Un niño

Elemento

Título
Un niño
Description
Cuento de Juan Bosch que aborda la realidad de la pobreza infantil en contextos rurales y sociales marcados por la desigualdad. La narración se centra en la experiencia de un niño cuya vida está atravesada por la carencia de recursos básicos, especialmente la alimentación, mostrando cómo la pobreza impacta su desarrollo físico y emocional. El relato funciona como una denuncia social sobre las condiciones de vulnerabilidad en América Latina.
Coverage
República Dominicana
Contributor
n/a
Creator
Bosch, Juan
Date Created
1940
Fuente
https://www.literatura.us/juanbosch/unnino.html
Obtenido de la página web Biblioteca Literatura.US.
Lenguaje
español
Publisher
Publicado originalmente en la Revista Carteles
Rights Holder
Desconocidos
Alternative Title
n/a
Subject
bienestar emocional
nutrición
Identifier
tl_000003_1940
Tipo
texto literario
cuento
extracted text
Un niño (1940)
Juan Bosch
Originalmente publicado en la Revista Carteles
(7 de abril de 1940), pág. 31;
Dos pesos de agua
(La Habana: Ed. Impresor A. Ríos, 1941, 168 págs.);
Más cuentos escritos en el exilio
(Santo Domingo, Librería Dominicana,
Colección Pensamiento Dominicano, 1964, 285 págs.)
https://www.literatura.us/juanbosch/unnino.html
A poco más de media hora, cuando se deja la ciudad, la carretera empieza a jadear por unos
cerros pardos, de vegetación raquítica, que aparecen llenos de piedras filosas. En las
hondonadas hay manchas de arbustos y al fondo del paisaje se diluyen las cumbres azules de la
Cordillera. Es triste el ambiente. Se ve arder el aire y sólo de hora en hora pasa algún ser vivo,
una res descarnada, una mujer o un viejo.
El lugar se llama Matahambre. Por lo menos, eso dijo el conductor, y dijo también que
había sido fortuna suya o de los pasajeros el hecho de reventarse la goma allí, frente a la única
vivienda. El bohío estaba justamente en el más alto de aquellos chatos cerros. Pintado desde
hacía mucho tiempo con cal, hacía daño a la vista y se iba de lado, doblegándose sobre el Oeste.
Sí, es triste el sitio. Sentados a la escasa sombra del bohío, los pasajeros veían al chofer
trabajar y fumaban con desgano. Uno de ellos corrió la vista hacia las remotas manchas verdes
que se esparcían por los declives de los cerros.
—Allá —señaló— está la ciudad. Cuando cae la noche desde aquí se advierte el resplandor
de las luces eléctricas.
En efecto, allá debía estar la ciudad. Podían verse masas blancas vibrando al sol, y atrás,
como un fondo, la vaga línea donde el mar y el cielo se juntaban. Pasó un automóvil con
horrible estrépito y levantando nubes de polvo. El conductor del averiado vehículo sudaba y se
mordía los labios.
De los tres viajeros, jóvenes todos, uno, pálido y delicado, arrugó la cara.
—No veo la hora de llegar —dijo—. Odio esta soledad.
El de líneas más severas se echó de espaldas en la tierra.
—¿Por qué? —preguntó.
Quedaba el otro de ojos aturdidos. Fumaba un cigarrillo americano.
—¿Y lo preguntas? Pareces tonto. ¿Crees que alguien pueda no odiar esto, tan solo, tan
abatido, sin alegría, sin música, sin mujeres?
—No —explicó el pálido—; no es por eso por lo que no podría aguantar un día aquí.
¿Sabes? Allá, en la ciudad, hay civilización, cines, autos, radio, luz eléctrica, comodidad.
Además, está mi novia.
Nadie dijo nada más. Seguía el conductor quemándose al sol, golpeando en la goma, y
parecía que todo el paisaje se hallaba a disgusto con la presencia de los cuatro hombres y el auto
averiado. Nadie podía vivir en aquel sitio dejado de la mano de Dios. Con las viejas puertas
cerradas, el bohío medio caído era algo muerto, igual que una piedra.
Pero sonó una tos, una tos débil. El de ojos aturdidos preguntó, incrédulo:
—¿Habrá gente ahí?
El que estaba tirado de espaldas en la tierra se levantó. Tenía el rostro severo y triste a un
tiempo. No dijo nada, sino que anduvo alrededor del bohío y abrió una puerta. La choza estaba
dividida en dos habitaciones. El piso de tierra, disparejo y cuarteado, daba impresión de miseria
aguda. Había suciedad, papeles, telarañas y una mugrosa mesa en un rincón, con un viejo

sombrero de fibras encima. El lugar era claro a pedazos: el sol entraba por los agujeros del
techo, y sin embargo había humedad. Aquel aire no podía respirarse. El hombre anduvo más. En
la única portezuela de la otra habitación se detuvo y vio un bulto en un rincón. Sobre sacos
viejos, cubierto hasta los hombros un niño temblaba. Era negro, con la piel fina, los dientes
blancos, los ojos grandes, y su escasa carne dejaba adivinar los huesos. Miró atentamente al
hombre y se movió de lado, sobre los codos, como si hubiera querido levantarse.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó con dulzura.
—No, nada —explicó el visitante—; que oí toser y vine a ver quién era.
El niño sonrió.
—Ah —dijo.
Durante un minuto el hombre estuvo recorriendo el sitio con los ojos. No se veía nada que
no fuera miserable.
—¿Estás enfermo? —inquirió al rato.
El niño movió la cabeza. Después explicó:
—Calentura. Por aquí hay mucha.
El hombre tocó su bracito. Ardía, y le dejó la mano caliente.
—¿Y tu mamá?
—No tengo. Se murió cuando yo era chiquito.
—¿Pero tienes papá?
—Sí. Anda por el conuco.
El niño se arrebujó en su saco de pita. Había en su cara una dulzura contagiosa, una
simpatía muy viva. Al hombre le gustaba ese niño.
Se oían los golpes que daba el conductor afuera.
—¿Qué pasó? —preguntó la criatura.
—Una goma que se reventó, pero están arreglándola. Así hay que arreglarte a ti también.
Hay que curarte. ¿Qué te parece si te llevo a la Capital para que te sanes? ¿Dónde está tu papá?
¿Lejos?
—Unjú... Viene de noche y se va amaneciendo.
—¿Y tú pasas el día aquí solito? ¿Quién te da la comida?
—Él, cuando viene. Sancocha yuca o batata.
Al hombre se le hacía difícil respirar. Algo amargo y pesado le estaba recorriendo el fondo
del pecho. Pensó en la noche: llegaría con sus sombras, y ese niño enfermo, con fiebre, tal vez
señalado ya por la muerte, estaría ahí solo, esperando al padre, sin hablar palabra, sin oír
música, sin ver gentes. Acaso un día cuando el padre llegara lo encontraría cadáver. ¿Cómo
resistía esa criatura la vida? Y su amigo, que había afirmado momentos antes que no soportaba
ni un día de soledad...
—Te vas conmigo —dijo—. Hay que curarte.
El niño movió la cabeza para decir que no.
—¿Cómo que no? Le dejaremos un papelito a tu papá, diciéndoselo, y dos pesos para que
vaya a verte. ¿No sabe leer tu papá?
El niño no entendía. ¿Qué sería eso de leer? Miraba con tristeza. El hombre estaba cada vez
más confundido, como quien se ahoga.
—Te vas a curar pronto, tú verás. Te va a gustar mucho la ciudad. Mira, hay parques, cines,
luz, y un río, y el mar con vapores. Te gustará.
El niño hizo amago de sonreír.
—Unq unq, yo la vide ya y no vuelvo. Horita me curo y me alevanto.
Al hombre le parecía imposible que alguien prefiriera esa soledad. Pero los niños no saben
lo que quieren.
Afuera estaban sus amigos, deseando salir ya, hallarse en la ciudad, vivir plenamente.
Anduvo y se acercó más al niño. Lo cogió por las axilas, y quemaban.
—Mira —empezó—... allá...

Estaba levantando al enfermito y le sorprendió sentirlo tan liviano, como si fuera un
muñeco de paja. El niño le miró con ojos de terror, que se abrían más, mucho más de lo posible.
Entonces cayó al suelo el saco de pita que lo cubría. El hombre se heló, materialmente se heló.
Iba a decir algo, y se le hizo un nudo en la garganta. No hubiera podido decir qué sentía ni por
qué sus dedos se clavaron en el pecho y en la espalda del niño con tanta violencia.
—¿Y eso, cómo fue eso? —atinó a preguntar.
—Allá —explicó la criatura mientras señalaba con un gesto hacia la distante ciudad—.
Allá... un auto.
Justamente en ese momento sonó la bocina. Alguien llamaba al hombre y él puso al niño de
nuevo en el suelo, sobre los sacos que le servían de cama, y salió como un autómata, aturdido.
No supo cuándo se metió en el automóvil ni cuándo comenzó éste a rodar. Su amigo el pálido
iba charlando:
—¿Te das cuenta? Es la civilización, compañero... Cine, luz, periódicos, autos...
Todavía podía verse el viejo bohío refulgiendo al sol. El hombre volvió el rostro.
—La civilización es dolor también; no lo olvides —dijo. Y se miraba las manos, en las que
le parecía tener todavía aquel niño trunco, aquel triste niño con sus míseros muñoncitos en lugar
de piernas.

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