes para la exhibición social. La asistencia de las Miaus, Federico
Ruiz y otros al Real con entradas de alabarda se explica en la novela de 1888, tal
vez la que más desarrolla lo que socialmente representan estos espectáculos, como
ha visto B. Entenza.
344
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ÍNDICE
IV. En aquella casa
de la Caña escribía su centésimo artículo sobre el eterno tema, y
era de ver cómo salía aquella máquina de guerra erizada de explo
sivas sumas y de cortantes guarismos. Cada vez que el redactor se
pasaba la mano izquierda por la cabeza, salía de la pluma, rápidamente meneada por la derecha, una chorretada de números que…
Pues ¡si aquello lo leyera alguien, Dios poderoso!217
Dos personas más había en la casa, igualmente silenciosas: la
Bernardina, que se había puesto a coser junto a la mesa del comedor, y dormitaba más que cosía, y don Jesús Delgado que trabajaba
en su cuarto con la constancia y fe de todas las noches. Antes de
ponerse a escribir, leyó cuidadosamente el bendito hombre en di
versos libritos ingleses y alemanes, paseó un rato por la habitación
como discurriendo lo que iba a contestar; y haciendo visajes y contorsiones, tomó luego la pluma, que no porque fuera de estas de
acero que ahora se usan, dejaremos de llamar bien cortada218. Le
acompañaba un discreto y grave amigo, Julián de Capadocia, dor
mitando no lejos de la mesa, y a ratos levantaba la cabeza y le dirigía miradas cariñosas. Expresivo era el rostro del apacible can,
y si hubiera tenido palabra le habría dicho: «¿cómo va eso, señor
Delgado?». Pero se lo decía con los ojos, y con los ojos también
respondíale don Jesús:
217
Como pez en el agua, la mente prolífica de D. Basilio Andrés de la Caña…
por la derecha, una chorretada de números: de nuevo el apellido «La Caña» provoca al autor una irresistible tentación de juego verbal al modo del Barroco, en
torno a los términos acuáticos, al igual que hará en Miau. Aquí, «de la Caña» induce la asociación con «Pez», y la selección de términos «acuáticos» («como pez en
el agua», «brotaba», «chorretada»). En Miau, y al hilo del otro apellido remotivado,
leemos estos lamentos del cesante Villamil: «…con Peces y sin Peces, para mí no
habrá nada. La Caña es el único que se interesa ahora por mí» (cap. XXVI).
218
Bien cortada pluma: el narrador comenta el sinsentido actual de la común
expresión «bien cortada pluma», en un tiempo en el que los plumines metálicos no
necesitaban el afilado o corte de las plumas de ave de siglos pasados. La usadísima
expresión nos remite a unos famosos versos de la parte VII del Viaje del Parnaso
de Cervantes: «Dame una voz al caso acomodada/una sotil y bien cortada pluma…».
Un año después, Cervantes cerraba la Segunda Parte de El Quijote con un Cide
Hamete que cuestionaba con humildad el que su pluma (metonimia de la composición literaria) haya estado bien o mal cortada: «Aquí quedarás colgada (…) no sé
si bien cortada o mal tajada péñola mía…».
345
PORTADA
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El doctor Centeno
–Difícil tema es éste, ¡oh!, amigo Capadocia; allá veremos lo
que sale.
¿Era verdad lo que Poleró había dicho? Sí; todas las cartas que
Delgado contestaba las había escrito él mismo un día antes. El desgraciado huésped, cuya vida se nos presenta en tan gran misterio
así como los orígenes de su pacífico desorden mental, merecía bien
el mote que le puso Arias Ortiz, ramplón helenista; le llamaba el
eautepistológrafos, o sea el que se escribe cartas a sí mismo.
De las doce o catorce que había recibido aquella tarde, tomaba don Jesús una, la leía con atención cuidadosa, meditaba un
rato sobre ella y luego la contestaba. Sucesivamente hacía lo mismo
con las otras, alternando el leer y el escribir, hasta despachar la mitad del trabajo, quedándose la otra mitad para la mañana siguiente.
He aquí una, tomada al azar del repleto archivo del arcón:
«Sr. D. Jesús Delgado: Muy señor mío de mi consideración más distinguida. Recibí su atenta, fecha 28 de octubre,
y me apresuro a contestarle que su admirable plan de la
Educación Completa219 no es ni será comprendido por esta
caterva rutinaria de la Dirección, incapaz de salir ¡oh!, de
los antiguos moldes. Pasarán años; será preciso que todo
el régimen del Estado varíe, que la Sociedad se conmueva
mucho para sacudir su modorra; que pensamientos nuevos
y nueva luz entren en el cerebro narcotizado y tenebroso de
la Nación, y, aun así, ¡oh!, la reforma que usted quiere implantar no será un hecho si no se dedica usted un siglo más
al ensayo de ese mismo plan y al tanteo de su difícil apli219
Don Jesús, en su locura cervantina derivada del exceso de lecturas, crea un
Plan nuevo de educación, sobre la base de títulos reales que fueron muy frecuentes en
las obras pedagógicas de la Ilustración, en la órbita del influyente libro de Rousseau
Emile ou de l’éducation, de 1762: el Nouveau plan d’éducation et d’instruction pu
blique, de Joseph Villiers o el Nouveau plan d’éducation por toutes les classes de
citoyens, de Bertrand Vellac, ambos de 1789. La expresión se mantendrá aún a fines
del siglo, en libros educativos como el de la Vizcondesa de Barrantes Plan nuevo de
educación completa para una señorita al salir del colegio, que figura en la biblioteca
de Galdós listada por S. De la Nuez, con un ejemplar de la tercera edición, de 1898.
346
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IV. En aquella casa
cación. Vino usted al mundo ¡oh!, antes de tiempo, amigo
mío; lo mejor que puede hacer ahora, para no aburrirse aquí
con tan larga espera, es darse una vuelta por la eternidad
y volver dentro de siglo y medio, año más año menos.
Entonces el Gobierno pensará de obra manera, y habrá caído en total descrédito la educación de adorno que
ahora prevalece, compuesta de conocimientos necios, bal
díos y de relumbrón, como las pinturas ridículas con que
se engalanan los salvajes.
Cuando usted vuelva, la sociedad habrá comprendido
que, en todo el curso de la vida, lo importante ¡ah!, no
es parecer sino ser, y que a este principio debe sujetarse
la educación.
Deseo que usted explane sus ideas sobre esto, de
mostrando que el fin educativo es prepararnos a vivir con
vida completa. Espero en su próxima carta una clasi
ficación de las principales direcciones de la actividad
que constituyen la vida humana, para deducir ¡oh!, cuál
es la educación que debe preferirse, según el grado de
importancia de aquellas direcciones de la actividad.
Entre tanto llega su deseada carta, se repite de usted
¡oh! atento servidor Q. B. S. M.
JESÚS DELGADO».
Este tono grave no lo empleaba en todas sus cartas; las escribía
también familiares, como la muestra:
«Querido Jesús: por la tuya del 7 veo lo atareado
que estás en esa oficina de la Educación Completa, establecida en el sétimo cielo, círculo tercero de la derecha.
¡Pobrecito, tener que contestar tanta carta, venida de remotos países…! Veo que los amigos Froebel y Pestalozzi
no te ayudan nada220. ¡Qué pícaros!
220
Froebel y Pestalozzi: don Jesús está obsesionado, al modo cervantino,
por la lectura de las obras de estos dos grandes pedagogos. El suizo Enrique
347
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El doctor Centeno
La familia buena. Estamos ensayando en los niños
tu sistema de educación recreativa, ¡oh!, que forma parte
de la completa. Esto de enseñarles jugando es invención,
como tuya, donosísima. Hemos tirado al pozo todos los
librotes indigestos que los chicos tenían, y en su lugar
les hemos dado herramientas de fácil manejo, lápices y
colores, cartón para hacer casitas y otras menudencias
dispuestas conforme a lo que mandas.
Sofía está otra vez en estado interesante y muy
avanzada… ¡Cómo ha de ser!… Mi sabiduría me da
un hijo cada año. Venga, y le educaremos jugando. Nos
harán falta pronto tus ideas sobre la lactancia. Escríbenos
sin dilación, que quizás mañana empecemos a necesitar
tus teorías lactatorias, ¿qué digo, mañana?, ahora mismo… me avisan que Sofía… ¡ah!, ¡oh!, no puedo seguir,
adiós221.
JESÚS».
Pestalozzi es sin duda el precursor de la pedagogía moderna, por su incansable
tarea teórica y práctica orientada a la educación de niños huérfanos y mendigos
y a la capacitación de profesores que asumiesen el sistema educativo innovador.
La forma epistolar por la que opta don Jesús imita la elegida por Pestalozzi para
exponer sus teorías en Cómo Gertrudis educa a sus hijos. Las ideas de Froebel,
discípulo alemán de Pestalozzi (expuestas sobre todo en La educación del hom
bre, de 1826) parecen inspirar también a Galdós en cuanto a la importancia del
juego para el desarrollo del niño, según explicamos en el Estudio preliminar.
Nótese el detalle con que aparecen los ingeniosos juegos de los niños en nuestra
novela, y la necesidad de la enseñanza no coactiva para no desaprovechar las capacidades infantiles, aspectos que se plantean también en las cartas de Don Jesús
Delgado.
221
La figura de la madre es esencial en las teorías de Pestalozzi, quien abre sus
Cartas sobre la educación de los niños, escritas entre 1818-1820 a su amigo J. P.
Greaves, con esta dedicatoria: «A las madres. ¿Por qué entregáis a manos extrañas
una tarea tan dentro de vuestra misión que Dios y la naturaleza y vuestro propio
sentimiento con una sola voz parecen haber delegado en vosotras?» (Pestalozzi:
157). Las madres –y no el receptor Greaves– que son a menudo apeladas como
destinatarias en las treinta y tres cartas, son vistas como las responsables de la
formación religiosa y moral de sus hijos, lo que se advierte también en las cartas
que conforman el libro Cómo Gertrudis enseña a sus hijos.
348
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IV. En aquella casa
Aquella noche, como dije, despachaba tranquilamente Delgado
su correspondencia, cuando de pronto, al abrir una de las cartas
y leerla, se quedó turbado, frío, y empezó a hacer tales visajes y
contorsiones que la cara se le desbarataba, cual si quisiera protestar de las leyes anatómicas; volvía a leer, no dando crédito a sus
ojos, y saltaba en el duro asiento. Parecía tener el mal de San Vito.
Levantóse, dio varios paseos, leyó de nuevo la carta… ¿Qué carta
era aquélla que tanto le trastornaba? ¡Su letra!, ¡su tinta! ¡Eran el
encabezamiento y firma como los de todas las suyas!
Leída por sétima vez, vio que decía:
«Sr. D. Jesús Delgado.
Mi distinguido amigo: el contenido de su gratísima
del 2 de noviembre, en que se manifiesta desesperanzado
del éxito de su grandioso plan de Educación Completa, me
ha producido ¡oh!, dolorosa impresión. ¿Pues qué, varón
insigne, filósofo eximio, genio sin segundo?, ¿será posible
que desmaye usted cuando llega el momento de dar cima
a su alta empresa y coronar con triunfo y galardón admirables esa gloriosísima serie de inmortales estudios? No,
amigo; hemos llegado a la cima, hemos escrito el omega,
y la frente del santo reformador, del Jesús, del Cristo de
la Educación, aparecerá coronada de las estrellas de la
práctica en el trono refulgente de la realidad.
Usted, mi sabio amigo, engolfado en el tumultuoso
piélago de las cartas que apartadas regiones del universo
mundo le dirigen, no ha apreciado el veloz paso del tiempo.
¡Han trascurrido veinte años sin que usted se dé cuenta
de ello! Ya no existen aquellos moldes rutinarios que
se oponían a la Educación Completa. Todo ha variado,
egregio hierofante; la sociedad ha vencido su modorra,
y despabiladísima aguarda las ideas del legislador de la
enseñanza. En este lapso de tiempo, ¿no sabe usted que
ha sido derrocado el trono secular y con él han desapa
recido las viejas prácticas y las ideas rancias? Cual generosa espada cubierta de orín, que en un momento es lim
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PORTADA
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El doctor Centeno
piada y recobra su hermosura, temple y brillo, así la nación se ha limpiado su mugre. Nuevas instituciones tene
mos ya, ¡oh!, y nuevos caracteres y principios. La hora de
que el gran reformador salga de su escondite y manifieste
al mundo atónito sus planes, ha llegado, Señor Don Jesús.
¡Viva el profeta de la Educación Completa, base de la
Completa Vida!
Con ferviente entusiasmo le saluda y abraza su afectísimo
JESÚS DELGADO».
Mientras más la leía el infeliz, mayor era su desasosiego. Estaba el pobre como fuera de sí, con grandísima zozobra en su
alma. Pero mucho más se alteró cuando, al fijarse en la fecha de
la carta222, vio que claramente decía: «8 de noviembre de 1883».
Se le erizaba el cabello mirando estos guarismos. Tanta impresión le hicieron que sus nervios se desataron en vibración loca, y
empezando por dar vueltas en la habitación, luego salió disparado
al pasillo.
Julián ¡cosa extraña y rara vez acontecida!, ladraba tras él…
Pero ¡cómo ladraba el bueno de Capadocia! Era en él el canino len
guaje un aullar lastimero que más tenía de exhortación de amigo
que de amenazas de guardián. Asustado del ruido salió don Basilio,
y con cariño puso la mano en el hombro del eautepistológrafos, y
le dijo: «¿Qué le pasa al buen amigo? El tiempo Sur es malo, ¿eh?».
Pero Delgado se metió en su cuarto otra vez, sin responder
nada al de la Caña, lo que sorprendió mucho a éste, por ser don
Jesús la misma cortesía. Bernardina salió también, y entre los dos
hicieron callar a Julián.
222
1883: reproducimos en negritas, tal como aparece en la primera edición y
en la de 1905, esta importante fecha. Galdós distinguió claramente esta cifra en
su manuscrito, con grandes números y doble subrayado, para que el énfasis fuese
recogido en la edición. Los veinte años de diferencia con la fecha de la escritura
de la novela muestran un inmenso sarcasmo de Galdós, que pone así de relieve
cómo durante dos décadas España no ha evolucionado nada en el ámbito de la
educación.
350
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IV. En aquella casa
–Este maldito tiempo Sur –repetía don Basilio, acompañando
a la Bernardina hasta el comedor y sentándose a su lado.
–Esta noche le da fuerte, ¿dice usted que es el viento? Hasta
Julián se encalabrina… –observó la moza; y don Basilio, recreándose en contemplar los torneados brazos de ella, repetía:
–Este maldito viento Sur, no sé lo que tiene. También a mí me
pone la cabeza…
IX
Al siguiente día, doña Virginia, mal humorada con los huéspedes, les hablaba así:
–¡Alguna picardía me le han hecho ustedes a ese bendito don
Jesús! Como yo lo descubra, van todos a la calle. Cuidado con
echármele a perder, que él con nadie se mete, y es el hombre más
calladito, más respetuoso que se puede ver… ¡Ay de aquél que me
le trastorne con bromas pesadas!… Me parece que voy a dar azotes… Porque si yo tuviera muchos huéspedes como don Jesús, no
querría más. Él no dice esta boca mía; jamás me ha roto un plato,
no alborota, ni es tragón… Todos los meses viene un señor de la
familia y me pregunta: «¿cómo está?, ¿sigue pacífico?», y yo le
digo: «está como un ángel, y de buen color…». El encargado abre
una miajita de la puerta para verle… Siempre en su faena de las
cartas, ¡pobre ángel!… Después me paga el hospedaje en bonitos
napoleones y hasta otro mes…223
Estas exhortaciones de la hermosa Virginia no hacían efecto.
Los condenados idearon otra broma aquella misma noche (que fue
223
Pagar en napoleones: la patrona muestra su satisfacción por recibir el pago
en esta moneda francesa, que circulaba en España, al igual que otras monedas
europeas, en pleno caos monetario derivado de la reforma del gobierno Narváez en
1848. Casi cien tipos de monedas nacionales y extranjeras estuvieron en circulación
hasta la nueva reforma de 1868. Era el napoleón una moneda de plata muy valorada,
ya que este metal era cada vez menos frecuente en las monedas españolas, en un
tiempo en el que aún coincidía el valor del metal con el facial.
351
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El doctor Centeno
la del lunes), y al punto la pusieron por obra. Escribieron al eautepis
tológrafos una carta con su imitada letra y tinta; pero para confundirle más, la firmaron así:
Su afectísimo amigo y capellán,
JULIÁN DE CAPADOCIA.
Y dando las señas de la casa, rogaban al señor don Jesús pronta
contestación a un difícil punto que el firmante sometía al elevado
criterio de nuestro reformador pacífico. Pasaron dos días y la contestación no llegaba. Pero una tarde, hallándose todos en casa en
expectativa de la anhelada respuesta, llamó el cartero del interior,
el cual, después de entregar la diaria ración de don Jesús, enseñó
otra carta, diciendo: «¿Don Julián de Capadocia?».
–¡Aquí es, aquí es…!
Con febril alegría y curiosidad se reunieron a leer, y puestos
todos en rueda, leyó Alejandro en voz baja lo siguiente:
«Sr. D. Julián de Capadocia
Muy respetable señor mío y capellán: Por su atenta
del 4 me he enterado del delicadísimo problema que se
sirve someter a mi humilde criterio, a saber: cuáles se
rían los medios más adecuados para que usted pudiera
reintegrarse a su ser total, y si los procedimientos de la
Educación Completa, que tengo el honor de defender y
propalar, serían eficaces para aquel alto fin.
¡Ah!… Señor de Capadocia, diga usted a los mal
educados jóvenes que le han dirigido a mí, que no es de
corazones nobles hacer escarnio de principios que no se
comprenden; dígales usted que mis planes no son para
perros ni para gandules que padecen, entre otros males,
la mutilación del rudimento cristiano del respeto a los
semejantes. Excluidos están ¡ah!, todos ellos, por su grosería, por su falta de sentimiento social y caritativo, de
los beneficios de la Educación Completa. Y pues el señor don Julián ha de tener sobre ellos alguna influencia,
352
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IV. En aquella casa
siquiera por el parentesco patológico o la comunidad de
dolencia, convénzales de su triste situación, y hágales ver
que están llenos de vicios físicos, morales e intelectuales.
A los que heredaron de sus padres y maestros, reúnen los
que ellos adquieren todos los días con su vida disipada y
antihigiénica, así como en el estudiar vicioso. ¡Oh!, son
enfermos que me dan lástima, porque veo mejor que nadie sus llagas horrorosas. Esos pobres tontos no comprenden que la adquisición de todo conocimiento tiene
dos valores, uno como saber y otro como disciplina. Este
último ¡ah!, lo desconocen, como el ciego de nacimiento
desconoce la luz, estando rodeado de ella.
Repítales usted estas palabras a todos y particularmente a ese caballerito, autor de dramas, que le ha escrito
a usted la carta. Ese es el más enfermo de todos y el que
más necesita de otros aires. Es el más lisiado, ¡ah!, el más
leproso, el más cojo, manco y ciego de todos. Desconoce
la moralidad física, el culto de la salud, tan respetable
como el de la conciencia, como el de la inteligencia. Es
un triple suicida; se está matando por tres partes a la
vez, ¡pobre niño! A éste es al que más compadezco, por
lo cual debe usted decirle de mi parte, que lo mejor que
puede hacer es morirse, para que resucite purificado.
Esto dirá usted a sus amigos y consejeros. Y usted,
señor capellán224, reciba una puntera de su afectísimo
JESÚS DELGADO».
224
Los jóvenes estudiantes han planeado y ejecutado su broma, como los ociosos duques en el Quijote de 1615 urden las suyas para divertirse a costa de don
Quijote. La referencia al perro como «señor capellán» es el último guiño del novelista para que asociemos las sensatas y dignas palabras del loco don Jesús, con la
defensa igualmente cuerda de Don Quijote frente al capellán de los Duques, que
lo había reprendido y ridiculizado sin la menor caridad (cfr. El Quijote, Parte II,
capítulo XXXII, «De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros
graves y graciosos sucesos»). Más adelante, la sorpresa y división de opiniones sobre
la actitud de don Jesús nos recuerda también el desconcierto que las palabras de
Don Quijote provocaban en quienes le escuchaban.
353
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El doctor Centeno
Pasmados se quedaron los muchachos del contenido de la carta,
en la cual, junto a los despropósitos, se veían razones y frases que demostraban agudo entendimiento. Por de pronto, don Jesús había comprendido la burla que se le hacía, lo que probaba cierta limitación
en su locura. Los burladores no sabían qué juicio formar de aquel
hecho, y había pareceres distintos. Quién le tuvo por hombre superior,
extraviado; quién por un humano alambique de frases extraídas de
doctos libros extranjeros, entonces desconocidos en España. Unos sentían lástima y aun algo de respeto, por lo cual, no querían llevar adelante la jarana; otros, más audaces y atentos sólo a divertirse, sostenían
que la carta era un atajo de desatinos, y pensaban escribirle más.
Contra todos se desató en dicterios Virginia, porque le alborotaban
su huésped más querido. Estaba furiosa y con ganas de poner a alguno en la calle. No lo hubiera hecho, sin embargo, si no le apretaran
a ello otros sucesos que contaremos sin pérdida de tiempo.
Alberique, moro de Concentaina225, tenía el genio repentino,
irascible, ampuloso, siempre que fuera pequeño el motivo que lo hacía estallar. Contar los improperios que le decía a una pobre mosca
que tuviera la audacia de posarse sobre sus dibujos, sin saber lo que
hacía, fuera reunir aquí lo más atrabiliario y soez del idioma. Su
mujer y Bernardina eran torpes, idiotas, bestias y acémilas con faldas.
Él solo tenía las manos delicadas; él solo sabía poner cada cosa en su
sitio, sin manchar nada… La casa era el puerto de arrebata-capas226.
225
Moro de Concentaina: el nombre de Alberique lo toma Galdós del topónimo
árabe de una localidad valenciana, y sitúa su lugar de nacimiento en la localidad
alicantina de Cocentaina o Concentaina. La ironía se manifiesta en un detalle que
ajusta cuentas con la historia: en 1609, miles de musulmanes de Alberique fueron
expulsados, en el contexto de la expulsión de los moriscos que tanto afectó a la sociedad y economía levantinas. En nuestra novela un moro realiza falsos escudos heráldicos para cristianos recién enriquecidos, que buscan una pátina de antigua nobleza.
Exactamente lo que ocurrirá años más tarde con el usurero Torquemada que aparece
también en nuestra novela, quien una vez enriquecido y convertido en banquero
comprará el título de Marqués de San Eloy en Torquemada en el purgatorio.
226
El Puerto de Arrebatacapas: es lugar de la provincia de Ávila, cercano a
Cebreros, cuyo nombre se debe tal vez a los fuertes vientos del lugar. La frase hecha
que se atribuye a Alberique se basa en otro sentido del topónimo, relacionado con
el desorden y la posible rapiña.
354
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IV. En aquella casa
Allí no se podía tener nada. Tan pronto le cogían un lápiz para
apuntar la ropa; tan pronto le quitaban el cazuelillo del agua para
hacer guisotes. No se podía trabajar, no se podía vivir allí.
–¡Verbo!, ¿dónde están mis pinceles?… ¡Verbísimo!, ya me han
cogido la lámina con los dedos manchados de petróleo.
Ésta era la música de todo el día, cuando Alberique trabajaba.
Traía a la sazón entre manos una hermosa ejecutoria en vitela para
cierto sujeto que había sido hecho marqués. El trabajo no carecía de
mérito artístico ni de limpieza y minuciosidad benedictinas. Todo
se volvía escudos tajados y tronchados, con sinople, rojo, oblea, y
mucha banda, lambeles, losanges, mallas y rustros227.
Serían las once de aquel infausto día, cuando en toda la casa
se oyó la terrorífica voz del berberisco que así gritaba:
–¡Verbo!, ¿quién me echó esta gota de tinta encima del dragón
de gules? Me recopilo en la re-espantadísima madre de Reus…
–Habrás sido tú mismo, sin pensar… –murmuró Virginia, que
al estruendo de los apóstrofes salió de la cocina con una sartén en
la mano.
–¡Verbo!… esto es un presidio… Si supiera quién fue el reindecentísimo que me hizo esta cochinada, ahora mismo, ahora
mismo le hacía una tortilla contra la pared.
Felipe entraba. Verle el morazo y lanzarse sobre él, como tigre
hambriento sobre la espantada res, fue todo uno.
–¡Tú fuiste, perro, tú!
Sin darle tiempo a disculparse, le tendió de una bofetada en
el suelo. Doña Virginia dudaba si salir o no a la defensa del chico.
No lo hizo porque le tenía cierta ojeriza a causa de los modos un
tanto desenvueltos que había adquirido el Doctor, alentado por su
amo y por los demás huéspedes, que le tenían bastante cariño. La
verdad en su lugar: Felipe había echado ciertas ínfulas que desdecían
227
Nótese la precisión lingüística de Galdós para describir con tecnicismos
heráldicos la inventada «ejecutoria en vitela» es decir, pintada sobre piel de pergamino: escudos tajados y tronchados, con sinople, rojo, oblea (corregimos la errata
blea de la primera edición), etcétera.
355
PORTADA
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El doctor Centeno
de su humilde condición. Respondía a la señora patrona altaneramente y no respetaba a los mayores. Para nombrar a Montes, solía
decir el tío prisma, y al señor de Alberique le mostraba antipatía
y menosprecio.
A los gritos que el muchacho daba, acudieron Poleró y don
Basilio. En el mismo instante, Felipe, revolviéndose iracundo, como
cachorrillo herido, se levantó y buscó con sus trémulas manos un
objeto sobre la mesa. No hubo de encontrar más que el cacharro
con agua negruzca y dos o tres pinceles, y cogiéndolo todo con
presteza se lo tiró a la cabeza al moro. Éste fue hacia él con ánimo
de espachurrarle. Dios sabe lo que habría hecho si no se hubiera
interpuesto Poleró.
–No sea usted bárbaro… No trate usted así a un pobre chico…
–Permítame usted, señor Alberique… ¿Está usted seguro de
que ha sido él?…
–¿Y ustedes qué tienen que ver aquí? –gritó el bárbaro–. Métanse
ustedes en sus cosas, que yo me recopilo en la espantadísima…
–¡Eh!, no sea usted animal… No le aguanto a usted sus coces…
–Si cojo a uno… –gruñía el moro acobardado.
–Le digo a usted –gritó Poleró con repentina ira–, que no tiene
usted que tocar a Felipe. Vaya usted noramala.
Centeno corrió al cuarto de su amo. Alberique balbucía con estropajosa lengua excusas, blasfemias y amenazas. En esto, Virginia,
que quería poner paz y evitar un escándalo, se llegó a él diciéndole:
–No seas bestia… ¿A qué tanto grito para nada, por una gota…?
¡Qué hombre! No sé cómo…
El berberisco de Concentaina, manso con los fuertes, tremendo
con los humildes, halló en la oposición de su mujer buena coyuntura para mostrarse valeroso. Aquel león no era tal león si no tenía
un cordero en que cebarse. Le habían quitado a Felipe, pues echaba
la zarpa a su mujer. Como arma de fuego que se dispara, así soltó
estas palabras228:
228
Como arma de fuego que se dispara, así soltó estas palabras: la expresión
de verbum dicendi que introduce el estilo directo, además de una comparación muy
356
PORTADA
ÍNDICE
IV. En aquella casa
–¿Y tú?… mejor te callaras, grandísima…
¡Ay Dios mío, lo que salió de aquella boca! Abochornada la
buena mujer de oírse calificar de tan mala manera por su propio
marido, estuvo un momento vacilante entre el llanto y el furor. Su
espíritu enérgico decidióse al fin por lo último, y se fue derecha a
él gritando:
–La culpa tengo yo que mantengo animales…
Palabrita tras palabrita, pronto vinieron los hechos. Ven, Homero, y canta esta colosal pelea229. Virginia descargó de plano la
sartén sobre la nefanda cabeza del moro, y éste agarró con su mano
hérculea el moño de ella… Gracias que los huéspedes acudieron
todos a la defensa de la dueña, que si no… En aquel punto entró
Zalamero, y sin decir nada, acometió furioso al berberisco, agarrándole por el pescuezo… Momento trágico con sus vislumbres
humorísticos. Don Ramón de la Cruz, ¿en dónde estabas, que no
fuiste a verlo?230 Cayóse el fez de Alberique. y a Zalamero se le
abrió la camisa por el cuello…
–Señores… ¿qué es esto?
–Atrás…
–No faltaba más…
Don Basilio, que se empeñaba en sujetar a Alberique, sufrió
la extirpación violenta de un callo, y todo se le volvía renegar de
expresiva sobre los modos brutales del moro, se relaciona con el mundo levantino
al que pertenece el hombre, en el que tan importante es la pólvora.
229
Ven, Homero, y canta esta colosal pelea…: La calificación burlesca de un
conflicto como «homérico» es frecuente en Galdós. En este caso, la invocación a
Homero crea el humor por la desproporción entre el gracioso sainete de la pelea
que tiene lugar y su supuesto carácter épico.
230
Los sainetes de Don Ramón de la Cruz fueron objeto de admiración por
parte de Galdós, quien le había dedicado en 1871 los ensayos recogidos en «Don
Ramón de la Cruz y su época». En otro lugar he apuntado cómo los ecos literarios
del gran sainetista se superponen a veces a la recreación de tipos y costumbres madrileñas en Galdós, tanto en los episodios como en novelas (I. Román, «Don Ramón
de la Cruz en Galdós»). El autor dieciochesco se encontraba en plena vigencia a
mediados del siglo XIX, ya que eran suyos muchos de los sainetes con que solían
acabar las funciones teatrales. Especial éxito tuvieron entonces La comedia de las
maravillas y Las castañeras picadas (cfr. I. Vallejo y P. Ojeda, 2001: 17).
357
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
la pendencia y de los contendientes. Arias entró también. Poleró,
pasado el peligro, se reía de ver al relamido y moderadísimo Zalamero tan descompuesto y fuera de sí. Llorando, cual Magdalena,
Virginia decía:
–Si no fuera por… Y que yo tenga en mi casa a semejante…
–¿Qué escándalo es éste? –gritaba Arias.
Y Montes se presentaba también con aspavientos de dignidad,
diciendo:
–Será preciso llamar una pareja de la veterana… Francamente,
yo creí que en una casa como ésta…
Hasta el pacífico don Jesús Delgado compareció lleno de susto
y alarma, pálido, en el lugar de la escena, mas no para aplacar a
los combatientes.
–¿Qué es esto?, ¡oh!… Hace una hora que están llamando a la
puerta, y nadie va a abrir. Debe de ser el cartero.
Risas… Aún faltaba lo mejor. Entró Alejandro de improviso, y
sin más ni más fuese derecho a Alberique y le cogió de la solapa.
Atención:
–Oiga usted, bruto: me han dicho que ha pegado usted a mi
criado…
–¡Verbo!… yo… usted…
–¿Y todo, por qué?, por estos mamarrachos –gritó Alejandro,
echando una ojeada a las pinturas heráldicas–. Mejor se ocupara
usted en cavar, holgazán, y no en hacer estos adefesios.
Diciéndolo, cogió las láminas, hizo con ellas una pelota, vertió
la tinta, esparció los pinceles. Furor, nuevo alboroto, risas, protestas.
–Me recopilo en el reputadísimo verbo y en la reputadísima
madre…231
–¡Eh!, poco a poco.
–Cállese usted…
231
Reputadísima madre: muchos son los eufemismos que pueden sustituir al
dicterio tabú que forman la segunda y tercera sílabas del superlativo; pero la expresión elegida por Alberique es de las más graciosas que puedan encontrarse, como
lo es también la de su anterior eufemismo «me recopilo en…».
358
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ÍNDICE
IV. En aquella casa
–Váyase usted a hacer gárgaras…
–Le cojo y le…
–Cuidado, don Alejandro.
–¡Perdido!…
–Si esta casa es un…
–Permítanme ustedes, señores…
–¡Silencio!
–Nada; yo llamo a la pareja, porque, francamente, aunque la
cosa no merece la pena, si se mira bajo el prisma de la decencia…
–Don Alejandro, usted es un acá y un allá.
–Señores…
–Bruto…
–Paz, paz… No es para tanto…
–¡Mis láminas… las tiene que pagar!
–Vaya usted enhoramala…
Basta… Aquella tarde, cuando ya los ánimos estaban aplacados, Virginia entró con altiva arrogancia patronil en el cuarto de
Miquis. Considerando que la permanencia del manchego en la casa
renovaría la escena lamentable de aquella mañana; considerando,
además, que Alejandro había escrito las cartas que soliviantaron el
pacífico ánimo de don Jesús Delgado, venía en sentenciar y sentenciaba232 que el don Alejandro no podía seguir más tiempo en tan
ilustre casa. La notificación fue breve y expresiva:
–Don Alejandro, vengo a decir que hoy mismo me hará usted
el favor de marcharse con su criado, sus dramas y sus literaturas.
232
Venía en sentenciar y sentenciaba, notificación…: esta desproporcionada
terminología legal compara la frase lapidaria contra Miquis con una sentencia en
firme.
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El doctor Centeno
La iconografía de Mercurio en los billetes bancarios
«¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, oh Musas locas, es
tos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos, y que casi todos
llevan impresos, como signo de ir a prisa, los alados borceguíes de vuestro
hermanito Mercurio!».
360
PORTADA
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V
Principio del fin
I
Oída la sentencia, se quedó el manchego un tanto perplejo y
triste. Después de larga pausa, abrió meditabundo el cajón de la
cómoda, donde guardaba su tesoro, sacó los restos de él, contó…
¡Tristísimo caso!, ¡del pingüe caudal que le diera su tía no le quedaba ya cantidad suficiente para liquidar cuentas con Virginia!
¡Qué lastimosas sorpresas ofrece el destino a los hombres ricos!…
¿Pero por qué había de acobardarse? ¿Por ventura el crédito no
equivale a dinero? Alejandro tenía crédito, y al punto, en caso tan
apurado, iba a hacer uso de él. Salió con prisa, volvió más tarde
con dos mil realejos muy bonitos en cuatro billetes de a quinientos. No necesitaba tanto; pero bueno era estar preparado para las
contingencias de un cambio de domicilio.
Hay días terribles, hay horas que debían ser borradas de la
tabla del tiempo. ¡Por dónde se le antojó aquella tarde al bueno de
Cienfuegos entrar en la casa con cara de ajusticiado, ponerse delante de su amigo, y dirigirle palabras que, por lo cavernosas y
lúgubres, bien podrían salir del frío hueco de una tumba!
Nada, nada, el sin ventura Cienfuegos había formado propósito nada menos que de pegarse un tiro aquella misma tarde. Que sí,
que se lo pegaba. No tenía más remedio; era cuestión de honra. Él
era muy pundonoroso, y no podía sobrevivir a su deshonra… Porque como su familia no le mandaba nunca un cuarto, había hecho uso
PORTADA
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El doctor Centeno
de cierta suma que le confiaran… del dinerillo perteneciente a unos
huérfanos… En fin, llegaba el momento de entregar aquella cantidad. ¡Eran las cinco… las cinco!, y desde las cuatro le esperaban en
el café. ¿Quién?, los papás de los huérfanos; los papás no, los tíos…
Total, él se pegaba un tiro, tan fresco, y… nada, que se lo pegaba.
¡Cosa muy triste en verdad renunciar a la vida por cuarenta y ocho
duros, tres onzas!233… pero como ningún amigo le quería dar nada,
por lo mucho que debía a todos… ¡Y qué casualidad y qué desconsuelo!, el mes próximo tendría tres mil reales… pero seguros, seguros
como si los llevara en la mano. Su tío, el boticario de Barajas, le
había comprado su tanto de hijuela…234 Lo malo era que como se iba
a pegar aquel tirito, no podría disfrutar de los tres mil reales…
ALEJANDRO.–(con hidalgo movimiento del ánimo y de la
mano). Toma.
CIENFUEGOS.–(balbuciente, pálido y tocando con las puntas
de los dedos lo que le daban). Puedes estar seguro de que el mes
que entra… ¿Qué mes es? ¡Ah! Diciembre… sí, sí, seguro. No será
en los primeros días, ¿sabes?, sino allá del 10 al 12…
233
Cuarenta y ocho duros, tres onzas, tres reales: los duros y los medios duros
eran monedas de plata muy apreciadas desde la década anterior, en la que existían
ya muy pocas monedas de plata nacional circulando, y casi ninguna reserva en
el Banco de España, como apuntamos en nota 223. En la novela perediana Pedro
Sánchez, recuerda el narrador sus disposición económica a su llegada a Madrid,
recién llegado de Cantabria en busca de un empleo: «Pero llevaba yo tres mil reales
mal contados en el bolsillo, para mis necesidades y recreos, cantidad fabulosa en
un mozo de mis condiciones» (cap. VII). Más adelante, en capítulo IX –ya en el
ambiente de la fonda en la que confluirán pintorescos personajes– señala que el
precio diario de la estancia y comida en la humilde posada era de siete reales. En
su primer empleo en la administración de un periódico, su sueldo mensual es de
25 duros (equivalentes a 500 reales), cantidad que le parece «una canonjía llovida
del cielo».
Nótese en el pasaje el sentido irónico y el juicio de valor negativo que superpone
al texto el discurso indirecto libre, frecuentísimo en la novela. Las falsas palabras
de Cienfuegos no merecen ser transcritas directamente, sino acogidas a la voz de
un narrador que nos permite apreciar su sorna.
234
Su tanto de hijuela: el personaje fantasea con que otro de los beneficiarios
de la supuesta herencia que comparten, le había comprado su hijuela, es decir, su
parte como heredero.
362
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V. Principio del fin
Eran las cinco y media. Arregladas las cuentas con Virginia,
salió Miquis de la casa. Felipe trajo al mozo que había de cargar
el baúl, y él mismo llevó a la espalda su petate, que a la verdad
le pesaba poco. La casa a donde fueron a parar era conocida de
Alejandro, por haber visitado muchas veces en ella a un estudiante
manchego, de quien era amigo. La nueva patrona no quiso admitir
a Felipe, porque allí, dijo, no se necesitaban criados, ni habían visto
nunca que ningún huésped los tuviese. Sólo en calidad de tal, y
pagando como su señorito, podía el Doctor ser admitido. Pero ni él
tenía un solo real, ni su amo, ya caído de la cumbre de la prosperidad a la sima de la escasez, podía atender al pago de dos hospedajes. Con todo, el generoso tobosino, en la breve conferencia que
amo y criado tuvieron a solas, dijo: «Sí, yo te pago: creo que tendré
dinero». Prudente y previsor Centeno, adivinó con su instintiva
perspicacia las dificultades de lo porvenir.
–No –murmuró–, yo me voy a vivir a una posada que conozco en la calle de las Velas. Es donde van los mieleros de la
Alcarria.
La casa aquélla en que se hospedó Miquis era barata y detestable. Vivían allí estudiantes pobrísimos de Medicina, Farmacia
y Veterinaria. Las habitaciones parecían madrigueras y la comida
rancho.
«Me estaré aquí unos pocos días –pensó el joven–, hasta encontrar otra cosa mejor».
Tan mal le supo la comida el primer día, que determinó pagar
sólo el cuarto y comer fuera. Esta vida libre, nómada, irregular, le
enamoraba. Según estuviese el bolsillo, así comían él y Felipe, regalada o miserablemente, un día en la fonda, otro en un ventorrillo
de las afueras, a veces en inmunda taberna de la calle del Grafal
o en alguna pastelería de Puerta Cerrada235. Ver caras distintas, y
gustar distintos sabores y aliños de comida era una delicia para
235
Calle del Grafal; Puerta Cerrada: la mala fama de estos lugares pobres
y hasta marginales en el Madrid de 1864, persiste años después. En Fortunata
y Jacinta, Barbarita se preocupa al saber que su hijo anda en pasos de majismo
frecuentando los barrios de Puerta Cerrada, Cuchilleros y Cavas.
363
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El doctor Centeno
ambos. ¡Libertad, variedad, sorpresa! Éste era el principal goce de
aquella errante vida.
Inseparables de la vagancia fueron ¡ay!, los apuros. Alejandro
vivía del crédito y de combinaciones. Cuando se le acabó el crédito,
cada vez que necesitaba dinero, empeñaba una pieza de ropa, y las
tenía muy buenas. Felipe era el encargado de estas comisiones, y
las hacía con diligencia y hasta con inocente alegría. Llegó a tener
conocimiento con todos los prestamistas de Madrid, y ya sabía
donde daban más.
Alejandro, desde que adoptó la vida libre, no volvió a poner los
pies en la Universidad. Agotadas las ropas, empezó a malvender en
los puestos de libros, todos los que había comprado. La grande y la
pequeña literatura, Víctor Hugo y Paul de Kock, Balzac y Pigault
Lebrun, Manzoni…236 todos, en suma, fueron saliendo en lúgubre
procesión, marchando a los desvencijados estantes de los barati236
Los libros más queridos por Miquis representan los gustos eclécticos de
muchos estudiantes de la época, que emparejaban las novelas costumbristas –más
bien inmorales y baratas en todos los sentidos, según sus críticos– de los franceses
Kock y Pigault-Lebrun, con las obras de los más respetables Hugo o Manzoni.
Siendo Galdós un joven periodista en fechas no lejanas a la temporalidad de la
novela, manifiesta su incomprensión por quienes optaban por leer lo peor de la
literatura francesa en lugar de a genios como Balzac (cfr. su artículo «Variedades»,
de 9 de marzo de 1968 en Los artículos de Galdós en La Nación: 450). La famosa
novela del italiano, I promessi sposi (Los novios) apareció traducida en España ya
en 1847, cinco años después de su primera edición. Larra explicaba en su artículo
sobre «Los calaveras» cómo los calaveras mundanos –que tan bien describió luego
por cierto Kock en su novela traducida como Gustavo el calavera– presumían de
conocer a los controvertidos Kock y Pigault. Eran lecturas frecuentes también en los
jóvenes de 1860, a juzgar por los comentarios del Pedro Sánchez de Pereda sobre su
conocimiento de la biblioteca de los estudiantes compañeros de fonda: «Todo Paul
de Kock andaba por allí; lo más crudo de Pigault-Lebrun; lo selecto de Dumas y
Soulié; El judío errante, a la sazón objeto de las más terribles anatemas de la censura
eclesiástica, y Nuestra Señora de París, prohibido también por el Ordinario». Se
refiere también a la gran cantidad de traducciones de Hugo y Dumas: «De El judío
errante, Los misterios de París, Los tres mosqueteros con todas sus consecuencias,
El hijo del diablo, El conde de Montecristo, y otras que por entonces imperaban en
el gusto público, no necesito decir hasta qué extremo me emborrachaban» (Pedro
Sánchez, caps. XI, XI y XIV). Mesonero Romanos consideraba que ningún joven
culto de su tiempo debería apreciar a Pigault (Memorias de un setentón: 405).
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V. Principio del fin
llos, donde los recibían por la tercera parte de lo que allí mismo
costaran. Tras esta familia simpática fueron displicentes los libros
de Derecho, rotos y sucios, con los pliegos revueltos, liándose a
bofetadas unos con otros. Últimamente no le quedaban a Alejandro
más que un par de volúmenes de que no quería separarse, y la ropa
que tenía puesta.
Levantábase siempre muy tarde, iba al café, donde estaba charlando hasta cerca de la noche. Felipe esperábale en la puerta del
Sol, y se iban juntos a buscar dónde habían de comer. Separábanse
luego, porque Alejandro iba solo a sus excursiones nocturnas. En la
casa, ya muy tarde, le aguardaba Centeno; hablaban del drama que
se iba a representar, y luego el amo se dormía. A veces Centeno se
iba a su domicilio, a veces se quedaba en el de su amo, durmiendo
en el suelo sobre una veterana alfombra.
Por la mañana, lo primero que hacía Miquis, antes de pensar
en levantarse, era deplorar su falta de fondos. La pobreza aumentaba de un modo alarmante, acompañada de terribles compromisos
y sofocos. Felipe consideraba con espanto aquella penuria, y no
comprendía cómo, habiendo Miquis recibido de su casa algún dinero, estaba ya tan esquilmado. ¿En qué gastaba los duros?… Hacía
tímidas preguntas sin obtener respuesta… Miquis, sin decidirse a
abandonar el lecho, se devanaba los sesos discurriendo a qué amigo
pediría, y qué argumentos eran más fuertes para apoyar su petición. Por último daba en el quid, y escribía una esquela, que Felipe se encargaba de llevar. ¡Cuánto desengaño!, ¡qué horripilantes
negativas! Alguna vez, entre cien, se daban casos de resultado satisfactorio. Entonces volvía Felipe lleno de gozo, que se le traslucía
en el semblante237.
Llegó por fin un tiempo en que Alejandro tenía que esquivar
la presencia de sus amigos, porque éstos empezaban a mirarle de
mal modo. El infeliz no se presentaba en parte alguna donde no
viera caras de ingleses. Algunos, que no lo eran, le tenían en poco
237
Las idas y venidas de Felipe y sus recorridos por Madrid recuerdan los que
afrontará con el mismo fin el niño Luisito Villaamil en Miau, novela posterior en
cinco años.
365
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El doctor Centeno
por su desordenada vida y el aspecto de miseria y abandono que
iba tomando en su vestido. El estado rentístico empeoraba rápidamente, y sus deudas eran tantas y tan perentorios los v encimientos
y compromisos, que el dinero que le enviaba su padre se le desvanecía en las manos, apenas cobrado, cual si fuera cosa de encantamiento.
Tuvo Alejandro que guardar cama ocho días de diciembre,
porque un fuerte catarro de pecho que le acometía todos los meses
le atacó en aquél con tanta fuerza, que a poco más degenera en
pulmonía. Felipe le acompañaba día y noche, procurando distraerle
y apartar su ánimo de las tristezas. Para Alejandro verse sepultado
en una cama, sin poder vagar por las calles, ir a los cafés y a otras
partes adonde por las noches solía acudir, era grandísimo tormento.
Hasta su exaltado optimismo se enfriaba entonces; casi casi tenía
dudas de la próxima representación del drama, y se le reproducían
con dolorosas punzadas los remordimientos por haber gastado el
dinero de los juros.
Impaciente por curarse, echóse a la calle antes de tiempo, y
cuando apenas podía tenerse en pie. No quiso presentarse en ningún círculo de amigos, por vergüenza de que le vieran en lastimoso
estado de ropa y con las botas descosidas. Al ver de lejos a cualquiera de sus antiguos compañeros, se apartaba para no encontrarle,
o retrocedía o se metía en un portal.
II
Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de
todos. Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener una conversación seria sobre nada; pero tenía tal entusiasmo por las cosas de
su amo, que no hacía diferencia en ninguna acción ni palabra de
éste, y todas las tenía por acertadas, hermosas y sublimes. Era el
adulador sempiterno, si esto puede decirse de una adhesión inflexible,
fundada en el agradecimiento, y en un vivísimo afecto que a la vez
era fraternal, filial y amistoso.
366
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V. Principio del fin
Cuando salían a aquellas excursiones diurnas y nocturnas, ha
bía que verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un
bodegón; si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al
campo raso. Daban grandes paseos por las afueras, observando la
diversidad de tipos y asuntos que se encuentran a cada momento;
estudiaban en el gran libro de la humanidad transeúnte, cuyas páginas, llámense sorpresas, encuentros o casualidades, ofrecen pasto
riquísimo a la fantasía y a la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello
cuenta, de los goces mentales que proporcionan los panoramas
populares con paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en grandes altercados con las lavanderas; daban la vuelta luego por las In
jurias y las Yeserías238; subían fatigados a Madrid después de cuestionar con los gitanos en la Ronda de Embajadores, y por último,
algo tenían aún que hacer a las puertas de los cuarteles, oyendo
conversaciones picantes entre mujeres y soldados.
Se metían también en las iglesias a oír sermones y ver las beatas
y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de
palique con los mendigos. Hasta se atrevieron a colarse una tarde en
la sacristía, de donde les echaron poco menos que a puntapiés.
Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco;
más cuando lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía con vivo anhelo en los escaparates de libreros o
fotógrafos, allí donde hubiese retratos de personajes célebres. Go
zoso Alejandro de verlos tan bien, informaba al otro de los nombres,
diciéndole: «Ése de la cara menuda, nariz en punta y espejuelos, es
Hartzenbusch; ese joven de rostro triste, es Eguílaz; aquél de anteojos
y bigote cano, García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el
otro de cara risueña y maliciosa, Mesonero Romanos»239.
238
El Madrid marginal de Injurias, las Yeserías, la Ronda de Embajadores, se
suaviza aquí con breves apuntes de índole folklórico-costumbrista: gitanos, pendencias, diálogos chispeantes, etc., que en otras novelas aparecen con mayor crudeza.
239
Siendo un joven cronista de poco más de veinte años en el periódico La Nación, Galdós incluyó a estos personajes en su sección «Galería de figuras de cera»,
dedicando sendas semblanzas llenas de admiración a Mesonero, Ventura Ruiz Aguilera, Hartzenbusch, López de Ayala. El afecto de Galdós por Mesonero queda patente en su correspondencia y en las semblanzas que le dedica en La Nación, ade-
367
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El doctor Centeno
Cuando a alguno de éstos le encontraban, no en retrato, sino
de carne y hueso, por la calle, no se hartaban de mirarle, y aun le
seguían largo trecho. De sus contemporáneos, el que más entusiasmaba a Alejandro era Ayala, poeta insigne y recién laureado por su
célebre obra El tanto por ciento, de la cual decía nuestro manchego:
«La primera vez que la vi representar, me hizo tal efecto, que estuve
en cama tres días». Y en su Grande Osuna había querido hacer gala
de remedar la dicción admirable, limpia y sonora de El hombre de
Estado. No ya afecto sino veneración idolátrica era lo que a Miquis
inspiraba el poeta extremeño, por la acabada perfección escultórica
de sus obras, por la energía de sus versos, y aun por aquella su
hermosa figura calderoniana.
más de su presencia –mencionado e incluso ficcionalizado– en novelas y episodios
nacionales. Con 22 años, Galdós se alegraba al igual que Miquis de encontrarse en
las calles de Madrid con el Curioso Parlante, de aspecto bonachón y ojos llenos
de curiosidad (Los escritos de Galdós en La Nación: 258-260). Don Juan Eugenio
Hartzenbusch es descrito igualmente como paseante en Madrid, y recibe la admiración del joven Galdós no sólo por su famoso drama Los amantes de Teruel sino
por su erudición acerca del teatro del siglo XVII: como ejemplo, el Catálogo razonado de las obras dramáticas de Calderón realizado por Hartzenbusch como bibliotecario de la Biblioteca Nacional. De Aguilera admiraba Galdós sobre todo el
carácter humorístico y crítico de su Arcadia moderna, poemario que reseña en otro
lugar. El retrato de este personaje de su «Galería» es menos demorado, ya que el
Galdós cronista declaraba no conocerlo aún en las fechas de su artículo, febrero de
1868 (Los escritos de Galdós…: 406-409). A López de Ayala lo presenta también
desde la perspectiva de paseante fácil de encontrar en Madrid. Destaca su aspecto
antiguo, como de criatura del siglo XVII, y advierte que aunque no lo ha oído hablar,
imagina que se expresa en décimas y sonetos hasta en su vida doméstica. Pese a
admirar El Hombre de Estado (de gran éxito en 1851), prefiere El tanto por ciento,
obra a la que califica como «la más trascendental de nuestro teatro moderno» (Los
escritos de Galdós…: 413-415).
Diversos episodios nacionales de la tercera serie reconstruyen extraordinariamente, desde la perspectiva del personaje de ficción Fernando Calpena, los años clave
de la eclosión romántica en España, en los que unos jóvenes Zorrilla, Hartzenbusch,
Eugenio de Ochoa, Ventura de la Vega y Mesonero comparten con el personaje de
ficción su amistad, tertulias, estrenos teatrales e incluso la asistencia al entierro de
Larra en La estafeta romántica (cap. XI). Muy representativos de esta ficcionalización
de los personajes históricos serían, por ejemplo, los capítulos XI, XIV y XXVII de
Mendizábal: el año de 1836, con el inicio del Semanario pintoresco por parte de
Mesonero y el desarrollo de la revista El artista queda vivamente señalado en el
mundo de Calpena y su círculo.
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V. Principio del fin
Cuando le veían de lejos, Miquis, sin poderse contener, gritaba:
«¡Ayala, Ayala!», y le seguían por toda la calle, adelantándose a él,
a trechos, para mirarle de frente240.
Al Museo fueron alguna vez. Felipe, con la boca abierta, miraba aquellas figuras tan guapas, y tenía como una sospecha del
gran mérito de todas ellas. En presencia de la perfección artística,
no hay persona, por ruda, por ineducada que sea, que no sienta, ya
que no otra cosa, el secreto orgullo de su afinidad con la esencia
divina que inspiró aquella belleza y de su parentesco corpóreo con
las manos que la ejecutaron.
–¿Esto lo hizo un hombre?… –preguntaba Felipe en el colmo
del candor.
–Sí, Murillo.
–¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?
–Ahí verás tú.
Un domingo que iban a entrar muy entusiasmados, no les fue
permitido por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro,
estuvo todo el día mudo, atento sólo a sus botas usadísimas, a su
raída levita y al sombrero, que tenía trazas de haber sido comprado
en los bazares del Rastro. En cuanto a Felipe, más nos valdría no
describirle ni aun mirarle. Su calzado era un par de fragatas viejas,
rotas y deformes, que había adquirido no se sabe dónde, con más
barro que cuero. La americana que le cubría el cuerpo no era ya de
color conocido, y por mil bocas estaba pidiendo que la llevaran a una
240
Ayala: estos personajes reales, convertidos en transeúntes de las calles de
Madrid que pueden ser vistos por los personajes de ficción, borran los límites entre
vida y literatura y transmiten sensación de verdad. López de Ayala aparece ficcionalizado como asistente a una tertulia en la novela perediana Pedro Sánchez, donde
el también extremeño Matica, guía del provinciano Pedro en Madrid, le presenta
al escritor: «–Perdone usted –me dijo– que le haya abandonado unos instantes (¡yo
los reputaba siglos!). Este doncel que me llevó consigo es mi paisano y amigo de la
infancia, Adelardo Ayala, el autor de Un hombre de Estado y de Los dos Guzmanes;
todo un ingenio de la Corte del Buen Retiro, conservado de milagro desde el siglo
diez y siete para honra y gloria del muy prosaico en que usted y yo vivimos.
Atrevíme todavía a buscar con los ojos al insigne poeta que tanto ruido hizo
después en el teatro español, y más tarde en el de la política…» (cap. XVI).
369
PORTADA
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El doctor Centeno
tina de trapos viejos para convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel, aunque fuera de estraza. No se sabe cómo
fue a parar a la cabeza del insigne Doctor aquella boina encarnada
con un agujero por donde le salían erizados mechones de pelo.
Del balance de la hacienda más que del estado del tiempo,
dependía el empleo que daban a las horas de la noche. Si Alejandro
tenía dinero, ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un amigo, se iba solo a sus correrías. «Mira, Felipe –le
decía después de comer–, ahora te vas a casa; te pones a estudiar,
porque aunque no puedes ir al Instituto por no tener ropa, conviene
que aprendas las lecciones. Yo tengo que hacer. Abur».
Cierta noche siguióle Centeno, y vio que entraba en una casa…
Pero nada más supo ni averiguó. Casa era aquélla como todas en
apariencia, y la ruin fachada no declaraba qué clase de amistades
tenía allí el asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches
en que su amo le dejara solo, para trabajar pro domo sua. Tenía
instintos prácticos, vocación latente de buscarse la vida, y aunque
no era maestro en las artes del pedigüeño, se dio tales mañas, que
a las pocas noches de haber visitado a Zalamero y a doña Virginia, consiguió una levita usada, pero que a él le venía de perlas si
encontraba quien se la arreglara, un hongo y botas magníficas con
caña de tela. Bien, bien.
Cuando Alejandro estaba limpio de dinero, cuando entre los
dos no reunían más que la peseta o los cinco reales para alimentarse
de judías o de una mala sopa, no se separaban por las noches. Mi
quis suspiraba, desconsolado y tristísimo, pero en cuanto empezaban a recorrer calles, como que se distraía y olvidaba de su penuria. Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y
extravagancias populares; o bien, cansados del bullicio, se metían
por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y
del Toro, plazuela del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba poco
para trasportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII, y
excitado por lo extraño de la escena, contaba a su amigo aventuras,
episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.
También gustaban de recorrer la calle del Almendro y se detenían ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y
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V. Principio del fin
clarísima luna, se sentaron a descansar en el pretil de Santisteban.
Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los
Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San
Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente
decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla y tizona241. Miquis, inspirado, se terció su capa, dio varias
vueltas, ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso
gritando:
¡Teneos… atrás!, ¡traidor!
Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:
¡Qué escucho!, ¡cielos, valedme!
Y yo te doy la estocada:
¡Válgate el infierno!
Tú dices entonces con angustia:
Aguarda.
Oye una palabra… advierte…
241
Mesonero Romanos documenta, como erudito cronista de Madrid, el origen e historia de estos lugares, algunos de los cuales se denominaban aún en el
siglo XIX La Morería, y que se caracterizaban por ser, en sus palabras, «tortuoso
laberinto de callejuelas» al que se accedía «trepando, más que subiendo». En ese
lugar, bordeado por la muralla árabe antigua, se hallaban dos partes muy distintas:
una de estructura caótica y más humilde, con las callejuelas de Yesero, Mancebos,
etc., en la que había muchas casas en ruina. Otra parte ostentaba casonas señoriales
que se construyeron sobre las ruinas moriscas: estas comprenderían desde la calle
de Don Pedro en ascenso hasta la elevada Plazuela de la Paja, donde se ubicaban
varios caserones de los Vargas (Ramón de Mesonero Romanos, El antiguo Madrid,
tomo V: 198-211). En la magna obra en la que el autodenominado «proyectista» A.
Fernández de los Ríos planea una radical reforma urbana de Madrid, se refiere a que
la capital «no tiene más que plazuelas y necesita grandes plazas; no es más que un
laberinto de calles revueltas, y necesita largas y anchas vías directas del centro al
foso de ensanche y de enlace unas con otras» (Fernández de los Ríos: 15-16).
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El doctor Centeno
Y yo te remato así:
¿Palabras yo?, toma hierro.
Y caes bañado en sangre gritando:
¡Yo muero… Jesús mil veces!
Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.
–¡Qué figura, qué figura la de ese duque! –exclamó con profundo desconsuelo–. ¡Y que esto no se haya representado todavía…!
Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:
–Yo presento al duque como la figura más genuinamente española del siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo
que contiene de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel
don Pedro Téllez Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos,
generoso con los buenos, gobernando el reino de Nápoles más que
con juicios reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre la
salían bien; perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos
los que oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado
de todas las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo, manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral
indulgente…
Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble
virrey, que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy
lo mismito que el Grande Osuna». ¡Oh! pues si Alejandro tuviera
medios de manifestar lo que en sí llevaba, si los tiempos y las cir
cunstancias le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos
en él al gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero,
duro con los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el
frenesí de todas las mujeres guapas…
Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte,
que a poco más le hace caer del pretil, díjole estas entusiastas palabras:
–Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.
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V. Principio del fin
Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido
en el mundo, hacía reír a Felipe de gozo y orgullo.
Si pasaba un transeúnte, Miquis decía al oído de su secretario:
–Ese es Jacques Pierres que va a la conjuración de los uscoques.
Uscoques son unos bandidos que habitan las playas del Adriático242.
Ya sabes que el Adriático es…
–Un mar –replicaba Felipe, hinchado de erudición.
–Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente los uscoques… ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico
Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por
ciertas cuestiones… Si recuerdas el acto primero…
242
El novelista se sirve de personajes reales y de ciertas tramas vinculadas a
la famosa –y controvertida, desde la perspectiva historiográfica– Conjuración de
Venecia de 1618, aunque modificados y puestos al servicio del drama histórico que
planea Miquis. Los venecianos atribuyeron a Don Pedro Girón, Duque de Osuna y
virrey de Nápoles y al marqués de Bedmar, embajador en Venecia, una conjuración
en la que supuestamente se aliaron con mercenarios franceses para tomar el estado
de Venecia. La figura del corsario francés Jacques Pierres es real. Osuna se sirvió
de él para atacar con grandes naves el arsenal de los venecianos, y éstos acabaron
matando al temible corsario en mayo de 1618. Quevedo, que por ser secretario y mano
derecha de Osuna en Nápoles había tenido gran relevancia en la conjuración, logró
salir huyendo disfrazado de mendigo. Pero el Consejo de gobierno de Venecia quemó
simbólicamente en efigie al Duque de Osuna y a Quevedo. Seguramente Galdós se
documentó para este asunto en los muy cercanos estudios realizados por Aureliano
Fernández Guerra. Por ejemplo, el Discurso de éste «La Conjuración de Venecia de
1618, vindicando la memoria del Duque de Osuna y de los Marqueses de Bedmar y
de Villafranca, calumniado con ocasión de aquel suceso», leído en la Real Academia
de la Historia en 1858. El mismo erudito recopiló amplia documentación sobre la
vida y correspondencia de Quevedo. Las referencias a fray Francisco Caracciolo y
a los camaldulenses guardan cierta relación geográfica y cronológica en el contexto,
aunque es una licencia inventiva el traerlos al marco del Grande Osuna: Caracciolo,
que se formó en Nápoles, murió diez años antes de los hechos, y se relacionó con
los frailes camaldulenses cercanos a Nápoles, que le acogieron en su abadía cuando
estaba redactando las reglas de su moderna fundación eclesiástica. Otra fuente de
información pudo haber sido la Historia de España de don Modesto Lafuente, que
buscando el origen de la conjuración, defiende la tesis de que los nobles y el clero
de Nápoles, deseosos de expulsar a Osuna, «aprovecharon la ocasión de incriminar
al virrey por algunos excesos abominables a que se entregaba sin recato» (Parte III,
libro III: 435-443).
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El doctor Centeno
–Sí… Fue porque los camaldulenses querían oprimir a los pobres, y el Duque cogió un día en Palacio a uno de los tales frailes,
cuando le fueron a hablar… y de la bofetada…
–Era un hombre terrible… En la casa donde están reunidos los
uscoques se mete disfrazado don Francisco de Quevedo…
–Yo…
–Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, la querida
del Duque, previno a éste; que si no… Querían nada menos que
asesinarle…
–¡Pillos!…
–La Carniola es también hermosa figura –afirmó el poeta,
desvanecido de entusiasmo–. Yo veo aquellos dientes de perlas,
aquellos ojos lánguidos, perezosos, traicioneros, aquel perfil de
helénica estatua, aquella tez pálida, aquel arrogante talle… No concibe la imaginación mujer que la supere ni aun que la iguale. Res
pira amores, y su mirada acaricia quemando…
Diciendo esto, rompió a toser con tanta fuerza, que parecía que
se le desgarraba el pecho y que iba a arrojar las entrañas por la
boca. Calmado aquel violento espasmo, quedóse como desmayado
y sin fuerzas. Su resuello era un áspero silbido, su frente estaba
empapada en tibio sudor.
–Vámonos –dijo Felipe, alarmadísimo–. Hace aquí mucho frío.
Bien cubierto con su capa, mas tiritando, andaba el manchego,
apoyado en su fiel secretario. Al llegar a la casa se acostó. Tenía
fiebre intensísima; deliraba.
III
El mal comenzado o más bien recrudecido aquella noche, tenía
trazas de no concluir fácilmente. Con modorra y pesadez durante
el día, con desasosiego por las noches, pasó Alejandro más de una
semana, sin adelantar en su restablecimiento, antes bien decayendo
y debilitándose por grados. Una mañana le encontró Felipe despierto a la hora en que por lo general dormía. Palidez mortal cubría
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V. Principio del fin
su rostro, y sus ojos, engrandecidos hasta lo fenomenal, expresaban
estupefacción y terror. ¡Qué noche había pasado!… Después de largas horas de inquietud y ardor tan grandes que creyó revolcarse en
un lecho de púas y brasas, había sentido dolorosísima obstrucción en
el pecho… No se le quitó hasta que hubo arrojado enorme cantidad
de sangre por la boca. Felipe no sabía qué hacer. Su amo, cerrando
los ojos, cual si no tuviera fuerzas ni para soportar el peso de los
párpados, le dijo: «Corre, Felipe, y llámate a Cienfuegos…».
Cienfuegos, asustadísimo, disimulaba su disgusto. Tenía ya di
plomacia médica antes de tener el título y la ciencia.
–Esto no es nada… –manifestó con énfasis doctoral–. Te voy a
dar el percloruro de hierro líquido. Tendrás un poco de paciencia…
y sobre todo mucha tranquilidad. No te ocupes de nada… Cualquier
cosa que necesites, ya sabes dónde estamos… Volveré esta tarde y
mañana y todos los días.
Los ofrecimientos de Cienfuegos no tenían término. Cuando
Alejandro movió sus labios para murmurar: «Hablaremos…», el
novel médico creyó que le iba a recordar ciertas cuentas atrasadas,
y presuroso, con ademán de cariño, le dijo: «¡Eh… eh! Calladito.
En esta enfermedad el uso de la voz puede serte funesto. Con que
punto en boca. A la noche veremos. Que vaya Felipe al momento
por la medicina. Me voy a clase».
Durante el curso de la dolencia, Cienfuegos iba con irregula
ridad, conforme al espíritu de desarreglo que informaba su naturaleza. Algunos días iba cuatro o cinco veces y se estaba allí largas
horas; otros no se le veía por allí. Cuando era más necesaria su presencia; cuando había dicho: «Descuida que vendré sin falta», no parecía. En cambio, se presentaba inesperadamente a horas desusadas.
Y no perdía ocasión de proponer a su paciente el préstamo de un
duro o dos, animándole a ello con lisonjeros augurios de un pronto
restablecimiento.
Pero el mal era hondo y la herida grande. Alejandro estuvo
cerca de un mes postrado en la cama y devorado al mismo tiempo
de tristezas roedoras. En mitad de su enfermedad adquirió el convencimiento de que su Grande Osuna no se representaría ya en aquella
temporada. A pesar de que ésta avanzaba bastante, él no perdía la
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El doctor Centeno
esperanza; pero se la quitó una carta del director del teatro, diciéndole
en resumen: «La obra es tan buena que necesita mucho estudio, y
como nos falta tiempo, la dejamos para la temporada próxima».
El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso
trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida. Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la
primera; pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua, y muchos
días más sin ver cercano el término de su esclavitud y postración.
Agravaban su tristeza los airados sermones que por escrito le echaba
su padre, sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y
aún ignoraba el buen señor la barrabasada del dinero de la Godoy!…
Pues el día que lo supiese, bueno se iba a poner. Cuando Alejandro pensaba en esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que
se le abrían huecos dolorosísimos en la región toráxica. Él estaba
persuadido de que su padre sospechaba ya el delito, porque ciertas
frases displicentes y amenazadoras de sus cartas no podían tener
otra explicación.
El iluminado manchego se pasaba aquellas lentas y cansadas
horas de su enfermedad pensando en la ira de don Pedro y en el
grandioso cuanto infortunado drama. Éste era la causa de sus males
todos, pero también de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas
de su espíritu que compensaban las molestias físicas. Porque el arte,
dominando con imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba,
el resorte de la vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La
antiquísima fábula del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra,
qué hermoso símbolo es de las formidables fuerzas restauradoras
que el alma humana tiene en sí misma, y con las cuales ella propia
es su remedio, y de su mal saca su bien, de su caída su elevación,
de su dolor su alegría!…
Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas
teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo,
esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones
optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado.
Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque
lo iba a restablecer al esplendor y grandeza con que fue primeramente escrito. Sí, sí, se representaría íntegro, con sus cinco actos,
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V. Principio del fin
sus treinta personajes y su ancho horizonte histórico y teatral. Honda
alegría de su alma, resurgiendo del seno oscuro de su tristeza, como
el día de la noche, le anunciaba los triunfos de la temporada próxima.
No podía dudarlo, porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu
con profética voz243. La excitación cerebral, produciendo aquella vez
estímulos provechosos en todo el organismo, dióle fuerzas y aun
apariencias de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad.
Levantóse del lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle
alientos para poder exclamar: «Si estoy bien… Gracias a Dios que
me levanto de este maldito potro. Dentro de tres días, a la calle».
Hizo traer del teatro la única copia limpia que tenía del drama,
y empezó a leerlo despacio, cotejándolo con la versión primitiva
para ver dónde se amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo
admirable y nunca visto. Por las noches, cuando se acostaba, ponía
el manuscrito debajo de la almohada, durmiendo así en familiaridad
espiritual con el Duque, Jacques Pierres y la Carniola.
Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo
y del alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Ale
jandro, en sus cartas, disimulaba la enfermedad para no causar
alarma en la familia, ésta supo la importancia del mal. Felizmente
ya estaba bueno y sano. Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en médicos y medicinas tantísimo dinero…!
Su madre, pródiga siempre en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás escritura comercial fue tan grata a
humanos ojos como aquélla que decía en caracteres de letra inglesa:
Por esta primera de cambio, etc…
–Lo primero es pagar –dijo Miquis con honradez candorosa–.
Habrá para todo.
¡Cielos! Si no se detiene a tiempo en aquella virtud del pagar,
pronto se queda sin un maravedí244. La mitad se lo llevó un tal Tor
243
La divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética voz: la expresión
trata con humor los tópicos del furor divino y la inspiración de los dioses como
fuente de la creación literaria.
244
Se queda sin un maravedí: a partir de Carlos IV se recuperó el antiguo
nombre medieval para nuevas monedas, ahora ya con menor valor, pues serán de
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El doctor Centeno
quemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba
a los estudiantes245. Sólo por réditos le comió a Alejandro la mejor
parte de lo que éste había recibido de su mamá… Después vino
Cienfuegos… ¡Pobre mártir!246 ¿Cómo no ayudarle a salir de aquel
nuevo apuro?… Socorrido el médico, se fue tan agradecido que casi
lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios a los caritativos.
Aquel mismo día fue Arias Ortiz a ver a Alejandro, y le pagó seis
cientos reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa, de la que estaba tan necesitado… Al fin, al fin podía
salir otra vez a la calle con decencia.
Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con
el despierto pensamiento, aguzado siempre como cincel de acero,
sin cesar acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la obra de arte, ablandándola y conformándola como la cera
entre los dedos!
–Voy a restablecer la figura de la Carniola –decía una noche, ya acostado, a Felipe que le acompañaba–; voy a restablecerla tal como la concebí y como está en el manuscrito primero;
figura grande y compleja… (tú eres un pobre bruto y no entiendes
de esto), figura que… Ya verás, ya verás qué furor va a hacer en
el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos me
aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo, mujer
vigorosamente poética, criada sin refinamientos, hija directa de
la Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece a la raza de los uscoques, de origen helénico, los implacables
enemigos del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas,
medio comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pá
cobre al igual que los cuartos. La frase puede tener también un uso como fórmula
lexicalizada, referida al escaso valor de la moneda.
245
El prestamista Torquemada: es otro personaje recurrente en la narrativa
galdosiana. Después de su primera aparición en nuestra novela, lo encontraremos
en La de Bringas, en Fortunata y Jacinta como socio de doña Lupe, y como protagonista central del ciclo de cuatros relatos con su nombre, entre 1884 y 1895.
246
Las frecuentes hipérboles de martirio en Galdós son casi siempre irónicas y
distanciadoras de la autocompasión, como he mostrado en I. Román, «Las hipérboles
de tormento. Sus consecuencias creativas», 1993.
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V. Principio del fin
jaros dotados de agilidad portentosa… ¿Entiendes lo que voy diciendo?247
Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de
esta febril elocuencia.
–Pues esta Catalina es robada de la casa paterna por un us
coque. Éste muere en una reyerta con los venecianos. Pasa a ser
presa y querida de un veneciano, hasta que en un combate que éstos
tienen con las galeras del Duque la coge Jacques Pierres… ¿De qué
te ríes? ¿De los muchos maridos que va teniendo esta señora?…
Llámanla entre ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo
así nombrado. Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas
de Oriente, cogidas a los turcos, y la lleva a Nápoles, donde la
tiene oculta, porque figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa,
y… Para abreviar te diré que la Carniola no puede ver a Jacques
Pierres; le detesta, chico, y diera por librarse de él… no sé yo lo
que diera… Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos
que daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vio a
la tal mujer…
–Y que era bobito mi señor Duque para enamorarse –dijo
Centeno–. Eso es en aquel pasaje que cuenta248:
247
Es posible que Galdós se esté inspirando en una aventura amorosa real del
Duque de Osuna, que se enamoró en Génova de una bella mujer de pueblo, hija de
una mesonera. La ambientación del drama de Miquis en el Sur de Italia lo lleva
a situar el origen de la mujer en Ragusa, ciudad de Sicilia. Los uscoques tuvieron
relación efectiva con la aventura napolitana de Osuna, ya que tal como afirma
Miquis fueron temibles piratas, de los que el Grande Osuna se sirvió para lanzar
su ataque a Venecia (Modesto Lafuente, 1855: 437).
248
Según Galdós, estos versos son de Calderón. No he conseguido localizar
su fuente, ya que sólo podemos mencionar el baile que Calderón creó para una de
las lujosas fiestas en la Corte de Osuna en Nápoles, tres meses antes de regresar a
España expulsado como virrey: Delizie di Posilipo Boscere e Maritime (Delicias
silvestres y marítimas de Posilipo). El promontorio de Posilipo frente a la hermosa
bahía de Nápoles se representaba a escala en la Sala del Palacio, donde con gran
máquina aparecían grutas y montañas artificiales, ninfas… La visión de Nápoles
desde Posilipo es descrita en 1861 por Pedro Antonio de Alarcón como un panorama
tan sublime que después de su contemplación uno puede ya morir tranquilo (De
Madrid a Nápoles: 621-623).
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El doctor Centeno
Vi en Posilipo una mujer tan bella,
no digo bien mujer; yo vi una diosa…
–Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no
comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la Carniola.
Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su
generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando
en mayor aborrecimiento a aquellos corsarios rudos, con quienes
había andado en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer el amor del Duque, más que por la hermosura
por la principalidad. Aquí es donde dice:
Subiendo a la cumbre voy
del monte de mi fortuna.
A su extremo soberano
sólo falta un escalón;
dame la mano, ambición;
lisonja, dame la mano249.
En el Duque… para que lo comprendas mejor… no sólo ama
al amante, sino al caballero, al gran señor, al futuro soberano de
la Italia toda… ¡Y qué figura aquélla! ¡No habrá actriz que me la
249
Es en este punto donde la primera edición incluye un asterisco de llamada
al pie de página, que remite a esta precisión del autor: «Estos versos y los precedentes son de Calderón». En las páginas del manuscrito observamos que Galdós no
había buscado aún los versos al hilo de la escritura, y señalaba al editor que debía dejar «hueco para 6 versos», «hueco para 8 versos». Finalmente, los versos que
encontramos fueron tomados de la Jornada I, escena ii de La cisma de Ingalaterra.
Los dice el ambicioso cardenal Volseo, consejero del rey Enrique. Más adelante
explica su origen humilde, sus tiempos de estudiante, y cómo un astrólogo le
predijo que si se aproximaba al rey llegaría muy alto, por lo que su aspiración es
encumbrarse como Papa.
La redacción de la novela está en la órbita temporal de los fastos nacionales que
en 1881 festejaron el III centenario de Calderón. L. Romero se refiere a las aportaciones bibliográficas de coleccionistas y editores extranjeros, a las refundiciones,
e incluso a la presentación del dramaturgo como protagonista de sendos dramas
históricos de Eguílaz y Escosura. En mayo de 1881 se estrenó en el Teatro Real
la obra de Carlos Coello Antaño y Ogaño, donde a modo de ensaladilla poética se
recitaban textos líricos de poetas –Calderón incluido– reunidos en la «academia»
que articula la obra (cfr. L. Romero Tobar, 1981: 114-115).
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V. Principio del fin
interprete, no la habrá! Yo la estoy viendo como te veo a ti; es alta,
esbeltísima, morena, de tez descolorida, con unos ojos negros en los
cuales parece que hay una dulzura incandescente y derretida, que
te embelesa abrasándote… En fin, no hay actriz que me la represente… Yo me duermo, tengo mucho sueño. Me parece que estoy
bueno ya… ¿no crees…?
IV
¡Y qué bien durmió aquella noche! Las doce serían cuando
Felipe se aventuró a despertarle. Toda la tarde estuvo charla que
charla, y habría salido a la calle, si Cienfuegos no se lo prohibiera
por estar el tiempo frío y amenazando lluvia. Como tenía algún
dinero, mandó traer comida de la fonda. ¡Lástima grande que el
apetito le faltara! Era muy extraño que apeteciera éste y el otro
plato y que en el momento de verlo delante, le entraran tan invencibles repugnancias. Esto le ponía triste, y decía: «¿Sabes tú, Felipe,
una cosa que yo creo que comería con gana?, pues cañamones. Si
mi tía me mandara… Creo que con esto me volverían las ganas de
comer y me pondría bueno».
Benditos platos traídos de la fonda, no os podríais quejar del
desaire que el amo os hacía, porque en cambio, el criado os trataba
con grandes miramientos. Así estaba él de nutrido y saludable, y
así echaba aquellos colores, pregoneros de su naturaleza vigorosa y
de un organismo admirablemente regularizado.
Al anochecer quejóse Alejandro de frío, y se acostó. No había
acabado de hacerlo, cuando alguien llegó a la casa, preguntando por
él. Felipe salió a enterarse. Era una mujer…
–¡Ya, ya sé! –dijo Miquis turbadísimo, cuando Felipe le dio
cuenta de la visita–. Enciende luz; di a esa persona que entre, y
vete enseguida.
Felipe vio su demacrado rostro encenderse con llamarada
de rubor, cual hoja seca que arde, y sus ojos chisporrotearon gozosos.
381
PORTADA
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El doctor Centeno
Al punto entró la mujer, señora o lo que fuese250. Pero la puerta
quedó entreabierta y Centeno atisbó desde el pasillo… ¡Vaya, que
era arrogante y hermosa! No se la debía tener por señora, porque
ninguna que tal nombre merezca, se presentaría en visita con aquel
mantón pardo, de un color como café con leche, y con un pañuelo
de seda negro y rojo por la cabeza, puesto con donaire, haciendo
como un cucurucho prolongado sobre la frente. A la sombra de
este pañuelo brillaban con expresión de acecho los ojos de aquella
ninfa251, que eran amorosos y traicioneros, como en verso decía
Miquis, hablando del mirar de la Carniola. Lo de las flechas que
tanto usan los poetas venía bien allí; mas eran flechas untadas de
caramelo envenenado. ¡Bonito aire el de la tal, y qué bien calzada!
Todo esto lo observó Felipe en un instante, asombrado, primero
de la hermosura y luego de la voz de aquella mujer. ¿Qué lenguaje
hablaba? Ya… era que se comía la mitad de las palabras y las otras
las remataba con un dejo… ¡ay!, si era una andaluza… El metal
de voz era un poquito ronco; pero la dicción, no por eso resultaba
menos lánguida y suspirante.
Felipe, oído… La Tal252 se acercaba al lecho de Miquis y le
tomaba la mano. Él, turbado sin duda de la alegría de verla, le decía
250
Mujer, señora: desde la perspectiva del niño es difícil distinguir el matiz
entre ambos términos, tal como ocurrirá en Miau. El narrador, en un capítulo cuyos
procedimientos para mostrar el punto de vista infantil recuerdan los de El doctor
Centeno, implicaba en la novela de 1888 una distinción entre el genérico mujer
(cualquiera, hasta la más ordinaria), y señora, merecedora de mayor respeto: «Rico
–le dijo la mujer o señora instalada a la cabecera, y que debía de ser la mamá–,
aquí están tus amiguitos que vienen a preguntar por ti» (Miau, cap. XXIV).
251
Ninfa: recordemos la acepción de este vocablo como «prostituta» en el
léxico marginal o de germanía desde el siglo XVII. La descripción de la misteriosa
amante sin nombre recuerda la iconografía propia de las majas madrileñas, y es muy
semejante a la futura presentación de Fortunata en la novela homónima, aunque
aquí se añade la particularidad del acento andaluz. La complicidad del narrador
con el avisado lector proporciona informaciones implícitas que contradicen el filtro
idealizador de Miquis y Felipe respecto a la mujer.
252
La Tal: aunque en la primera edición no aparece nunca con mayúsculas la
expresión que se convertirá en denominación identificadora de la misteriosa amante,
recogemos en adelante la forma en que fue corregida la palabra en la edición de
1905. La expresión con mayúsculas, «la Tal», actúa como mote o nombre propio que
382
PORTADA
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V. Principio del fin
que se sentara, lo que ella hizo de muy buena gana, porque estaba
harto fatigada. Hablando, hablando, ella le llamaba niño, cosa que
a Felipe le pareció muy razonable, porque su amo estaba física y
moralmente en situación de ser llevado en brazos, y aun de que le
dieran biberón.
Oído, Felipe… La Tal charlaba, charlaba en su graciosa lengua
andaluza…253 ¡Tanto tiempo sin verle! No hacía más que pensar en
él… ¡pobrecito! Era menester que se pusiera pronto bueno… Ella
estaba muy disgustada. Le pasaban unas cosas… pero unas cosas…
No podía vivir. Aún creyó entender Felipe que lloriqueaba algo. Lo
que su amo decía, no llegaba a los sutiles oídos de Centeno, porque la voz de Alejandro era, a consecuencia del mal que padecía,
como un soplo fugaz, imperceptible para todo el que no estuviera
a su lado.
Media hora larga duró la conferencia. La Tal se fue. La patrona,
el marido de la patrona y algunos huéspedes salieron al pasillo a
verla, y la despidieron con cuchicheos. Felipe, al volver junto a su
amo, vióle un tanto preocupado, pero no triste. De repente le entró
una gran locuacidad, y como si hablara con persona que tuviese
antecedentes del asunto en que él pensaba, dijo a Centeno: «La
pobre sigue en poder de aquel bárbaro, que la atormenta y la tiene
pereciendo».
connota a un tiempo el misterio y la mala condición de una mujer cuya verdadera
identidad permanece ausente del texto. Esto la distingue del uso en singular que
se mantiene para Amparo y Virginia, que también habían sido llamadas «la tal»,
aunque sendas veces y de manera genérica en capítulo III, xiii y en capítulo IV, i,
respectivamente. La mujer es descrita como una típica maja-manola tradicional,
variante del «tipo manolesco» que Galdós incorpora en otras novelas, según D.
Montero-Paulson, 1993: 12.
253
El novelista prefiere mantener la distancia y el enigma sobre la mujer, de
tal modo que hasta su lenguaje se ofrece no en estilo directo, sino reflejado desde
la percepción de Felipe asumida por la voz del narrador omnisciente. El manuscrito
incluía, en limpio y sin tachar, otra frase que nos aproximaría más al acento y
catadura de la mujer: «Luego juraba y votaba por la Virgen de lajangustias» (sic).
Esta parte seguramente se suprimió en la fase de las pruebas de imprenta. Hasta
Fortunata y Jacinta no se decidiría Galdós por reflejar resueltamente este lenguaje,
en las personas de Fortunata y José Izquierdo, entre otros.
383
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–Es preciso traer azúcar –dijo Felipe, atento al cuidado del
enfermo.
–Es verdad.
–¿Cuartos…?
–Busca por ahí. ¿No habrá en mis bolsillos?
Felipe, sabedor de que en la mesa de noche tenía su amo un
gran paquete de duros y pesetas, fue a buscar allí lo que necesitaba;
pero Alejandro le detuvo con estas palabras:
–No, si ya no hay nada. Busca en los bolsillos del pantalón.
El Doctor, sin dejar de pensar en la vuelta que había tomado
la plata depositada en la mesa de noche, empezó a buscar en todos
los huecos de la ropa.
–No hay ni un sacramento.
–Pídelo a doña Pepa. Tráete también caramelos… Oye, y cigarros. Por más que diga Cienfuegos, no puedo dejar de fumar.
Al poco rato volvió Felipe con lo pedido, y además La Corres
pondencia254. Su amo dormitaba; pero luego se despabiló y estuvo
despierto casi toda la noche. Hablaba, entre tos y tos, del drama,
de las cosas atrevidas y justicieras que hacía el Duque y de las
atroces llamaradas que echaba el Vesubio. Entre el follaje de esta
verbosidad, puso Felipe la flor de una observación que hizo sonreír
a Alejandro:
254
La Correspondencia de España, periódico informativo fundado en 1858 con
intención de ser neutral en política, llegó a ser el más leído de España. Se vendía
por las calles, y su seguimiento de hechos tan candentes como la Guerra de África
o la guerra por la unificación de Italia, era comentado por los lectores con pasión.
A comienzos de la década de 1870, La Correspondencia alcanzó una tirada de más
de 50.000 ejemplares diarios, y percibía crecidos ingresos también de los anuncios
que insertaban. Recordemos, por ejemplo, de entre sus muy frecuentes apariciones
en las novelas galdosianas, la broma de Juanito a Jacinta acerca de su supuesta
futura maternidad: «Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú, con las ganas que
tienes de chiquillos, sería salir para que todo el mundo te viera con tu bombo, y
mandar a Rossini con un suelto a La Correspondencia» (Fortunata y Jacinta, Parte
I, X, ii). En la misma novela, el señorito pide a su esposa: «–Mira, hijita, cordera;
cuando venga La Correspondencia, me la leerás. Tengo ganas de saber cómo se
desenvuelve Salmerón. Luego me leerás La Época» (Parte I, VIII, v).
384
PORTADA
ÍNDICE
V. Principio del fin
–Ésa que ha estado aquí esta tarde –dijo–, es la Carniola.
–¡Y que está padeciendo las mayores amarguras bajo el poder
de un Jacques Pierres…!
–¡Qué pillo! Y puede que le pegue…
–Es un salvaje… ¡Si yo no estuviera clavado en esta maldita
cama…!
No dijo más sobre el particular… Como el tiempo seguía malo,
continuó prisionero algunos días. La Tal volvió a visitarle, y en aquella segunda entrevista, que fue también de noche, el enfermo estaba
levantado. Hablaron larguísimo rato con animación y mutuas expresiones de afecto. Ella contaba suplicios, disgustos y privaciones
horribles. Él la consolaba y anunciaba mejores días… ¡Oh!, pues si
él no estuviera enfermo, todo iría bien. La Tal echó de sus bonitos
ojos un par de lágrimas, y dijo mil pestes de Jacques Pierres. Al
manchego se le partía el corazón. Lo peor de todo era que la Tal
no podría venir más a verle… Para salir a la calle necesitaba decir
mil mentiras… Y luego ¡venía con un miedo!… Pues si el bárbaro
llegaba a descubrir que ella… De seguro que le cortaría la cara, y era
lástima que una cara tan linda… ¡Lástima también, ¡ay Dios mío!,
que Alejandro no tuviera salud y mucho dinero para poner eficaz y
pronto remedio a tamaños males!… En fin, adiós, adiós…
Aún hubo una tercera visita, corta y de pocas palabras. Después de ella, Miquis escribió una carta a Torquemada pidiéndole
dinero. El maldito prestamista no se lo mandó. ¡Paciencia! Cuando
pudiera salir a la calle, Alejandro se lo pediría de palabra con razones
persuasivas que no podía interpretar la pluma de un poeta.
A Felipe, justo es decirlo, no le eran indiferentes las gracias y
gentileza de aquella desconocida amiga de su amo, a la cual daba,
por no saber otro, el nombre de la Carniola. Ésta, al salir, le echaba
siempre un par de miradas, y al entrar casi tres. Grabáronse en la
memoria del muchacho las facciones de ella, su andar arrogante y la
expresión aquella indefinible que se asociaba, por mágico contacto
de las ideas, a los poéticos lances del drama de Miquis.
Cierto que Felipe no era hombre todavía; pero lo sería pronto,
y él con la imaginación se anticipaba a la edad. Estaba, pues, como
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El doctor Centeno
poseído de cierto idealismo contemplativo y platónico, que se re
crudecía al ver a la Tal. Una noche, mientras su amo dormía, estaba
él desvelado y pensando en ella, viéndola claramente con todas
sus gracias y perfecciones. Encendida su fantasía, y lleno su corazón
de un gozoso entusiasmo, se le ocurrió a mi hombre la cosa más
extraña… Pero no, no califiquemos así lo que es producto natural
de infantiles caletres, y confesemos que lo que se le ocurrió a
Centeno era muy adecuado a su edad de transición y a su escogido
espíritu.
Veamos. ¿Por qué no había de ser él también poeta? ¿Por qué
no había de hacer también sus versos, como los hacían todos los
chicos en llegando a su edad? ¿Y quién sabía si estaba destinado
a ser un autor notable como su señor, y aun a escribir un drama
tan hermoso como El Grande Osuna, que iba a ser el asombro del
mundo? Era menester probarlo. Notaba como una llamarada dentro
de su cabeza, y siempre que se acordaba de aquella hechicera y
arrogante Carniola, oía como susurro de rimas en sus orejas, y sentía dentro una cosa como ganas de llorar, ganas de reír… Manos
a la obra. Estaba inspiradillo, y muy tonto había de ser si no conse
guía componer dos docenas de versos y cantar en ellos la preciosidad de aquella mujer. Ya, ya sabía él que todo estaba reducido a
barajar unas cuantas palabras bonitas y a ponerlas bien puestas aquí
y allá, haciéndolas sonar como cascabeles.
Su amo dormía: sentóse Felipe, cogió la pluma y ¡zas!… allá
te van renglones. ¡Quiá!, esto no suena. Otra vez, borra y vuelve a
escribir. No sale… Ahora… Gentil señora, de beldad bella y he
chicera… ¡Oh!, esto no sonaba. A ver ahora. Cuando las auras…
Esto de las auras era de lo más majo que usan los poetas. Cuando
las auras gimen ¡ay!, y gimen… ¡Magnífico! Lo malo era que no
podía seguir adelante, a ver qué salía de tanto gemido. Otro esfuerzo.
Al mirar esos ojos, cual luceros… Bien, bien: ¡qué bien sonaba el
cual!… Echando rayos hechiceros… Que me queman cual encen
didos… ¿Qué pondría para rimar? ¿Carniceros? No, esto no parecía palabra de verso. Además, debía ser cosa que quemara, que ardiera, como, por ejemplo, braseros, y mejor pebeteros, cosa de fuego
y de buen olor al mismo tiempo.
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V. Principio del fin
La composición quedó hecha a las doce. Felipe se reía a cada
verso escrito o borrado. A veces juzgábase hábil poeta, a veces absolutamente inepto para el difícil arte de la versificación. Por último, la idea de que su amo pudiera ver al día siguiente aquélla su
invención, llevóle a considerar sus versos como los más chabacanos
que se podían imaginar, y avergonzado los hizo pedazos, dejando
para más adelante y cuando supiera algo de retórica, el hacer nuevo
ensayo de sus facultades imaginativas.
Al día siguiente de esto repitióse la visita de la que inspiraba
secretamente al Doctor sus ardientes pruritos de emular a Petrarca.
Oído, Felipe, que aquel día la conferencia fue más acalorada
que nunca. El manchego sin ventura deploraba la vaciedad de sus
cajas, que le ponían en el desairado trance de no poder atender a
las cuitas pecuniarias de la hermosa Carniola y librarla de la feroz
tiranía de aquel Jacques Pierres a quien los turcos debían hacer picadillo… Mostrábase ella muy alarmada de que el aventurero descubriese las visitas que ella hacía a su Duque, y recelaba que no
pudieran verse más… Para remediar esto se le había ocurrido un
plan. ¡Qué acertado pensamiento! Bien para él y bien para ella.
Oído, Felipe, que va a decir el plan. La Tal tenía una hermana,
casada con el mayoral de una ganadería. Vivía este matrimonio en
casa humilde, pero aseada, y le vendría bien tener un huésped para
ayudarse. ¿Por qué no se iba Alejandro a vivir con aquella feliz pareja? Estaría solito y mejor asistido que en aquella casa, que parecía escuela de danzantes, en aquella leonera, donde le robaban y
no le cuidaban bien. No sería huésped, sería el amo, y la bendita
hermana de la Carniola no sería su patrona sino su ama de llaves.
¡Qué comodidad y qué proporción! El mejor resultado de esto sería
que la Tal podía ir siempre que quisiera a ver a su hermana, porque
el caribe no se opondría a ello, y así podría ver a Alejandro todos
los días, y aun cuidarle en su enfermedad…
Oído, Felipe, que tu amo se arrebata, y aprueba el plan y reniega de doña Pepa, y hace depender el mejoramiento de su salud
de un cambio de domicilio. ¡Si en aquel cuarto no hay aire que respirar! Sí, sí: y la Tal se entusiasma también, y dice que la casa de su
hermana cae a unos jardines que parecen los cármenes de su tierra,
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El doctor Centeno
llenos de pajarillos. ¡Y cómo entra el sol por aquellas ventanas! El
piso es altito, eso sí, ciento diez escalones; pero una vez arriba…
Quiso la suerte o la desdicha de nuestro héroe tobosino que
se anticipara a sus proyectos la llamada doña Pepa, hembra de mal
genio y peor catadura. Tiempo hacía que estaba disgustada de tener
en su casa un huésped herido, según ella, de enfermedad funesta
y pegadiza. La casa perdía mucho, en su opinión de saludable con
esto, y ya algunos señores estudiantes de Veterinaria habían lanzado la peligrosa especie de marcharse. Teniendo ciertos puntos y
ribetes de humanitaria, la doña Pepa no quería decir a Miquis, así
desabrida y secamente, «Le echo a usted por enfermo…». Discurría
un hábil pretexto, y vinieron a dárselo las visitas de aquella tal, a
quien lo mismo ella que su marido diputaron por una cualquiera.
¡Vaya unas amistades que tenía el don Alejandro! No, en casa tan
honrada no se querían visitas de tal naturaleza, ni la opinión de la
escogida pléyade de huéspedes podía ser expuesta a las calumnias y
dicharachos de la vecindad. En estos o parecidos términos, manifestó
doña Pepa a Miquis sus propósitos, corteses, pero claritos.
–Yo pensaba marcharme –dijo él–. En esta casa no hay aire
respirable.
Y sin pérdida de tiempo empezó a disponer todo para la mudanza, apretándole a ello el deseo de gozar pronto de la vista de
aquellos jardines, de la alegría de tanta luz y aires tan puros. ¡Qué
suerte tenía y qué motivos de alabar a la Providencia!
V
Habiendo mejorado el tiempo, pudo al fin salir a la calle. La
primera vez, apenas anduvo cien pasos, tuvo que volverse a casa;
pero su fuerza de voluntad y el anhelo de callejear pudieron más
que su quebranto, y en los días siguientes tornó a salir y estuvo en
el café. Era su aspecto como el de un muerto. Cuantos lo veían, o
manifestaban el mayor asombro o tenían que hacer disimulos muy
violentos de la mala impresión que les causaba el rostro amarillo,
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V. Principio del fin
la afilada nariz, la fatigosa voz del pobre estudiante. Éste, siempre
optimista y engañándose a sí mismo, se anticipaba a las observaciones de los que le compadecían, diciéndoles:
–Si no estoy ya tan malo como crees… Es porque me ves el
primer día que salgo a la calle; y la verdad… me he quedado en
los huesos. Pero me voy reponiendo, y siento que mejoro rápidamente…
–¿Y dónde vives ahora?
–Te diré. No vayas a verme, porque estoy como de paso, en
una casa que no es de huéspedes… casa con jardines; quiero decir,
que tiene vistas a un jardín… Pero no vayas por allí: hay mucha
escalera, y lo probable es que no me encuentres.
El verdadero motivo que Alejandro tenía para alejar a sus amigos del nuevo domicilio, era cierto disgusto o vergüenza de que le
vieran allí, pues la verdad era (¡desvaneceos, ilusiones locas!) que no
podría el enfermo haber ido a peor sitio, aunque lo rebuscara entre
todo lo malo que hay en Madrid. Estaba la tal casa en la calle de
Cervantes, mas no bastaban las leyendas biográficas del barrio a
hacerla simpática. Se subía a la vivienda de Miquis por una escalera
interior, casi tan larga como la del Cielo. Aquello no acababa nunca,
y nuestro poeta tenía que sentarse dos o tres veces en los peldaños
para poder seguir. Cerca ya de los sotabancos, muchedumbre de sucios chiquillos, que a todas horas jugaban en los descansos, estorba
ban el paso, haciendo infernal ruido que ni un momento se interrum
pía de la mañana a la noche. En los mismos descansos altos, había
un tufo que viciaba el aire y lo hacía irrespirable, porque las vecinas
sacaban sus anafres y braseros para encenderlos y pasarlos en la
escalera. Abiertas casi todas las puertas sentíase allí hormigueo de
gente que por no tener espacio bastante, rebosaba de sus domicilios,
y el murmullo mareaba tanto como el tufo del carbón. Las paredes,
de arriba abajo, y donde quiera que no faltaba el yeso, estaban todas
llenas de letreros, mamarrachos y de mil suciedades diferentes255.
255
Este ambiente de las corralas –que reaparecerán en Fortunata y Jacinta,
aunque con más negras tintas– tiene su origen en los sainetes dieciochescos y en
el costumbrismo, si bien en ambos casos se había pintado como algo pintoresco
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El doctor Centeno
La primera impresión de Alejandro, al estrenar su domicilio, fue
penosísima… Creyó que entraba en una carbonería, porque paredes
más negras que las de aquel pasillo no las había visto él en toda
su vida. Por aquel suelo de polvorosos ladrillos rojos se arrastraban
chicos entecos y miserables, otros gateaban, aquéllos corrían como
en una plaza, éstos hacían procesiones y paradas militares. En las
puertas numeradas, no había cordón de campanilla, y casi todas estaban abiertas. Para llamar en las cerradas, se hacía uso de los nu
dillos. Una vez dentro de su cuarto, que era el número 7, enseñáronle
una salita, lo mejor, casi lo único de la casa, de regular tamaño,
paredes sin papel, aplanado techo y buenas luces. Eso sí, en vistas,
no le ganara ni la torre de Santa Cruz.
Por la cuadrada ventana, se veía grandioso país de nubes y te
jados, se dominaba toda la parte oriental de Madrid que es la más
hermosa, el Retiro, la aguja del Dos de Mayo, el techo plomizo
del Congreso, la mole de Buenavista, las chimeneas de la flamante
Casa de la Moneda, y detrás el árido campo donde pronto se había
de levantar el barrio de Salamanca. En cúpulas y tejados, veíanse
y hasta festivo. Por ejemplo, el artículo de José María Tenorio sobre los corrales
sevillanos recogido en Los españoles pintados por sí mismos, «La casera de un
corral», describe las casas-corrales de vecinos en Sevilla y sus semejantes madrileñas, denominadas casas de Tócame-Roque, todas con la misma estructura de
patio central con corredores altos y bajos en torno. Tenorio señalaba que en estos
espacios «se ven reunidos y bajo un mismo techo muchas personas y familias de
todas clases de la sociedad (…) Los Corrales son el refugium pecatorum donde van
a acogerse cuantos en las clases ínfimas de la sociedad no tiene hogar conocido
(…) es la desgracia que la vida de los que acuden a ennicharse en estas casas,
ofrece antecedente materia para historias muy peregrinas» (Los españoles pintados
por sí mismos»: 172-174-176). Esas «historias peregrinas» serán proporcionadas
por novelas como El doctor Centeno, o Fortunata…, novela ésta última donde
la casa de vecinos es descrita con gran detalle, debido al contacto de Jacinta con
la familia de Ido, especialmente en su «Visita al cuarto estado» (Parte Primera,
cap. IX). Clarín apreció mucho el arte descriptivo de Galdós para mostrar el
ambiente de esa casa: «Todo lo que se refiere a la casa de alquiler donde vive el
Pituso, pertenece al gran arte de observación y descripción, y es a la literatura
española lo que aquella otra casa de alquiler de L’Assommoir a la literatura francesa. La diferencia está en que el cuadro de Zola es más triste y más fuerte, el
de usted más pintoresco y gracioso; pero ambos de grandísimo efecto» (Clarín,
Ensayos sobre Galdós: 135).
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V. Principio del fin
las formas más extrañas y las variedades más caprichosas. Ofrecía
el conjunto una crestería chabacana, de recortados picos, aleros,
palomares y tantísima chimenea, como negro ejército en desorden,
las unas empenachadas de humo, las otras no, muchas torcidas y
con el capacete ladeado. Era preciso mirar verticalmente, como se
mira al fondo de un pozo, para alcanzar a ver aquellos jardines
de que hablaba la Tal. Pertenecían a lujosas casas de la calle del
Prado, y estaban tan hondos que las más altas ramas de las acacias
apenas llegaban al segundo piso. Con esmero y mimo estaban cuidados aquellos sepultados vergeles compuestos de afeitado césped,
setos tijereteados, de algunas coníferas y acacias, todo raquítico y
achacoso. Era como un hospital de árboles. Los había variolosos,
todos llenos de verrugas; los había reumáticos, mancos de ramas;
habíalos atacados de alopecia, por lo cual tenían calvicie de hojas,
y todos calenturientos, revelaban en su amarillez el paludismo en
que vivían. No faltaba tampoco una marmórea fuente que a ciertas
horas se emperejilaba con un juego de agua para recreo de los pececillos rojos, prisioneros en el pilón.
No disgustó a Alejandro la estancia aquélla desde la cual se
veía tanta nube, tanta chimenea, y, con buena voluntad, el hundido
jardín. Los muebles habían sido muy buenos, pero estaban estro
peadísimos y pidiendo a gritos plumero, agua y estropajo. No había
silla que no estuviera coja, ni pieza a que no faltara algo. Todo re
velaba la adquisición de lance, en el desplome de una fugaz fortuna,
de esas que nacen y se liquidan en una semana. Todo era de ocasión, de pacotilla, todo pertenecía a esa industria de bazar o de
prendería que sirve para poner casas provisionales y para la improvisación de los ajuares domésticos.
La gente aquélla, marido y mujer, parecía amable. Ella habría
sido hermosa, si no estuviera picoteada por las viruelas; él, atravesado y de semblante duro, revelaba conexiones con gente torera.
La estudiada afabilidad de ambos cautivó a Alejandro, que no veía
más que el aspecto bueno de las cosas. Todo quedó convenido, y se
instaló en la sala. Allí estaría como en su casa. Para mayor comodidad del ínclito joven, no se fijaría un diario, al uso de las casas
de huéspedes, sino que él diría por las mañanas a Cirila: «Cirila,
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El doctor Centeno
quiero comer esto, quiero lo otro», y Cirila le diría: «Pues, señor
don Alejandro, déme usted tanto más cuanto…». ¿Que el señorito
no quería aquel día comer…? «Pues, Cirila, hoy no como en casa».
¿Que quería un extraordinario…? «Cirila, mañana comeremos
aquí cuatro amigos». Y ella entonces haría las cuentas y le diría:
«Porque mire usted, señorito, la ternera está a tanto, la merluza a
cuanto…».
Todo iba bien. Los primeros días estuvo Alejandro bastante me
jorado, y claro es que pasaba en la calle la mayor parte del tiempo.
Felizmente tenía algún dinero, juntando lo que pudo arrancar a
Torquemada con lo poco que le envió su padre. Iba viviendo, y su
pensamiento, ávido de las cumbres, no sabía descender a los llanos
de la vida material, ni enterarse de lo mucho que habían encarecido
los artículos de comer desde que él hiciera sus convenios con Cirila, ni advertía que le estaban costando un ojo de la cara su frugal
almuerzo y su nada abundante comida.
Había dicho a Felipe que abandonara la posada de los mieleros y se viniese a habitar con él, lo que tuvieron a mal Cirila y su
marido, porque Felipe era, según ellos, fisgón, entrometido y amigo
de curiosear lo que no le importaba. Todo lo había de intervenir, y
sabía el precio de los comestibles, del carbón y de los artículos más
usuales… ¡Oh!, ¡a él no se la daban! ¿Quién había visto que cuatro
huevos costaran una peseta? Sólo aquel visionario de don Alejandro,
con su cabeza llena de dramas, Carniolas, ideales y filosofías, podía
ver impasible tan grande atrocidad económica.
En un momento de mal humor había dicho Cirila a Alejandro:
«Ya sabía yo que el señorito era muy aficionado a mantener vagos»,
frase que al Doctor se le atravesó y no pudo digerirla en mucho
tiempo. Pero mientras más le crecían las uñas a ella, más se esmeraba él en fiscalizar y discutir todo.
Desgraciadamente para el soñador del Toboso, pronto dejó
de haber ocasiones de regatear sobre el precio de las comidas. El
1.º de mayo, a consecuencia de haberse mojado con una llovizna,
al anochecer, recayó con síntomas muy desconsoladores. Francamente, en la noche del 2, creyó que se moría. Vino Cienfuegos, y
no fiándose de su ciencia para un mal tan grave, trajo consigo a un
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V. Principio del fin
médico amigo, joven y afable. La debilidad de Alejandro era tan
grande como su inapetencia. Hubo que recurrir a la carne cruda,
al extracto de Liebig256, y con ninguna de estas cosas se atajaba el
rápido desmoronamiento de aquella naturaleza, ávida de pulverizarse y perderse en lo inorgánico. La combustión crecía, las pérdidas
eran enormes; el espíritu se iba quedando cada vez más solo, tan
solo, que los desmayos eran simulacros de muerte. Peor estaba el
infeliz que en casa de doña Pepa, y más hundido, más clavado y
sepultado en aquella odiosa cama de tormento. Para que éste fuera
mayor, su ánimo abatido negábase a buscar en sí mismo, en su propia arrogancia y fecundidad, las fuerzas reparatrices. Callaban los
estímulos mentales del arte, y enmudecían los pruritos íntimos del
ideal y el amor. Todo dormía en él, menos el enfermo; todo, menos
la fatiga, el calor, el frío, la cefalalgia, aquel negro cansancio y
aquella pesadez de sus huesos de plomo… ¡Inexplicable desvío el
de la Tal, que no había ido a verle más que dos veces desde que
estaba allí, y estas dos veces con mucha prisa, porque tenía que
hacer, porque sólo podía disponer de un par de ratitos! No vienen
nunca solos los males. A los referidos, juntóse uno que era en todas
circunstancias dolorosísimo para el pobre estudiante, y en aquella
terrible casa el mayor de los infortunios. ¡Se le había concluido esa
cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa nonada omnipotente que llaman dinero!… ¡Qué afanes, qué fatigas para procu
rarse algunas cantidades! Felipe no cesaba de salir con cartitas y
recados. Volvía casi siempre con las manos vacías. «Es que ya abusamos –pensaba él–. Razón tienen en no darnos nada».
256
Carne cruda, extracto de Liebig: la prensa española inserta, desde la década de los ochenta fundamentalmente, frecuentes anuncios publicitarios sobre el
concentrado de carne inventado por el químico alemán Justus Liebig. Los anuncios,
siempre iguales, dicen: «Caldo concentrado de carne de vaca utilísimo para las
familias y enfermos (…) Se vende en las principales droguerías, farmacias y casas
de comestibles». La difusión del extracto en España fue también objeto de bromas
escépticas. Por ejemplo, en El mundo cómico (16 de agosto de 1874) encontramos
una viñeta que representa en la izquierda una enorme vaca, y en la derecha, el
pequeño bote metálico del extracto. El texto del pie del dibujo indica: «800 libras
de carne: su equivalente en extracto».
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El doctor Centeno
VI
Cirila tuvo no se sabe qué cuestiones con su marido, y éste
desapareció. Se fue derecho a la ganadería, de donde no debió nunca
salir. Ella no se había ido también, según dijo, por estar cerca de
su hermana y cuidar al señorito; pero si el señorito no aprontaba
lo necesario para el diario, no podía ella darle ni una miga de pan,
porque… mostraba las palmas de las manos vacías… no tenía nada.
Para dar al señorito la última tajada de carne, había tenido que empeñar su mantón y las sábanas de la cama; de modo que ni sobre
qué caerse muerta tenía… Por manera que si el señorito quería una
chuleta, una taza de caldo, un huevo pasado, una rebanada de pan,
ya podía ir pensando de dónde lo sacaba, porque ella…
En tal extremidad, y hallándose como ejército famélico en
plaza estrechamente sitiada, discurrió Alejandro pedir socorro a
su tía, que era la última palabra del credo en casos tales. Acudió
volando Felipe con la esquelita y a la hora volvió desconcertado y
afligidísimo. La señora le había recibido con risas muy extrañas
y llevádole a la sala, donde tenía (espanto y confusión de Felipe)
una mesa con tapete encarnado, y encima dos velas verdes, y muchas, muchas cartas de baraja revueltas… A Centeno se le había
comprimido el corazón viendo cómo la señora, después de espantar un zángano invisible, se ponía a revolver cartas sin hacer caso
de él para nada… La criada entraba y salía, viendo todo como
la cosa más natural del mundo… Por fuerza la mujerona aquélla
estaba también tocada. ¿Y qué hizo la señora con la carta de su
sobrino? Pues la puso abierta sobre la mesa, y empezó a correr
naipes, a correr naipes, diciendo unos latines o romances que el
demonio que los entendiera. Después trajo un puñado de cañamones y haciendo un cucurucho se lo dio a Felipe para que lo llevara
a su sobrino… Cómo salió él escapado de la casa, no hay para qué
decirlo. Felizmente, encontró en la calle de Toledo a su paisano y
amigo Mateo del Olmo, de quien obtuvo, no sin esfuerzos de elocuencia, el anticipo de una peseta. Con ella compró pan, dos huevos
y una chuleta, y guardó el resto para lo que ocurriese. Todavía
había Providencia.
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V. Principio del fin
La misma noche tuvo un feliz encuentro en el pasillo de la
casa, que era el foro o Parlamento en que se ventilaban las cuestiones de aquella federación de familias257. Habiendo dejado a su amo
dormido, salió a ver si podía hacer callar a unos chiquillos que
alborotaban. Vio pasar a un hombre, que miraba al suelo, rozando
su cuerpo contra la pared, al mismo tiempo que andaba vacilante.
Reconocióle al punto, y tirándole del faldón de una especie de levita, que del cuerpo de aquel fantasma pendía, le dijo:
–¡Don José!… ¿Ya no me conoce?
El otro se detuvo y le miró. Sus ojos, cual si acabaran de verter
copiosísimo llanto, estaban húmedos.
Sus erizados pelos bermejos se querían echar fuera sediciosamente del abollado sombrero que los oprimía y avasallaba. De su
rostro emanaba una tristeza sepulcral, como de los anafres de las
vecinas el pesado tufo, y así como en éstos, por los agujerillos, se
ven las brasas quemadoras, así en el entenebrecido rostro de Ido, se
veían brillar ascuas de un mirar ansioso y famélico.
Más con el alma atenta que con el oído, enteróse Felipe de los
conceptos de aquella voz, que dijo:
–¡Ah!… tú eres el Doctorcillo Centeno, el que estaba en casa
de don Pedro… ¿Vives aquí?
Hubo mutuas explicaciones, y ofrecimiento de domicilio. Ido,
tomando a Felipe por un brazo, retrocedió a la escalera, y se sentó
en el último peldaño de ella.
–Siéntate aquí y hablaremos –dijo con voz desvanecida y vagarosa, cual si las palabras, teniendo miedo del aire en que vibraban,
quisieran retroceder para volverse a la boca–. Sabrás, Felipe, cómo
estoy sin colocación desde hace tres meses. Y por más que busco,
257
Federación de familias: el eufemismo ennoblecedor se refiere al modo de
vida que los espacios comunes de la mísera corrala de vecinos obligan a compartir, y nos remite con humor a las propuestas comunitarias del socialismo utópico,
aunque esta comunidad miserable es bien diferente de las idealizaciones sobre comunas autogestionarias. Una comparación semejante (falansterio) aparece en el artículo costumbrista «La casera de un corral» de José María Tenorio, citado anteriormente.
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El doctor Centeno
y aro la tierra para encontrarla, no puedo conseguirlo. He visitado a
todos los maestros, y nada. He ido a todos los colegios, y en ninguno
hay vacante. Lecciones particulares, ¡Dios las dé!… de modo que
estoy, hijo, a la cuarta pregunta… con mi señora enferma y cuatro
hijos, cada uno con su boca correspondiente.
Preguntóle discretamente Felipe los motivos de su salida de la
casa de Polo, a lo que el pendolista contestó de este modo:
–¡Ay!, hijo, tú te marchaste antes de que el bueno de don Pedro
empezara a hacer las grandes locuras que hemos visto… Ya sabes
qué genio de Barrabás tenía y cómo nos trataba… El genio se le
podía llevar, anda con Dios; pero hay cosas, amigo Felipe, que
ofenden a un hombre digno. Yo a nadie falto. ¿Por qué no se me ha
de tratar con miramiento y buena crianza? Ya, cuando tú estabas,
el maestro me decía palabras malsonantes; pero como él mismo
se reía, pasaban por bromas. «Es usted más tonto que el cerato simple». Esto era a cada momento. Bien; pase como un desahogo… Pero
cuando una cosa se repite y se repite… Yo paso una broma, pero
que me pongan motes no me gusta. Don Pedro, últimamente, ya no
me llamaba por mi nombre, sino que decía: «Cerato Simple, haga
usted esto o lo otro. Calamidad, esto o aquello…». Los chicos se
reían y no me respetaban nada. También entre ellos no faltaba quien
dijera: «Cerato, vete al acá o al allá». Francamente, naturalmente,
amigo Felipe, esto ya es… Porque si un chico me falta una vez,
se lo paso; pero que me tomen como cuento de risa… Si a uno le
mandaba una cosa me respondía: «Dido, no me da la gana». «Dido,
vete a donde quieras»… Francamente, naturalmente… yo estaba ya
trinando en mi interior, y con una cosa que me revolvía las tripas.
Don Pedro no hacía más que disparatar cuando tomaba las lecciones, y todo lo decía al revés, y echaba la culpa a los chicos y a mí.
Un día se puso como un león, echando lumbre por aquellos ojazos,
con espuma en la boca; y empezó a tirarnos a todos los libros, los
tinteros, las plumas, las pizarras. Nos apedreaba. A muchos les hizo
heridas… Todos estábamos aterrados. Cogió al chico de Pasarón y
le tiró al aire. A todas éstas renegaba de la escuela y decía maldiciones impropias de un sacerdote… Francamente, naturalmente, esto
no se podía aguantar. Aquel día se retiraron de la escuela muchos
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V. Principio del fin
niños y el padre de Nicomedes vino hecho una fiera, se trabó de
palabras con don Pedro, y por poco se pegan. Otro día el maestro
estaba como un idiota, no decía palabra; tenía una especie de modorra y hasta parece que se le caía la baba… No te rías; sí, a aquel
hombre le pasa algo… Enfermo está no sé de qué… pues, como te
decía, sin más ni más, salió con la pitada de que yo le quitaba los
alumnos y que yo era un acá y un allá. Yo le dije: «Francamente,
naturalmente, señor don Pedro…», y él me contestó: «Porque usted,
bajo esa capita de santo, es capaz de asesinar a su padre…». Francamente, naturalmente, yo… ¿qué había de hacer?… Total, que me
marché. Aquí me tienes, pues, sin colocación, pasando las de Caín
para mantener tanta familia. ¿Vives tú con un señor que parece está
enfermo, y que, según dijo doña Cirila, es algo poeta?
–¿Qué es eso de algo? –replicó Felipe, ofendido de que se escatimaran así las facultades literarias de su señor–. Mi amo es de
lo que no hay en eso del drama y la poesía.
–Pues hijo –manifestó don José, alzando un poco la abatida
voz, por los bríos que le daba la esperanza–. A ver si me proporcio
nas algún trabajo. Quizás tenga tu amo cosillas que copiar…
–Por ahora, señor don José, no sé si habrá algo; pero no está
mi amo muy en fondos para encargar ese trabajo… Más adelante
puede… porque tenemos unos dramas que el señorito va a poner
en limpio.
–¡Dramas! Pues venga. Que me dé lo que pueda a cuenta… Yo
también hice un drama en mi juventud; y en esta miseria de ahora,
se me ha ocurrido retocarlo, a ver si alguna compañía me lo quiere
representar. Es cosa del conde Ansúrez y todo, todito, me lo hice en
sonetos… Francamente, naturalmente, creo que no sirve para nada.
–Me voy, no sea que se despierte –dijo Centeno, cansado de
las confidencias de Ido.
Éste le detuvo, y con voz más alentada, que declaraba el esfuerzo
de su cobarde espíritu, le dijo estas palabras:
–Felipe, tú no sabes lo triste que es volver a casa a estas horas sin traer nada, y cuando a uno le están esperando desde media
tarde, creyendo que trae los imposibles… Si algún día eres padre
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El doctor Centeno
de familia, sabrás lo que esto es. Francamente, hijo, yo no sé si me
habrás comprendido; si no, te diré que me hagas el favor de pres
tarme dos reales, si los tienes, y dispensa mi atrevimiento… que
francamente, naturalmente, nunca creí que un hombre como yo,
dedicado a la enseñanza…
Aquel apóstol de las gentes, aquel faro de las sociedades, aquel
portero de la inmortalidad, el santo, el evangelista de la civilización, el pescador de hombres sacó de su bolsillo una cosa que, por
las trazas, debía de ser pañuelo, y lo aproximó a las fuentes de
ternura que tenía por ojos. Felipe, hasta lo más hondo de sus entrañas conmovido, se registró bien los bolsillos, y todo lo que había
en ellos se lo dio.
Miquis y su criado hablaron un rato de aquel infeliz vecino y
de su triste situación.
–Coge todo lo que haya –dijo el manchego–, y llévaselo. ¿Qué
nos importa el día de mañana? De alguna parte ha de venir. Nuestra miseria es contingente, accidental y temporal; la suya es intrínseca y permanente. ¿No hay allí sobre la mesa dos huevos? Pues
ofréceselos. Y las tres onzas de chocolates y el pan… Dale todos
los cuartos que tengas en el bolsillo. ¡Pobre hombre! En cuanto me
ponga bueno, le he de buscar una colocación.
Siempre el mismo Alejandro. Ansioso de dinero cuando no lo
tenía, y capaz, por adquirirlo, hasta de poner en olvido los buenos
principios, como sucedió en el caso de la tiíta, desde que tenía algo,
fuese poco o mucho, ya le faltaba tiempo para desprenderse de
ello y acudir a cuantas necesidades, verdaderas o falsas, se mani
festaran a su lado. Su generosidad era tan incorregible como su ambición. Y no escarmentaba nunca. Repetidas veces se había visto
en grandes aprietos por haber acudido con demasiada prisa al socorro de los ajenos. Ejemplo de ello, que pocas horas después de
su liberalidad con el pobre Ido, al amanecer del siguiente día, la
Naturaleza le pedía cuentas de su falta de caridad consigo mismo.
¡De qué buena gana se habría tomado una taza de té con leche, o
leche sola caliente!… Pero no había leche ni azúcar, ni dinero con
que comprarla. Como Felipe se quejara del pernicioso desprendimiento de su amo, éste le dijo:
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V. Principio del fin
–Pues qué quieres… yo soy así, y no puede ser de otro modo.
Por más que me empeñe en ello, no consigo ser egoísta. Mi yo es
un yo ajeno.
Y ambos permanecieron silenciosos, mirándose a ratos, y cuando
no se miraban, el uno fijaba sus ojos en el techo y el otro en el suelo.
¡Peregrina divergencia, que en cierto modo venía como a simbolizar la contraria organización de cada uno! ¿Y qué descubría Miquis
en el techo? Nada. ¿Qué sacaba Felipe del suelo? Nada. Ni arriba
ni abajo había para ellos socorro alguno.
Daba dolor ver al infeliz joven postrado en aquel lecho, y considerarle favorecido por Dios, si no de una constitución robusta, de
bríos morales y mentales que debieran tener virtud bastante para
compensar, en cierto modo, la pobreza física. ¿Pero quién sabe si
la misma tensión y crecimiento del contenido había roto el frágil
vaso, que ya ¡fatalidad!, no tenía soldadura? ¿Quién que le viera no
le compadecería? ¿Quién que observara la expresión de aquel rostro
en que se pintaban con magistral sello el martirio y la exaltación
de las ideas no había de extender la mano y decir con arrebato de
piedad: «Detente, muerte y no le toques»?
Era la perfecta imagen de un Nazareno, a quien se le hubieran
quitado diez años258. Su barba judaica le había crecido algo después
de la enfermedad; pero aún no pasaba de la condición de vello largo,
fino y sedoso. Era más bien como una sombra dibujada con blando
carboncillo, y se creería que iba a desaparecer si la soplaban con
fuerza. Su perfecta nariz afilada tenía trasparencias de ópalo, y las
tintas gelatinosas de sus mejillas y sienes hacían que éstas parecieran más deprimidas de lo que estaban. El tinte cárdeno de las
cuencas de sus ojos agrandaba más éstos, haciéndolos más negros,
luminosos y profundos. Cuando eran intérpretes de la esperanza o
del entusiasmo, el espíritu como que no cabía en ellos y se derramaba a borbotones de luz. Tristes, parecían la propia mirada de la
258
Miquis en su agonía ofrece una imagen de nazareno, que Galdós seguirá
años más tarde como pauta para el retrato físico y articulación narrativa de Nazarín, otro «caballero andante» idealista, aunque empleado en aventuras muy dis
tintas.
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El doctor Centeno
muerte; alegres, traían resurrección o apariencias de salud a todo
el descompuesto organismo.
Día y noche se le veía en aquella postura de paciencia, incorporado en el lecho, porque no podía respirar de otra manera,
rodeado de almohadas, mal cubierto, de frente a la luz, con la
mirada perdida en el techo o en el cuadrado trozo de cielo que por
la ventana se veía.
VII
Sacóles de aquella perplejidad en que ambos estaban, una voz,
precedida de dos discretos golpes en la puerta. La voz dijo: «¿Dan
su permiso?» y la persona que entró era don José Ido, que venía a
preguntar por el enfermo y a dar las gracias por los auxilios de la
noche anterior. Alejandro, como de costumbre, dijo que se sentía
mucho mejor, y entabló un ameno coloquio con aquel excelente
sujeto, mártir de la instrucción, fanal de las generaciones, accidentalmente apagado por falta de aceite259. Los tiempos estaban malos,
y francamente, naturalmente, el bueno de Ido no había de coger una
espuerta de tierra en las obras del Ayuntamiento… ¡Y pensar que
había en España diez millones de seres con ojos y manos, que no
259
Nueva letanía jocosa, unida a la hipérbole de martirio en este párrafo en
discurso indirecto libre, que se remata con el malicioso juego verbal que alude a
la miseria de Ido: «fanal… apagado por falta de aceite». La expresión irónica del
personaje como fanal o luminaria se aplica en diversas ocasiones a personajes que
tienen alto concepto de sí mismos como salvadores de la nación. En el siguiente
pasaje, claramente generalizador al modo costumbrista, un tipo –que a su vez pertenece a una pomposa trinidad de tipos autocomplacientes– es visto como fanal:
«¿Quién no conoce a D. Joaquín Onésimo, ese fanal luminoso de la Administración, que está encendido en todas las situaciones, iluminando con sus rayos a
una pléyade de Onésimos que en diversos puestos del Estado consumen medio
presupuesto? Alguien dijo que los Onésimos no eran una familia, sino una epidemia; pero no puede dudarse ¡cielos!, que si esa luminaria se apagase quedarían
a oscuras los ámbitos de la buena administración, y reducidos a revuelto caos el
orden, las instituciones y la sociedad toda» (La familia de León Roch, Parte I,
cap. III).
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V. Principio del fin
sabían escribir! ¡Y que él, hombre capaz de enseñar a escribir al
pilón de la Puerta del Sol, no tuviese qué comer…! ¡Qué anomalías, y qué absurdos, y qué contrasentido tan desconsolador! ¿Pero
esto era una nación o una horda? Ido se inclinaba a creer que fuera
una piara de empleados, una manada de cesantes y una gavilla de
pretendientes… Por todas partes no se oía otra cosa sino que se iba
a armar la gorda, y don José… francamente… le pedía a Dios que
se armara lo más pronto posible y que hubiera una catástrofe tal,
que todo se volviese patas arriba260, y que viéramos a los generales
260
La cesantía tras años dedicados a una Administración ingrata, puede aparecer como causa de enloquecimiento y arbitrismo. También es cesante don Jesús
Delgado, que trabajó veinte años en la Dirección de Instrucción Pública, y que
aparecerá ya como loco en nuestra novela. En Miau, cinco años después, asistiremos
a la locura progresiva de otro cesante, procedente del ramo de la Hacienda: don
Ramón Villaamil, que acaba invirtiendo su tiempo en memoriales o arbitrios para
corregir problemas de la Hacienda.
Los cesantes fueron tipos muy tratados en el costumbrismo. Es muy conocido
el artículo «El cesante», de Gil de Zárate en la colección Los españoles pintados
por sí mismos, donde clasifica a este tipo cada vez más común, en varias especialidades: el acomodado, el industrioso (muy semejante al que años más tarde en
carnará Federico Ruiz en diversas novelas, según anotamos en otro lugar), el literato, el económico, el mendicante y el revolucionario. Una de las modalidades de
«Pobres vergonzantes» que Mesonero recogía en su libro Tipos y caracteres: bocetos de cuadros de costumbres: (1843 a 1862), afecta a los cesantes, verdadero tipo
costumbrista que es «rueda descompuesta o averiada de la máquina administrativa, que os recuerda vuestras antiguas relaciones infantiles, de la escuela, que
os viene a encarecer vuestro mérito, vuestra fama, vuestra bondad de corazón,
y que acaba por exigiros el debido tributo de tanta gloria…» (Tipos y caracteres: 19).
Rico y Amat define burlescamente en su Diccionario estos conceptos:
Cesante.–«Mueble sin uso; cuerpo sin sombra; planta marchita; cuadro sin marco (…)
El cesante bebe recuerdos y se alimenta de esperanzas; el día 30 del mes, aniversario
de la muerte de sus pagas completas, (…) sufre el infeliz un horrible martirio, porque el
reloj de su existencia está parado».
Cesantía.–«Abstinencia completa de carnes; cuaresma forzada; ayuno de obligación
(…) Estos penitentes políticos, a imitación de los penitentes religiosos, no piensan en la
época cuaresmal más que en la llegada de la pascua que viene siempre acompañada de
turrones y otras golosinas».
El cesante se convierte en personaje relevante en algunas novelas, como en
Pedro Sánchez, también de 1883, que mencionamos en diversos lugares de estas
notas por las conexiones temáticas que mantiene con El doctor Centeno. En el
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El doctor Centeno
y ministros yendo a esperar a los Reyes, y a los aguadores sentados
en las poltronas… ¡ajajá! Porque la vuelta tenía que ser grande para
que el país se desasnara.
Felipe, mientras su amigo hablaba, había encendido la cocinilla
económica, y calentaba agua. Las retorcidas hojas del té estaban
allí, en un papelillo; pero faltaba el azúcar.
–Si tuviera usted un poco de azúcar, don José…
–Precisamente –replicó el pendolista con generoso arranque–,
ese es un artículo de que no carecemos nunca. Mi mujer tiene
un primo confitero, que nos da el caramelo de desecho, el almíbar que se quema y toda la confitería que se pasa de punto… Al
momento.
Fuese y volvió con un gran paquete de todas aquellas materias sacarinas que había dicho. De los pedazos de caramelo llenó
Alejandro un cucurucho para ponerlo debajo de la almohada, y al
instante empezó a chupar. Aunque algo quemados, estaban buenos
y a él le sabían bien.
–Pues si tuviera usted un poco de leche, don José…
capítulo VIII de la novela de Pereda, el protagonista traba conocimiento con el
cesante don Serafín Balduque y su familia, que luego tendrán importante papel
en su vida en Madrid. Algunos de los lamentos del cesante –y la perspectiva entre
compasiva y distante con que el narrador lo juzgará– son muy parecidos a los de
otros tipos galdosianos: «–… Cuando vuelvo los ojos atrás y cuento los años que
llevo sirviendo al Estado; la burla que sus gobernantes han hecho de mí; los apuros, los ahogos en que estas burlas me han puesto tantas veces; las privaciones a
que me he sometido; la fe… hasta el entusiasmo con que he trabajado en los múltiples cargos que se me han cometido; la edad que tengo, lo atrasado que estoy
en la carrera (…) Dicen que reina cierto malestar en el mundo político y que se
temen acontecimientos graves…». Galdós redactó un interesante artículo sobre
este tipo al que consideraba consecuencia de «la borrascosa vida política de este
siglo», que hacía que con cada cambio ministerial se cambiase absolutamente todo
el personal de la administración, «hasta el último escribiente». La relación de la
cesantía con el arbitrismo, tan presente en la encarnación literaria que realiza de
sus tipos, es explicada por Galdós como algo basado en la realidad que ha conocido: «no una, sino muchísimas veces he oído al cesante arbitrista vanagloriándose de poseer la clave de la Hacienda (…) Y por añadidura ha discurrido el hombre un plan completo de reforma de los impuestos…» (En Fisonomías sociales:
256-268).
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V. Principio del fin
–Voy a ver… Puede…
Al poco rato, volvió mi hombre con un vasito que contenía un
dedo de leche.
–Si se pudiera arreglar el señor con esto…
–Basta, muchas gracias.
Despidióse don José para ir a sus quehaceres, que eran recorrer todo Madrid en busca de colocación, y afanar, al mismo
tiempo, por los medios que la Providencia le sugiriera, el sustento
para el día, tarea cruel, áspera y abrumadora que al pobre hombre le consumía y le resecaba hasta dejarle en los puros huesos.
Bien copiando algún escrito, bien apelando a los sentimientos cari
tativos de algún amigo, o ya felicitando a cualquier prócer con un
mensaje lleno de rasgos y primores caligráficos, lograba reunir
miserable suma; pero ¡las necesidades eran tantas…! Luego ¡la enfermedad de su señora, el médico, las medicinas…! Francamente,
naturalmente, don José Ido del Sagrario dudaba de la Divina Providencia.
Cuando Alejandro se tomó su té, que le supo muy bien, dijo
a Felipe:
–Así no podemos estar… Esto es horrible. ¡Vaya un día! Hijito,
es preciso que busques algo. Vete a ver si Cienfuegos tiene. Que te
dé siquiera dos duros. Si no tiene, habla con Arias y con Zalamero,
y píntale la situación…
A media tarde volvía Felipe de su caminata. En aquel largo
espacio de tiempo, no había estado Miquis en completo abandono.
Cirila, que no era un ángel ni mucho menos, pero sí un ser humano,
había entrado a las once y le había dicho esto:
–He puesto un pucherito. Le traeré a usted una taza de caldo,
o unas sopas claras si las quiere. Ya me debe usted seis duros, y si
me da algo a cuenta, no le faltará nada.
Felipe no vino con las manos vacías. Oigámosle:
–Cienfuegos no tenía nada. Arias dice que si usted le da cinco
duros, le hará un gran favor. Sí, para dar estamos. Poleró dice que
vendrá a verle a usted esta noche y Sánchez de Guevara me dio
esta peseta para mí… ¡para mí! Bueno. El tío prisma salió muy
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El doctor Centeno
tieso del comedor, con el mondadientes de plata en la boca, el señor
Completo salió a echar sus cartas, y me preguntó si estaba usted
mejor. Le dije que sí y echó un suspiro. Prisma dijo que memorias,
y que si se le ofrecía algo para París. ¡Ah!… Zalamero que vendrá
también por aquí… Bueno… ¡Ah!, memorias de Julián, que salió
conmigo a la calle, y ha venido acompañándome hasta la puerta.
No quiso entrar… Bueno… Ahora viene lo gordo… (metiendo la
mano en el bolsillo y sacando un objeto) ¿A que no sabe usted
quién me ha dado este duro?… Si lo acierta… ¿A que no acierta?
Pues me lo ha dado doña Virginia. Dice que le va a mandar a usted
chuletas… que eso que usted tiene no es más que hambre y que se
cura con carne.
–¡Pobre Virginia!, es una buena mujer… Mira, dale el duro
enterito a Cirila. Hay que tener presente que se le debe más. Hoy
me ha dado sopas.
–¡Ah!… Don Basilio me dio este real… ¡para mí!… y que
expresiones, y que no se acoquine usted.
Por la noche tuvieron de visita a Zalamero, Poleró y Arias.
Hablaron tanto, que Alejandro se aturdió un poco con el ruido;
pero disimulaba su malestar por no privarse del gusto que tenía en
la conversación. Lo único que dijo, fue:
–Hagan el favor de no fumar mucho aquí.
Poleró, con su vehemencia de costumbre, le decía:
–Anímate, hombre. Sal de esa cama. Hace ahora un tiempo
hermosísimo. Si no fuera porque están cerca los exámenes y hay
que empollar, te acompañaríamos más. ¿Y el drama? ¿Se represen
tará la temporada que viene?
–Eso, seguro.
–Creo que esta semana se pone en escena la comedia de Federico Ruiz. Me han dicho que es mala adrede.
Y Arias, fuerte en literatura, hablaba de Los Miserables, obra
que por aquellos días cautivaba y embelesaba a tantos lectores.
¡Aquella Cosette!… ¡aquella Fantina!… ¡aquel Juan Valjean!… ¡aquel
capítulo la tempestad bajo un cráneo!… ¡aquel polizonte Javert!…
¡aquel capítulo de las cloacas!… ¡aquel Fauchelevant!… ¡aquellas
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V. Principio del fin
monjas del pequeño Picpus!… ¡aquella frase no hay que confundir
las estrellas del cielo con las que imprimen en el fango las patas
de los gansos!… ¡aquel Gavroche!… En fin, todo, todo…261
Con estas conversaciones, se ponía Alejandro excitadísimo y
le entraba ardorosa fiebre. ¡Qué mala noche iba a pasar! Más valía
que se fueran. Los muchachos, compadecidos de la horrible situación de su amigo, convinieron en hacerle un anticipo. No eran ricos;
pero entre todos echaron un guante, dejando sobre la mesa de noche
tres duros y dos pesetas.
–Adiós, adiós; a ver si te sacudes.
–Adiós, y gracias. Ya os lo mandaré con Felipe, cuando reciba
lo que me enviará mi padre.
Por la escalera abajo, los tres jóvenes hacían comentarios sobre
lo que acababan de ver.
–Yo le tengo lástima; pero hay que confesar que es un suicida.
Él se ha matado.
–¡Pobre chico!… y lo que es ese no se levanta más. Yo se lo
decía: «Mira que te estás matando».
–La casa es una perrera. ¿Qué idea le dio de venirse aquí?
–¿Pero tú has visto a Miquis hacer alguna vez una cosa derecha y con sentido común?
–Si no hay quien le entienda…
–Es un desgraciado, un loco… Bien merecido le está.
261
Arias, en efecto, estaba al día de las novedades. En estilo indirecto libre
se nos informa de los efectos de la lectura de Los Miserables, realizada muy poco
tiempo después de su aparición en Francia. El narrador superpone la ironía y la
distancia temporal al apasionamiento inmediato del joven. Entre el grupo de personajes que Arias menciona con éxtasis está Gavroche, el símbolo del niño de la
calle, «le gamin de Paris» cuyas peripecias se desarrollan en el Libro III de Les
misérables, y cuyo impactante final sigue siendo hoy un pasaje muy famoso de la
literatura francesa: el niño canta alegremente, retando sin miedo a las balas que
lo rodean, hasta que una última bala termina con su canto en las barricadas del
Paris de 1832. Hugo dotaba de un carácter simbólico al niño, como augurio de una
sociedad nueva frente a un mundo envejecido («le gamin de Paris, c’est le peuple
enfant ayant au front la ride du monde vieux»).
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El doctor Centeno
Poco después entró Cienfuegos. Ver el dinero que sobre la mesa
de noche estaba y hacia él írsele con avidez los ojos fue todo uno.
–Chico, me debes dos pesetas del percloruro de hierro. ¿A
ver ese pulso? Algo excitado. ¿Han estado aquí ésos? ¿Ha habido
conversación? Se conoce. ¿Y qué tal? ¿Has comido? Doña Virginia
te mandará mañana unas chuletitas.
Terminado el interrogatorio médico, se le escaparon estas
palabras sacramentales:
–Veo que estás en fondos… No, lo que es este duro me lo llevo.
Recuerda que me debes… Es decir, yo te debo más; pero me refiero
a lo accidental. Chico, la lucha por la existencia es la más cruel de
las leyes262. ¡Eh!… tú, Felipe, trae esta noche cloral. ¿Has perdido
la receta? Si a las diez no duerme, se lo das. Avisa a cualquier hora
de la noche si hay novedad.
Incomodado estaba Felipe de la franqueza con que el médico
expoliaba el tesoro del enfermo; pero no se atrevía a decir nada.
Cuando se fue Juan Antonio, hablaron un ratito amo y criado de
la necesidad de llamar otro médico, el mismo que había venido al
principio… Días pasaron sin ninguna novedad. Ido les acompañaba
algunos ratos, y ambas familias se favorecían mutuamente en sus
tribulaciones. A lo mejor tocaban a la puerta, y se veía asomar por
ella el rostro agraciado de una niña de diez años, bonita, rubia, con
la cara sucia y el vestir andrajoso:
–Don Felipe…
–¿Qué quieres, muchacha? –preguntaba él asustado del don.
–Dice mi mamá que si por casualidad tiene usted una libreta.
–Sí, sí –respondía al punto Miquis–. Felipe, dásela.
–Don Felipe, que si hace usted el favor de darme una peseta,
que cuando venga papá a la noche se la dará.
–Toma.
262
La lucha por la existencia vista como ley inapelable es una de las creencias
del naturalismo, en sintonía con las teorías de Darwin sobre la supervivencia de las
especies.
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V. Principio del fin
–Don Felipe, que si hace el favor de un huevo…
–Toma.
Gran regocijo y distracción tenía Alejandro cuando los dos
chicos mayores de Ido y otros de la vecindad entraban en su cuarto,
con gorros de papel y cañas al hombro, haciendo maniobras y juegos militares. Si no fuera por el ruido que metían no les dejaría
salir del cuarto en toda la tarde; pero a veces era menester darles
algo para que se callaran o para que hicieran sus evoluciones en
el pasillo con el menor estrépito posible. Rosa Ido, la que venía a
pedir de parte de su mamá, era muy juiciosa, y a ratos les acompañaba contándoles cosas de la vecindad y diabluras que hizo el
gato. Su papá había ido a casa del ministro para ver si lo quería
colocar; pero ¡quiá!, si el ministro era un pillo… Decía su papá
que iba a venir la gorda263, y que él se alegraba, porque eso de que
unos coman y otros no… Algunas tardes iba allá con su muñeca,
que tenía toda la cara comida, y empezaba a vestirla y desnudarla
con trapos y cintajos, para que Alejandro se riera. La sentaba en
una silla, diciéndole con fe: «ahora te quedas aquí, acompañando a
este caballero». Lo mismo hacía con el gato; pero éste no era tan
obediente como la muñeca, y se marchaba detrás de su ama. Por
Felipe tenía verdadera pasión, y no se separaba de él como pudiese.
A veces atormentábale con preguntas y largas charlatanerías sobre
cualquier insulso tema.
–¿Por qué te llaman Doctor? –le dijo un día–. ¿Es que eres
médico? Pues cúrame el gato que está malito.
263
Venir la gorda: la niña reproduce la expresión que oiría en su casa, muy
común en las preocupaciones del Madrid prerrevolucionario. El propio Galdós nos
explica el uso de esta expresión, en su «Revista de la semana» en La Nación, el 3
de junio de 1866: «¡La Gorda! ¿Cuál es el significado de esta palabra? ¿Es cosa
que se espera, que se teme o que se desea?
Cosa en extremo interesante y además peliaguda debe ser, porque siempre que
se cruzan dos personas, a la primera pregunta de ordenanza se usa siempre alguna
observación sobre la gorda…». El joven periodista que era entonces Galdós acabará burlándose de que las expectativas de cataclismo en esa semana sólo se han
concretado en un pequeño cambio, el del ministro de Hacienda.
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VI
Fin
I
Todo el mes de mayo se pasó en alternativas de engañosa mejoría y de recrudecimiento del mal, resultando un alza y baja sintomatológica, con oscilaciones no menos bruscas que las de los fondos del enfermo. Días hubo en que, cubiertas con esplendidez las
principales atenciones, aún sobró lo bastante para poner un duro
en la mano fría y flaca del apóstol de la escritura; pero otros, teñidos, de la mañana a la noche, de un lúgubre color de tristeza, no
traían consigo más que necesidades, disgustos con Cirila, apuros
y carencias de lo más preciso. Fue por San Isidro cuando recibió
Alejandro carta de su padre, en la cual se manifestaba ya el buen
señor enterado de la vuelta que habían tomado los dineros de la
tiíta. Vivísimo enojo resaltaba en todas las frases de la carta. El
iracundo padre, pidiendo cuentas del uso de aquel capital, declaraba al niño su resolución de no mandarle un cuarto más en todo
el año. Al Toboso habían llegado noticias de la desaplicación del
estudiante dramaturgo, de su vida vagabunda, de sus costumbres
equívocas y poco dignas, por todo lo cual estaba el buen don Pedro
echando chispas. Concluía la tremebunda carta diciendo al rebelde
hijo que en vista de que no estudiaba, de que era un perdido, no se
gastaría más dinero en su carrera; que después de los exámenes de
junio, si es que se examinaba, tomara el camino del Toboso, donde
se le tenía preparada una hoz para segar, una azada para romper
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El doctor Centeno
tierra y un bieldo para aventar, únicos instrumentos adecuados a la
corrección de su holgazanería.
Afligidísimo leyó el joven la epístola, siendo cada palabra de
ella puñal que le abría las entrañas agravando su profunda dolencia.
¿Qué contestaría? Optó aquella vez por el mejor partido, que era
confesar su falta y pedir perdón. Se disculpó diciendo que había
tenido una larga enfermedad; pero a renglón seguido incurrió en la
torpeza, ya muchas veces cometida, de ocultar su verdadero estado
por no disgustar a su madre. Anunció que se había restablecido, que
ya iba a clase y que esperaba examinarse y salir bien. Así lo creía
el pobrecito, que antes perdería la vida que la esperanza, y era tan
ciego que hacía proyectos para la semana próxima, contando con
restablecerse, prepararse en cuatro días, como lo había hecho otros
años, examinarse, y después irse tan contento a su pueblo a acabar
de ponerse bueno.
Para que fuera mayor su tormento, presentóse un día Torquemada, el prestamista a quien Arias llamaba Golseck264 y con buenos modos, mas con perversa intención, le exigió el pago de cierta
suma. Alejandro sentía un dogal que le estrangulaba. No sabía qué
contestar y se contradecía a cada momento. «La semana que entra,
el mes que entra… Precisamente estaba esperando… No tuviera
cuidado el señor Torquemada…». Éste embozaba con taimadas razones su exigencia. Aquel dinero no era suyo. Era de un señor que
se lo había confiado para emplearlo, y el señor lo necesitaba para
ir a tomar baños. Volvería al día siguiente; volvería todos los días,
mañana y tarde… ¡Poder de Dios, qué hombre! Si no se le pagaba,
pondría dos letritas al señor don Pedro Miquis, a ver qué determi
naba… A Alejandro se le helaba el sudor sobre la frente, y se le
ponía un dogal muy apretado en el cuello.
264
En el capítulo IV, iv, aún se ocultaba el nombre del usurero, que sólo aparecía
con su mote, aludido como «cierto usurero a quien Arias llamaba Golseck». En la
edición de 1883 aparece correctamente el apodo del usurero, Gobseck, según la
denominación de Balzac. En la edición de 1905, Arias deformaba humorísticamente
el nombre, y lo denominaba Golseck. Mantenemos esta deformación, tras el cotejo
con el manuscrito, donde aparece el mote deformado y subrayado en bastardillas.
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VI. Fin
–Felipe, chiquillo –decía a su criado, cuando el buitre les dejaba solos. Es preciso hacer un esfuerzo. Abre la cómoda, saca toda
mi ropa, empéñala, que por ahora no la necesito, y para cuando
pueda levantarme ya tendré con qué sacarla… A ver si te dan
aunque no sea más que lo bastante para pagarle a Torquemada los
intereses.
Centeno obedecía en silencio; pero al pasar revista a la ropa
observaba que faltaban muchas piezas; preguntaba por ellas a Cirila;
pero ésta se hacía de nuevas, y hasta se sorprendía mucho de ser
interrogada sobre cosas con las cuales nada tenía que ver. «Allá tú»,
decía a Felipe con lacónica malicia. La ropa blanca estaba reducida a la mitad. Felipe hacía recuentos y comentarios; pero Miquis,
impaciente por terminar, cortaba las cuestiones, diciendo:
–No me marees más. Me duele horriblemente la cabeza. Lleva
lo que haya y saca todo lo que puedas.
Y cargaba Felipe el lío, y salía y tornaba, y sin dar tiempo a
que Alejandro dispusiese del dinero allegado por tan fatal medio,
se presentaba Torquemada para llevárselo todo, lamentándose de
que la cantidad no fuera mayor, y anunciando su grata visita para
dentro de cuatro días. Dios grande, ¡qué hombre!
Apartado este peligro, se presentaban amenazadores otros muchos, y entre ellos el de no tener para las medicinas, ni para lo poco
que allí se comía. Cirila, impasible, dijo una mañana: «Como no me
vuelva yo dinero… Hoy sí que no puedo hacer nada. Ni la lumbre
puedo encender. Bonito genio tiene el carbonero. ¿Oyó usted el
escándalo que armó esta mañana por lo mucho que se le debe?…».
–Felipe…
–Señor.
–Hijito, por Dios… haz un esfuerzo. Échate a la calle… Hoy
tendrás suerte; me lo dice el corazón.
Felipe salió desalentado y triste aquel día. Sentía un cansancio
moral que le abrumaba. Aquella escuela de iniciativa y de voluntad era superior a sus años, y de vez en cuando la naturaleza juguetona y pueril se rebelaba contra los quehaceres graves y contra
la pesada carga de deberes más propios de hombre que de niño.
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El doctor Centeno
Salió a mediodía y estuvo vagando por las calles más de una hora,
discurriendo qué camino tomaría y a qué amigos embestiría en tal
ocasión con la insoportable arma de sus peticiones. No se le ocurría
nada; estaba aquel día torpísimo, con desmayo muy grande en su
voluntad; pasaba revista mental de personas, sin hallar en ninguna
probabilidades de un feliz resultado… ¡Si tuviera la suerte de encontrarse en la calle un bolsillo de dinero…! Miraba a las baldosas;
pero no vio en ellas ningún bolsillo. ¡Si encontrara quien le diera
trabajo, pagándole sus servicios…!
Pensó en Mateo del Olmo; pero éste le había dicho que si volvía otra vez a su casa haciéndose el tonto para pedir cuartos, le
tiraría por la ventana a la calle. ¡Doña Virginia…! Sí, buena estaba la señora… Cuando fue ella misma a llevar las chuletas a
don Alejandro, había encontrado en el cuarto de éste a una… ¡a la
Tal!… y se retiró escandalizada. Tenía que oír doña Virginia… El
don Alejandro era un perdido y no había que acordarse más de él.
Estaba rodeado de gente de mal vivir, y lo que se le daba era para
mantener… cállate, boca.
A pesar de esta mala disposición de la excelsa patrona265, Felipe fue allá. ¿Quién sabe si alguno de los señoritos…? ¡Ay, Dios
mío! Buena se puso Virginia cuando le vio entrar. No le echó por
la escalera abajo porque no dijeran… Día más desgraciado que
aquél no lo había visto Centeno en su vida. ¡Vaya unas caras que
265
La patrona de casa de huéspedes fue inspiración de artículos costumbristas,
tanto en la modalidad del «tipo» como en la de «escenas». Mesonero Romanos
describe el tipo en su artículo de 1843 «La patrona de huéspedes», recogido en la
colección Los españoles pintados por sí mismos, donde ejemplifica en escenas cómo
una viuda gallega de 40 años se deja requebrar por un estudiante listo que obtiene
de ella cuanto quiere. Otro de los modelos que dibuja tiene también relación con
El doctor Centeno. Cuando Miquis se aloja en la horrible casa de la hermana de la
Tal, que lo asume como pupilo para aliviar la miseria familiar, recordamos estas
palabras de Mesonero: «Las familias vergonzantes y numerosas acostumbran recibir
un huésped solo para conllevar el pago de la casa, limitándose ellas a habitar las
piezas interiores…». En algunas ocasiones traen engañado al nuevo encareciendo
las maravillas de la casa, hasta que el pobre inquilino ve que «la ventana da a un
patio en el que hay un herrero y dos cuadras, media docena de gallinas y un gallo
cacareador».
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ÍNDICE
VI. Fin
ponían los huéspedes! Es que verdaderamente estaban cansados
de tanta y tanta postulancia. Cienfuegos desde que Miquis había
llamado a otro médico, no iba por allá, y además estaba, como
siempre, en malísima situación. Los demás no tenían voluntad de
dar o carecían de dinero. «Esto ya es vicio –dijo Poleró–. Si su
padre no le mandara, vamos… pero él tiene sus mesadas… Aunque
le diéramos millones, lo mismo que nada. Aquello es un tonel sin
fondo. Felipe, vete a la Casa de la Moneda, única que puede surtir
a tu amo. En la tuya hay por fuerza muchas bocas de chupópteros…
¡Pobre Alejandro!, ¡pobre chico! Al fin ha de ir al hospital y será
lo mejor para él». Casi lo mismo dijeron los demás. De la mano de
ninguno de ellos se desprendió ¡ay!, el rocío de un solo cuarto.
Fuese a la calle muy descorazonado, y dio, durante media hora,
vueltas y más vueltas por el barrio, pensando, discurriendo, cavilando… ¿Sobre quién dejaría caer el filo de su cortante sable?…266
¡Ah!, ¡qué idea!, si se atreviera… Si se atreviera a dar un ataque
a don Pedro Polo… Pero ¡quiá!, con el genio tremebundo de este
señor… A buena parte iba… Con todo, ¿por qué no había de probar?
Si don Pedro le decía que no, bueno; si por el contrario se hallaba
en situación favorable, en uno de aquellos momentos en que parecía que se ablandaba y se derretía la masa durísima de su genio…
¡Nada; a él! Quien no se atreve no pasa la mar. ¡A don Pedro, y
salga lo que saliere!
Dirigióse a la calle de la Libertad; pero tan poca confianza
tenía y tanto miedo de presentarse a su antiguo amo y maestro,
que retardaba el paso, y ya en la puerta, volvió atrás y se entretuvo
dando tiempo al tiempo, asustado del momento que anhelaba…
¡Cobarde! Sintiendo al fin arranques de energía, afrontó la penosa
situación. ¡Adentro! ¡Cómo le temblaban las manos, cómo le palpitaba el corazón! Subió y llamó. Era la hora en que don Pedro, ya
bien comido y bebido, acostumbraba entretenerse un rato en su
cuarto, fumando y hojeando algún libro de clase… Desde que la
criada abrió la puerta, sintió Felipe la voz de Marcelina, y esto le
266
Sobre quién dejaría caer el filo de su cortante sable: la voz del narrador
incorpora, modificada, la frase hecha «dar un sablazo».
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El doctor Centeno
fue de tan mal augurio, que se habría vuelto a la calle, si al mismo
tiempo no oyera la del maestro, diciendo: «¿quién es?».
El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un
muerto… ¡Con qué ganas apretaría a correr escalera abajo!
–¡Felipe!… ¿tú por aquí? Pasa, hombre… ¡Jesús!, derrotadillo
estás…
Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma
al cuerpo.
–Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es
de tu vida?
Don Pedro le llevó a su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de haberle encontrado con buen genio. Daba gracias a Dios
de que no estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la
madre ni la hermana del cura, pues de ambas temía desfavorables informes… ¡Vaya que estaba aquel día de buenas el león! Para
que todo fuera lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita, saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar
frase:
–Ya, tú estás mal y vienes a que te socorra.
Felipe dio un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería más elocuente. En pie, la roja boina en la mano, no
apartaba los ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.
–No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de
mi casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un
pillete de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando
ya en donde merodear, vienes a que yo te ampare…
Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y se le
caía al suelo. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado
a evitar esta catástrofe anatómica267. Comprendió que era preciso
decir algo. El silencio le acusaba.
267
Galdós lleva al extremo la remotivación de una frase hecha, e imagina la
posibilidad de que se realice literalmente lo que evoca la fórmula figurada caerse
la cara de vergüenza. En diversos lugares se insiste en el agudo sentido de la vergüenza, asociada a la dignidad personal, que acomete a menudo al niño.
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VI. Fin
–No, señor… –murmuró–, yo no soy vago… Estoy sirviendo
a un caballero…
–¿Y ese caballero no te da salario, no te da ni siquiera de
comer?
–Sí, señor… pero –balbució Felipe, aturdidísimo y sin saber
cómo explicar el extraño y nunca visto caso de su miseria.
–A ver, explícame eso.
–Es que mi amo no tiene nada… está pobre…
–¿Quién es?
–Un estudiante.
–Nunca he visto estudiantes que tengan sirvientes. ¿Es, por
ventura, hijo de reyes?
Felipe estaba cortado. Su garganta oprimida no daba paso a la
voz ni al resuello. Las ideas se le escapaban por un gran boquete
abierto en su cerebro. Empezó a hacer pucheros.
–No, con llanticos no me convences… Mientras no me expli
ques bien qué amo es ese, y por qué está tan miserable… ¿Y tú para
quién pides, para ti o para él?
–Para él.
Don Pedro rompió en franca risa. Haciendo juego con él, en
contrario, Felipe lloraba como una Magdalena.
–Si usted no me quiere creer… –decía entre sollozo y sollozo…
–Pero si no me has explicado nada…
Y seguía llorando, llorando. Cada ojo era un río inagotable.
Don Pedro, mejor dicho, el caimán de la escuela, le miraba son
riendo con cierta ferocidad escudriñadora, detrás de la cual quién
sabe si se escondía la compasión.
Limpiándose las lágrimas con ambas manos, a puñados, Felipe suspiró estas palabras: «Adiós, señor don Pedro», y dio media
vuelta y salió del cuarto, encaminándose a buen paso hacia la puerta
de la escalera. Por el recibimiento iba, cuando la voz del maestro,
iracunda, gritó: «¡Doctorcillo!».
Éste retrocedió.
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El doctor Centeno
–Demuéstrame tu necesidad –le indicó entre ceñudo y compasivo–, hazme ver que no pides para vicios y para entretener tu
vagancia, y entonces te daré…
Felipe no respondía nada. Ya no lloraba.
–Pruébame…
¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir a
Polo que se diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de
Cervantes, para que se convenciera, por el testimonio de sus ojos,
de la verdad del lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz.
Don Pedro no había de ir allá.
–A ver, habla…
–Adiós, señor don Pedro –volvió a decir el Doctor, dando otra
vez la media vuelta para retirarse.
–Haz lo que quieras… Bueno, hombre, abur. ¿Y a dónde vas
con tu cantinela?
Felipe se detuvo y le miró bien.
–Voy a ver si me quiere socorrer –dijo– una persona que ya
otra vez me socorrió…
–¿Quién?
–La señorita doña Amparo.
Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver
Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.
Haciendo que miraba un mapa, Polo exhaló estas palabras:
–¿Cómo fue eso?… ¿cuándo?
–El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que
tiene tan buen corazón, me dio seis pesetas que se había sacado a
la lotería.
Don Pedro empezó a revolver papeles sobre la mesa, quitando
cosas de su sitio para llevarlas a otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:
–¿Es eso verdad?… ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Conque
seis pesetas…?
No miraba a Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su
maestro señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en
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VI. Fin
el bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas escamas. Felipe fue todo ojos. Una de las manos de don Pedro
contaba sobre la otra, pasando y repasando monedas.
–Toma siete –le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo
sobre la mesa.
–Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud a usted y
a toda su familia.
II
La satisfacción, la ufanía que llenaban el alma del buen Doctor al salir de la casa no son para interpretadas con palabras. Se
asombraba de que un hombre tan atroz, que había tenido la crueldad de dejar sin pan al infeliz Ido, se ablandase hasta el punto de
darle a él un auxilio mayor de lo que esperaba. No alcanzando la
rudimentaria agudeza de Felipe a penetrar el motivo del brusco
enternecimiento del monstruo, forjaba en su mente una pueril ex
plicación del caso. «Es que el señor don Pedro –decía– tiene dentro una lucecita que se enciende en cuanto le tocan un botón, como
el de las campanillas eléctricas que se usan ahora. El que toca el
botón y enciende la luz, hace de él lo que quiere. El que no, se
amuela».
Tan grande éxito le envalentonó, despertando su codicia. Era
preciso trabajar más aquel día, para obtener una colecta considerable con que sorprender a Alejandro y alegrar su espíritu. ¿A quién
más acudiría?… ¡Ah! ¡Don Federico Ruiz debía de estar rico!… ¡a
él! De paso le tocaría los registros a don Florencio Morales por si
quería dar alguna cosa. ¡Al Observatorio como un rayo!… Recordó,
no obstante, que su amo había dicho alguna vez a propósito de la
liberalidad del astrónomo: «antes dará aceite un ladrillo». Pero no
importaba… ¡adelante! Podría ser que también Ruiz tuviera botón,
y que él, sin saber cómo, lo tocara por inspiración del Cielo. En
cuanto a don Florencio, bien presentes tenía los ofrecimientos que
le hizo una tarde que le encontró en el Prado tomándose con gran
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El doctor Centeno
deleite un vaso de clarísima agua de Cibeles. ¡A ellos!, ¿quién dijo
miedo?
¡Qué contrariedad! Don Federico no estaba en la casa. Había
ido al teatro, a ver ensayar su comedia que se estrenaría a la noche
siguiente. El que sí estaba era el gran Morales; mas no fueron sus
primeras palabras muy lisonjeras.
–Sí, te veo… te veo venir… Me traes la monserga de la otra
tarde. Sí, que tu amo está malo, que ni tú ni él tenéis que comer.
Yo he visto mucho mundo, amiguito. Si se fuera a dar a todo el
que tiene necesidad, andaríamos desnudos y abriríamos la boca al
viento.
Felipe, desconcertado, se esforzó en argumentar lo contrario,
diciendo con quejumbroso y dolorido estilo que si no se fiaba de él,
fuera pronto a la calle de Cervantes para ver con sus ojos la verdad
de aquellos terribles apuros; a lo que don Florencio contestó lleno
de entereza:
–Sí, justo; no tengo yo más que hacer sino subir escaleras… Y
entre paréntesis, lo que a tu amo le pasa le está bien merecido, porque
es un libertino, un mala cabeza. Lo sé por Ruiz que está al tanto de
todo… No me vengas con cuentos. Yo no soy de piedra. Si tienes
hambre, vente a la hora de comer, y no faltará con qué la mates.
Pero lo que es metálico, no lo esperes. Está la patria oprimida, hijo,
y hay mucho pobre, y mucha boca que tapar. Pasa, entra, siéntate
un rato, y veremos si Saturna tiene algo que darte. Creo que se le
han echado a perder unos hojaldres… ¡Saturna! ¡Saturna!
Empezó a dar gritos, y luego, encarándose otra vez con Felipe
que había ya perdido toda esperanza de recoger algo sonante, le
dijo:
–Tienes suerte, chiquillo. Parece que lo hueles. Y entre paréntesis, ¿quieres que te diga en qué consiste el mal de tu amo, y por
qué está tan miserable?
Centeno era todo oídos y no quitaba los ojos de don Florencio,
mientras éste, que acababa de subir la rampa, se limpiaba el sudor
de su frente y cráneo; natural desahogo y salida de tan gran hervidero de ideas.
418
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VI. Fin
–Pues te diré, para que tú también vayas aprendiendo. Tu amo
es un loco, es uno de estos jovenzuelos que se han emponzoñado
con las ideas extranjeras. ¿Qué nos traen las ideas extranjeras? El
ateísmo, la demagogia y todos los males que padecen los países
que no han querido o no saben hermanar la libertad con la religión. ¿Qué dicen por allá? Pues dicen: «Fuera Papa, fuera religión
y venga república; hacer cada uno lo que le da la gana». ¿Es esto
prudente? No señor, y lo que es en Francia, hijo, lo que es en
Francia, te digo que Napoleón Tres les sentará las costuras. ¿Tengo
o no tengo razón?268
Felipe, compenetrado de tan sabias ideas, le mostraba su asentimiento con grandes cabezadas afirmativas.
–Pues esas ideas, ese ateísmo, ese desbarajuste es lo que nos
quieren meter aquí –prosiguió el insigne conserje, haciendo el ora
dor y paseándose en un espacio como de tres varas–. Hay unos
cuantos… todos muchachos, chiquillos, estudiantejos que leen libros franchutes269 y no saben palotada de nada… Hay unas cuantas
268
El contexto histórico evocado mediante tópicos conservadores, corresponde
al enorme interés con que se siguió en España la guerra franco-prusiana, que fue
objeto de continuos debates y escritos. Por ejemplo, Manuel de la Revilla dedica
varios artículos a reflexionar sobre las causas profundas de la guerra, basándolas
en las idiosincrasias diferentes de las dos «razas» (sic), la latina representada por
Napoleón, y la germánica por la corte de Berlín, por encima de las ambiciones concretas del francés para coronar a su hijo. Y dedica también comentarios a la caída
de Napoleón, en sendos artículos escritos para La República Ibérica en septiembre
y octubre de 1870 (Manuel de la Revilla, Obras completas, vol. II: 103-111).
El largo parlamento que enseguida va a iniciar Ruiz, y que comienza «–Ese
empeño de que todo ha de ser extranjero…», fue reutilizado por Galdós, casi literalmente, en un artículo periodístico titulado «Lo que piensa un español neto», publicado en Vida Nueva, 28-8-1898. Proporcionó tan interesante información Cecilio
Alonso en su documentada ponencia, leída en el Congreso Internacional de Estudios
Galdosianos celebrado en 2005 (en prensa).
269
Franchutes: la variante burlesca para francés aparece a menudo en contextos
populares y de crítica a personajes del país vecino. Citemos como ejemplo, en la
reseña de una zarzuela que fue silbada: «En esta obra, que peca de inocente, se
defiende a Montpensier para rey de España. ¿Qué había de suceder? (…) Atreverse
a decir en un teatro que España se derrite por Montpensier, por un franchute, es
exponerse a una silba segura» (Gil Blas, 25 de septiembre de 1870, p. 3).
419
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El doctor Centeno
cabezas ligeras, y tu amo es de ellos… que nos quieren traer aquí
todos esas andróminas forasteras. ¿Sabes lo que están diciendo?
Espanto de Felipe, que no sabía nada, pero sospechaba era cosa
gorda y coruscante.
–Pues ahora se salen mis amigos con eso de todo o nada. En
resumidas cuentas, que quieren nada menos que destronar a Su Majestad la Reina. Ya les he dicho que no les sigo por ese camino, y
me he borrado de la Tertulia… Porque Dios sabe lo que va a venir
aquí. Tú, figúrate… Se van a desbordar las masas…
Felipe creyó por un momento que aquellas masas eran los
hojaldres que le habían prometido, y tembló por ellos.
–A ti, vamos a ver, ¿no se te ponen los pelos de punta al
pensar…?
–Sí señor, sí señor que se me ponen.
–Ese empeño de que todo ha de ser extranjero… Yo soy español
por los cuatro costados. Señor, si aquí nos entendemos muy bien, si
aquí sabemos hacer las cosas… Póngannos la Milicia, la Constitución del 12, y basta. El clero en su puesto, la Milicia para defender
el orden, el ejército para caso de guerra, Cortes todo el año, buenos seminarios, mucha discusión, mucha libertad, mucha religión y
venga paz. Si esto es claro y sencillo… Pues no ha de ser así, sino
ateísmo, demagogia y filosofía alemana… Yo les veo venir, y me
callo… Ya veremos la que se arma. Aquí me estoy achantadito,
esperando a ver cómo salen del paso. Una tarde discutimos aquí tu
amo y yo… Se quedó turulato… Sí, pregúntale. Callado le dejé, y
pegado a la pared. Él defendiendo lo extranjero, me sacó poetas y
descubrimientos… qué sé yo. ¡La ciencia y la industria! A mí no me
vengan con solfas. Yo he viajado, yo sé lo que hay… Concedo, sí
señor, concedo que la Inglaterra nos aventaje en ciertas cosillas; pero
en otras estamos por encima de todos. Fíjate tú en los productos
de nuestro suelo, y dime si hay algo que les iguale. Aquí tenemos
para todo lo que nos hace falta, y nos sobra para mantener a tanto
hambriento de extranjis… Castilla es el granero del orbe terráqueo.
Nuestros vinos van por todo el mapa. Pues el día que queramos poner en un apuro a los inglesotes, no hay más que decirles: «caballe
420
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VI. Fin
ros, ya no hay más Jerez»270. Y en cada localidad tenemos una cosa
buena que no tiene igual en el mundo. Y si no, dime donde hay
otra Málaga para pasas, otra Astorga para mantecadas, otra Jijona
para turrón, otra Soria para mantequilla y otro Madrid para un buen
vaso de agua. En industria ahí está Cataluña con sus hilados, y Toledo con sus espadas. En buques no te digo nada. Cada marino nuestro vale por ocho extranjeros, y con un cachucho cualquiera nos
ponemos delante de la mejor escuadra. Nuestro ejército ya se sabe
que es el primero del mundo. Yo querría ver correr a ingleses, fran
chutes y austríacos en una batalla en que se dijera: ¡cazadores de
Madrid, adelante!… Y todo, hombre, todo. Si aquí no necesitamos
de lo forastero para nada. En generales, ¿qué nación tiene un Espartero y un O’Donnell? En abogados… habías tú de ver un escrito
puesto por don Manuel Cortina o don Joaquín Francisco Pacheco…
¿Y aquella palabra de Olózaga en el Congreso? Atrás la Europa
toda. Hasta en cómicos estamos por encima. Pues a donde llega la
Matilde, ¿quién llegó? ¿Tú la has visto? Aquel modo de llorar es
cosa que parte el corazón. Pues te digo que en papeles de gracia
es tan buena como en los de ahogo y sentimiento…271 Poetas los
tenemos por fanegas, mejores que todos los extranjeros, y si vamos
a pintores, ya quisieran ellos… Nada, nada, no le des vueltas; aquí
no necesitamos para nada esos países. Díselo así a tu amo, y que se
vaya curando de estas manías, y se haga rancio español y católico
a macha-martillo, y se deje de patrañas ateas y de locuras demagógicas… Saturna, los hojaldres… ¿No los ibas a tirar? Aquí está
Felipe que los aprovechará.
270
El Jerez (sherry) era ya famoso en Gran Bretaña en la época de Shakespeare,
a juzgar por las referencias a este vino en obras como Enrique IV, en el amplio parlamento de Falstaff sobre las propiedades benéficas del sherry (Acto IV, escena III).
271
Se crea una cadena de encomios por antonomasias, que recuerda la de una
parte de las Coplas a la muerte de su padre manriqueñas, cuyo ubi sunt es parodiado
en otro lugar. De entre las figuras elogiadas, la llamada familiarmente Matilde era
la gran actriz Matilde Díez, pareja artística de Julián Romea, probablemente la más
famosa de la cartelera madrileña durante años. Galdós joven vio representar en 1864
el drama Venganza catalana de García Gutiérrez interpretado por Matilde, que le
impactó grandemente.
421
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El doctor Centeno
Cuando don Florencio puso punto final en su recitado, que a
Felipe le pareció discurso por lo elocuente, sermón por lo largo, el
muchacho, admirando tan soberano talento y facundia, no comprendía la oportunidad de la lección que con tales alegatos daba el conserje a Miquis, ni el provecho que éste había de sacar de ella para
remediar su miseria. Hizo propósito de retener en su fiel memoria
lo más que pudiese de aquel discurso, para repetírselo a Alejandro,
cláusula por cláusula, seguro de que éste se había de reír. Tomando
sus hojaldres, que envolvió cuidadosamente en un número de Las
Novedades, despidióse del matrimonio y echó a correr para su casa.
III
Frente al Botánico detúvole una voz conocida, una voz amiga,
que hacía algún tiempo no había regalado sus oídos. Era Juanito
del Socorro, que le llamaba desde la verja del Botánico, en cuyo
escalón estaba sentado con otro amigo.
–Hola… Redator…
–Miale… el Iscuelero.
Entablóse franco y amistoso coloquio. Juanito y su amigo habían salido del taller, porque aquel día estaban de obra y no se trabajaba… El insigne Socorro era aprendiz de dorador. ¿Qué ganaba?,
un sentido. El principal le quería mucho y le iba a poner en el es
tofado. «Vente a este oficio, hombre, y ganarás lo que quieras». El
tal Juanito estaba en aquel arte por gusto de su madre, y de allí
pasaría a ingeniero. Iba por las noches a la escuela gratuita de di
bujo, y pintaba hojas de coluna, narices y toda la pirámide de la
Geometría. Le iban a poner en el adorno y a pintar una comotora.
Ya sabía las cuatro ordenes de la arquitectura, y a poco más, si le
dejaban, hacía otra como el Escorial. La corintia era de este modo,
y la jónica de aquel otro… En su taller, era él capaz de dorar el
gallo de la Pasión, y en aquellos días estaban refrescando un altar.
Su principal doraba también con galvana, en un pilón con agua
muy agria, que quema… Como que él tenía la blusa agujerada por
422
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
que le cayeron gotas. ¡Era el oficio más bonito que se podía ver,
porque coger una cosa de palo o de hierro y ponerla dorada…! Nada,
nada, hijí, si te descuidas se te doran los dedos, y hasta el resuello
es oro. ¡Ganar!, lo que quieras. Todos los días encargos, y «que
vaya a sacarle lustre al Padre Eterno de la Iglesia…». En medio
día se despachaba él cuatro espejos. Primero hacía la pasta, luego
iba pegando molduras… Ahora venga barniz, brocha de pelos de
león y panes de oro… Un momento, un suspiro. Da gusto ver que
todo se va poniendo como un sol… Con los panes que sobraban
hacía él maravillas en su casa, y hasta los vasares de la cocina y la
espuerta de la basura los había dorado272.
Felipe, rebajando gran parte de lo que oía, conceptuaba feliz a
su amigo con aquel oficio. ¡Dorar! ¡Poner en todas las cosas la risa
del sol, vestir de luz los objetos, endiosar la ruin madera, fingiéndole la facha del más fino y valioso metal…! ¡Dichoso el que en tal
industria se ocupaba! Daría él cualquier cosa por poder disponer de
los elementos de aquel arte, y dorar la cama, los libros y hasta las
botas de su amo. Subió de punto su admiración, cuando Juanito le
enseñó sus uñas doradas.
–¿Qué es eso que llevas ahí?… pastelitos.
–Me los han regalado. No sirven…
–Mia éste… ¡que no sirven! Nos los comeremos.
–Es que… son para…
–Te los compraremos, hombre… Si creerás tú… Te vamos a
convidar a café… Fúmate un cigarro.
Sacó Juanito una cajetilla y repartió. El otro amigo encendió
tres cerillas.
–¿Onde vamos? A Diana, que dan mucho azúcar… Café y
copas, Felipe…
Ya era de noche, y Centeno no quería detenerse; pero la obsequiosa finura de aquellos dos caballeros le cautivaba, y también,
272
En estilo indirecto libre el narrador destaca con bastardillas el léxico técnico de la profesión en la que el niño es aprendiz, términos destrozados pero reconocibles en el vocabulario del ignorante y orgulloso muchacho.
423
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ÍNDICE
El doctor Centeno
dígase con franqueza, no dejaba de sentir en su ánimo cierto apetito
de libertad, instintivo afán de hacer algo que rompiese la triste y
monótona vida que llevaba. ¿Su esclavitud no tendría algún descanso, y su trabajo el alivio de un ratito de café?… ¡Adelante!
–¡Mozo… café y copas… y un periódico!…
Centeno se recreaba en el fácil uso de su albedrío, en aquel
desembarazo que le hacía hombre; y cuando se acordaba de la soledad de su amo, sintiendo, con el recuerdo, un poco de pena, se consolaba mirando el mucho azúcar que sobraba y haciendo propósito
de guardarlo todo para el enfermo. Tomaban el café despacio, porque
estaba muy caliente, y entre sorbo y sorbo, corría de la boca de
Juanito, como del caño de abundosa fuente, un chorro de hipérboles. Felipe no tenía su espíritu muy alegre; pero desde el mal aven
turado instante en que llevó a sus labios la copa, sintió que se trasformaba y volvía muy otro de lo que era. Aquel maldito licor picaba
como un demonio, producíale llamaradas en todo el cuerpo, y en la
cabeza un levantamiento, un pronunciamiento, una insurrección de
todas las energías, un motín de ideas, bullanga y jarana extraordinarias…273 Pero él, impávido, seguía bebiendo para que no le dijeran
memo, y por fin no quedó nada en la copa.
¿Qué alegría era aquélla que le entraba, qué prurito de moverse,
de reír, de alzar la voz, de hacer bulla y dar saltos sobre el asiento
cual muñeco que tuviera en cada nalga un bien templado resorte?
Juanito y su amigo se reían de verle en tal estado, y le incitaban a
seguir bebiendo; pero él, con seguro instinto, se negó a dar un paso
más por tan peligroso camino.
Era el tal café de los que llaman cantantes. A cierta hora un
melenudo artista sentóse en la banqueta próxima al piano, y empezó
a aporrear las teclas de éste. A su lado, un hombre flaco y pequeño
273
Gusta mucho a Galdós el uso figurado de términos revolucionarios con fines
humorísticos: en este lugar los efectos del alcohol en el cerebro de Felipe se identifican
con levantamiento, pronunciamiento, insurrección, motín. En Fortunata y Jacinta
estos usos figurados adquieren gran desarrollo, vinculados paralelísticamente a la vida
privada de los personajes: en Parte III, los capítulos II, III y V se titulan respectivamente «La Restauración, vencedora», «La Revolución, vencida», «Otra Restauración».
424
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
cogió el violín, y rasca que te rasca, se estuvo media hora tocando.
El efecto que la música hacía en Felipe era como si se le levantara dentro del alma un remolino de satisfacción, el cual corriera
haciendo giros, con delicioso vértigo, desde lo más bajo del pecho
a lo más alto de la cabeza. Pues digo… ¡cuando cesó el del violín
y subió a la tarima una tarasca que cantaba romanzas de zarzuela y
jotas y fandangos…! Felipe, entusiasmado, no cesaba de dar palmadas, y a la conclusión de cada estrofa le faltaban pies y manos para
hacer sobre la mesa y en el suelo todo el ruido que podía. Juanito,
con más calma, tenía fijos sus ojos en la cantatriz, y admiraba sus
dejos, sus gorjeos, sus ayes picantes y todo lo demás que salía por
aquella salerosa boca. Él no decía más sino ¡qué boca, qué boca!…
¡Y con qué entusiasmo la contemplaba!… Se la doraría.
Otros efectos, a más de la inquietud y el gozo, produjeron en
el alma de Felipe aquellos dos agentes: alcohol y música. Fueron la
pérdida de toda noción del tiempo trascurrido y unos arranques de
generosidad que habían de serle muy nocivos. Viendo que Juanito
se registraba sus bolsillos sin lograr sacar de ellos cosa de provecho,
Felipe se llenó de punto y de vanidad caballeresca, sacó sus siete
pesetas y las desparramó sobre la mesa con gallardo movimiento.
–Yo pago, yo pago… –gritó con cierto frenesí.
Parte del dinero se cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito
lo recogía, Felipe, atento sólo a batir palmas en celebración de la
cantatriz, llegó a perder hasta el verdadero conocimiento del sitio en
que estaba. Veía diferentes personas a su lado y delante, mas no se
hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de las
mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de
hombres; asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación;
pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente,
dejándole otra vez en aquel aturdimiento delicioso. No vio al mozo
que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios
bolsillos había salido, ni lo que a ellos restituyera.
Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron de él sus amigos… Oyó la campana del reloj de la Puerta
del Sol. Atento, y como volviendo en sí mismo con la facultad de
apreciar el tiempo, contó las once… ¡las once! Llevóse la mano con
425
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El doctor Centeno
ardiente ansiedad al bolsillo… Nada: bolsillo más limpio no se había
visto nunca. En rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día… Don Pedro, las siete pesetas, don Florencio, los
hojaldres… ¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una
pesadilla, con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la
descomunal boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para
comerse los hojaldres… Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?…
Y su amo, ¿qué pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en
aquel largo día de soledad y escasez?…
Felipe recobró sus facultades instantáneamente. Entraron como
de golpe y con tumultuosa sorpresa, cual guerreros que acometen
airados el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que
entró en el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más
ruido hizo, fue la vergüenza… Ésta era tan fuerte y le dominaba
tanto, que no sabía si apresurar o detener su vuelta a la casa. ¿Qué
le diría don Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?
Llegó al fin temblando. Se horrorizaba al pensar que le iba a
encontrar muerto. Si muerto no, de seguro le hallaría muy enojado.
Seguramente habría carecido de alimento, de asistencia, de com
pañía… Y lo peor de todo era que al volver a la casa después de
doce horas de ausencia no llevaba ni un real, ni siquiera un par de
cuartos. Ganas le daban a Felipe de estrellarse la cabeza contra
la pared de la escalera… Bribón mayor que él no había nacido de
madre. ¿Qué cara pondría su amo al verle, qué le diría?
Entró por el pasillo adelante más muerto que vivo: y cuando
se acercaba a la puerta, dábanle ganas de retroceder y volverse a la
calle. Cirila le abrió y le dijo: «Me gustan las horas de venir». Vio
Felipe luz en el cuarto de su amo, y oyó una voz que le parecía ser
el propio órgano parlante de don José Ido. Esto como que le dio
ciertos ánimos, y empujando la puerta…
Grandísimo consuelo recibió al ver que su amo estaba conversando tranquila y animadamente con el calígrafo. Hablaban de
política, y don José decía con soberana perspicacia: «Lo que es
Narváez, señor don Alejandro, lo que es Narváez…».
Apartó su atención Miquis de aquella importante declaración
para increpar a su criado:
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VI. Fin
–Perdido, ¿ya estás aquí? Más valía que no hubieras vuelto más.
Centeno no supo qué responder. En medio de la vergüenza y
pena que sentía, observaba que su amo no estaba colérico. Decía
aquellas cosas riendo.
–A ver, cuenta… ¿dónde has estado? ¿Qué has hecho en tanto
tiempo?
–Vaya… pues con el permiso de usted… –indicó don José,
dispuesto a retirarse–. Ya tiene el señor compañía…
Quedáronse solos… ¡Con qué arte se disculpaba Felipe, y qué
vueltas y revueltas tomaba su pensamiento para evadir la dialéctica
de su amo que, implacable, le perseguía! ¡Qué de mentiras dijo,
y cuántas combinaciones de lugares y horas hizo para encontrar
disculpa cumplida de su tardanza!
–Para que veas cómo no te valen conmigo tus embrollos –le
dijo Miquis riendo–, te voy a probar que soy adivino. Sin moverme
de mi cama sé dónde has estado: te he visto, Felipe, te he visto,
aunque no nací en Jueves Santo, como mi señora tía. Has estado en
el café de Diana tomando copas; te has emborrachado… No hacías
más que aplaudir a la tiple y decir barbaridades… Y seguramente
eres hoy hombre rico, porque allí sacaste muchas pesetas… A ver,
hombre, enseña esos tesoros… abre esos bolsillos…
Desconcertado se quedó Felipe al oír esto. Su amo se reía,
y él no sabía si enfurruñarse o reír también. ¡Otro caso extraño,
muy extraño! En la mesa de noche había dinero y pesetas… ¡Cosa
más extraña aún y verdaderamente fenomenal!… Las pesetas, si no
contaba mal, eran siete.
No pudo Alejandro obtener de él una confidencia explícita, y
al fin se durmió… Felipe cayó también sobre el sofá rendido de
sueño y cansancio.
IV
El médico que asistía a Alejandro era un joven estudioso, simpático, aplicadísimo y que se encariñaba con los enfermos, mirán
427
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El doctor Centeno
dolos como amigos y como libros, cual materia de afecto y de enseñanza. Y al decirle por las mañanas: «¿Qué tal, cómo va ese valor?»,
leía en su cara, en su lengua, en su pulso renglones de dolor. Hombre compasivo y afanoso de aprender, Moreno Rubio sentía en su
corazón pena y lástima de cristiano274; pero este dolor lo atenuaba,
con las caricias de sus dedos de rosa, el goce científico, o sea el
estudio de aquel hermoso caso. Observar la marcha metódica de la
enfermedad, conforme en cada uno de sus terribles pasos con el
diagnóstico que él había hecho; ver y oír cada síntoma; examinar
las turgencias, las morbideces, los ruidos torácicos, las eliminaciones… ¡qué cosa tan entretenida! Esto y los cantos de un bello poema
venían a ser cosas muy semejantes. Principalmente la auscultación,
en la cual Moreno Rubio empleara todos los días un largo rato,
enamoraba su espíritu. Las cosas que dice el aire en los pulmones
son verdaderamente maravillosas. Esta música no es igualmente
seductora para todos, pero su expresión sublime no puede negarse.
La resonancia sibilante, la cavernosa, los ecos, los golpes, los trémolos, las sonoridades, indistintas y apianadas, que ya no parecen
voces del cuerpo sino soliloquios del alma, constituyen una gama
interesantísima. ¡Lástima que la letra de esta música sea casi siem
pre una endecha de muerte! Los oídos del médico se regalan con
los suspiros del moribundo.
Aquella mañana (no sabemos bien qué día era), el médico y
Cienfuegos conferenciaron un rato en la escalera, por no poderlo
hacer en la casa. Cara tristísima tenía Moreno Rubio cuando dijo:
–Se va por la posta… ¡pobre chico! Los tubérculos han destruido casi todo el parénquima. Ha empezado de una manera alarmante el reblandecimiento y expulsión de tubérculos. Va esto con
una rapidez que me sorprende, porque al principio noté cierta lenti274
El compasivo doctor Moreno Rubio reaparece en Fortunata y Jacinta como
parte del círculo familiar de Barbarita, en cuya casa es una presencia frecuente. Según el narrador de esta novela, era «…el más simpático de los doctores (…) de gran
saber y aplicación, había alcanzado mucha fama y tenía una clientela brillantísima»
(Parte 4ª, II, i). Como en nuestra novela, afrontará la dura misión de diagnosticar y
asistir hasta su muerte a una persona querida, en ese caso a su primo José Moreno
Isla.
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VI. Fin
tud en el desarrollo de los tubérculos, y creí que nuestro dramaturgo
tiraría hasta el otoño.
–La voz –dijo Cienfuegos, no menos triste–, se le trasformó
desde ayer por la mañana. Me espanté cuando le oí.
–La broncofonía nos indica la formación súbita de grandes
cavernas… Mañana auscultaremos, y observará usted el curioso
fenómeno de la pectoriloquia… En fin, seguir con la digital, y por
las noches los calmantes.
Felipe oyó esta conferencia, y su terror fue grande. Quedóse
como quien se cae de muy alto, atontado. No creía él que la enfermedad de su amo fuera tan grave, ni temía una tan próxima
catástrofe; pero, pues aquel señor lo dijo, cierto debía de ser. Lo
primero que hizo fue echarse a llorar; mas pronto comprendió la
necesidad de contenerse y envalentonarse para que su amo no se
acobardara viéndole tan afligido. Compuso su semblante lo mejor
que pudo, y entró en el cuarto. Felizmente estaba Alejandro tan
ilusionado respecto a su pronta curación que no era preciso hacer
esfuerzos para darle ánimos. Desde el día anterior no cesaba de
hacer proyectos, los unos de arte y de trabajos para el año próximo,
los otros bucólicos y de vida regalona.
–¡Qué buenos días voy a pasar en la Mancha este verano!
–decía–, pues yo creo que allá para el 15 ó 20 de junio me podré
marchar. Esto no es más que una fuerte irritación que ya va cediendo, a mi parecer… Porque yo me siento mejor, sí señor; y aunque no tengo fuerzas, ellas vendrán. En todo el verano no haré más
que pasear, comer y dormir. Estaré allá para la siega y me divertiré
mucho. Para que veas si soy bueno, Flip, te voy a llevar275. Verás
cómo te diviertes. Iremos de caza. ¿Tú tiras?… Pero yo te enseñaré.
Es un gusto ir a codornices. Mi padre tiene un monte… Ya se me
275
Flip: Miquis utiliza a partir de ahora esta esnob denominación, diminutivo
muy habitual para el nombre inglés de Philip. Por otro lado, si seguimos el sentido
del verbo inglés, podría apuntar a «moverse rápidamente de acá para allá», lo que se
aplicaría al ir y venir de Felipe. En el manuscrito, sin embargo, aparece en limpio
siempre Felipe, por lo que el autor pudo decidir la variante denominadora en las
correcciones de pruebas de imprenta.
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El doctor Centeno
hace la boca agua, pensando en el apetito que voy a tener… me
comeré hasta los platos… Mira tú; nos salimos de madrugada y nos
llevarnos el almuerzo en una cesta… creo que hasta la cesta nos la
tragaremos… A las diez ya no podremos tenernos de hambre.
Felipe, al oír esto, hacía disimulos muy penosos de su congoja, y tan bien fingía, que el otro se entusiasmaba más. Necesitaba poco para ponerse en aquel estado, por ser su alma de suyo
arrebatada y soñadora. Pero Centeno, sin olvidar sus papeles, estaba
preocupadísimo con ciertas ideas referentes a lo que en la escalera
había oído. Entrando y saliendo a sus quehaceres, ni por un momento se apartaba de su alma aquella pena, y a la pena se unía
un prurito de rebelión contra el dictamen de Moreno Rubio. No,
su amo no podía estar tan malo como el médico decía; su amo no
se moriría… pues no faltaba más. Sin duda Moreno Rubio era un
bruto que no entendía el oficio, y soltaba aquellas paparruchas
para darse importancia. ¡Morirse tan joven, morirse habiendo hecho
El Grande Osuna! Esto no podía ser. Si él fuera ya médico, si él
supiera ya todo lo que trataban los libros de Cienfuegos, de fijo
pondría a su amo más sano que una manzana.
«Los médicos de ahora no sirven –pensó–. Para médicos los
de mañana, los que van a venir».
Cienfuegos pasaba otra vez allí largas horas, y como era tiempo de exámenes, tenía allí sus libros para darse alguno que otro
atracón por tarde y noche. Cuando salía, Felipe hojeaba aquellas
obras tan sabias, ávido de encontrar en ellas noticias de la enfer
medad de Alejandro. ¡Inútil y desesperante trabajo! No entendía ni
jota, y como todo era terminachos y vocablos oscuros, se deses
peraba más mientras más leía. Por último, encontró una palabra
que Moreno Rubio había pronunciado en la escalera. Parénquima
decía el libro. Allí estaba el busilis… ¡Oh!, si él hubiera aprendido
siquiera alguna cosita, pero no, no sabía nada; era más bruto que
Moreno Rubio y que el mismo Cienfuegos… Se golpeaba Felipe
su respetable cráneo, a ver si por este medio brotaba en él alguna
chispa de sabiduría médica; pero nada, nada… todo era cerrazón,
dureza, ignorancia… Después buscaba las láminas de los libros,
con esperanza de encontrar en ellas alguna idea. Las láminas tam430
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VI. Fin
poco le decían lo que él anhelaba saber. Ninguna halló que dijera:
«Estado de los pulmones del señorito Alejandro».
Su avidez le quitó el sueño aquella noche; nada le distraía, nada
le consolaba. Ocupado en distintos menesteres, su pensamiento seguía embebido en las mismas ideas y devorado por el mismo afán,
¡ay!, afán de amor y curiosidad. ¿Qué antojo tenía? Nada menos
que averiguar cómo era su amo por dentro, meter sus miradas en
aquel dichoso parénquima, en aquellas cavernas y tubérculos para
ver en qué consistía el daño, y por qué se había de morir su amo.
Mentalmente le abría en canal con un grande y cortante instrumento
que no causaba daño, y luego introducía con sutileza sus manos
para extraer el mal… Lo dicho, dicho, Moreno Rubio era un pobre
hombre que no sabía el oficio.
Aquellos días tenía Miquis, a ratos, la compañía de Ruiz, y por
las noches la de don José Ido. Felipe se había hecho muy amigo
de la familia de éste. Eran los cuatro niños de Ido una generación
lucidísima, propia para dar lustre y perpetuidad a la raza de maestros de escuela. El uno de ellos era cojo, el otro tenía las piernas
torcidas en forma de paréntesis, el tercero ostentaba labio leporino,
y la mayor y primogénita era algo cargada de espaldas, por no decir
otra cosa. Además estaban pálidos, cacoquimios, llenos de mani
festaciones escrofulosas. ¡Pluguiera a Dios que no representara tal
familia el porvenir de la enseñanza en España! Era, sí, dechado
tristísimo de la caquexia popular, mal grande de nuestra raza, mal
terrible en Madrid, que de mil modos reclama higiene, escuelas,
gimnasia, aire y urbanización276.
276
La terminología propia del Naturalismo se abre paso en estos párrafos
durísimos contra el determinismo del medio que provoca que, generación tras
generación, estas criaturas marginales sin salida perpetúen o incrementen los
males recibidos genéticamente. No está lejos este grupo familiar de cuatro niños enfermizos, del que –con tintes más negros, coincidiendo con la ortodoxia
naturalista– presenta Pardo Bazán en el capítulo V de La Tribuna, cuando un
grupo de niños desnutridos se presenta a pedir un triste aguinaldo en la casa:
«Lo cierto es que la viva luz de las bujías, tan propicia a la hermosura, patentizaba y descubría cruelmente las fealdades de aquella tropa, mostrando los
cutis cárdenos, fustigados por el cierzo; las ropas ajadas y humildes, de colores
431
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El doctor Centeno
Rosa Ido, con ser raquítica, no carecía de belleza ni de gracia.
Era sumamente redicha, y en un certamen de hablar mucho se
habría ganado todos los premios. Tenía los ojos azules, el pelo de
color de esponja y enmarañado, la boca grande, sin duda de tanto
charlar, los modales desenvueltos. Andaba a saltos, comía devorando.
Era el tipo de los salvajes de buhardilla, que se extienden por la
línea de tejados de Madrid, cerniéndose sobre la población como
bandada famélica. Devoran los desperdicios que llegan hasta ellos,
y piden sin cesar. Descienden rara vez, porque no tienen ropa con
qué presentarse. Viven en aquella altísima capa urbana, situada en
tre el cielo y los ricos.
Grandes y cordiales amistades se entablaron entre ella y Felipe. Muchas veces al día oíase la argentina voz de Rosa Ido en
la puerta: «¿Dan ustedes su primiso?». Y sin esperar respuesta se
metía dentro. Charlaba un rato con Alejandro, contándole chismes
de la vecindad. Cuando Felipe iba a un recado le acompañaba hasta
media escalera, cuando volvía se la encontraba en el mismo sitio
con la harapienta muñeca en brazos. Centeno, a su vez, si su amo
tenía visita, íbase a la casa de Ido, cuya esposa, algo mejorada de
sus acerbos males, le hacía los honores con regaños.
El lugar de tertulia de Rosa y Felipe era una escalerilla que
conducía a los tejados y a la pequeña azotea donde las vecinas ten
dían la ropa. En los escalones ponían los chicos sus juguetes, que
eran pedazos de pucheros rotos, palitroques y carretes sin hilo,
con los cuales hacían trenes de artillería. Allí instalaba Rosa su
boudoir277, consistente en un espejo roto, en dos flores de trapo,
un carretito, medio peine, varios frascos vacíos, y allí desnudaba y
vestía a la muñeca, asistida de su amigo, que para estas cosas tenía
desteñidos; la descalcez y flacura de pies y piernas, todo el mísero pergenio de
las cantoras. Entre estas las había de muy diversas edades, desde la directora,
una ágil morenilla de catorce, hasta un rapaz de dos años y medio, todo muerto
de vergüenza y temor, y un mamón de cinco meses, que por supuesto venía en
brazos».
277
Boudoir: el término francés, aplicado a un modestísimo tocador, incide
de nuevo en el espíritu de imitación del mundo adulto que manifiesta la niña a
menudo.
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VI. Fin
habilidad suma. Cuando estaban solos eran las grandes confianzas.
Vaya de muestra.
ROSA IDO.–Felipe, la otra noche, cuando estuviste fuera todo
el día y volviste bebido, vino la Tal… ¡Qué enfado me dio!… me
la hubiera comido. Mamá dice que es una mujer mala, y que señá
Cirila es otra mala mujer. Dice que si la hermana parece tan guapa
es porque se da pintura. Mamá y papá no se tratan con esta gente,
porque ellos, aunque pobres, son de buena familia… El papá de mi
mamá era lo que llaman cabrerizo de Palacio, de esos señores que
van a caballo al lado de la Reina.
FELIPE.–(con autoridad). Se dice caballerizo y no cabrerizo.
ROSA.–Qué más da… Bien dice papá que tu tienes talento…
Pues sí, vino la Tal. Entró hecha una farotona278, y me dijo: «chiquilla,
vete». ¿Habráse visto…? Yo me salí, pero me quedé en la puerta
para pescar algo… A don Alejandro, cuando la vio, se le pusieron
los ojos más relumbrones… Ella no se acercó a la cama; se puso
alejos… ¿te enteras?… y le miraba con una lástima… ¿Cómo le dijo?
No me acuerdo. Ello fue una cosa mu tierna, mu tierna. ¿Sabes lo
que dice mamá? Que esa mujerona es quien ha matado a tu amo…
Dimpués que hablaron dale que dale, contó ella que te había visto
con una gran turca en el café…
FELIPE.–(avergonzado). Es mentira… Si la cojo…
ROSA.–Aguarda. Los dos se rieron, y aluego hablaron de otra
cosa. ¡Qué ojos tiene tan rebonitos! Don Alejandro la miraba como
un bobo, y parecía que se ponía bueno. Se sentó en la cama. Ella
se prosimó entonces y le dio la mano. Dimpués sacó ella pesetas y
las puso en la mesa de noche. Dice mamá que esa mujer le debe de
haber sacado mucho dinero a tu amo, y que ahora es un bochorno
para él que ella le dé limosna.
FELIPE.–¡Quita allá!… ¿qué le ha de dar…? Será casualidad…
ROSA.–(bajando la voz). ¿Sabes lo que dice mamá? Que Cirila
es una ladrona, y que está vendiendo la ropa de tu amo. Yo estoy
278
Farotona: es término coloquial y familiar sobre farota, persona descarada
y sin juicio.
433
PORTADA
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El doctor Centeno
volada. Me dan ganas de decirle: «so tía…». Es que tengo yo un
genio… Conmigo no jugaba esa tiburona. Si yo fuera tú, la ponía en
la calle… así… clarito, y le decía: «señora, ¿usted que se ha llegado
a figurar?» Dice papá que tu amo es un santo y que sabe hacer
funciones del teatro, y que ganará mucho dinero; pero que antes se
ha de morir… que no llega al mes que viene…
FELIPE.–(dando un suspiro). Cállate, mujer.
V
Otra vez la conversación recaía sobre el gato. Estaba enfermo, y doña Rosa Ido inconsolable. Felipe se brindó con gravedad facultativa a asistirle; le tomó el pulso, le auscultó, le examinó,
dejándose decir frases diversas de hipocrático sentido, como: «Este
señor es muy aprensivo… ¿ha comido este señor algo más de lo que
tiene por costumbre?… Hay fiebre… esperaremos la remisión de la
mañana… Debe de ser cosa del parénquima… ¿sabes tú lo que es
el parénquima?… Pues es donde están los tubérculos, unas cosas
muy malas, muy malas».
–¿Y qué le damos para esos tabernáculos? –preguntó Rosa
consternada, teniendo sobre su regazo el animal paciente, tieso y
al parecer expirante.
–En vista de que las funciones tal y cual –dijo Centeno, ni serio
ni festivo–, no van como es debido; y en vista de que la inflamación
de la pulmonía de la clavícula interesa el hueso palomo del infarto
de la glándula estomacal mocosa…
–Tú estás de broma… y el pobre animalito se muere… ¿Ha
venido el señor de Moreno Rubio? Cuando llegue ha de ver al
michito bonito… Verás tú cómo con algo de la botica se pone
bueno.
–Yo pondré la receta. Oído… Del extracto de chuleta: tres
grados centígrados. Del jarabe de cordilla oficinal: cuatro cuartos.
Mézclese, agítese, platéese, y dórese…
–¡Qué gracioso!…
434
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
–Veamos ese pulso. Está durillo… Un sopicaldo de ratón; si
acaso un poco de merluza.
–¿Merluza? Dios la dé… ¿Te parece que le dé unas friegas?…
–No está mal, no está mal. Esa medicina sí que es baratita.
Frótale hasta mañana. ¿Qué edad tiene el enfermo? ¿Es anciano?
–Quita… si es un jovencito… si nació el año pasado.
–¡Ah!… abusos de la juventud… Le conviene el cambio de
aires… Panticosa.
–¡Qué chusco…!
Alejandro llamó a su criado, y la señorita de Ido quedóse sola
con su enfermo, a quien administraba cariño, suaves y amorosas
friegas y pases de lomo. Poco después, amo y criado oyeron el dan
ustedes su primiso, y he aquí que aparece Rosita hecha un mar de
lágrimas. El gato había concluido su existencia. ¡Cosa tremenda!
Ella le estaba dando una miguita de pan mojada en leche, cuando
el pobre animal estiró una pata, luego otra, quedándose yerto, con
los ojos vidriados y el hocico entreabierto… No pudiendo soportar
el espectáculo tristísimo del cadáver de Michín, Rosita lo había
puesto en la azotea, entre dos tiestos sin flores que allí vio, y se
había bajado a su casa y al pasillo para llorar más a sus anchas.
Alejandro la consolaba prometiéndole comprarle en la plaza de
Santa Ana uno de Angora, bonitísimo, con el rabo como una pluma,
y el pelo largo y fino, como seda.
Desde que tuvo un rato libre, corrió Felipe al tejado donde estaba el frío cuerpo del animal difunto. Rosita le seguía sin atreverse a rebasar la escalerilla, y desde el último peldaño observaba
lo que el otro hacía. Vióle acercarse al gato, cogerlo, llevarlo a un
ángulo protegido de los rayos del sol por los tejados, sentarse allí…
–¿Qué haces, Felipe?
–Lárgate de aquí. Tu madre te está llamando; desde aquí oigo
sus gritos. Te va a pegar. Corre, vete.
Desde donde estaba, pudo, torciendo el cuerpo, arrojarle una
piedrecilla que le dio en la cabeza.
–¡Qué bruto eres!
–Pues vete. Si no te vas te pego.
435
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ÍNDICE
El doctor Centeno
–¡Qué bromas tienes!
–No es broma.
Rosa se fue. Felipe estaba serio, tan serio que parecía un señor
mayor. Nunca, como entonces, se vieron en sus rasgos infantiles los
firmes lineamentos del hombre. Detrás de su travesura asomaban los
cuarenta años, con máscara grave de paciencia. Estaba tan atento
a lo que iba a hacer, tan poseído de su ardiente anhelo y de curiosidad tan abrasadora, que ni la voz de su amo le habría distraído
en aquel momento. Sentado en el suelo, con el tieso animal entre
las rodillas, sacó una navaja del bolsillo, y ¡zas!… Ambrosio Paré,
Servet, Andrés Vesale, ¿qué decís a esto?279 El cuchillo estaba bien
afilado, y Felipe empezó con tacto y maestría. Su ardiente afán no
le alteraba el pulso y supo desprender con serenidad la piel. Había
en su espíritu misteriosas intuiciones de cómo se había de hacer
aquello; antojábasele que ya lo había hecho otra vez… No, no eran
enteramente nuevos para él los goces de aquel sangriento juego…
Si jamás hizo aquello, sin duda lo había soñado alguna vez.
Corta por aquí y por allí. Antes de profundizar, quiere reconocer la boca, ¡Treinta dientes! Y ¡qué extraña la inserción de la
lengua, y qué áspera y picona toda ella! Como que está erizada de
púas… Ahora veamos ese dichoso parénquima. Ábrete cuello. Por
aquí será… Ve el Doctor la cavidad laríngea y dice: «aquí es donde
tienen los mayidos». Con la punta de su navaja reconoce durezas,
discierne el cartílago del hueso y aparta tegumentos y músculos.
Pone especial cuidado en no mancharse de sangre, y sabe respetar
las arterias.
279
Ambrosio Paré, Servet, Andrés Vesale, ¿qué decís a esto?: otra de las frecuentes preguntas retóricas del narrador en la novela sirve en esta ocasión para convocar con simpatía a tres innovadoras figuras científicas del Renacimiento, para que
vean a Felipe como joven colega que aspira a emularlos. El cirujano francés Ambroise
Paré inauguró la cirugía moderna al sustituir el cruento sistema de las cauterizaciones por la sutura con hilo. El aragonés Miguel Servet incluyó en el libro V de su
volumen teólogico Restitución del cristianismo su famosa e innovadora exposición
de la circulación pulmonar de la sangre, mientras que Andrés Vesalio redactó un
gigantesco tratado de anatomía a partir de las primeras disecciones realizadas sobre
cadáveres humanos, práctica que le fue autorizada en 1539.
436
PORTADA
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VI. Fin
«Hola, hola, aquí tenemos los pulmones; son estas esponjas,
estas cosas llenas de huequecillos… Me parece que este caballero
y mi amo tienen la misma enfermedad. Pero no veo nada. ¿Y el
parénquima? Será esto que está detrás. Pues ¿y esta canal? Por aquí
va lo que comemos. Me parece que el corazón va por aquí. Por estos
caños entra y sale la sangre. Sigamos la canal abajo. ¡El estómago!
Ábrete, perro, ábrete. ¡Zas!… ¿De qué has muerto, gato? La sangre
no corre. Está apelmazada, aquí en el corazón, y el estómago lo
tienes negro… Tú no has comido en muchos días… ¿Y el solomillo,
donde está? ¡Zas!… Ahora con finura, para sacar el buche entero.
¿Qué es esto? Las asaúras serán. ¿Y para qué sirven?… Por estas
cuerdas que andan por aquí, tirabas y aflojabas para correr… ¿Pero
ese condenado parénquima dónde anda? Los bofes son estos. Esto
es el respirar y el toser y el soplar. Por aquí arriba va la voz, el
canto, el enfadarse… Corazón, échate a un lado; tú eres el querer,
el llorar, el arrepentirse…»280.
La voz de Rosita sonó en lo bajo de la escalera.
–Felipe, tu amo te llama. ¿Qué haces?
–Aguarda, mujer… no subas. Di al señorito que espere.
–Felipe.
280
Este pasaje muestra la curiosidad, el talento natural del niño y su sentido
práctico: la autopsia persigue conocer enseguida el interior de un cuerpo, con el
fin de poder aplicar lo aprendido en la curación de su amo. En Marianela Felipe
tomaba como modelos a los hermanos Golfín, Don Carlos y Don Teodoro, ingeniero
de minas y médico, respectivamente. Ahí comenzó su preferencia por la medicina,
Por ejemplo, en capítulo XII advertía a Nela: «No hay saber como ese de cogerle
a uno la muñeca y mirarle la lengua, y decir al momento en qué hueco del cuerpo
tiene aposentado el maleficio». Es llamativo el paralelismo amable del pequeño
«acto científico» del niño en El doctor Centeno con el detallismo naturalista de la
operación de cataratas en Marianela.
Los hermanos Golfín que inspiran al niño forman parte de la nómina de científicos que elogiosamente presenta Galdós en sus novelas, a menudo en lucha con los
sectores conservadores o fanáticos religiosos: Pepe Rey en Doña Perfecta, León Roch,
el doctor Moreno Rubio en diversas novelas, el doctor Augusto Miquis en La deshe
redada y hasta en episodios nacionales, etc. (cfr. Luis S. Granjel, 1970-1971).
Justamente el niño adquiere su mote de «el doctor Centeno» por sus aspiraciones de emular la profesión de Golfín, e incluso se le eleva al título del mencionado
capítulo XII de Marianela, «El doctor Celipín».
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PORTADA
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El doctor Centeno
–Dale.
–Felipe, que no seas majadero, que bajes.
Y él, sin hacer caso de nada, seguía su investigación ardiente,
con curiosidad que le abrasaba el cerebro… ¡Si tuviera tiempo de
abrir la cabeza para ver la crisma, donde está todo el intríngulis
del pensar…!
–¡Felipe!
–¡Que allá voy!
–Tú estás haciendo alguna cosa mala.
Apresuradamente trataba Felipe de arreglar el deshecho cuerpo
del animal, poniendo cada cosa en su sitio, y tapándolo con la piel.
Si él tuviera allí hilo y una aguja, de seguro, ¡re-contra!, lo dejaría
en tal estado, que no se conociera la carnicería que había hecho.
Pero no tenía enseres de costura… Tantas veces le llamó su amo,
que al fin echó a correr…
–Dame agua para lavarme las manos –dijo precipitadamente
a Rosa.
–¡Ah!, ¡pillo!… ¿qué has hecho? Has descuartizado al pobre
animalito.
–Agua.
–¡Verdugo!… vaya una gracia…
–Mujer… para saber lo que tenía… Agua.
–Le has hecho la utosia.
–No se dice utosia sino utopia… Agua.
–Ven a casa. Tu amo está furioso.
–¡Allá voy!
–¿Y de qué se ha muerto?
–Lo que te dije… del parénquima… Todo está allí clarito. El
estómago se le había subido al pescuezo.
–Pobrecito.
–Y tenía las jieles metidas en la cabeza.
–¡Ay!
–Y la sangre cuajada con cada tubérculo que daba miedo…
¡Allá voy!
438
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
¡Vaya un réspice que le echó su amo por la tardanza! Era
un holgazán, que siempre estaba jugando, y olvidado de sus obli
gaciones. ¡Oh, si él no se viera amarrado en aquella cama! En
cuanto se levantara le iba a despedir, sí señor, porque ya estaba
cansado de él, de sus torpezas, de sus travesuras y de su charlatanería.
Felizmente, estos accesos de ira eran pasajeros. Felipe callaba,
dejando correr el nublado. Bien sabía él que pasaría, y que lo normal del genio de Miquis era la condescendencia y bondad apacible. Y si no, ya tenía él recursos habilísimos para desenojarle,
arbitrios de grandísima eficacia, aunque su amo estuviera en una
de aquellas grandes crisis metálicas que le ponían de tan mal talante. Por la tarde, al volver de un recado, le dijo Centeno:
–¡Cuánta gente por esas calles! ¡Ah!, ahora que me acuerdo; he
visto al señor de Ayala, aquel poeta de los bigotes largos…
–¿Sí?
–Y me dio memorias para usted.
–¿Qué dices, hombre?
–No… no… me equivocaba. No me dio memorias, ni me dijo
nada. Es que me miró de un modo particular, y a mí me pareció
que me daba expresiones para usted.
Con estas cosas se reía Alejandro, y se disipaba su mal humor.
Tras del enojo con Felipe, venía siempre entrañable amistad. El gozo
de verle y tenerle a su lado era en tal manera vivo, que Miquis,
cuando el Doctor estaba ausente, creíase privado de algo necesario
a su existencia. Hacía elogios de su destreza, de su puntualidad,
de su adhesión, y los vituperios de por la mañana eran a la tarde
alabanzas sin término.
–Bien, bien, Felipe, te portas. Todo lo haces bien. Así me gusta.
Si me muriera, te nombraría mi heredero; pero no me moriré… Eres
un sabio y debías de llamarte Aristóteles.
Y desde esta ocasión no le nombraba de otro modo. A cada
momento se oía: «Aristóteles, dame agua con azúcar… Aristóteles, frótame un poquito aquí, a ver si se me pasa este dolor de la
espalda».
439
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
VI
–Aristóteles…
–Señor…
–¿Tienes dinero?
–¿Yo?… como no me vuelva moneda…
–Pero ¿de veras no hay nada? Busca bien. ¿No habrá algún
duro trasconejado por ahí en cualquier rincón?
–¡Duros trasconejados!… Este hombre está viendo visiones…
Nada, señor, no tiene más remedio que cambiar un billete,
Alejandro se calló y se puso a mirar al techo, con expresión de
duda y pesadumbre. También Felipe miraba al cielo raso, creyendo
por un momento que había en él nubarrones de billetes de Banco.
Después de larga y tristísima pausa, dejó oír Alejandro, con lo más
cavernoso de su voz broncófona, estas fúnebres palabras:
–No hay billetes.
Lo que, oído por Aristóteles, púsole en gran confusión, pues
el día anterior había recibido su amo, en letra del Giro Mutuo que
le cobró un su amigo empleado en el ministerio, treinta duros ca
bales. ¿A dónde habían ido a parar? El filósofo, llevado de un móvil indagatorio y correccional que apuntaba en su alma, adestrada
en aquella vida de iniciativa, se aventuró a preguntar a su amo por
el paradero de los billetes. Alejandro, con expansiva y noble confianza, iba a satisfacer la curiosidad de su secretario peripatético281;
pero no tenía ganas de conversación; estaba sombrío, abatidísimo,
y sólo pudo murmurar: «Anoche…».
Felipe echó sus miradas al suelo, y parecía que las pisoteaba.
«Anoche… ya…». Era una desesperación vivir en tan gran desarreglo y no poder contar con nada, por la liberalidad furibunda de
aquel pobre loco. Allí no estaba seguro ni el triste pedazo de pan
281
Secretario peripatético: el humor negro del sonoro eufemismo colabora en
el tono tragicómico que suaviza el desesperado ir y venir del niño por Madrid, con
fines mendicantes. También Quevedo, secretario del Duque de Osuna, viajó por toda
Italia con encargos de su señor.
440
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
de cada día, porque a lo mejor arramblaba por él el primero que
llegaba. ¿Y qué iban a hacer aquel día? No había nada, ni un ochavo
en metálico ni en especie. Era preciso traer azúcar, chocolate, leche, carne, medicinas, limón y otras menudencias. ¿A quién pedir?
¡Si por milagro de Dios Omnipotente, don José Ido tuviese algo…!
Un rato después de aquel «anoche» que dijo Miquis, éste, to
mando fuerzas, pudo expresarse así:
–Me quedaba un billete de cinco duros. Esta mañana, cuando
fuiste a casa de la tiíta a llevarle la carta que mamá mandó dentro
de la mía, sentí un gran alboroto… ¿Qué crees que era? Pues ese
señor que vive en el cuarto número 6, ese que tiene prendería y ropa
vieja… chico… no sabes que escándalo le armó al pobre Ido. ¡Qué
gritos! Las mujeres de ambos salieron al pasillo, y hubo llantos y
desmayos. Todo porque Ido no le puede pagar a ese… creo que le
llaman don Francisco Resplandor… unos dineros que le debe. Se
pusieron como ropa de pascuas282. De repente me veo entrar a don
José. Los ojos se le saltaban del casco; tenía el pescuezo un palmo
más largo. Créelo, me causó miedo. Se me puso de rodillas y cruzó
las manos; yo saqué mi billete…
Felipe se volvió para no oír más. Comprendía bien, demasiado
bien lo que había pasado. Se representaba la luctuosa escena, cual
si la hubiera visto y oído. En esto estaban, cuando se oyó en la
puerta la voz argentina y dulce:
–¿Dan ustedes su primiso?
–Adelante.
–Dice mi mamá que si le hacen el favor de prestarle un
huevo…
–Lo que es hoy, hija, ni siquiera medio.
Al poco rato volvió:
–Dice mi mamá que si por casualidad tienen un pedazo de pan
o bien cuatro cuartos.
–¡Ay!, ¡pan, cuartos!, los quisiéramos para nosotros.
282
La frase hecha como ropa de Pascuas adquiere comicidad al asociarse en
el contexto con la referencia al señor que tiene «prendería y ropa vieja».
441
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
Felipe salió en busca de Cirila. En el pasillo vio un fantasma
siniestro paseando de largo a largo. Era don José Ido del Sagrario,
que vagaba, cual ánima del otro mundo. Creeríase que su cuerpo impalpable era llevado y traído por el viento, sin ruido, en la longitud
oscura de aquel túnel, y que sus pantuflas de orillo resbalaban sobre
el piso, silenciosas, como patines de lana sobre hielo de algodón…
Felipe no le dijo nada, y entró en la cocina buscando a Cirila.
Estaba apagado el hogar, todo en desorden. Cirila sentada en
el suelo, entre revueltos montones de ropa vieja, descosía algunas
prendas para aprovechar los pedazos buenos.
–Estoy con media onza de chocolate crudo que me dio doña
Ángela Resplandor. Si tú no traes hoy carbón, tu amo lo pasará
mal. Él tiene la culpa.
Felipe le preguntó si tenía por casualidad algunos ochavitos
morunos283, o bien algo que empeñar.
–¿Yo? A buena parte vienes. Si no fuera porque doña Ángela
me ha dado esta tarea, ofreciendo pagarme con la comida, en su
casa, no sé qué sería de mí. En otra como ésta no me he visto. Yo
sé bien quién me ha traído a estos andares… esa… esa…
Soltó Cirila, una tras otra, varias palabras no bien sonantes, y
como Centeno le pidiera explicaciones, no se mordió ella la lengua
para decir:
–Me tiene ya harta. Anoche vino. Tanto hizo que limpió a tu amo.
Ya se ve… nada le basta. El otro no le da nada; vive a su costa… Estoy
quemada, Felipe; estoy requemada, frita, estofada y vuelta a freír…
Vete por ahí y pide, pide hasta que encuentres. No tengo costumbre,
no, de verme tan montada al aire284. ¡Y todo por esa dragona!…285
283
Ochavitos morunos: Felipe se conforma con monedas de muy escaso valor,
los ochavos de cobre que acababan de entrar en España en 1864 como consecuencia
del pago que Marruecos hizo al final de la guerra.
284
Montada al aire como los diamantes: es expresión para indicar pobreza, que
aparece también en Miau. Se basa en una de las maneras de montar un diamante
en solitario, sólo unido al soporte mediante pequeño alfiler, pero sin caja que lo
contenga o lo rodee.
285
Las exclamaciones de Cirila fueron cambiadas por el autor quizás en la fase
de corrección de pruebas, ya que el pasaje en limpio del manuscrito entregado a
442
PORTADA
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VI. Fin
Felipe no perdía el tiempo en comentarios. Las necesidades
apretaban, y era menester tomar determinaciones, buscar, revolver el
mundo, y allegar dinero. Su amo le dijo: «Échate a la calle, corre…
pide. ¿A quién? Tú sabrás, Aristóteles. Arreglátelas como puedas…
¡Ay, Dios mío!… Así no se puede vivir… Me muero, Flip, me muero
si no veo esta noche duros y pesetas… Es cosa tremenda esto del
dinero… A mí, créelo, me resucita… Vete por ahí, hijito, y no vuelvas con las manos vacías. Yo me quedo aquí solo; no me importa,
solito, pensando una escena, ¡qué escena! Luego te la contaré. Es tan
hermosa, que yo mismo me admiro de que se me haya ocurrido…
Adiós; buena suerte; ven pronto».
En la escalera encontró Centeno a Rosa que subía fatigadísima.
Sus mejillas pálidas, sus ojos tristes decían: «Hoy no ha entrado
nada por esta boca de donde salen tantas palabras»; pero su apetito
de charla se sobreponía a la necesidad, y si Felipe no llevara prisa,
allí me le tendría media hora, dándole música.
–Vengo de casa de unas amigas de mamá… Están de campo. ¿Y
tú a dónde vas?… Papá está, como los locos, dando vueltas. Cuando
me vea entrar con las manos vacías… ¡Pobrecito!, dice que si cae
el ministerio le colocarán… Lo que es yo no subo. Aquí me estoy,
a ver si pasa un alma caritativa… ¡Ah!… se me olvidaba. Anoche,
cuando tú saliste, estuvo la chubasca…286 ¡Qué guapetonaza venía!
¿Tú no la has visto llorar? Yo sí… Don Alejandro la consoló con
un papel verde. Después ella y la señá Cirila regañaron por el papel
verde. Se dijeron cosas malas. Mamá salió a la puerta, y se persigla imprenta era menos vivo y expresivo, como puede comprobarse: «Estoy volada,
Felipe, estoy volada (…) Yo estoy hasta la corona de estas miserias. No estoy acostumbrada, francamente. Y todo por esa…».
286
Chubasca: esta nueva denominación para las malas mujeres, de las varias
que aparecen en la novela, no está recogida en los Diccionarios académicos. Del
periódico La Risa citamos un pasaje de la letrilla burlesca «El espíritu de contradicción», dedicada a un hombre que hace lo contrario de lo razonable: «¿Qué hace el
maldito?/Se ha enamorado/de una chubasca/de tres al cuarto» (26 de noviembre de
1843, p. 7). También Maxi Rubín hace lo contrario de lo que debe al enamorarse de
Fortunata, y provoca las iras de su tía, que le censura el elegir «una tiota chubasca»
(Fortunata y Jacinta, Parte II, cap. III, i).
443
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
naba oyéndolas. Dice que las dos son un buen par de chubascas…
Si no las aparta la mujer de Resplandor, se tiran de los pelos… ¡Ay
qué comedia! ¡Lo que te perdiste!…
En la calle, corrió Felipe largo trecho sin dirección determinada. No sabía a dónde iba, ni a qué parte del universo encaminar
su actividad buscadora y pedigüeña. En los señoritos de la casa de
doña Virginia no había que pensar y porque dos días antes, cansados ya de tanto petitorio, le habían dicho que no volviera a parecer
por allí. ¿Don Pedro Polo? Ésta era la única esperanza. Felipe, recordando la buena suerte de aquel famoso día, creía en la repetición
de ella. ¡Qué error! Recibióle el capellán con malísimos modos.
Notó Felipe en él mudanza y desfiguración muy grandes. Parecía
enfermo, desalentado y con cierto extravío en sus ideas. Su color
era ya de puro bronce oxidado, verde, como el de un busto romano
que ha estado siglos debajo de tierra. Lo blanco de sus ojos ama
rilleaba. Temblábale la voz, pulverizando saliva al hablar. La ola de
su cólera, estrellándose en sus morados labios, salpicaba al oyente.
Al desorden de la persona del extremeño, añadió la observación
de Felipe un singular desbarajuste que en toda la casa había. Doña
Claudia estaba en la cama, su hija en la iglesia, aunque no era
hora ni de dormir ni de rezar. En todos los aposentos el abandono
y el desaseo indicaban que allí había causas hondas de malestar y
perturbación. Entró de súbito Marcelina, y don Pedro y ella empezaron a disputar. ¡Jesús qué cosas le dijo el bendito capellán! ¿Se
había vuelto carretero? Marcelina, iracunda y biliosa, no demostraba
gran humildad. Después… ¡oh!, después don Pedro dijo al insigne
Aristóteles que se pusiera inmediatamente en la calle, si no quería
ir rodando por la escalera o volar por un balcón.
Salió más ligero que el viento. ¿A dónde iría, Santo Dios, con
su dolorosísima cuita? ¿Recurriría a don Florencio Morales?… Imposible. Morales le había echado también los tiempos la semana an
terior. ¿Y Ruiz?, ¡nombre sin sentido en las páginas de la generosidad!… Además Ruiz estaba muy soplado con el éxito de su comedia
y no hacía caso de nadie.
Divagó por las calles, acordándose de la situación ahogada en
que estaba su amo, y pensando, pensando en lo que debía hacer.
444
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
¡Pedir!, ¿a quién? Todas las puertas, todas, estaban cerradas, y la
Providencia se había tapado los oídos. Dios, ceñudo, volvía la infinita
espalda, mirando a otra parte de las tribulaciones humanas.
En un momento de desesperación, hostigado por la idea del
malestar de su amo, por sus propias necesidades y por el devorador
apetito que sentía, pues no era cuerpo de santo el suyo, ni mucho
menos, cruzó por la mente de Aristóteles una idea terrible… Iba
desasosegado, de una acera a otra de la calle, mirando con ojos de
codicia y recelo a una tienda que, junto a la misma puerta, ostentaba
panecillos y debajo una cesta de huevos. Él se atrevía, sí, se atrevía
a pasar corriendo y coger, como al vuelo, un panecillo y llevárselo
sin que lo vieran…; se atrevía también a volver y arrebatar dos
huevos con ejemplar ligereza. La mujer de la tienda estaba adentro
entretenida en conversación con diversas personas, y todos los que
pasaban por la calle iban distraídos o pensando en sus propias
cuitas. Sólo un zapatero, situado en el portal de enfrente, podía ser
testigo… Pero el zapatero no vería nada… ¡Ánimo!
Pasó Felipe con rápida carrera, en la cual la velocidad constituía el disimulo; pero sus dedos, que casi tocaron el pan, no se atrevieron a cogerlo. «No sirvo, no sirvo para esto», pensaba, y sudor
muy frío corría por su frente. Después pensó de esta manera:
«No cogeré el pan que es para mí… Pero los huevos, que son
para dar de comer a mi amo, sí los cogeré».
Pasó decidido; pero tampoco en aquella segunda prueba pudo
hacerlo… Nada; cuando iba a tocar el codiciado objeto, lo dejaba
en su sitio.
Desesperado de sí mismo y con la mente trastornada, echó a
correr por aquellas calles sin saber a dónde iba. Su amo no se le
apartaba del pensamiento. Se lo figuraba, dando las boqueadas, no
por la fuerza de la enfermedad, sino por falta de alimento. Deteníase, resuelto a volver a la tienda de los panecillos y de los huevos;
pero a los pocos pasos se alejaba otra vez, corriendo en dirección
contraria.
De este modo llegó a la calle de Alcalá, que por ser tarde de
toros estaba animadísima. Era la hora del regreso; el cielo se oscu445
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
recía; la multitud se apiñaba; rodaban miles de coches de diferentes
formas, y se veían ya algunos faroles encendidos. ¡Bullicio de fiesta
y alegría, vértigo de infinitas ruedas laminando el lodo, y de infinitos pies pulverizando el granito de las baldosas! Felipe cortaba
la masa de gente, andando en dirección contraria. Sus codos funcionaban como las aletas de un pez… Allí fue donde se le ocurrió
otra idea que podía salvarle. Si todas las personas que por la calle
subían le dieran la centésima parte de un ochavo, tendría lo que
necesitaba. Dióle este descubrimiento grandísima alegría, y siguió
bajando hasta llegar a la Cibeles.
La noche avanzaba, seria y cariñosa, y cada vez se veían más
faroles con luz. El farolero corría de candelabro en candelabro, y
metiendo su palo largo en cada farol, iba estrellando el suelo de
Madrid. En Recoletos, las luces reverdeaban entre los árboles, y de
los macizos emanaba tibieza húmeda y fragancia de minutisas. Por
la acera venía mucha gente elegante, pollas y galanes, señores con
gabán, damas de sombrero. «Esta es la mía», pensó Felipe, y echó
una mirada a su propio traje para cerciorarse si era adecuado al papel que iba a desempeñar. ¡A maravilla! Otro más derrotado no
había por aquellos contornos. Empezó Felipe su postulación con
plañideras exclamaciones. ¡María Santísima, qué cosas decía! Tenía
a su madre baldada en cama, y a su padre le había cogido un carro
y le había partido por la mitad. Ochavos y cuartos caían en sus manos, y él, animado por el éxito, más plañía cada vez y más molestaba y seguía a las personas, sin darles respiro, y machacando, machacando hasta que les hacía soltar la limosna. Era implacable.
Recoletos y la calle de Alcalá se despejaban. Era ya de noche,
y pasaban menos coches y menos señores.
Frente a la Inspección de Milicias vio Felipe un espectro que
iba como llevado por el viento, de árbol en árbol. La cabeza caíale
sobre el pecho, como si estuviera colgada de un gancho, que tal
parecía el cuello, y llevaba las manos sepultadas en los bolsillos287.
287
La descripción contextual de Ido adquiere un aspecto gráfico caricaturesco,
de fuerte impronta visual.
446
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
Cuando Felipe dijo: «Don José, señor don José», detúvose, y empleó
un mediano rato en enderezar la cabeza. Daba miedo verle; pero
Felipe (no lo podía remediar) se echó a reír.
–¡Qué vergüenza, qué bochorno! –murmuró Ido, cual si dijera
un secreto–. Felipe, nunca habría creído llegar a lo que he llegado
esta tarde. No verás lágrimas en mi cara, aunque he derramado muchas, porque el ardor de la vergüenza las ha secado… ¡Ay!, hijo,
¿qué dirás si te lo cuento?… Pero no dirás sino que soy un mártir,
y que he de ir derechito al Cielo cuando me muera… Salí de casa
desesperado, loco; no tenía a donde volver los ojos. Todas las puertas cerradas… Me vine por estos paseos. ¡Oh!, si no tuviera familia, el estanque chinesco del Retiro me hubiera visto esta tarde en
sus profundidades… Pero francamente, naturalmente, tengo hijos,
¡ay!… Y que me digan a mí que esto es un país, que esto es un
pueblo civilizado. Felipe, ¿sabes lo que he visto?… Si te lo digo, te
horrorizarás, y te temblarán las carnes.
–¿Qué?
–Pues he visto en esa Castellana pasar por delante de mí, en
sus soberbios coches, a muchos personajes, a dos o tres ministros,
a más de cincuenta diputados…
Don José no pudo seguir. Expiró en su reseca garganta la voz,
convertida en un sollozo inmenso, trágico. Aristóteles, sobrecogido
de pavor, no sabía qué pensar.
–¿Y qué?
–¡Que a todos esos les he enseñado yo a escribir! –exclamó
Ido, prorrumpiendo en lágrimas que se apresuró a recoger en su
pañuelo.
Felipe callaba. El otro seguía sollozando.
–Sí, hijo. Yo les he enseñado a escribir… Yo estuve seis años
en el colegio de Masarnau288, y allí todos esos fueron mis discípulos,
y otros muchos a quienes no he visto esta tarde… Yo les enseñé
288
Colegio de Masarnau: Ido está justamente orgulloso de haber dado clase
en el prestigioso colegio privado que don Vicente Masarnau creó en 1841, con sede
en la calle de Alcalá.
447
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
a coger la pluma en la mano, y de aquellos palotes míos salieron
estas firmas, y este poder, y estos coches, ¡y toda la grandeza de la
Nación! ¡Oh, Dios, Dios, Dios!… Pero Dios lo quiere así, suframos
y aguantemos; que en la otra vida, hijo, tendré mi premio. Ésa es
mi confianza, ése mi consuelo. Yo lo digo a Nicanora, y Nicanora,
que es una pólvora, se impacienta y me dice: «Si tan largo me lo
fías…». Pues bien, volviendo a mi vergüenza, te diré en confianza
que esta tarde he hecho barbaridades, chico. No lo creerás, pero es
cierto; la necesidad me ha obligado a ello. ¡He pedido limosna!
–¡Jesús!
–Aún estoy espantado de mí mismo… ¿Pero qué había de hacer? Yo dije: «¡Que el Señor me lo tome en cuenta!…». Habías de
oírme. En estos casos, hijo, es preciso exagerar algo. Yo decía que
tengo diez hijos… Y mucho de: La Virgen del Carmen le acom
pañe, etc… ¡Que no me vea en otra, Señor! Y no he dejado de tener
suerte, Felipe… Sólo me faltan cuatro cuartos para los seis reales.
–Tómelos usted –dijo Felipe, espléndido, haciendo sonar su
bolsillo lleno de calderilla.
–Gracias… ¿Estás rico?
–Tal cual… He cobrado un pico que me debían.
–Tú tienes suerte. En mi vida he podido cobrar nada de lo
que me deben.
–Porque no tiene usted carácter, don José. Vámonos a casa,
que por esta noche…
–Sí, por esta noche nos hemos remediado. No te des por entendido con Nicanora, que es muy apersonada, y siempre se acuerda
de que su abuelo fue caballerizo. Le diré también que he cobrado
un piquillo…
VII
Cuando volvieron a la casa, ambos estaban satisfechos de sí
mismos. Cada cual en su vivienda atendió a sus urgentes necesidades. A Miquis le habían acompañado por la tarde Rosita y su
448
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
muñeca. Cirila entraba de vez en cuando para preguntar al enfermo
si se le ofrecía algo; y como los sentimientos caritativos no están
excluidos en absoluto de ningún ser humano, el que respondía al
nombre de Cirila tuvo, en aquel día de escasez, decaimientos de
su rigor característico; quiero decir que se desmintió a sí misma,
descolgándose, como suele decirse en modo vulgar, con una taza de
caldo y otras frioleras, traídas de la bien provista cocina de Res
plandor. Véase por dónde no hay maldad completa, ni seres homogéneos y redondeados como piezas que acaban de salir de manos del
tornero. Aquel optimista furibundo que a todos aplicaba la medida
de sus propios sentimientos, tuvo arranques de gratitud tales, que
de ellos a la apoteosis no había más que un paso. «¡Qué buena es
esta mujer! –decía–. Ese maldito Aristóteles, que de todo piensa
mal, no comprende su mérito».
Por la noche le dio una fuerte congoja. Iniciado aquel síntoma
algunos días antes, no se había presentado aún de una manera tan
grave. Era realmente como un simulacro de agonía, porque el aliento
le faltaba. ¿No había aire en el cuarto? Aquellas doloridas cavidades
de su pecho se contraían con ansioso esfuerzo, anhelando funcionar sin conseguirlo. La atmósfera se detenía en su boca, y dentro
del tronco, fugaces sensaciones de cuerpos extraños atravesados
le producían malestar dolorosísimo. No podía hablar; sólo podía
quejarse; y cuando su breve aliento le concedía el goce de un par
de palabras, era para extraer alguna idea del inagotable depósito de
su bendito optimismo, que en él hacía las veces de vida, las veces
también de la salud ausente.
–La suerte… –murmuraba como quien expira–, la suerte que
esto no es nada, según dice Moreno. Es la resolución de este fuerte
catarro… También consiste mi ahogo en que no hay aire en la habitación. Aristo… dame aire, hijo, aire.
Seguían a tan penosos trances una atonía, un estado comático,
en el cual, si sus sentidos estaban desacordes, descansaban sus pulmones, funcionando con relativa facilidad. Faltábale en absoluto la
palabra; disfrutaba de la vista y oído; sus percepciones eran vivaces,
aunque falsas; sus ideas, las ideas de todos los momentos de su vida,
pero engrandecidas por un sentido hiperbólico, deformadas por la
449
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
amplificación romántica; sus imágenes las reales, pero coloridas de
vigorosas tintas, todo metafórico y trasladado a los patrones de lo
ideal, conservando, no obstante, sus originales elementos de verdad. Sus entreabiertos párpados daban paso a un mirar vago, soñoliento; veía claramente la habitación, grande, riquísima, llena de luz
y alegría, con gallardas columnas de pórfido, techo a lo pompeyano,
pavimento de lustrosos mármoles de colores. Por la gran ventana
del fondo, que daba a una desahogada logia, se veía paisaje de
tejados, cúpulas, miradores y campanarios; en el fondo el Vesubio
con su cima humeante y sus laderas de negra lava. Pebetero del
cielo, exhalaba aromas de poesía, perfumando el espacio y la mar,
desde las costas Mauritanas hasta las de Provenza. El Tirreno y el
Adriático se llenaban también de aquella emanación hermosa, y a lo
lejos humareda semejante a una nube anunciaba el Mongibelo. ¡Qué
cielo más azul y qué mar, más propio de tritones que de barcos!
Blancas velas brillaban en su inmensidad cerúlea, renovando en su
elegante ligereza, los ramilletes con alas, los pájaros nadantes y
los peces emplumados de la fantasía calderoniana. Eran las galeras
del Duque que volvían cargadas de despojos de venecianos y de
orientales riquezas…
La lujosa estancia estuvo desierta hasta que entró una mujer.
¡Qué guapa! Era morena, de gentil presencia, ojos garzos. Sus mi
radas eran lenguaje ininteligible para el que no entendiese de amor
apasionado y febricitante; no tenían sentido sino para quien supiera
mirar del mismo modo y tener algo de inmortalidad que llevar del
alma a los ojos; eran miradas en que centelleaba ese fulgor divino,
que dejaría de serlo si pudieran verlo los topos… Iba vestida la
señora aquélla, no al uso napolitano ni al oriental, ni con la abigarrada pompa croata o albanesa, sino a la moda de Madrid en
1864289, y con afectada elegancia… ¡Qué bien la veía Alejandro, y
qué claramente comprendía su situación! Era la escena undécima
del acto cuarto. El Virrey acababa de ser preso por los emisarios
289
Cercano ya el final, el autor recuerda las fechas de esta historia de breve
marco temporal, casi de tiempo reducido: de 1863 a 1864, los meses últimos en la
vida y deterioro de Miquis, y el aprendizaje de Felipe.
450
PORTADA
ÍNDICE
VI. Fin
secretos del Duque de Uceda290. Aquel excelso ambicioso que había tenido el sueño sublime de alzarse con el reino de Nápoles, de
domar a Venecia, de conquistar todas las tierras de aquel hermoso
país, formando el reino de Italia y anticipándose en dos siglos y
medio a los planes de Cavour, había sido vendido por los mismos
que le ayudaron. Bedmar, su cómplice en Venecia, retrocedía asustado; don Pedro de Toledo, gobernador de Milán, le denunciaba a la
corte de España; ésta enviaba al Cardenal Borja para hacerse cargo
del mando, y exoneraba al Grande Osuna, cargándole de cadenas
para llevarle a España como reo de lesa majestad. Sólo era fiel el
bromista Quevedo291. Fiel era también la Carniola.
En la escena XI, Catalina entra buscando al Duque; ha oído
ruido de voces y armas, viene aterrada y pavorida, presagiando
desdichas… Dice con admirable calor los versos292:
¿Dónde iré de esta suerte,
tropezando en la sombra de mi muerte?
Va de un lado a otro de la escena, dominada por contrarios
pensamientos. Quiere matarse y quiere seguir al Duque… También
290
La intervención que en el drama se le atribuye al desleal Duque de Uceda
es verosímil, y correcta desde el punto de vista de la cronología: Uceda conspiró en
1618 contra su propio padre, el Duque de Lerma, al que aspiraba a sustituir como
valido de Felipe III.
291
Los personajes mencionados son reales, y en efecto estuvieron implicados
en la conjuración, aunque es difícil hallar una versión única de lo ocurrido.
292
Es evidente que la obra de Miquis no es más que un pastiche o refundición
confusa de lecturas y representaciones que le han impactado. Estos versos proceden
de la jornada III de El médico de su honra de Calderón, cuando cercano ya el
desenlace, Mencía declara su temor a una muerte inminente.
Con independencia de la inmensa tarea erudita sobre el teatro del Siglo de Oro que
precedió a la eclosión el Romanticismo, en fechas cercanas al marco temporal de la
ficción se editaron importantes colecciones del teatro barroco y calderoniano, que Galdós estimó mucho: sendas Colecciones de dramáticos (contemporáneos y posteriores a
Lope de Vega) realizadas por Mesonero Romanos para la Biblioteca de Autores Españoles del editor Rivadeneira, entre 1858 y 1859; la recopilación Comedias de Don Pedro
Calderón de la Barca realizada por E. de Hartzenbuch en 1862, la de el Teatro escogido
de Calderón de la Barca editado por Eugenio de Ochoa en 1863 o el Teatro escogido
de D. Pedro Calderón de la Barca a cargo de la Real Academia Española en 1868.
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El doctor Centeno
ella tiene sueños locos, y por un momento se ha creído próxima a
ser Reina y señora de la Italia toda. Guarda interesantes papeles
del Virrey, en los cuales está toda la máquina de la conjuración.
Rara vez hay trama teatral sin un paquete de papeles en que está
la clave del enredo, y de estos papelitos, si son o no descubiertos,
depende que los personajes se salven o se pierdan. El nudo de toda
combinación dramática está en salvar a alguien. Este sistema ya
interesa poco y ha pasado a las óperas.
Alejandro ve a la Tal, indecisa, expresando su perplejidad en
resonantes versos. Lo particular es que ella le mira a él, le mira, sí,
con lástima profunda, y sus ojos parece que arrojan toda la com
pasión necesaria a consolar al género humano, por siglos de siglos.
Se acerca a su lecho, le mira más de cerca. Él no puede moverse,
ni decir nada. ¡Oh!, si pudiera, le diría dos o tres endecasílabos
llenos de poética elocuencia. Por el fondo de la habitación ve Ale
jandro discurrir inquieto a su secretario el gran Quevedo, que también se llama Aristóteles, Centeno, Flip. El secretario no dice nada,
y prepara en silencio una cocinilla de latón… En tanto la Carniola,
después de mirar al poeta con dulcísima piedad, tira del cajón de la
mesa que está junto a la cama, y examina con atento estudio lo que
hay dentro. No hay nada: recetas, algún botecillo, dos o tres piezas
de cobre. Ciérralo, y vuelve a mirar a su Duque. Éste la ve entonces
alejarse. Es el ideal, que le ha visitado en carne mortal un momento,
y después se desvanece, dejándole consolado293. Desde la puerta le
mira otra vez con la misma lástima, con el mismo sentimiento de
amor inefable… ¡adiós!
Quevedo sale con ella al pasillo, y secretean las siguientes palabras:
–Dice el médico que en una de éstas se quedará. Si le dan tres
o cuatro congojas más, no las resiste.
293
La formulación de la búsqueda y desvanecimiento del ideal recuerda al
personaje romántico de Manrique creado por Bécquer en fechas muy cercanas a
las del marco de nuestra novela. Nos referimos a la famosa leyenda «El rayo de
luna» publicada los días 12 y 13 de febrero de 1862 en el periódico madrileño El
Contemporáneo.
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VI. Fin
Por las mejillas del gracioso Quevedo corrían lágrimas, y la
Carniola, la hermosura ideal, dio un gran suspiro. Cirila hubo de
llegar en el mismo instante y ambas entraron en la cocina, donde
la ideal buscó y halló al fin una silla rota en qué sentarse. Estaba
cansada, ¡qué escalera!
–¡Pobrecito! –murmuró–. ¡Parte el corazón verle!
–Si tira una semana, será mucho tirar.
–Lástima de chico… ¡es tan bueno!… es un ángel…
–Hija, qué le vamos a hacer… La voluntad de Dios…
–Tanto pillo con salud, y este pobrecito ángel…
–¡Qué guapa estás!… –exclamó de improviso Cirila, ávida de
hablar de otra cosa–. ¿Vas a los Campos?
La Tal hizo un mohín de disgusto…
Luego empezaron a disputar sobre cuál de las dos debía dar a
la otra ciertas cantidades. Felipe oyó desde el pasillo estas cláusulas:
«Tú me prometiste para hoy… Esto no se puede aguantar… Tú a
mí… ¿Pero ese hombre?… ¿Has visto al Duque?… Está tronado294…
Todo me lo juega… Es un perdido… Estoy abochornada».
En tanto Miquis, pasado un rato de turbación, se daba cuenta
de la salida de su gallarda heroína. Ya sabía él donde estaba. Había ido a recoger los famosos papeles de la conjuración… pero,
¡qué terrible lance!, se los había sustraído bonitamente el traidor
veneciano, Barbarigo… El Duque estaba perdido, más que perdido.
Puesto ya en este trabajo de rumiar su obra, repitió Miquis clara y
distintamente todo el trágico final de ella.
La Carniola halla medio de introducirse en el calabozo donde
aquellos enemigos, los secuaces del cardenal, han encerrado al po
brecito Osuna. Éste, por una serie de coincidencias que en el curso
de la obra están muy bien justificadas, cree que la Carniola le ha
vendido, entregando al Duque de Uceda su secreto de soberanía italiana, y cuando la ve entrar en la prisión, la increpa y le dice mil
herejías. Ella se defiende. Todo lo que dice contribuye a condenarla
294
Estar tronado: es expresión muy usual en la época para referirse a la bancarrota de una persona o familia que en otros tiempos tuvo dinero.
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El doctor Centeno
más en el ánimo de Téllez Girón, que la acusa a ella y a Jacques
Pierres, su primitivo amante. Enfadada como leona, la tal hembra
pone por testigos de su inocencia a Dios y a San Jenaro, patrono
de Nápoles… Preséntase Jacques Pierres, que está preso en otro
calabozo, y va a ser ajusticiado. Este caballerete se la tiene jurada a
la Carniola, por la trastada que le hizo abandonándole por el Duque,
y ve en aquel momento la más bonita coyuntura de su venganza.
A él le van a matar. ¿Qué le importa un pecado más? Dice mil
mentiras al Virrey, y le presenta una carta que en cierta ocasión
(allá en el primer acto), escribió Catalina a Barbarigo. La carta es
un testimonio de aparente culpabilidad. Pasa aquí algo semejante al
pañuelo de Otelo y a la carta de Desdémona a Casio. El Duque se
ciega, saca su daga y la mata… Ella muere gozosa, bendiciéndole,
diciéndole que le quiere mucho, y que en la otra vida reconocerá
él su error y se unirán en indisoluble lazo, con otras cosas dulces,
tiernas y poéticas, que hacían estremecer de estético goce las entrañas del poeta. El tal Jacques dice lo que viene tan a pelo en casos
semejantes, y es: «¡¡estoy vengado!!…». Cuando le vienen a buscar
para llevarle al patíbulo, el Duque le dice que se vaya pronto; después se inclina sobre el cadáver de la tal para darle besos y decir
que la mató para que no pueda ser de otro, y añade que le harían
también un favor en quitarle a él de encima el peso de la vida y el
agonioso fardo de su itálico sueño.
Cuando Miquis volvió en sí de aquel estado, dijo con toda su
alma:
–¡Qué terceto de ópera! Me parece que lo estoy oyendo, con
música de Verdi… ¡Y se hará; tarde o temprano se hará!… Habrá
Il Magno Ossuna, como hay Il Trovattore y Simone Bocanegra295.
295
Miquis aspira a alcanzar el éxito de García Gutiérrez, cuyos dramas históricos El trovador y Simón Bocanegra sirvieron a Verdi como base para sus óperas
Il Trovatore (estrenada en 1853, con libreto de Salvatore Cammarano) y Simone
Boccanegra (estrenada en 1857, con libreto de Francesco Maria Piave en su primera
versión). Recordemos que esta última, ambientada en la Génova de mediados del
siglo XIV, contiene también la trama de varias conjuras contra el Dux Bocanegra, así como el intento de rapto de la hija de éste, entre otros lances que podrían
estar influyendo en el proyecto teatral de Miquis. Curiosamente, el prolífico Gar-
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VI. Fin
VIII
El sotabanco en que Miquis vivía (si era aquello vivir), merecía
de tal modo en verano los honores de estufa, que allí se podrían
criar plantas tropicales. Admirable sitio para observaciones meteorológicas y para estudiar lo irregular de nuestro delicioso clima,
pues las temperaturas oscilaban a principios de junio entre los
30 grados y una mínima de 8. Más tarde se observarían allí las de
40, y algo más, que nos trae julio para que tengamos una idea de
Zanzíbar y otros amenos lugares del África. Cuando el sol tomaba
por su cuenta la delgada pared de la sala, dorándola por fuera con
sus rayos, caldeándola por dentro, resecando el yeso, derritiendo la
resina del pino, la respiración se hacía difícil, aun para aquéllos que
tuvieran sus pulmones sanos. Poníase la tal salita como un horno.
Su ventana, que era puerta del Cielo, a ciertas horas parecía serlo
del Infierno. No sólo sofocaba el calor, sino el espectáculo de aquel
panorama supra-urbano estival, porque verlo era añadir la opresión
del espíritu a los sofocos del cuerpo.
Según cuenta el bueno de Aristóteles, cuando se asomaba a
la ventana, quemábale el rostro el inflamado aire. El polvo de un
cercano derribo traía la ceguera sobre la asfixia, y ofendía los ojos
aquella bóveda azul sin el regalo de una sola nube, que con la vivísima luz resultaba de un celeste clarucho y caliginoso. También parecía calor el silencio mismo de aquellas techumbres, apenas turbado
por los lejanos ruidos que de los patios subían. La renovación de
las capas atmosféricas sobre las caldeadas tejas, las unas viejas y
negruzcas, las otras pardas y terrosas, producía ese temblor del aire
que tanto molesta. Pocas chimeneas, de las infinitas que se veían,
echaban humo. Rarísimos pájaros pasaban, cual merodeadores vagabundos, en dirección del Retiro. Gatos no parecían por ninguna
parte, y sólo en tal cual rincón de sombra se distinguía uno que
otro, pensativo y amodorrado. Los ventanuchos por donde respiran
cía Gutiérrez fue autor también de la comedia Llamada y tropa, ambientada en el
mundo de las pensiones y de la vida estudiantil en Salamanca, que fue estrenada
en 1853.
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El doctor Centeno
las altas viviendas de los pobres, estaban cerrados. Esteras que ha
cían de cortinas y lonas sucias defendían de los rayos del sol los
humildes hogares. Alguna planta medio marchita se defendía en su
tiesto, atado a los hierros de un buhardillón, y abajo, en el jardín
hondo, los cuatro árboles que lo componían, como que se agachaban para estar más hondos todavía. La fuente dormía la siesta, y
apenas estertorizaba un ligero chorrillo, más bien roncando que
corriendo. Desde su observatorio, veía Felipe movibles ráfagas rojas
en el verdoso pilón de la fuente. Eran los pececillos, ciertamente
dignos de envidia, porque no necesitaban ir a baños.
–Quítate de esa ventana, Aristóteles –le decía su amo–. Me
sofoco sólo de verte.
–Es que estoy viendo el calor y mirando cómo tiembla el aire296.
¡Vaya un día!… Señor, es preciso que busquemos otra casa.
–¿Ya para qué? En cuanto me ponga bien, que será dentro de
unos días, nos iremos a la Mancha. Es preciso, Flip, ver cómo se
desempeña toda la ropa de verano. Encárgate tú de esto. Allá para
el 10 o el 15 de este mes (junio) tomo el tren para Quero, adonde
irá mi padre a esperarnos con el coche. Nada, nada, te llevo… Quisiera antes despabilar las primeras escenas de ese nuevo drama, El
condenado por confiado. ¡Vaya una obra! Es mejor, mucho mejor
que el Grande Osuna. No te digo más.
Inquieto, exaltado, abandonaba la actitud indolente que tenía
en el sillón (pues ya no pasaba el día en el lecho, por la gran molestia del calor y el decúbito), y gesticulaba, hostigado de ardiente
comezón declamatoria. Felipe tenía miedo de verle así, porque los
períodos de excitación, de optimismo y de proyectos, eran seguidos
generalmente del desmayo y de aquellos violentísimos ataques de
tos que le ponían a morir. Su demacración era ya espantosa; tenía
por cuello un haz de cuerdas revestidas de verdosa cera; los huesos salían con deforme y repulsivo aspecto; sus mejillas, cubiertas
296
Estoy viendo el calor y mirando cómo tiembla el aire: el comentario es una
nueva muestra de la capacidad natural de Felipe para la observación empírica de
fenómenos naturales, lo que sería indicio de sus buenas aptitudes para la ciencia,
desaprovechadas por un tipo de enseñanza memorística ajena a sus intereses.
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VI. Fin
de granulaciones, se teñían a veces del vinoso color de las rosas
marchitas. Pero ¡qué luz echaba de sus ojos en aquellos momentos
de fiebre y habladuría! Era aquel destello la cifra de sus proyectos
locos, y no desmentía el parentesco con su tía Isabel Godoy, pues
echaba de sus pupilas el mismo fulgor de plata y verde que tan
extraños efectos hacía en el mirar de aquella insigne señora, dada
a la cartomancia.
De buena gana le mandaría Felipe que se callara, porque sabía el daño que le causaba tanta charla; pero ¿por qué privarle de
aquel gusto, si el silencio no le había de dar la vida? Centeno le
oía con gusto, y aun le daba cuerda para que desahogase su alma
llena de tantísima idea, y atestada de riquezas morales e intelectuales.
–Porque en ese drama –decía el enfermo acentuando con brioso
gesto la palabra–, voy a presentar una idea nueva, una idea que no
se ha llevado nunca al teatro, la idea religiosa… Mira, Aristóteles,
si supiera que no había de poder escribir esa obra, créelo, del disgusto me moriría…
–Este verano –dijo Centeno–, cuando vayamos a la Mancha,
yo me dedicaré a la caza y usted a escribir su obra. Me parece que
ya estoy ¡pim!… matando conejos, y usted ¡pim!… echando escenas
y más escenas…
–Poco a poco… yo también necesito de saludable ejercicio…
Podemos cazar todo lo que queramos durante el día, y andar por
el campo. Siempre me queda libre la noche. Yo, lo mismo trabajo
de noche que de día; me es igual. De aquí llevaré hechas algunas
escenas, las de la exposición… Mañana, lo primero que has de ha
cer es traerme papel, que no tengo, y tinta, pues la que hay aquí es
como agua. No te olvides.
–No me olvidaré… La semana que entra puede ponerse a trabajar. Ya tengo ganas de ver ese drama… ¡Pero quiá! No será mejor
que el Osuna. Otro como ése…
Alejandro siguió perorando hasta muy tarde. Acometióle por fin
la tos y luego la congoja con tanta fuerza, que tuvieron que administrarle calmantes muy enérgicos para hacerle descansar. Pero con
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El doctor Centeno
tanto padecer no se abatía su ánimo; antes bien, salía de aquellas
crisis más vanaglorioso y atrevido. Generalmente hablaba más,
echando a volar por las alturas su imaginación, cuando estaba solo
con Felipe.
–Aristóteles.
–¿Qué?
–Di algo, hombre. ¿Qué haces?
–Buscando estas condenadas papeletas de los empeños, que
no sé qué vuelta han llevado. Verdad que como no tenemos dinero
para sacar tanta cosa…297
–¡Dinero…!, ya vendrá, hombre. No hay que apurarse. Mamá
me mandará otra letra. La espero todos los días… El dinero viene
siempre; a veces tarde; pero es un viajante que no se queda nunca
a mitad del camino. Cuando no se le espera es cuando más grata
es su aparición. Ahora estamos pobres; pero tenemos lo preciso…
Afanarse por dinero es tontería, y guardarlo, tontería mayor. Yo
creo que el dinero se ha hecho para esperarlo. La posesión, cópula
breve del esperarlo y el ofrecerlo, es un momento de placer fugaz,
que vale mucho menos que las delicias prolongadas de la esperanza y la generosidad…298 ¡Dinero!… Cuando lo tengo, me considero
297
La situación del joven que ha de empeñar poco a poco lo que tiene, recuerda
lo expuesto en artículos de costumbres como «Empeños y desempeños» de Mariano
José de Larra o en «El usurero» de Juan de Capua. En éste, recogido en Los espa
ñoles pintados por sí mismos, se apunta la escena de un poeta joven que va a pedir
una pequeña cantidad a un prestamista, quien le reclama un veinte por ciento de
interés (una peseta por un duro) para un préstamo de unos pocos días. Los prestamistas y usureros particulares crecieron en número y ganancias, a medida que
en la sociedad la exhibición social y el gasto suntuario iban ganando terreno al
concepto del ahorro, dialéctica que se refleja muy bien en La de Bringas. No es
extraño que el prestamista Torquemada, que tiene su primera aparición en esta novela, adquiera mayor importancia en las siguientes, en contextos en los que los personajes convierten el sobrevivir aparentando en una de las ocupaciones diarias, como
en el caso de Rosalía de Bringas. Su protagonismo total acaecerá en la serie de cuatro
novelas con su nombre, en las que el ascenso social y económico llega al máximo
al convertirse en importante banquero y comprar un título nobiliario.
298
Galdós pone en boca de Miquis una frase ingeniosa y redonda, basada en
el doble sentido de posesión: sobre el sentido erótico que también puede tener, crea
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VI. Fin
administrador de los que lo necesitan. El placer de los placeres es
dar, y varío pedestremente los versos de Quevedo, diciendo299:
Sólo a un dar yo me acomodo,
que es el dar de darlo todo.
FELIPE.–Pues en eso de dar, creo que hay sus más y sus menos, porque es cosa mala no tener que comer, mientras otros se
hartan con nuestro dinero.
ALEJANDRO.–(con iluminismo). Yo miro al tiempo y a la inmortalidad, como dijo el otro. Esos comineros que están siempre
haciendo cuentas y contando los pasos que dan, no gozan de la vida.
Son inquilinos del mundo y no dueños de él. Un solo bien positivo hay en la tierra, el amor… ¿En dónde está? Hay que buscarlo.
Decir buscarlo es lo mismo que decir existencia. Es parte principal
del destino humano, si no es el destino todo entero… Te encuentras en mitad de la vida. Por un lado te ves rodeado de convenien
cias y trabas sociales; por otro te ves solicitado del amor. ¿Qué
haces? Yo lo dejo todo y me voy tras el ideal. Es verdad que no lo
encuentro nunca completo y tal como lo sueño; pero voy en pos de
él sin cansarme nunca, para entretener con el dulce afán de poseerlo
la tristeza que resulta de no gozarlo jamás por entero y con dominio
de su total belleza. ¿Oíste lo que hablábamos anoche Arias y yo?
ARISTÓTELES.–(con malicia). Sí señor. El señorito Arias lo
decía; que usted se ha hecho mucho daño con eso de querer tan
fuerte a las señoras… Ya sabe lo que dice… todos dicen lo mismo.
A usted le da muy fuerte, y no repara…
una especie de greguería en la que define a la posesión (del dinero) como «cópula
breve…», lo que luego se expande y redondea con «placer fugaz», «delicias prolongadas». El estilo del joven moribundo se sutiliza, se hace retórico tanto en su
sintaxis como en las frases epigramáticas que encadena, a modo de testamento de
sabiduría vital que transmite a Felipe. El novelista cuida mucho las situaciones de
agonía y muerte en sus novelas, que se convierten en pasajes inolvidables: así, la
muerte de Fortunata o la del sacerdote en Ángel Guerra.
299
Los versos de Quevedo cuya paráfrasis reconoce Miquis son éstos: «Solamente un dar me agrada/ que es el dar en no dar nada», y forman el estribillo de
la letrilla satírica que comienza «Si la prosa que gasté…».
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El doctor Centeno
ALEJANDRO.–Tonterías, hijo, tonterías. Si he de confesarte la
verdad, tiene el alma necesidades tan imperiosas como las tiene el
cuerpo. Negarle la satisfacción de ellas es algo semejante al suicidio, es como el no comer… Y que no me venga Arias con músicas,
tratando de persuadirme de que no debo querer a persona indigna
de mí por estos o los otros defectos. (Con creciente exaltación.) No;
los defectos no existen en la Naturaleza; son hechura convencional
de las costumbres y errores de estos instrumentos de óptica que
llamamos ojos. El que ve las cosas como aparecen, tiene más de
cristal azogado que de hombre, y es el propagandista natural de
todo lo ruin, pedestre y brutal que hay en las sombras de la vida…
Yo me enamoro de lo que yo veo, no de lo que ven los demás; yo
purifico con mi entendimiento lo que aparece tachado de impureza.
Cada cual arroja las proyecciones de su espíritu sobre el mundo
exterior. (Disparatando.) Hay quien empequeñece lo que mira,
yo lo agrando; hay quien ensucia lo que toca, yo lo limpio. Otros
buscan siempre la imperfección, yo lo perfecto y lo acabado; para
otros todo es malo, para mí todo es bueno, y mis esfuerzos tienden
a pulir, engalanar y purificar lo que se aleja un tanto del excelso
y bien compuesto organismo de las ideas. Yo voy siempre tras de
lo absoluto. Los seres, las acciones las formas todas, las cojo y las
llevo a la fuerza hacia aquella meta gloriosa donde está la idea, y
las acomodo al canon de la misma idea… Acostúmbrate a hacer
esto, y serás feliz. Si no, serás siempre un vulgarote, un practicón,
un espejo con sentidos, un hombre pasivo, y te llevará de aquí para
allí el impulso de las ideas y de las pasiones de los demás… ¡Oh!,
Dios… ¡qué tos!… ¡me ahogo!
A su locuacidad, que era como un síntoma morboso, sucedió
el padecimiento propio de su grave mal. Pasó la noche en malísimo
estado, y Felipe creyó que se moría. Al día siguiente, Alejandro no
hacía más que preguntar a cada instante:
–¿No ha venido?
Ya sabía Centeno por quién preguntaba, aunque a nadie nombrara, y por consolarle, le decía:
–De esta tarde no pasa. Verá usted cómo viene.
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VI. Fin
El perseguidor de lo ideal estaba tristísimo con aquel desvío,
pues cuatro días pasaron sin que la Tal dejase ver su lindo rostro.
Aventuróse Felipe a preguntar a Cirila, la cual, con mucho misterio,
le manifestó su parecer de este modo:
–No me la nombres, Arestótilis… Ahora no vendrá en muchos
días. Está en grande… Aquí donde me ves, ni yo misma sé dónde
para. ¿Está con el Duque o con ese condenado?… No lo sé, hijo…
Averígualo tú, si puedes.
–¿Yo? que carguen los demonios con ella.
Aquella misma noche, al volver de la calle, dijo el filósofo
griego a la sin par Cirila:
–La he visto, señá Cirila. Iba más guapa… ¡Qué mujer! Le
digo a usted que me quedé como un poste. Llevaba un traje todo
de seda muy hueco, y un sombrero con muchas plumas. La gente
se paraba a mirarla. ¿Lo creerá usted?
–¿Pues no lo he de creer?… Anda, anda. Si cuando se pone de
gala, hay que alquilar balcones… Y no creas… es de buena pasta;
sólo que tiene la cabeza del revés. ¡Si vieras cómo llora cuando
habla de tu amo y de lo que tu amo ha hecho por ella! Parte el
corazón. Si pudiera ser formal, lo sería, ¿pues qué duda tiene? Sólo
que uno la quiere llevar por aquí, otro por allá, y ella no sabe qué
hacer… Cuantos la ven, hijo, se enamoran de ella…
–Es una diosa –dijo con éxtasis Felipe, acordándose de un verso
de El Grande Osuna.
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PORTADA
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VII
Fin del fin
I
Algunos de los amigos de Miquis se habían examinado hacia
el 10 de junio, y le acompañaban y asistían con paciencia. Otros
iban poco por allí. Cuando supo que los días de Alejandro estaban
contados, acudió Ruiz quejándose de que no se le hubiera avisado
antes, y haciendo oficiosos extremos de pena. Entre él y Poleró,
después de oído el lúgubre dictamen de Moreno Rubio, acordaron
escribir a la familia y avisar al único pariente que en Madrid tenía
el manchego, la tiíta Isabel. Desempeñaron esta comisión Arias y
Poleró, yendo a la casa de la calle del Almendro, llenos de curiosidad, porque habían oído contar a Miquis las rarezas de su tía. Ésta
les recibió con urbanidad; pero súbitamente cambió de tono y de
modales, y rompiendo en denuestos contra la juventud del día, les
llamó gandules y les dijo que se pusieran en la calle. Acentuando
ellos su cortesía, volvieron a hablar del triste asunto que les llevara
allí, pero la señora les interrumpió de este modo:
–No es Miquis, es Herrera; no es mi sobrino, es mi nieto. ¿Y a
ustedes quién les mete en esto? ¿Vienen de parte de algún Micifuf
a extraviar mi buena razón y a trastornarme el clarísimo juicio de
que, a Dios gracias, gozo?
Poco le faltó a Poleró para soltar la carcajada; pero él y Arias
se contuvieron.
–Bien, bien –manifestó la señora, señalándoles la puerta–. Yo
me enteraré de la verdad. Sin salir de mi casa, puedo yo saber el
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El doctor Centeno
estado de aquel ángel… porque yo lo sé todo; yo nací en Jueves
Santo. Y si quieren una prueba de ello, diréles todo lo que ha hecho
Alejandro en el tiempo en que no le he visto con estos ojos.
Los dos amigos, que ya salían, retrocedieron.
–A mí nada se me oculta; para mí nada hay secreto, ni aun lo
que se esconde en las entrañas de la tierra. Ustedes, que son compañeros de Alejandro y le han ayudado a gastar mi dinero, verán si
me equivoco… ¡Ah!, el muy pícaro no ha cumplido su palabra; no
supo o no quiso emplear aquel dinero en instruirse y afinarse; gastólo
en francachelas con damas y galanes de la embajada de Austria…
Se entregó a los desvaríos y excesos de la pasión amorosa… Una
bella princesa le arrastró a las mayores locuras, llevándole a vivir
consigo y gastándole bonitamente los millones que le di. Hoy él y
la bella princesa viven en arruinado palacio, pasando mil molestias
y privaciones… ¿Es o no cierto? Desmiéntanme si se atreven.
Los ojos de la tiíta despedían fulgores de fósforo. Arias la miraba con lástima y cierto terror supersticioso. Ambos se esmeraron
en ser corteses, manifestándose pasmados de la adivinación de la
señora y de lo bien que sabía todo cuanto en el mundo pasaba. Era,
por lo mismo, conveniente que la dama zahorí visitase a su sobrino,
que estaba en peligro de muerte, y ellos se brindaron a acompañarla
al arruinado palacio. A lo que contestó doña Isabel que ella sabía
ir sola, y que no necesitaba de tal compañía… Después, mirando
al suelo, empezó a lamentarse de la suciedad que ambos jóvenes
habían traído en sus botas.
–Buena, buena me han puesto la estera con el barro de las
calles… Váyanse de una vez, que vamos a empezar la limpieza…
¡A la calle, a la calle!…
Lo que ellos rieron en todo el camino desde aquel barrio a
la calle de Cervantes, no es para contado. Nunca habían visto tipo
que al de doña Isabel se asemejara. Debía ser puesta dentro de un
fanal en cualquier museo para que todo el mundo fuera a verla y
admirarla. Dijéronle a Miquis:
–Chico, si quieres hacer negocio, no tienes más que enseñar a
tu tía a tanto la entrada.
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VII. Fin del fin
Él se reía, no sin esfuerzo, porque ya la risa, como esos servidores que toman siempre la delantera, se había anticipado a su señor,
la vida. Los preparativos del viaje de ésta seguían con actividad.
Sensaciones había ya inactivas y partes desalojadas. Por momentos
parecía que el señor, con todo su séquito de funciones, se echaba
fuera atropellada y furiosamente. Por las ventanas de los ojos, las
fuerzas vitales parecían medir el salto que habían de dar para emprender la fuga. En algunos aposentos, como el cerebro, tumulto y
bulla; en otros marasmo, silencio… El pulso a veces se dormía, a veces saltaba alborotado tropezando en sí mismo. La sangre, ardiente
y espesa, corría por sus angostos cauces buscando salida y deseosa
de inundar regiones, que por el fuero fisiológico le están vedadas.
Su ardor, aumentado por la carrera, difundía la alarma por aquí y
acullá. Era mal recibida en todas partes, porque no traía nada nutritivo, sino descomposición. Los órganos, desmayados, no querían
funcionar más. Unos decían: «¡que me rompo!». Otros: «¡bastante
hemos trabajado!». Pero la anarquía, el desbarajuste principal estaban en la parte de los nervios, que no reconocían ya ley ninguna,
ni se dejaban gobernar de ningún centro, ni hacían caso de nada.
Cual desmoralizado ejército, que al saber el abandono de la plaza,
se niega a combatir y se entrega a la crápula y al desorden, aquellos
condenados discurrían ebrios, haciendo como un carnaval de sensaciones. Ya fingían el dolor de cabeza, ya remedaban el traqueteo
epiléptico, ya jugaban al histerismo, a la litiasis, a la difteria, a la
artritis. Para que su escarnio fuera mayor, hacían hipocresías de
salud, difundiendo por toda la casa un bienestar engañoso300. Todo
era allí jácara, diversión, horrible huelga. Si entraba algún alimento,
300
En sintonía con modos expresivos de nuestra literatura del siglo XVII, este
poético párrafo dedicado a la agonía de Miquis desarrolla la visión alegórica de
la vida como poderoso señor que se dispone a abandonar su casa. Las imágenes
espaciales o localizadoras (la persona como casa, castillo, etc.), fueron muy queridas en el Siglo de Oro para expresar de manera visual las abstracciones de la vida
espiritual. En el texto galdosiano, el mundo físico de los sentidos colabora, mediante
la expresión figurada humanizadora, al efecto del caos reinante en la casa.
Más adelante, la expresión «la patria estaba sumamente oprimida» nos remitirá
irónicamente al famoso soneto de Quevedo que, por la ambigüedad de la imagen
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El doctor Centeno
lo recibían a golpes, con alboroto de dolores y escándalo de náuseas. Siempre que la sangre traía alguna sustancia medicamentosa,
si era tónica, la arrojaban con desprecio, si era calmante, la cogían
los nervios y hacían burla y chacota de ella. Todos se confabulaban
contra el sueño, que quería entrar; pero apenas se presentara, tales
golpes recibía, y tales picotazos y pellizcos le daban, que el pobre
salía más que de prisa… En el cerebro las funciones más nobles,
desoyendo aquel tumulto soez de la sangre y los nervios, se despedían del aposento en una larga y solemne sesión. Quién hacía discursos, quién explanaba proyectos luminosos y grandes. La forma
artística se ataviaba de galas vistosísimas, la crítica pedanteaba, y
hablando todos de su glorioso más allá, parecían, no en vías de
concluir, sino de empezar. La comunicación de esta importante bóveda, llena de armonías y de celestiales ecos, con la oficina laríngea era perfecta, porque el señor había querido que hasta el último
instante estuviese expedita, y corrientes los nunca gastados hilos
de la palabra…
–Hola, chico… ¿qué tal? Venga un abrazo.
–Ruiz… ¡cuánto me alegro de verte!
–¿Y qué tal estás hoy?
–Pues así, así. No me encuentro muy mal. La noche fue horri
ble. Pero hoy parece que esta gran irritación va cesando. Si sigo así,
la semana que viene me podré marchar.
–Pero hace aquí un calor horroroso. Esto es un horno. No sé
cómo no te ahogas.
El astrónomo, hombre indolentísimo, de temperamento desmedrado, ensayó diversas posturas para sentarse. Era problema más
difícil de lo que parecía, y al fin se acomodó en una silla echada
hacia atrás, con el brazo derecho montado en el respaldo de otra,
la pierna izquierda sobre la mesa, formando una tan recortada y
angulosa caricatura301, que bien se le podría retratar si se estuviera
espacial sobre la que se crea, ha suscitado interpretaciones muy variadas. Nos refe
rimos a «Miré los muros de la patria mía…».
301
El movimiento corporal que adopta Ruiz, inverosímil por retorcido, convierte
su aspecto en una caricatura en movimiento, semejante a lo que hoy veríamos en
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ÍNDICE
VII. Fin del fin
quieto y no variase a cada instante, buscando una comodidad que
no lograba nunca.
Poco después se puso en mangas de camisa. Se le conocía que
se acababa de cortar el pelo, porque tenía el pescuezo y las orejas
llenas de trocitos de cabello, y en la cabeza un olor de peluquería
barata que daba el quién vive.
–No hemos tenido tiempo de hablar de tu comedia –le dijo
Alejandro–. El otro día no hiciste más que entrar y salir… Es magnífica. Me la leí de un tirón. ¡Qué escenas tan bonitas! Tienes gran
talento para ese género, y debes emprender otra obra para el año
que viene.
Con este lisonjero juicio, flor natural de la frondosísima indulgencia de Alejandro, demostraba éste, más que un criterio recto,
el apasionado entusiasmo que sentía por los méritos de sus amigos.
Incapaz de envidia, su boca se deleitaba en las alabanzas. Todo lo
que hacían sus amigos era sublime, y a Ruiz le tenía por uno de los
mayores talentos. La comedia era sosa, y a él le pareció salada; era
roma, y le pareció aguda. Pertenecía al género moral papaveráceo302,
y sus efectos serían admirables si al teatro se fuera a dormir. Era
un alegato en favor del matrimonio, y Ruiz hacía ver allí lo desgraciados que son los solteros y las felicidades sin fin que cosechan
en la vida los que se casan. Para esto los personajes, cuidándose
bien de no hacer nada, hablaban, quién en favor del matrimonio,
quién en contra. Al final quedaba la virtud triunfante y el vicio rudamente castigado. El éxito fue regular, y los amigos llamaron al
autor a la escena al final de cada acto. Los periódicos dijeron que
aquel Ruiz, astrónomo, era un genio, un tal y un cual… Pero a los
dibujos animados. Ha llamado la atención de varios críticos esta tendencia al retrato
caricaturesco, asociada tal vez a las prácticas pictóricas iniciales de un joven Galdós,
en línea con la caricatura gráfica (Baquero Goyanes, 1960).
302
Género moral papaveráceo: la adormidera pertenece al género botánico
de las papaveráceas. El jocoso eufemismo recuerda la terminología de imitación
científica propia de muchos artículos de costumbres que clasificaban con términos
botánicos, zoológicos, etc., a los tipos retratados, y que a veces se convierten en
apellidos simbólicos, como el Cucúrbitas de Miau o los Pez omnipresentes en la
narrativa de Galdós, a partir de La desheredada.
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El doctor Centeno
ocho días la obra desapareció de los carteles, y cayó en la sima
del olvido303.
Ruiz no se hacía ilusiones… El teatro ofrecía poco estímulo.
¿Qué le habían dado por derechos de representación? Una miseria. Si él hubiera nacido en otro país, quizás se dedicaría al teatro;
pero ¡aquí…! En Francia habría ganado diez o doce mil duros con
una sola obra. En España todo es pobretería. Y de que su obra había gustado al público ninguna duda podía tener. ¡Lástima grande
que se hubiera representado al fin de temporada! Toda la prensa
había puesto en el mismo cuerno de la luna la excelente versifica
ción, y copiado algunas redondillas de las más resonantes. Pero lo
que el autor estimaba más en su obra, era el pensamiento. ¡Qué cosa
tan moral y edificante!…
A pesar de su éxito, Ruiz no escribiría más para el teatro. Éste
empezaba a fastidiarle, como le habían fastidiado antes la astronomía y la música… Y siendo su pensamiento refractario a la holganza,
de las cenizas de su amor al teatro nació, polluelo de ave Fénix,
un amor nuevo, una afición vehemente a otro linaje de estudios,
a la filosofía… Sin ir más lejos, ya tenía escrito un estudio sobre
Hegel, y había empezado a estudiar varios sistemas desconocidos
en España, a saber: los de Spencer, Hartmann. Aquí no salían del
Krausismo, que en pocas partes tiene adeptos, como no sea en Bélgica304. Se comprende que él estudiaba todo esto para combatirlo,
porque le daba el naipe por Santo Tomás. Aquí no había filósofos.
303
El tipo de comedia que se atribuye a Ruiz parece ser una de las muchas
imitaciones que tuvo la comedia moralizadora de Luis Martínez Eguílaz La cruz
del matrimonio, que alcanzó gran éxito en 1860.
304
La formación del dilettante personaje es errática, y le es igual estudiar la
corriente idealista que Hegel representó hasta su muerte en 1831, como la de dos
autores modernos tan opuestos como el británico Herbert Spencer –positivista,
difusor de la filosofía evolucionista– o el idealista alemán Eduard Hartmann. Un
pequeño lapsus de Galdós es la mención a este último filósofo que publicó por vez
primera en 1869, y cuya obra La religión del porvenir se dio traducida por Palacio
Valdés en la Revista Europea en unas fechas posteriores en trece años al contexto
de El doctor Centeno (de enero a marzo de 1877). Por otra parte, no parece estar
muy informado Ruiz de que el país eje del krausismo es Alemania y no Bélgica,
aunque lógicamente hubo seguidores en toda Europa.
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VII. Fin del fin
Él acometía con tanto afán la empresa de probarlo, que el curso
próximo había de hablar en el Ateneo305. No, ninguna ocupación
de la mente era más bonita que aquélla. Recomendaba a su amigo
Miquis que tan pronto como se pusiera bueno, se diese un buen
atracón de filósofos y se dejara de dramas… Tanto, tanto habló
sobre esto, acompañando su perorata de extravagantes cambios de
postura, que al fin Cienfuegos creyó prudente poner un dique al
raudal de su filosófica oratoria, y le dijo:
–Vete callando ya. Mira que éste se marea. No te lo dice porque él es así. Antes se dejará desollar que ofender a un amigo…
Con tu filosofía y el calor que hace aquí, este cuarto parece, no el
Infierno, sino el manicomio del Infierno, el lugar donde ponen a
los condenados que se vuelven locos.
II
Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía
el avanzar frío de sus primeras oscuridades, como angustiosa niebla
que caía sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio,
con sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma antipático que no escondía en toda la noche su amarilla faz… ¡Si fuera
posible ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía aletargarse un tanto, cuando una modorra de tres minutos atenuaba el sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta o la
otra parte, y decía: «mírame».
Poleró y Ruiz se quedaron aquella noche velando a Miquis;
no así Cienfuegos que tenía que acompañar a un tío suyo, recién
305
Son altas las pretensiones del personaje. El Ateneo Científico y Literario
(que según afirma Mesonero en su Manual de Madrid: 300-302, se fundó en 1833)
fue lugar de debate de los más destacados intelectuales, acerca de las novedades
filosóficas, científicas y estéticas que se iban produciendo en cada época: discusiones
sobre religión y ciencia a los que nos referimos en nuestro Estudio preliminar; sobre
idealismo y positivismo; sobre el naturalismo, cuestión palpitante en la década de
los ochenta, etcétera.
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El doctor Centeno
venido del pueblo. Estaba comprometidísimo por falta de dinero, y
se veía en las de Caín para obsequiar al egregio pariente. Aquella
tarde se rieron todos oyéndole contar los apuros que pasó en el café,
y las mentiras que había endilgado al buen señor para hacerle ver
los grandes peligros que resultaban de ir a un teatro. Pudo convencerle de que lo más higiénico y elegante era pasear por el Prado
hasta media noche, regalándose con un buen vaso de agua de Cibeles. En un puesto de agua habían encontrado a don Florencio Mo
rales, y Cienfuegos se apresuró a presentarlo a su tío, que simpatizó
mucho con él, por ser ambos progresistas templados, hidrófagos y
españoles rancios.
Moreno Rubio, al retirarse ya de noche, hizo muy malos augu
rios. No prescribía más que calmantes, en dosis heroicas, para hacer
descansar al enfermo. Encargó a Poleró la regularidad y puntualidad de las tomas, manifestándole, que… si como amigo del enfermo,
quería proponer a éste que cumpliera con su conciencia y con la
Religión, lo hiciese cuanto antes, porque pronto sería tarde. Cuando
se fue Moreno, Poleró consultó con Ruiz el delicado punto, y no
pudieron ponerse de acuerdo, porque mientras Poleró se negaba
resueltamente a hablar al enfermo de semejante cosa, el otro, exponiéndole razones de fe y decoro, decía: «Pues no habrá más remedio
que indicárselo. Creo que estamos en el deber…».
Felipe no se daba punto de reposo, y tres o cuatro veces tuvo
que bajar a la botica. Arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía
sin cesar ésta o la otra cosa, buscando en la variedad distracción;
ensayando contra la violentísima tos extraños remedios e increíbles posturas. Cirila ayudaba poco. Felipe tenía que ir a cada instante a la cocina en busca de agua tibia o fría, de un limón, leche,
azúcar, té… Cuando no encontraba a mano alguna cosa, iba a pedirla a cualquier vecino. Al entrar en casa de Ido, halló a éste sen
tado en mitad de su humilde salita, junto a una mesilla con luz.
Rodeábanle su familia y dos vecinas que solían ir allí de tertulia.
Parecía que el buen Cerato Simple estaba enternecido y que de sus
ojos manaba mayor caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su mano, y desde que vio a Centeno, corrió
a abrazarle:
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VII. Fin del fin
–Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho –le dijo–;
tenía tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude
vencer la tentación esta mañana… Lo vi sobre la mesa, y cogí un
acto para leerlo aquí, en familia… Francamente, naturalmente, yo
no creía que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados…
¡Qué versos!, ¡qué pensamientos! A mí se me saltan las lágrimas y
se me corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra
obra como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate…306
Si esto se representa, acuérdate de lo que te digo, se vendrá el
teatro abajo.
Agradecido a este lenguaje, Felipe no podía detenerse en hacer
comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo, que a su
amo se le había antojado comer.
–¡Ay, hijo! –exclamó doña Nicanora afligidísima–. ¡Cuánto
siento no podértelo dar!
Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo
de la tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se
levantó prontamente, diciendo:
–Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese
caballerito que ha escrito esas cosas tan buenas… Hemos llorado
a moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es
el más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al
pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo.
Bien, bien, requetebién… Pasa a mi casa, y te daré los huevos.
–Si el señor don José me quisiera dejar el drama –dijo otra de
las presentes cuando Felipe salía–, para que lo lea mi marido… Él
lo entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo que es
cosa de teatro lo sabe al dedillo.
Pasó muy mal la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no
flojo. Su mamá le había anunciado el envío de una cierta cantidad,
306
El tiempo de Gil y Zárate: la referencia nos conduce a las fechas de las obras
históricas con las que el famoso pedagogo y escritor cosechó gran éxito: Guzmán
el Bueno, en 1842, o el controvertido drama anticlerical Carlos II El Hechizado,
que alcanzó gran fama en 1857. El autor fue además uno de los responsables del
Observatorio astronómico, hasta su muerte en 1861.
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El doctor Centeno
a escondidas de su padre. No venía en letra sino en oro, y la traía
el ordinario de Quintanar. Durante dos días fue Centeno tres o
cuatro veces a la Cava Baja, en busca del precioso encargo; mas el
ordinario no parecía. Las diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre de malas trazas que entregó a Alejandro
el lacrado paquetito. Venía como rocío del cielo, porque la patria
estaba sumamente oprimida, y otra vez, para que no se desmintiera
el destino del gran manchego, carecía hasta de lo más necesario.
Rompiendo impaciente la envoltura del regalo, dijo a Poleró:
–Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?
–Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.
–No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y a ti, Federico,
¿te debo algo?
–¿A mí?, nada, hijo.
Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz, que cuando se le
pedía algo, respondía invariablemente: «Chico, estoy a cero. Acabo
de pagar una cuenta que me ha baldado».
Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó a
Felipe:
–Aristóteles… me vas a hacer un favor… En toda la noche he
podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos habrá pasado, con su forastero a quien no puede obsequiar
ni con un triste vaso de agua clara!… Ve corriendo a llevarle tres
duros… Tómalos del cajón.
Cuando Felipe salió a la calle para desempeñar este caritativo encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho
mejor empleado estaría aquel dinero en unas botas, de que tenía
muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Éste era
sanguijuela insaciable, y mientras más le daban más pedía, sin hartarse nunca. ¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que no le convidara. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él,
Aristóteles, que tanto trabajaba, salía a la calle casi descalzo?
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VII. Fin del fin
Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió a
una zapatería.
Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había hecho
el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con él
tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:
–¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos307.
–¡Ah!, ¡pillo!… –replicó Alejandro, riendo también–. Bien es
verdad que tenías falta, y no se me ocurrió… Pero a Dios gracias,
hay para todo… Coge otros tres duros y ve a socorrer al pobre
Cienfuegos.
III
Aquel día no tuvo el enfermo un instante de sosiego. Tan
pronto le acometía el prurito de verbosidad, tan pronto el desmayo.
Si dolorosa era la crisis, no lo era menos la sedación de ella. Por
la tarde, Moreno anunció que la noche sería funesta. Grandísimo,
cortante y brusco fue el dolor de Felipe, cuando Poleró y Arias, que
estaban en la cocina, le dijeron, cerca ya del anochecer:
–¿A ver, Doctor, qué vas a hacer ahora? Porque esta noche,
hijo, nos quedamos sin Alejandro.
La garganta se le apretó y no pudo dar contestación. Ni llorar tampoco podía, porque, a su juicio, la obligación de trabajar y
atender a todo en aquellas tremendas horas, le cerraba la salida de
las lágrimas.
La casa tenía dos aposentos grandes, la sala en que estaba
Miquis, y la cocina, donde se reunían los amigos cuando no acompañaban al enfermo. En esta sala, ornamentada de fogón y fregadero, con espejos de hollín y tapicerías de mugre, se recibía a los
307
Los duros. En ellos andamos: se trata de un juego verbal sorprendentemente
atribuido a Felipe, quien, estrenando sus primeras botas en las que se ha gastado
tres duros, rehace la locución «en ello andamos» y la adapta al contexto literal.
Traté este ejemplo, entre otros, en Isabel Román, 1989.
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El doctor Centeno
visitantes, y se hablaba del paciente, de su probable muerte y de
todo lo que es propio en tales circunstancias. Había dos habitaciones
pequeñas y oscuras, en una de las cuales sólo entraba Cirila, y la
otra estaba llena de baúles y trastos.
Ruiz fue de los más asiduos en acompañar y atender al manchego. Estuvo todo aquel día, y después de una breve ausencia para
comer, volvió decidido a quedarse toda la noche.
–Me parece que hago falta –decía con petulancia–, porque
esta casa es un mare magnum. Aquí no hay quién tenga iniciativa.
Los momentos son preciosos, y alguien ha de representar a la familia. Nuestro amigo Poleró y usted, Arias, no se atreven a nada, y
es urgente tomar ciertas determinaciones. La cosa es grave, y por
mi parte no quiero responsabilidades. Se diría mañana que por
nuestra culpa no murió este buen amigo como católico cristiano; y
si ustedes insisten en que no se le hable sobre el particular, yo me
lavo las manos, yo me retiro…
Aquel hombre indolente se crecía y era otro desde que le atacaba la oficiosidad, y la oficiosidad aparecía infalible con las ocasiones de hacer un papel de hombre serio y atareado. Así, era de
ver cómo su pereza se trocaba en actividad, como entraba y salía,
dando proporciones gigantescas a su trabajo, buscando dificultades,
haciéndose el hombre necesario, el hombre de acción y de recursos.
A cada momento se le veía entrar en la cocina, y encarándose con
Poleró o con Arias, les espetaba una proposición como ésta:
–A ver qué se determina. Yo me admiro de verles a ustedes tan
tranquilos… señores. En estas circunstancias se conocen los amigos. ¡Hay tanto a que atender…! Sin ir más lejos: creo que será pre
ciso hacer suscripción para el entierro. A ver, ¿qué se decide, qué
se resuelve? Están ustedes ahí con las manos cruzadas…
Y en otra ocasión, vino con este mensaje:
–Lo primero que hay que hacer aquí es restablecer el imperio
de la moralidad. ¿Qué casa es esta? Nuestro pobre amigo no supo
dónde se metía. Es necesario que alguien represente a la familia;
yo la representaré si ustedes no quieren o no saben hacerlo. Por
de pronto, estoy decidido a impedir que entre aquí esa mujer, esa
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VII. Fin del fin
cuyo nombre no sé, ni quiero saberlo… Porque sería un escándalo,
una profanación, ¡un sacrilegio…! Como se atreva a venir, yo seré
quien salga a la defensa de los principios morales, sí, señores, yo
seré quien la ponga en la puerta de la calle.
Arias disimulaba el enojo que las ínfulas de este señor y sus
oficiosas pretensiones de mando le causaban. Poleró decía:
–No hay que precipitarse. Calma, amigo Ruiz. Le vamos a
poner a usted Don Urgente, si sigue atosigándonos de ese modo…
Quizás Alejandro salga de esta noche. Ahora parece que está mejor.
–Sí, buena mejoría tiene… Eso es, esténse ustedes con esa
calma. ¿Y qué se hace en la cuestión de Sacramentos?… Señores,
yo tengo creencias y no puedo consentir que un amigo se muera
como los animales. Y también Alejandro tiene creencias. Es poeta,
y basta. No quiero que la familia me pida cuentas mañana… Con
que decidamos ahora mismo quién le dice al infeliz el estado en
que se halla y la urgencia de atender a su alma.
–Yo no se lo digo.
–Ni yo…
–Pues yo se lo diré –afirmó Ruiz con énfasis–. No son ustedes
hombres para casos de seriedad. Siempre con bromitas… No, señores, hay que hacer frente a las circunstancias, y saber colocarse a
la altura de las circunstancias y acometer las circunstancias… Voy
a hablar con Miquis.
Éste permanecía en el sillón. Don José Ido le daba aire con un
grande abanico, y Felipe, sentado cerca, le miraba y hacía por distraerle. Las facultades mentales de Alejandro subsistían perfectamente claras, y aun, si se quiere, sutilizadas, recibiendo su fuerza
final del recogimiento de toda la vida en el cerebro.
–¿Qué tal te encuentras? –le dijo Federico acariciándole la
barba.
–Ahora, bien –replicó el tobosino, con cierta facilidad de respiración y dicción, que antes no había tenido–. ¿Qué hora es?
–Las ocho.
–¡Qué días tan largos! Encended luz. Ya es de noche. ¡Qué
oscuro está el cuarto! Felipe, abre toda la ventana. Mira, Ruiz, ya
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El doctor Centeno
empiezan a verse tus estrellas. El cielo católico enciende las luces
de su santoral nocturno. Lámparas infinitas alumbran a la piedad y
a la ciencia. ¿Qué santos son aquéllos, según tu sistema?
–Por allí veo el Escorpión. Aquella hermosa estrella es la
llamada Antarés, que para mí es Santo Domingo de Guzmán. La
constelación que preside a este mes es el Toro, San Marcos, porque
el sol entra ahora en sus dominios, y en ellos está Aldebarán, San
Juan Bautista, que se celebra el 24 de este mes.
–¿Y estamos a…?
–A 18… Te encuentro muy bien esta noche.
–Sí –dijo el paciente con animación–. Respiro muy bien. Se me
figura que de esta vez, la mejoría va de veras. Ya es tiempo. Hay
conciencia física, como decía aquel bendito don Jesús Delgado, y la
mía me está dando avisos de salud… Esta noche me dijo Moreno
que ya la semana que entra me podré marchar. El ordinario me ha
dicho que está hermosísimo el campo en la Mancha, por lo mucho
que ha llovido… ¡Qué ganas tengo de verlo!…
–Estás mejor; pero por lo mismo que estás mejor, ¿me entiendes? debes ocuparte, debes pensar… No quiere esto decir que
haya peligro… Los hombres deben hallarse siempre dispuestos para
todo lo que pueda venir. Tú eres persona seria y de creencias; así
es que…
Poleró, que desde la puerta oía esto, adelantóse prontamente,
diciendo:
–Ruiz, que le llaman a usted…
Don Urgente salió.
–Este pobre Ruiz –observó Miquis con penetración admirable–, porque me ve un poco malo me quiere poner en paz con Dios…
Ya se ve… ¡él es tan religioso!… Respeto sus ideas y sus temores,
nacidos de una conciencia recta y noble. En ello prueba lo mucho
que me quiere… ¡Y qué talento tiene! ¿No es verdad, Arias? ¿Viste
su comedia? Es preciosísima. Lástima que no se dedique al teatro.
Ahora le da por la filosofía de Santo Tomás… Querido don José,
estará usted cansado. Dé usted el abanico a Felipe. La verdad es
que cada vez parece que hay menos aire, y más calor.
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ÍNDICE
VII. Fin del fin
En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, a la
que también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar,
poniéndose de parte del catalán.
–No te metas en eso –le dijo el aprendiz de médico–. El pobrecito está tranquilo y lleno de ilusiones. Si él se ha de ir al Limbo,
allá con los Santos Inocentes…
–Se me está usted pareciendo a Montes, que todo lo ve bajo
un prisma –decía Poleró.
–Ante esa singular manera de juzgar las cosas de la conciencia –manifestó el astrónomo con cierta pompa–, yo me lavo las
manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad es de us
tedes, no mía.
Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió a meterse en la cocina y se puso a leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que
había tomado de la mesa de Alejandro. A ratos iba por allí don José
Ido, a ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía
del moribundo.
–¿Qué tal está ahora, amigo Arias?
–Lo mismo… Se ha desvanecido un momento, y parece que
duerme.
–Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios
lo que se podrá ofrecer.
–¿Qué lee usted?
–Un acto de El Grande Osuna. Ya lo conocía; pero veo que le
ha hecho modificaciones.
–Yo voy a ver si descabezo un sueño –murmuró Arias, tendién
dose en un catre de tijera que Cirila había puesto en aquel estrambótico departamento. ¡Hace un calor…!
–Indudablemente este pobre Miquis valía –declaró Ruiz dejando la lectura con aires de indulgencia crítica–. No lo digo por
este drama, que, a la verdad, me gusta poco. Es un ensayo infantil,
una inocentada. Esto no pasa; esto no tiene atadero. Figúrese usted
que la verdad histórica anda aquí a la greña con el plan dramático.
El pobre Alejandro se quitó de cuentos, y haciendo de su capa un
sayo, permitíase levantar testimonios a la verdad. Sin ir más lejos,
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PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
el pensamiento ambicioso que se atribuye al Duque de Osuna de
levantarse con el reino de Italia, no es hecho histórico probado. Se
cree que fue más bien conjeturas y recelos del Gobierno de Madrid, envidiosa trama del Duque de Uceda para hundir al Virrey.
En cambio, de lo que es un hecho positivo, la terrible conjuración
contra Venecia, urdida por el Marqués de Bedmar, con ayuda de
Osuna y de don Pedro de Toledo, gobernador de Milán, no saca
ningún partido Miquis. Verdad que la cosa no es dramática, y que
los misteriosos proyectos de Osuna lo son. Pero, lo repito, no hay
pruebas, y el drama histórico no debe ser una calumnia en verso.
Además, hay otra cosa. ¿De dónde saca este niño que Osuna quisiera unificar la Italia y hacer un grande reino, como el que después ha soñado Cavour, contra los fueros de las dinastías reinantes
y de la Iglesia? Osuna, si alguna idea tuvo de ser Rey, fue contando sólo con la soberanía de Nápoles y Sicilia. Pero este pobre
soñador le supone propósitos de derrocar a Venecia y hacerla suya,
de someter a Florencia, de barrer los estados pequeños, y por último (y esto es ridículo), de quitar al Papa su Reino. ¿Qué le parece a usted? El Duque, para este niño, es un precursor de Víctor
Manuel y un émulo de Garibaldi308. Resulta de todo un dramón
progresista y populachero que no hay quién lo aguante. Y si esto se
representara, que no se representará, el público tiraría las butacas
al escenario… La versificación tiene algunos trozos bonitos, pero
hay hinchazón, culteranismo. El plan y desarrollo son abominables,
308
El drama de Miquis mezcla el pasado idealizado con la historia real de
1863, tanto en lo referido a su vida privada, como a la historia de la Italia contemporánea. De todas formas, muchos dramas históricos de ideología progresista del
Romanticismo ya superponían una lectura contemporánea a los hechos históricos
ficcionalizados, tal como ocurrió con algunas tragedias del siglo XVIII, y en muchas
óperas. No olvidemos que Verdi llenó de alusiones contemporáneas sus óperas de
base histórica, en las que defiende la libertad sobre todo tipo de opresiones, como
hizo con su versión del Don Carlos de Schiller. Como ha explicado E. Caldera
(2001: 107), a partir del 1837 los dramas románticos asumieron un compromiso
político, e imprimieron «en los acontecimientos pasados el sello de las preocupaciones presentes». Y siempre es posible, además, que se produzca un fenómeno de
recepción por el que un público de una época crea leer entre líneas, como mensaje
contemporáneo, lo expuesto en una obra histórica.
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VII. Fin del fin
no creo que haya un adefesio mayor. Sin ir más lejos, fíjese usted
en la catástrofe, que es un atajo de absurdos. El teatro parece una
carnicería, y el apuntador se salva por milagro. Luego no resulta de
aquí la menor idea de moralidad… Aquí los buenos reciben el palo,
y los malos triunfan y se quedan tan campantes… en fin, horrores,
disparates, cosas de chiquillos…309
Don José Ido, que presente estaba, sentía violentas ganas de
alzar la voz protestando contra tal crítica; pero no se atrevió a hacerlo, por ser él hombre en quien la timidez podía más que todas las
energías del alma. En su interior se dijo y se repitió, con verdadero
fervor, que aquel Aristarco no estaba en lo cierto, y que el drama
era magnífico, sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las
lágrimas que, oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas,
y la emoción grandísima que él había sentido.
IV
Iba a salir don José, cuando una figura singular interceptó la
puerta. Él y los dos muchachos se asustaron, porque la persona
que entraba, si no era alma del otro mundo, lo parecía. Iluminada
de frente por la luz que en la cocina había, brillaba su rostro de
barnizada muñeca, y eran sus ojos como cuentas de vidrio, y tenía
fúnebres apariencias su delgado cuerpo rígido, con la blanca falda
y el negro mantón…
–¿En dónde está mi sobrino? –preguntó sin dirigirse a ninguno–. Me llevaron un recado diciendo que está gravísimo. ¿Se le
puede ver?
Y sin esperar respuesta, dando algunos pasos hacia dentro,
prosiguió así:
309
A pesar de la escasa fiabilidad del personaje de Ruiz, son muy interesantes
sus comentarios sobre el drama histórico. La teoría teatral que expone contiene juicios
sobre asuntos como la catástrofe, tecnicismo poético para referirse al preceptivo
desenlace fatal del género de la tragedia.
479
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–¿Y la dueña de este palacio dónde está? ¿No hay escobas aquí?
Está esa escalera que da asco. Pues las paredes de la sala, también
tienen que ver.
–Señora –le dijo Arias, ofreciéndole una de las dos sillas–,
tenga usted la bondad de sentarse…
–Gracias… Estoy horripilada… No puedo ver tanta suciedad.
Cirila entró en aquel momento.
–¿Es usted, señora –le dijo doña Isabel pasando sus vidriosas
miradas por las cenefas de papel que adornaban los vasares–, la
dueña de este palacio?…
–¿Palacio?… Señora, por fuerza está usted tocada.
–Y dígame usted… ¿no hay por aquí escoba, ni estropajo, ni
jabón?… Diga usted, grandísima puerca, ¿no le da vergüenza de que
la gente entre aquí, y vea esta falta de limpieza?…
Atónita un momento Cirila, no sabía qué contestar… Las cir
cunstancias no eran propicias a una discusión sobre el uso del estropajo. Venía del cuarto del enfermo que estaba muy mal… Quizás
faltaban pocos minutos para la conclusión de sus padecimientos…
–Señora –balbució Cirila–, ocúpese usted de su sobrino… que
está… ¡pobrecito!, en las últimas…
–Tengo mucho horror a esta enfermedad. ¿En dónde está mi
ángel?… Le veré un momento… ¡Infeliz niño!… Estoy furiosa con
el desaseo de esta casa. ¡Qué inmundicia! Esto es el alcázar de la
grosería. Vean ustedes cómo me figuro yo que ha de ser el Infierno:
un lugar infinitamente privado de agua.
Poleró entró muy alarmado, diciendo:
–No conviene que la señora pase en este momento…
Ruiz entró en el cuarto. El pobre Miquis, acometido de un fuerte
paroxismo, parecía que agonizaba. Felipe no se movía de su lado.
–No hay nada que hacer –observó Cienfuegos sollozando–. ¿A
qué martirizarle, si no se ha de conseguir nada?
Entre tanto, Poleró y Cirila entretenían a la señora. La criada
de ésta, que la acompañaba, había entrado también en la cocina,
mas tampoco quería sentarse…
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PORTADA
ÍNDICE
VII. Fin del fin
–Mucho horror tengo de esa enfermedad –volvió a decir la
Godoy–, pero yo quiero verle… ¡Oh!, si asearan la casa, si lavaran
esto, si limpiaran tanto polvo, y tanta mugre y tanta basura, el pobre
angelito sanaría.
Querían detenerla; pero salió al pasillo y acercóse a la puerta de
la sala. Allí se detuvo aterrada, vacilante entre el deseo de entrar
y el escrúpulo o temor que sentía del contacto del enfermo. Poleró
acudió junto a ella, temiendo que se desmayara… Pero no fue así.
Desde la puerta miró la tiíta el lastimoso cuadro, y todo su amor no
fue bastante a vencer su repugnancia. En la mano derecha tenía un
finísimo pañuelo que se llevaba a los ojos para secar sus lágrimas.
–Hace muchos años que no lloro –dijo a Poleró–, hace muchos
años. Esto me desmenuza el corazón… y no es mi corazón de carne,
es de hierro que late. Los desengaños me lo endurecieron; pero el
dolor se quedó dentro…
Y en la mano izquierda tenía otro pañuelo mojado en vinagre
que acercaba a la nariz…
–Si no fuera por esta precaución me infestaría, ¿no es verdad,
caballero?… No puedo resistir este espectáculo… ¡Pobre Alejandro,
pobre niño mío, pobre ángel de mis entrañas!…
Lágrimas y vinagre se confundían en su rostro.
–Retírese usted, señora –indicó Arias.
–Pase usted aquí… al salón de embajadores –dijo Poleró, no
queriendo destruir la idea de palacio que tan encajada estaba en la
mente de la Godoy.
–¡Oh!, sí… me retiro… Que Dios le sane pronto y le vuelva
la robustez y la alegría. Ya sabía yo que pasaría esto. Lo supe hace
tiempo. Yo lo sé todo.
Ruiz, cuando volvió a la cocina, se acercó a ella y con grave
dad insufrible le dijo:
–Señora, en ausencia de la familia, yo me atreví a disponer que
nuestro pobre amigo recibiera los consuelos de la Fe… Mi opinión,
no obstante, no tuvo apoyo en los demás señores aquí presentes; y
yo, no queriendo tampoco insistir en ello, por no ser de la familia,
me lavé las manos…
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ÍNDICE
El doctor Centeno
–¿Se lavó usted las manos? –dijo la tiíta reparando en las extremidades del astrónomo–. Pues no se conoce. Las tiene usted que
parecen manos de gañán. Pero, ¡Jesús!, ¿no le da a usted vergüenza
de enseñar esas uñas…? ¡Ay!, ¡qué horror! Estoy toda revuelta. ¿Y
se atreverá usted a dar esa mano a una señora?… Quiten para allá.
Todos son unos bigardos… ¡Qué chicos los de hoy! No se les puede
mirar, ni sentir, ni tocar… ¡Qué manazas, qué greñas sin peinar,
qué barbas de chivo! Quiten para allá…
A cada frase aplicaba a su nariz el pañuelo del vinagre… El
de las lágrimas se lo había metido en el bolsillo.
–¿Por qué no se sienta usted, señora?
–Estoy bien… –decía recogiéndose el vestido para que no le
tocara ningún mueble ni objeto de los que en la pieza había–. No
me siento, no. Sabe Dios lo que habrá en esas sillas… Habrá aquí
poblaciones…
–Si la señora quiere pasar a mi casa –manifestó don José Ido
con urbanidad–, allí tendrá un asiento más cómodo. Tenemos una
butaca…
–Buena estará también… ¡Ay qué palacios estos!… Hay salones
que parecen cocinas inmundas… Prefiero mi choza… ¿Es usted el
médico que asiste a mi sobrino?
–No señora –replicó Ido del Sagrario con un registro de voz
que parecía el aleteo de una mosca–. Soy profesor de instrucción
primaria, con título y…
–Porque si fuera usted el médico le diría que puede estar tran
quilo. Alejandrito no se morirá; yo lo sé, yo lo he visto… Alejandrito
no tiene más que un fuerte mal de amores; así lo dicen las acepciones de amor, desvío, mudanza, mujer morena…310 Con que no se
aflijan, señores; lo digo yo que he nacido en Jueves Santo.
310
Las acepciones de amor, desvío, mudanza, mujer morena…: la terminología
de doña Isabel recuerda la de los libros de adivinación basados en la interpretación de las cartas de la baraja. Existían libros adivinatorios populares, como los
Oráculos para damas, que solían constar de dos partes. La primera contenía un
número amplio de preguntas supuestamente comunes a toda mujer, en su mayoría
de asuntos amorosos, aunque otras son de índole económica. La segunda parte la
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PORTADA
ÍNDICE
VII. Fin del fin
Mirábanse Poleró y Arias, aguantando la risa, y a pesar del
dolor que les embargaba, a veces no la podían contener.
–Pero siéntese usted, señora…
–Que no me siento… Y si pudiera no tocar el suelo con mis
pies… Es muy tarde, y Teresa y yo no tenemos costumbre de andar
de noche por esas calles. Nos retiramos.
–Uno de nosotros la acompañará a usted.
–¡Oh!… no… gracias. No se molesten… Cuiden bien al pobrecito enfermo y avísenme mañana de su mejoría… Aseo, aseo, agua
y jabón es lo que aquí hace falta.
En aquel mismo momento, cuando ya la Godoy estaba casi en
la puerta de la cocina para marcharse, oyóse en el pasillo rumor
de agitado coloquio. Dos mujeres disputaban en voz baja; la una
era Cirila, la otra su hermana; la primera, que había salido con
una luz para buscar algo en uno de los cuartos oscuros, decía: «No
entres; está muy mal. Estos señores no permiten… Más vale que
te vayas». Federico Ruiz, desde que oyera estos cuchicheos, vio
llegada la coyuntura más bonita para el acto de ejemplaridad que
anhelaba realizar. Por fin, gracias a él, los buenos principios iban
a tener cumplida satisfacción en aquella casa; por fin, la malicia y
la impureza iban a tener correctivo en la más solemne de las ocasiones. Salió prontamente, y encarándose con la Tal, echóle de bue
nas a primeras esta indirecta:
–Oiga usted, señora, haga usted el favor de salir de aquí. En
nombre de la familia, yo…
¡Eh! –dijo Poleró– no hacer ruido. Ruiz, no se acalore usted,
le tengo más miedo a su celo que a un cañón Krup.
Salieron todos del estrecho pasillo de la casa al larguísimo y no
muy ancho que era ingreso común de los diversos cuartos. Allí la
formaban respuestas asociadas al resultado de las cartas de la baraja, los dados o
cualquier otro sistema de azar. Por ejemplo, la combinatoria de los puntos de tres
dados organiza las respuestas en el libro traducido del francés El oráculo de las
señoras y de las señoritas cuya edición de 1870 manejo, subtitulado «Consejero del
bello sexo. Contestando a todas las preguntas relativas a varios sucesos y situaciones
de la vida» (Barcelona, Imprenta de Manuel Sauriá).
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El doctor Centeno
claridad competía con las tinieblas; pero Cirila, que también salió,
ganosa de aplacar a don Federico, llevaba la luz y alumbraba las
figuras todas, movibles y agitadas, cuyas sombras se extendían a lo
largo de las paredes y salían hasta la escalera.
–No se puede tolerar –dijo Ruiz, con acento de calorosa honradez– que en estos momentos críticos, en este trance aflictivo, venga
usted a escarnecer con su presencia…
–Señor de Ruiz –observó Cirila incomodándose, pero sin atreverse a alzar la voz–, es mi hermana; y esta casa…
–No hay casa que valga, no hay hermana que valga… –clamó
el astrónomo poniéndose furioso, o simulando el enojo por el gusto
que tenía de enojarse–. Si usted me levanta el gallo, ahora mismo
llamo una pareja. Y esta señora se va a la calle ahora mismo.
Pronto… ¿Pues qué?, ¿después que ha sido la causa de la perdición
de nuestro desgraciado amigo, ha de venir a turbar la paz de sus
últimos momentos, y a insultarnos a todos…?
–No alborotar, no hacer ruido –volvió a decir Poleró, creyendo
que la expulsión se debía verificar con menos bambolla–. Está con
la moralidad como chiquillo con zapatos nuevos.
Pero a Ruiz le gustaba el aparato escénico, y siguió perorando
de esta suerte:
–Representamos a la familia… y en nombre de la familia…
¡en nombre de lo más sagrado…!
¡Con qué énfasis señalaba su dedo la escalera! La Tal no
dijo una palabra. Dirigióle una mirada que lo mismo era de enojo que de burla. Pero no se movía; no parecía dispuesta a obedecer.
–Para evitar cuestiones –gruñó Cirila, empujando suavemente
a su hermana–, más vale que…
En esto llegó doña Isabel. Su sombra pasó por encima de las
sombras de los demás. Paróse, miró a todos uno por uno, después
a la Tal… La admiración túvola suspensa un instante, y sus ojos de
muñeca de porcelana y vidrio no se hartaban de contemplar la otra
muñeca, de carne y hermosura, torneada con gallardía y barnizada
de expresión melancólica.
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VII. Fin del fin
–Esta señora –dijo Ruiz–, es la perdición de nuestro amigo…
¡Preséntase aquí en estos críticos momentos! O ella o nosotros…
Con espontaneidad, que resultaba graciosa, se escaparon de los
labios de la Godoy estas palabras:
–María Santísima, ¡qué mujer tan guapa!
Tomando la luz de manos de Cirila, acercóla al hermoso rostro de la mujer aquélla, el cual, iluminado, resplandeció como sol
de belleza dentro de aquel círculo de semblantes vulgares. Desdén
y burla, contenida pena y amargura echaba de sus fulmíneos ojos
la Tal. De sus labios, ni una sola sílaba.
Dejando la luz, doña Isabel lanzó un gran suspiro. Siguió ob
servando.
–¡Gracias a Dios que veo aquí una persona limpia…! Y eso
que las manos no están muy lavadas que digamos… Usted es de
las que no cuidan más que el palmito…
Bruscamente tomó un tono como de alborozo infantil para
exclamar:
–Princesa… no me le dejes morir.
Absortos los presentes, no observaron que sus ojos brillaban
como esmeraldas sobre rieles de plata. La Tal seguía muda; mas la
expresión de su cara variaba… Casi, casi se iba a reír.
–La señora es de la familia –dijo Cirila señalando a la Godoy
y mirando a Ruiz–, y ya ve usted cómo no hace esos aspavientos.
–Pero la señora –objetó Ruiz–, se ha escapado de un manicomio.
Doña Isabel, perdido ya hasta el último asomo de claro discurso, dio tres vueltas sobre sí misma y en cada una tocaba el brazo
de la Tal, repitiendo:
–No le dejes morir, no le dejes morir.
Aterrado de aquella escena, Arias tomó la mano de la señora
para encaminarla a la escalera. La criada quiso también llevársela…
Adiós, Isabel Godoy; adiós, pitonisa, burladora del tiempo, émula
de la eternidad, cuyos senos mides, cuyos secretos exploras, virgen
madre de todos los desatinos, maga, sibila, vestal, momia llena de
gracia, archivo de la superstición y sacerdotisa del estropajo. Llé485
PORTADA
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El doctor Centeno
vante unos demonios inocentes, infantiles, muy limpios, parecidos
a los ángeles, como te pareces tú a una pura ninfa de los tiempos
que no volverán311.
Al poner el primer pie en el peldaño de la angosta escalera,
acompañada de Arias, le dijo al oído, en el tono vulgar de una
observación corriente:
–Al pobrecito enfermo le sentará bien la presencia de tan
hermosa medicina. Los ojos matan ¡ay!, los ojos también curan…
y resucitan. Que la vea… Se pondrá bueno al instante; lo sé, lo
leo bien claro en las acepciones de reconciliación, cariño mutuo,
castidad.
Bajaba precedida de su sombra, que iba reconociendo los
escalones, por si no estaban seguros… Desapareció en la espiral
tenebrosa como si se la tragara la tierra.
En el pasillo largo, continuaba la escena aquélla cuyos actores eran: Ruiz en el foro de los principios morales, la Tal en el
de la pasiva resistencia a los dichos principios312. Poleró, en segundo término, murmuraba:
–No hay cosa más cargante que un moralista que no sabe
dónde pone el púlpito.
–Ya, ya se está usted marchando de aquí –decía Ruiz–. No
tengo que añadir una palabra más.
Y ella no hacía más que retorcer las puntas de su pañuelo, y
estirarlo luego y volverlo a torcer. Cuando el moralista alzaba mucho la voz, los ojos de ella fulguraban desprecio y cólera. Después,
cansada de enredar con el pañuelo, se puso una punta de él en la
311
Dentro del abundante léxico figurado religioso de la novela, y del estilo de
sintaxis barroca evocado con frecuencia, aparece esta nueva letanía paródica a la
Virgen.
312
Una situación tan crucial, convertida en escena con actores y foro, indica
la ironía y el sentido crítico de Galdós al reflejar cómo se desenvuelven en estos
momentos la mayoría de los que rodean al agonizante. La aparición extemporánea de
doña Isabel con sus manías inserta un pequeño sainete o paso cómico en el contexto
de la agonía de Miquis. La gesticulación mecánica que acompaña a la repetición
de frases colabora en el tono tragicómico que Galdós adopta en una situación tan
particular.
486
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VII. Fin del fin
boca, y tirando fuerte se aplastaba el labio inferior, mostrando sus
blancos dientes y sus encías rojas.
–Más vale que te vayas –le dijo Cirila–. Así no tendremos
cuestiones.
–¡Que traigo una pareja!
–Sosiéguese usted, hombre de Dios.
–¡Que la traigo!…
La Tal tiraba tan fuerte de su pañuelo, que sacó de él una tira
con los dientes. Sólo con mirar a Ruiz, sin proferir una palabra,
sabe Dios las perrerías que le dijo:
–Vaya, vaya –dijo Poleró empujándola con suavidad y llevándola
consigo–. Ahora no puede usted verle… Acábese esto de una vez.
Cirila se retiró, dejando la luz a Ruiz. Cienfuegos alejóse también. La inflexible figura del astrónomo permaneció en medio del
pasillo, con la luz en una mano, señalando con la otra la salida y
término de aquel luengo conducto. Era la estatua de la moral pública alumbrando el mundo, y expulsando al vicio del cenáculo de
las buenas costumbres313. La consabida le echó unas tan atroces
rociadas de desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que
casi casi hicieron conmover en su firme asiento a la iracunda estatua; y se fue despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba
pataditas, y en la escalera marcaba los peldaños con insolente
cadencia… Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones,
epidemia social, brújula del infierno, carril de perdición, vaso de
deshonra, rosa mustia, torre de las vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra corruptorísima. Carguen contigo los diablos
feos y llévente, con tu séquito y corte de pecados, a donde no te
volvamos a ver.
313
La inflexible figura del astrónomo: el oficioso Ruiz se convierte en emblema iconográfico de la moralidad, y a su mentalidad y actitud se les atribuye
indirectamente la letanía de despedida a la mala mujer que es la Tal, con la que se
cierra VII, iv: «Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones, epidemia
social, brújula del infierno, carril de perdición…». En esta parodia de la letanía
a la Virgen, alguna fórmula es especialmente cómica, por su paronomasia de la
original: «rosa mustia», por «Rosa mística».
487
PORTADA
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El doctor Centeno
V
A las diez, Alejandro, dando un suspiro, pareció que salía de
aquel espasmo congojoso. Cienfuegos y Felipe no se movían de su
lado. Poleró y Arias que entraban y salían de puntillas, en la sala
callaban atentos, en la cocina se comunicaban sus tristes impresiones, y Ruiz, satisfecho de sus rasgos de carácter, sintiéndose fatigado como un hombre que había trabajado mucho, se echó a dormir
en el camastro que estaba en uno de los cuartos oscuros. Cirila
había ido a buscar cháchara a la puerta de la casa de Resplandor.
Don José Ido, instalado en la cocina, esperaba las órdenes que se
le quisieran dar, como ir en busca de los santos óleos o de algún
heroico remedio. Rosita se dejaba ver por allí alguna vez, soñolienta,
deseando que la mandaran traer algo, o prestar cualquier servicio.
«Hija, ¿por qué no te vas a acostar?» –le decía su padre. La infeliz
no perdía ocasión de entrar en el cuarto del moribundo y coger con
disimulo algunas cortezas de pan, de las que había sobre la mesa,
para comérselas y llevar algo a sus hermanos, que estaban acostados, pero despiertos, los tres juntos en un desvencijado catre.
Al despertar Alejandro de su pesado sopor, asombróse de ver
a Felipe, y le dijo:
–¡Oh!… Flip… ahora que te veo, comprendo que todo ha sido
sueño… Creía estar en mi casa… Me pareció que vi entrar aquí
a mi madre, y que me cuidaba… ¿De veras no ha estado aquí mi
madre?
–¡Qué cosas se le ocurren! ¿Y para qué ha de venir su mamá
si nosotros nos vamos a ir para allá la semana que entra?
–Dices bien… Pero yo, aun despierto, juraría que la vi entrar
con su vestido de rayas blancas y negras. También juraría que andaba por aquí mi hermanillo Augusto enredando con un palo largo
y un carretoncillo.
–Era Rosita Ido, que entra, como los pájaros, a buscar migas
de pan.
–Dale todo lo que haya. Dinero no nos hace falta. Mi madre
ha mandado mucho. ¿Sabes que me encuentro ahora muy bien? Res
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VII. Fin del fin
piro con una facilidad, ¡y me dan unas ganas de hablar…! Puede
que nos podamos marchar dentro de dos o tres días. A ver, probaré
a levantarme. Cógeme por aquí… Y tú, Cienfuegos, por este otro
lado. ¡Arriba, guapo!
Entre los dos le levantaron, dio dos pasos, y al instante volvió
a caer en el sillón.
–Perfectamente. Aunque no puedo moverme, reconozco que
estoy ágil, relativamente… Y no me duelen las piernas cuando las
estiro, ni los brazos… Esta tarde he padecido horriblemente. Deseaba morirme, ¡qué disparate!, y decía para mí que siendo la vida
un suplicio, la muerte es la convalecencia de la vida, y que morir
es sanar. ¿Qué te parece, Cienfuegos?
–Que no pienses en eso. Pronto estarás hecho un roble, y
duérmete ahora.
–Si no tengo sueño, hombre de Dios –repuso el enfermo, respirando con cierta facilidad y pronunciando claramente las palabras
una a una–. ¿Sabes lo que yo haría ahora de buena gana? Pues me
pondría a escribir. Siento cierta frescura en la cabeza. Esta tarde,
en aquel sufrimiento horrible, estaba viendo clarita, verso por verso,
toda una escena de El condenado por confiado.
–La escribirás en la Mancha. ¿Tienes sed?
–Ni pizca… ¡Ah!, sí. Felipe, dame agua… ¿Conque lo he soñado, o es cierto que viene mi madre a buscarme?
–Es cierto que viene –manifestó Cienfuegos–. Ya te dije que
la espero mañana.
Cienfuegos y Poleró habían puesto un parte a la familia, y
esperaban que alguien viniese. Pero al enfermo no habían dicho
nada de esto por no alarmarlo.
–¿Pusísteis telegrama?
–No, hombre. ¿A qué venía eso, si tú no tienes gravedad? Es que
la buena señora, al saber que estás malo, se figura lo que no es.
Los amigos habían recibido el día anterior una carta de don
Pedro Miquis, en la cual decía que él o su señora irían a Madrid,
en caso de recibir aviso telegráfico de la importancia del mal.
–¿De modo que tú crees que vendrá mi madre?…
489
PORTADA
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El doctor Centeno
–Mañana la tienes aquí.
El gozo que esto le produjo le animó extraordinariamente.
–O me engaño mucho, o sólo con verla entrar, creo que me
restablezco por completo.
–Como si lo viera… Procura serenarte ahora, y duerme. Voy a
ver si se han dormido esos chavales y a echar un cigarro con ellos
si están despiertos. (Sale Cienfuegos.)
–Aristóteles.
–Señor…
–¿Estás aquí? No te veo bien.
–Sí estoy aquí… –dijo Centeno, acariciándole las manos, que
tenía entre las suyas.
–¿Hay luz en el cuarto?
–Sí.
–Me pareció que estaba esto muy oscuro. Pues lo que es mis
ojos bien claro ven. A ti te distingo como un bulto. ¿Sabes una
cosa…?
–¿Qué? –preguntó Centeno con ansiedad, porque notaba en la
voz de su amo y en su manera de decir un sentimiento y dulzura
inexplicables.
–Que me han entrado fuertes deseos de…
–¿De qué?
–Te vas a reír –murmuró Alejandro riendo a su vez; pero su
jovialidad era triste como flor nacida en grietas de sepulcro.
–No, no me río.
–Pues me han entrado ganas de darte un apretado abrazo…
Yo no puedo, porque tengo los brazos como si fueran de algodón.
¡Cosa más particular!… Dámelo tú a mí.
Felipe estaba tan aturdido, que no acertaba a satisfacer el deseo
de su amo. Fue preciso que éste repitiera su mandato para que el
Doctor se pusiese en pie, y acercándose a Miquis todo lo más que
podía, le estrechara en sus brazos.
–No, no aprietes tanto que me ahogas… así. Ya ves qué antojos
me entran. ¿Qué dices a esto?
490
PORTADA
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VII. Fin del fin
Aristóteles no podía decir nada. Invisible mano le estrangulaba. Retiróse un instante para disimular su pena y sofocarla.
–¿Qué haces, Felipe? ¿Lloras?
–No, señor –replicó el otro con risa convulsiva–, es que me he
dado un fuerte golpe en este codo.
–Ven acá, no te separes de mí…
–Aquí estoy.
–Pero te pones a diez leguas… Más cerca… ¡Qué alegría me
da cuando pienso que vamos a estar juntos en el Toboso!… Mañana
llega mi madre, y cuando te conozca, me dirá que de dónde he sacado esta alhaja… Toda tu vida me la tienes que consagrar y estar
siempre conmigo, hasta que los dos nos caigamos de viejos.
–Eso sí.
–Otras veces, cuando he estado tan malo, he pensado qué sería
de ti si yo muriera; ahora que estoy mejorando a pasos de gigante,
pienso que los dos hemos de llegar a viejos… Con todo, me parece
que hace tiempo que no te he visto o que voy a estar mucho tiempo
sin verte… no sé por qué. Se me antoja ahora… mira tú qué tontería… se me antoja que nos vamos a separar.
–¡Vaya un desatino!… ¡qué bro…mitas!314
–Chico, es que esta noche estoy de manías. ¿Sabes la que me
ha entrado ahora? Pues verás. Como mi madre llega mañana y trae
dinero, no necesito del que tengo ahora. Se me ha ocurrido darle
una parte a Cienfuegos, otra a don José Ido, y lo demás a esa pobre
Cirila… ¿Qué opinas?
El reparto de capitales no le parecía bien a Felipe; mas en la
situación de congoja en que estaba no quiso contradecir a su amo:
–Me parece muy bien.
–Llámate a Cienfuegos. ¡El pobre…! Quiero darle una sorpresa. Verás qué alegre se pone.
314
Al igual que cuando el narrador menciona a Morales como Morales y Tem…,
se refleja bien la dicción, como si se nos incitase a oír el tono de la voz en este
momento preciso.
491
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El doctor Centeno
Felipe salió. Deseaba estar un momento fuera para dar expansión a la pena que le ahogaba. Cuando se presentó en la cocina
con un puño en cada ojo, los amigos, alarmadísimos, sospecharon
un mal suceso.
–Que vaya usted, señor Cienfuegos –fue lo único que dijo Felipe.
Y él se quedó allí, llorando con gran desconsuelo. Don José
Ido no estaba presente; pero sí Rosita, la cual creyó muy del caso
consolar a su amigo con las frases propias de la ocasión, entremezcladas de suspiritos:
–Hijo, es preciso conformarse con la voluntad de Dios. ¡Ay
Jesús, qué mundo éste!… No hay más que penas.
El Doctor se limpió las lágrimas, y serenándose un tanto habló
así con su amiga:
–Chiquilla, ¿por qué no te vas a acostar? ¿Qué haces tú por
aquí a esta hora?
–Puede ofrecerse algo… ya ves… Hasta que papá no se
acueste… Vaya un escándalo que hubo esta noche, ¿lo oíste?, cuando
vino la señora, aquella loca… Dicen que esa señora lava la sal antes de echarla en el puchero… ¿Pues y la chubasca?… ¡Lo que te
perdiste! Ella no se quería marchar; pero tanto le dijo el señor de
Ruiz… ¡Ay!, hijo, el señor de Ruiz es como un predicador. Dice
mamá que éste para obispo no tenía precio. Ahora está durmiendo.
¿No oyes sus ronquidos?… Pues la Tal salió hecha un veneno. Yo
subía la escalera cuando ella iba para abajo. En cada descanso se
paraba y volvía los ojos para arriba. Daba miedo verla. El señorito
Poleró bajó con ella, y el señorito Arias también. Los dos se reían
y le decían cosas… «Mujer, no te enfades… no hagas caso de ese
farsante de Ruiz…». El señorito Poleró le daba pellizcos. ¡Qué
pillos!… ¿eh?, y ella tan seriota…
–Rosa –dijo don José, presentándose de improviso en la puerta
de la cocina–. Vete a acostar al momento. Es muy tarde.
Notó Felipe en su amigo una exaltación, un peregrino júbilo
que hacía, sobre su apenado semblante, efecto parecido al de los
fuegos fatuos. Sus mechones bermejos parece que tendían a engalanarle el rostro como guirnalda de triunfo.
492
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ÍNDICE
VII. Fin del fin
–¿No sabes lo que ocurre? –dijo a Felipe mostrando en la
palma de la mano dos monedas de oro–. Ese bendito don Alejandro me llama… Entro, hijo, y me da estos doblones315… Dice que
no le hacen falta; que tiene el mayor gusto en atender a mis necesidades; francamente, naturalmente, yo lo agradezco mucho, yo
estoy conmovido… ese joven es un santo… pero si mañana hiciera
falta para el entierro…
Diciendo esto, guardaba las monedas.
–Si quieres completar el rasgo de generosidad de tu noble
amo –añadió, retrocediendo–, amigo, Felipe, liberal joven, digno
Panza de aquel bravo Don Quijote, ¿por qué no me das uno de
los dos panecillos que tienes allí? Creo que no te harán falta. Tu
amo está rico. Estos pobres niños no se quieren dormir por la gran
necesidad que tienen…
Centeno le dio sin vacilar lo que deseaba. Entonces el pendolista partió un pedazo para darlo a su hija, y el resto destinólo
a los chicos, no sin coger para sí un bocado que se comió con
muchísima gana.
–Yo no me acuesto esta noche. Pienso que he de hacer falta.
Y además ¿para qué dormir? ¿Para soñar que soy director de un
colegio y luego despertar lleno de desconsuelo y amarguras? Mejor
es velar, velar…
Poleró entró en la cocina diciendo:
–Parece mentira… Está despejadísimo; pero cree Cienfuegos
que durará pocas horas… Felipe, te llama.
Cuando Centeno entró, su amo callaba. De pronto murmuró
estas palabras:
–Que me dejen solo con Felipe.
Arias salió; pero Cienfuegos quedóse oculto tras el sillón.
–Aristóteles…
–Aquí estoy.
315
Doblones: desde la implantación del sistema decimal en 1848, con el real
de plata como unidad, el doblón o centén isabelino de oro equivalía a 100 reales o
10 escudos de plata.
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PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
–Ponte más cerca.
Felipe hizo reclinatorio de las rodillas de su amo.
–Así… Ahora siento una languidez, un sueño… No me duele
nada. Parece que me voy a dormir, y que estaré durmiendo días y
días. Ya es tiempo, porque estoy fatigadísimo con tanta mala noche
como he pasado. Un encargo te voy a hacer. ¿Lo cumplirás?
–Pues ya…
–Cuidado, Felipe, cómo te descuidas… Si me duermo esta noche, y mañana sigo durmiendo con ese sueño pesado, con ese sueño
profundísimo que siento venir, ¿entiendes?… en cuanto llegue mi
madre, me despiertas. Me llamas, y si no te respondo, me sacudes
el cuerpo bien sacudido…
–Descuide usted –dijo Felipe con el corazón traspasado.
–En ti confío, Aristóteles… y así podré dormirme tranquilo…
Aunque si mi madre llega, creo que el corazón, saltando, me despertará por muy dormido que esté.
Dejó caer los párpados… Murmullo hondo y lento salía de
sus entreabiertos labios. Cienfuegos se adelantó para observarlo de
cerca. Como el desmemoriado que retrocede, se agitó Alejandro,
abrió los ojos…
–Aristo…
–Señor.
–Hace tiempo que pensaba preguntarte una cosa, y esta maldita
memoria mía… Se me escapan las ideas… Dime si en estos últimos
días ha venido a verme…
Felipe, comprendiendo al instante, creyó oportuno darle algún
consuelo en aquella ocasión…
–Ya lo creo que ha venido, sí señor… Sólo que no hemos querido
dejar entrar a nadie… Como estaba usted durmiendo…
–Ha venido… –balbució Miquis, y en aquel mismo instante
apareció tan descompuesto su rostro, que Cienfuegos y Felipe se
espantaron. Era otro, era un muerto.
–Sí señor –dijo Felipe, hablando junto al oído de su amo–, ha
venido… siempre tan… cariñosa… Llorando por no poderle ver, y
diciendo que…
494
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ÍNDICE
VII. Fin del fin
–Cállate –dijo bruscamente Cienfuegos.
Pasó un rato. De repente oyóse otra vez:
–Aristo…
–Señor…
–Duermo… ¡qué sueño!… Despiértame mañana, que quiero
hacer una cosa…
–¿Qué?
–Quemar El Grande Osuna… –murmuró Alejandro con visible
esfuerzo, que parecía un tanto doloroso–. Es detestable… Es feo
y repugnante como mi enfermedad. Todo lo que contiene resulta
vulgar al lado de la excelsa hermosura artística que ahora veo, al
lado de esta creación de las creaciones, que titulo El condenado por
confiado… Es la salud, es el vivir sin dolor… Aquí veo otra figura,
otra belleza suprema… A su lado aquélla es fealdad, impureza…
podredumbre… consunción…
–¡Quemar El Osuna!… no señor… ¡qué dirá la señorita Carniola…!
Miquis, ya con los ojos cerrados, hizo contracciones de disgusto.
Creeríase que tragaba una cosa muy amarga, pero muy amarga. Más
que habladas, fueron estertorizadas estas palabras:
–La aborrezco…316
Felipe le observaba… Cienfuegos le puso la mano en la frente…
Momento de terror… Inmenso sueño aquél.
–Se ha dormido –murmuró Felipe atónito.
–¡Qué muerte tan dulce! –dijo Cienfuegos.
316
La aborrezco: el autor busca que las últimas palabras de Miquis sean ambiguas, ya que tanto pueden valer para la mujer que acaba de visitarle por última vez,
como para su obra de teatro. No podemos estar seguros de cuál es la fantasía de la
que abomina nuestro quijotesco manchego. Según se ha indicado en nota 298, Galdós
cuida mucho los enclaves de la muerte de los personajes, como puede comprobarse
en el sorprendente final de El amigo Manso o en el «Fin» de Fortunata y Jacinta.
Y cómo no recordar aquí la también ambigua palabra final de Torquemada en el
cierre de Torquemada y San Pedro: «Conversión», y la perplejidad de quienes le rodean, que no saben si finalmente el usurero se ha convertido, o bien persiste en su
obsesión monetaria y se refiere a la conversión de los títulos de deuda pública.
495
PORTADA
ÍNDICE
El doctor Centeno
VI
La escena representa el interior de un coche de alquiler. En el fondo,
Aristóteles y Don José Ido ocupan el asiento principal; a derecha e izquierda,
cerradas portezuelas con ventanillas, cuyas cortinas verdes agita el aire.
Veterano corcel tira con trabajo de la escena, a la cual preceden otros cinco
vehículos de igual aspecto mísero, con sus cortinillas, su dormilón cochero
y su caballo claudicante. La fila marcha perezosa, por calles y caminos,
siguiendo a otro armatoste poco agradable de ver, cosa negra y antipática,
sobrecargada de tristeza y duelo.
IDO.–(acariciando el hombro de su amigo). Pues esto no tiene
ya remedio, amigo Felipe, bueno es que te vayas conformando con
la voluntad de Dios y pongas ya término a tus lágrimas, ayes y
suspiros. Empiezas ahora a vivir; tienes mucho mundo por delante;
estás en edad en que los duelos pasan pronto, sin dejar huella. No
quieras hacerte superior a tus años, prolongando tu dolor más de
lo que corresponde y desmintiendo tu niñez florida. Ánimo, hijo,
y considera que estos trances aflictivos son los mejores maestros
que podrías desear para instruirte en el gobierno de ti mismo y en
todo el saber de la vida. (Sintiéndose inspirado.) Considera que
esto es para ti ventajoso, pues entras en los combates del vivir, no
desnudo y sin armas, cual entran los más, sino ya vestido con cota
de dolor y abroquelado tras el durísimo escudo de la experiencia;
y francamente, naturalmente… yo, en tu lugar, me alegraría de
haber visto lo que has visto, de haber pasado lo que pasaste… No
seas tonto, encontrarás ahora colocación mejor y generosos amos
que te protejan…
ARISTÓTELES.–(dando un gran suspiro). No encontraré
otro amo como el que se me ha muerto; señor don José… Hombre
de mejores entrañas no creo que haya nacido. Era tan bueno, tan
bueno, que no hacía más que disparates. Yo no sé qué pensar… Si
los buenos son así…
IDO.–(con agudeza filosófica). Es que, según dice un libro que
leí anoche, no debemos ser buenos, buenos, buenos, sino buenos
a secas, con algo que tire a lo mediano, y cierto ten con ten de
bondad y picardía.
496
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VII. Fin del fin
ARISTO.–Yo creo que si mi amo no hubiera sido tan… tan…
Poleró lo llamaba el goloso de las damas, y Arias decía que había
hecho voto de… de lo contrario de castidad… Pues creo, que si mi
amo no hubiera tenido esta falta, habría sido santo… ¿no lo cree
usted…?
IDO.–(con penetración, que es forzoso atribuir a que algún
espíritu le sopla lo que dice, o a que se ha encarnado en él, por
milagroso modo, la misma sabiduría). Todos, todos los humanos,
si no fuéramos lo que somos, seríamos santos; es decir, que si no
tuviéramos esta maldita carne mortal, por la cual somos hombres,
seríamos ángeles… Estamos encarnados en nuestras flaquezas, y de
ellas recibimos nuestro ser visible. Por esto se dice: «somos fragilidad
y podredumbre». De ellas se derivan todos nuestros males, y ellas
mismas son penitencia a la par que son pecados.
ARISTO.–Bien lo ha pagado él, ¡pobrecito! La suerte, que se
consolaba con sus dramas y con las cosas bonitas que estaba siempre
sacando de la cabeza. Decía Sánchez de Guevara, que mi amo era
un hombre en verso, y yo creo lo mismo. Todo en él era verso, todo
música. Mi amo sonaba, sí, sonaba como las panderetas.
IDO.–(grave, solemne, emulando a Confucio y a los profetas).
Mal terrible es ser hombre poema en esta edad prosaica. El mundo
elimina y echa de sí a los que no le sirven. Nada es tan funesto
como la vocación de ruiseñor en una familia de castores.
ARISTO.–Ya, ya pagó bien mi amo su falta. El verso no le
valió de nada más que de consuelo y entretenimiento. No tuvo un
solo día de tranquilidad… siempre pobre… Perdió la salud y la vida.
¡Maldita tisis! Yo me consumía la sangre, viendo que todo el dinero
que tenía se lo arrebataban… Entre las dos le pelaron; la una se
llevaba todo el dinero, la otra toda la ropa…
IDO.–(enternecido). Sí, sí, triste cosa es que a un joven de
tales prendas, hijo de padres ricos, hubiera que vestirle, después de
muerto, con ropa de los amigos. Y no lo digo por vanagloriarme de
la parte que tuve en esta obra de caridad, pues sólo di la corbata
negra, que no vale un ochavo, y aún me quedó esta otra cinta oscura
y algo deshilachada que llevo al cuello, para venir dignamente al
entierro.
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El doctor Centeno
ARISTO.–(afligidísimo). ¡Ay!, usted no sabe, don José, lo que
pasó. Si se lo cuento, se horrorizará, porque esto es tan infame que
parece mentira. Pero es verdad, es verdad, como Dios que nos está
mirando.
IDO.–(desperezándose). Cuenta, hombre, cuenta esos horrores,
que francamente, naturalmente, este viaje es harto pesado, y con el
fuerte calor no sabe uno cómo ponerse, ni a dónde echar piernas y
brazos, ni de qué modo entretener el tiempo.
ARISTO.–Pues ya sabe usted que le pusimos el pantalón negro
del señorito Cienfuegos, las botas de Alberique, que me dio doña
Virginia y que le venían tan grandes, el chaleco de Arias y la levita
de Cienfuegos. Esta prenda era la única decente; las demás no valían
nada… Pues oiga usted. Anoche me estuve toda la noche velándole,
y nada pasó; pero esta mañana, cuando salí a llevar los recados a los
amigos para que vinieran al entierro… Esa maldita mujer, esa Cirila
de mil demonios, más mala que la langosta, y más ladrona que el
robar, esa Iscariota, esa judía, esa loba con cara de mujer…
IDO.–(aterrado). ¿Qué hizo? Me parece que lo adivino. ¡Esa
hembra sin entrañas, esa mujer sin hijos, esa madre del robo, ese
monstruo rapaz profanó el cuerpo de tu amo, desnudándole de alguna prenda valiosa…!
ARISTO.–(llorando con rabia). Le quitó la levita. Cuando en
tré y lo vi, me dio una cosa, señor don José, me entró un fuego en
el cuerpo… Corrí a la cocina; allí estaba fingiendo sentimiento…
Me fui derecho a ella y le dije todo lo que había callado en tanto
tiempo… Yo estaba como un león. No sentía más que no ser hombre
para dejarla seca allí mismo. Me la hubiera comido a bocados…
Ella agarró una escoba y las tenazas de la cocina. Si no me coge
Resplandor por la cintura y me sujeta, ahí hay la del Dos de Mayo.
Todavía me dura el sofoco… Me la ha de pagar… No se la perdono,
no se la perdono.
IDO.–(con apacible serenidad y con unción que no parece
suya sino de los espíritus de santos o filósofos que andan por den
tro de su cuerpo). Modérate, ¡oh Felipe!, y templa esos excesivos
arrebatos, impropios de estas fúnebres circunstancias. Elévate por
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ÍNDICE
VII. Fin del fin
cima de las miserias humanas, y considera que esa indigna mujer
tendrá su castigo en su propia conciencia. Dios se encargará de
ella. Déjala tú… El hombre no es buen justiciero del hombre. Además, nunca menos que en esta ocasión ha necesitado tu bendito
amo del abrigo y confortamiento de una levita ¿No nos dice la Religión que el cuerpo es polvo y ceniza? ¿Para qué necesita el polvo
del auxilio de los sastres? Cierto que el acto… llamémosle acto…
de esa mujer, es una horrible profanación; pero esto que acompañamos no es más que un despojo miserable que vamos a entregar
con solemnidad convencional a la tierra. No le quitará Cirila a tu
amo su glorioso vestido de inmortalidad, ni el espíritu excelso de
Miquis padecerá de frío en las regiones invisibles, intangibles e
inmensurables. Aun sin traspasar con el pensamiento las fronteras
que de tu amo nos separan, podrás hallar consuelo considerando
que la rapacidad de Cirila no alcanza a despojar a tu amo de la
gloria mundana que envolverá su nombre, cuando sea conocido ese
portento literario, ese drama de los dramas…
ARISTO.–(con hondísima pena). Ésa es otra… ¡Señor don José
de mi alma!… ¡Usted no sabe…!
IDO.–¿Qué?… No cuentas hoy más que desdichas… Apenas
abres la boca, ya tiemblo.
ARISTO.–Pues tiemble usted todo lo que quiera… pero sepa
que el drama ya no existe. Esta mañana, cuando fui a casa de Res
plandor en busca de un poco de agua para lavarme, vi que doña
Ángela (¡mal demonio se la chupe!) tenía el acto primero, y le es
taba arrancando las hojas para hacer papillotes con que sujetar los
rizos de las niñas… Al ver esto, me volé. Ella dijo: «pues tonto,
¿para qué sirve esto? Los chicos lo han traído. Yo no sabía lo que
era…». Recogí algunas hojas. Después vi que Ruiz se llevaba otro
acto. El tercero le sirvió a Cirila para encender la lumbre. Con el
quinto hacían pajaritas los muchachos. El cuarto lo pude salvar y
lo guardaré toda mi vida…
IDO.–(meditando). ¡Gran desastre es que obra tan supina haya
caído en manos de gente indocta! Yo que tú, procuraría restaurar
toda la obra, recordando algunos pasajes y añadiendo de mi cosecha
lo que se me hubiera ido de la memoria.
499
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El doctor Centeno
ARISTO.–(prontamente). Usted es bobo… por fuerza… ¡qué
cosas se le ocurren!
IDO.–Siento infinito la pérdida de ese precioso manuscrito…
¡Obra más hermosa…! Si se representara, daría mucho dinero… Y
no me has dicho una cosa que deseaba saber. ¿Cómo se han arre
glado para los gastos del entierro?
ARISTO.–Como saben que don Pedro Miquis ha de mandar
lo necesario, echaron un guante entre todos para anticipar la cantidad. Poleró dio ocho duros, Arias cinco, Cienfuegos devolvió la
cantidad que mi amo le había dado, menos treinta y dos reales. Doña
Virginia también dio algo y Ruiz ni una mota, porque dice que
tuvo que pagar una cuenta. Ése es de lo más farsante que hay. No
sirve más que para dar órdenes, meterse en todo y hacer pamemas.
Estaba durmiendo cuando el señorito expiró. Cuando vino al cuarto,
no hacía más que lamentarse de que no se le hubiera avisado. Echó
una voz muy hueca y dijo: «Señores, el romanticismo ha muerto»317.
Y luego: «¿Qué hacemos, pero qué hacemos?…». Yo no sabía lo
que me pasaba. No quería creer que don Alejandro estaba muerto,
porque un momento antes me había dicho cosas… Se murió en
mitad de un suspiro, con medio sollozo dentro y medio fuera. El
alma se le salió sin darle ni una chispa de padecer… Se quedó
tan sereno, que parecía que estaba durmiendo y soñando las cosas
bonitas que él sabía soñar… Cienfuegos, que no tiene más falta que
ser tramposo, lloraba como un chiquillo; le abrazaba y le besaba la
mano… Yo también…
IDO.–Sosiégate… no llores, repitiendo la luctuosa escena. Tu
edad juvenil es propicia al olvido, y la energía reparatriz derramará
pronto en tu ánimo su bálsamo consolador.
317
El romanticismo ha muerto: es difícil determinar el origen primero de esta
frase, que aparece ya convertida en un lugar común en lugares diversos. El crítico
F. Villegas reprobaba en 1894 que Echegaray estuviese alejándose del romanticismo
al adoptar lo que llama «la psiquiatría del naturalismo» en su teatro: «Sin duda ha
pensado “el romanticismo ha muerto” y sobre la tierra que cubre aquel gran cadáver
intenta cultivar ahora la planta exótica que la moda acaba de traernos» («Impresiones
literarias», en La España Moderna, 1 de enero de 11894, p. 196).
500
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VII. Fin del fin
ARISTO.–(cortando la relación con suspiros). Poleró también
lloraba algo, porque es buen chico, y Arias, pálido y muy triste,
decía: «Yo no sirvo para esto». Se quitaba y se ponía los lentes sin
parar. Mirando a mi amo, echaba suspiros. Ruiz era el que no dejaba
de hablar, y siempre a gritos. Salía al pasillo, diciendo a todo el
que pasaba: «Ya expiró, ¡pobre amigo!». Y luego volvía a entrar, y
cruzándose de brazos, decía: «Pero ¿qué hacemos? ¿Están ustedes
lelos o qué…? Es preciso determinar algo». ¡Cansado hombre, qué
ruido hacía para nada!… Después se quejó de que don Alejandro
se hubiera muerto sin religión, y dale otra vez con aquello de «yo
me lavo las manos; yo no tuve la culpa…». Un rato largo estuvieron
tratando del parte que habían de poner a la familia… si lo pondrían
así o asado. Por fin salió el parte y yo fui al telégrafo. Ruiz bajó
por la mañana a la estación por si llegaba doña Piedad… pues…
para prepararla, y contarle poquito a poquito lo que había pasado.
Pero doña Piedad no vino. Como al Toboso no va telégrafo, creen
que el parte puesto ayer al Quintanar no lo han recibido hasta hoy…
Después que se arregló lo del telégrafo, empezaron a ocuparse de
cómo le vestían. Yo buscaba ropa… nada; revuelvo todo y… nada.
¡Aquella ladrona, aquella Caifasa…! ¡Ay!, don José, yo tengo envenenada la sangre… Por fin le vestimos, como usted sabe mejor
que nadie, porque me ayudó en ello… Los señoritos, reunidos en
la cocina, hicieron cuentas de lo que costaba el entierro, y luego
echaron un guante… y con el dinero que sobró, compró Cienfuegos
una corbata. Los coches los pagan ellos también a escote, para lo
cual pidieron a todos los amigos, y éste da una peseta, aquél dos,
se juntó la cantidad. En el primer coche va Ruiz con un señor
manchego que conoce a la familia. Don Federico preside, porque
si le quitan el presidir y el ponerse delante de todos creo que le da
un soponcio… A mí no me querían llevar… yo hubiera ido a pie…
pero el señorito Arias fue el primero que dijo: «Felipe no puede
faltar». Total: seis coches y catorce personas.
IDO.–(patéticamente). ¡Tales desengaños encierran los designios de los hombres! El que estaba designado a ser fanal de gloria,
muere oscuro, el que parecía llamado a conmover y entusiasmar las
muchedumbres, es conducido a su última morada en pobre convoy
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El doctor Centeno
sin más compañía que la de unos cuantos amigos. (Mostrándose
tan inspirado que sin duda no es él sino Salomón el que habla.)
¿De qué valen las glorias humanas? ¡Ay!, humo son y polvo de los
caminos. Para combatir la aflicción, seamos buenos y echemos de
nuestros corazones la vanidad. La memoria del justo será bendita;
mas el nombre de los impíos se pudrirá… Ten confianza en Dios,
Felipe, que si con tu amo ha sido justiciero, lo será también contigo,
dándote alientos para seguir por el derrotero de la vida. Y no te
aflijas por que estés algunos días sin colocación. En mi casa, hijo,
ya sabes que no reina la abundancia; pero lo poco que hay será
partido alegremente contigo, mientras no halles acomodo… No, no
tienes que agradecernos nada. (Con iluminismo.) Bien dijo quien
dijo: «Bienaventurado quien piensa en el pobre; en el día malo lo
librará Jehová…». Y ahora que me acuerdo, voy a proponerte una
colocación decorosa. Es más de lo que podías soñar.
ARISTO.–(con vivo interés). Dígamelo pronto.
IDO.–Pues un amigo tengo, persona respetabilísima… no vayas a creer que es un cualquiera… que se dedica a especulaciones
mercantiles y al comercio ambulante de petróleo, quiero decir que
es de esos que van por las calles con un caballo cargado de cántaras de aquel inflamable líquido. A un chico, de tu edad poco más
o menos, que era su dependiente, le despidió hace pocos días por
ciertos disgustillos, y ayer me dijo: «Señor de Ido, búsqueme usted
un buen muchacho de estas y estas condiciones para que me ayude
en mi trajín». Al pronto no me acordé de ti; pero ahora caigo en la
cuenta de que te ha venido Dios a ver con esta proporción. Ya ves;
todo se reduce a conducir el caballo; el trabajo no es grande; paseas
todo lo que quieras, y hasta es un gusto ir por esas calles tocando
la corneta para que bajen las criadas. Parecerás el ángel del Juicio
Final. ¿Te conviene?, di sí o no.
ARISTO.–Lo pensaré, señor Ido, y la cosa está en saber lo que
su amigo ha de darme por ese trabajo de estar todo el santo día en
la calle dando trompetazos.
IDO.–Creo que los emolumentos serán buenos. Y en todo caso,
más vale siempre algo que nada. (Repítese el fenómeno de que la
sabiduría se le pasea por el cuerpo y sale a sus labios.) El hom502
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VII. Fin del fin
bre, en toda ocasión, debe tomar lo que encuentra, y sin perjuicio
de sus aspiraciones a lo mejor, tomar lo bueno y lo posible que a
su lado vea. Sí; cuando no tienes nada y te ofrecen medio, no te
impida tomarlo la idea de poseer uno entero. Y sobre todo, hijo,
lo mejor, es contentarse con poco, para tener siempre más, pues
si alimentaras aspiraciones, al satisfacerlas, siempre creerías tener
menos de lo deseado. El que es humilde es rico, y bien dijo quien
dijo: «¿Hallaste la miel? Come lo que te baste, no sea que te hartes
de ella y la revieses»318.
ARISTO.–(Mirando con malicia a Don José, pues no compren
diendo que Salomón es el que habla, sospecha que el pobre maestro
está algo bebido). Don José, usted está hoy muy sabio.
IDO.–Cosas son éstas, amigo Felipe, que leí anoche y se me
han quedado fijas en la memoria. Yo me animo con la lectura y una
frase feliz, un pensamiento agudo parece que me regeneran y dan
nuevo ser a mi espíritu. No olvides aquello de: «el cuidado congojoso en el corazón, lo abate; mas la buena palabra lo alegra…». Yo,
además, tengo motivos para no estar tan triste como otras veces.
Sabrás, caro Felipe, que he encontrado dos discípulos.
ARISTO.–¿De veras? Ése sí que es favor de Dios.
IDO.–Sí, dos discípulos. ¡Y qué buenos chicos! Estaban en casa
de don Pedro, y como allí no aprendían jota, los han sacado sus
padres, y desde mañana voy a la casa a darles lección privada…
Hijo, son cinco duros al mes que me caen como el maná… Y ahora
que nombro a don Pedro, diréte que ya ese hombre no es hombre,
es una bestia. La familia está desorganizada; cada cual tira por
su lado; la madre parece que ha caído poquito a poco en la mala
costumbre de echar unas siestas muy largas, después de comer…
Ya en mis tiempos gustaba de lo añejo319. Marcelina, entregada a
318
Los consuelos de Ido son discurso repetido, una suma de frases espigadas
de textos bíblicos y de consejos de Baltasar Gracián en obras como Oráculo manual
y arte de prudencia.
319
Gustaba de lo añejo: expresión eufemística para significar la excesiva afición
a la bebida. De nuevo es preciso atender al contexto para comprobar el desarrollo de
los juegos verbales: en acotación se dice que Aristo sospecha «que el pobre maes
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El doctor Centeno
la embriaguez del fanatismo, pasa todo el día en la iglesia, borracha de rezos, y don Pedro… ¡Oh!, ese merece capítulo aparte, y si
tenemos un rato libre, te he de contar los horrores que sé y hacerte
ver los pasos del incierto camino por donde marcha nuestro maestro sin ventura… ¡Oh!, aquí de tu amo. Con aquella imaginación
suya y aquel arte, bien podría coger la pluma y endilgar un drama
que sería el non plus por lo terrible y lo verdadero. Ya hablaremos
de esto más despacio. Yo, no sintiéndome con fuerzas para tan alto
asunto, puede que agarre la de ganso y enjarete una media resma
para echar también mi cuarto a espadas en literatura, porque francamente, naturalmente, los tiempos son malos, todos servimos para
todo, quien más quien menos, y como se trate de ganar un real,
no hay cosa que me espante ni escrúpulos que me arredren. (Con
exaltación.) José Ido del Sagrario es hombre para todo; José Ido
del Sagrario tiene alientos de poeta, bríos de inventor y un correr
de pluma que ya…
ARISTO.–(asustado, y sospechando otra vez, al ver la ani
mación y el brillo de los ojos de su amigo, que ha tenido alguna
debilidad anacreóntica). Don José, ¿que va usted a volverse literato?
IDO.–(con marrullería). No te diré que sí ni que no… Puede
ser, puede no ser. Ello es que hace días se me ha clavado aquí una
idea, y no puedo echarla de mí… (con cierto misterio). Ya sabes
que hay ahora una literatura harto fácil de componer y más fácil de
colocar: hablo de las novelas que se publican por entregas, a cuartillo de real, y que gozan del favor de miles de miles de lectores.
Editorcillo hay que da una onza por cada reparto al forjador de tales composiciones; otros dan diez duros, otros siete, según la correa
de invención que saca de su cabeza cada autor. Pues bien, un amigo
mío que trabaja en estas cosas, y que ha ganado mucho dinero, me
tro está algo bebido». Más adelante, Ido se refiere a las borracheras en la familia
de Polo: doña Claudia, eufemísticamente «gustaba de lo añejo» mientras que la
hermana de Polo es una figurada «borracha de rezos». Y en la siguiente acotación
para Aristo aparece el eufemismo «debilidad anacreóntica», de nuevo para apuntar
que Ido no está sobrio.
504
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VII. Fin del fin
dijo no ha mucho que por qué no me metía yo también a novelista… Francamente, naturalmente320, al pronto me pareció absurdo;
después lo he pensado, hijo… Es cosa facilísima idear, componer y
emborronar una de esas máquinas de atropellados sucesos que no
tienen término, y salen enredados unos en otros, como los hilos de
una madeja… Yo he de probarlo, Felipe; yo he de hacer un ensayo
en esta cosa bonita y cómoda del novelar. Ya tengo pensado un
principio, que es lo que importa; y cuando menos lo pienses verás
mi nombre por esas esquinas de Dios, y te echarán por debajo de la
puerta un cuaderno con láminas muy majas y un poquito de texto
para que caigas en la tentación de suscribirte…
ARISTO.–(con inocencia). Pues hombre de Dios, si quiere componer libros para entretener a la gente y hacerla reír y llorar, no
tiene más que llamarme, y yo le cuento todo lo que nos ha pasado
a mi amo y a mí, y conforme yo se lo vaya contando, usted lo va
poniendo en escritura.
IDO.–(con suficiencia). ¡Cómo se conoce que eres un chiquillo
y no estás fuerte en letras! Las cosas comunes y que están pasando
todos los días no tienen el gustoso saborete que es propio de las
inventadas, extraídas de la imaginación. La pluma del poeta se ha
de mojar en la ambrosía de la mentira hermosa, y no en el caldo
de la horrible verdad.
320
Como es de esperar en el caso de un personaje tan recurrente en la narra
tiva de Galdós como es Ido, no será ésta la última vez que el lector escuche su
muletilla ni sepa cómo va su vida o la de su familia. Por poner un ejemplo tardío
ya en la última serie de Episodios, en De Cartago a Sagunto, Tito identifica a Ido
bajo el aspecto de un cura: «…un sujeto esmirriado y larguirucho, vestido de luenga
sotana. ¡Dios, Jehová, Lucifer! El hombre que hacía reverencias frente a mí era el
mismísimo Ido del Sagrario. «¿Pero es usted don José?» –dije o creí decir yo. Y
él, dilatando su boca en larga sonrisa, habló en su habitual estilo: «Francamente,
naturalmente, señor don Tito, no podía venir a estas tierras sin disfrazarme… Sabrá
Vuecencia que al llevar a mi hija Rosita, el mes pasado, a la feria de Huete, que es
el pueblo de Nicanora, me fue robada en Fuentidueña de Tajo por la partida carlista
que manda el cabecilla Santés. Desesperado salí a recuperarla. Dijéronme que su
raptor se la llevó a Navarra, y aquí me han dicho que ahora podré encontrarla en
tierras de Guadalajara o de Cuenca. Ayúdeme usía en mi empresa y Dios le dará
el Reino de los Cielos» (cap. XX).
505
PORTADA
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El doctor Centeno
ARISTO.–Pues ponga todo eso de don Pedro Polo que, según
dice, es tan bueno…
IDO.–No, hombre, no; yo no voy a escribir para que se duerman los lectores… Pienso desarrollar un estupendo plan moral: enaltecer la virtud y condenar el vicio… ¡Buena zurra les daré a los
pícaros…!, pondré como ropa de pascuas a los perdularios y juga
dores, y a las mujeres levantadas de cascos que faltan a sus maridos, y a todas esas bribonazas que corrompen a la sociedad… Algo,
naturalmente, francamente he de tomar del mundo visible; y, por
ejemplo, al pintar un empedernido avaro, me acordaré de Resplandor; al poner hembras malas, tendré presentes a Cirila y su hermana; al ocuparme de los hombres oprimidos del peso de su condición social, sacaré a relucir a nuestro don Pedro Polo, si bien
cuidaré de ponerles a todos en fantasía y de hacerles hablar un
lenguaje escogido, sutil y que no sea como el lenguaje que hablamos
en el mundo. Ya he principiado a revolver mis libros leyendo ésta
o la otra página, para que se me vayan pegando las frases bonitas
y voces refinadas que he de usar. Tipos no han de faltarme: para
el de la mujer virtuosa, tengo a Nicanora, a quien veo como ángel
de fidelidad, dulzura y belleza; y para modelo de muchachos leales,
tú… Pero ya llegamos. El mortuorio vehículo se detiene ya en la
puerta del descanso eterno; los convidados bajan, y vamos todos a
cumplir este deber triste con los fríos despojos que nuestro desventurado amigo nos dejó al partir para la Gloria Eterna.
Madrid. Mayo de 1883
FIN DE EL DOCTOR CENTENO
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TÍTULOS EDITADOS DE LA COLECCIÓN
TEXTOS UEX
Ovidio, Amores. Ed. de Ángela Palacios Martín.
Gabriel Miró, Del huerto provinciano. Ed. de Gregorio Torres Ne
brera.
Nicolás Fernández de Moratín, La Petimetra. Ed. de Jesús Cañas
Murillo.
Mariano José de Larra, Teatro. No más mostrador. Macías. Ed. de
Gregorio Torres Nebrera.
Auras, gritos y consejos. Poesía española (1850-1900). Antología.
Ed. de Marta Palenque.
Alonso Núñez de Reinoso, Obra poética. Ed. de Miguel Ángel
Tejeiro Fuentes.
Enigmas anglosajones del Codex Exoniensis (Selección bilingüe).
Ed. de Bernardo Santano Moreno y Adrián Birtwisle.
Antología de los primeros años del romanticismo alemán. Ed. de
Karl Braun y Mª Antonia Seijo.
Horacio, Arte Poética. Ed. de Manuel Mañas Núñez.
Joaquín Romero de Cepeda, Teatro. Comedia Salvaje. Comedia
Metamorfósea. Ed. de Reyes García Plata.
Monumento de amor. Sonetos de Shakespeare. Ed. de Carmen Pérez
Romero.
Luis Moncín, Hechos heroicos y nobles del valor godo español.
Comedia. Ed. de David Narganes Robas.
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El doctor Centeno
Jesús Cañas Murillo, Cajón de sastre. Textos dispersos del Sete
cientos español.
Benito Pérez Galdós, El doctor Centeno. Ed. de Isabel Román
Román.
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Se terminó de imprimir este libro
el día 15 de diciembre de 2008,
festividad de Santa Nina
en los talleres gráficos
de Pedro Cid, s. a.
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